Rendijas de mi ser | Ser Rizomático

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30/06/2008

LA AUTENTICIDAD

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De buenas a primeras, ser auténticos sería algo tan simple como lo que Eurípides nos propone al indicarnos que el hombre feliz es el que vive la vida día a día y no pide más; el que recoge la bondad sencilla de la vida, lo cual sería una de las cosas más fáciles de entender y más difíciles de seguir.

Cuando por primera vez tomé contacto con esta propuesta apenas percibí su importancia; como tampoco lo hice cuando leí en el evangelio cristiano que “cada día tiene su propia inquietud”... Tanto lo uno como lo otro me sonó a algo tan obvio que ni siquiera valía la pena resaltar. Sólo más tarde, cuando me descubrí atrapada en preocupaciones y desentrañé que en el fondo de toda preocupación tan sólo yace temor, y que el temor lo producen la inseguridad y las máscaras, es decir, la inautenticidad en la que nos sumimos y vivimos, alcancé a ver la importancia de las dos propuestas; la inteligencia que poseían y la dificultad de su cumplimiento.

En el fondo no me lo creía. Aún hoy me descubro, a veces, con restos de escepticismo. ¿Por qué es siempre tan dificultoso todo aquello que nos parece tan sencillo? Y lo más exasperante es, que no sólo parece lo más sencillo y obvio, sino que, para colmo de sorpresas, lo es.

¿A qué se debe nuestra resistencia? A nuestra falta de autenticidad. Si lográramos mostrarnos como somos, sin la necesidad de ocultarnos tras máscaras y roles, careceríamos de miedos y de desconfianzas, de inseguridades, de complejos y de sentimientos de inferioridad. Pero una cosa es entender todo esto y otra es hacerlo realidad. Nuestro corazón dice: sí. Pero nuestra mente, se asusta y se queda atrapada en los moldes de los mil y un disfraces, y las mil y una imágenes que atesoramos y nos desdibujan, aún cuando nos hagan daño, a la manera de trajes y corsés que se han quedado pequeños y nos oprimen e incomodan, impidiéndonos respirar.

A la autenticidad no se llega a fuerza de repetirse uno “voy a ser auténtico”; es más, si uno intenta hacerlo así, le ocurre igual que lo que pasa con la espontaneidad: se obtiene lo contrario. Cuando uno se dice a sí mismo voy a ser auténtico emplea la autenticidad como uno más de los disfraces y se convierte en una caricatura de autenticidad. La autenticidad no se actúa, ni se hace, ni se tiene. La autenticidad se vive y se manifiesta cuando uno se va encontrando consigo mismo y se acepta y se ama tal cual es.

¿Han encontrado alguna vez a algún niño de dos a tres años que les diga –o que se diga a sí mismo- “ahora voy a mostrarme como realmente soy” o que esté preocupado por el futuro, por lo que será, hará, tendrá o comerá? Me responderán que “qué saben los niños de esas cosas” y yo me pregunto si por el contrario nosotros lo sabemos ya todo de todo. ¿Lo sabemos? ¿Lo saben ustedes? Yo debo confesar que cuanto más vivo menos sé. Menos certezas me quedan y más preguntas me hago.

Si ustedes se responden lo mismo ¿por qué, entonces, actuamos como si fuéramos omnisapientes y omnipotentes? Ahí está el “quid” de la autenticidad.

Un niño sabe muy pocas cosas, pero si algo sabe es el hecho de que no sabe casi nada, de que no tiene respuestas; sólo preguntas. Eso es precisamente lo que hay que recuperar: la capacidad de hacerse la pregunta por excelencia sin miedo a que la respuesta se abra paso desde nuestro interior hacia nuestra consciencia. La capacidad de sorpresa ante el continuo milagro de la vida. La capacidad de aceptar la existencia del milagro en nosotros; la capacidad de crearlo, de esperarlo, de vivirlo, de realizarlo y de manifestarlo. Sí, la capacidad de manifestar ese milagro que somos cada uno de nosotros mismos y abrirnos al mensaje que portamos en nuestros corazones y que espera ver la luz. Salir al encuentro de esa verdad hecha carne en nosotros es el mayor de los milagros que podemos realizar en nosotros y en cuantos nos rodean. Esto es la autenticidad.

Ninguno de nosotros encarna la falacia, la falsedad. No somos imágenes. Somos esencia, amor y verdad. Uno de los mandamientos judeo-cristianos nos ordena “no te harás falsas imágenes ni las adorarás...” Y el dogma se esfuerza por gravar a sangre y fuego en las mentes de sus seguidores un sentido desvirtuado que indica que no hay que adorar a “falsos dioses” Pues bien, mi “dogma” propugna que a lo que no hay que adorar es a las mil imágenes que nos construimos de nosotros mismos, y que nos exilan de nuestro ser y esencia; de nuestra única y verdadera identidad.

Cada vez que desesperamos de un ser humano o de nosotros mismos nos estamos haciendo falsas imágenes; estamos huyendo de la verdad, renegando de ella. “Adorando falsos dioses”. Esto es muy sutil, porque a veces la mentira tiene rostro de verdad y descubrir qué hay de verdad en la mentira y que hay de mentira en la verdad es como andar sobre el filo de un cuchillo cargados con un saco de definiciones que lo único que pretenden es alejarnos de ser lo que somos: Una palabra hecha carne que desea ser escuchada y una escucha hecha carne también, que desea ser puesta en palabras.

Con ocasión de la publicación de mi libro “Las máscaras del yo o de robot a persona”, la revista “Raíces” me preguntó algunas cosas que al responderlas me encontré frente al tema que nos ocupa: el de la autenticidad. Quiero ahora, aquí, transcribir algunas de ellas que pueden arrojar algo de luz a lo que trato de transmitir.
En aquella ocasión me preguntaron:

”¿Cuál es la definición y el sentido de su identidad?”
Mi respuesta fue: "Cuando yo pueda dar una respuesta absoluta a esta pregunta, probablemente no habitaré ya en este plano de la realidad. No puedo ofrecer definiciones de identidad. Tan sólo puedo ofrecer hipótesis, que voy desgranado en este exilio de la dualidad por el que transito y transitamos todos. Paradójicamente “La Definición” mora y se realiza en cada uno de nosotros (como una síntesis), en lo más hondo de nuestra individualidad… es como una palabra  inserta en nuestro código genético cuya pronunciación y significado parece que hemos  perdido y olvidado, y a cuyo reencuentro todo en nosotros tiende.

En cuanto al sentido, justamente es esa tendencia lo que le confiere entidad y realce. Sí, la entidad y el realce, la relevancia y la significación necesarios e imprescindibles para desterrar la gratuidad y la vacuidad que a veces nos asaltan y acongojan durante la búsqueda de la pronunciación de esa palabra y durante lo recóndito de su escucha.”


Hoy digo aquí, en este espacio, que el reencarnar esa “Palabra y esa escucha” que somos, es vivir en la autenticidad del ser. Y digo también que el luchar por la autenticidad –cuando decimos voy a ser auténtico, voy a luchar por serlo- es el engaño en el que caemos; desvaneciéndose, en esa caída sin fondo de la lucha, toda la plenitud del sentido; porque estamos, estoy, en el arduo y sorprendente camino de aprender que sólo ese continuo morir y vivir una y otra vez que constituye la vida tiene sentido.

Ese es el camino de la autenticidad; no el de la lucha, sino el de la muerte y el renacimiento. Ese es el camino del “Terapeuta” (y todos lo somos), el camino del buscador de la verdad en sí mismo y en los otros, en todos aquellos que se acercan a él ignorantes de que ellos mismos están llamados a ser sus propios “Terapeutas” en tanto que caminan como buscadores de la verdad escondida en sus propios corazones.

En cuanto a todas esas preguntas que uno se hace, todas esas interrogaciones que se plantea sobre la verdad, sobre la autenticidad y sobre el cómo alcanzarlo, no son más que trampas y tapaderas que nos ponemos a nosotros mismos, creyéndonos incapaces de reconocernos cómo única pregunta y respuesta viva; cómo palabra hecha carne, cómo escucha permanente, cómo acción desinhibida y eficiente. Y, en suma, cómo trinidad salvífica y dialéctica constante de nuestro despertar.

Las preguntas que uno se hace y en las que uno se pierde, lo único que logran es tapar la gran respuesta de esa pregunta única que todos somos y cada uno de nosotros es.

Otra cosa son las preguntas que la vida nos plantea y que nos agarran a contramano en el momento más inesperado, o tal vez, justo en el instante en el que se intentaba dirigir la escucha.

¿Cómo puede dirigirse una escucha?- cuando la escucha es la que nos dirige hacia la gran pregunta y su respuesta. . Sólo la escucha puede dirigirnos y orientarnos hacia esa respuesta que aguarda paciente y callada en lo secreto de los oscuros rincones de nuestro interior, anhelando ser reencontrada, descubierta, revelada y presta a brotar en la medida en que nos entregamos a nuestro propio silencio. Silencio que va edificando el lugar en el que la palabra hecha carne que cada uno de nosotros es, habla en nosotros y puede ser oída por esa escucha que también somos.

No, ni las mil preguntas que uno se hace, ni las mil respuestas que uno se ofrece tienen que ver con lo esencial. Eso es lo que constituye el ruido, lo que produce las interferencias en nuestra escucha, lo que el silencio acalla. Ese continuo preguntarse y responderse nada tiene que ver con lo esencial en nosotros; todo lo contrario, lo posterga, lo atenaza, lo agota y nos aleja de él.

Quizá acercarnos a lo esencial implique también recuperar, desde el fondo dormido de nuestro ser, desde ese lugar en el que aún se dibuja la sonrisa pura e inocente del niño que habita en nosotros y nos aguarda paciente, la capacidad de asombro y sorpresa por todas y cada una de las pequeñas cosas que nos rodean y viven en nuestra cotidianeidad; por el amanecer y el crepúsculo; sin olvidar nunca que lo auténtico no existiría sin nosotros.

(Extracto de mi libro: Viaje al fondo de uno mismo: esa gran aventura de ser)

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

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Lunes, 30 de Junio de 2008 11:25 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

20/06/2008

¿SOMOS VÍCTIMAS?

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Hemos pasado de ser esclavos del puritanismo y de la doble moral, a ser libertinos de nuestros propios intereses, de nuestras propias pasiones y de nuestras propias avaricias.

Hemos confundido la autoestima, con la inexpugnabilidad del orgullo y la arrogancia. Hemos confundido el amor con la ambición desmedida y el egoísmo. Y hemos pasado de la culpabilidad absoluta (sentirnos culpables por todo y de todo), a la impunidad egocéntrica y prepotente de creernos el ombligo del mundo y mostrarnos insensibles a todo y a todos.

Entendemos que ser humildes es ser serviles; interpretamos la libertad cómo el hacer lo que nos venga en gana, con el pataleo infantil y con el reproche, invadiendo la libertad del otro, atropellándola y pisoteándola con saña y sin miramiento alguno. Y cuando hablo de pisotear la libertad de otro, no me refiero al deterioro de la propiedad privada, sino al abuso en nombre de esa libertad, que lleva a un enriquecimiento y ostentación de "derechos" de unos pocos, a costa del hambre, la miseria, la explotación, la tortura, la enfermedad y la discriminación de otros muchos. Porque nadie puede considerarse "libre" mientras haya semejantes que mueren de todos esos males. Porque la negación de la libertad y los derechos de un sólo ser humano, disminuye e interpela mi libertad y mis derechos. Porque los crímenes de lesa humanidad de un sólo ser humano, me convierte en cómplice asesina si lo silencio, si respondo con una egoísta indiferencia, si creo que no va conmigo porque a mí no me sucede, si espero que otros lo resuelvan "que para eso pago impuestos" etc.

Creemos que el derecho de libre expresión, nos da carta blanca para sentar cátedras, e imponer creencias a modo de verdades axiomáticas incuestionables; soltar imprecaciones, obviar el documentarse primero y analizar aquello sobre lo que se pretende opinar; parlotear neciamente sin escuchar, sin conocimiento de causa y sin respeto alguno; insultar, vilipendiar, difamar sin reparo alguno y destruir la intimidad y el prestigio de los demás por el simple sensacionalismo o por el mercantilismo periodístico de sus vidas so pretexto del derecho a la información.

Tomamos el efecto por la causa, el motivo por el pretexto y la excusa y la bondad por la imbecilidad. Confundimos el hecho de que nos pueden acontecer desgracias, con el ser desgraciados, el acceder al conocimiento con comprarlo, y la riqueza material con la felicidad.

Confundimos el conocimiento y la ciencia con la tecnología; el acumular información, y repetirla robóticamente, con la sabiduría; el aprender cuatro cosas con creerse ser un experto en algo. Confundimos nuestro paso por la vida con el pasar de ella. Nos enardecemos con el futbol, y lloramos al ver los dramas que nos ofrecen ciertas películas; la ficción nos emociona, pero seguimos comiendo indiferentes e insensibles mientras por la pantalla pasa la realidad del drama cotidiano y las verdaderas víctimas de las guerras, de las catátastrofes, de los odios y del consumismo, acallando nuestras conciencias con un rápido "total, nada puedo hacer" entre cucharada y cucharada de sopa... Mientras nuestras neuronas se van insensibilizando y nuestros corazones se van convirtiendo en piedra. Bellas, bien esculpidas, pero piedras.

Y sí, ciertamente. Por todo esto nunca hemos dejado de ser víctimas; sí, víctimas; pero víctimas de nosotros mismos.

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

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Viernes, 20 de Junio de 2008 09:16 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

17/06/2008

SENCILLAMENTE SER

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Cómo veo que entra gente de la ciudad del Vaticano, hoy voy a dar rienda suelta a mi espiritualidad, -que no a mi pertenencia a religión alguna, que soy agnóstica tirando a atea y lo saben-, y le voy a dar vueltas a un fragmento del evangelio de Mateo cuya lectura, contrariamente a cartas pastorales y encíclicas católicas, siempre me ha sido de gran ayuda:

Jesús, el llamado Cristo, según sus evangelistas, parece que dijo muchas cosas; algunas de dudosa valía en mi opinión, pero otras realmente muy interesantes, una de las interesantes (Mt:5:13) era:

Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?”

Y qué razón tenía, ya que si vamos por ahí sosos y desaboridos, inmersos en el vivir para consumir y en el fastidiar a cuantos nos rodean para ser cada día más ricos y más borricos, que intragable que se irá tornando el mundo. Otro fragmento muy bello a mi entender (Mt:19:16 – 22) dice así:


-
Y le preguntó aquel buen muchacho:
-”…Maestro, ¿qué he de hacer para obtener la Vida Eterna?…”
- Y Le respondió Cristo: “… cumple los mandamientos…”

-“¡Lo hago desde mi juventud!"...

–Le replicó el muchacho, mientras tal vez pensara para sí –esa “loca de la casa” que no para ni tiene sosiego-, "¿Qué se había creído Cristo? ¡Él era un buen chico, cumplidor de la Ley y todo eso!…"
Y en esas, Cristo, que sabía un rato de seres humanos y de oscuridad e ignorancia, pero también de luz, de agua, de sal y de fuego, va y le dice –interrumpiendo así el parloteo interno en el que el hombrecito se había instaurado- mirándole con dulzura:

“…Sí es así, vende todo lo que tienes y sígueme” –Y el muchacho se fue entristecido porque poseía mucho…”

Eso hacemos nosotros. Poseemos mucho, somos riquísimos y estamos repletísimos de “bienes” Sí, de esos mismos bienes y riquezas en las que abundaba ese hombrecito y nosotros, que no son presisamente las materiales las más importantes.

Somos tan ricos que tenemos miedo que unos cuantos inmigrantes vengan a despojarnos de nuestras posesiones y bienestar, tan ricos que ya consideramos a la inmigración que llega en pateras como a una lacra…
Da igual que huyan de guerras, de explotaciones, de vulneración de derechos humanos, del hambre, de la enfermedad, de la miseria más paupérrima... ¡qué más da!, para nosotros ya sólo son una lacra que hay que evitar, expulsar del país, repatriar... y anatema sea quien les de la mano. ¿Y por qué pensamos así? ¿Por la riqueza meterial que poseemos? ¡No, qué va!, pensamos así porque sin darnos cuenta estamos llenos de prejuicios xenofóbicos y racistas. Pero sigamos con el fragmento: ¿Alguno cree que Cristo se refería a que el joven vendiera la literalidad de su patrimonio material contante y sonante? ¡Que ilusos somos! ¡Tanto como aquel pobre chico que por entenderlo así, desde su funcionamiento autómata, egóico, egocentrico e idólatra –al igual que el nuestro-, se perdió la oportunidad de su vida: La Vida Eterna. Bueno, eterna mientras dure, porque a mí me resulta difícil considerar otras vida al margen de la de aquí, y esta de eterna tiene poco.

Decía que el chico aquel se perdió la oportunidad de su vida, ¡tal como nosotros, ni más ni menos, porque por ricos que seamos, no poseemos nada a excepción de todo un lastre de ideas retrógradas que sólo sirven para amargarnos la vida y amargársela a los demás; pues eso, nada!. Las cosas, es obvio que no las podemos poseer aunque nos aferremos a ellas cual posesos; tan sólo usarlas y disfrutarlas o amargarnos con ellas. Lo de la posesión de bienes es otro de los mil espejismos que nos ciegan. Pero si hay algo que podemos poseer y que poseemos como nuestros bienes más preciados, y como nuestras más codiciadas posesiones. ¿Qué es ello? Es fácil: A nosotros mismos, ya sea lo esencial y verdadero de nosotros, esto es, el conocimiento de nuestro ser o el cúmulo de falacias formado por las mil y una imágenes que sobre nosotros y sobre la realidad construimos y adoramos como si fuera las más absolutas verdades.

Eso es lo que sí podemos poseer y poseemos, aunque matizaré más aún: en realidad, lo único que nos ha sido dado poseer es nuestro ser. Las imágenes, las construcciones del tarado parloteo del ego, las adoramos, sí; creemos que son reales y que existen, creemos que lo poseemos y alardeamos de “conocernos” por tener la creencia internalizada y automática de que eso que creemos conocer de nosotros, somos en verdad nosotros; por lo tanto creemos que podemos poseerlo, adorarlo y llevárnoslo con nosotros a la tumba, e, incluso, hasta al más allá si es que algo así existe. Si lo ponen en duda, si ponen en duda lo que vengo diciendo, hagan esta reflexión: ¿Qué nos llevamos al morir? En mi opinión, nada; y es obvio para todos, creyentes y no creyentes, que nada material podemos llevarnos a la tumba; pero si alguno de ustedes cree en ese más allá, les digo que no pueden llevarse lo que no es ni existe.

Así pues, si existiere algo cómo "el mása allá" o "la vida después de esta vida", seguramente, no podrían llevarse lo ilusorio para ese viaje. Sólo podrían llevarse el espíritu, lo esencial, el ser. En vida, en esta vida que tenemos –si hay otra, yo no lo sé-, esa es nuestra auténtica, Real, Vital, Bella y Justa posesión. Esa es nuestra Riqueza. Esa es la Luz que somos en el mundo, para el mundo y del mundo. Y justamente eso que nos pertenece por derecho propio, lo ignoramos, lo desconocemos, lo pisoteamos, lo dejamos enterrado oculto en las entrañas más recónditas de nuestro interior y nos aferramos a todo ese saco de “bienes”, de “riquezas” y de “posesiones” constituido por las creencias sobre lo que somos, deslumbrados por el falso brillo de las ilusorias imágenes que, tan pertinaz y trabajosamente, hemos construido.

Pero aún hay más; no contentos con todo ese saco de posesiones inútiles, llegamos al clímax de la estulticia cuando, considerándonos el parámetro de todas las cosas, intentamos imponer nuestras falsas verdades a los demás, como axiomas inabordables e incuestionables.
Por eso se fue aquel simpático muchacho. De eso era de lo que era rico y no podía desprenderse ni venderlo… -“¡Pues sí, hombre…, a lo mejor no era tan “bueno” aquel dichoso Rabí…”, -pensaría el muchacho. Pero sintió esa tristeza y esa angustia que el Ser auténtico nos manda para que paremos… Para que nos demos una oportunidad… Y el chico se fue con su pena, porque tenía mucho. Exactamente igual que nosotros. Exactamente igual que yo, tantas y tantas veces...

Y Cristo dijo: “…Todos los pecados os serán perdonados menos los que sean contra el espíritu…”

Y tenía razón, porque ese es, no ya el mayor, no; ese es el único pecado, aunque a mí, el palabro “pecado” me rechina y prefiero cambiarlo por error. El único error imperdonable es el de confundir lo que somos con lo que tenemos y hacemos. Negar nuestra verdadera esencia, nuestro ser.

Autonegarnos en lugar de autoafirmarnos; vivir desde la negatividad y expandirla, en vez de irradiar la positividad que albergamos en nuestro ser.
Bueno, será cuestión de parar algún día, de sentarse, de interrumpir el parloteo embriagador de nuestro saco de espejismos e instaurar ese Silencio activo que permita la escucha de la Verdad, hablada a través del propio Silencio, toda vez que dejemos de decirnos y repetirnos los falsos guiones que hemos aprendido automática y mecánicamente como robots. Después de todo, les aseguro que no es una misión imposible.

Estoy convencida de que, así como todo lo que es imaginable puede llegar a materializarse algún día, cualquiera meta que se nos ocurra tiene la posibilidad en sí misma de ser alcanzada. Máxime cuando alguien nos constató que es posible –y vuelvo a Cristo quien dijo ser el camino, tal vez en el sentido de que ese camino existe en el aquí y ahora concretos-, y realizable. ¡Pero ni siquiera Cristo prometió llevarnos en brazos! ¿O sí? Bueno, yo nunca lo he leído.

El camino hay que emprenderlo y hollarlo, cada uno con sus propios pies.
Una vez que nos hemos acercado en esta introducción a lo que es autonegarse –opuesto criminal de autoafirmarse-, pasaremos a desbrozar, a lo largo de los capítulos de este libro, no sólo lo que es –en uno y otro caso-, positividad y negatividad; sino, también, a como se llega a elaborar eso a lo que llamaré “chip desastroso”, que es lo que permite que operemos oscura y automáticamente, siguiendo los mecanismos del terrible saco de espejismos. Así mismo, nos aproximaremos también, a como se consigue (cuando a lo largo de ese viaje interno, nos encontrarnos con el ser esencial), poder desactivar esos automatismos y poner en marcha a ese otro “chip” al que llamaré “chip prodigioso”. “Chip” que se activa y trabaja desde el ser, y que posibilita el encuentro en igualdad y libertad con el semejante para juntos crear una humanidad más solidaria y justa que realmente pueda ser la sal de la tierra y la luz del mundo. (Fragmento de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”).

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Nota: esta semana será irregular en cuanto a la actualización del blog. Espero poder recuperar el ritmo diario en breve. Gracias.



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Martes, 17 de Junio de 2008 17:42 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

22/05/2008

ESPACIOS DE ENCUENTRO CON UNO MISMO: AUTOAFIRMARSE VERSUS AUTONEGARSE

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Autoafirmarse es obtener, en un primer momento, un mayor y mejor conocimiento, tanto de sí, como de los funcionamientos automáticos y mecánicos que, de una manera constante, inconsciente y repetitiva, han sido los impulsores y motivadores de todos y cada uno de los comportamientos, pensamientos, creencias, ideas, proyectos, necesidades, deseos, ambiciones, sentimientos, emociones y pasiones.

Autoafirmarse es, en un segundo momento, hacerse más conscientes de cómo esos impulsores y motivadores automáticos han construido y dirigido el desempeño de todos los roles de nuestro cotidiano existir y transitar por este mundo en esta vida. Y autoafirmarse es, en un tercer momento, hacernos conscientes del conocimiento auténtico y global de todo lo que somos.

Por último, el proceso de autoafirmación nos posibilitará llegar, a un verdadero y libre obrar desde la responsabilidad fructífera del ser. Nos permitirá alcanzar ese libre obrar que nos determine a romper las ataduras y asfixias que envuelven y esclavizan en el hacer y tener. Nos permitirá discernir que poseemos otros recursos y salidas que el estar siempre movidos e impelidos por la ciega angustia y mortecina oscuridad de esa personalidad ilusoria e infantil. Personalidad que está formada por todos los patrones e imágenes que configuran y definen nuestro ego. Personalidad que convierte a ese ego narcisita, insaciable y egoista en un loco y aberrado director del total de nuestras energías, y de nuestros impulsos de vida.
Autoafirmarse es cada instante de escucha profunda del sonido vivo y cantarín que canta y llora en nosotros; aturdido por todo cuanto nos parloteamos desde la estupidez y la necedad. De todo lo falso en nosotros que riela en el espejo del sin sentido de nuestro espíritu agonizante, y de nuestra vida.

Todo eso, en síntesis y así, a bocajarro, es autoafirmarse. Veamos ahora lo que no es:

No es, ni tiene nada que ver con la autoafirmación, el inflado egoísta y egocéntrico acontecer de todas esas supuestas potencialidades del yo (en este caso yo infantil), que se arman y se nutren de los espejismos y máscaras de nuestro ego. Nada tiene que ver con la autoafirmación la exacerbada búsqueda de gratificación ególatra e idólatra de nuestra pobre personalidad ilusoria; sostenida, únicamente, por la omnipotencia de creernos en posesión del poder de complacer siempre a todos, en todo y siempre.

No es autoafirmarse ese desbordante tumulto de creencias tomadas por certezas que conducen nuestros destinos desde la negatividad y el destructivismo, hacia la desesperanza de un consumismo prometedor de falsos y quebradizos “bienestares”, donde la realización de la dimensión humana se mide en términos de posesión y acúmulo de bienes materiales, y de logros competitivos de derribo y acoso bestial; donde los medios justifican todos los fines; donde la ética y la estética sólo se determinan con parámetros superficiales de satisfacción personal; y donde la discriminación es el instrumento mayoritariamente al uso, y al abuso, del ser humano -mejor inhumano- con su semejante.

Por último, autoafirmarse, no es vivir en la oscuridad de la ignorancia y de la esclavitud, manejados como peleles en tinieblas, y sin control en manos –y eso es lo terrible, dramático y patético-, de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos, digo bien; y ello, agravado por el hecho de que no sólo no nos conocemos, si no que ni siquiera lo advertimos; puesto que no somos conscientes de ello. Vivir en esa negación y en esa oscuridad de la ignorancia es autonegarse. Y autonegarse es, a su vez, impregnarse de negatividad.

De modo que autoafirmación y autoafirmarse es equivalente a positividad -que no positivismo-, mientras que negatividad es lo contrario, esto es, autonegarse y destruirse.

Y, para resumir:

1.- No se puede, en consecuencia, ejercer la Autoafirmación sin consumar el proceso de búsqueda del ser esencial, ese viaje de búsqueda que, si lo es, sólo puede serlo dirigido hacia lo hondo de nosotros mismo, hacia dentro, hacia el receptáculo perdido en nuestras entrañas contenedor de todas las respuestas.

2.- Esa búsqueda únicamente puede realizarse desde el viaje iniciático que parte de las tinieblas que configuran la oscuridad de la ignorancia inconsciente que nos rodea y nos posee por dentro y por fuera y se dirige a la meta del conocimiento guiado por esa tenue luz, tapada y oculta, cuya llama yace escondida en la sima más baja y profunda de nuestra caverna interna. Porque si la oscuridad es algo, es absoluta ignorancia, perfecta manipulación y control de uno mismo por uno mismo, atado y casi ahorcado por la cuerda de la esclavitud inconsciente en la que vegetamos en ese letárgico sueño de apariencia de vida que nos impregna de muerte.

3.- No existe otra búsqueda, y si nos deslumbra la apariencia de una existencia tal, ese fatuo y falso brillo deslumbrante no es la búsqueda, sino la gran pérdida en la que ciegos y dispersos deambulamos todos.

No hay otra posibilidad en la dirección de la búsqueda. La expansión de la conciencia es una explosión interna de luz –esto es de información real y auténtica, fruto del trabajo arduo, constante, doloroso y vivificante del esfuerzo y trabajo realizado por uno mismo durante la observación activa, serena, tolerante, respetuosa y fraternal de los paisajes que va encontrando durante ese viaje de descenso a lo oculto del ser interno; a la esencia del espíritu agonizante y eterno que se nos desvela en ese descubrimiento de lo real de uno mismo.

Desde mi punto de vista, no hay, ni aquí sobre la Tierra ni en ningún lugar del cosmos, otro modo de acceso al conocimiento y a la propia verdad del ser.

No existe la fórmula mágica, la receta magistral, el toque shamánico, el toque ocultista iluminado que posibilite el evitarse esa marcha iniciática propia o que otorgue la iluminación, el conocimiento. Nadie puede dárselo a otro. Nadie puede obtenerlo de fuera, porque otro, supuestamente se lo de, ese “artículo”, el del auto-conocimiento, no existe en el mercado; sólo existe en lo más hondo de cada uno de nosotros y no sirven ni “iluminados” ni “gurús” ni “maestros” ni “naguales” –tan en boga hoy- ni otros tipos tales que puedan darle a uno, así como por arte de magia o como quien vende un artículo determinado, la iluminación del conocimiento de sí mismo; la luz del encuentro con su esencia. Y sí alguien se reconoce a sí mismo como poseedor de esa capacidad, él tal no sería nada más que otro ególatra confundido por un fatuo poder y vacío de identidad.

Nadie puede, pues, ahorrarnos ese propio esfuerzo y trabajo en esa búsqueda, en ese encuentro. Y lamento no tener mejores noticias.

(Extracto de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”)

Imagen: http://www.pfdb.com.ar/pfdb/images/fondodelmar.gif

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.


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Jueves, 22 de Mayo de 2008 11:08 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

21/05/2008

¿DÓNDE ESTÁN LAS MANOS DE MI ALMA?

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¿Dónde están las manos de mi alma?
Puede que para algunos, esta interrogación
aluda a la metáfora, a la ficción...
Pero ¿qué es realidad y qué es ficción?
¿Podría sin mis manos de carne tocar otras carnes?
¿Podría sin las manos del alma convertir el toque en caricias?
¿Podría sin mis puños, golpear otros puños injustos?
¿Podría sin mis manos del alma, golpear la injusticia?
¿Podría sin mis dedos de piel, bordear una boca?
¿Podría sin mis manos del alma, nombrar los deseos?
¿Qué sería de la realidad tangible de mi carne y de mis huesos
sin mis manos de sangre?
¿Qué sería de la realidad inmensa de mi vida y de mis sueños
sin mis manos del alma?.

Mi cuerpo sabe dónde están sus manos
y sabe de su obrar entre descansos y esfuerzos.
Entre avances y retrocesos y entre golpes y caricias.
Entre penumbras y luces y entre risas y besos.
Entre mentiras y negaciones y entre lágrimas y devaneos.
Entre caminos y luchas y entre fracasos y éxitos....

Mis manos, las del cuerpo,
saben perderse y volverse a la luz.
Pero mis manos, las del alma
saben sostener las de carne en la vida,
y saben apuntalarlas, y dirigirlas en el amor y en la ternura;
en el dolor, en la tristeza y en el gozo y en la esperanza…
Pero, ¿dónde están las manos de mi alma?

A veces pienso que las manos de mi alma
son las palabras que nacen en mí
y que duermen rezagadas en mi corazón,
aguardando a que mis labios puedan darles forma.
A veces, siento que las manos de mi alma
son las fuerzas que sostienen mi paso por la vida
y hacen que me sienta como un semejante más en el camino..

A veces, vislumbro que las manos de mi alma
son las que mantienen abiertos mis ojos a la injusticia,
y dirigen mi voz y mi lucha
por la senda de la entrega y de la libertad.

A veces, intuyo que las manos de mi alma
son los restos de esa niña inocente que aún vive en mi
y que sigue, calladamente, velando mis sueños…

(Del prólogo de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?”
No publicado, cuyos “trozos” están esparcidos por esta bitácora)

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Miércoles, 21 de Mayo de 2008 12:19 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

19/05/2008

DE LA MALARIA Y DE OTROS BICHOS

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Ahora sé que los bichos que a una le pican y le producen fiebre y alteraciones en el cuerpo no son los peores con los que una se puede topar…, y lograr esa certeza, ese conocimiento vivencial de tal evidencia - paradójicamente -, se lo debo a África; y digo “paradójicamente” porque ¿cómo puede entenderse que esos primitivos y salvajes puedan enseñar nada? Pues bien, ese gran conocimiento me lo enseñaron y me ayudaron a adquirirlo esas mismas gentes, las gentes “salvajes y primitivas” de África. Que fue el lugar al que fui a parar con mi bata blanca y mi alma virgen llena de manos, en la creencia, de que el que uno se encuentre a sí mismo y pueda realizar sus "ideales", depende del lugar, de lo externo. ¡Vaya fantasía enajenante!

Lo primero que se me hizo añicos al llegar fue ese etnocentrismo que uno alberga como producto flamante de ese lado tópico y encubridor de "cultura occidental, civilización y progreso occidental, imperialismo tecnológico, y un largo etcétera"; y digo "lado tópico", porque eso nada tiene que ver con los verdaderos valores culturales y humanos de la cultura “judeo-grecorromano-cristiana” de la que soy hija, y de la que lo desconocemos casi todo en profundidad.

Tuve que pasar por la caída de toda la escala de valores que enarbolaba para comprenderlo; y eso me lo enseñaron las mal llamadas "culturas primitivas" y sus mal llamados "inoperantes, desfasados e ineficaces valores".

Denominar primitivos y hacerlo con cierta connotación peyorativa a estos pueblos, a sus tradiciones orales cantadas por los "Griots", a sus ritos ancestrales, a sus cosmogonías y a sus esperanzas finales de realización como pueblos - aunque estas yazcan olvidadas en las memorias colectivas, esperando ser despertadas -, es uno de los peores bichos que llevamos los civilizados occidentales dentro; "no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que por ella sale" y lo que suele salirnos, cegados como estamos de estupidez y de ignorancia, es monstruoso casi siempre. De modo que confundimos ágrafo con primitivo ignorante; cultura con civilización; robotización y desper­sona­lización con progreso; y nos quedamos tan felices.

La caída me hizo trizas las mil y una entelequias que desde ese "ombligo del mundo" que creemos ser nosotros y nuestra "sacrosanta civilización occidental" me había construido; a cambio, esa misma caída me regaló vislumbrar la respuesta a esa pregunta esencial que bailoteaba en mí desde antes de mi concepción; la pregunta sobre el lugar por el que nacen las manos al alma. ¿Por dónde le nacen a una esas manos? Y, ¿dónde están las manos de mí alma?

Después de cinco años largos en suelo africano llegué a la conclusión de que lo mejor que podía pasarle a los africanos, es que todos los europeos se fueran de allí; sí, que nos marcháramos y les dejáramos construir su propia historia en paz. Cosa difícil de materializarse puesto que ya se encargarán los imperialismos, de hoy y de siempre, de mantenerlos (como los mantiene), sin infraestructuras y en el engaño de que les ayudan, de que les ayudamos, para poder seguir en el expolio de las materias primas, de las licencias y del neocolonialismo salvaje de hoy.

Colonialismos hay muchos y se perpetúan en el tiempo de muy diversas maneras. Invariablemente, cuando mani­fiesto que lo mejor que podría pasarle a todos los países del tercer mundo sería que todos los europeos y occidentales se marcharan, y cuando digo que "todos", quiero decir justo eso: que se marchen absolutamente todos; obtengo, como decía, invariablemente una de las mayores repulsas. Cuando me oyen (que no me escuchan), hablar de ese modo, exclaman con horror: “¡Qué cosas más raras dices…cómo puedes pretender que toda esta gente que les está ayudando los abandone!… ¿Que se vayan los médicos, los maestros, los educadores, los evangelizadores… los diferentes cleros…? ¿Qué será entonces de esos desgraciados?… ¿Y la solidaridad? ¡Debes estar loca!”

Y yo que, por solidaridad entiendo algo muy distinto a sobreprotección y neocolonialismo, algo que nada tiene que ver con altruismo ni con ayuda y si mucho con deuda y justicia, insisto: ¡No estoy loca!… ¿O tal vez sí lo estoy? Quizá la búsqueda de la Verdad, de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad en el ser humano y para todos los seres humanos sin excepción sea una locura... ¡Benditos sean quienes estén aquejados de tal locura y bendito si además esta locura se torna contagiosa!

Yo no digo que individualmente o en algunas de las organizaciones no gubernamentales no haya un deseo honesto y altruista de ayuda y de dedicación, y que por encima de ello, haya un deseo de justicia como en mí misma lo había... Lo que digo es que, a los sufridos africanos y a todos esos países del “tercer mundo”, ese altruismo y esa ayuda les sale muy cara; ya que de modo encubierto y falaz, esa ayuda y ese altruismo sostienen toda una farsa e hipocresía, sutiles y profundas, en las que, lo queramos o no, estamos implicados. Por ejemplo: ¿Quién vende armas al tercer mundo? ¿Quién importa las materias primas de esos pueblos y les vuelve a exportar esas mismas materias manufacturadas o refinadas? ¿Quién pesca en sus costas a la vez que hace todo lo posible por mantener a esos pueblos costeros sin infraestructura pesquera? Y esto a voz de pronto por no aburrir al lector, ¡porque hay un largo etcétera de preguntas!.

Lo cierto es que les damos "peces" pero no les enseñamos a "pescar" y la ayuda que damos es "pan para hoy y hambre para mañana". Ayuda que sólo sirve para que nuestros sentimientos de culpa, como pueblo explotador de pueblos y pueblo colonizador, se relajen. Sobre todo cuando de pronto se inundan los medios de comunicación con noticias sobre guerras y sobre exterminios (saliendo a la luz el que nosotros les vendemos las armas con las que asesinan, y les negamos ese 0,07 % de nuestra riqueza), como si esas guerras y esos exterminios fueran algo puntual y excepcional de un determinado país, cuando la guerra y el exterminio son algo vivo y continuado que desgarra desde hace siglos al continente africano. Y lo que es más, cuando esos exterminios y guerras han sido directa o indirectamente provocados e inducidos por nuestros propios planes estratégicos de “desestabilización” para evitar el que creen infraestructuras suficientes y se hagan lo bastante autónomos como para tratarnos de “igual a igual” en ese supuesto libre mercado… O ¿quién se repartió el territorio africano, a finales del siglo pasado y principios de éste, trazando líneas sobre un mapa y sin respetar ni culturas, ni etnias, ni pueblos? ¿Y dónde realizan las multinacionales farmaceúticas sus experimentos sin importales el número de víctimas que producen? Y cito esto por no citar cosas más actuales que podrían “herir susceptibilidades” y levantar violencias y ánimos indeseados…

Además, la palabra "ayuda" encierra ya en si misma toda la hipocresía y la falacia que rodea el problema; porque cuando alguien "ayuda a otro" se sitúa, lo quiera o no, en un plano superior, asimétrico, e incluso dominante. La coparticipación y la corresponsabilidad desaparecen ¿A quién convencen nuestras dádivas y nuestras lágrimas de cocodrilo?

En los siglos pasados se colonizaba por ocupación de los territorios y dominación "in situ" de las culturas autóctonas, hasta ser borradas del lugar, y con ellas, borraban también a los individuos o los esclavizaban. En nuestros días el neocolonialismo existente es económico. Somos los propietarios - bueno, el Fondo Monetario Internacional -, de casi todos los países tercermundistas; puesto que casi todos están hipotecados hasta los pelos, con cuotas imposibles de pagar. En cuanto a sus culturas, aparentemente, nos ocupamos mucho de respetarlas y de conservarlas, fundamentalmente con­ser­varlas, tanto que las "enlatamos" para conservarlas mejor en nuestros museos, facultades, centros de investigación etc. so pretexto de su estudio y conocimiento. ¿No sería mejor permitir que crecieran y se desarrollaran en los lugares de procedencia?

Pero volviendo a ese neocolonialismo económico actual, los efectos sobre los individuos y sus tierras siguen siendo más o menos los mismos de siempre, sólo que cubiertos de una falaz y muy sutil apariencia de "ayuda". De manera que si el dejarlos completamente a su suerte tuviera que pasar por suprimir esa ayuda y eso implicara también que iban a poder crecer y desarrollarse a su manera, creando su propio mañana, sus propias creencias y certezas, su propia infraestructura y su propio progreso... ¡Adelante! Eso es lo que digo. Sé que ellos lo lograrían.

Pero nosotros, claro, tendríamos que renunciar no sólo a nuestra omnipotencia como civilización imperial y dominante, sino a esa tremenda despensa y mercado que es el tercer mundo. Tendríamos que asumir nuestra propia responsabilidad y nuestras propias culpas. Tendríamos que cuestionarnos nuestra destructibilidad, nuestra hipocresía, nuestra ambición, nuestra prepotencia y preponderancia… Además de otras muchas cosas difíciles de asumir y de cuestionarnos. No podríamos acallar nuestras conciencias con lo buenos que somos y lo mucho que ayudamos... Y eso es muy duro de aceptar.

Sí, es muy duro de aceptar que en el fondo esas pseudoayudas van destinadas más a mantener "consumidores" (¡de lo contrario, qué mercado iba a haber), que a lograr un verdadero progreso de esos pueblos...

Así que seguirán diciéndome que digo burradas, y yo seguiré oyendo y escuchándolo y continuaré pensando lo mismo que pienso. Sin embargo, también reconozco que muchas de las personas que encontré en África entregaban sus vidas desde el amor al servicio de esos pueblos y como dice Nietzsche: “... lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”.

Es necesario aceptar toda la carga de hipocresía que llevamos encima de nosotros –nosotros occidentales, tan civilizados y cultos- y asumirla si queremos verdaderamente reconocerla y deshacernos de ella para tender fraternalmente la mano a todos esos pueblos desde la igualdad de lo humano y no desde el interés y la ambición. El que nuestra sociedad occidental - tal y como es y ha sido hasta hoy-, realmente lo lleve a cabo algún día, es algo en lo que me cuesta creer, pero que deseo desde lo más hondo de mi ser.

En cuanto a mi experiencia con esos pueblos "primitivos, brutos e ignorantes", tengo que decir que ellos me ayudaron, a ver con los ojos del corazón y a tocar con las manos de mi alma lo que yo era, lo que yo quería y buscaba y el profundo sentido de la vida; mostrándome también el camino de la realización.

Ellos fueron los mejores maestros que pude tener en el aprendizaje del verdadero humanismo y en el proceso de reconciliación con mi historia y mi cultura. Así que bendigo todos los accesos de malaria que tuve que soportar, además de otros bichos de los que pican y algunos de los que se llevan dentro. Ya lo dice Saint-Exupéry: "Es necesario tolerar alguna oruga si uno quiere conocer la mariposa" y "hay que pasar por las espinas si uno quiere tomar y conocer las rosas".

Y de vuelta a África, cuando uno pisa su suelo por primera vez, tiene la sensación de que alguien ha soltado por ese lugar a los cuatro jinetes del Apocalipsis y los mantiene en un ritmo frenético, desenfrenado y constante. La muerte, la guerra, el hambre, las enfermedades, además de la sinrazón, de la explotación y de la miseria; lo interpelan a uno sin descanso. Es como si todas las capacidades de horror, perversión, atrocidad, exterminio, etcétera, del hombre con el hombre, se dieran cita allí. Y una camina aturdida entre clítoris arrancados, niños y madres que mueren como moscas, epidemias, hambrientos, desnutridos, enfermedades que en Europa son banales y en esas tierras son mortales... Una se siente por un lado impotente ante tanta desgracia y por otro lado, por poco que una haga, lo que hace sirve para tanto y es tan espectacular, que una a veces está tentada de creerse un dios y perderse cegada de omnipotencia...

Y en medio de todo eso, se llega a un poblado y se pregunta: “¿Nakanga def?" O al menos eso es lo que se debe preguntar en el país al que yo llegué, si quería ser comprendida, y le responden a una: "¡Mangui fi rek!" Que quiere decir: -"¿Está la paz contigo? ¡Sí, simplemente conmigo aquí, está paz!". Y uno sigue preguntando: "¿ Y en su casa, y en su familia, y en sus mujeres, y en sus padres, y en sus hijos, y en sus muertos, y en sus animales, y en su comida... está en todo la paz?" Porque en África todo vive, todo está animado, todo tiene alma; así que hay que preguntar por todo. Y la respuesta no varía, todo y cada uno de los objetos, todas y cada una de las cosas y de las personas tienen la paz; la viven, les acompaña, la respiran... Y una, perpleja, se esfuerza en comprender si esa paz que mora en ellos y se refleja en sus miradas es lo mismo a lo que nosotros llamamos paz o se trata de algo diferente.

Sus ojos cantan serenidad, alegría y confianza. Y lo hacen de un modo imperturbable… Más allá de las desgracias… Más allá de los sistemas filosóficos y sociales… Más allá de las creencias y de las dudas… Más allá de las miserias… Más allá -inclusive- de los dioses. A veces unA confunde esa serenidad y paz que respiran con una resignación enfermiza, con un abandonarse, con una acérrima creencia en la fatalidad y el destino según la voluntad de los dioses y una pasividad e indiferencia mórbidas; y en sus ojos, en lugar de ver reflejada la paz, una ve una interrogación constante que lo persigue con un ¿por qué? Tortuoso día y noche; con un "por qué" sin respuesta que se le clava a una en el alma.

Pero esa transformación de lo que se ve en sus miradas (cuando se mal interpretan la paz y la serenidad como indiferencia y resignación), no es nada más que la culpa que se siente y de la que una quiere alejarse; y cuando se cae en la cuenta de que la pregunta sólo la plantea la propia consciencia de una y no los ojos de ellos, entonces se vuelve a encontrar la paz en sus miradas; paz que nunca se alejó de sus ojos. Es entonces cuando se descubre en esos ojos, a la paz, a la serenidad, y a la alegría, todo el dolor y la tristeza del alma de esos pueblos junto al hambre, la miseria, el horror y el sufrimiento de sus cuerpos.

¡Y cómo no va a encontrarse una con esos sentimientos entre tanta desgracia! Pero ese encuentro de sentimientos no anula lo que se refleja en sus ojos ni son antagónicos con ese reflejo... Porque se puede estar mordido por el hambre y por la enfermedad, atravesado por la pobreza y por la muerte, extenuado por el dolor... y, no obstante, se puede simultáneamente vivir en paz, estar sereno y sentir la alegría de cada amanecer. Y eso constituye todo un aprendizaje que esas personas me ayudaron a realizar. Otra vez la paradoja humana.

Nosotros los occidentales hemos confundido tanto el tener y el hacer con el ser que difícilmente podemos entender la simultaneidad de esos estados y sentimientos ni descifrar el sentido de esa paradoja... En su lugar, nosotros caeríamos en la desesperación, en la depresión, en la melancolía, en el suicidio, en el crimen y ¡En qué sabe Dios cuántas cosas más! Una, civilizada occidental, que necesita tantas y tantas cosas para considerarse feliz y que la paz le habita, se pregunta perpleja por la causa que mantiene a esas gentes en la alegría; lo que hace que sus ojos no se apaguen y devuelvan siempre miradas chispeantes de aliento y serenidad... Y. al principio no se entiende nada. Y no se entiende porque se va de salvador y de sabio; de abanderado y procurador de la civilización y del progreso; de transmisor de las claves del bienestar; de precursor de la cultura y de no sé cuántas estupideces más. Pero poco a poco una va despojándose de todos los bagajes en los que está atrapada, y va descubriéndose y descubriendo esa desconocida causa que no puede ser otra que lo esencial...

Sin embargo, como una no termina de pulirse nunca, cuando salí de allí lo hice con una gran furia y resentimiento hacia todos los europeos que se quedaban - monjas, curas, misioneros seglares, cooperantes técnicos, expertos, etcétera-, ahora, y no es que mi proceso de pulimentación esté ya acabado; comprendo que la "cosa" nada tiene que ver con el quedarse o marcharse; y esto no es antagónico con el hecho de que, por otro lado, también pienso que lo mejor es que se fueran de verdad todas las poten­cias. No, no tiene nada que ver porque esa búsqueda de lo esencial no requiere el que uno vaya de un lado para otro por la geografía del planeta. El movimiento que se requiere es realizable por otras geografías que uno lleva dentro.
Así que una puede quedarse o marcharse del lugar externo en el que habita sin que ello importe lo más mínimo si es que se ha movilizado por dentro lo suficiente para encontrar y asumir que el territorio que buscamos lo llevamos dentro.

Entonces yo me fui. Ahora no necesito moverme de donde estoy, porque aquí, en este ser y estar de terapeuta, de buscador de la peculiar verdad que habita en cada uno de los corazones de los hombres y en el mío propio, y que para nada es una "Verdad" única e incuestionable, es dónde puedo librarme y ayudar a que se libren -quienes a mí acuden en busca de ayuda-, de todas las mentiras y de todas las tinieblas que nos habitan tanto a mí como a todos. Aquí, en este espacio es dónde espera paciente ser encontrada esa verdad, para poder despojarnos de todas las máscaras y disfraces que nos oprimen y disfrazan, sumiéndonos en el sufrimiento y en la oscuridad.

Y después de todo, ¿qué apren­dí entonces y sigo apren­diendo hasta hoy, de mi paso por África? Aprendí, fundamentalmente, que lo esencial ni se posee ni es el privilegio y la riqueza de unos cuantos; aprendí a descubrir la causa de esa paz y esa serenidad que irradiaban sus ojos más allá de la desdicha y la miseria; pero con todo, tal vez importe más todo lo que desaprendí y que me llevó al encuentro de mí misma y de mis semejantes. Al desprendimiento de todos los etno­centrismos, racismos y xenofobismos (aun­­­que lamentablemente, siempre quedan algunos), al desprendimiento de todos esos "ismos" que nos endurecen el alma. y aprendí la hipocrtesía y las falacias de las "ayudas" que si de alguna ayuda son, lo son para hundir más y más a esos pueblos.

Y también pude aproximarme más a ese difícil concepto de la Igualdad sin por ello enmascararlo de barnices religiosos institucionales. Al hecho de que todos somos iguales y lo mismo, y al hecho de que los seres humanos no nos diferen­ciamos por el lugar geográfico en el que nace­mos; ni por las culturas en cuyo seno nos desa­rrollamos; ni por el color de nuestra piel, ni por nuestras características físicas, ni por las infor­maciones que logramos almacenar, ni por los status socioeco­nómicos a los que logramos llegar. No, por más que pueda resultar paradójico también este reconocimiento, nada de eso nos hace diferentes. La dife­rencia aparente no es más que otro de los enga­ños en los que navegamos, puesto que una es la esencia y todos participamos de ella. Los seres humanos tan sólo nos "diferenciamos" unos de otros en la magnitud en que cada uno de nosotros nos "cree­mos" diferentes; en la magnitud en que permanece­mos alejados de nuestra esencia contaminando nuestra percepción. En la magnitud que traicionamos la justicia y la libertad y nos presentamos cómo solidarios cuando en realidad vamos de amos dominantes. Ese es nuestro autoengaño. Una vez más "no es lo que entra por la boca del hombre lo que contamina al hombre, sino lo que de ella sale" - como pone uno de los evangelistas en boca de aquel Jesús al que llamaron Cristo -, de manera que, en la medida en que uno mismo se ciega ante el hecho de que lo esencial es único y común a toda la humanidad, en esa misma medida, uno se queda atrapado en la engañosa existencia de "lo que nos diferencia". De ahí a las xenofobias, racismos, etc. sólo hay una línea de separa­ción escrita en el aire.

(Extracto de mi libro "¿Dónde están las manos de mi alma?" que si bien no se ha publicado, lo he ido dejando a "trozos" en esta bitácora).

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

Imagen: http://usuarios.lycos.es/irivero/libreria/Senegal036.jpg

 

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Lunes, 19 de Mayo de 2008 20:32 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

14/05/2008

SOBRE EL AMAR Y EL QUERER

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Quisiera hoy esbozar, someramente, algunas reflexiones en torno al amor y al arte de amar.

Amar: es integrarse y girar en el movimiento creador y eterno del amor.

Amar no es “querer”. Y cuando utilizamos “amar” como sinónimo de “querer”, dando a entender que amamos, lo hacemos equivocadamente. Cuando sólo “queremos” a alguien no lo estamos amando. Lo estamos utilizando.

Querer tiene componentes de utilización, de posesión, de deseo y de interdependencias que son ajenos al hecho verdadero de amar.

Cuando “queremos” a alguien, solemos hacerlo con exclusividades, surgiendo el apego y la más o menos velada apetencia –encubierta con chantajes afectivos- de que aquél o aquellos seres a los que queremos, cubran todas nuestras expectativas y colmen todas nuestras necesidades. De nada de eso participa el genuino amar. Todo ello le es extraño.

El querer siempre encubre intereses más o menos conscientes, más o menos ocultos. Siempre hay un “te quiero si me quieres, si me halagas, si me defiendes, si me proteges, si adivinas y me das todo lo que deseo, si estás a mi lado para siempre, si eres exclusivamente para mí, si eres como yo deseo que seas y haces lo que yo espero y deseo que hagas”.

El querer está, pues, condicionado a un gran número de cosas y es interesado. Mientras que el amar es absolutamente incondicional, abnegado, generoso, espléndido, tolerante, transformador, enriquecedor, desinteresado, altruista y desprovisto de apegos y de exclusividades.

Amor: el amor no se explica. Se vive. Se siente. Se da. Se recibe.

El amor no es un afecto ni un sentimiento como el cariño, la pasión, la rabia, la cólera, la ira, la tristeza, la alegría… etc. Y tampoco es una pulsión como el deseo, aunque muchas veces confundimos el amor con todas esas cosas, sino la realidad única y total del Ser y, por tanto, aquello de lo que se nutre la vida.

El miedo y el odio nos cierran al amor.

El odio no es lo contrario u opuesto al amor, sino la creencia de que su ausencia existe; pero la ausencia de amor es imposible ya que nadie podría seguir vivo si no tuviera dentro de sí amor. La ausencia absoluta de amor es incompatible con la vida. Es más, podríamos considerar que el amor es, por sí mismo, lo que sostiene la vida, y por ende, incompatible con su ausencia: si el amor está ausente, es que estamos muertos. La falsa creencia en la posibilidad de que el amor puede no existir o estar ausente, al igual que el miedo y el odio, se asientan en la mente destruyéndonos. No en vano, todas las religiones y filosofías humanistas de oriente y occidente convergen y coinciden en lo mismo: que Dios es amor. Sea lo que sea eso a lo que se llame Dios.

El amor verdadero y genuino es expansivo, inclusivo (o no excluyente), activo, tolerante, no beligerante, creador, paciente, transformador, receptivo, fertilizante, desinteresado, desapegado y lúcido.

En cierto sentido puede también afirmarse que el amor es lo que posibilita la superación de la dualidad, y primordialmente, en todo lo que concierne a los polos opuestos “masculino y femenino”. Y esto es así, porque al amar se potencia y desarrolla lo masculino que hay en cada uno de los seres humanos, mientras que al ser amado, se potencia y desarrolla también, de igual manera, nuestra receptividad y fertilidad, equivalente a lo femenino que también anida en todos y cada uno de nosotros. Y ello independientemente de que seamos hombres o mujeres. O, mejor dicho: tanto si somos mujeres cómo varones. En consecuencia, el amor equilibra los dos conceptos (masculino y femenino), y conduce a la superación de lo opuestos, logrando que la Unidad se haga realidad en cada uno de nosotros.

Y al hilo de lo que el genuino amor es, y de lo que el auténtico amar significa, ¿cómo se entroncan todo ello en una terapia? ¿Qué tiene que ver el amar y el amor con el difícil arte y oficio de ser terapeuta? Decir en primer lugar que un proceso terapéutico, tanto si discurre en el marco de la terapia individual, como si lo hace en el de la grupal, debe tener al amor incondicional como guía –el amor siempre es incondicional-, como su mejor aliado; y debe procurar que las relaciones y vínculos que se establecen entre terapeuta y paciente se impregnen de sus dones. Porque todo proceso terapéutico no puede ser otra cosa que un aprendizaje en el auténtico arte de amar.

(Extracto de mi libro “Las máscaras del yo o de robot a persona”).

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

(Imagen de: http://palavrasaovento.blogs.sapo.pt/arquivo/amar.jpg)

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Miércoles, 14 de Mayo de 2008 09:50 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

12/05/2008

EL ARTE DE DESAPRENDER

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Estamos tan llenos de información sobre las cosas, y sobre nosotros mismos, que andamos perdidos por la senda del desconocimiento, alienados del alma del mundo, del alma de las cosas y de nuestra propia alma. Extra-vagantes y aletargados, poseídos de un saber ex-céntrico con aroma y sabor de coherencia.

Perro, flor, árbol, persona, piedra, río... son solo conceptos que prefiguran una información perceptiva, a la vez que nos alejan de la esencia real de lo percibido; de modo que la fuente del aprendizaje se establece en la dualidad objeto percibido/sujeto perceptor, manteniéndonos fuera del verdadero conocimiento.¿Podrá la luz abrirse paso entre tantos conceptos e informaciones asentadas en nuestras atiborradas mentes? Aprendemos: "los vegetales no hablan ni piensas", "las piedras no son seres vivos", "los animales no tienen consciencia de si mismos, no sufren", nuestro universo tiene tres dimensiones"... Así que, ¡eso almacenamos en nuestras mentes...!. Y más vale que a nadie se le ocurra oír hablar a un perro, o escuchar el gemido desgarrador de un olmo talado, o algo similar! ¡Y mucho menos tener alguna experiencia en otra dimensión!, puesto que resultaría tremendamente peligroso.

Así las cosas, es mejor continuar nuestra andadura como pobres mortales tridimensionales y desalmados, al abrigo de cualquier otra verdad que no sea la de nuestras inamovibles y cientificistas convenciones, acerca de lo que es, de lo que no es, y de lo que puede ser.

Y bien, nosotros nos lo perdemos. Si; nos lo perdemos nosotros, y nuestro planeta, y nuestra galaxia, y la evolución... ¿O es que acaso pensamos que la evolución sólo es algo que nos concierne a nosotros en exclusiva? Pero la evolución no es solo cosa nuestra, aunque las convenciones hayan ocupado nuestra consciencia sumiéndonos en la noche. La evolución concierne al planeta, al universo y a toda vida y vibración. Pero nada, parece que vamos por la vida haciendo lo que Hegel –burlándose de los materialistas de la época- decía: “Si los hechos contravienen la teoría, peor para los hechos”. Sin escucha, dormida y a oscuras nuestra mente no ve nada más que conceptos carentes de sentido, y vamos tan aletargados por la vida, tan muertos, que no nos damos cuenta, de casi nada, de cuánto nos rodea. Tomamos una florecilla, nos gusta o no, la olemos y la tiramos otra vez sin habernos percatado de ningún sentido... ¡La florecilla, los animales, los árboles, las piedras, el agua, los metales... Todo en la vida tiene un sentido! Todo en la vida se une en un solo canto con el sonido del cosmos, del cual, nosotros somos sólo una ínfima parte. Porque desde la más ínfima partícula, hasta una estrella, pasando por la hormiga, la flor, el ser humano y la montaña, somos lo mismo y estamos estrechamente Interrelacionados…

Pero seguimos orgullosos sin enterarnos de nada como sacos andantes repletos de información, con grandes ojos que no ven y orejones que no escuchan. Tal vez, en un instante fugaz, uno despierta un poco y vive el milagro de la naturaleza, percibe que todo tiene una voz, una razón de ser, un momento, un nacimiento, una muerte, un renacimiento; que todo vibra y se mueve en constante ritmo, que toda materia habla, gime, comunica su vibración y se esfuerza por la evolución y en la vida. Pero nosotros, peregrinos sin fin hacia una tierra de no se sabe dónde, seguimos dando por sentado que sólo es procesable y aprehensible aquello que es medible y cuantificable desde lo que nuestro cinco sentidos pueden oír, oler, ver, gustar y tocar; y con un sonoro portazo de ciencia oficial perceptivo-cognitiva, seguimos la marcha tranquilos y cerrados a toda otra percepción, ignorando todo conocimiento sobre la vida majestuosa que nos rodea y nos habita. Y si esa misma vida y realidad contradice nuestras teoría, pues peor para la vida y la realidad, cómo bien decía Hegel: "Si la teoría contradice los hechos, peor para los hechos" tratando de poner en evidencia la ceguera del materialismo positivista.

Y no es que no tengamos señales en nuestra ruta, que a lo largo de la historia nos indican una y otra vez los pasos del despertar, del desenseñarse. Porque señales, "haberlas haylas" es mas, en realidad lo único que hay son señales. De modo que si tan solo pudiéramos dejar un huequecito en ese saco repleto de falsa sabiduría andante, la luz podría iluminar poco a poco nuestra oscuridad y esas señales saltarían a nuestro encuentro deseosas de guiarnos con veracidad... Pero no hay caso.

Hoy que todo el mundo anda loco por enseñar y ser maestro, se me ocurre que lo que nos hace falta es un "desenseñador", alguien que, como lo hacia el personaje de Hinton en sus relatos científicos sobre la cuarta dimensión, nos ayude a desaprender y a erradicar todas esas convenciones que obstaculizan en nosotros el desarrollo de nuestras potencialidades, de toda nuestra ternura y de toda nuestra humanidad. Esa es la función clave y magistral de todo maestro que verdaderamente lo sea, como lo fueron desde Lao Tse a Bakunin, pasando por Diógenes, Sócrates, Spinoza, Schrödinger y Heisemberg. Porque,
¿no es "desenseñar" lo que hace Krishnamurtri cuando dice la imagen que uno tiene de la realidad, es diferente y distinta de la realidad misma o cuando señala que comprender intelectualmente es como decir bananas? ¿Y no es desenseñar lo que propone Lao Tse cuando dice: "Confieso que no hay nada que enseñar... hoy hablo de una manera y mañana de otra, pero el Camino permanece siempre mas allá de las palabras y de la mente. Se simplemente consciente de la unidad de las cosas”?

Hay que poner un desenseñador en nuestras vidas, ¡y estamos de suerte!, porque en cada uno de nosotros mora un desenseñador y aun estamos a tiempo. En realidad, cada instante es todo el tiempo del mundo para retomar el camino del despertar, ya que el tiempo no es nada más que otra de las muchas variables en las que transitamos descarriados y de la que debemos también "desenseñarnos".

Hinton, el creador del termino "desenseñador" ("Unlearning" en el original), narraba que nuestro espacio mental (¿nuestra consciencia, nuestro espíritu?) es hiperespeso, y que nos impedimos atravesar el umbral de la tercera dimensión, y circular por dimensiones superiores, (la cuarta. quinta o enésima dimensión), a fuerza de considerar como verdades absolutas, lo que solo son convenciones limitativas que nosotros mismos hemos construido y damos por sentadas.

En los relatos de Hinton, este personaje, hace que las viejas y limitativas convenciones se desvanezcan liberando a la mente de su cautiverio; pero Hinton no cuenta que dentro de cada uno de nosotros, aguarda paciente un desenseñador, dispuesto a funcionar en cuanto le dejemos realizar su tarea.

A veces le ponemos a las cosas de siempre, palabras nuevas y pensamos que lo nuevo son las cosas y la vida, cuando lo eternamente viejo y nuevo es lo que es; en suma, lo que cualquiera puede escuchar y ver, si no se para a pensar que grupo de fibras y haces nervioso-sensitivos está utilizando, y que grupos celulares van a procesar y a canalizar la percepción en el cerebro, además de cuan cuantificables serán los resultados. Si por un segundo logramos esa vista y esa escucha en la luz, estamos en el camino de vuelta a casa, hemos conectado nuestro propio desenseñador interno.

En cierta ocasión alguien alababa el mérito de Miguel Ángel, capaz de convertir un burdo y tosco pedazo de piedra de mármol en esculturas tan sublimes...¿Cómo lo hace? -le preguntaron al Maestro-. "Yo no hago nada, ni tengo ningún mérito: desbarato la piedra y saco lo que ella lleva dentro". Sin duda, Miguel Ángel, no solo había conectado con su desenseñador interno, sino que él mismo lo era.

Nuestros cuerpos tridimensionales se resisten a la existencia de otras dimensiones, y es justamente esa resistencia lo que esclaviza a nuestro ser a esta tercera dimensión. La cuarta dimensión, la quinta o la enésima, no son dimensiones nuevas, lo único que las hace nuevas, es el hecho de que la ciencia oficial, hoy desde las teorías cuánticas, las abra a la luz de la posibilidad. Pero esas dimensiones son tan eternas como nosotros, y han sido tan transitadas por la humanidad, cómo lo es el metro de Madrid para los madrileños. ¿Es la escucha y la visión cuatridimensional, el fenómeno que denominamos percepción extrasensorial?... Nunca lo averiguaremos desde las convenciones tridimensionales positivistas que damos por sentadas en nuestra consciencia.

Conectemos con nuestro "desenseñador" y salgamos a pasear: "Lo mismo que el mundo puede revelarse como partículas, el camino puede revelarse como seres humanos. Aunque el mundo y las partículas no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Aunque el cuerpo cósmico y tu cuerpo no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Mundos y partículas, cuerpos y seres, tiempo y espacio: son todas expresiones transitorias del camino. Invisible, inaprensible, el camino está más allá de todo intento de análisis y de clasificación. Al mismo tiempo, su verdad está allí donde te dirijas. Si puedes dejarlo partir de tu mente y rodearlo con tu corazón, vivirá dentro de ti para siempre". Lao Tse, autor de estas palabras era un gran desenseñador. Cada uno de nosotros posee dentro de si el suyo. Escuchémoslo.

El arte de desaprender, es un antiguo legado inscrito en los albores de la humanidad, puesto de relieve en los mensajes que todos los grandes pensadores de todas las culturas nos han dirigido hasta hoy. Es un proceso vivencial arduo, cuyo pasaje requiere una experiencia iniciática de vaciado y despojo, de muerte y renacimiento, que interpela lo mas profundo de nosotros e impregna nuestra cotidianidad de un estado de alerta y de vida armónica, desbaratando nuestro acontecer rutinario y acercándonos a un encuentro real de nuestro ser, en un despertar alborozado de comunión con la vida. Todo psicoterapéuta debe, de algún modo, atravesar e instalarse en este pasaje de conexión continua con el "desenseñador" interno. Y toda psicoterapia debiera basarse en este desaprender, si pretende que el individuo se redescubra en su verdadera dimensión inalienable; ya que solo desde ahí será posible el trabajo de conjugación y reconciliación con lo esencial de cada ser humano, consigo mismo, y con la humanidad. El arte de desaprender es un proceso de vaciado, de muerte y renacimiento, que nos lleva a la libertad.

(Uno de los capítulos de mi libro: "Las máscaras del yo o de robot a persona")

¡Qué tengan un buen día!

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

(Imagen de: http://www.esa.int/images/hst_48_m.jpg)

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Lunes, 12 de Mayo de 2008 16:35 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

04/03/2008

ESAS COSAS DEL VIVIR: LA RELATIVIDAD

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Tras los tiempos de silencio, el ruido siempre estalla; pero en el ruido, siempre se pueden escuchar algunos sonidos rítmicos que nos acarician los tímpanos y el alma. Ninguna tempestad dura eternamente, aunque tampoco lo haga la calma; y la serenidad se junta con la angustia sin mezclarse, como lo hacen el agua y el aceite cuando se agitan, para que una vez recobrado el reposo, pueda discernirse cada cosa y desecharse esa negritud que nos tiñe las entrañas de hastío y repugnancia.

¿Acaso existe algo que tenga el poder de perturbarnos para siempre? No, no existe, que ya lo dice el refrán: “No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.” Y la vida sigue en ese fluir siempre nuevo que nos lleva de estacazo en estacazo y de sorpresa en sorpresa a cada paso que damos. Nada es total, redondo, completo, esférico… ¿Nada? Bueno, sí, tal vez la necedad y la estupidez humanas lo son, pero salvo eso, todo tiene su parte convexa y su parte cóncava; y no nos es posible tomar sólo una de esas partes porque el lote siempre incluye a las dos.

Tomemos por ejemplo la enfermedad. De repente uno enferma. Es entonces que descubre aquello que tenía, que era la salud, a lo que no daba ninguna importancia. Pero cuando uno asume esa enfermedad que le sorbe el seso, se da cuenta de que sigue siendo saludable en muchas cosas, que tener una o varias enfermedades es algo muy diferente a ser un enfermo, porque uno sigue siendo una persona que adolece de algo pero que goza de muchas cosas y todo ello es simultáneo. Y se puede sufrir de los dolores y a la vez gozar de lo que no lo son.

Tomemos por ejemplo las penurias económicas. De repente uno se ve incapacitado de muchas cosas, de tales cosas como llenar el tanque del auto de gasoil, hacer un viaje, ir a un espectáculo u otras cosas más, pero, incluso cuando esas penurias alcanzan el no poder cubrir necesidades básicas, también es entonces que uno descubre la cantidad de cosas que son gratis, cuya belleza es inenarrable, como contemplar un atardecer o un amanecer, o caminar por una alfombra de hojas de roble, perdiéndose por los senderos de un hermoso bosque, o encontrarse en la inmensidad de unos ojos que le miran a uno con amor, acogimiento y sorpresa, o tirar piedrecillas al embalse y disfrutar con los dibujos que hacen las ondas de agua en la superficie, o deleitarse con la amena charla de un amigo… Ya sé, me dirán que cuando a uno le suena la barriga por el hambre, esas cosas tan bucólicas que describo no son, precisamente las que reclaman nuestra atención, y sí, quizás, los llantos de esos niños que tienen hambre o el frío desamparo de la noche cuando se duerme sobre el duro suelo de la calle… Pero aún ahí, en esas situaciones de dureza, siguen uno encontrándose con cosas gratis como una mano amiga sobre el hombro, un abrazo, unos ojos que ríen desde el alma…

Tomemos por ejemplo la demagogia con la que nos martillean nuestros políticos. Es una angustia y un tormento que sufrimos mientras nos sentimos inmersos en una indefensión total. Pero no es cierto que estemos indefensos, ya que tenemos nuestro pensamiento, nuestro discernimiento, nuestra voz, nuestra fuerza y nuestro coraje, nuestra acción; y más allá de ese voto que podemos depositar cada cuatro años en las urnas, a modo de engañifa de “soberanía del pueblo” con la que nos quieren mantener quietos y dóciles, podemos actuar como ciudadanos y denunciar las cosas. Podemos cambiar las cosas… El problema es que no creemos en ello.

De modo que la vida está impregnada de relatividad. Me dirán “Ya, lo que dices es que quien no se consuela es porque no quiere… Todo lo ves muy fácil” Bien, están en su derecho y pueden decirme cuanto quieran… Pero lo cierto es que sólo la muerte es absoluta, definitiva, redonda y esférica en esta vida. Y mientras estamos vivos y en la vida, todo puede ocurrir; podemos cambiarlo todo y esperarlo todo. Sólo tenemos que tener fe en lo que creemos, una esperanza activa y dinámica y ganas de actuar. La elección es nuestra. Siempre nuestra. Porque la vida y las elecciones que tomamos -acertadas o no-, nos pertenecen. (Fragmento de mi libro "Espacios de encuentro con uno mismo")

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Martes, 04 de Marzo de 2008 20:19 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

01/07/2007

AL ENCUENTRO DEL TESORO DE SER

20070628004259-gaviota.jpgPara empezar quisiera aclarar dos cosas:

1ª.- Aquí no se trata de abordar el “ser” de un modo filosófico, sino más bien pragmático y cotidiano. Quien quiera filosofía del ser, que lea a Parménides, Protágoras, Aristótoles, Descartes, Sartre, Kierkergaard, Heidegger u otros.

2ª.- Tampoco se trata aquí de algo inmanente, transcendente, metafísico o de parecido corte. Aquí hablo de la vida y del vivir. Del camino que nos lleve a sanar nuestros inflados egos y hacernos más humanos.

Cierto que voy a hablar del Tesero de ser. ¿Pero que quiero decir con ello? Con ello me refiero a la andadura de búsqueda de lo que somos; del encuentro con uno mismo y con su más absoluta desnudez. Con todo eso del ser, de la autoafirmación, de lo esencial, del tesoro interno, etc. pudiera dar la impresión de que asevero que cuando uno logra descubrirse en su propia desnudez, en lo más interno de si mismo, se va a encontrar con la perfección personificada, con un ángel purísimo e inmaculado, con la magnífica sabiduría sobre lo divino y lo humano, y con la bondad absoluta y suprema. ¿Eso creen? Pues déjenme que les diga algo: ¡se equivocan!.

Entonces, ¿qué diantre vamos a encontrar en nuestros adentros cuando sepamos mirarnos con los ojos del corazón y nos veamos nítida y cristalinamente? Pues algo parecido a una botica: de todo un poco. Pero eso sí: todo sorprendentemente distinto a como nos creíamos. Porque puede ser que, justamente, ante las cosas que nos creíamos fuertes, nos descubramos débiles, frágiles, vulnerables. Y ante las cosas que nos creíamos valientes, nos sepamos cobardes. Que ante las cosas en las que nos creíamos sabios, nos descubramos necios y ante las cosas que nos creíamos honestos, nos describamos unos rufianes. Puede ser que no nos descubramos tan leales, ni tan honestos como creíamos, ni tan sinceros, ni tan confiables; y, sin embargo, no dejaremos de hallar un preciadísimo tesoro. ¿Cuál? El de toda nuestra realidad, el de nuestra humanidad, el de nuestros sentimientos y emociones auténticos.

El tesoro de poder conocernos realmente y poder elegir entre permanecer como hayamos descubierto que somos o aceptarlo y corregirlo. El tesoro de descubrir nuestras aristas, nuestras flaquezas, nuestros defectos y errores, pero también nuestras virtudes y aciertos. El tesoro de descubrirnos en toda nuestra autenticidad; porque sólo así podremos crecer como humanos; sólo así podremos alegrarnos y sufrir por lo que nos alegre y nos haga sufrir, sin falsedades ni autoengaños, y lo más importante, sólo así podremos amarnos y amar a los demás; sólo así sabremos qué entregamos cuando lo hacemos y que negamos cuando lo hacemos; sólo así podremos ser solidarios y comprensivos; tolerantes y flexibles; y todo eso es el más preciado tesoro que podemos poseer.

Entonces, que nadie se lleve a engaño acerca de ese gran tesoro del ser. Porque ser no significa “ser un ángel”, aunque tampoco significa “ser un demonio”. Ser, significa en primer lugar vida y estar despierto y vivo. Asumir por sí mismo las decisiones y elecciones que le conciernan, así como las renuncias y no estar encadenado a un rebaño. En segundo lugar, significa autenticidad y ausencia de engaño para consigo mismo y para con los demás. En tercer lugar significa disponibilidad y apertura al cambio. Y por último, Ser, significa amor, servicio y entrega, que son los tres únicos aspectos que conducen a la felicidad si se realizan desde ese tesoro del ser y en absoluta incondicionalidad.

Así pues, ¿estamos listos y lo tenemos claro? ¡Pues adelante, que se hace camino al andar!.

(Fragmento del mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”)

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Domingo, 01 de Julio de 2007 14:09 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

13/06/2007

DE LA BÚSQUEDA...

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La única búsqueda válida y efectiva es la interna. No hay otra posibilidad en la dirección de la búsqueda. La expansión de la conciencia es una explosión interna de luz –esto es de información real y auténtica, fruto del trabajo arduo, constante, doloroso y vivificante del esfuerzo y trabajo realizado por uno mismo durante la observación activa, serena, tolerante, respetuosa y fraternal de los paisajes que va encontrando durante ese viaje de descenso a lo oculto del ser interno; a la esencia del espíritu agonizante y eterno que se nos desvela en ese descubrimiento de lo real de uno mismo. No hay, ni aquí sobre la Tierra ni en ningún lugar del cosmos, otro modo de acceso al conocimiento y a la verdad de ser.

No existe la fórmula mágica, la receta magistral, el toque shamánico, el toque ocultista iluminado que posibilite el evitarse esa marcha iniciática propia o que otorgue la iluminación, el conocimiento. Nadie puede dárselo a otro. Nadie puede obtenerlo de fuera, porque otro, supuestamente se lo de, ese “artículo”, el del auto conocimiento, no existe en el mercado; sólo existe en lo más hondo de cada uno de nosotros y no sirven ni “iluminados” ni “gurús” ni “maestros” ni “naguales” ni otros tipos tales que puedan darle a uno, así como por arte de magia o como quien vende un artículo determinado la iluminación del conocimiento de sí mismo; la luz del encuentro con su esencia. Y sí alguien se reconoce a sí mismo como poseedor de esa capacidad, él tal no sería nada más que otro ególatra confundido por un fatuo poder y vacío de identidad. Nadie puede, pues, ahorrarnos ese propio esfuerzo y trabajo en esa búsqueda, en ese encuentro.

Lo que si existe es el falso y brillante resplandor producido por nuestro “Gran Engañador” o Ego inflado y enfermo, cuando se entrega al avasallador bombardeo del diálogo que se establece entre él y el “Gran Engañador” de otro. Desde ahí, desde el parloteo del “gran Engañador” sí es posible que uno alcance la “Iluminación” porque alguien se la otorgue sin que aparentemente le cueste nada…

¿Por qué nos entregamos a esa quimera mortecina y aniquilante? Tal vez porque “Dios los cría y ellos se juntan” –me refiero al “Gran Engañador” de cada uno- o probablemente porque nuestros automatismos nos llevan a delegar nuestra responsabilidad siempre en otros:

-“Que me lo den hecho”

-“Que el gobierno nos saque del sombrero del mago la sociedad perfecta que deseamos”

-“Que arreglen el país y que funcione y vaya bien”

-“Que me aprueben el examen”

-“Que me toque la lotería”

-“Que me curen”

-“Que me arreglen la cabeza”

-Que me arreglen la vida”

-“Que me sanen el cuerpo”

-“Que me devuelvan la salud”

-“Que me transformen en sabio”

-“Que me digan como se hace… Lo que sea, o lo que es mejor, que me lo hagan”

-“Que venga el gurú o el iluminado de turno y me venda la iluminación”…

-“Que el sacerdote me perdone”

-“A mí que me salven”

-“Que me limpien la energía”…

-“Que me pongan a funcionar energéticamente”…

-“Que me abran los chacras”…

-“Que me los equilibren”…

-“Que me adivinen el futuro y que además sea bueno…”

-“Que me salve el libro, con las recetas mágicas que contenga…”

-“Que me, que me, que me…”

¡Y que se yo cuantas cosas más!


Y así eternamente respaldados por la oscuridad de la ignorancia y el terror de la esclavitud al desplazar una y otra vez nuestro compromiso sobre los lomos de otro, al renunciar momento a momento a nuestra libertad, al depositar nuestro propio poder para la transformación y el cambio –poder que ni olemos- en el otro, y al idolatrar el poder" de otro, en la creencia de que lo posee en mayor medida que nosotros mismos, en tanta medida, que puede accionarlo en nosotros, nos vamos sumiendo en una negra y enajenada despersonalización… ¡Cuanta oscuridad, necedad e ignorancia!

¿Y qué otra cosa puede hacer uno que se cree esclavo, sin siquiera ser consciente de cómo, ni de la existencia de esa creencia, ni de cómo funciona a través de ella? Sólo quien es libre, y se sabe y se conoce libre, puede ser responsable, y actuar desde la responsabilidad; que es lo mismo que actuar desde la libertad y desde el dominio de sí mismo. En la oscuridad, en las tinieblas que nos cercan, en la ignorancia que nos penetra y nos desborda no hay luz. De manera que la oscuridad, la ignorancia, no pueden, de ningún modo, darnos la luz. Y en la oscuridad estamos nosotros, y todo aquel otro que cree tener poder para conferir y otorgar la luz y el conocimiento.

Lo único que nos damos, unos a otros, con tales creencias, son golpes mortales de oscuridad. Y así vagamos de golpe en golpe, de ceguera en ceguera, de herida en herida, por la densa noche de nuestras tenebrosas vidas de modo semejante a aquellos pobladores de la caverna de Platón... ¡Qué profunda y terrible tristeza encontrarse de pronto con esa pavorosa verdad!. Uno se la encuentra en todo momento, pero, como de pura ceguera, no es siquiera capaz de percibirla, camina aparentemente sereno, sintiendo, eso sí, esa angustia característica que produce aun la tenue voz del ser esencial al ponernos alertas y vigilantes ante tales cosas. Pero, las más de las veces, uno se confunde; y atribuye esa peculiar angustia a las mil y una agitaciones del autómata en el que se ha convertido.

Únicamente una vez, y ya metida en la harina del viaje interno de la búsqueda, me quedé así, sin casi apenas saberlo, cara a cara con esa verdad. Lloré amargamente, profundamente, desconsoladamente; no pude advertir en ese instante ni el sentido de mi tristeza ni la profunda transformación liberadora que significaban mis lágrimas. Recién ahora puedo alcanzar un atisbo de sentido; esas lágrimas fueron el detergente más eficaz que jamás tendré para limpiar toda la suciedad que supone una existencia anegada y recubierta de ignorancia, de oscuridad.

I
nsisto: no hay posibilidad de búsqueda hacia fuera. No existe la expansión de conciencia desde el exterior. No existen –y nunca lo repetiré lo bastante-, los vendedores todopoderosos de conocimiento, ni la adquisición cómoda y pasiva del mismo. Si alguien lo cree, y trata de obtenerlo así, se engaña. Ese “alguien” está perdido, y ciego, en lo falaz y oscuro de las creencias e ideas que le genera su “loca de la casa particular”. Y si alguien se cree con ese poder, con el poder de “implantar” en los demás el conocimiento, no hace más que participar y perderse en ese mismo automatismo. No hay otro método viable que no sea el de “mover el culo” (como dice el refrán acerca de aquel que quiere peces). Lo demás es ilusionismo y literatura barata.

(Fragmento de mi libro “Espacios de encuentro consigo mismo”).

Carmen Moreno Martín

Alias Hannah

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Miércoles, 13 de Junio de 2007 10:04 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser

18/05/2007

AUTOAFIRMARSE Y AUTONEGARSE: LA BÚSQUEDA DE SER

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En primer lugar quisiera presentar algunas consideraciones a cerca de lo que significa autoafirmarse y de lo que, a pesar de las apariencias, no sólo no es autoafirmarse, sino todo lo contrario.  

-. Autoafirmarse quiere decir, potenciar la verdadera esencia del ser; significa, actuar con las verdaderas potencialidades del ser humano, expandiendo la consciencia, y dando un sentido real, creativo y constructivo al movimiento de todas las energías que lo habitan, que lo nutren y que le rodean; en una realización vital, positiva y esclarecedora que enriquezca su hacer y su estar en el mundo. 

-. Autoafirmarse es, por tanto, la actuación consciente del obrar humano con las directrices del ser, que otorga a la persona una confirmación del sentido de su vida más allá de las máscaras que la ocultan. Máscaras que desdibujan, oscurecen y empobrecen su cotidiana existencia. 

-. Autoafirmarse es el resultado de un proceso de conocimiento realizado por el ser humano en lo más interno de sí mismo. Proceso que conduce a la persona a desvelar lo más verdadero y esencial del ser que duerme oculto en su interior. Proceso que permite a la persona  descubrir la riqueza del pensamiento creador y de la acción liberadora y fértil  de los impulsos y movimientos que moran en ella y que desconocía.


-.  Autoafirmarse es obtener, en un primer momento, un mayor y mejor conocimiento, tanto  de sí, como de los funcionamientos automáticos y mecánicos que, de una manera constante, inconsciente y repetitiva, han sido los impulsores y motivadores de todos y cada uno de los comportamientos, pensamientos, creencias, ideas, proyectos, necesidades, deseos, ambiciones, sentimientos, emociones y pasiones.    


-. Autoafirmarse es, en un segundo momento, hacerse más conscientes de cómo esos impulsores y motivadores automáticos han construido y dirigido  el desempeño de todos los roles de nuestro cotidiano existir y transitar por este mundo en esta vida, convirtiéndonos en robots despersonalizados y ciudadanos del miedo, y después de reconocerlo, despojarnos de todo ello y lanzarnos a esa gran aventura de ser uno mismo.


-. Autoafirmarse es cada paso que con una resonancia esencial y olvidada, va dando el ser humano hacia su naturaleza vital, al encuentro con lo real de uno mismo,  que yace amordazado por las voces y el tumulto de las máscaras y de los engaños en el seno de lo más profundo e íntimo del  sí mismo.  


-. Autoafirmarse es cada instante de escucha profunda del sonido vivo y cantarín que llora en nosotros; aturdido por todo cuanto nos parloteamos utilizando sólo  la estupidez y la necedad. De todo lo falso en nosotros que riela en el espejo del sin sentido de nuestro espíritu agonizante y de nuestra vida. 

Por último, el proceso de autoafirmación nos posibilitará  llegar, a un verdadero