
El camino que lleva desde la esclavitud a la libertad, pasa por dos rutas esenciales: la propia liberación de cadenas y servidumbres internas, la liberación de esas cadenas que desde nuestro interior nosotros mismos forjamos y nos ponemos; y la propia liberación de las cadenas externas que aceptamos y nos aprisionan.
Muchas veces, por no decir todas, ni siquiera advertimos el nivel de esclavitud que anida en nuestra vida y en nuestro obrar; y, cuando lo hacemos, casi siempre esperamos que algo externo y poderoso venga a liberarnos, eludiendo nuestra propia responsabilidad y añadiendo una cadena más: la de la creencia en nuestro desvalimiento y la de la dependencia del poder de otro, ya sea ese otro el Gran Otro, el gobierno, el estado, un médico, un cura, etc. El caso es que nunca vemos que sea posible librarnos por nosotros mismos asumiendo nuestra responsabilidad en las cadenas internas o externas que nos mantienen atados.
Liberarse de cadenas, tiene que ver con el sentimiento solidario y comprometido de cada ser humano con la esclavitud y servidumbre de otro ser humano, y de sí mismo, y con la asunción de que sólo uno mismo y desde si mismo puede lograr liberarse.
El camino hacia la libertad es un compromiso continuado y total que debe nacer de dentro del ser y mostrarse en el afuera; en la acción. El compromiso con la libertad, transciende el compromiso político y social por las libertades y derechos humanos, siendo esto, únicamente, la consecuencia lógica de ese proceso de liberación que debe darse en lo profundo del ser.
Ese proceso interno de compromiso con la libertad, sin el cual, ninguna acción externa será realmente libre y universal, abarca la auto-liberación continuada y constante de las cadenas y servidumbres que nos esclavizan sin que lo advirtamos. Y si ese proceso no se da en todos y cada uno de los seres humanos del planeta que formamos la humanidad, tampoco podrá darse una acción plena y absoluta de compromiso externo con la libertad; porque mientras exista un único ser humano esclavizado por esas cadenas, los demás lo estaremos también; porque, en tanto que en la humanidad persista alguien indiferente e insensible al dolor y a la miseria de un semejante, persisten también las cadenas de la esclavitud.
Una de las cadenas y servidumbres más arraigada en nuestro ser es la de la separatividad. Se establece de muchas maneras pero por ejemplo cuando alguien se ve a sí mismo cómo “justo” frente a un delincuente, cuando alguien se considera a sí mismo “afortunado” frente a un doliente o cuando alguien se considera “sano” frente a un enfermo.
La separatividad, conforma las raíz más insidiosa de lo que nos ata y esclaviza, constituyéndose en el nutriente más efectivo de la carencia de libertad que nos aqueja. Porque la humanidad, la naturaleza, el total de los seres vivos del planeta en su conjunto, son un sólo cuerpo, de manera que cuando algo sufre en este cuerpo, cuando algo grita de hambre, de dolor, de injusticia, de discriminación y de marginación en este cuerpo, cuando algo es arrancado de este cuerpo, todo el cuerpo sufre y se desgaja.
Una analogía puede ilustrarlo: ¿Puede acaso alguno de nosotros sentirse feliz, animado y alegre, si se ve aquejado de un simple dolor de muelas? ¿Puede decirse alguien, en ese momento, "¡va, cómo sólo es una muela lo que me duele, no me afecta¡"? La respuesta es no. Porque toda la unidad que constituimos cada ser humano, sufre y se ocupa de ese dolor de muela. De idéntica manera sucede con el compromiso de la libertad. Mientras haya una sola “muela” –léase un sólo ser humano- sufriente en ese cuerpo formado por el planeta entero, mientras un sólo ser esté esclavizado, por sí mismo o por otros, el cuerpo entero lo estará, y nadie podrá verse así mismo libre. Por ello, cuando alguno de nosotros dice “soy libre”, “vivo en un país libre” “gozo de libertad”… Sin darse cuenta del sufrimiento de cada uno de los miembros de ese cuerpo, y sin advertir el dolor del cuerpo entero, cae en la separatividad, porque cae en la negación y en el desgajamiento de una parte del cuerpo; cae en la separatividad de pensar que no le “duele nada” porque sólo es una “muela la que tiene el problema” de modo que es otro, y no él mismo, quien está esclavizado. Pero es justamente ese espejismo, esa separatividad, lo que vuelve a erigirse en nosotros en una cadena de esclavitud y servidumbre; en una pesada cadena de negación y ceguera.
Otra cadena servil es el ambicionar de manera desmedida el goce por lo material más allá de lo estrictamente necesario, cuando siguen existiendo seres humanos que carecen de las necesidades materiales más primarias. Pero esto ocupará otra reflexión.
El proceso de liberación interno de esclavitudes y servidumbres no es un fin en sí mismo, es el punto de partida que abre las puertas al compromiso interno con la libertad; punto de partida sin el cual, ningún otro paso podrá darse de manera eficaz y plena. Sin ese punto de partida de cada uno de los seres humanos, la libertad será una pantomima disfrazada de medidas sociopolíticas o terapeúticas puntuales, desprovistas de efectos profundos de igualdad y de fraternidad.
Carmen Moreno Martín
alias Hannah.
(Imagen: http://windycitydreams.tripod.com/home/fullsize/cadenas.jpg)