
Érase que se era, un pastor ignorante y necio, que descontento con la tarea que le había tocado ejercer en esta vida, se devanaba los sesos pensando cómo podría adquirir fama y honor. Corría el siglo cuarto antes de Cristo.
El hombre, de nombre Erostratos, tuvo al fin la solución a su dilema, y no se le ocurrió nada mejor que incendiar lo que hoy conocemos cómo una de las siete maravillas del mundo antiguo: el templo de Artemisa (Diana) en Éfeso, que había sido mandado construir por el rey Creso y se había mantenido en pie durante doscientos años, entre destrucción y destrucción; porque hay que decir también, que este templo parecía “gafado” a juzgar por las veces que fue destruido y reconstruido… Pero sigamos con nuestra historia, esta vez, decía, el hermoso templo, se había mantenido en pie, lleno de gloria, doscientos años… Hasta que el padre de todos los gamberros, Erostratos, lo destruyó prendiéndole fuego, consiguiendo así, con su acto vandálico, lo que buscaba: ser famoso y pasar a la posteridad. Nada se sabe con certeza sobre quienes fueron los constructores de tan bella obra… Pero el nombre del gamberro Erostratos, quedó grabado en la memoria de la humanidad, vaya, que pasó a la historia, y es conocido hasta hoy.
Esto me lleva a la reflexión de con cuántos “Erostratos” antiguos y modernos contamos, resplandeciendo sus nombres cómo antorchas “ilustres” en nuestros tratados de historia, mientras que, de personas que dedicaron sus vidas a enriquecer a la humanidad, no conocemos ni los nombres, ya que nada quedó en nuestras memorias. Parece ser que al mal le cuesta muy poco iluminar los tiempos y que el bien enmudece y permanece soterrado…
Pero, ¿qué es lo que permite a la humanidad desarrollarse, crecer, progresar, evolucionar? De buenas a primeras, podríamos decir que no es el mal, sino el bien, lo que permite a la vida y a la humanidad, desarrollarse y crecer, por más que éste sea silencioso y, aparentemente, inexistente… Pero si lo analizamos en profundidad, tal vez descubramos que lo que llamamos “el mal” también está implicado de un modo u otro en ese proceso de evolución, porque, ¿cómo sabríamos lo que es el bien, sin la existencia del mal? No sé. Complejo tema.
Siguiendo con eso que llamamos “bien”, abordo ahora otro aspecto: tendemos, en ocasiones, a considerar el bien cómo algo normal, cómo lo que debe ser, y, consecuentemente no le damos importancia; mientras que le damos un pábulo desorbitado al mal que nos acecha, aunque sea esporádico y puntual.
En tanto que escribía esto, se votaba la ley de matrimonio entre homosexuales… El foro de la familia parece que recogió un millón de firmas en contra, otra vez el ruido del mal, porque ¿hay más mal que el negarle derechos civiles a una parte considerable de ciudadanos? Y de los treinta y nueve millones restantes que no firmaron en contra, nadie habló… El bien -porque luchar por la igualdad de derechos para todos, debe ser un bien, ¿sí?- parece permanecer silente una vez más. No obstante, volvemos al dilema: ¿Acaso no consideran ese millón de personas que firmaron en contra, que están haciendo un “bien” –según ellos, claro- y que por lo tanto, el matrimonio entre personas del mismo sexo es un mal para la sociedad? Y es que los términos “Bien y Mal” son dos conceptos muy difíciles y ambiguos… Podríamos estar tentados de concluir que “nada es verdad ni mentira, sino que todo depende del color del cristal con que se mira” No obstante, creo que no nos sería difícil llegar, desde la ética, a acordar hechos "buenos" y hechos "malos" cómo por ejemplo: el asesinato sería un hecho "malo" y, por contra, el respeto por la vida, sería un hecho "bueno" ¿Sí? ¡Pues parece que tampoco!, porque, ¿dónde metemos entonces a la pena de muerte? Y si de lo que hablamos son de ideologías, creencias, etc. entonces la cosa se complica aún mucho más. Sí es que para raros, nosotros... En cuanto a la ley que permite casarse, esto es, contraer "matrimonio" a personas del mismo sexo, en mi opinión, no tiene nada de progresista por muy buena que sea. Veamos: ¿qué es el matrimonio? pues nada más ni nada menos que una institución machista del Derecho Romano -anterior a la Iglesia Católica-, pero asumida por esta en los mismos términos, por la que la mujer, a cambio de un sometimiento y dependencia absoluta a un marido, obtenía el reconocimiento legal de sus hijos para que estos fueran considerados "legales" o "legítimos". Podemos leer en Wikipedia: "La palabra matrimonio como denominación de la institución social y jurídica deriva de la práctica y del Derecho Romano. El origen etimológico del término es la expresión "matri-monium", es decir, el derecho que adquiere la mujer que lo contrae para poder ser madre dentro de la legalidad. La concepción romana tiene su fundamento en la idea de que la posibilidad que la naturaleza da a la mujer de ser madre quedaba subordinada a la exigencia de un marido al que ella quedaría sujeta al salir de la tutela de su padre y de que sus hijos tendrían así un padre legítimo al que estarían sometidos hasta su plena capacidad legal: es la figura del pater familias." De modo que tanto la palabra como la institución que al contraerlo se crea, es más una aberración machista y represiva que denigra a la mujer y le resta libertad que un logro, o así lo veo yo al menos. Pienso que lo "bueno" y "progresista" en erste caso hubiera sido luchar por la supresión de esa institución, creando una unión libre, paritaria y equitativa llamárase parejas de hecho y derecho, u otra cosa, para todas las personas fuera cual fuere su sexo, cuya denominación hubiéramos podido crear; pero parece que nuestra imaginación no nos da para tanto y nos empeñamos en meter nuevos vinos en viejos odres... ¿Y esa nueva ley es mala o buena? Pues eso, que "bueno y malo" o "bien y mal" son términos demasiado plurívocos, complejos y a veces falaces, para definir la realidad.
En fin, creo que el tema del “mal” y del “bien” merece mucha más reflexión… Seguiré, pues, con ella; pero, así, a voz de pronto, se me antoja que, por lo menos, eso a lo que yo llamo "mal" es mucho más estridente y ruidoso que aquello a lo que yo llamo bien, que aparece cómo un leve sonido susurrante...
Carmen Moreno Martín
alias Hannah.
Con los saluditos de Nieves, secretaria en funciones.
(Imagen de: http://vangeliscollector.com/images/hharglp.jpg)