
Y la tercera por hoy:
Una semana santa más y, a buen seguro, nos estremeceremos con otra cifra espeluznante de muertes habidas por accidentes de tráfico. Cifra de muertes en carretera que nos echamos a la espalda como si tal cosa -siempre que uno de los muertos no haya sido de nuestras familias- y seguimos tomando la s carreteras, autopistas, autovías y caminos como si estuviéramos jugando por el pasillo de nuestra casa. Y no sólo nos echamos a la espalda las muertes, sino que hacemos lo mismo con la cantidad desorbitada de heridos, heridos que -muchos de ellos- quedarán invalidos para el resto de sus vidas. Todo ello: muertos, heridos y familias rotas, nos lo echamos a la espalda y lo peor, si no hemos sido afectados directamente, ni siquiera sentimos dolor. Tras unos días ya no nos acordaremos y seguiremos conducuiendo esaS MÁQUINAS DE MUERTE COMO SI TAL COSA, hasta el próximo puente o el siguiente fin de semana, o simplemente mañana, dónde el terror de los accidentes volverá a golpearnos. Dónde nosotros mismos, convertidos en terroristas urbanos del motor, volveremos a asestar un atentado mortal, aleatoriamente, a cualquiera, al menos pensado, con nuestro vehículo transformado en arma mortífera, cómo si del juego de la ruleta rusa se tratara.
¿Qué nos importa que unos niños se hayan quedado huérfanos o unos padres sin niños? ¿Qué nos importa perder las piernas, los brazos, la movilidad y autonomía para siempre, perder la misma vida o arrebatársela a otros? ¿Pero, me pregunto horrorizada, nos importa aún algo? ¿Seguimos vivos aún o nos hemos convertido en muertos que caminan, comen, beben, trabajan -los que trabajan-, follan -los que follan-, y desaparecen sin más? Me repito, me grito: ¿qué valor tiene la vida, esta vida, mi vida, la de nuestros hijos, la de los demás? ¿Acaso creemos que todo ha pasado a ser un juego de rol? ¿Ya no nos transciende ni conmueve la realidad?
Impávidos e impasibles, automatizados e insensibles leemos paneles mientras vamos por esas carreteras de Dios o del Diablo que nos recuerdan a las víctimas de este terror semanal, mensual, anual y perenne que nos golpea y con el que golpeamos como un terrorista más que mata y se inmola sin otra causa que la de empuñar un volante asesino con el que llegar cinco minutos antes que nadie o sentir la locura del poder iluso e inútil del que nos revestimos cuando empuñamos un volante. Una vida, dos vidas, cinco vidas, la propia vida por una exhibición de cinco minutos. Por una fugaz sensación de no se sabe qué morbosa búsqueda de dominio y de placer… ¿Vale la pena?
¿Un despiste? ¿Falta de atención? ¿Alcohol? ¿Drogas? ¿Conducir sin carnet? ¿Exceso de velocidad? ¿Fatiga? ¿Carreteras en mal estado? ¿Poca policía? ¿Señales mal puestas? ¿Pasos a nivel obsoletos y mortales? ¿Curvas absurdas e inexplicables? ¿Carreteras surrealistas con peraltys imposibles? Todo eso o nada, ¿qué más da? El caso es que nos hemos convertido todos los conductores en terroristas latentes y en potencia, llevando entre las manos máquinas de muerte y de aniquilación sin que se nos mueva una pestaña, sumidos en la indiferencia y en la sociopatía de un letargo indiscriminado y criminal, y, casi, con la más pasmosa impunidad. Contra el terrorismo hay severas leyes, pero contra este tipo de terror sólo hay indiferencia, complicidad, irresponsabilidad, estadísticas y resignación; además del escape con ridículas penas y condenas que no van más allá del pago de unos euros o de la retirada de unos meses del carnet... ¿Tan ínfimamente poco vale la vida?
¿Qué nos pasa? ¿Tan poca cosa es la vida? ¿La propia vida, la de otros? La disculpa es que son accidentes… Imponderables de los que nadie se siente responsable y todos se quejan. Hechos fortuitos convertidos en estadísticas del horror que no van con uno, que siempre les toca vivir a otros; hasta que lo golpean arrebatándole a un ser querido, sumiéndole en la invalidez, atándole al destino de la silla de ruedas, o mandándole a viajar al otro barrio sin comérselo ni bebérselo. Pero, pío, pío que yo no he sido; ninguno nos sentimos responsables de la barbarie y las cifras han dejado de conmovernos. 105 muertos, ¿qué más da cuando oímos impertérritos a diario –y varias veces al día- decenas de muertes en Irak, en Israel, en Palestina, o no importa dónde? La vida ha dejado de ser un valor: ¡Viva la muerte!.
Nos metemos en el coche, enfilamos calles y carreteras, ponemos la música a tope, seguimos hablando por el móvil, mirando el paisaje, buscando el cigarrillo y hablando con el acompañante, y la vida se suspende en el gozo efímero de una tontería, de una sensación de no se sabe qué, convertidos en terroristas sobre ruedas en potencia al frente de nuestras máquinas de muerte. Tanto lío con Irán, con impedirle que se haga de bombas nucleares; tanto temor por el hecho de que alguien apriete un botón y la humanidad desaparezca, y no nos damos cuenta de que basta con un volante y un acelerador; cómo si tuviéramos prisa por lograr que la decadencia de Occidente llegara cuanto antes mejor. Aquí, en este Occidente rico y corrupto nos matamos a chorro de gasóleo y gasolina por las rutas; nos matamos a giros de volante y patinazos de neumáticos; a ruidos de chapas en los que nos quedamos aprisionados; nos matamos a raudales de indiferencia, de inhumanidad, de robotización y de ceguera… Mientras, allá, en ese tercer mundo de la sin-piedad, de la esclavitud, del hambre y la miseria y de la enfermedad sueñan con un falso paraíso de luz y de color inexistente: el caduco paraíso de Occidente; el paraíso de los terroristas del motor.
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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