
Autoafirmarse es obtener, en un primer momento, un mayor y mejor conocimiento, tanto de sí, como de los funcionamientos automáticos y mecánicos que, de una manera constante, inconsciente y repetitiva, han sido los impulsores y motivadores de todos y cada uno de los comportamientos, pensamientos, creencias, ideas, proyectos, necesidades, deseos, ambiciones, sentimientos, emociones y pasiones.
Autoafirmarse es, en un segundo momento, hacerse más conscientes de cómo esos impulsores y motivadores automáticos han construido y dirigido el desempeño de todos los roles de nuestro cotidiano existir y transitar por este mundo en esta vida. Y autoafirmarse es, en un tercer momento, hacernos conscientes del conocimiento auténtico y global de todo lo que somos.
Por último, el proceso de autoafirmación nos posibilitará llegar, a un verdadero y libre obrar desde la responsabilidad fructífera del ser. Nos permitirá alcanzar ese libre obrar que nos determine a romper las ataduras y asfixias que envuelven y esclavizan en el hacer y tener. Nos permitirá discernir que poseemos otros recursos y salidas que el estar siempre movidos e impelidos por la ciega angustia y mortecina oscuridad de esa personalidad ilusoria e infantil. Personalidad que está formada por todos los patrones e imágenes que configuran y definen nuestro ego. Personalidad que convierte a ese ego narcisita, insaciable y egoista en un loco y aberrado director del total de nuestras energías, y de nuestros impulsos de vida.
Autoafirmarse es cada instante de escucha profunda del sonido vivo y cantarín que canta y llora en nosotros; aturdido por todo cuanto nos parloteamos desde la estupidez y la necedad. De todo lo falso en nosotros que riela en el espejo del sin sentido de nuestro espíritu agonizante, y de nuestra vida.
Todo eso, en síntesis y así, a bocajarro, es autoafirmarse. Veamos ahora lo que no es:
No es, ni tiene nada que ver con la autoafirmación, el inflado egoísta y egocéntrico acontecer de todas esas supuestas potencialidades del yo (en este caso yo infantil), que se arman y se nutren de los espejismos y máscaras de nuestro ego. Nada tiene que ver con la autoafirmación la exacerbada búsqueda de gratificación ególatra e idólatra de nuestra pobre personalidad ilusoria; sostenida, únicamente, por la omnipotencia de creernos en posesión del poder de complacer siempre a todos, en todo y siempre.
No es autoafirmarse ese desbordante tumulto de creencias tomadas por certezas que conducen nuestros destinos desde la negatividad y el destructivismo, hacia la desesperanza de un consumismo prometedor de falsos y quebradizos “bienestares”, donde la realización de la dimensión humana se mide en términos de posesión y acúmulo de bienes materiales, y de logros competitivos de derribo y acoso bestial; donde los medios justifican todos los fines; donde la ética y la estética sólo se determinan con parámetros superficiales de satisfacción personal; y donde la discriminación es el instrumento mayoritariamente al uso, y al abuso, del ser humano -mejor inhumano- con su semejante.
Por último, autoafirmarse, no es vivir en la oscuridad de la ignorancia y de la esclavitud, manejados como peleles en tinieblas, y sin control en manos –y eso es lo terrible, dramático y patético-, de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos, digo bien; y ello, agravado por el hecho de que no sólo no nos conocemos, si no que ni siquiera lo advertimos; puesto que no somos conscientes de ello. Vivir en esa negación y en esa oscuridad de la ignorancia es autonegarse. Y autonegarse es, a su vez, impregnarse de negatividad.
De modo que autoafirmación y autoafirmarse es equivalente a positividad -que no positivismo-, mientras que negatividad es lo contrario, esto es, autonegarse y destruirse.
Y, para resumir:
1.- No se puede, en consecuencia, ejercer la Autoafirmación sin consumar el proceso de búsqueda del ser esencial, ese viaje de búsqueda que, si lo es, sólo puede serlo dirigido hacia lo hondo de nosotros mismo, hacia dentro, hacia el receptáculo perdido en nuestras entrañas contenedor de todas las respuestas.
2.- Esa búsqueda únicamente puede realizarse desde el viaje iniciático que parte de las tinieblas que configuran la oscuridad de la ignorancia inconsciente que nos rodea y nos posee por dentro y por fuera y se dirige a la meta del conocimiento guiado por esa tenue luz, tapada y oculta, cuya llama yace escondida en la sima más baja y profunda de nuestra caverna interna. Porque si la oscuridad es algo, es absoluta ignorancia, perfecta manipulación y control de uno mismo por uno mismo, atado y casi ahorcado por la cuerda de la esclavitud inconsciente en la que vegetamos en ese letárgico sueño de apariencia de vida que nos impregna de muerte.
3.- No existe otra búsqueda, y si nos deslumbra la apariencia de una existencia tal, ese fatuo y falso brillo deslumbrante no es la búsqueda, sino la gran pérdida en la que ciegos y dispersos deambulamos todos.
No hay otra posibilidad en la dirección de la búsqueda. La expansión de la conciencia es una explosión interna de luz –esto es de información real y auténtica, fruto del trabajo arduo, constante, doloroso y vivificante del esfuerzo y trabajo realizado por uno mismo durante la observación activa, serena, tolerante, respetuosa y fraternal de los paisajes que va encontrando durante ese viaje de descenso a lo oculto del ser interno; a la esencia del espíritu agonizante y eterno que se nos desvela en ese descubrimiento de lo real de uno mismo.
Desde mi punto de vista, no hay, ni aquí sobre la Tierra ni en ningún lugar del cosmos, otro modo de acceso al conocimiento y a la propia verdad del ser.
No existe la fórmula mágica, la receta magistral, el toque shamánico, el toque ocultista iluminado que posibilite el evitarse esa marcha iniciática propia o que otorgue la iluminación, el conocimiento. Nadie puede dárselo a otro. Nadie puede obtenerlo de fuera, porque otro, supuestamente se lo de, ese “artículo”, el del auto-conocimiento, no existe en el mercado; sólo existe en lo más hondo de cada uno de nosotros y no sirven ni “iluminados” ni “gurús” ni “maestros” ni “naguales” –tan en boga hoy- ni otros tipos tales que puedan darle a uno, así como por arte de magia o como quien vende un artículo determinado, la iluminación del conocimiento de sí mismo; la luz del encuentro con su esencia. Y sí alguien se reconoce a sí mismo como poseedor de esa capacidad, él tal no sería nada más que otro ególatra confundido por un fatuo poder y vacío de identidad.
Nadie puede, pues, ahorrarnos ese propio esfuerzo y trabajo en esa búsqueda, en ese encuentro. Y lamento no tener mejores noticias.
(Extracto de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”)
Imagen: http://www.pfdb.com.ar/pfdb/images/fondodelmar.gif
Carmen Moreno Martín
alias Hannah.