Todo cambia y nada permanece. ¿Nada? No, hay cosas que siguen igual;
como la intolerancia, el fanatismo, el racismo
y la intransigencia de las gentes cerradas e ignorantes
ciegas de codicia y necedad; alimentadas sólo de prejuicios
ciegas y obstinadas en negarse a ser humanidad;
como los campos de refugiados, con seres humanos hacinados,
hambrientos, dolientes y deshumanizados,
cuyas voces nadie reconoce ni escucha,
humillados y enterrados en vida en el más cruel anonimato...
Y las cárceles y los penales clandestinos,
los secuestros y los muros de separación,
que levantan unas veces de cemento
y otras de odios y de iras, cuando no de las dos cosas...
Como los hogares deshechos y los campos estériles,
plagados de minas asesinas, que explotan en medio
del juego de los niños, y del trabajo de los campesinos
llevándose las piernas, los brazos y las vidas…
Como los campos anegados de metralla y de ganado muerto
mezclado con cadáveres de ilusiones y de esperanzas fusiladas antes de nacer.
Como las lágrimas amargas e incesantes, por los seres perdidos, desaparecidos,
enterrados en cunetas, en fosas comunes o arrojados al mar,
que ya nunca volverán a nuestro lado, ni siquiera en ataúdes...
Como las niñas, los niños y las mujeres violados
y las infancias segadas y forzadas a ser soldados.
Y las escuelas destruidas, vacías de maestros
y de risas y de sueños, de padres y de estudiantes...
Como los pueblos aterrados, y silentes por las penas y las muertes,
por las vejaciones, las torturas, las penurias y las represiónes,
los cantos anegados de tristezas y los bloqueos y las hambres…
Como las colas ingentes de vecinos harapientos de miradas vacías
que se alejan de sus cunas de nacimiento y de los terruños
que fueron testigos de su primer amor ...
Y las bombas que caen sin tregua ni descanso siempre,
por algún lugar de nuestra geografía, cual lluvia devastadora
que aniquila todo cuanto toca y que no cesa…
Todo cambia y nada permanece. ¿Nada? No, algo siempre es igual;
como los ataúdes de madera y los sacos de plástico
en los que los cuerpos destrozados de los soldados muertos
vuelven de las guerras… Los que vuelven…
Como lo que inquieta a los poderosos, las fluctuaciones de las bolsas
y de los mercados, y lo indiferente que los deja
las guerras, las enfermedades, las hambrunas
y las miserias de las pobres gentes…
Como la vida que, tozuda, se agarra desesperadamente
a cualquier cosa, por perpetuarse, y nos brinda terca y sin agotarse
nuevos nacimientos de niños, de flores y de amaneceres…
De niños y niñas que serán soldados. De flores que cubrirán sus tumbas.
Y de amaneceres que se teñirán de rojo con el Sol y con el oro incalculable
de esas sangres que se vierten...
Todo cambia y nada permanece. ¿Nada? No, algo sigue siempre igual.
Como la lucha de cuantos deseamos la llegada de ese nuevo amanecer
que rompa el sentido de la rueda de todas las repeticiones;
ese nuevo amanecer en el que estallarán la libertad, la justicia y la paz
y no las guerras, POR SIEMPRE JAMÁS.
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
Imagen: http://www.elmundo.es/elmundo/2006/08/18/internacional/1155895417.html