7ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN | Ser Rizomático

7ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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(Y esta entrega es la penúltima)

… Aquel pasadizo ascendía, vertiginosamente, en forma de espiral. La verdad, ese nuevo trazo de laberinto poseía una enojosa semejanza con aquel saco que Manuel había dejado atrás en la sala del tesoro, y es que ambos parecían no tener fin. Mientras Manuel ascendía lenta y trabajosamente, pensó que había perdido, ya del todo, la noción del tiempo y del espacio. Desde que entrara en el laberinto, nada había tomado el muchacho. No sólo entró desprovisto de víveres, sino que nada había encontrado en el camino que pudiera echarse a la boca. Ni líquido, ni sólido, ni nada de nada había comido Manuel desde que el anciano presidente de la asamblea lo abandonara allí a su suerte. ¡Era un verdadero milagro que aun estuviera vivo! Manuel, que avanzaba con una enorme dificultad y con un agudo dolor por aquel túnel, poco a poco, fue notando como se debilitaba por momentos y como iba desfalleciendo; al borde del desmayo, el pastor se dejó caer para descansar unos instantes y recobrar algunas fuerzas; eso si le quedaban aun. Creyendo que ello le animaría, evocó los alegres prados de su hogar, sus montañas, los animales que había pastoreado, a los lobos y las luchas que había mantenido con ellos, las terribles noches de angustia y de soledad que había vivido y las maravillosas noches estrelladas de luna llena, en las que cada estrella parecía poderse coger con la mano y la luz se reflejaba en la húmeda pradera, dejando una alfombra verde azulada y brillante que invitaba a dormir sobre ella. En esas noches luminosas, en las que la hierba era su lecho y el cielo su techo, el pastor creía poder dar paseos entre las galaxias y sentía que su soledad se llenaba de amigos. Imaginaba entonces, que cada estrella, cada planeta que divisaba era una entidad de amor que lo protegía y lo cuidaba. Y Manuel se dormía plácidamente en la confianza de que su sueño sería perfectamente velado por tan excelsos guardianes.


Al despertar, el chico se puso a meditar sobre todo lo que había vivido y analizando lo que hacer con ello, recordó algo que había escuchado decir a cierto sabio sobre que, la experiencia no es lo que a uno le acontece, sino lo que uno decide hacer con lo que a uno le sucede. Y, aunque no recordaba qué sabio lo había dicho, encontró que era muy acertado. Así que Manuel sintió que lo que debía hacer, con todo cuanto le venía sucediendo, era aprovecharlo para extraer algún aprendizaje que le pudiera ayudar a salir de allí, o al menos que le ayudara a encontrar comida y bebida; que era, de forma inmediata, lo más urgente de todo.

Ya hacía demasiado tiempo que nada entraba en su estómago, y a punto de desfallecer, Manuel arribó a una puertecilla y tras subir tres escalones, primero, y otros dos después, dispuestos todos ellos en forma de caracol, llegó a una pequeña ventana y enderezándose, pudo divisar que ésta daba a un espacio cerrado y oscuro, de negro suelo y de negras paredes cuyo alto techo estaba cerrado por una bóveda. Manuel vio que tanto la luz blanca como la neblina procedían de nueve ranuras abiertas en la bóveda. Un extraño cajón de madera negra, que parecía un ataúd, se hallaba dispuesto en el centro de la cámara, cubierto con un enorme y grueso paño negro. Manuel creyó que todo aquello parecía una cámara mortuoria. Un estremecimiento se apoderó de él a la par que se dirigía hacia lo que parecía la entrada de la tenebrosa cámara y tan absorto iba que tropezó y cayó, pues no había advertido que nuevamente, tenía que subir más escalones, exactamente tres más que estaban construidos igualmente en espiral. Manuel se puso en pie y, buscando en su interior si le quedaban aun algunas fuerzas, ascendió los escalones y cruzó el umbral adentrándose en la tétrica cámara. En medio de la sala, un anciano vestido de negro parecía que le hubiera estado esperando. No podía verle el rostro por tenerlo oculto por la sombra que el capuchón que llevaba, reflejaba sobre su cara. El anciano pasó su brazo por encima de los hombros de Manuel y, de un modo cálido y enérgico a la vez, acompañó a Manuel a la cabecera del sarcófago, forzándole a que se tendiera en su interior. Sobrecogido de pánico, extenuado de agotamiento, desfallecido de hambre y de sed, sin fuerzas ya para preguntar ni resistirse, se abandonó a la voluntad del anciano y se echó dentro del ataúd como si éste fuera una mullida cama. Una terrorífica idea asaltó su mente: “¿No sería el anciano alguno de aquellos caballeros? Si, alguno que haya enloquecido; como le ocurrió al de la sala del tesoro y que haya sabido de mí existencia en este laberinto y de mí decisión de salir de él… Alguno que quiera matarme al igual que quería hacerlo el otro”… Manuel, dando por sentado que esa suposición era la única posible, atenazado por el miedo, aterido de frío y casi muerto ya de inanición y fatiga, se encomendó a Dios, disponiéndose a bien morir; y mientras oraba, una lucecita se iluminó dentro de él, al establecer un nexo entre este anciano de la cámara mortuoria y aquel otro anciano que le preparara para la prueba y acompañara al laberinto.

Manuel, mientras seguía orando, pensó que tal vez fueran la misma persona. Esa nueva idea dio algo de tranquilidad al chico, quien pudo abandonarse a su suerte con una pizca de confianza. El anciano cubrió el cajón y a Manuel con aquel grueso y enorme paño negro. Manuel permaneció unos instantes en la más absoluta de las tinieblas hasta caer en un extraño vacío. El joven pastor sintió que nunca antes había estado tan cercano a la muerte. Allí, en el sarcófago, pasó revista a lo que había sido su vida. La verdad es que, salvo algunas travesuras de pequeño y algunas leves ligerezas de adolescente, el chico era impecable tanto en su honorabilidad, en su conducta y en su honradez, como en la belleza y en la pureza de sus sentimientos. Que Manuel no era un erudito, ya se sabía, pero su corazón y su mente estaban tan limpios que la inteligencia natural que poseía brillaba y actuaba en él como si del más sabio de los hombres se tratara. Ya prestó a abandonarse a la muerte si llegaba, unos ancianos que se parecían a aquellos sabios de la asamblea, adoptando un majestuoso aire de maestros, surgieron ante los ojos del muchacho. Manuel escuchó que los maestros se dirigían a él con una propuesta que, de ser aceptada por él, le proporcionaría prestigio, poder, grandeza y riqueza para toda la vida; la propuesta implicaba renunciar a seguir buscando la salida del laberinto y olvidar tanto al rey y su reino como a la princesa; a cambio, además de lo ya prometido, sería trasladado a un lujoso palacio cuyos sabios y magos le transformarían inmediatamente en un hombre conocedor de toda la ciencia y la sabiduría del mundo. Si aceptaba esa propuesta, Manuel recibiría, además de un gran poder, un surtido y numeroso harén para su eterno disfrute.

La perplejidad de Manuel no tenía límites y como esos maestros no habían llegado solos, sino acompañados de manjares y bebidas que habían ofrecido a Manuel, éste pidió escuchar una vez más la oferta mientras comía. “¡Mucho mejor aun, joven señor!” Dijeron aquellos ancianos maestros a Manuel; y tomando a éste de los brazos, le transportaron mágicamente a un idílico y seductor lugar, en medio del cual una gran bañera llena de fragantes y cálidas aguas estaba dispuesta para su baño. Bellas y solícitas doncellas lavaron y perfumaron a Manuel, vistiéndole luego con ricas y suaves prendas, tras lo cual, lo acompañaron a recostarse sobre mullidos almohadones de seda, dispuestos en torno a una mesa llena de manjares, encima de la cual, podía verse extendido un pergamino en cuya superficie podía leerse la propuesta efectuada a Manuel. Una pluma de pavo real, hecha en oro, y un puñal, elaborado con el mismo material, se encontraban dispuestos para su uso, al lado del pergamino. Los maestros repitieron la propuesta a Manuel mientras éste, limpio, perfumado y descansado, saciaba su hambre y su sed. Estaba embelesado con todo aquello e irradiaba felicidad “¿Qué importa que tenga que firmar este pergamino con mi propia sangre, qué importa todo, al lado de la magnitud de la recompensa que voy a recibir?” Se decía el chico a punto ya de sucumbir a la tentación… Le habían contado que todo aquello provenía de la herencia de un gran señor que había fallecido sin heredero, ni heredera alguna, y que había legado a los maestros toda la inmensa fortuna que había dejado. Así que la procedencia de todas esas riquezas era noble y limpia. En tanto que el pastor calibraba las consecuencias de aceptar la propuesta. Y mientras los maestros continuaban asegurándole que nada de malo había en aceptarla, Manuel asoció lo de “sin herederos” con lo de aquel rey a quien Manuel había jurado superar la prueba, y desposar a su hija para salvar al reino.

Manuel se sentía fragmentado, y el gozo por el disfrute que obtenía era equiparable al de la tristeza que sentía. El confuso pastor no sabía qué hacer, ni a qué atenerse mientras seguía escuchando a aquellas seductoras voces, (que ya no sabía si eran las de los maestros o brotaban de sus profundidades), cuyos tonos eran tan dulces, suaves y delicados, que lo envolvían y mecían sin dejarle alcanzar la concentración necesaria. Y mientras Manuel se debatía en la duda, el maestro que parecía más sabio de todos, se le acercó, y como si hubiera leído su pensamiento se sentó junto al pastor diciéndole: “Manuel, no dudes tanto, hijo; te estamos ofreciendo lo mejor, pero ya que la duda no te permite aceptar, te ofreceré aun más. Mira hijo, si accedes a la propuesta que te hacemos, yo mismo te conduciré de inmediato junto a esa princesa que, al parecer tanto te agrada, y que te aguarda impaciente, para que la desposes. Luego, te coronaré como dueño y señor de todo este imperio. No sólo podrás reinar sobre ese pequeño reino, sino sobre todo el mundo. Todo será tuyo Manuel, incluidos aquellos con quienes adquiriste el compromiso de pasar la prueba. Como ya te he dicho, podrás desposar a la princesa si eso es lo que deseas; y aun más, hasta el laberinto será tuyo; sabrás donde está y podrás entrar y salir de él a voluntad. Piénsalo bien muchacho, porque si te niegas a acceder, no sólo serás arrojado nuevamente al laberinto, sino que serás enterrado para siempre en él, en ese mismo ataúd del que te rescatamos para traerte aquí… Medítalo bien, Manuel… ¿Vas a renunciar a tanto poder, a tanta felicidad y a tanta riqueza a cambio de nada, a cambio de la muerte?” …===Fin de la 7ª entrega===

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Miércoles, 28 de Noviembre de 2007 21:51 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma.




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