3ª ENTREGA DEL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, POR CARMEN MORENO MARTÍN | Ser Rizomático

3ª ENTREGA DEL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, POR CARMEN MORENO MARTÍN

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… Era cierto que, por muchos candidatos que entraran en el laberinto, sólo el mejor de ellos y él más capacitado para reinar alcanzaba la salida. Ese era uno de los poderes del laberinto, poder que, en verdad, resultaba cruel... Lo que sí había ocurrido en una ocasión, y deseaban que ello no fuera a repetirse en la actualidad, fue que ninguno supero la prueba, necesitando más de una convocatoria para hallar al futuro monarca... Aquello sucedió hacía mucho tiempo; tanto, que únicamente los más ancianos podían recordarlo. Se decía que fue en una circunstancia en la que el rey había fallecido sin herederos... Por otro lado, todos los hijos primogénitos varones, descendientes de monarcas de aquel reino, que se habían sometido a la prueba para ser coronados, habían salido vencedores. Sin embargo, era también cierto, que nunca se había dado el caso de que uno de los reyes precedentes hubiera tenido una única hija... Se dijeron que debían tranquilizar sus mentes y no preocuparse de los acontecimientos antes de que éstos llegaran; y menos, de hacerlo tomando únicamente en consideración los resultados probablemente negativos... “¡Ya abriremos los paraguas cuando llueva!." Recomendó uno de los ancianos sabios de la asamblea. “¡Sí, ya nos ocuparemos de cómo cruzar el río cuando lleguemos a él!”. Añadió el presidente, reforzando la recomendación anterior. De modo que todos se quedaron tranquilos, a la espera de lo que sucediera. Aunque también se sintieron muy apenados por el hecho de que sólo uno lo lograría. Que se le va a hacer, la vida tiene esas cosas, y el laberinto, ya lo sabían todos, enfatizaba rigurosamente todos y cada uno de los más dolorosos perfiles de la vida.

Durante la espera, desinteresadamente y con todo esmero, el Reino en pleno se entregó a la disposición de los preparativos de tan felices acontecimientos como eran la boda de la princesa y la elevación de los esposos al rango de príncipes herederos.

Tres años pasaron hasta que, por fin, un caballero fue avistado por el presidente de la asamblea que –fiel cumplidor de sus obligaciones- aguardaba en la salida vigilante. Al divisar al airoso aspirante, el anciano sabio se aprestó raudo a recibir y ayudar al triunfador... Pero apenas lo hubo recogido en sus brazos, el malogrado caballero, extenuado y sin aliento expiró.

Entristecido y con un hondo dolor, el presidente comunicó lo ocurrido al rey, a la princesa y a la asamblea; declarándose en todo el reino tres días de riguroso duelo. Después de celebrarse regias ceremonias fúnebres, el rey ordenó que el cuerpo del caballero fuera transportado a su lugar de origen con los correspondientes honores para que fuera enterrado por los suyos como bien se merecía.

Once caballeros seguían en el interior del laberinto, de manera que tras la mitigación del dolor sufrido, tanto la asamblea como el rey y la princesa siguieron con los preparativos, confiados en que alguno más lograría salir al fin.

Transcurridos dos años más, - no olvidemos que ya eran cinco años en total los que habían pasado - un nuevo caballero llegó, finalmente, a la salida, produciendo un gran alborozo en el corazón del presidente de la asamblea, el cual, seguía realizando con la fe y la esperanza que le eran habituales, su función de vigilancia.

Pero la alegría, muy pronto, volvió a dejar paso a una inconmensurable tristeza, ya que lo que aconteciera con el primer caballero que logró salir del laberinto, inexplicablemente, volvió a suceder. Aun así, nadie en el reino perdió la esperanza; y tras las ceremonias de duelo de rigor, que esta vez duraron cinco días, siguieron confiado en el éxito de alguno de los diez caballeros que quedaban.

Otros dos años pasaron y cuando la esperanza de todos empezaba a flaquear, nuevamente otro caballero apareció en la salida ¡Siete años habían transcurrido ya desde que esos doce caballeros traspasaran el umbral de la entrada del laberinto! ¡Pero por fin tenían un triunfador!.

El pobre caballero casi se arrastró al encuentro del presidente de la asamblea, quien lo tomó en sus brazos como un buen padre y limpiando de polvo su bello rostro le ofreció a beber un reconstituyente vino, pero tras balbucear unas palabras ininteligibles entregó su alma al Hacedor. Vivas y abundantes lágrimas brotaron del afligido y abatido anciano mientras estrechaba con todo su amor y toda su compasión el cuerpo inerte de aquel valiente y noble caballero. Herido y compungido, el anciano depositó el cuerpo del caballero sobre el caballo que le había preparado, y montando él mismo en su cabalgadura, llevando consigo de las riendas el otro caballo, se apresuró a presentarse ante el rey, ante su hija y ante la asamblea.

Ni el rey, ni ninguno de los sabios ancianos, ni nadie entre los ciudadanos del reino se explicaban la razón de tanta aparente crueldad. Únicamente el presidente de la asamblea, sobreponiéndose a su propio dolor, logró apaciguar los ánimos de todos, sembrando nuevas esperanzas en los corazones tanto del rey y de su hija como en los de los ancianos sabios de la asamblea. El rey, por su parte, tuvo que tranquilizar a los súbditos del reino, ya que éstos, perplejos y apesadumbrados, empezaban a abrigar el temor de que tras la muerte del actual rey, caerían en manos de cualquier desalmado tirano que, obligando a la princesa a desposarle, destruyera, en aras de su ambición, ese bello reino. Aunque también pensaban que nunca permitirían una cosa así.

El presidente de la asamblea sabía muy bien que algo así jamás podría ocurrir. Ya se encargaría la Divina Providencia de evitarlo con su Divina Sabiduría. Además, la belleza y los dones imperantes en aquel reino no permitirían que tal cosa sucediera. El presidente de la asamblea se decía que, alguna causa escondida en los impenetrables designios de Dios, sería la que motivara todos esos hechos… El buen anciano empezaba a notar gruesos trazos de dudas que nublaban, a veces, su corazón y su mente, temiendo que se repitiera aquella coyuntura de las muchas convocatorias que habían evocado antes. Pero el sabio hacía caso omiso de todos esos temores, y desechaba las dudas que, insistentemente, surgían en él. El presidente de la asamblea se agarró firmemente a la fe y se entregó a un tiempo de ayuno y oración, por si acaso era alguna impureza de su propio corazón la que motivaba tan trágicos acontecimientos. Además, quedaban aun nueve caballeros… ¡Malo habría de ser que ninguno llegara a conseguirlo!.

Una vez más, y en esta ocasión durante siete días, el reino realizó el duelo y las ceremonias de rigor correspondientes con viva devoción. Luego siguió nuevamente otra espera que esta vez pesaba ya como una tonelada de lozas.

Dos años más habían ya pasado, con lo cual eran nueve años los que ensombrecían el corazón de todos. El rey veía con pena cómo iba perdiendo las fuerzas para reinar y se iba acercando al umbral del fin de sus días, sin que ningún candidato apareciera ante sus ojos. También percibía el rey como el sufrimiento de la princesa y el paso de los años iban dejando mella en su belleza. El corazón del rey se ahogaba de sufrimiento y de dolor.

Ningún otro caballero, de los nueve que quedaban, alcanzaba la salida; y gruesos nubarrones se cernían sobre la población del reino.

El presidente de la asamblea, después de meditar profundamente y debatirlo con todos los ancianos sabios del consejo, propuso al rey la promulgación de un nuevo edicto para lograr que nuevos nobles candidatos se presentaran. Pero esta vez lo harían extensivo a todos los jóvenes mayores de dieciocho años, sin importar su condición de caballero o no. Y también aceptarían a jóvenes procedentes de todos los confines de la Tierra, sin discriminación alguna de su procedencia.

Así se hizo y pronto los edictos fueron promulgados y conocidos por todos los habitantes del mundo. Sin embargo, sabedores todos de las condiciones de la prueba y de la suerte que habían corrido los caballeros que se prestaron a realizarla, ningún joven se decidía a emprender viaje hacia aquel reino.

Con la misma rapidez con la que el impulso de convertirse en aspirante aparecía en la consciencia de los jóvenes, era éste inmediatamente frenado y eliminado por el pánico que aparecía en ellos. De modo que el tiempo seguía pesadamente su curso y nadie acudía al llamado del rey, hasta que un día, un joven llamado Manuel llegó al reino y, tras presentarse a sí mismo como pastor y asegurar que era un firme aspirante a la prueba, solicitó ser conducido a la presencia del rey; cosa que velozmente hicieron ¡No fuera a arrepentirse! … ===Fin de la 3ª entrega===

Imagen: http://www.eliahdomus.com/img/laberinto.gif

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

Lunes, 29 de Octubre de 2007 22:33 Autor: Hannah. enlace permanente.




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