CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE IV | Ser Rizomático

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE IV

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Ahora, en el crepúsculo de sus días, no sólo podía interpretar la hermosa partitura entera, igualando al más perfecto de los ruiseñores, si no que podía hacérselo escuchar a otros, con la única condición de que desearan oírlo; y llegaba aún a más: podía lograr el que los demás escucharan sus propios cantos. Alayan pudo así reconocer tanto lo que buscaba, cómo dónde debía buscar, y el camino que debía recorrer para llegar a la meta. El resultado había sido satisfactorio. Cómo médico, se había entregado al servicio sin mesura. Cómo esposo, había logrado la felicidad de una mujer y la suya propia, reflejadas ambas en sus hijos y nietos. Hijos y nietos que cantaban la misma melodía que él había aprendido: La de posicionarse ante la vida desde la propia responsabilidad y gozar de la libertad de ser, sin servidumbres, sin señores, con la consciencia libre de tiranías ajenas a sus propios juicios y discernimientos. Viviendo y dejando vivir. Alayan, sabía ahora que al nacer había iniciado una peregrinación que finalizaría con la muerte; muerte que, - lo sabía muy bien - no era otra cosa que la puerta hacia el supremo y merecido descanso, después de haber vivido plenamente. Cercano ya de ese umbral, Alayan sabía con exactitud el sentido de todos sus pasos; de todas sus derrotas y victorias; de todas sus fatigas y desvelos; de todos sus sufrimientos y gozos; de todas sus horas de oscuridad y de luz. Alayan estaba presto a llegar al fin de su camino y de culminar la peregrinación que había emprendido; y por ello, sentía todo su ser rebosante de satisfacción; de esa satisfacción que otorga el trabajo bien hecho y la misión cumplida; sí, el bondadoso peregrino rebosaba, todo él, de la paz y de la armonía, de quien se sabe un fiel obrero de la obra que él mismo ha diseñado y ejecutado, que no es otra que la obra del amor. La obra del esfuerzo diario en la entrega a la lucha por una humanidad más justa, más libre, más paritaria. Y el había sido un obrero ejemplar. Dominaba por entero, al fin esa partidura y la cantaba “par coeur” que dicen los franceses. Alayan, era, pues, un hombre feliz; sin camisa, pero con una inmensa y rica capa.

Al despuntar la aurora, Alayan, se había despedido de los suyos y había salido a caminar durante todo el día. Andaba raudo y firme, sin distraer ni errar un solo paso; sabiendo que un importante encuentro le aguardaba en esa senda. El crepúsculo empezaba a desdibujar con su oscuridad el perfil de los montes y la noche se anunciaba fría, muy fría. El peregrino, que acusaba ya el cansancio propio del esfuerzo realizado durante la marcha, se sentó unos momentos a un lado del camino para refrescarse, beber unos sorbos de agua y recobrar el aliento. No quedaba ya lejos el albergue al que se dirigía. Alayan intuía que sería en el viejo y derruido albergue donde hallaría lo que le presentía le aguardaba. En cualquier caso, allí, revisaría su vida una vez más, reposaría en el pequeño y humilde albergue y, protegido al abrigo de sus muros, dormiría apaciblemente.

Sabía, Alayan, de la exigua comodidad del lugar; pero nunca había faltado a un compromiso y aquel se le antojaba muy grave... Y si se había equivocado, si no había leído correctamente las señales de su corazón... Al menos contaría, en el destartalado albergue, con un techo donde guarecerse y algo de paja sobre la que recostarse... Tampoco faltaría algo caliente que tomar... Y con su gruesa capa y su buen ánimo, lograría alcanzar el nuevo día descansado y fresco; repuesto para proseguir el camino de regreso a casa. Alayan, no pedía nada más.

Noded estaba exhausto. Los pies le pesaban toneladas y su cuerpo parecía atraído a la tierra del camino por un potentísimo imán. Cada uno de los pasos que daba el viejo vagabundo, le suponían una angustiosa tortura. Con su zurrón vacío y agotados tanto el vino como el agua, el pobre sentía que iba a desmayarse de un momento a otro. De pura hambre y sed, de puro agotamiento, ni siquiera advertía ya, Noded, el estado de sus músculos. La verdad es, que el vagabundo parecía más un desvencijado, flaco y moribundo jamelgo que un hombre. Para agravar la situación, anochecía y caía sobre él toda la crudeza y la destemplanza del invierno. Noded, a lo lejos, percibió un bulto en el camino que bien podría ser alguien a quien pedirle, al menos, agua... Efectivamente, otro caminante estaba sentado, allí, sobre una gran piedra. Noded, apenas se había logrado acercar al caminante, cuando cayó desfallecido a los pies de éste. Alayan, echando mano de su cantimplora, depositó unas gotas de agua en la maloliente boca del desmayado Noded, quien abriendo los labios, ingirió ávidamente el líquido. Luego, Alayan le ofreció un poco de pan y queso que, Noded, engulló con voracidad.

Ni una palabra había mediado entre los dos, cuando Noded, algo recuperado y mascullando unas secas y forzadas “gracias”, se incorporó, haciendo ademán de proseguir su camino, Alayan, sujetándolo del brazo con firmeza y suavidad a la vez, le dijo que conocía un albergue, no lejos de allí, donde encontrar cobijo. Le indicó que, a paso de fatiga, tardaría diez minutos escasos en llegar; y que, en el siguiente recodo del camino, debía desviarse a la derecha, por un estrecho sendero. Alayan continuaba hablando a Noded, con la intención de proponerle caminar juntos el trecho que faltaba por cubrir hasta llegar al albergue; sí es que Noded decidía igualmente encaminarse a ese lugar, como él mismo tenía pensado hacer... Pero Noded, soltándose bruscamente de Alayan, y sin dar tiempo a que éste le expresara lo que pretendía, reanudó la marcha y sin comunicar nada de sus planes, dejó al anciano con la palabra en la boca.

Alayan, paciente y sosegado, sin sentir ni el más remoto enojo por la despreciativa actitud de Noded, esperó todavía algo de tiempo para ponerse en marcha. Finalmente, ciñéndose bien la capa para protegerse del frío y de la lluvia, que había comenzado a caer lentamente, sin apuros pero con constancia, volvió al camino. A unos pasos del desvío reencontró a Noded, y disminuyendo su ritmo de marcha, le siguió a una distancia prudente para no incomodarle. Al poco tiempo, llegaron los dos a las puertas del albergue a cuyo cuidado estaba un parco y viejo posadero, muy entrado ya en años, cuya vida había dedicado al servicio de peregrinos, caminantes y, por qué no, también al servicio de sucios y malolientes vagabundos como Noded.

Alayan, adelantándose a Noded y haciendo ver que ignoraba su presencia, llamó a la puerta del albergue con un fuerte y enérgico golpe. El viejo posadero acudió presto a franquearles la entrada, y haciéndoles pasar, les pidió que lo siguieran. Primero les mostró el albergue y, luego, ofreciéndoles pan, agua y un poco de tocino, los condujo a un rincón, mostrándoles los jergones de paja sobre los que podían dormir. El posadero siguió indicándoles donde podían asearse y aliviar sus necesidades a la vez que les advertía de que tan sólo podían permanecer una noche en el lugar; y que por la mañana, antes de partir, podían contar con un caldo caliente que, sin duda, templaría sus cuerpos y los entonaría para el camino. Noded dio buena cuenta de los alimentos que le brindara el posadero y, sin emitir sonido alguno, se tiró burda y pesadamente, como un saco, sobre uno de los jergones, en tanto que Alayan, dejando sus propios víveres, junto con los que había recibido del posadero, sobre el jergón, se encaminó a conversar con los demás peregrinos, quienes a juzgar por la algarabía, disfrutaban de la velada en animada charla. Poco después, Alayan, volvió al rincón donde estaban tendidos los jergones que les habían sido asignados y se echó en uno que se hallaba ubicado junto a Noded. Cuando los ojos de Alayan se acostumbraron a la oscuridad observó cómo Noded yacía acurrucado en el jergón. (Fin parte IV; continuará).

Cuento perteneciente a mi libro "Cuentos para la libertad".

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

Imagen: http://www.musicaclasicaargentina.com/musicayeducacion/imagenes/zapatossmall.gif

Lunes, 04 de Junio de 2007 11:16 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma.

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