… Somos iguales, Noded, en nuestra esencia y en las capacidades y recursos que hemos poseído ambos para alcanzar las oportunidades que se han abierto en nuestro camino y disfrutar de nuestros logros. Somos iguales en la misión que ambos teníamos que cumplir y en la obra que nos aguardaba al nacer; obra, que no es otra, que la de cultivar nuestras consciencias y nuestros espíritus con la luz de nuestras inteligencias y nuestros discernimientos, con esos recursos y esas capacidades que poseemos, y hacerlos florecer; multiplicarlos y ponerlos a la disposición del servicio a los demás desde nuestra libertad, sin patrañas impostadas ni impuestas. Pero, mientras tú decidiste ignorar esos dones, desperdiciarlos y olvidar esa misión; dejándote llevar por cada viento que soplaba y dejándote azotar por todos y cada uno de los espejismos que los falsos profetas iban depositando en tu mente, tiranizándote a ti y a tu vida, yo me esforzaba en buscar el juicio y la sabiduría dentro de mí; me esforzaba en hacerlo crecer, en utilizarlo, en lograr que esos dieran sus frutos y en ofrecer esos frutos a todos los hambrientos del mundo sin escatimar ni un gramo de entrega. Yo, Noded, me entregue al conocimiento de mí mismo; y busqué, sin desfallecer, cual era mi procedencia, mi esencia y mi destinó; yo luché tenazmente para conseguir, que lo que al principio era sólo una tenue y vacilante lucecita, que parpadeaba dentro de mí, como una tenue y débil llama presta a extinguirse; se transformara, instante a instante, día a día, en una clara y radiante luz en mi interior; en un sólido saber que dirigía mis pasos y mis acciones sin que los azotes y los avatares del viento de mi mente y de las tormentas de iluminados, de apegos, normas y servidumbres, me hicieran desistir en el empeño; y no es que no tuviera dudas sobre seguir o abandonar la lucha y que no cayera una y otra vez o que no me arrastraran y me atormentaran las hordas de falsos valores y pseudomorales. No fue fácil escapar a sus tiranías; siempre es más cómodo eludir la propia responsabilidad aceptando la protección que ofrecen los mil y un rebaños, que asumir que uno es dueño de sus actos sin más dioses ni profetas que uno mismo. Pero la fe en mí mismo, la esperanza y el amor fortalecían mi voluntad brindándome la firmeza y la paciencia necesarias, para volver a empezar de nuevo tras cada caída, tras cada abandono, tras cada acto de dependencia y dejación… Y en eso hemos sido distintos, Noded; no porque seamos diferentes, puesto que de la misma naturaleza humana estamos hechos, y las mismas luces nos habitan, sino porque hemos obrado diferente, y hemos elegido de manera distinta”.
Noded, al ver lo que habían desencadenado sus exigencias y reproches, preso de un inexplicable pánico, se negó a seguir escuchando a aquel loco. Sin más explicaciones, le dio la espalda a Alayan, colocándose en posición fetal, y tapándose de la cabeza a los pies con la capa, aparentó haberse dormido. En esa posición, Noded parecía un impenetrable huevo cuyo embrión se resistiera a crecer, y eclosionar a la vida. “¿Qué tendrá este engreído viejo que enseñarme, que yo no sepa ya? ¡Pues no he aprendido yo nada en esta miserable y podrida escuela de la vida a la que me han forzado a acudir sin ningún permiso mío!. ¿Qué se habrá creído el viejo este?. Claro que somos iguales, ¡dos desgraciados y podridos viejos, eso es lo que somos!... ¡Que se deje ya de sermones y de monsergas… que hay que dormir!”... Tales eran las cosas que se decía Noded, a la vez que luchaba entre acallar a Alayan de un puñetazo, o darse, él mismo, con la cabeza contra la pared para ver si perdía el conocimiento y dejaba de escuchar toda esa perorata...
Y mientras todo eso pensaba y sentía Noded, Alayan, tranquila y pausadamente, seguía hablando: “Ciertamente Noded tienes mucha razón en decir que somos iguales, pues lo somos, y no sólo en nuestra esencia, sino en otras muchas cosas... Los dos hemos caído una y mil veces, hemos sufrido pérdidas irremediables… derrotas… Y los dos hemos sentido nuestras carnes brutalmente mordidas por el dolor y el sufrimiento. Pero hay algo, Noded, que nos hace parecer diferentes y que es la elección que cada uno de nosotros ha realizado. Mientras que tú elegiste la queja egoísta y baldía, abandonándote a las recompensas y castigos de una vida eterna, al elogio frívolo y estéril, y al egocentrismo desmedido; yo me entregué a la tarea de arrancar de mí todo brote de maldad (y te aseguro que tenía una planta muy crecida dentro de mí), empeñándome, con confianza y fe, en descubrir todos los mecanismos inconscientes y automáticos que dominaban mi vida, luchando tenazmente para convertir las derrotas en victorias, las pérdidas en hallazgos, las mordeduras del dolor y del sufrimiento, en caricias; y la maldad que recibía en bondad. Yo, Noded, me dediqué al servicio, tratando de llenar mi vida, y la vida de todas las criaturas, de amor incondicional. Y mientras que yo elegía recorrer ese camino de perfeccionamiento, purificación y entrega hasta el final, ¿qué elegiste tú, Noded? Tú, Noded, tras cada caída te revolcabas en el inútil fango de las quejas y, lleno de ira, clamabas venganza. Tras cada derrota te abandonabas a la autocompasión, a pedir perdones a un supuesto ente divino, y a esperar que ese todopoderoso ser hiciera el trabajo que debías hacer tú; desesperando de ti, del amor y del mundo. Tras cada pérdida te hundías con más resentimiento y rencor en tus apegos, generando más odio y más desesperanza. Tu corazón, Noded, endurecido por tu propia ignorancia, y por las rancias tiranías de doctrinas sobrenaturales, se congeló; y conducido de la mano de las más espantosas tinieblas por tu ambición, tu codicia y tu desmedida soberbia, ocultaste tu verdadera esencia en el más profundo de los abismos… en la más obscura de las soledades. Y hastiado, ya, de ti, de tu vida y del mundo, decidiste, por último, arrojarte en manos de la muerte. Porque eso es la muerte real, Noded, la muerte real y eterna no es otra cosa que el cerrarse herméticamente al amor y a la vida.
Noded, a pesar del duro contenido de las palabras de Alayan, iba, lentamente, dejando de luchar consigo mismo y se iba abriendo poco a poco a la acogedora calidez de la voz y de la presencia del anciano. No obstante, aun le escuchaba con recelo y temor, y sin abandonarse al llanto que pugnaba por aflorar en sus ojos... Pero, conforme Alayan, proseguía hablando a Noded, el recelo y el temor de éste, junto a la cólera que había expresado, iban tornándose en una pena y una amargura tal que removían y desgarraban las entrañas del vagabundo. Era como si esas palabras tuvieran el poder de hacerle revivir, uno a uno, todos los sucesos de su vida y de hacerle sentir todo el dolor y el sufrimiento de nuevo. Poco a poco, fue notando que nacían en él, impulsos muy contradictorios, los unos, de una cólera irrefrenable, le hacían sentir imperiosos deseos de abalanzarse sobre Alayan y estrangularlo; y los otros, le empujaban a abrazarse a los pies de Alayan y pedirle que lo ayudara a salir de su desolación. Así, el amor y las palabras de Alayan fueron abriéndose paso en el corazón del viejo vagabundo, hasta que Noded, sintió que ya nada había en él que se pareciera al rechazo y al desprecio que había experimentado hacia Alayan, durante su primer encuentro, y que se habían acrecentado con los cuidados y las preguntas del anciano. Y, aunque se resistía todavía en un mínimo grado a aceptarlo, notaba como su rechazo se iba transformando en respeto hacia ese hombre... (Fin parte VI; continuará).
Cuento Perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”.
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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