
Toro soy, que no buey, y por ser bravo,
contengo el feroz mugido, y espero quieto, callado…
Clavado en este prado de infamia, de tedio y de locura,
de soledad, de algarabía y de sueño…
Pero también de fantasía y color, de maravillas y de amor,
de bondad, de entrega y de retos,
alerta y vivo, sin hundirme, dispuesto a los trotes y al silencio…
No me engaña el disfraz, ni me seduce la carroña,
que mi alimento es el verde pasto de la fresca hierba.
Pueden tocarme la testuz, rasparme un asta,
clavarme banderillas y estocadas, zaherirme o halagarme…
Y, ¿por qué no? Permitiré, incluso, que me obliguen a dar algunos pasos,
pero, nunca me harán atrapar vientos, ni embestir trasuntos.
Nadie me administra la estocada, salvo aquel a quien yo le doy la espada,
que de muerte nadie me hiere;¡nadie...!, salvo yo mismo, y cuanto en mi interior yo llevo,
todo eso cuanto en mí arde, bulle y se mueve, creando huellas y caminos de vida y de muerte.
La espada, como quiera yo, la doy, y se la doy a quien yo quiero,
a quien amo, a quien respeto…¡Yo la doy, y yo la quito porque es mía!.
Y accedo a recibirla de quien me quiera…,
Incluso quien me odie puede dármela, que una misma cosa es querer y odiar,
aunque parezcan dobles; que de dualidad estamos hechos, igual que el mundo.
Que querer y odiar, distinto es de amar, y en el amor, que es unión y es eternidad,
ni la espada ni la herida, existen.
Pero en este mundo, mi espada brilla en mi mano, bien asida,
para el querer, y para el odio, pero nunca para medianías.
Para nacer, morir y renacer presta acepto la espada y su estocada
sin turbarme, y sin rehuir el dolor de las heridas.
Pues soy toro, que no buey, y por ser bravo,
vida y muerte en mis entrañas llevo.
En el querer fiero y bravío, en el dolor quieto y austero
.Y en los dos, sereno y fuerte, que senderos son ambos del amor.
Rechazo lo estéril y lo fatuo.
Piso el lodo sin mancharme y voy por barrancos sin hundirme,
puedo atravesar la niebla sin perderme,
y, aunque parezca que vago extraviado, galopo persiguiendo el Arco Iris,
troto junto a las mariposas y embisto a las estrellas por la noche...
Y lloro, sí, a veces lloro amargamente triste y sólo,
con un silencio inerte, junto a las aguas del arroyo.
De mi pecho sale, bravo y feroz, un estallido de rechazo y lucha,
si la inocencia de un niño es ultrajada;
si la amistad se traiciona y se envilece;
si el querer se embrutece, y si se adultera y violenta lo esencial,
si se pisotea la belleza y si se ríen del dolor y de la pena…
Cuando eso sucede ante mis ojos,
mujo; sí, mujo herido y fiero.
Me aburren los mediocres, los mezquinos y los tibios;
los que vegetan y dormitan, los que ni comen, ni dejan comer...
Aunque a veces, hasta puedo cargar, con sus petates una milla...
¡Que nobleza obliga, y soy de ley!.
Por lo demás, no dejo de andar por prados y quebradas,
buscando; pero en silencio, que no por bramar, mugir y alborotar,
iré más raudo, ni llegaré más lejos...
Que soy toro: no buey, noble de casta y de raíz,
bravo, pero paciente.
Hielo por fuera e ígneo por dentro,
Un toro grande y noble como el Teide.
(Sí, si, tienen razón; hay mucha omnipotencia y mucho narcisismo en esta ilusión de autorretrato, pero un poquito de cada cosa -omnipotencia y narcisismo- a veces, no sólo puede permitírsela una, sino que está muy indicada…Y sí, ya sé, debería decir “vaca brava” en vez de “Toro”, pero permitídmelo por la rima y eso…)