
¿Acaso piensan que lo que nos muestra la fotografía que sirve para ilustrar este post, pertenece ya a un pasado irrepetible? ¿Sí? Pues permítanme que les digan que se equivocan. En mi opinión, los gestos, los vestidos, los personajes, son distintos; pero las actitudes son las mismas. Y en consecuencia, siempre en mi opinión, lo único que separa a la Conferencia Episcopal Española de hoy, de lo que muestra esa foto del ayer, es la moda en el vestir y en el saludar. En eso se han modernizado. Pero en sus actitudes represivas, prepotentes y sedientas de poder; en sus modos de implantar e imponer sus dogmas, sus doctrinas, sus creencias, y en sus usos, costumbres y modos, no han cambiado mucho. Y si no me creen, sigan leyendo:
Cerrar Parroquias, prohibir publicar, expulsar de los claustros de profesores y de las instituciones de enseñanza, sumir en el ostracismo más cruel… Todas estas acciones no se diferencian mucho de aquellas medievales en las que los que se esforzaban en ser coherentes con las enseñanzas del “Resucitado” o quienes se esforzaban para que la razón y la ciencia fueran el camino, terminaban invariablemente en las hogueras o en las mazmorras, muertos tras las consiguientes torturas. Aliarse con los pobres, los marginados, los drogadictos, los ilegales, y, en suma, los desheredados de la tierra, no sólo no les da buen currículo a los curas, sino que es altamente peligroso en un país –como el nuestro- en el que la raíz del nacionalcatolicismo florece desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia católica. En un país en el que los musulmanes nunca fueron españoles de otra religión sino “moros a exterminar”; en un país en el que los judíos tampoco llegaron a ser nunca españoles de otra religión, sino inmundicia a expulsar del suelo patrio –y si nos libramos de devolver los préstamos, aún mejor-. Decía que hoy, la quema en hogueras, las torturas hasta la muerte, las cruzadas genocidas –bueno, hablo de España, que en otros países, no sé yo…-, y esas bestialidades bárbaras ya no están de moda; ahora, los esbirros vigilantes del dogma usan métodos más modernos y sofisticados: hacen manifestaciones en las que esgrimen sus engañosas y represivas doctrinas, cierran parroquias, inhabilitan para el ejercicio de la enseñanza, prohíben publicar, prohíben celebrar misas, recluyen en monasterios tipo cartuja, etcétera, etcétera; es decir: aíslan y separan el pretendido “mal” y a los “malos curas rojos”, del pretendido “bien”, esto es, del rebaño de reprimidos, sometidos, intolerantes, ignorantes, etcétera, para mantener la pureza de su fe o negocio, que es lo mismo, a salvo. Pero miren, yo que no soy cristiana ni nada de nada, tengo el convencimiento de que si ese Cristo al que dicen seguir –dicen, pero nada de nada-, volviera hoy por aquí, terminaría en Guantánamo –como mínimo- y volvería, no ya a ser crucificado, que eso ya no se lleva, pero a ser torturado hasta la muerte, seguro… Aunque, la verdad: ni siquiera hace falta que vuelva otra vez; ya dijo él: “Lo que hiciereis con uno de estos pequeñuelos, a mí me lo habréis hecho…” Y lo que hacen esos cuervos negros saca ojos de la curia, a la vista está: de todo menos amar, tolerar, tener piedad, etc… De todo menos practicar las enseñanzas de aquel al que dicen seguir. Francamente, si fuera católica, me borraba. Bueno, a continuación les dejo un artículo acerca del cierre de la parroquia de San Carlos Borromeo en Vallecas, Madrid, España:
“No es casual que, precisamente en estos momentos de máxima tensión entre la derecha desmelenada y la seudoizquierda parlamentaria, el arzobispado de Madrid pretenda cerrar la parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías. La pandilla de inquisidores, misóginos y carcamales que, con un pastor alemán a la cabeza, gobiernan la Iglesia, no pueden permitir que una parroquia de la capital del nacionalcatolicismo esté en manos de verdaderos cristianos, de “curas rojos” que ayudan a los pobres, a los drogadictos, a los ex presidiarios y a los inmigrantes, y que hasta tienen la osadía de comulgar con rosquillas en vez de hacerlo con ruedas de molino.
No es casual que el proceso de fascistización acelerada de Occidente iniciado con el pretexto del 11-S coincida con un proceso igualmente acelerado de “romanización” de la Iglesia, con la reactivación del Santo Oficio, con el auge del Opus Dei y los Legionarios de Cristo, con la persecución sistemática (sistémica) de la teología de la liberación y del cristianismo de base en general.
Tanto el imperialismo estadounidense como el subimperialismo europeo (y muy concretamente el español), así como los detentores del “poder temporal” de la Iglesia, le están viendo las orejas al lobo, o, más exactamente y para seguir con las metáforas zoológicas, le están viendo la cresta al gallo rojo. Y en consecuencia, el gallo negro, que llevaba un par de décadas creyéndose el amo indiscutido del corral, ha entrado en pánico. Las negras sotanas de los obispos y las camisas negras de los neofascistas ya no les llegan al cuerpo: la ultraderecha tiene miedo (no hay que olvidar que un fascista es un burgués asustado) y ataca a la desesperada, con furia ciega, en todas partes. Por eso la cruzada contra los infieles y los “terroristas” tiene tantos frentes. Y por eso una de las más castigadas trincheras de la resistencia antifascista de Madrid está en Entrevías.
Quienes tenemos el privilegio de conocer a Enrique de Castro y a los demás “curas rojos” y hemos seguido de cerca la heroica lucha de las Madres Contra la Droga (por citar solo uno de los movimientos sociales surgidos al amparo de la parroquia de San Carlos Borromeo), solo podemos sentir indignación y desprecio ante esta nueva exhibición de prepotencia curialesca, ante esta nueva persecución de los cristianos orquestada por Roma, como la de Nerón, pero mucho más vil, mucho más repugnante, puesto que ahora los verdugos son quienes se autoproclaman ministros del mismo Cristo al que vuelven a crucificar todos los días.
Pero la indignación y el desprecio no bastan. No podemos abandonar el frente de Entrevías, no podemos desertar de esa trinchera de la dignidad y el coraje que es la parroquia de San Carlos Borromeo. Porque es mucho lo que está en juego, y no se trata solo de una batalla simbólica: se trata de pararle los pies al mismo nacionalcatolicismo que, para no tener que renunciar a sus privilegios, provocó una guerra civil e hizo posibles cuatro décadas de dictadura criminal.”
Título del artículo: Obispos negros contra curas rojos: Roma contra Cristo
Fecha de publicación: 04.04.2007
Autoría: Carlo Frabetti
Medio: Rebelión
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49260
Imagen: http://hispanianova.rediris.es/general/articulo/026/art026archivos/pagina8.jpg
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah