
Por todas esas horas de compadecerse desde un narcisismo y egocentrismo aberrante que solo le habían conducirse a mirarse el ombligo y pensar que era el único ser doliente del mundo. Lentamente, en su corazón, se levantaron olas de perdón, de reconciliación, de amor y de libertad, como nunca había experimentado; y la tenue lucecita que se prendiera en su interior se acrecentó, desbordando todo su ser, tornándolo luminoso y resplandeciente como un sol.
En ese estado de profunda armonía y de inusitada paz, lleno de compasión y de amor por su doble, “El Pupas” quiso infundir en él todo el ánimo, el valor y la fuerza necesaria para que saliera airoso de ese trance.
Ya no le importaba si conseguía vivir o no, pero si lo hacía de nuevo, sería absolutamente distinto; de lo contrario, si moría, lo haría tranquilo porque descansaría para siempre, y porque había limpiado su conciencia de miedos y esclavitudes; de culpas y de lamentaciones; de creencias y de milongas. No tenía ninguna certeza de lo que se podía encontrar al cruzar el umbral de la muerte. Lo que si estaba seguro de no encontrarse era a un juez vengador. Ni jueces vengadores ni Padres amorosos todopoderosos le estarían aguardando. Lo más seguro es que le acogiera la inmensa nada; pero sí algo hubiera, no podía ser ni remotamente parecido a las patrañas que circulaban por la Tierra. Nada se llevaba uno al otro barrio, salvo a sí mismo. En todo caso, y si algo había de cierto en esa existencia de un “más allá” se llevaría uno su consciencia, el conocimiento de sí mismo y de los demás, el servicio, clamor entregado y recibido, y la satisfacción de lo aportado al bien común y a la libertad en este lado.
Ninguna sombra de angustia le aquejaba ya. Con decisión y ternura, “El Pupas” abrió sus brazos y su alma a ese cuerpo suyo que, agonizante, yacía en aquella cama.
Apenas habían pasado segundos –o siglos, ¿quién podría decirlo en aquel extraño lugar?-, cuando “El Pupas” sintió una estremecedora convulsión y cayó por un profundo agujero.
Los médicos y las enfermeras vieron asombrados cómo “El Pupas” se incorporaba y se sentaba en el borde de la cama. Ninguno de ellos podía dar crédito a lo que estaban presenciando y menos explicarse cómo ese desconocido y pobre muchacho moribundo se había recuperado así, tan de repente. Todos corrieron hacia él y se quedaron perplejos mirándole, sin poder articular palabra alguna.
“El Pupas” se hallaba confuso y desorientado sobre dónde estaba y cómo había llegado allí. No recordaba nada en absoluto ni acerca de la sobre dosis que casi lo mata, ni de su anterior desdoblamiento, ni de lo que había vivido durante el mismo; sentía únicamente, junto a unos enormes deseos de vivir, una profunda fe, confianza y seguridad tanto en sí mismo, como en sus posibilidades. “El Pupas” sentía, también, un profundo respeto y amor hacia todos los seres humanos, y muy especialmente, hacia todos aquellos que, como él, vagaban ciegos y perdidos entre los hombres… Nada más lograba sentir ni recordar… Bueno, algo sí recordó “El Pupas”, quien dirigiéndose a aquellos seres con batas blancas que le miraban paralizados y embobados dijo: “¡Mi nombre es Pablo y tengo hambre!”.
Hasta aquí el cuento; y como todos los cuentos, todo es ficción, fantasía, metáfora, metonimia y alegoría. Todo es una invención del autor que nada tiene que ver formalmente con la realidad. Pero en ocasiones, estas figuras retóricas y de ficción pueden transmitir un mensaje mejor que miles de discursos analíticos y lógicos, y abstractos. Y justamente esa es la intención que persigo con “Cuentos para la Libertad”. Transmitir que la libertad no es una planta exótica que pueda adquirirse en un lejano invernadero o en un supermercado, o a través de los códigos morales de las instituciones eclesiásticas. La libertad es una semilla que se oculta en nuestro ser y que sólo cada uno de nosotros puede hacer germinar y cultivar hasta lograr que brote esa maravillosa planta. Mucho nos quejamos de carencia de libertades en nuestra sociedad o en otras, como si el acceso a la libertad viniera determinado por leyes, decretos, medidas, y otras cosas que alguien externo a nosotros mismos pudiera darnos, así sin más. Por supuesto que existe la opresión desde posturas totalitarias, dictatoriales, dogmáticas y abusivas que, ejercidas desde un grupo de individuos sobre otros, mantienen a sociedades y a países enteros sumidos en la pobreza y la esclavitud. Cierto que la injusticia derivada de esas situaciones conduce a la explotación del hombre por el hombre y a la anulación de sus libertades y derechos más básicos y fundamentales. En verdad, que la humanidad tiene el deber y el derecho de acabar con ese estado de cosas, para lograr que todos y cada uno de los individuos que la componen puedan gozar, algún día, de la plenitud de todos sus derechos y libertades, en igualdad de oportunidades y sin ninguna discriminación, pero el hablar de la humanidad así en abstracto, casi siempre confunde y parece que, con ello, se tiende a eludir el compromiso individual de cada individuo, porque, “si es la humanidad la que debe lograrlo, pues yo tranquilo”. Esa lucha y ese empeño a lo largo de los siglos, pareciera que ha alcanzado cotas muy altas - sobre todo en nuestro mundo occidental - aunque a veces, incluso en nuestro desarrollado y civilizado mundo, estas supuestas cotas no superan un análisis medianamente riguroso. No obstante, concedamos que así es y aceptemos que gozamos de todas las libertades y de todos los derechos que una convivencia en democracia puede otorgarnos: ¿somos realmente libres? ¿Es y se siente cada uno de los integrantes de tal democracia real y plenamente libre? ¿Le otorgan las leyes de ese tipo de sociedad a todos y cada uno de sus miembros por igual –de hecho y de derecho-, el disfrute de reconocerse libre en lo más profundo de su ser?... (Fin de la tercera parte, continuará...)
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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