INTRODUCCIÓN DE “CUENTOS PARA LA LIBERTAD” “EL PUPAS”. (Parte I) | Ser Rizomático

INTRODUCCIÓN DE “CUENTOS PARA LA LIBERTAD” “EL PUPAS”. (Parte I)

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Hoy, les ofrezco el principio de mi libro "Cuentos para la libertad, y el primer cuento de dicho libro. Espero que sea de su agrado:

A modo de introducción o de inicio –que lo mismo es- y puesto que éste es un libro de cuentos, qué mejor que empezar directamente narrando uno… Ahí va pues:

“Los policías llamaron a la ambulancia y en cuanto ésta llegó, transportó, sin pérdida de tiempo, aquel desecho de hombre sin historia ni nombre –pues nada llevaba encima que pudiera dar pista alguna de su identidad- al hospital más próximo. En el hospital, por todo signo de identidad, lo que aparecía en su ficha era: varón de unos treinta años, blanco, rubio, de ojos azules y un metro setenta de estatura.

“El Pupas”, que ya no recordaba ni su propio nombre y era apodado así por todos los que le conocían, se encontró suspendido en un raro plano de la realidad externo a su cuerpo. Miró a su alrededor y vio como él, o lo que había quedado de él, era metido en la ambulancia, reanimado, conducido al hospital y dejado allí. Ese doble suyo, o lo que fuera, se moría por momentos y yacía tendido en una cama de hospital, luchando por avivar el débil y frágil aliento de vida que se agarraba a su sangre. “¡Esto debe ser otro viaje!”, se dijo “El Pupas” al verse desdoblado de ese modo y con un rollo tan malo, pero algo le hizo sentir que aquello no se trataba de un galope más: aquello era real y estaba agonizando de verdad. “El Pupas”, con toda la salvaje amargura e ira que fue capaz de expresar, dirigiéndose a su otro yo, a ese que luchaba por conservar la vida, le gritó que lo dejara, que se abandonara a la muerte y terminara de una vez…

La historia de la vida del Pupas no había sido ni mejor ni peor que cualquiera de las otras muchas que tratan de sobrevivir por los barrios marginales y por los suburbios del extrarradio de una gran ciudad. Desde niño, la calle había sido su hogar. No tenía padre, ni siquiera le había conocido. En cuanto a su madre, bastante trabajo tenía con conseguir poner sobre la mesa algo caliente para todos los hijos. “El Pupas” creció y se educó como Dios –o la Virgen, que nunca se sabe- quiso; pero ni mejor, ni peor que muchos otros en sus mismas condiciones. La madre escolarizó al Pupas, pero éste iba al colegio un día no y otro tampoco. Las pandillas de pillos y ladronzuelos fueron su apoyo y consejo mientras siguió viviendo en el barrio. Buscado por los tutores del colegio, agobiado por la madre y perseguido por algún policía, apenas había sacado un pie de la pubertad cuando “El Pupas”, huyendo de todo y de todos, cambió de ciudad. Nadie lo echó en falta y nadie lo reclamó; de modo que el muchacho se perdió en las profundidades de los suburbios del extrarradio de la nueva gran urbe.

Su vida, vieja y despedazada, siguió el curso de la mínima subsistencia, con chapuzas más o menos delictivas, hundiéndose poco a poco en los abismos de la indiferencia. Poco después de llegar a su “nuevo hogar”, “El Pupas” decidió convertirse en “jinete” cabalgando sobre el caballo que él mismo distribuía. A partir de su primer “galope”, “el caballo” se convirtió para “El Pupas” en su único deseo y “cabalgar” en todo su afán. Al principio se subió a esa “montura” para evadirse por los paisajes a los que le transportaba la droga, creyendo así escapar de los territorios que la realidad de su existencia le mostraba. Pronto descubrió que la heroína era en sí misma el peor de todos ellos y, para evadirse también de eso, “cabalgó” con más ahínco todavía. A veces terminaba por no saber si huía de la crudeza del mundo que le había tocado vivir o de sí mismo. “¿Y ese “yo mismo” quién es?” Se decía angustiado “El Pupas” en algún momento de lucidez, pero esos instantes coincidían con “el mono”, y –ya se sabe-, la tortura del síndrome de abstinencia no propiciaba un buen clima para la reflexión.

Invariablemente, el chico se respondía que fuera él quién fuera, y lo qué fuera en realidad, más valía no enterarse… Que mejor era lo malo conocido que lo bueno por conocer… Y como tanto pensar siempre le producía un fuerte dolor de cabeza y unas insostenibles náuseas, con atroces espasmos por todo el cuerpo (lo cierto es que no sabía muy bien si era lo de pensar o el propio mono, lo que desencadenaba aquel martirio), “El Pupas” se inyectaba raudo otra dosis... Por si acaso.

Y ahí seguía el hombre, suspendido de ese ignoto lugar sin espacio ni tiempo, esperando a ver si su otro yo, el de la cama, dejaba de hacer el imbécil y acababa ya… “El Pupas” evocó algo que escuchó decir a un maestro del colegio durante una de las pocas clases a las que asistió, aquello - según creía - sonaba a algo así como “Cuando la partida ha terminado, el rey y el peón vuelven a la misma caja”, y recordó que esa frase le había impresionado fuertemente. Lehabía dado muchas vueltas a la frase de marras, tantas que hasta terminaba por marearse cuando pensaba en ella. Finalmente pensó que era una pena que a él nadie le hubiera sabido aclarar lo que simbolizaba la caja. A lo del tablero, el rey y el peón le había encontrado alguna explicación, y aunque tal explicación tampoco le aclaraba demasiado, al menos, había logrado llegar a algún lado con ella. No le costaba nada en absoluto, el reconocerse como un miserable peón. En cuanto, al tablero pensaba que, aquél sobre el cual le habían puesto como peón, era un negro y oscuro fiasco. Sí, una pesada y desagradable broma…Pero por más vueltas que le había dado a lo de la caja, no había encontrado ninguna respuesta con la que quedarse… (Fin de la primera parte, continuará...)

(Introducción y parte del primer cuento de mi libro "Cuentos para la libertad", del que podrán encontrar más cuentos en el apartado "Los cuentos de mi pluma" en el menú de "Temas" , a la derecha de este blog).

¡Qué tengan un buen día!

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

Imagen: tomada de la página de biblioteca.redescolar.ilce.edu.mx

 

 

Miércoles, 28 de Marzo de 2007 11:13 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma.

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