CURO... ME CURO... ME CURAN... A VUELTAS CON LA CURA | Ser Rizomático

CURO... ME CURO... ME CURAN... A VUELTAS CON LA CURA

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Soy psicoanalista, o psicoterapeuta, o simplemente terapeuta, si lo prefieren -personalmente, prefiero este último término y tal vez otro día les llegue a decir por qué- y en mi profesión se habla, se debate y se escriben ríos de tinta a cerca de “la cura” (referido a la curación de los pacientes) Tanto es así, que de tanto hablar de la cura se llega a creer que verdaderamente una cura algo, tanto, que casi se ve a sí misma investido de un mágico poder que logra curar a los demás de cuantas dolencias les aquejen. Pero cuando me pregunto por la investidura que me cubre, y, me pregunto, por ese mágico poder que cura al otro, descubro que no soy yo la que cura, sino que es el otro quien se cura a sí mismo.

Entonces, me sigo preguntando por lo que se cura: ¿qué es lo que estaba enfermo? ¿Qué es lo que se ha curado? ¿Qué tuvo que ver una en ese proceso? ¿Pudo haberse curado esa persona a sí misma sin la intervención de una? ¿Cómo influye la intervención del terapeuta en ese milagroso proceso de la cura?

Cómo les decía antes, pueden llenarse bibliotecas con todos los libros que se han escrito y editado tratando de dar respuesta a estas preguntas, y, digo tratando porque aún no ha caído ninguno en mis manos, ni he leído ninguno, que realmente las responda... Puede parecer presuntuoso por mi parte tal afirmación, pero créanme que he tenido en las manos bastantes libros, y he leído al respecto lo suficiente, cómo para poder afirmar algo así. Les diré más, ni siquiera yo, después de muchos años de práctica y de estudio, tengo la certeza de estar en posesión de tales respuestas..., pero se me ocurre que, quizá, únicamente exista una respuesta a todas esas preguntas, y que esa respuesta sea tan obvia y sencilla como la que dio Cristo: "...tu fe te ha salvado" o esta otra también dada por él: “porque ha amado mucho sus pecados le han sido perdonados” ¿Y de qué manera puede entenderse el pecado si no cómo todo aquello que nos convierte en mentira?

Y ustedes me dirán, ¿Cómo puede decir que es agnóstica y hablar tanto de Cristo? Pues verán, existiera o no, fuera real o mito, parece que decía –o ponían en su boca- cosas muy interesantes, cosas que me agrada leer -me refiero a los evangelios- y más allá de que se crea o no en su divinidad, les aseguro que si pusiéramos en práctica su mensaje, otro gallo nos cantaría a todos. Para mí fue cómo el primer ácrata o algo así… Pero volviendo al tema de la cura; de lo que estaba enfermo y se cura; y de "quién es quien cura qué" se me ocurre que, tal vez, sea justamente el descubrir la verdad de lo que somos, deshaciéndonos de toda la oscuridad de las mentiras en las que nos vamos convirtiendo, lo que realmente cura; y ahí si tiene que ver el terapeuta, que si lo es, es una buscador de la verdad. Primero de la verdad en si mismo, y luego, de la verdad escondida en el otro. Tal vez sea a través de esa búsqueda de la verdad que todo terapeuta sincero emprende, que se llega a consolidar, en el alma del sufriente, esa fe en sí mismo que creía perdida y que, reencontrada, protagonice todo el proceso de manifestación de la verdad esencial conduciéndolo a la Cura Real, o -lo que es lo mismo - al conocimiento de la verdad que se esconde en su ser. Y quizá ese conocimiento de sí mismo, al que el doliente accede, sea la roca en que se sostiene su curación, y toda curación. Sin embargo, sigo preguntándome: ¿podría darse esa curación si todo ese proceso de búsqueda de la verdad estuviera desprovisto de amor? ¿Puede lo muerto encontrar o buscar algo? Y digo “muerto” porque sin amor no hay vida. Pienso que sólo a través del amor es posible que la verdad pueda hallarse y manifestarse. En consecuencia, pienso que toda demanda de cura lleva implícita una demanda de amor, y que algo tendrá que ver en el proceso de la cura, esa demanda de amor que el doliente dirige -lo sepa o no- al terapeuta, y ese amor incondicional con el que el terapeuta debe mirarle y acogerle mientras dure esa andadura.

Más allá del "etiquetado y sintomatología" de lo que damos en llamar "enfermedad" se me ocurre que, lo verdaderamente enfermo -más allá de que sea la mente, una pierna o el hígado- fuera el disfraz con el que nos arropamos cuando el frío de los barnices socioculturales y de los tabúes, endurece nuestras entrañas y nuestros corazones, petrificándonos y confundiendo ese disfraz con lo esencial del ser; confundiendo, así mismo, la muerte con la vida y el odio con el amor. Cómo si lo que en nosotros se pusiera enfermo -a parte de la etiqueta que le demos a la enfermedad- fuera la mentira en la que nos vamos escondiendo para sobrevivir, y para ocultarnos hasta que punto estamos "muertos".

Sí, tal vez entonces, lo que nos parece "cura" no sea otra cosa que el desprendernos del disfraz; desprendimiento que difícilmente acontezca sin amor y sin fe. Porque hará falta mucho amor y mucha fe para soportar el dolor de renacer a la verdad que siempre fuimos. Entonces, la cura sería eso que convierte la mentira en verdad y nos abre a la verdadera vida, a esa a la que, confundidos, veíamos en nuestra mentira como muerte.

Trataré de explicarme: vamos convirtiéndonos en personas a través de la mirada del otro. Si esa mirada busca y ve la verdad en nosotros, es decir nos ve con amor, nosotros mismos creceremos y nos desarrollaremos en la verdad de nuestro ser, conjuntamente con el crecimiento del otro. La fe sería así en nosotros, un acto del ser, no del tener. Pero sí los ojos que nos ven, sólo nos miran desde sus propios disfraces y mentiras, la fe se convierte en temor, el amor se tiene por ausente y la verdad queda velada; escondida. Entonces crecemos en el frío del miedo y pensamos que únicamente los disfraces pueden darnos calor.

Si un terapeuta, cuando mira a ese otro que demanda su ayuda, únicamente ve en él los síntomas, y lo mira cómo a "su paciente" en lugar de verlo, cómo una verdad escondida y oculta en esa mentira con la que se disfraza; en lugar de verlo, y escucharlo, cómo una verdad que reclama ser descubierta, desde la fe en la verdad, en el amor y en la vida; en lugar de sentirlo, cómo esa verdad que pugna por emerger, desde todo aquello que nos hace iguales y semejantes en el camino... Si la escucha y la mirada del terapeuta no parte de ahí, ¿Qué cura podrá alcanzarse? Si únicamente se aborda lo enfermo desde lo parcial de la enfermedad, lo único que puede obtenerse es que lo enfermo crezca.

Así que todo esto de que es el terapeuta el que cura, y esto de que lo que se cura es "la enfermedad" es bastante complejo y más que una realidad objetiva y tangible, parece una más de nuestras fantasías; fantasía que se sostiene por el efecto que el convertir las creencias en certezas tiene en nosotros. Fantasía similar a la que nos hace denominar pacientes a las personas que acuden a nuestras consultas en busca de "remedio" a sus males. Fantasía que convierte en certeza la creencia de que nosotros - los terapeutas - tenemos un saber que ellos - los pacientes - no tienen; y que a través de nuestra actuación, es decir, poniendo en marcha ese saber, "los curamos", "los arreglamos", "les devolvemos la salud"; sin que por su parte, los pacientes, tengan que hacer nada; tan sólo "adorar" nuestros mágicos dones y privilegios; cuando lo cierto es, que el verdadero saber reside en lo más hondo de cada uno de ellos.

Esta creencia tornada en certeza, sostiene el modelo médico desde los albores de la humanidad hasta hoy, definiendo los dos lugares como un artículo de fe; como un dogma en el que hay que creer para curarse. Por un lado, el incuestionable y omnipotente lugar del médico, del psicoterapeuta y de todos los que creen que tienen la curación de los demás en el bolsillo, en su “sabiduría” o en sus manos -más allá de los conocimientos reales que su profesión le otorguen- y que es un lugar omnipotente y dominante de ese lugar que el doliente e impotente "paciente" ocupa. Es el lugar del doble poder: del poder cómo capacidad en cuanto a esos conocimientos que posee y que puede aplicar, y del poder cómo "dominación" del proceso de cura. De otro lado, el lugar de ese pobre y enfermo ser que, al parecer, nada sabe ni entiende nada de sí mismo, y todo lo espera del otro, desde ese sitio pasivo, silencioso e impotente del "paciente" que se convierte así en "un lugar negado".

Para penetrar esta "Fantasía de médicos, pacientes y curaciones" y comenzar a entender, de dónde vienen tantas creencias convertidas en certezas, y poder ir desarmándolas, hacen falta algunos ingredientes, muchos de los cuales no pueden adquirirse ni en las aulas ni en los libros; ingredientes que van incorporándose a ese quehacer alquímico de lo terapéutico a medida que uno se va despojando de omnipotencia y va clarificando esos míticos lugares hasta ver que sólo existe un espacio. Ingredientes que tienen que ver con la apertura de nuestra existencia y de nuestro día a día al crecimiento de la humildad y la humanidad en nosotros. Ingredientes que tienen que ver, también, con el grado en que nos abrimos al permiso que nos damos, para que nuestro ser se manifieste libre de máscaras, y obre en nuestras vidas.

En cuanto a lo de pacientes, yo diría que "pacientes" deben mostrarse ambos, tanto el terapeuta como quien a él acude creyéndose enfermo. La paciencia - después del amor y de la fe - es uno de los instru­­­mentos más útiles e importantes en el proceso terapéutico; y no tanto la paciencia recíproca del uno hacia el otro y viceversa que tan necesaria es, sino la paciencia que uno debe ejercer consigo mismo, tanto el terapeuta como quien a él acude: ese al que damos en llamar “paciente” Ambos deberán recorrer juntos trechos oscuros y escabrosos durante los cuales la tentación de retroceder será más fuerte y seductora que la confianza y la fe en el proseguir. La paciencia agrandará la confianza y la fe, logrando afianzarse en el camino y, con el avance, convertir las tinieblas en luz. La impaciencia acrecentará la inquietud y la ansiedad llevando al retroceso y a la permanencia en la oscuridad.

Sí, reconozco que cuánto más crece mi experiencia como terapeuta más me afirmo en el convencimiento de que hablar de "Curación", de "enfermedad" y de "pacientes" es algo que pertenece más al ámbito de la fantasía que de la realidad. Ciertamente, algo se cura, pero lo que se cura y qué o quien es el agente curador, permanece todo un misterio.

(Extracto de mi libro "¿Dónde están las manos de mi alma?")

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

Imagen: http://ofunil.blogs.sapo.pt/arquivo/SOMBRAS.JPG

¡Bueno, hablando de "cura", decirles que me estoy curando rápidamente. Darles las gracias nuevamente por sus cariños y apoyos vía e-mail, y, asegurarles que la normalización de mi actividad bloguera llegará muy pronto. Espero. Hoy me llevan a revisión, confio en que se me levante la veda camera y se me permita caminar, conducir y todo eso que forma parte de la vida normal. Hasta la próxima, y que ustedes lo pasen bien!

Martes, 20 de Marzo de 2007 12:51 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser.




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"He hecho esta carta más larga de lo usual porque no tengo tiempo para hacer una más corta."

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