
1º Llamo “duelo” al proceso por el que debemos pasar, cuando hemos perdido a alguien insustituible y la perdida es irremediable. Lo sano en esa situación es sentir una profunda y desoladora pena que duele física, psicológica y espiritualmente, y esto es algo que nada ni nadie puede cambiar. Una pena que debe expresarse y no debe ser refrenada, ya que como decía W. Shakespeare: “El pesar oculto, como un horno cerrado, quema el corazón hasta reducirlo en cenizas.” Tratar de huir de esta pena honda y dolorosa es como tratar de hacer volar a un elefante: es imposible; es burlesco, es cruel y despiadado, y es inhumano.
2º Cuando a una persona le suceden cosas tristes, lo normal es sentir tristeza, y lo más sano cuando se siente tristeza es llorar. Llorar cuando se está triste es la expresión de ese sentimiento y no tiene nada que ver con estar deprimido o tener una depresión. Si no nos desahogamos en esos momentos, si no volcamos nuestros sentimientos, si no expresamos nuestro dolor, entonces sí podremos caer en una terrible depresión. Así que en ese tipo de situaciones, es un derecho inalienable y humano, dar rienda suelta al dolor, a las lágrimas, a la rabia, e, incluso también, a la culpa; en suma a todos los sentimientos, porque como dice John Brantner: “Únicamente aquellos que evitan el amor, pueden evitar el dolor del duelo. Lo importante es crecer, a través del duelo, y seguir permaneciendo vulnerables al amor.”
3º Cuando nos vemos zarandeados por la pérdida de un ser querido –un amigo humano o de otra especie, un progenitor, un hijo, o cualquier otro ser querido- decía en el punto uno que sentimos un gran dolor; traigo las palabras de J.Montoya Carraquilla, cuando decía que: “En ninguna otra situación como en el duelo, el dolor producido es TOTAL: es un dolor biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), social (duele la sociedad y su forma de ser), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma). En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y especialmente el futuro. Toda la vida, en su conjunto, duele...”, para destacar la importancia que tiene el haber pasado por situaciones similares para comprenderlo. Si no hemos pasado por ello, podremos escuchar el dolor del otro, pero jamás comprenderlo; y esto es algo que no debe olvidarse cuando se quiera brindar apoyo.
4º Aliviar a un ser querido en su expresión de tristeza no quiere decir impedirle que llore o que se exprese, más bien lo contrario: quiere decir aceptarle y acompañarle sin inhibir su llanto, brindándole ese hombro amigo y honesto para que se desahogue y pueda expresar con libertad, y arropado cálidamente, sus sentimientos. Instar a que deje de hacerlo y pare de llorar, sólo le llevará a un encerrarse en sí mismo absolutamente nocivo y preludio de la depresión. Un verdadero amigo se reconoce inmediatamente en esos momentos, ya que como dijo Oswald Chambers: “El dolor quema mucha superficialidad.”
5º Si nos produce ansiedad la expresión de dolor de los demás, es más sincero y honesto callarnos, no prestarnos a consolar y tomarnos nosotros un ansiolítico. La insistencia en dar, a toda costa, ansiolíticos –valium, tranxilium, lexatin u otros- a quienes sufren una pérdida, no es más que la proyección de nuestra propia incapacidad para acompañar el dolor ajeno. Es la incomodidad, junto a la propia inseguridad e impotencia, y, a veces, la ignorancia sobre el como actuar, lo que nos hace decir frases como: “Tienes que olvidar”, "Mejor así, dejó de sufrir”, "El tiempo todo lo cura", “Mantente fuerte por…”, "Es ley de vida", “Tienes que reponerte”, “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”… Frases del todo inoportunas que no tienen más objetivo que parar la expresión del dolor y de los sentimientos, que no sólo no lo logran, sino que además de obstaculizar la toma de conciencia y el subsiguiente duelo, producen en el doliente una agresividad rayana en la hostilidad, del todo innecesaria. Más tarde, en su momento, la persona que ha sufrido la pérdida podrá llegar a comprender por sí misma que, según decía Edgar Jackson: “Lo que importa no es lo que la vida te hace, sino lo que tú haces con lo que la vida te hace.” Pero bombardearle con la estupidez de esas frases hechas, servirá únicamente para sumirlo en una mayor desesperación y rabia.
6º Si a pesar de lo dicho insistimos en que el sufriente se tome los ansiolíticos, debemos saber que los ansiolíticos no cambiarán la situación ni mitigarán el dolor; simplemente pospondrán la reacción natural a otro momento y dificultarán tanto la superación de la pérdida, como la elaboración del duelo. Elaborar el duelo significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta. Podemos decir que hemos completado un duelo cuando somos capaces de recordar al ser querido muerto o perdido, sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en la vida y en los vivos. Sólo cuando hemos realizado ese aprendizaje y superado la pérdida y el duelo, podremos decir con Helen Adams Keller: “Lo que una vez disfrutamos, nunca lo perdemos. Todo lo que amamos profundamente se convierte en parte de nosotros mismos."
7º Dicen que el tiempo lo cura todo, pero el tiempo, el solo y por sí mismo, ni cura ni nada; lo que sí es activo y curativo es el saber que hacer uno mismo con el tiempo: utilizar el tiempo para asumir la pérdida; para reconocer que el ser querido ha partido de nuestro lado y no lo vamos a recuperar; utilizar el tiempo para expresar las emociones y sentir el dolor que supone esa pérdida para nosotros; llorar como reacción sana y natural por una pérdida nada tiene que ver con ser débil, más bien todo lo contrario; ya que hay que ser muy fuerte para poder mostrar la propia vulnerabilidad; utilizar el tiempo para la aceptación del trance por el que pasamos, no para evitarlo o escapar, y ello nos ayudará a curar; nos ayudará a aprender a vivir sin ese ser querido y llegado el momento, nos ayudará a recuperar nuestro interés por la vida, tal y cómo señaló Mario Rojzman, cuando dijo: “La muerte se lleva todo lo que no fue, pero nosotros nos quedamos con lo que tuvimos.”
8º Los seres humanos somos eso: seres humanos; frágiles, permeables, vulnerables, perecederos, tiernos, amables, capaces de emocionarnos y mostrarnos flexibles, mutables… Y, precisamente por todo ello, somos también bellos, fuertes, capaces de pequeñas y grandes cosas. Inhibir nuestras emociones en situaciones duras y dolorosas, es pretender que perdamos nuestra esencia y nos convirtamos en rocas, pero no por ello seremos más fuertes ni poderosos. A lo sumo, seremos más pobres y más desgraciados. ¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué es tan comúnmente aceptado, mostrar la alegría, y por qué vivimos con vergüenza y nos molesta tanto –a los demás y a nosotros mismos- mostrar las penas? Recordemos las palabras de Jean-Yves Leloup: “Amar al otro es renunciar a poseerlo, incluso muerto; renunciar a que vuelva, descubrir que sigue estando ahí, en un silencio que ya no nos causa pavor, en un desierto que se hace acogedor de lo más valioso que tenemos, lo esencial de lo que permanece cuando ya no se puede recuperar nada.”
9º La inhibición forzada de la expresión de los sentimientos, tiene que ver más con la enajenación represiva de nuestra identidad humana que con la fortaleza y la virilidad. Frases como “los hombres no lloran” o “hay que ser fuerte” dichas a quienes lloran por una pérdida, no enderezan el carácter sino que lo agrian y adulteran, además de obstaculizar el que podamos, llegado el tiempo, reponernos. Llorar, no sólo alivia y ayuda a restañar la herida que toda situación de pérdida deja en el corazón y en el alma, sino que posibilita un buen tránsito por el duelo que toda situación de pérdida requiere. Como decía Marcel Proust: “Sólo sanamos de un dolor cuando lo padecemos plenamente.”
10º Tras una pérdida, no sólo es sano llorar y hacerlo acompañado, sino que es sano también hacerlo a solas y “recogidos”. Porque nuestro es el dolor y el sufrimiento, y nuestra es la tristeza por la pérdida habida; nuestro es el duelo que nos atraviesa y debemos transitar, y nuestro es el derecho a ese espacio íntimo de recogimiento y evaluación sobre el ser que nos ha dejado, para poder ir integrando el recuerdo y transformando el dolor. Lo que no es en modo alguno sano es ese empeño que a veces se tiene en “distraer”, en “calmar”, en inhibir los sentimientos; en “acompañar” a todas horas y en todo momento los espacios de soledad e intimidad de quien ha sufrido la pérdida. Vaya, que si no hay una demanda por parte del doliente, lo mejor es hacer mutis por el foro y cargar con nuestras propias ansiedades. Nos lo agradecerán, ya que como decía Henri Nouwen: “El amigo que está en silencio con nosotros, en un momento de angustia o incertidumbre, que puede compartir nuestro pesar y desconsuelo... y enfrentar con nosotros la realidad de nuestra impotencia, ése es el amigo que realmente nos quiere.”
Aprovecho la ocasión para sugerir el libro cuya portada me sirve de ilustración a este decálogo, a todas las personas que se hallen inmersas en situaciones de pérdida, estén atravesando una situación elaboración de duelo, y/o para quienes se enfrenten a una situación de enfermedad terminal propia o de un ser querido. Me atrevo a decirles que todas ellas encontrarán, bien en sus páginas, o bien en el teléfono que se ofrece, una ayuda de calidad humana indudable.
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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