UNA ALDEA LLAMADA MORALINA; DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD. ENTREGA EN CUATRO PARTES, PARTE PRIMERA | Ser Rizomático

UNA ALDEA LLAMADA MORALINA; DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD. ENTREGA EN CUATRO PARTES, PARTE PRIMERA

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Moralina era una antigua y pequeña aldea cuya historia se perdía en la memoria de los tiempos. Sus casas de piedra, pintorescas y altivas, evocaban en la imaginación de los visitantes que llegaban al lugar, escenas medievales de caballeros y trovadores, de romances y de contiendas en defensa del honor. Se hallaba la aldea ubicada en un hermoso y estrecho valle de gran extensión y profundidad. Las montañas que rodeaban el valle en el que se situaba la aldea, se perdían en el azul del cielo, confundiéndose con éste. Por ellas descendían, entre brincos y remansos, alegres y cantarines arroyos cuyas aguas limpias y cristalinas, formaban, unas veces, melodías serenas que invitaban al auditorio al sosiego, y otras, imponentes y majestuosas sinfonías que incitaban al sueño y a la fantasía de grandes acciones, a todos aquellos que se paraban a escuchar.

El aire de Moralina era muy puro, pero tenía un “no sé que” que lo hacía denso y difícil de respirar. Algunos ancianos que recordaban, con bastante fidelidad aún, lo que sus tatarabuelos les contaban, atribuían la extrañeza del aire a sus habitantes. Decían que los oscuros sentimientos y pasiones de los moradores de Moralina se escapaban de ellos con su respiración y ensuciaban el aire que, contaminado de esta guisa, se hacía irrespirable. Lo curioso es que esta particularidad del aire sólo la notaban los visitantes de Moralina, mientras que los vecinos de la aldea nada percibían de todo ello. Bueno, nadie salvo Paco, Azucena y los padres de la chica: Justo y Pura, quienes, además de notar que el aire estaba ¿cómo decirlo…? ¿Cargado…? podían ver, algunas veces, cómo una rara neblina se cernía sobre el pueblo. Cuando hablaban de todo esto con los demás vecinos, éstos se metían con ellos achacándoles que tenían demasiada imaginación. Entonces se callaban y seguían dándole vueltas al tema, en silencio, para ver si hallaban la razón de tan extraño fenómeno.
En una ocasión, en la que el aire se tornó insufrible, Justo –que para nada se creía que aquello fueran imaginaciones -, hizo que vinieran unos científicos de la ciudad y verificaran tanto la densidad del aire como su contenido en contaminantes. Pero nada encontraron estos expertos que pudiera explicar ni la dificultad que se tenía para respirar ese aire, ni el origen y la causa de esa neblina que cubría la aldea. Por más que los propios científicos sí lo notaban, como los “hombres de ciencia” no miden nada más que cosas objetivables y tangibles, y no pueden medir nada que no sea absolutamente cuantificable, al no hallar nada de nada, se convencieron a sí mismos de que sus percepciones sobre el aire del pueblo eran, únicamente, fruto de haberse dejado sugestionar por Justo. De modo que se marcharon, pensando que las gentes aldeanas eran muy raras y supersticiosas.

El pueblo, cuyo número de habitantes no llegaba a veinte, carecía de guardia civil, médico, boticario, maestros, y otras ilustres personalidades. Sin embargo, sí tenía un cura, Robustiano, quien junto al alcalde, de nombre Bonifacio, y la mujer de éste, llamada Martirio, representaban la máxima autoridad del lugar.

El cura no era muy feliz con la panda de pecadores y depravados que le había tocado como “rebaño” –o al menos así los juzgaba él–, no obstante, trataba de pastorearlos lo mejor que sabía y podía, rezando a todas horas rosarios, novenas y jaculatorias para la salvación de sus almas.
Bonifacio y Martirio, alcalde y alcaldesa respectivamente, se sentían muy disminuidos y amargados por el reducido número de sus administrados. Claro, anhelaban el poder ser los alcaldes de una gran ciudad. Y nada estaba más lejos de ello. Habían reflexionado mucho si quedarse o si trasladarse, pero lo de mudarse, en el fondo, a ninguno de ellos les venía muy bien. Sabían que en un pueblo mayor o en una ciudad, difícilmente gozarían del protagonismo que tenían en la aldea, mientras que allí, en Moralina, eran los que “cortaban el bacalao” o al menos eso creían ellos. Lo cierto es que, para apaciguar sus delirios de grandeza, daban realce a todo lo que hacían, magnificando, cuanto más mejor, todo lo que ocurría en el entorno sin muchos miramientos sobre si sus distorsiones se ajustaban o no a la realidad de los sucesos. Sobre todo, se ensañaban, muy especialmente –con saña, podría decirse- con todo lo que concernía a las vidas íntimas de sus convecinos, acontecimientos susceptibles de ser criticados, adulterados, chismorreados y demás, y vaya si lo hacían: eran grandes expertos. Gracias a estas viejas artes y artilugios, el alcalde y su mujer se sentían importantes. Tanto Robustiano, como Bonifacio y Martirio sentían un especial interés y gran predilección por despellejar (metafóricamente hablando), a Justo y a su mujer, Pura. En parte, porque les tenían una enorme inquina por ser –según ellos- los más ricos del lugar; y ser también, además, más guapos, más delgados y más altos que ellos... Pero también porque no tenían nada mejor que hacer y les sobraba mucho tiempo y, ya se sabe que, “cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata las moscas”, unido a que siempre es más divertido “arreglar a los demás” que a sí mismo. El cura se quejaba de que Justo y su mujer nunca aparecían los dos juntos por la iglesia. Y eso sumado a que no soltaban ni un duro a pesar de que estaban forrados de dinero, o esa era la opinión del cura, los convertía a los dos, ante los ojos de Robustiano, en cristianos de muy dudosa calidad. Se quejaba el cura reiteradamente de que no se les había ocurrido, ni de lejos, donar alguna suma a la iglesia para su reconstrucción.

Bonifacio y Martirio se quejaban de que “los hacendados” – que así les llamaban -, eran unos arrogantes y unos prepotentes que tenían al pueblo a su servicio, haciendo que todos bailaran al son que Justo y Pura tocaban… Bueno, todo esto y otras muchas cosas, porque lo que es de “creatividad maligna y fantasiosa” andaban los representantes de la autoridad de la aldea bien sobrados.

En la aldea vivía también el pastor Paco, un joven y apuesto muchacho cuyos padres eran los taberneros Severo y Petra. El mozo ejercía el oficio de pastor con gran esmero y complacencia, para desgracia de sus padres que sólo podían ver en él a un gandul y a un mojigato. Paco dedicaba todo su tiempo y esfuerzo a la crianza y al cuidado del ganado. Le encantaba el trabajo con los animales y los pastoreaba con tanto amor y dedicación, que más parecía que las reses fueran suyas que de Justo, su verdadero dueño. Porque así era, Justo era el dueño del único ganado existente en el pueblo y empleaba a Paco para el oficio de pastor por su buen trabajo, su honradez y su lealtad. Aunque también hay que decir que, tanto Justo como su mujer Pura, sentían un enorme y sincero afecto por el chico, al que recompensaban, además de con mucho afecto, con un sobradamente justo salario.

Formaban parte, también, de Moralina, Fulgencio – el lechero -, que era muy infeliz porque las vacas no eran suyas y se veía obligado a comprar la leche a sus propietarios. Tristán - el carnicero –, que se sentía igualmente muy desgraciado, porque ambicionaba la posesión del ganado de “los grandes hacendados”. El zapatero Sebastián, quién tenía que comprar las pieles con las que manufacturaba y reparaba el calzado, y andaba siempre malhumorado porque el ganado no le pertenecía… Y Ventura, el dueño de casi todas las tierras del pueblo, y de la mayoría de los pastos de los que se alimentaba el ganado. Ventura, que deseaba ser el amo exclusivo de todo el pueblo, no toleraba nada bien que el ganado no le perteneciera y cada vez que, puntualmente, Justo o Pura iban a pagarle el precio convenido por el alquiler de las tierras, que no era en absoluto barato, Ventura presionaba para comprarle el ganado por dos chavos. Pero eso no era todo, porque cada vez que le tocaba ir a Pura, además de la consabida presión, como Ventura tenía mucho de “viejo verde”, también le tiraba los tejos, propinándole a algún pellizquito que otro…
Lo cierto es que todos ellos rebosaban tanta codicia y tantos celos por sus poros que lo raro hubiera sido que el aire de aquella aldea se mantuviera limpio y respirable... Pero Justo y Pura, hacían la vista gorda y dejaban pasarlo todo sin enfadarse; más aún, incluso sentían cierto afecto tanto por el viejo avaro Ventura, que vivía más sólo y amargado que la una, como por todos los demás. Pero el que más y el que menos de aquellos lugareños (salvo Paco, sus empleadores y la hija de éstos), se corroían de envidia, resentimiento y de rencor. Ninguno desaprovechaba el más mínimo detalle ni la más nimia ocasión, para sacar punta a las cosas y acomodarlas a los criterios de sus retorcidas mentes. Todos sabían cómo darle vueltas a los acontecimientos, y a las cosas, para desenfocarlos según sus envidias, ambiciones y prejuicios, y darles la vuelta; haciendo buen uso de sus afiladas lenguas, ponían a parir a quien creyeran conveniente… Y las “conveniencias” siempre se decantaban por el pastor y “los hacendados”

El caso era que, gracias al ganado de Justo (quien por otro lado, hubiera podido explotar él mismo todos los beneficios que su ganado le daba, contentándose con vender a un precio muy bajo tanto la leche, como la carne y las pieles), todo el pueblo vivía con mucha holgura y con prosperidad; tanto así que, no sólo podían autoabastecerse de todo lo necesario, sino que todos los visitantes que pasaban por el pueblo se admiraban de ello. No obstante, los habitantes de Moralina estaban muy, pero que muy, lejos de verlo de ese modo.

Fin primera parte de “Una aldea llamada Moralina” Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

Imagen: http://www.une.edu.ve/kids/cuentos/fabulas/burro1.gif

Lunes, 08 de Mayo de 2006 14:31 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma.




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