
Los domingos todos lucían sus mejores galas en misa de doce, todos menos “los hacendados” que, tal y como les pillara el toque de campana, dejaban lo que estuvieran haciendo y acudían a la iglesia. Pensaban “los hacendados” que lo importante era ir a misa y no cómo se vestían para ello. Se añadía a esta grave afrenta de “los hacendados” a la comunidad, el que tampoco iban “todos juntos”, a lo que el cura sacaba buen provecho. Justo no tenía más empleado que el pastor Paco y éste tenía bastante que hacer con ocuparse del ganado; de modo que, para el resto de las labores del campo, únicamente contaban con ellos mismos, es decir: con la mujer, la hija y el propio Justo. Por tanto, habían decidido, todos en común, que cada domingo y fiesta de guardar iría sólo uno de ellos en representación de todos. Pensaban que el Señor comprendería su decisión, ya que el ir todos juntos, implicaría contratar a más empleados, y eso repercutiría forzosamente sobre los precios de los derivados del ganado... Tampoco veían de recibo que otros cristianos tuvieran que quedarse trabajando un festivo para que todos ellos pudieran llegarse juntos a la iglesia. Estas reflexiones no convencían en absoluto ni al cura, ni al resto de los parroquianos, quienes sólo podían quedarse con lo pecadores, egoístas, materialistas y miserables que eran todos “los hacendados”. ¡Y bien que lo explotaban en sus tertulias y chismorreos!... No es que ignoraran que sin esa familia y lo que ella hacía, el pueblo se moriría de hambre. No, no lo ignoraban. Simplemente no querían ni saberlo ni admitirlo. Como tampoco querían ni saber ni admitir que a ninguno de ellos les gustaba nada levantase al alba, trabajar de sol a sol, doblar el espinazo sobre el terruño y otras cosas de esas a las que se dedicaban “los hacendados”. Para ellos era mucho más divertido el dedicarse a despellejar al prójimo que el realizar esas tareas; y, desde luego, también era más “sustancioso” arreglar las vidas de los demás que las propias. Ahora, eso sí, todo esto ocurría a espaldas de Justo y de su familia, porque ante ellos todo era deshacerse en sonrisas, golpecitos en la espalda, halagos, parabienes, inclinaciones y amabilidades; con lo que el resentimiento, el rencor y el odio aumentaban y se almacenaban abundantemente en los endurecidos corazones de todos ellos. ¡Ay si los sentimientos se materializaran y se pudieran convertir en objetos! ¡Mucho ha, que Justo y su familia se hubieran muerto desangrados a puñaladas! Pero todo seguía como si tal cosa –en aras de la santa hipocresía-, cada uno revolviéndose en su propio lodo o gozo, según fuera lo que guardara para sí. Los más, pues, se regocijaban con el chisme, la calumnia y la maledicencia; y el resto - apenas tres - con el fruto de su trabajo y con la integridad de su conducta.
Azucena abundaba en belleza, sencillez, juventud y bondad. Su rostro, tan dulce y hermoso como su corazón, reflejaba esa luz propia de los seres puros y auténticos; y sus risas formaban trinos que se enredaban entre las ramas de los árboles y se confundían con el canto de los ruiseñores. No los escuchaban del mismo modo los secos y adulterados oídos de sus convecinos; para los que, el sonido de las expresiones de alegría de Azucena, más se asemejaba a graznidos de cuervos que a otra cosa… Y cuando el sonido de las voces y de las risas de la joven “perturbaba a aquellos sacrosantos oídos” todos se afanaban velozmente en buscar “tres pies al gato” para justificar sus perversos enjuiciamientos y chismes. En cuanto la muchacha terminaba de cumplir todas las tareas que tenía asignadas, después de cerciorarse de que nadie necesitara su ayuda, corría al encuentro de Paco para pasar un rato con él. Ambos se tenían afecto desde la infancia; afecto que, conforme dejaban de ser niños y crecían, se iba transformando en esos sentimientos que nacen entre un hombre y una mujer, y que les impulsa a unir sus vidas para crear una nueva familia. El infantil afecto de los chicos se iba tornando, pues, en esos sentimientos de amor, de respeto, de deseo, de entrega, de generosidad, de tolerancia y aceptación, de confianza y fidelidad que dan cimientos indestructibles a las relaciones amorosas, y dan dignidad a los pensamientos, y a las acciones del ser humano. Sí, en esos sentimientos que engrandecen el corazón humano y enriquecen a la humanidad, haciéndola crecer y evolucionar realmente. Así pues, el corazón de Paco daba brincos de contento cuando veía llegar a Azucena. Juntos revisaban el ganado y elegían nombres para los ternerillos que acababan de nacer, porque Paco daba a cada animal su nombre y cuando los llamaba uno a uno, cada animal acudía a la llamada para ser acariciado por Paco y comer de su mano. Si Paco había terminado de atender al ganado y quedaba aún algo de luz, Azucena y él paseaban largamente por el valle disfrutando de sus colores y de su frescura.
Cuando la tarde anunciaba que el crepúsculo iba a caer sobre el valle, Azucena regresaba feliz y radiante al hogar; cosa que los aldeanos aprovechaban eficazmente para difamar tanto a la joven como al pastor y alimentar la inagotable fuente de sus odios, pues ya se sabe que el ladrón siempre cree que todos son de su condición. Al llegar junto a sus padres, Azucena les hacía partícipes de sus sentimientos hacia Paco, de cómo él sentía lo mismo hacia ella, y de los planes que proyectaban para unir sus vidas y disfrutar de su amor. Los padres escuchaban, atentos y complacidos, a la joven, asegurando a ésta que harían lo que en sus manos estuviera para lograr hacer realidad esos planes.
Pura y Justo habían visto crecer a Paco en estatura y en gracia, paralelamente al crecimiento de su propia hija, y los dones que adornaban a Paco eran de igual cantidad y calidad que los que Azucena poseía. Llegado el momento, los satisfechos y orgullosos padres – y me refiero al orgullo del bueno -, celebrarían con verdadera dicha la boda de los jóvenes, ya que era mucho el cariño que sentían por el joven pastor a quien consideraban más como a un hijo que como a un empleado y no se les escapaba a ninguno de los dos padres, que ese día se apuntaba cercano. La familia reunida en torno al fuego hablaba de sus dichas y de sus cuitas hasta que el sueño y el cansancio se dejaba notar en sus ojos, y se retiraban a gozar del merecido descanso que la noche les brindaba. Por la mañana, los primeros rayos de la aurora marcaban el despertar de esa familia que se levantaba con la alegría de la claridad del día, viendo todos en la luz solar el reflejo del amor y de la armonía que les unía. ¡Cuán lejos se hallaba esa familia y Paco del verdadero sentir de las gentes de Moralina, de sus ambiciones, de sus calenturientas mentes y de sus sucias lenguas! ¡Y qué lejos también de cómo veían los taberneros la probable unión de su hijo con Azucena!
Los padres de Paco (los taberneros Petra y Severo), tenían los corazones llenos de dudas y tinieblas. Por un lado, se decían que, si eso hacía feliz a su hijo, que más les daba a ellos; mientras que, por otro, unidos como estaban a la maldad de los demás y a sus viperinas lenguas, formando parte integrante del coro de calumnias y difamaciones, temían el desprecio de sus vecinos, y sudaban al pensar lo que esas gentes dirían de ellos. “¡Seremos el “hazme” reír del pueblo!… ¡Lo menos que dirán de nosotros es que somos unos calzonazos!… ¡Nos llamaran traidores!”… Y mientras eso -y cosas peores- se imaginaban, sufrían lo indecible por lo difícil de la situación en la que el mojigato de su hijo – según las valoraciones que de él hacían - les había colocado.
Paco sentía pena por sus padres. No es que le doliera mucho lo que pensaban de él y de sus proyectos –que un poco si que le dolía- negándose a aceptar sus planes de desposar a Azucena y dedicarse al ganado y al campo; si no que, la tristeza y el dolor de Paco, se debían al hecho de ver lo infelices que eran sus padres -a pesar de que no les faltara de nada para ser dichosos- y al hecho de observar cómo se alimentaban de calumnias, chismes, rumores, mentiras y delirios de grandezas. Sentía una profunda herida cada vez que escuchaba a sus padres referirse a “los hacendados” por aquello de “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el ojo propio”. El dolor del muchacho se exacerbaba, en medida extrema, cada vez que veía el rencor, el odio y el resentimiento que rezumaban sus padres; cada vez que advertía cómo esos oscuros sentimientos ennegrecían sus vidas. Al constatar toda la ceguera de sus padres, el chico sufría tremendamente. Quería y deseaba ardientemente ayudarles. Se dedicaba a ello sin desfallecer ni desalentarse. Pero por más que se esforzaba, no lo lograba. Paco tenía la triste sensación de que sus padres y él hablaban idiomas distintos. Por más que lo intentaba, no conseguía aportar ni un gramo de paz y sosiego, ni un rayito de luz a las tenebrosas turbulencias de sus padres. En una ocasión, buscó, incluso, el consejo del cura, pero lo único que consiguió, fue el que le soltara un enojoso y disparatado sermón acerca de “sus supuestos errores y del desperdicio de su vida, sí continuaba con sus pecaminosos planes”. Robustiano no dejó escapar la oportunidad para intentar –con un desmesurado, acérrimo e irracional empeño -, convencer al afligido chico, de la bondad y generosidad de sus padres… “¡Tan buenos cristianos ellos!... Y no cómo él que ni siquiera iba a misa todas las fiestas de guardar… ¡Viviendo permanentemente en pecado mortal…!”.
El Pastor, abatido y culpabilizado por los “consejos” del cura, se dirigía a la sabiduría de “los hacendados” para buscar apoyo, pero éstos, tras escucharle paciente y amorosamente, tan sólo aconsejaban al muchacho que no desesperara y que, sobre todas las cosas, no dejara de amar y respetar a sus padres.
...Y los taberneros seguían entregados a sus cavilaciones y cegueras respecto del hijo, sin decidirse ni en una dirección ni en otra, atormentándose mutuamente con más y más dudas, y viéndose a sí mismos cómo los más desdichados padres de la Tierra.
Fin de la segunda parte de Una aldea llamada Moralina
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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