
La verdad es que, se pusieran como se pusieran Petra y Severo, y decidieran lo que decidieran, como todo lo contemplaban a la luz del cristal de sus propios rencores y del “qué dirán”, al único lugar que llegaban era al de la maldad y al del odio. Como quiera que fuese y torturados como estaban con tanta confusión, se dijeron que lo mejor era encontrar alguna artimaña que, sin “pringarse” ellos, disuadiera a Paco de casarse con Azucena y trastocara su amor en desprecio. “¡Eso sí que estaría bien!” -Se decían los taberneros- “De paso recuperaríamos al hijo para nuestros propios planes y ambiciones, y podríamos hacer de él lo que siempre hemos querido”... “Hasta podríamos venderlo todo y comprarnos un buen bar en la ciudad. Así saldríamos de una vez de esta tabernucha maloliente en la que estamos recluidos”. Ni cortos ni perezosos se entregaron a idear ese plan que fuera la solución a todas sus angustias. Pero ambos sabían que había que tener cuidado, y que era forzoso evitar a toda costa cualquier atisbo de sospecha en el hijo; no fuera que se vieran descubiertos y se les viniera todo abajo… Pero como eso de pensar, meditar e idear es muy laborioso y muy pesado, lo iban dejando para otro día.
En cuanto a la tertulia aldeana de despellejamiento y chismorreo cotidiano, cada vez que veían regresar a Azucena de haber estado con Paco, la ponían de “zorra” para arriba. Menos “bonita”, de todo tildaban a la joven. “¿Qué otra cosa era de esperar de esos malos cristianos?, - coreaban los tertulianos - ¡A tal palo tal astilla!”… Y mil cosas más, de similar talante, salían de la boca de aquellos ponzoñosos aldeanos, capitaneados todos ellos por los representantes de la autoridad: el alcalde, su mujer y el cura. Nadie se quedaba atrás en aportaciones, desde el cura hasta el zapatero, pasando por el alcalde y por cada uno de los demás. Todos competían por ser el que más y mejor contribuyera a engrosar la lista de pecados y vilezas que, según ellos, adornaban a lo que Azucena y Paco sentían uno por el otro… La lista era de lo más horripilante.
Un día, Severo y Petra hallaron lo que sería para ellos la salvación de la situación por la que atravesaban. La brillante idea consistía en desacreditar a Paco, lo más que pudieran, a los ojos de la familia de Azucena y de ella misma. Si conseguían hacer creer a esa familia de “los hacendados” que Paco era un vil y vulgar ladrón, un depravado, el resto sería pan comido. Y como, además, ellos se quedarían completamente al margen del asunto, matarían dos pájaros de un tiro; ya que, frente a las denuncias de “los hacendados”, ellos defenderían a capa y espada a su buen hijo... ¡Faltaría más! Incluso le brindarían al chaval todo el consuelo que éste necesitara... De este modo, su hijo volvería a ellos sumiso y manso. Pero, ¡ojo!, había que proceder con sumo tacto y cautela. Había que estar alertas en todo momento. Era absolutamente obligatorio perfilarlo todo de manera que nada pudiera escaparse a su control. El plan que urdieron consistía en robar, de noche, la mitad del ganado del “hacendado” para venderlo e ingresar el dinero a Paco, en una cuenta que, previamente, abrirían a su nombre. Tenían que hacerlo de forma y manera que el hijo apareciera como único ladrón ante los ojos de todos; pero muy especialmente, ante “los hacendados”. Por otro lado, harían correr la noticia de que Paco había sido beneficiado con una suculenta herencia de algún lejano familiar que, habiendo muerto inesperadamente y sin herederos directos, hubiera legado al hijo su fortuna... La cosa tenía miga y encerraba mucha dificultad, ya que Justo confiaba plenamente en el chaval. Había que conseguir, además, que el chico se alejara del ganado lo suficiente como para que el latrocinio pudiera ser acometido sin riesgo alguno.
Severo y Petra lo tenían todo “minuciosamente bien atado”. Falsificarían papeles y contratarían a un tratante de alguna ciudad de otra región. Era preciso que esa ciudad estuviera alejada y desconectada del pueblo. Una vez encontrado el tratante, le propondrían la venta del ganado – por descontado, presentándose como sus legítimos dueños, que para eso dispondrían de los papeles falsos – y, para evitar el levantar sospechas en el comprador, inventarían alguna desgracia repentina que les obligara a vender su hacienda para trasladarse a un remoto país. Ya urdirían una “justificación” perfecta y apropiada que fuera verosímil, para su repentina e inesperada marcha. Una vez conseguida la aceptación del tratante, quedaría, únicamente, pactar la hora y el lugar más adecuado para la recogida de las reses… Y, por supuesto, tendrían que determinar la forma más conveniente. No podían, los taberneros, dejar ningún cabo suelto. Ya vendido el ganado, se encargarían personalmente de recoger el dinero y de ingresarlo, acto seguido, en la cuenta del hijo preparada a tal fin. Pondrían todo su esmero en difundir por el pueblo la noticia referente a la supuesta herencia, justo unos días antes de poner en marcha sus planes. ¡Noticia que correría rauda como un reguero de pólvora! Pero debían vigilar muy bien lo que decían. Tanto los comunicados que emitieran sobre la herencia como todos los comentarios que hicieran, tenían que estar impregnados del suficiente misterio, y de la picaresca necesaria para obtener el que nadie, ni tan siquiera uno de los tertulianos, se lo creyera. No sólo debían dudar de la veracidad de la herencia, sino que debían estar convencidos de que la procedencia del dinero era “sucia”. Luego ya se encargarían, tanto los tertulianos como todos y cada uno de los habitantes de Moralina de concluir “la obra”, hasta alcanzar el que los hacendados no tuvieran más remedio que dudar de Paco, y ver en él a un miserable ladrón. Cuando todo se hubiera cumplido -según lo habían planificado y deseaban-, dejarían pasar el tiempo suficiente para que la cizaña creciera en el alma de Justo, de su mujer y de Azucena. Aguardarían a que todo el pueblo se despachara sus anchas, manchando la honra de Paco a conciencia, y tratándole como un apestado. Entonces, como padres ejemplares, se apiadarían de su hijo y le brindarían todo el apoyo y la comprensión que necesitara. Serían unos padres modélicos. Todo el pueblo vería que el hijo era lo único importante para ellos... Reivindicarían la inocencia de Paco contra viento y marea, aparentando no albergar duda alguna de su honradez. Y cómo no podrían seguir morando en ese “pueblo traidor y malvado que condenaba a su amado hijo”, venderían casa y taberna para marcharse juntos de allí para siempre.
Los taberneros contemplaron sus planes y vieron que eran perfectos. Respondían con absoluta idoneidad a sus deseos. Sin romperse más las cabezas en otras soluciones, Severo y Petra, se dedicaron aplicadamente a perfilar bien todos los detalles y aspectos del proyecto que habían decidido realizar. Lo más complicado de todo era cómo alejar a Paco del ganado y como hacerlo durante el tiempo suficiente para que toda la operación pudiera llevarse a cabo sin problemas. Después de largas cavilaciones, hallaron finalmente el modo de diseñar con éxito tan “brillante” estrategia. Llegado el momento en cuestión, ambos irían a encontrarse con Paco y, puesto que Paco pasaba largas temporadas con el ganado en lo más profundo del valle, sin aparecer por el pueblo, con la excusa de echarlo en falta, fingirían unos incontenibles deseos de pasar la noche en su compañía. Cuando la hora estuviera cercana, Severo sufriría una repentina, grave y -naturalmente-, falsa indisposición. Petra no tendría otro remedio que pedir a su hijo que le ayudara a trasladar al enfermo padre a la aldea (¡cómo iba ella sola a cargar con él!). Severo tan inesperadamente como había enfermado, se recuperaría; eso sí, poniendo especial atención en que su restablecimiento fuera bastante después de que el ganado hubiera sido robado. Luego, los taberneros regresarían al pueblo y Paco, si así lo deseaba, volvería al lado de sus animales. Como Paco se bastaba él solo como pastor y no tenía perros, ningún peligro había de que algo alertara a Paco, de la ausencia de la mitad del ganado. Paco no notaría nada hasta el amanecer, o al menos eso fue lo que ellos pensaron. Los pérfidos taberneros, seguían ajustando la trama: cuando Paco, volviera desecho por la pérdida de los animales, ¿quién se iba a creer que no los había robado él? Nadie tendría duda alguna, sobre todo, habiéndose ya difundido la noticia de la inesperada herencia...
La perversión mental de los lugareños y la dureza de sus corazones serían sus mejores aliados, o al menos eso creían Severo y Petra, y todos ellos se encargarían sobradamente de embadurnar, con más que suficiente lodo, y de envenenar los corazones de “los hacendados”, el de Azucena y hasta el corazón del mismo Paco.
Convencidos y satisfechos de la perfección de sus planes y de que todo saldría como lo habían urdido y maquinado, Severo y Petra, los llevaron a cabo sin más tardanza. Punto por punto, tal y como lo habían diseñado... Bueno, lo que se dice todo, todo, no. Lo cierto es que la cosa se torció bastante, porque como la maldad no hila muy fino y la inteligencia no era, precisamente, algo que los taberneros pudieran permitirse derrochar; no pudieron los infelices ni cobrar el dinero, ni vender sus bienes para trasladarse a otra ciudad -¡Su sueño dorado!- y, ni mucho menos, recuperar al hijo, tal y como habían pensado... Y es que el viento –como la Providencia- sopla dónde quiere y nadie sabe ni de dónde viene, ni a dónde va. Les salió muy mal la historia a los perversos taberneros, sí señor, ¡pero que muy mal!… Y muy distinta a como se la habían imaginado. De manera que todas sus expectativas de felicidad se convirtieron en pesadas lozas de muerte y desgracia con pegajosas argamasas de dolor y llanto.
El caso fue que, además de la planificada fingida enfermedad de Severo, Petra, mientras ayudada de su hijo a arrastrar a su pesado esposo, tuvo un ataque de corazón que resultó ser tan real que, sin que nadie pudiera evitarlo, condujo a la “dura” Petra a mejor vida. Sí, se murió. ¡Cosas de la vida!. Paco, alarmado por la repentina enfermedad de su padre, y por el igualmente repentino desvanecimiento de su madre, los dejó a ambos tendidos en el suelo, junto al ganado, y corrió lo más veloz que pudo en busca de ayuda al pueblo. Cuando Justo y Paco, gracias al viejo camión de Justo, llegaron al lugar en el que Paco había dejado a sus padres, Petra había fallecido ya, y Severo, que había perdido la razón por causa del choque que le supuso el desarrollo de los acontecimientos, giraba confuso y enajenado alrededor de la muerta, sin poder parar; mascullando, unas veces, y gritando, otras, lastimeros alaridos sin sentido como si se tratara de un lobo herido. Hay que decir, en honor de la verdad, que la enajenación de Severo no se debió tanto a la pérdida de su esposa, como a la desesperación, la rabia, la impotencia que le produjo el fracaso de sus planes, unido a todo el desprecio y condenación que, imaginó, caerían sobre él.
Fin de la tercera parte
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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