LOS QUE SE FUERON | Ser Rizomático

LOS QUE SE FUERON

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Los míos tuvieron,  en eso del irse, costumbres peculiares por no decir raras: se iban sin avi­sar ni despedirse, pillándo­me a con­tramano, dejándome ahí con sus partidas clavadas en el alma  como hacha­zos; luego dejaban raras herencias que uno, en este caso yo, no sabía cómo recibir: si como un privi­legio o como una pedrada en la nuca. El primero que inauguró la marcha fue mi padre, a mis quince "abriles" y faltándo­me un mes para cumplir los dieciséis.  Lo que empezó como un mal dolor de estó­ma­go fue un cáncer que le segó la vida a sus cuaren­ta y pocos años, y todo fue en un abrir y cerrar de ojos; entre carta y carta estan­do yo en Europa. De contar los días que me fa­ltaban para las vacacio­n­es, para reu­nirme con él, pasé a llo­rar la rabia y el dolor de su ausencia. Pare­ce que cuando el do­lor, la pena, la rabia y la ira me es­trujan el alma y la razón sólo soy capaz de parir versos, y tanto la muerte de mi padre, como la de mi madre, años después, le arrancaron al violín de mi alma, las mas desga­rra­doras notas que uno pueda imagi­nar, pero no creo que sea este el lugar ni el momento de mos­trarlo.

La tristeza, el dolor, la rabia, la ira, la desespe­ranza, el sufrimiento y todo ello junto con la incompren­sión de lo que en un mo­mento deter­minado de nuestra historia nos aconte­ce, puede condu­cirnos no sólo al más oscuro de los abismos, sino también a la creencia de que ese abismo no tiene salida; puede llevar­nos no sólo a permanecer afincados en la más irre­versible de las melanco­lías, sino a la tentación de dar como certeza el que la única salida es ­desespe­rarse, quejarse o peor aún, buscar la muerte física real... Y esa muerte -tengan la seguridad-  esa muerte jamás podrá salvarnos; ya que a esa respuesta ciega no puede acon­tecerle ningún renacimiento capaz de re-crearnos, reconciliarnos y trans­mutar­nos en amor y luz.

Los míos, decía, se iban sin despedirse; sí, pero es que ni siquiera les daba tiempo a despedirse de sí mismos. El legado que mi padre me dejó, fue el de su úl­tima carta, en la que, entre otras cosas, me decía así: “si quieres algo, no cejes nunca en la lucha por conseguirlo. Si no qu­ieres nada es que no has descubierto tu deseo; y eso es peli­groso pues indica que no sabes lo que quieres; y para el que no sabe lo que quiere, no existe ningún camino. No im­porta lo di­fícil que sea lo que quie­ras, ni lo alto que se en­cuentre, ni lo lejos que esté de ti. Di­rige hacia eso tu empeño sin desfa­llecer, sin du­dar, sin renunciar. El conseguirlo depende sólo de ti, aun­que no lo creas o no te lo parezca. No de­pende de nadie más. Pensar que el logro depende de los otros o de las cir­cunstancias, es la excusa que se dan los necios  y los va­gos para es­conder su falta de esfuerzos, su falta de intento y su fal­ta de fe. Puede que en el camino que emprendas y en la lucha por alcanzar tus metas debas rendirte muchas veces. Ríndete, pero no desfallezcas jamás".Y él ni siquiera sabía que entre su carta y la mía iba a emprender la mar­cha... ¿O sí? Eso nunca lo sabré.

Ahora puedo ver que fue un mag­nifi­co legado, pero enton­ces no lo vi como tal, y si algo me pareció, fue un sar­cas­mo; sí, una de esas macabras iro­nías del des­tino. Luego se fueron mis abue­los -los paternos, que a los maternos me los arrancó el nazismo antes de yo nacer- mi tío Rey, mi madre... Así sin avisar, a contrama­no; casi todos de la mano del cán­cer y  en la flor de sus vidas, a los cuarenta y pocos. Y en­tonces juré, que si al villano cáncer de la guadaña se le ocurría dar­me la mano a mí, yo no se la daría a él. ¡Que ya es­tá bien de tanto repetir!  Y vaya si me la dio. El cáncer me dio su mano y mantuvo la mía bien agarrada por un tiempo que me pareció eterno, pero conseguí desprender mis manos de las suyas y agarrarme a manos más cálidas y llenas de vida que esas gélidas garras que me atenazaron.

¿Saben? Hoy proliferan múltiples teorías y especulaciones acerca de cómo uno mismo es el gene­rador de esa enfermedad; de cómo la ausencia de amor y el desfallecimiento ante la vida hacen brotar de nuestros cuerpos cánceres como brotan las  malas hierbas en un campo abandonado. Yo no dudo que pueda ser así en algunos casos y tampoco se me escapa el hecho de que una situación de estrés, de sufrimien­to continuado, de desesperanza, etc. deprime el sistema inmunológico hasta el punto de poder contraer cualquier enfermedad, y, en consecuencia,  ¿por qué no el cáncer?  Pero una cosa es esto y otra buscar relaciones causa efecto que resultan disparatadas y peligrosas; tanto que rayan lo insano. ¿No es cruelmente insano el pensar  que a alguien que cae en sus redes, -las del cáncer- se le arguya que encima se lo ha provocado él  mis­mo? ¿A quién puede ayudarle dicho así? ¿No le conducirá tal aseveración a una desesperación aún mayor y a terribles sentimientos de culpa­­­?  ¡Vaya flagela­ción! ¿No? De modo que pienso que los caminos que condu­cen al cáncer son "insondables" y para nada unívocos, y que aun pu­diendo ser cierto que uno elija inconscientemente la enfermedad como camino, también es cierto que las aseveraciones salvajes sólo produ­cen defensa y resistencia, así que se debería ser sumamente cauteloso con lo que uno le dice a otro acerca de sus enfermedades y males...    
           
Y vol­viendo a mi juramen­to, insisto en afir­mar que la parca, por mucho que lo intente –y vaya si lo ha intentado- a mí no se me llevará por esa vereda. ¡Ea!  ¡Qué viva el narcisismo si nos vale para vivir! ¿Qué de algo hay que morir? ¡De acuer­do!  Pero me esforzaré en tratar de morir de otra cosa que no sea cáncer, y si es posible, de vieja. El que lo consiga, es otro tema. Pero prometo empeñarme en ello. Y de momento voy cumpliendo día a día con ese empeño.

Pero sigamos con los que se fueron; decía que cuando mi padre murió, estaba yo en Europa. Y cuando mi madre murió, yo estaba en América. De manera que sus marchas fueron heridas re­ales y fantasmáticas que tardaron en cicatrizar. Los fenómenos inexplicables existen, y no por la imposibilidad de ser cien­tí­ficamente explicados son menos rea­les. En honor a la verdad debo decir que mi madre sí se despidió, o al menos yo eso creo. Yo dormía, como he dicho en América,  y a las cuatro de la madrugada -hora local de aquellos lares- desperté porque una voz entraña­ble y familiar me llamaba como sólo ella solía hacerlo, con aquel vocablo cariñoso en yiddish: “Mädele, Mädele… Mai Mädele” Que quería decir: “Nenita, Nenita…Nenita mía” De que era la voz de mi madre y de que me llamó varías veces, no tenía ninguna duda; como tampoco la tenía en que no estaba soñando. Es más, estaba soñando otra cosa y su llamada, irrumpió en mi sueño de tal modo que produjo un violento despertar;  cuando desperté, me quedé con una inexplicable tristeza pegada en las en­trañas y rompí en llanto sin saber por qué. No pude reconciliar de nuevo el sueño y quedé despierta llorando. A las nueve de la mañana  - siempre hora local americana -, llegó el telegrama con la amarga y desoladora noticia: mi madre había fallecido ese día a las ocho de la mañana - hora espa­ñola- esto es, cuando me despertó su voz. Pero en el ámbito de lo demos­trable, ella tampo­co se despidió. Su muerte me alcanzó allá por mis “veinte y muy pocos” años.
           
La herencia que mi madre me dejó fue reencon­trar mis raíces. Buscar dónde fueron masacra­dos y gaseados mis abuelos - los mater­nos – judíos-alemanes, en qué campo de concentración fueron exter­minados; para que cuando los hallara pu­diera llevar cenizas a Jeru­salén, a Yad Vashen, y rezar por ellos un “Khadish” (que significa funeral, en Hebreo). Cenizas que nunca serían, ciertamente, las suyas en exclusiva. Incluso ni siquiera fueran las suyas... En todo caso, cenizas de donde los mataron. Pero esa será otra historia.  

Así que ese fue  el legado de mi madre: el de la búsqueda; y aunque entonces no lo viví así, ¿Qué otra búsqueda podía ser sino la de mi origen, la de mi esencia, y, en suma, la de mi propia mismidad? Y no me refiero a la de ser o no judía sensus religioso, sino a otra cosa: a cómo se puede sentir una judía sin ser creyente, siendo agnóstica; la tradición dice que todo nacido de madre judía –aunque el padre sea un Goy –no judío-, como ocurría en mi caso con mi padre- es judío; pero yo soy agnóstica. Sin embargo, corren por mi sangre genes de una cultura milenaria –la de los judíos en la diáspora afincados en Europa central- que más allá de todo credo religioso, forman parte de mi identidad. Y esa fue la herencia que recibí de mi madre. La de esa identidad ashkenazí, la cual, al principio no me sirvió para otra cosa que para sentirme apátrida, ciudadana del mundo y hermana de todo bicho viviente, pero sin raíces en ningíun lado. Y más tarde, a medida que la iba aceptando, quizá me haya servido para algo más: para ser intransigente con la injusticia, la esclavitud y el expolio; para ser sensible al dolor de los otros, al amor, a la ternura y a la dulzura; para amar el violín y la música en general,  y para amar las letras y las artes, y cualquier manifestación cultural nacida del alma de los pueblos de la humanidad… Y, tal vez, también, para bucear dentro de mí rastreando las huellas de las manos de mi alma, esas que aún no puedo decir dónde están.

(Extracto de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?”)

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

Imagen: http://maisquepalavras.blogs.sapo.pt/arquivo/mm.jpg

Lunes, 24 de Abril de 2006 11:26 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser.

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Autor: Galileo

La prosa de la narración de la vida, es amarga y dulce.
Precioso, yo también tengo ganas de leer ese libro. Salud

Fecha: 25/04/2006 08:15.


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Autor: UniversalKosmos

No sé que le pasa al Blog o a Blogia o a ambos, pero el caso es que si bien sí se ven los comentarios al abrirlos, no quedan reflejados en la portada de cada artículo... y es que ya se sabe: el ojo del amo engorda al caballo.

Este pasaje de tu libro es precioso, como preciosos son todos los pasajes que nos has ido dejando de este mismo libro y es una pena que no esté publicado, o eso entendí en su momento... Me gustaría mucho poder tenerlo enterito en mis manos.

Un b eso, Hannah

Fecha: 25/04/2006 10:02.


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Autor: Parménides el griego

Juraría que ayer dejé un comentario aquí. Pero bueno, a mí edad también comienzan a fallar las neuronas y a lo mejor lo desee y no lo hice...
Me uno al mismo deseo de los comentaristas que me preceden.

Un beso

Fecha: 25/04/2006 10:09.


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Autor: Zynikoman

¡Qué raro! estoy seguro que este artículo lo comenté ya ayer... Bueno, pues vuelvo a decir que me muero por leer el libro entero y en formato libro.

Un besazo

Fecha: 25/04/2006 10:14.


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Autor: petitica

El transito de los seres queridos, especialmente de los padres, son de los momentos más duros y desoladores que podemos vivir. La narración de estas vivencias suele ser muy difícil, tu lo haces de una forma clara y trasmitiendo lo sucedido sin más por muy dramático que sea, lo haces con la serenidad que no oculta el dolor ni lo magnifica.

Fecha: 25/04/2006 12:18.


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