NOKEL EL GUÍA: SEGUNDA PARTE | Ser Rizomático

NOKEL EL GUÍA: SEGUNDA PARTE

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Continuación del cuento “Nokel el guía” Segunda parte:

(viene del post de arriba)

¡Que gran diferencia entre estos pobres infortunados llenos de dudas y dependencias, y las certezas o conocimientos de los discípulos verdaderos, entre la esclavitud de los descarriados y la libertad de los elegidos! La única solución para todos ellos es arrojarse a los pies del maestro (es decir, a los míos) y recibir sus dones. Puesto que ya sabéis, que únicamente el nacer de nuevo, y aprender a ser como niños, abandonándoos en las manos del maestro (esto es: en las mías), puede conduciros a la luz. Sólo amarme y servirme hasta la muerte os llevará a la realización de vuestra condición de elegidos. Esta es la única manera de llegar a la iluminación, de recuperar la consciencia sobre la verdadera identidad de iniciados y cumplirla. Esta y sólo esta es la senda que lleva a la vida en lugar de a la perdición. Esta es la senda que conduce a ser realmente libres y poder elegir y pensar por uno mismo. Este es el único camino para llegar a ser plenamente conscientes del ser divino y de su libertad, de sus elecciones y de sus responsabilidades. Pero en tanto que los dones y las fuerzas del maestro –esto es, de lo que yo os he otorgado ya- no hayan dado en vosotros sus frutos, vuestro poderoso y engañoso ego no podrá ser completamente aniquilado y barrido de vuestras mentes y corazones, ni podréis ser realmente dueños de vosotros mismos, ni podréis prender la luz que aguarda apagada en lo profundo de vosotros, ni abrirle las puertas al espíritu, es decir, a mi voz”. Esto repetía una y otra vez “el buen pastor Nokel” mientras su rebaño se llenaba de gozo, de exaltación y de ardientes deseos de seguirle... A lo mejor no era tanta exaltación ni tanto ardor. A lo mejor es que simplemente entendían que no quedaba otra que seguir a “pies juntillas” al guía, sí se quería formar parte de los pocos contados como elegidos... Y ciertamente eran muy pocos, en concreto el dos por mil de la humanidad, más o menos, humano arriba, humano abajo, unos doce millones de personas… Y si no hagan ustedes mismos la cuenta, siendo como somos seis mil millones de almas…

Es decir, que el dios de Nokel era un manirroto que andaba por ahí desperdiciando poder y energía, porque tanto crear y poblar la Tierra para eso... Muy serio no es, pero, en fin, que Nokel decía muy serio que ese era el número de elegidos que las sacrosantas escrituras señalaban; y esas escrituras eran la ley. Y es que la Ley es la Ley. Y esta Ley –esto es la ley de Nokel- era inquebrantable e incuestionable para el rebaño. Y todo gracias a la sabiduría de Nokel, que les hacía ver cómo una de las amenazas mayores a la que estaban expuestos los elegidos, era la de analizar, valorar y enjuiciar, preguntar, dudar, flaquear y cualquiera otra actividad que se les ocurriera a ellos solitos hasta que no hubieran acabado con sus egos y se hubieran liberado de sus cadenas era algo muy, pero que muy malo y peligroso, sobre todo si se pretendía seguir formando parte de aquel rebaño. Y Nokel continuaba: “únicamente el gran avatar –es decir, yo mismo- tiene la perfecta visión de cómo será la obra cuando la misión haya sido ejecutada y, precisamente por ello, tan sólo él –es decir, Nokel- puede ver el alcance y el sentido de todo lo que ocurre en la vida, así como el verdadero significado y la verdadera causa de todo lo que la vida depara a cada oveja y a cada cordero del rebaño”. Esto lo decía con una ternura y un amor –o un interés- tan intensos que los pobres discípulos rompían a llorar como niños. Nokel aclaraba continuamente todo, pero sobre todo lo de dejar bien sentado que él era el gran avatar... Y, por sí les quedaba alguna laguna, proseguía: “aunque habéis sido elegidos para la obra y os he dotado de todos los divinos atributos, éstos aun no se han consolidado plenamente en vuestros corazones y en vuestras mentes, de manera que aun no habéis alcanzado la perfección que os permitirá acceder también a una verdadera clarividencia… Entre tanto, el único clarividente soy yo, y únicamente podréis llegar a esa meta, cumpliendo mis palabras y siguiendo mis pasos con fe y con confianza, con absoluta lealtad y con sincera alegría, con honradez y pulcritud y con una extremada y disciplinada rigurosidad”. Con toda esta enseñanza, cuanto más infantiles se tornaban los miembros del rebaño, más dichosos, satisfechos y radiantes se sentían. Finalmente, el maestro les comunicaba que otra de las pruebas de su condición de elegidos la constituía tanto el esfuerzo por proclamar las enseñanzas del maestro, esto es: de él mismo, a todos los llamados que seguían sordos –por lo del ego- como por el número de llamados que eran capaces de traer a la presencia del maestro –es decir: de Nokel- para que, arrojados a sus pies, el pastor les hiciera la entrega de todos sus dones y pasaran a formar parte del rebaño de elegidos.

Verdaderamente, los seguidores de Nokel se sentían afortunados, privilegiados, especiales, diferentes, importantes y perfectos… Y no como el resto de los mortales. Las palabras de su pastor eran el más nutritivo, puro y completo alimento que ser alguno pudiera ingerir. Con un alimento tan perfecto les sobraban todos los demás alimentos. Ningún otro alimento, más que las palabras de su maestro, necesitaban ya. Así que abrazaban las instrucciones que Nokel les daba, ciegamente convencidos de sus efectos; y como una de esas instrucciones era la de ayunar, pues mejor que mejor porque encima no pasaban hambre. El ayuno tenía la función de conseguir dos objetivos que eran imprescindibles para el progreso del discípulo: el dejar que la palabra del maestro fuera perfectamente digerida y pudiera así limpiar sus cuerpos y sus mentes de todas las toxinas e impurezas del ego; y el disolver las cadenas y los espejismos que, igualmente, el ego producía en ellos. Del mismo valor eran todas las oraciones, las penitencias, los sacrificios, las renuncias y los rituales que debían cumplir a lo largo del día y de la noche. El velar y el no abandonarse a los autoengaños de la necesidad de sueño, era, en igual medida, un valor muy importante. De manera que todos se esforzaban sin vacilación ni desfallecimiento, en el cumplimiento abnegado de tan sabias enseñanzas. Y lo mismo hacían respecto de salir al encuentro de los elegidos que, ignorantes de que lo eran, hacían mutis a las llamadas que recibían. Esta actividad reforzaba intensamente a todos los integrantes del rebaño, ya que sí conseguían que algún sordo oyera y pasara a formar parte del redil, se confirmaba la calidad de elegido en todos y cada uno de los seguidores; y si eran vituperados, vilipendiados, tratados de locos, de sectarios, de dogmáticos y de subversivos del orden social, se reforzaban igualmente por el alto esfuerzo y sacrificio que entregaban a la causa. ¡Y que placer sentían cuando, al regresar cansados, derrotados, tristes y llorosos a los pies de Nokel, éste les estrechaba entre sus brazos con paternal amor y compasión, diciéndoles: “Venid a mí, hijos míos predilectos y amados. Venid a mí; que yo haré que algún día vuestra carga sea ligera, y vuestro yugo suave. Venid a mí; que yo llenaré, algún día, vuestro corazón de gozo y consolaré vuestras penas”... Algunos se dormían de placer en el regazo del maestro, pero éste, pendiente siempre del progreso y evolución de su rebaño; les despertaba rápida y enérgicamente a la vez que les increpaba “Velad y trabajad, porque mucha es la tarea y pocos los obreros…” Y todos se quedaban felices y contentos al ver que su guía siempre sabía lo que les convenía. Cuando alguna pequeña nube de duda velaba, excepcionalmente, la luz que iluminaba las vidas de aquellas santas y felices criaturas, el maestro, siempre presto a subsanar los errores de sus discípulos, buscaba con paciencia y amor a los responsables de haber sembrado la semilla de esas malas hierbas. Lo primero que el maestro hacía, era llamarles a su presencia y otorgarles su perdón con comprensión, bondad y misericordia; abrazándoles y enjugando sus lágrimas. ¡Que para eso era el padre de todos! ¡Ese padre bondadoso y justo que comprende las flaquezas y caídas de sus hijos! Y tras renovar en ellos las fuerzas para la obra, infundía en sus espíritus nuevamente la acción de todos los dones que él les había dado. Más tarde, toda la congregación se reunía en la gran sala de oración, para purificar al descarriado/a –o descarriados- con un solemne ritual de limpieza a través del cual, los arrepentidos lograban incorporar otra vez dentro de sí la pureza perdida.

El ritual de limpieza y lavado de faltas era de lo más profundo y efectivo que uno pueda imaginar. ¡Vaya, que era de una efectividad pareja a la de la lejía con la ropa blanca! El rebaño en pleno y su pastor se reunían en la sala de oraciones y disponían todo lo necesario para la realización de la ceremonia. En el centro de la sala colocaban tantos ataúdes como discípulos hubiera que limpiar. Dos grandes recipientes –con agua helada el uno y con tierra mezclada con estiércol el otro- se dejaban igualmente en el centro de la sala, dejando al lado de aquel que contenía tierra una pala y, al lado del otro, una jarra. También dejaban preparadas, en igual número, túnicas cuya blancura parecía irradiar luz y calor. Una vez dispuesto el material y hechas las invocaciones, cantos y movimientos de rigor, los que habían cedido a sus debilidades ególatras eran conducidos al centro de la sala y despojados de todas sus ropas, hasta quedar completamente desnudos. Entonces, mientras los temblorosos y arrepentidos infractores de la Ley se entregaban a una profunda meditación, arrodillados en círculo, todos y cada uno de los elegidos echaba sobre sus cabezas una pala de tierra y estiércol, y una jarra de agua helada. Cuando esta parte llegaba a su fin, la asamblea pasaba a nuevas invocaciones, cantos y movimientos, tras lo cual, los pobres detractores de la obra, muertos de frío y de arrepentimiento, eran metidos en los ataúdes dispuestos a ese fin, en donde seguían en profunda meditación y completa oscuridad hasta que la asamblea pasaba a la siguiente parte del ritual. Después de una o dos horas, todo el rebaño formaba un gran círculo en torno a los ataúdes mientras iban retirando las tapas que los cubría; llegados a este punto, el maestro –es decir, Nokel- se acercaba a cada uno de los afligidos elegidos y, dirigiéndose a la asamblea con voz solemne, decía a cada uno de ellos: “¡Aquí yace un futuro iniciado derrotado por las cadenas de su ego, pero he aquí que un elegido ha renacido en él!” Y sacando al susodicho del ataúd, tras abrazarle y vestirle con la túnica, proseguía: “¡Abrid paso al hijo pródigo que ha regresado! ¡Dejad que ocupe el puesto, que su padre le tenía preparado! ¡Mostrad vuestra alegría al hijo que ha vuelto a nacer! ¡Conducidle al lugar donde está inscrito su nombre desde los principios de los tiempos!” Y con gran alborozo, el “recién lavado elegido” era conducido por los acólitos – ¡que haberlos habíalos!-, a su lugar. El ritual de limpieza se cerraba cuando toda la asamblea, enardecida de gozo, formaba una procesión por todo el recinto. Este momento lo decidía el propio elegido cuando se sentía a sí mismo purificado del todo.

Como puede apreciarse, Nokel tenía graves lagunas de memoria respecto del mensaje de los grandes avatares aparecidos hasta hoy, como Buda, Cristo, Mahoma y otros… Aunque esto únicamente lo podían constatar los que no formaban parte de aquel grupo de iluminados. Los discípulos de Nokel, o no se percataban de ello, o no se sentían en absoluto perturbados por esas distorsiones. Y el rebaño crecía en belleza, sabiduría y en número de miembros, como la espuma. Los detractores también crecían, no vayan ustedes a creer… Pero el rebaño sabía muy bien que todo eso era producto de la ceguera de todos aquellos que no habían sido llamados, ni escogidos, ni nada de nada. ¡Vamos, envidia cochina es lo que tenían esas gentes que sembraban la discordia! No faltaba nunca algún osado y mal intencionado “listillo” – que haberlos siempre los hay -, que se dedicaba a escribir en la prensa artículos ofensivos y difamadores contra Nokel y su rebaño; aun más, incluso aparecían quienes intentaban a toda costa disuadir y rescatar a los discípulos de las supuestas garras del adorado maestro. Tales personas, ciertamente movidas por sus egos y sus calenturientas mentes, argumentaban cosas tales, como por ejemplo, que las causas y las motivaciones que impulsaban a todas aquellas gentes a ser ciegos seguidores de Nokel – y de otros como él- eran diversas; y que estas nada tenían que ver con el hecho de que el tal Nokel fuera o no la reencarnación de un gran avatar o del mismo Cristo. Seguían exponiendo esos atrevidos que, por lo general, se trataba de personas cuyas vidas estaban carentes de afecto y de realizaciones profesionales, que eran personas inmaduras y con profundos problemas psicológicos; o adolescentes y jóvenes ansiosos de encontrar verdaderos modelos y valores que colmaran los anhelos de sus vacías vidas… Individuos cuyos dramas familiares y personales habían debilitado en ellos sus capacidades de autoafirmación, de ser autónomos y autosuficientes. Personas que habían perdido la capacidad de sentirse útiles y dispuestos para alcanzar sus aspiraciones y metas, de pensar, discernir, elegir y actuar por sí mismos. Sujetos que no se sentían capaces de expresar y exponer sus sentimientos y deseos a los demás y de reconocer en sí mismos la carencia de afecto y solicitarlo. Individuos llenos de miedo, incapaces de recibir afecto y de darlo. Y, en definitiva, personas que no sabían reconocer ni satisfacer sus necesidades y abordar la vida con entusiasmo. Personas que desconocían como hacer para no sucumbir a las decepciones y frustraciones del camino, gentes que no sabían disfrutar de sus logros, ni superar sus fracasos. Sujetos inseguros, introvertidos, solitarios, angustiados, necesitados de apoyo y de ayuda; deseosos de calor y comprensión… Y también, personas que, hastiadas del materialismo, del mecanicismo, de la insensibilidad y de la indiferencia de nuestra sociedad actual, buscan respuestas a sus inquietudes espirituales y transcendentes; cayendo, sin darse ni siquiera cuenta, en las redes del primero que satisfaga todas esas inquietudes y carencias; y subyugadas por el aparente amor, y la aparente amistad que encuentran tanto en él cómo en quienes le siguen, se incorporan, sin más, a tales grupos en los que, por otro lado, invariablemente se sienten respetados, apoyados, acogidos y tremendamente importantes… Y, además, continuaban las viperinas plumas y afiladas lenguas, esa pseudo ganancia en afecto y en autoestima les impide ver si el grupo es una secta peligrosa o no; y sí el presunto maestro es un vividor desaprensivo o un sabio guía”… ¡Mentiras podridas! Exclamaba el rebaño cuando Nokel les leía esos artículos. Pero no todos eran detractores de Nokel y de su rebaño, que también surgían defensores incondicionales del maestro y de su obra… Siempre había locutores que invitaban a Nokel a sus programas de radio para expandir su mensaje… Y por supuesto, presentadores de televisión que se sorteaban su presencia y que escuchaban, convencidos de la veracidad de sus palabras, con gran atención y complacencia a Nokel… Hasta había también benefactores que entregaban al maestro grandes sumas en concepto de donaciones para la realización de tan humanitaria e importante labor. ¡Y es que ya se sabe: Para raros, nosotros! Los libros de Nokel se agotaban edición tras edición. Es justo reconocer que “el gran avatar”, o lo que fuese, tenía un enorme poder de convocatoria, tanto, que organizaba sus conferencias en estadios de fútbol y grandes teatros. De modo que, en verdad –en verdad de la buena- ya fuera por lo que argumentaban los detractores o por lo que destacaban los simpatizantes, era un hecho que su rebaño encontraba más motivos y razones para seguirle que para alejarse de él. Mientras que los demás, todos aquellos que observaban calladamente cuanto sucedía, no sabían muy bien a que atenerse…

CONTINÚA EN EL POST SIGUIENTE, MÁS ABAJO

Hannah.

(Imagen de: http://homepage.mac.com/cloe/portfolio/cuentos.jpg)

Viernes, 16 de Diciembre de 2005 16:06 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma.

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Autor: labruxaneus

¡fenomenal!

Fecha: 17/12/2005 09:56.



Autor: Albert

Aunque dejo aquí el comentario me he leído el cuento entero, entre otras cosas, porque una vez que se empieza no se puede dejar, te atrapa y te atrapa. Es increible como abordas la temática de los gurus y falsos iluminados de bien. Tienes toda mi admiración.

Un abrazo

Fecha: 17/12/2005 10:12.


gravatar.com
Autor: José Antonio Roldán

Felicidades por tu magnífico trabajo y felicidades por el nuevo blog :)

Fecha: 17/12/2005 13:13.



Autor: Manolo

Estoy entusiasmado con este cuento, me ha gustado aún más que la narradora de cuentos que ya me gustó mucho. Es bárbaro. Una pena que no te lo publiquen porque me gustaría tenerlo en pale y firmado por ti.

Un abrazo

Fecha: 17/12/2005 15:15.



Autor: Anónimo

Salvo que es un poco largo y que se repite un poco, es perfecto. Tal vez deberías pulir esas dos cosas. En la narradora de cuentos pasaba lo mismo. Valdría la pena que lo hicieras porque son muy interesantes.

Saludos

E.

Fecha: 18/12/2005 10:00.


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