Pero el aire sólo lo respiraban durante las pocas horas de sueño; y las vistas no podían verse mientras dormían. Bueno, al menos los chicos disfrutaban de ello, sí, pero hasta cierto punto; porque el colegio estaba lejos y se pasaban media vida metidos en el autobús escolar... Además, estaban creciendo solos y alejados de los padres... Estaban transformándose todos ellos, los unos para los otros, en unos extraños y en unos perfectos desconocidos... Y eso había sido el comienzo de sus “necesidades”: el cambiar de casa porque ya no cabían en el apartamento. Esa casa cuya hipoteca les había obligado a duplicar el trabajo, los había llevado, como encadenados por una diabólica sucesión de necesidades, a triplicarlo y a no vivir nada más que para trabajar. Todo se había descontrolado. Tal vez, también se fueron dejando cegar por la ostentación de aquella zona residencial, por la adoración al consumo y por la brillantez de un imaginario nivel social... “¡Pero qué nivel social ni qué leches!” Se repitió varias veces Carla, casi gritando, mientras seguía perdida por los hilos de las madejas de esos pensamientos, desenredando viejos nudos: “¿Cómo he podido alejarme tanto de la realidad, de lo esencial, de mis hijos, de mí misma… cómo, pero cómo, me he autoengañado tanto, hasta convertirme en una esclava?” Se cuestionaba repetidamente y con ansiedad, diciéndose que la vida que ella y Pablo se habían montado, era como una película de locos. Y reconocía Carla: “Un montaje al servicio de la apariencia y de la ostentación… pero... ¿Ostentación, de qué?”… Se recriminaba, al ver que no podían disfrutar de nada de lo que tenían; ni de sí mismos, ni de sus propios hijos. Se vio forzada a admitir, que esos diez años que habían transcurrido desde que vendieran, Pablo y ella, el pequeño y humilde apartamento de la ciudad, habían sido diez años de servidumbre y enajenación. Advirtió que habían vivido esclavizados por unos bienes que no les procuraban ningún deleite. Pensó: “¡No tenemos tiempo para ello!”. Tuvo también que admitir, que al emperrarse en conservar esos supuestos bienes se habían creado mayores necesidades que, a su vez, únicamente les aportaban el tener que trabajar más y más aún, amén de alejarse de lo que realmente era importante: de sus hijos, de ellos mismos y de disfrutar todos juntos de la vida. La furia que sentía, crecía por momentos al tomar consciencia de todo lo que se había perdido, tanto ella misma como su marido y sus hijos; de todo lo que se seguían perdiendo... Pero lo veía. Sí. Ahora todo aparecía diáfanamente claro ante su vista. Era maravilloso. Carla notaba como la emoción iba deshaciendo un nudo que siempre había tenido en la garganta. Se sentía conmovida, esperanzada… Instante a instante iba ganando consciencia de que podía cambiar… ¡Su vida podía cambiar! Dentro de ella, la furia mudaba, progresivamente, en alegría y gozo, porque se daba cuenta de que podía cambiarlo todo. Sí, Carla sentía que aun estaban a tiempo y se sabía con fuerzas para hacerlo. Era joven y podía lograrlo. El momento era ahora. No había que perder ni un día más, ni un solo minuto –pensaba para sí-... De lo contrario, en su vejez, ella y Pablo se derrumbarían ante la visión de una vida desperdiciada... No, no la desperdiciaría ni un segundo más. ¡Ya no podían permitírselo!… Venderían el maldito chalet y cancelarían la hipoteca… Con el producto de la venta aun les sobraría para comprarse un piso humilde, pero cómodo y suficiente para los cinco... “¡Sí, para Alfonso, el mayor… Para las pequeñas gemelas, Celia y María… Y para nosotros dos… Para Pablo y para mí!”; se gritó ilusionada.
Carla veía con una claridad meridiana lo que debía hacer: “Puedo comprar el piso en el barrio donde está situado el trabajo principal de Pablo. En ese barrio obrero cuyas viviendas aun no son inaccesibles a los bolsillos de los ciudadanos comunes; sí, comunes como nosotros… Y también venderé los coches. ¿Para qué los quiero en la ciudad, qué necesidad tengo de ellos si hay transporte público…?. Prescindiré también de la criada. Sin hipotecas y sin gastos de coches, podré, incluso, dejar de trabajar, al menos en dos de los tres trabajos, y dedicarme a servir a los míos”, seguía diciéndose Carla entusiasmada, “¡vaya si lo haré!, y con todo el amor y toda la entrega de los que soy capaz”. Y Carla proseguía ilusionada: “En cuanto a ese colegio de “pijos esmirriados”... Cambiaré a mis hijos de allí. Los matricularé en el centro escolar del barrio. ¿Por qué tienen que ser malos a priori los colegios públicos? ¿No hemos acudido tanto yo como Pablo a uno de ellos y ahí estamos: ni mejores ni peores que los demás...” Carla, desbordante de felicidad, prosiguió: “Lo que mis hijos necesitan, más qué un colegio de élite, y más qué el pan que comen, es nuestro amor y nuestro apoyo incondicional… Y dado personalmente, en directo; sin intermediarios como la criada… Ellos necesitan nuestra atención, nuestra dedicación y nuestra presencia. Sí, eso necesitan mis hijos… justamente lo que no han tenido hasta hoy: nuestra comprensión y nuestra entrega total y absoluta. Nuestros hijos nos necesitan a nosotros sus padres; y no a la criada. ¡Tanto buen colegio privado por aquí, buen colegio privado por allá... y Alfonso, el mayor, a sus quince años ya ha tenido que repetir dos veces curso... y las gemelas, con trece años, llevan el mismo rumbo! ¡Si ni siquiera sé qué inquietudes y qué intereses tienen mis hijos!”
Carla continuaba girando toda aquella rueda de ideas y sentimientos, con las neuronas echando humo y la sangre en ebullición, pasando de la alegría a la rabia, y de la ternura al resentimiento. La compra de esa “vivienda unifamiliar” lo había embrollado todo haciéndoles perder el timón de sus vidas. Cierto que, en el apartamento que vivían antes de comprar el chalet, ya no cabían. Una habitación, un aseo y un diminuto comedor con cocina americana, no era mucho. Total, apenas cuarenta metros cuadrados; demasiado pequeño para una pareja con un hijo, pero cuando llegaron las gemelas, aquello era ya agobiante... Alfonso tenía sólo cinco años cuando compraron el chalet mientras que Celia y María contaban sólo con tres. Diez años habían pasado desde entonces sin que hubiera tenido, ni un ratito, para sentarse con ellos, para escucharles, para atender sus necesidades, para acariciarles, para divertirse con ellos... Era como si Carla, ella misma, hubiera vivido aprisionada en uno de esos cuentos que contaba. En una de esas historias, que ahora se le antojaba de terror. Como si hubiera confundido la realidad con la ficción y se hubiera quedado pegada a esa fantasía irreal y sin sentido... Sí, decididamente Carla pensó que ya estaba bien de hacer de madre de otros y que debía y quería dedicarse a desempeñar el papel que realmente tenía, el de esposa y madre; cuidando y disfrutando de los suyos.
En esos diez años, Pablo y los niños se habían alejado los unos de los otros tanto que daba la impresión de no tener ya nada en común que los uniera. Carla veía como el chalet más parecía un hotel que un hogar. Seguramente, si Carla conservaba un único trabajo, Pablo también podría dejar dos de los tres que tenía; ambos podrían, así, dedicarse a los niños, disfrutar más de ellos, y tener más tiempo y oportunidades para sí mismos. Carla decidió que tenía que hablar con Pablo, urgentemente, de todo ello. No podían perder ni un instante más… No, no podían permitírselo, ni por el bien de sus hijos ni por su propio bien. Decidió que esa misma noche hablaría con su marido y se pondrían manos a la obra… De pronto, las voces airadas de Hugo y los demás devolvieron a Carla a la realidad, sacándola del ensimismamiento en el que había caído: “Bueno, ¿nos vas a contar algo de una vez o nos llevas al cine... o qué…? - dijo Hugo irritado -, sí, eso, eso; que nos estamos aburriendo…”, corearon los otros dos.
Carla se levantó, cogió el teléfono, y marcó el número que le habían dejado los padres por si pasaba algo. Cuando obtuvo respuesta, dijo: “Mirad, que me ha surgido un compromiso ineludible y debo irme ya; dejo a Hugo al cuidado de sus hermanos y de la casa. ¡Adiós!” Y sin esperar más comentarios ni añadidos por parte de quien hubiera respondido desde la otra parte del hilo del teléfono, colgó.
“¡Oídme bien!”… Dijo dirigiéndose a esos chicos que con sus impertinencias le habían ayudado a despertar del estado ilusorio en el que vivía y a encontrarse a sí misma, recobrando las ganas y la razón de vivir… “No hay cine y se acabaron los cuentos. Me tengo qué ir ya. Hugo se queda al cuidado de la casa y de vosotros hasta que lleguen vuestros padres. ¡Pasadlo bien!”. Y con estas palabras recogió sus cosas y se marchó.
En el coche, ya hacia su casa y al encuentro con sus hijos, Carla se regocijaba y se reía sola, cada vez que imaginaba la cara de sorpresa que pondrían todos.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue decirle a Gema que le agradecía los servicios prestados, pero que buscara otra casa porque en adelante ya no la iban a necesitar; que tenía un mes de plazo. Las gemelas, alborozadas y sin dar crédito a que su madre estuviera allí, de día y despidiendo a la criada, se le colgaron del cuello; y Alfonso, que no salía de su asombro, sólo acertó a preguntar con voz nerviosa: “Pero mamá... ¿Acaso os ha tocado la primitiva? ¿Cómo es que no estás en el trabajo? ¿Por qué no vamos a necesitar más a Gema?... ¿Nos trasladamos de ciudad... De país?”
Carla, cubriéndolos de besos y abrazándoles estrechamente, les propuso pasar el día todos juntos, en algún lugar que ellos eligieran. Ya les contaría todo allí. Celia y María propusieron rápidamente el parque de atracciones... No recordaban haber estado nunca en él con ninguno de sus padres, y Alfonso era tan pequeño cuando estuvo, que sólo guardaba ya un vago recuerdo... La moción de las gemelas fue rápidamente aceptada por todos. Gema protestó: “¡Aun no han comido y ya tengo la comida preparada!”
-“¡Da igual! -respondió Carla- ¡ya nos la comeremos para cenar..., o mañana... U otro día.”!
Los chicos estaban paralizados: alegres pero perplejos, temían que todo aquello no fuera otra cosa que un sueño, y que al igual que ocurre con los sueños, tanto la felicidad que sentían como la presencia de su madre se esfumaran rápidamente...
Finalmente, todos subieron a uno de esos coches en el que nunca habían paseado todos juntos con su madre... Los chicos recordaron a su padre: “¡Si también estuviera él... Sería perfecto.!” Carla adivinando los deseos de sus hijos les dijo: “Pronto podremos ir con frecuencia al parque de atracciones, o donde queramos, todos juntos... ¡Y también podrá venir papá!” En un “pispás” estuvieron todos listos y subidos al coche. Durante el trayecto, cantaban, reían, bromeaban, se abrazaban… ¡Cómo no lo habían hecho en diez años! Estaban henchidos de gozo e ilusión ¡Había que recuperar tantas cosas! De pronto, en un instante, todos enmudecieron, y luego… Nada.
Aturdido, el camionero salió del camión y se dirigió todo lo rápido que pudo hacia el amasijo de hierros y chapas retorcidas y humeantes en el que se había convertido el vehículo con el que había colisionado. Había lanzado al coche veinte metros más allá de donde se había producido el impacto. ¡Estaba tan agotado, tras doce horas de volante sin descansar ni dormir! Ni siquiera era consciente de lo que había pasado... Tal vez se había dormido y se había saltado el stop… Lo cierto es que solo recordaba a ese coche delante de él y sus desesperados intentos por esquivarlo…
Mientras caminaba acercándose al lugar donde finalmente había caído el turismo, llamó a la guardia civil y a la ambulancia desde su teléfono móvil… Otros conductores habían parado también y se interesaban por él… Y otros más volvían ya sobre sus pasos, tristes e impresionados murmurando: “No hay nada que hacer… No se oye a nadie… No se mueve nada… Sólo se ven despojos mezclados con la chapa y los hierros… Y sangre… ¡Mucha sangre! … ¡Qué horror!” Algunas de las personas que se habían acercado, mareados y chocados por lo que veían, vomitaban. La guardia civil no tardó en llegar y confirmar que todos parecían estar muertos. Los guardias encontraron la documentación del coche y un bolso, esparcidos por el suelo… “La mujer se llamaba Carla Muñoz” dijo un agente en voz alta... Las otras personas parecen niños... Quizás fueran sus hijos. Cuando la ambulancia llegó, el médico confirmó que dos eran ya cadáveres, pero que otros dos, milagrosamente aun vivían...
Pablo estaba dichoso. Ardía en deseos de llegar a casa y soltar la buena noticia a Carla. Por fin le habían reconocido méritos y servicios en su trabajo principal y le habían ascendido a Director General del Departamento de Comercialización… Iba a ganar un "sueldazo". Ya no tendría que tener tres trabajos…
Continúa en el post de abajo.
Hannah.
(imagen de: http://tn3.deviantart.com/Cuentame_un_cuento.jpg)