“La narradora de cuentos”. Tercera y última parte.
(viene del post de arriba)
Hasta Carla podría dejar de trabajar! Volverían a tener tiempo para disfrutarlo juntos… para contarse sus cosas y compartir sus sentimientos, sus gustos, sus deseos… De ahí en adelante no se perdería ni un momento más de sus vidas. Los chicos habían crecido sin que se hubiera dado cuenta de cómo había ocurrido… se sentía como un extraño entre ellos… realmente, no les conocía. Nada sabía de sus vidas ni de sus gustos. Lo ignoraba todo de cómo marchaban en el colegio y, a juzgar por las notas, no parecían ir muy bien... Pero nada sabía de sus dificultades ni tampoco de sus alegrías. Por fin podría compartir con ellos mucho de su tiempo y ayudarles en las tareas escolares como siempre había deseado y nunca había podido hacer. Se despediría mañana mismo de los otros dos trabajos y esta noche, Carla y él cenarían en el mejor restaurante de los alrededores, ya había realizado la reserva… ¿Cuánto hacía que no salían él y su mujer? Ni siquiera podía recordarlo… En su despacho, mientras pensaba en todo esto y su alegría e impaciencia crecían por momentos, sonó el teléfono. Pablo, lívido y agónico salió como un rayo hacia el hospital. Mientras caminaba como un autómata de una pared a otra por la sala de espera, se decía a sí mismo que era una pesadilla de la que iba a despertar en cualquier instante.
Celia yacía en Cuidados Intensivos, en coma profundo, con una vida mantenida artificialmente, como un vegetal. Con la base del cráneo fracturada y la médula espinal seccionada por varios niveles a la altura de las cervicales, nadie dudaba que, más tarde o más temprano, iba a morir… Y más valía que así fuera. Pablo no podía tolerar el imaginarse a su hija toda la vida, inerte y vegetando, dependiendo de aquellas máquinas... María no estaba mucho mejor, si bien su médula había resultado ilesa, tenía innumerables fracturas por todo el cuerpo, y le habían extirpado el bazo, un riñón, un lóbulo de un pulmón, y parte del hígado... Realmente las expectativas de María no eran muy buenas, y sus posibilidades tampoco eran muchas.
Pablo no podía comprender cómo habían podido extraerlos a todos de aquel horripilante amasijo de chatarra, y mucho menos, cómo habían logrado permanecer vivas sus dos pequeñas... Carla y Alfonso – su mujer y su hijo -, habían tenido, presumiblemente, una muerte instantánea. Nada se pudo hacer por ellos. Y allí seguían sus dos hijas gemelas debatiéndose entre la vida y la muerte. A Celia la habían tenido que reanimar varias veces antes de llegar al hospital; y a María un par de veces en el quirófano, durante las graves y complejas intervenciones... A Pablo ya no le cabían más dolor ni más sufrimiento, ni en el cuerpo, ni en el alma. Se derrumbó en uno de los asientos de la sala y rompió a llorar. Llorando estaba cuando recibió la noticia de la muerte de Celia… Sobre María nadie aventuraba nada bueno… ¡Esperar… era lo único que se podía hacer!. Pablo, secos los ojos de tanto llorar, aturdido y derrumbado, nada sabía de cómo había logrado llegar hasta el desván de su casa, ni cómo había ido a parar a sus manos aquel fusil de caza que, con tanta ilusión, compró, y que nunca tuvo tiempo de estrenar. Inesperadamente, el estruendo de un disparo alteró el silencio de la casa y Gema, la sirvienta, llena de angustia, corrió despavorida, temiendo lo peor… Cuando llegó Gema, Pablo yacía muerto en el suelo, en medio de un charco de sangre. Gema regresó a su pueblo. Y allí siguieron, imperturbables, el chalet, los tres coches y todo lo demás como buenos amos que fueron de tan fieles servidores...“¿Y ya está?”... Inquirió Eva a María entre quejándose y esperando que la historia continuara. “¡Qué cuento más triste, María! ¡Me has hecho llorar mucho!” Añadió Eva, tras unos momentos, viendo que María callaba...
Los ojos llenos de lágrimas de la anciana miraron con ternura a Eva que se lanzó en sus brazos estrechándola fuertemente con cariño... Juntas las dos lloraron sosegadamente un largo rato.Corría el año 2050 en un remoto y deprimido lugar montañoso de un europeo y desarrollado país. Eva, de diecisiete años, disfrutaba con los cuentos que, su anciana maestra María, le contaba. ¡Lo hacía tan bien! Para Eva, María era, sin lugar a dudas, la mejor narradora de cuentos que jamás hubiera conocido y aprovechaba la mínima ocasión para correr a su lado, recabando de la anciana una narración... Pero aquella… “¡Había sido tan real! ¡Tan vívida!” Eva sintió que María, esta vez, se había involucrado mucho en el cuento. Pensó que, quizás, no fuera “tan cuento” lo que María había relatado... “¿Y si hubieran existido realmente Carla, Pablo y sus hijos?”... “¿Y si la María del cuento no fuera otra que su queridísima anciana maestra?” “¡Qué espantosa y cruel tragedia le habría tocado vivir a esa dulce anciana, de ser cierto lo que sospechaba!”... “Sin embargo, nunca pudo advertir en María ni la más mínima huella de resentimiento ni de amargura”... “¡Y algo de eso tenía que guardar forzosamente en el corazón, aquel a quien le hubiera tocado en suerte tan terrible desgracia!”... Todo esto pasaba por la mente de la joven, mientras seguía abrazada a María. Separándose un poco de ella, le preguntó: “¿Qué pasó con la otra gemela, no la que murió... No con Celia, sino con la otra?”... “¡Se llamaba como tu!”... “¿No es cierto?” María asintió con la cabeza mientras le decía, dulce y serenamente, que, como podía ver, la otra gemela (esto es, ella misma), sobrevivió... Y con un gesto cálido, no desprovisto de humor y alegría, María añadió: “¡Pero esto será otra historia!” dejando a Eva llena de esa curiosidad natural que uno siente hacia todo lo que alude a los seres que a uno le interesan y ama. Curiosidad que nada tiene que ver con el morboso deseo de saber y poseer información acerca del otro, como un modo más de controlarlo. Cuando Eva se marchó, era ya muy tarde. María tomó su cena y luego se sentó en el borde de su cama unos momentos. Desde allí recorrió con su mirada los retratos expuestos sobre la cómoda: Sus padres, Carla y Pablo; sus hermanos, Alfonso y Celia. Todos estaban ahí. Triste y acongojada por los dolorosos recuerdos, se levantó y tras asearse, se metió en la cama. María notó como sus huesos crujían y se hacían escuchar mucho más de lo que ella estaba dispuesta a hacer. ¡Y eso que no se podía quejar! A sus ochenta años estaba más que bien. La ausencia de las vísceras que le faltaban, no le había hecho pagar una factura demasiado alta… ¡Cuánto tiempo había pasado ya! El sufrimiento por las pérdidas se había mitigado con el paso del tiempo y aunque al evocarlo y narrarlo hoy, la herida se había vuelto a abrir un poco, la tristeza había dejado paso al recuerdo de la felicidad que sentían todos aquel hermoso, y a la vez trágico día, al dirigirse al parque de atracciones. Su madre y sus hermanos resplandecían de gozo y eso que faltaba su padre, que si hubiera estado él también, hubiera sido el colmo de dicha. Todos, pues, rebosaban alegría, pero sobre todo, recordaba la cara de felicidad de su madre cuando llegó a casa ese día... Ese aciago y feliz día, había regalado a María lo más precioso (la constatación certera del amor de su madre hacia ellos), y lo más horrible que uno pueda imaginar, que fue toda la desaparición de su familia, en el momento que la felicidad nacía a sus vidas. “¡Qué paradójica es la vida y cuántos deseos y anhelos dejamos en brazos del futuro, cuando lo único que poseemos, es el hoy.!” Susurró María para sí misma. De ella, tras abandonar el hospital, se habían ocupado unos parientes que, aunque lejanos, habían impedido que la dejaran en manos de un orfelinato bajo la tutela de un juez... María se susurró de nuevo que “¡Los jueces, tal vez acierten a impartir justicia, y ésta es tan ciega, tan fría!” “¡Un niño, un adolescente necesita algo más que justicia... Sobre todas las cosas, un niño, un adolescente, un ser humano de cualquiera edad, necesita amor.!” María se adaptó sin demasiados problemas a su nueva familia. Le había tocado un hogar cálido y acogedor que le brindó la posibilidad de ir curando y cerrando las brutales y sangrantes heridas que tenía... No sólo las de sus intervenciones – que ésas también -, sino las más difíciles de abordar y sanar: las del corazón y las del alma. María se había sentido comprendida, protegida, atendida y, lo que era más importante de todo, María se había sentido amada y aceptada por sus nuevos padres, toda ella y con todo el abultado equipaje que a pesar de su corta edad, poseía ya.
María había aprovechado el tiempo. Al principio, refugiarse en los libros no fue más que un intento de evadirse del sufrimiento y del dolor que sentía, pero lentamente, su actitud fue cambiando y se entregó al estudio por el deseo de aprender, por el placer de adquirir conocimientos y destrezas nuevas. Seguramente, el cambio de colegio ayudó mucho a esa transformación, ya que en él nuevo, en lugar de maestros que trabajan para ganar dinero y sobrevivir, para transformar a los alumnos en buenos competidores (y mejores consumidores) y, para lograr que, esos alumnos, terminen siendo “buenos productos de mercado” adaptados y aceptados por el sistema, María encontró “una rara avis”. Encontró a uno de esos maestros vocacionales que ejercen el “arte de la maestría” (porque eso es el magisterio, un arte más que un oficio: “El gran y real arte”) por medio de las herramientas maestras del “arte”, a saber: la herramienta del amor por sus alumnos y por el propio arte; la herramienta del respeto y la aceptación de todo lo que son todos y cada uno de sus alumnos; la herramienta de enseñar a pensar por sí mismos a los alumnos, en lugar de empeñarse en moldear sus pensamientos para controlar y dirigir en todo momento lo que los alumnos deben pensar; la herramienta de despertar en cada uno de ellos lo mejor de sí mismos y ayudarles a que se conozcan, sin querer cambiarlos ni transformarlos, sino esforzándose en ayudarles a que desarrollen plenamente todas sus capacidades; la herramienta de lograr que cada uno de los alumnos, y todos ellos, descubran su ser y su libertad y que aprendan a elegir ellos mismos lo que deseen y les convenga, asumiendo enteramente la responsabilidad que cada elección entraña; la herramienta de la igualdad de todos los seres humanos sin discriminaciones por color, género, credos, razas, clases sociales, ni ningún otro tipo de discriminación; la herramienta de la tolerancia y de la fraternidad; y por último, la herramienta de la entrega y del servicio. ¡Qué gran suerte tuvo María! Al final, siempre resulta cierto eso de que “cuando una puerta se cierra, siempre se abren un par de ventanas”... De manera que no fue extraño que María eligiera ser ella misma maestra, tanto porque reunía las condiciones para ello y tenía esa vocación, como por la gran admiración y afecto que sentía por su maestro. Cuando terminó Magisterio, tras la oposición, obtuvo rápidamente su primera plaza –que fue la única - en ese pueblo perdido y olvidado del mundo, en el que su vida transcurrió sin sobresaltos ni penurias – a no ser por las penurias de la escasez y el aislamiento en los que vivían aquellas gentes- y con bastante armonía. El pueblo, que era pobre, humilde, atrasado y desconectado del resto de la civilización –es decir, uno de esos pueblos donde la historia parece haberse detenido, y el llamado progreso no parece haber llegado-, no la había acogido mal, sino todo lo contrario: sus gentes se volcaron en cubrir las necesidades, tanto materiales como afectivas de su nueva maestra -hasta donde pudieron– con una admirable hospitalidad, con sincero afecto y con un trato modesto, sencillo y, a veces, un poco bruto – que ninguna de aquellas gentes era un erudito - que cautivó el joven corazón de María. Entregada al ejercicio de su “arte” y al continuo estudio para perfeccionarlo, no se había casado ni tenido hijos; aunque María sabía también que esa no era totalmente la causa de su soltería... María sabía que si la vida le hubiera puesto delante al hombre adecuado, el ejercicio del magisterio no le hubiera impedido en absoluto el desempeño de los roles de esposa y madre... O tal vez María, guardó siempre, ciertas huellas de dolor que las experiencias de su infancia habían sembrado en su corazón; como esos diez años de su vida durante los que, las muestras directas de afecto de sus padres hacia ella y hacia sus hermanos, se redujeron únicamente a aquella impresión fugaz e incierta de ser besada; impresión que ni siquiera llegaba al grado de certeza... Esos diez años en los que creció la mala hierba en sus entrañas de creer que a sus padres no les interesaba nada más que el bienestar material, el estatus socioeconómico y la apariencia… El que dirán los demás... Y esa otra mala hierba que brotó en algún rincón de su mente, que la condujo a pensar, que sus padres tenían hijos como quien tiene muebles... Tal vez esas huellas sembraran algo de miedo, y tal vez, también, esas mismas huellas sembraran en María la necesidad de colocar el listón muy alto, tanto en lo referente a lo que ella misma tenía que aportar y dar a una pareja y a unos hijos, si llegaba a tenerlos, como respecto de lo que su probable compañero debería aportar y dar... Bueno, sea como fuere, el caso es que María no se casó ni tuvo hijos, pero se entregó, en cuerpo y alma, a la verdadera educación de los hijos de los demás. Puso en práctica el “gran arte” que había aprendido, amando a todos y cada uno de los niños que pasaron por “su escuela” como si se hubiera tratado de sus propios hijos. Sus amorosas manos y su corazón entero se habían dedicado al empeño de extraer de cada uno lo mejor de sí mismo y al empeño de dar a cada uno de aquellos niños todo lo que había recibido ella misma de su maestro. Así que no sentía ningún tipo de vacío por no haber podido realizar su maternidad en el plano físico, la había realizado con creces en todos los demás planos. Tras jubilarse, había decidido quedarse en aquel pueblo, en el que tan feliz había sido... En el que tanto había amado y tan amada se había sentido... En el que tanto se había volcado, y del que tanto había recibido de todos sus convecinos. Como si más allá de haber sido una madre para todos los hijos de los habitantes de aquel pueblo, hubiera sido también, la madre de todos y cada uno de los padres... ¡La “Gran Madre” de la aldea!, y, en cierto modo, así era. Todos aquellos niños, convertidos ya en hombres y mujeres, acudían regularmente y con frecuencia a visitarla y, algunos, le pedían que les contara un cuento, una historia de esas que ella tan bien sabía relatar. Las maestras y maestros que seguían en la escuela, –su amada escuela -, pasaban por su casa casi a diario en busca de consejo y, además, conservaba la acogedora casita de pueblo que le habían adjudicado al llegar allí. Los vecinos se acercaban a visitarla con cualquier pretexto, ya fuera para pedirle algún remedio casero, o que les contara algún cuento -al calor del brasero de la mesa camilla -, o para desahogarse, contándole sus cuitas. En cualquier caso, María les acogía y escuchaba con el mismo cariño, y el mismo agrado con los que les había enseñado desde las primeras letras hasta todo cuanto ella pudo transmitir. Y si de contarles un cuento se trataba, accedía con tal arte y acierto como sólo una madre sabía y podía hacer. En su ancianidad consideraba que su vida estaba colmada. La había vivido encontrándole sentido, con amor y responsabilidad. Al principio, el peso del dolor producido por la inesperada y trágica pérdida de toda su familia había sido difícil de llevar, pero ahora veía que no había redundado en un menoscabo de su entrega. María se acostó tapándose con el edredón, buscando la mejor postura para acallar los crujidos de sus huesos. Ya acomodada y acurrucada en la cama, esperó que llegara el sueño, mientras de su corazón y de su mente surgían una y otra vez, con claridad y de forma viva, la alegría que su madre reflejaba en su rostro aquel día que apareció de pronto con la sorpresa y el regalo de pasarlo juntos… María se sentía satisfecha de que el último recuerdo que tenía de su madre fuera, precisamente ese, el de su entrega. Ese recuerdo le permitía borrar la vaguedad de aquellos fugaces besos que, mientras dormía, sus padres posaban en su frente al despedirse y al llegar. Aunque seguía sintiendo una profunda pena y compasión por su padre, quien no sólo no pudo participar con ellos de la alegría de aquel día, sino que se arrastró despiadadamente a un fin tan cruel y vacío. Ciertamente, María sentía cierta extrañeza ante la constatación de que el día más feliz y el más triste de su infancia fueran el mismo día, como si la vida y la muerte fueran de la mano. Ese día que renacía al contacto con su madre, era el mismo día en que de nuevo la perdía, y esta vez, para siempre… María se dijo que, ciertamente, la vida y la existencia de las personas tienen cosas muy apóricas y extrañas... Que quizás nacer y morir no fuera nada más que dos intervalos de ese único continuo eterno que es la vida y que, tal vez, esos intervalos se fueran repitiendo sucesivamente en distintos planos de realización, a modo de umbrales que requerían ser traspasados… Pensó que tras el cruce de uno de esos umbrales, tal vez su madre, su padre y sus hermanos aguardaban su llegada. Sintió cómo sus párpados se hacían cada vez más pesados y comenzaban a querer cerrarse... Y se durmió dulce y profundamente, hundiéndose en un sueño sosegado y reparador, con la confianza de un recién nacido...María vio que su vida estaba plenamente colmada. Vio que su realización personal en la vida y la realización de la misión que había elegido, habían alcanzado satisfactoriamente todos los objetivos y que si moría, podía entregar su espíritu absolutamente en paz. Y sin más, así sucedió. El espíritu de María voló raudo hacia el eterno Reino del Amor, hacia ese Reino que todos los humanos traemos, al nacer, inscrito en nuestros corazones.
F I N
Bien, espero que os haya, sino gustado, al menos interesado ;-)
Tu narrativa la encuentro muy lineal y con todos los datos para el lector; se deja llevar y eso, el lector lee, no se involucra.
Lo digo como una forma de contar muy válida, aunque debo reconocer mi gusto por el cuento abierto, lleno de posibilidades para que el lector encentre varias posibilidades,
Muchas gracias por tu comentario, Felipe. Para poder seguir aprendiendo, me gustaría preguntarte: ¿Te refieres a toda mi narrativa, esto es, a mi estilo narrativo en general, o a la narración de este cuento en concreto? Y otra pregunta más: ¿Podrías explayarte un poco más sobre lo que consideras "narrativa lineal" y "cuento abierto"? Verás, yo no soy literata, escribo porque tengo cosas que decir. No entiendo de estilos. Soy lectora desde los 3 años. cuando leo, siento que algo me atrapa o no, pero no entiendo mucho -mejor casi nada- de estilos. Creo que si me explicaras con un poco más de profundidad lo que quieres decir, me ayudarías mucho a seguir aprendiendo. Y que sepas que tengo en gran estima tus opiniones.
No soy crítico ni literato, pero desde mi modesto punto de vista, considero que el lector sí se involucra con el tema, sobretodo en la segunda y tercera parte. Digo esto porque creo que el lector dentro del abanico de posibilidades puede sentirse identificado con parte del tema, ya sea por una experiencia similar, personal o de su entorno, o como parte del proceso de leer (la imaginación). Además, todo tema es bueno para la literatura. Hanna, avisas cuando publiques el libro. Me agradaría adquirirlo. Abrazos desde este punto del mundo.
Leo y vivo. Creo que eso es lo único que importa. Que sí las prepo.., que sí el adjetivo..,.. No. Para mí todo libro es una especie de "Historia Interminable", en la que que me convierto en Bastian, y que me permite vivir maravillas.. En consecuencia, sólo critico aquellas obras que me mantienen alejado, que no me dejan jugar.. Y soñar. Tu relato me dejó jugar más o menos hasta la mitad; luego se alejó de mí. Sólo al final retornó; un poquito.. Por otra parte, el diseño del "blog" lo encuentro muy original. Me gusta. Volveré.
Enrique, celebro mucho que te haya gustado. Lo de que puedas buscar el libro editado, creo que va para largo, pero no te inquietes, iré publicando los diez cuentos que forman el libro en este Blog, así los podrás leer gratis ;-)
Turulato, bienvenido a este espacio y celebro, también, que la lectura de este cuento no te haya aburrido demasiado. :)
Por fin me tomé mi tiempo para acabarlo. Estas fiestas me han venido muy bien para estas cosas. Dedicar tiempo a las escrituras vuestras. Final original y de fábula. Fábula moderna, del siglo que nos ha tocado vivir. Como estaremos en el 2050, miedo me da, al paso que avanza la tecnología. Claro es que los blogs serán algo importante, eso fijo. Y tal vez tu protagonista, María tendría uno también. Un abrazo. Hermosa y humana historia. Ya se que leerme a mis futuros sobrinos.
¿Relato lineal? Ha mi me ha parecido un cuento magnífico. Desentrañas uno de los problemas más acuciiantes de la actualidad, la importancia del ser frente el tener. Un tener que nos esclaviza. A mí me ha tenido prendido desde el principio hasta el final. Si lo publicas yo también lo compraré. Seguro, y te pediré que me lo firmes.
Ser Rizomático es igual a desplegar "rizo a rizo" "raíz a raíz" la potencialidad y la capacidad de crear, construir, compartir y transformar el mundo en un lugar gobernado por la libertad, la igualdad y la fraternidad sin fronteras para toda la humanidad.
CITAS: hoy, Albert Camus:
"No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo."
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas."
"Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo."
Aviso: las imágenes que ilustran las entradas de este Blog se toman de la red con sus créditos. Si los autores desean que sean retiradas, que lo hagan saber, y así se hará. Gracias