
Siempre estamos hipotecados e hipotecando. Nos hemos transformado en instituciones bancarias, sólo que en vez de dinero manejamos afectos. Así, de esta guisa, los afectos son para nosotros, lo que el dinero es para el banco: damos créditos con intereses –siempre a nuestro favor-, y pagamos, cobramos, etc. con los mismos criterios de mercado.
Tal vez sea por los efectos de la globalización, esa que, según dicen, lo impregna todo de mercantilismo…, tal vez; no lo sé. Pero sí sé que no somos bancos, y que los afectos no son moneda de cambio y bolsa.
Los afectos y los sentimientos no son valores de competición y libre mercado; cuando los usamos, como tales valores bursátiles y bancarios, generamos en nosotros, y en los demás, vacío, desarraigo, despersonalización, desnaturalización, frío, soledad y sufrimiento.
Creemos pues, en nosotros, un espacio de encuentro de retorno a lo esencial, un espacio para reencontrarnos como realmente somos; un espacio desde el que los afectos se intercambien libremente, graciosamente, generosamente…, sin “intereses ni competitividades”; un espacio de encuentro con el corazón y con el disfrute, regido también por la razón y la cabeza, claro, pero por la cabeza de cada uno. Un lugar, dónde podamos ser humildes y magnánimos con nosotros y con el otro, para buscar lo mejor de cada uno. Un lugar donde el reencuentro y el gozo sean posibles; donde las rabias, los odios y los rencores puedan ser transformados por el amor y el perdón. Ese sitio cálidamente humano donde todas las manos puedan estrecharse: las de la carne y las del alma.
Hannah