LAS BATAS BLANCAS | Ser Rizomático

LAS BATAS BLANCAS

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“Nunca buscamos las cosas por si mismas, sino por la búsqueda” Blaise Pascal


Desde mi más tierna niñez quise ser médico, y si algo tuve claro durante la pubertad y la adolescencia fue que yo quería ser médico, y hacia eso me encaminé; pero lo que real­mente quería ser, distaba mucho de lo que se aprendía en la facultad de medicina.
Tardé en comprenderlo, porque sólo se puede comprender cuando uno se deja atravesar por las vivencias, aceptándolas en toda su magnitud y encarnándolas activamente en su globalidad; y no cuando uno va de actor de su historia, pasivo y resignado con los guiones que, según cree, le van adjudicando… por más que se esfuerce en el cumplimiento del papel o por más que se rebele y se queje, ese “ir de actor” no deja de ser otra forma de pataleta o rabieta improductiva e inoperante... Algo que sirve únicamente al interés de los guiones y lo deja a uno en la misma ceguera. Pero es preciso que "uno vaya de todo eso" y se queje, y patalee, hasta llegar al más alejado de los descentramientos, para que uno inicie ese darse cuenta de que existe un centro que debe buscar, anhelar y vivir. ¿Cómo podría uno, sin ese proceso, emprender ese viaje iniciático hacia el interior de sí mismo para, de iniciación en iniciación, descubrir y manifestar lo esencial de uno, y desterrar las mil y una separacio­nes –siem­pre imaginarias- que nos comprimen y enajenan del núcleo de la vida… ¿Y qué otra cosa que una iniciación continuada, pueden ser, sino, cada una y todas esas vivencias profundas y sin aparente explicación, que nos van atravesando a lo largo y ancho de nuestra vida? ¿No será ese camino iniciático de nacer, morir y renacer, una y otra vez, nuestro irrevocable destino? Tal vez, sólo sea posible así, de ese modo (iniciación tras iniciación), ir alejando de nosotros esa confusión y esa oscuridad que permanentemente nos inundan y atenazan… Sí, ahora sé que cada una de esas iniciaciones son peldaños que nos conducen a la luz, posibilitando ese encuentro salvífico con lo esencial y el descubrimiento de lo divino que habita en nosotros. ¿Pero cuántas iniciaciones son necesarias para llegar a ese conocimiento vivo? ¿Cuántas veces hay que morir y descender a la caverna para vivir y permanecer en la luz? ¿Cuántas veces tendremos que perdernos para poder al fin hallarnos? Las manos del alma guían y sostienen nuestros pasos a la par que nos introducen en los laberintos que inevitablemente debemos recorrer. Sí, ahora llego a comprenderlo y, sin la pretensión de considerarme una iluminada (¡que muchas tinieblas me quedan aun a mí que atravesar… y muchos monstruos internos que vencer!), no se me escapa el que esta comprensión debe tener algo que ver con esa otra a la que aluden los místicos cuando hablan de “iluminación”. Sin duda, tendrá que ver con ese acto de resurrección que, desde la historia particular de uno, se une con la historia del mundo permitiéndonos renacer al ser y a la posibilidad real de ser uno con todo.
Pero ese saber estaba demasiado oculto dentro de mí para poder llegar a poseerlo en aquellos momentos. Sí, ese proceso estaba aún muy verde para aquel momento en el que "elegía" el curar "cosas tangibles". ¿Pero existen realmente tales cosas para ser curadas… ¿Es lo Humano tangible… Es tangible eso de lo Humano que se enferma, así sea el hígado, una pierna, la cabeza o un brazo? ¿No es, quizás, eso tangible de lo humano que enferma un grito de alarma del alma doliente, que busca desesperadamente a quien sepa escucharlo en esa justa y verdadera escucha del alma? Esas preguntas se hallaban como semillas durmientes en mi corazón, cuando comencé los estudios de medicina… Pero el hallar las respuestas era, en realidad, lo que yo buscaba con eso de ser médico. Por eso digo que, eso que yo quería ser, estaba muy lejos de poderlo encontrar en aquellas aulas de "Batas Blancas". Pero para hallar respuestas es necesario e imprescindible plantear las preguntas correctamente - ya que cada pregunta lleva dentro de sí la respuesta -, y es preciso, también, darse tiempo para que las respuestas afloren a la consciencia. Si no, sólo se obtienen respuestas de "tapaderas" que matan la sabiduría de la verdadera respuesta, dejándola enterrada en nuestro interior, a la vez que impiden que irradie hacia fuera… Y por otro lado, ahora sé que el hecho de preguntarse uno algo, desde lo interno y oculto de uno, es de algún modo ya en sí mismo una respuesta. Por aquellos momentos, en los años sesenta y en los preludios de mayo el sesenta y ocho, uno, si no era un alcornoque, respiraba unos aires de limpieza y utopía difícil de plasmar en palabras. Puede que, más que deberse a lo de “mayo del sesenta y ocho” se debiera a la juventud que uno tenía…Pero la verdad, a uno le parecía que nada, ni nadie podían ensuciarle los sueños… A uno se le antojaba que Thomas Moro no había muerto en balde y que “Utopía” era algo vivo, existente y realizable. Que Becket podía encontrar por fin su causa a través de nuestra juventud y que, esa causa, no era la "iglesia"… que las hogueras jamás pudieron matar a ningún espíritu de libertad y que los gorriones sólo se mueren en las jaulas, pero siguen vivos y libres por el cielo…y los pájaros cantores, aun muertos, trinaran sus cantos de libertad, sin que nadie pueda jamás enmudecerlos.

Yo, soñaba de pie, amaba, creaba y vibraba de pie… también estudiaba de pie (¡y eso no me gustaba tanto! Pero sabía dentro de mí que sólo los idiotas se sientan), debido a los porrazos recibidos donde termina la espalda por aquellos grises que sembraban los cuerpos, las mentes y las calles de opresión y espanto. Pero lo hacía sin conocer la magnitud del hecho. Lo hacía desde la inconsciencia y la efervescencia que la sangre hirviente de la juventud proporciona; y desde ahí, la facultad, las aulas, las disecciones, los tubos de ensayo y la mediocridad que lo impregnaba todo, me producía un hastío mortecino. Sí, todo en mí se erizaba ante el hecho de que había hombres que no podían ver más allá de las vísceras, de los tejidos, de los huesos...
Se empezaba ya a hablar de robótica, aunque se trataba, entonces, más de ciencia ficción que de realidad; pero ese tipo de "hombrecitos" - me parecía a mí -, que, conceptual y vivencialmente, tenían ya la robótica cimentada en sus neuronas cuando se acercaban a sus pacientes o dictaban sus clases. Todo aquello de la “clase médica” y de la “neutralidad”, tenía un “tufillo” que no acababa de convencerme. Eso de tratar a los “pacientes” como niños desvalidos que no debían o no podían saber que lo que les pasaba (a pesar de tratarse de sus vidas), y a los que no se les debía contar sus dolencias con claridad, supuestamente para no alarmarlos… me parecía de una falta de respeto increíble. A mis perplejos e incrédulos ojos, todo aquello rezumaba una omnipotencia intolerable. ¡Ni que los pacientes fueran subnormales! Y lo que más me sublevaba era ese aire de sobreprotección y paternalismo con los que, esos señores médicos omnisapientes, explicaban su hermetismo y su despersonalización. ¡Cómo si no se pudiera hablar de humano a humano con un ser doliente!… Me decía a mí misma que nunca me cegaría hasta el extremo de dejarme imbuir de esas conductas, ni me deshumanizaría con todos esos biologicismos positivistas que constataba. Para mí, un ser humano enfermo y sufriente nunca sería “una neumonía”, "ni una litiasis", "ni el “322 de la  cama   la nº 5". Me decía a mí misma que si esos "hombrecitos de bata blanca" pudieran tragarse un sorbito de humanismo, de imaginación, de humildad y pudieran bajarse de sus "podium de saber", probablemente morirían intoxicados y espantados.
Desde mis vísceras les gritaba: "Bailad, bailad, malditos, embriagaros de órganos, geneticismos y sangres; embriagaros de patologías, semiologías y órganos desmembrados; embriagaros de lo inanimado, de lo muerto; que yo me quedo del lado de la vida y del hombre entero, del lado del semejante. Que yo me quedo del lado de la impotencia y del dolor de la muerte, pero también del lado del milagro, de la incertidumbre y de la sorpresa de la vida. Bailad y gozad vuestra imaginada condición de “dioses” en un frío e inaccesible cielo; que yo prefiero permanecer aquí abajo, descubriendo mi condición humana y disfrutando con mis semejantes los el compartir los dones de la tierra. ¡Los “pobres doctores”!… Ahora veo que, su proceder, no era más que otra muestra de aquel pensamiento mutilado y retorcido de la doble moral de aquellos días (¡lo malo es que aun perdura bastante hoy!), de la estupidez y de la necedad ejercida desde la incultura de la represión y de los dogmatismos doctrinales del momento… Pero sigo opinando que no hay ningún derecho a que, nadie, ni médicos, ni ninguna otra persona, tengan derecho a decidir, ni a velar, ni a retener nada que tenga que ver con la vida de alguien, cuando “ese alguien” puede procesar la información y decidir por sí mismo qué hacer. Creo que el dar información no está en absoluto reñido con el hacerlo delicada y humanamente. Opino que se ha confundido, muchas veces, el “ser humano” con un absurdo paternalismo proteccionista que únicamente conduce a un abuso de poder y a un enfermizo engrandecimiento. Pero todos esos sentimientos que pugnaban dentro de mí, eran más una explosión exuberante e incontrolada que el fruto maduro de la germinación de las semillas que dormían en lo profundo de mi ser; y hasta que no pasé por desesperar y descreer del modo más crudo -a fuerza de golpes- de la humanidad y de mí misma, no pudo iniciarse en mi interior el proceso de dar fruto.
Decía Nietzsche algo así como que únicamente cuando alguien duda de todo puede empezar a creer en algo... y debe ser verdad… y Cristo -quien, al parecer, era también muy sabio- decía que: “…Es preciso que el grano de trigo caiga en la tierra y muera para que dé fruto…". Sí, es necesario que uno muera y "remuera" y vuelva a morir mil veces, para que la Vida estalle y brote, y, para que desde lo más profundo de nosotros, florezca la Libertad de Ser, renaciendo poco a poco a una existencia auténtica.
Esta historia prosiguió; y, mientras los estudiantes parisinos tomaban La Bastilla con sus gritos de "La imaginación al poder", "haced el Amor y no la Guerra" y otras voces y elixires psicodélicos, y en Chile soplaban vientos libertarios y en España se soñaba con la Libertad, los tanques soviéticos tomaban Praga estrujando las esperanzas del pueblo - que no matándolas, porque no puede matarse la esperanza - y yo seguía "ahogándome" en esa facultad de "batas blancas" y ese mundo de “grises”… No eran los mejores momentos para los estudiantes en España…¡Ni para los estudiantes, ni para el común de los ciudadanos, ni para España! Uno se vivía a sí mismo, no sólo "ahogado", sino aprisionado y mutilado por tanta opresión. Mi camino era el de la libertad y, aunque cual "Alicia en el país de las maravillas" seguía sin enterarme casi nada del cuento - seguramente mi padre no sólo se lo había leído, sino que lo había vivido en sí mismo a juzgar por su legado - me prometí a mí misma que por muchas batas blancas que yo llegara a vestir a lo largo de mi historia nunca me cegarían el alma. Y, en parte por evitar esa ceguera, dirigí mis pasos hacia otros horizontes desde los que la realización de la utopía fuera "más fácil"... "más alcanzable"… con menor opresión... y aterricé en África, donde con el sudor de mi frente, de mi cuerpo entero, y de mi alma, y, embutida en una bata blanca durante mucho tiempo, tuve que trabajar y luchar, no sólo con la opresión, sino con la muerte, el hambre, la enfermedad y, a veces, también la guerra; pero, sin lugar a dudas, la lucha más difícil y encarnizada, fue la que tuve que mantener conmigo misma...
 

(Este fragmento,  pertenece a un libro que escribí hace tiempo, en el 96 para ser exacta, y que voy poniendo a "pedacitos" aquí, cómo si de pedacitos de mi misma se tratara... Es curioso, sí, muy curioso, este exhibicionismo mío...)
Hannah. 

Lunes, 21 de Noviembre de 2005 19:14 enlace permanente. Tema: Rendijas de mi ser.

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Autor: petitica

Muriendo y renaciendo es como nos vamos haciendo personas. Tú con tu gran sentido reflexivo has ido tomando decisiones que te han posicionado en diferentes status en la vida. Lo que puedo decir, seas médico o terapeuta, es que eres una gran adelantada.

Fecha: 10/12/2005 20:27.


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