MI AMIGO Y COMPAÑERO TROILO | Ser Rizomático

MI AMIGO Y COMPAÑERO TROILO

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 Troilo murió en mis brazos
Era la primera vez que un ser querido se despedía de mí antes de emprender su último viaje y la primera vez que mis brazos sostenían su partida. Mientras brindaba mi regazo y mis palabras a la agonía de Troilo, intentando tranquilizarlo en ese trance, todos mis seres queridos desfilaron ante mí. Con ninguno de ellos pude estar acompañando sus últimos momentos así, como estaba con Troilo, pendiente de cada respiración, de cada latido, de cada intento de lucha por seguir aferrado a la vida, de mí propia contradicción al desear que acabara tanto sufrimiento y se fuera...y a la vez, y con la misma fuerza, desear ardientemente que siguiera vivo junto a mí..., pendiente del egoísmo del amor, o, mejor dicho, del apego.
La lucha de Troilo se unía a mi propia lucha y su sufrimiento al mío propio, configurando una extraña sensación de dolor, de pena, de rebeldía y de aceptación.
Y Troilo murió en mis brazos. Se fue con la ternura y la bondad que lo caracterizaban. Acercó su reseco hocico a mi cara, abrió sus bellos y dulces ojos, buscando los míos, y estiró sus patas cómo desperezándose de un largo y reparador sueño ¡Había visto yo tantas veces esos gestos cuando despertaba..., que por un momento creí que volvía a la vida, que se recuperaba! Y me entregó su último suspiro. Grité como una loca:- ¡Rápido, rápido, un médico, se muere!- y los veterinarios llegaron a toda prisa y trataron de reanimarlo...
Pero él, mi amado perro Troilo, ya no estaba ahí, corría raudo, libre y lleno de alegría por inmensos y luminosos prados de eterno verde...
Con la misma locura y desesperación, volví a gritar: ¡Paren, déjenlo, no sigan, paren por favor! ¡No lo torturen más! Me dieron la correa y el collar, pagué y me fui. Ni siquiera sé cómo llegué a casa con aquel llanto continuo y desbordante, fruto del dolor que anidaba en mis entrañas...
Tal vez sea una monstruosidad, pero por ninguno de los seres queridos que se fueron lloré así. Ni por mi padre, ni por mi madre ni por nadie... ¡Espero que me perdonen si han podido verme! Aunque si realmente han podido, me habrán visto de verdad y no tiene mucho sentido que les pida perdón...
Troilo murió en mis brazos; y por más que éstos se aferraron a él no lograron retenerlo, no lograron transmitirle ni un gramo de vida, de fuerza... ¡La muerte es tan definitiva! ¡Y se está tan impotente frente a ella!, y se fue de un modo tan inesperado como había llegado. La muerte nos pilló a él y a mí como pilla un ladrón en la noche. La enfermedad le atrapó un lunes y se marchó un miércoles, sin previo aviso, sin que mostrara flaqueza o debilidad que pudiera presagiar tan terrible desenlace..., en pleno vigor... Como si la muerte, la misma que, contra todo pronóstico, se había alejado de él en su llegada a mí, permitiéndole vivir, viniera por sorpresa a cobrarse el favor.
Troilo vino a mí en una noche de Reyes fría e inhóspita. Unos gemidos y lamentos casi humanos me despertaron a las cuatro de la madrugada. Durante unos instantes presté atención y escuché para saber qué o quién, podía gemir así. ¿Sería un niño o un gato? no lograba identificarlo, de modo que me decidí a salir a la calle y ver de que se trataba. Me puse un abrigo sobre el pijama y cogí una linterna, los sonidos provenían de debajo de la terraza de mi cocina; dirigí hacia ellos el foco de luz y mis ojos se encontraron con otros de color miel, cuya mirada tierna y penetrante se me clavó en el alma, conmoviéndome al instante. Eran unos ojos profundos, dulces, hundidos en las órbitas, grandes y suplicantes que pedían cobijo y daban amor. Seguí alumbrando y pude ver a un cachorrillo de perro extremadamente delgado, en la piel y los huesos, que yacía en medio de un líquido viscoso y sanguinolento. Me acerqué a él y al acariciarlo me lamió la mano y movió el rabo. A pesar de lo deteriorado que estaba, era hermoso, y su pelo parecía seda... no encontré que tuviera ninguna herida abierta, así que ese líquido debía ser diarrea o vómito o ambas cosas... Le dije "No te muevas de aquí que ahora vuelvo"... Y entré en la casa en busca de toallas para limpiarlo antes de entrarlo... Debió entenderme, porque ahí estaba cuando volví. ¡Ni siquiera había cambiado de posición!
A lo largo de los nueve años que pasamos juntos esa fue una constante, cada vez que le decía espera ahí y no te muevas, se quedaba quieto e inmóvil hasta que volvía, lo mismo daba que fuera en casa o en la calle, que hubiera gente o no, que pasaran o no otros perros... Él no se movía.
Lo limpié, lo envolví en una manta y me encaminé a la casa con él..., pero antes de llegar al portal se revolvió, lo dejé en el suelo y pude comprobar la procedencia del líquido: Diarrea y vómito salieron, simultáneamente, cómo un surtidor explosivo, de aquel pobre perrillo que no debía tener más de seis meses, y era obvio que estaba abandonado o perdido, además de gravemente enfermo ¡Y los dos próximos días eran festivos!... Pensé que, por lo menos, esa noche la terminaría de pasar en seco y en caliente, luego ya vería que hacía con él, pero en el fondo de mi corazón sabía que había encontrado al mejor amigo y camarada que jamás pudiera tener.
Su aspecto flaco, fané y descangayado, me recordó a un tango y como "Noche de Reyes" era otro tango pensé llamarlo así, luego me acordé de Anibal Troilo y decidí que si nadie lo reclamaba y se quedaba conmigo, lo llamaría Troilo. Pensando en todo eso entré en casa con él.
Así de inesperada e intempestiva fue la llegada de Troilo a mi vida. En medio de la noche irrumpió en mi sueño regalándome la realidad de su entrega y de su amor hasta su muerte. Troilo murió en mis brazos. Hasta en eso fue un buen perro. Yo me debatía entre terminar con su agonía ya, por medio de una inyección letal, o esperar el desenlace... Por un lado no quería prolongar su sufrimiento por más tiempo, veía claramente que se iba sin remedio. Por otro, abrigaba la vana esperanza de que saliera de ese bache. Siempre nos aferramos a los seres queridos justificándonos que lo hacemos por ellos, cuando en realidad es por nuestro apego, por nuestra posesividad, por nuestra incapacidad a afrontar y resolver pérdidas…por nuestro dolor. Pero Troilo evitó el que tuviera que tomar una decisión tan desgarradora, y murió en mis brazos. De eso hace ya casi ocho años, Su recuerdo, permanece vivo en mi corazón.
(Relato resumen de mi libro: “Historia de Troilo”)
En la imagen, mi amigo y compañero Troilo.
Domingo, 20 de Noviembre de 2005 00:04 enlace permanente. Tema: Amigos para siempre..




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