Una etapa termina y otra comienza. Así son las cosas, unas acaban y otras empiezan, sin marcar límites ni pedir permisos; mientras la vida sigue su carrera hacia quién sabe que parte... ¿Cuál es el destino de la vida? La respuesta es superflua, puesto que la vida no necesita ni metas ni motivos puntuales para seguir. La vida es, en sí misma y para sí misma, su propio destino y fin. Y al final de los siglos y de los tiempos verán la luz de nuevo otros siglos y otros tiempos; aquí, sobre la Tierra, o sobre algún otro lugar galáctico, porque la vida no se agota ni en los cuerpos de tierra ni en los cuerpos de cielo.
La vida, como el amor, es inagotable e imparable en su fluido. Fluido que, tal vez, se nos muestra como incomprensible, pero que es un fluir en el tiempo sin tiempo, un fluir lleno de sentido. La vida fluye en sí misma y para sí misma. La vida Es y es Ser.La vida es también seguir, y estar, y morir, y renacer. Sí, exactamente todo eso. Muertes y Renacimientos que no cejan. Porque la vida es en definitiva amor. Permanezco, pués, en el aprendizaje del arte de amar y de vivir, que de eso se trata; y todo en la medida que esta insoportable levedad del ser, o esta insufrible gravedad del estar, me lo permiten.
En ocasiones, cada vez que la duda de la existencia reanuda su militancia en mi alma, vuelvo a preguntarme ¿dónde queda, en todo esto, el sentido del flujo de mi vida, de la vida?... Tal vez escondido en algún recoveco de estas líneas, o quizás en lo ignoto de nuestro transitar y en el asombro de los dolores y los gozos de cada tropezón. Pero aquí estoy, con estos conceptos del ser, estar y existir que, a "piñón fijo", llevo como atravesados en alguna parte de mi territorio, sin terminar de conseguir el mapa clave del asunto. En ocasiones uno llega a enredarse tanto en el pensar y en el sentir que termina por hacerse un lío y se queda "con el culo al aire" ante la posibilidad, entre creencia y certeza, de que "de eso que busca" seguro que ya no queda; que se agotó en algún momento de la lucha mientras uno sigue en la brecha buscando y tratando de crecer, caída tras caída y vuelta a estar de pie; sin perder nunca la sorpresa de cada amanecer y de esa especie de "chispa" inagotable de lo humano, como trasunto de lo divino. Sí, la vida es un territorio inexplorado del que no deben haberse editado aún todos los mapas, siendo el mejor de todos, ese viejo y apergaminado mapa de "Ser Humano” conócete a ti mismo". La verdad, debo concederme que cuanto más vivo más me asombro, más vulnerable soy, más aprendo, menos sé y más me permito equivocarme y seguir buscando.
Siento que el alma no se me endurece con el tiempo y que a pesar de la decrepitud de la envoltura, sé que la vida es, y será, inagotable; aunque yo, en algún momento, deba afincarme en el reino de los muertos... O de los vivos. ¡Quién sabe!. Y el tiempo sigue su curso -¿o lo seguimos nosotros?- Esto del tiempo tiene también su miga. Pienso que lo insufrible del tiempo es que siendo ilimitado e indefinido se concreta y materializa en un espacio habitado por nosotros, mortales y finitos al menos en nuestra piel, que no en nuestra esencia; si bien esa esencia se me antoja a veces como alejada y difícil de "oler". Sin embargo, la olamos o no, el aroma es y permanece en cada uno de nosotros más allá del grado de atrofia "olfatoria" de cada uno.
Así que vuelta a empezar, años por delante y años por detrás, con todo lo porvenir y todo lo vivido ya; porque lo que es quedar, quedaron muchas cosas que ahora puedo reencontrar y hacer por fin del todo mías; jirones que había sepultado y que eran de mi piel, de mis entrañas, de mi sangre... y que ahora- justo ahora - los puedo reincorporar, reconciliar y amar. Me desprendí de ellos creyéndolos desechos odiados y miserables. Ahora, en este eterno hoy que se abre a mis ojos radiante y virgen, lo abrazo todo y camino, paso a paso, logrando ser, vivir, estar y hacer, en esta cotidianeidad "del gota a gota" de la vida, que crece y en la que crecemos cada día. En este movimiento del ser, del sentirse, del vivir y del vivirse, para sí, por sí y para y por los demás, para conmoverse y transcenderse como un semejante entre y con los semejantes. De manera que aquí estoy de nuevo a vueltas con la existencia, en estos tiempos de presentes. Mi ayer apórico se debatía entre gritos de ¡Quiero ser médico! ¡Quiero ser mujer!¡Quiero ser madre! ¡Quiero ser esposa! ¡Quiero ser libre! ¡Quiero ser ave! ¡Quiero ser agua! ¡Quiero ser mariposa!Gritos del ser entreverados y mezclados con los gritos del estar. Y ya veis, el cáncer, la espalda rota... Total-¡otra que total!-, aquí estoy otra vez, en mi ser de mujer, y con mis diferentes "estares", con alguna pincelada de poeta y de locura, siempre maravillada por la vida y por ese aroma de lo Esencial, que por suerte nunca me abandona, haciendo de mi estar de terapeuta -y de todo lo demás- una creciente humanidad. Tiempo a tiempo, espacio a espacio, instante a instante, sin perder ese tinte entre surrealista, idealista, ácrata, humanista, existencial, proletario y presocrático de mis años mozos. Que no en vano grité hasta la afonía para y por la libertad con Víctor Jara y muchos otros gorriones de la Tierra. Y... ¿Qué más? Pues también algo de desesperación y mucho de esperanza y de alegría, porque esto de lo cotidiano es, algunas veces, subsistir y pervivir; y otras, sencillamente vivire ir creando ymodelando la vida, quien a su vez nos crea y nos modela y remodela una y otra vez, incesantemente; y eso sí, sin olvidar que uno está sólo de paso. Desde hace algún tiempo, mucho tiempo, en ese ayer remoto y eterno también, y, a la vez presente del ayer y del hoy, me encontré -y ya no puedo reencontrarme ahí, ¡ah, las pérdidas!- escuchando a "mis pacientes" –lo de "mis" y "pacientes" es un decir- viviéndolos, sufriéndolos, acompañándolos, cargándolos a hombros, en mis hombros, bajando con ellos a sus abismos para descubrir sus monstruos, subiendo con ellos a la luz y a la alegría de vivir, sí, y ellos conmigo, mostrándome mis propios abismos y mis propios monstruos; aprendiendo juntos el sendero de la muerte y de la vida; Aprendiendo juntos en el proceso de desprenderse de omnipotencia y servidumbres; de corazas y máscaras; aprendiendo a caminar hacia el reencuentro de uno mismo y del semejante; dándonos la fuerza de la debilidad y la certeza de las dudas. Nunca le deberé tanto a nadie más. Nunca nadie me habrá hecho más mujer, más madre, más agua, más mariposa, más hermana, más hija, más sensible, más humana... Y en la apertura de este hoy, nuevamente aquí estoy: viva y en la vida. De nuevo en el presente.
Extracto de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?” Carmen Moreno Martín Alias Hannah
El camino que lleva desde la esclavitud a la libertad, pasa por dos rutas esenciales: la propia liberación de cadenas y servidumbres internas, la liberación de esas cadenas que desde nuestro interior nosotros mismos forjamos y nos ponemos; y la propia liberación de las cadenas externas que aceptamos y nos aprisionan.
Muchas veces, por no decir todas, ni siquiera advertimos el nivel de esclavitud que anida en nuestra vida y en nuestro obrar; y, cuando lo hacemos, casi siempre esperamos que algo externo y poderoso venga a liberarnos, eludiendo nuestra propia responsabilidad y añadiendo una cadena más: la de la creencia en nuestro desvalimiento y la de la dependencia del poder de otro, ya sea ese otro el Gran Otro, el gobierno, el estado, un médico, un cura, etc. El caso es que nunca vemos que sea posible librarnos por nosotros mismos asumiendo nuestra responsabilidad en las cadenas internas o externas que nos mantienen atados.
Liberarse de cadenas, tiene que ver con el sentimiento solidario y comprometido de cada ser humano con la esclavitud y servidumbre de otro ser humano, y de sí mismo, y con la asunción de que sólo uno mismo y desde si mismo puede lograr liberarse.
El camino hacia la libertad es un compromiso continuado y total que debe nacer de dentro del ser y mostrarse en elafuera; en la acción. El compromiso con la libertad, transciende el compromiso político y social por las libertades y derechos humanos, siendo esto, únicamente, la consecuencia lógica de ese proceso de liberación que debe darse en lo profundo del ser.
Ese proceso interno de compromiso con la libertad, sin el cual, ninguna acción externa será realmente libre y universal, abarca la auto-liberación continuada y constante de las cadenas y servidumbres que nos esclavizan sin que lo advirtamos. Y si ese proceso no se da en todos y cada uno de los seres humanos del planeta que formamos la humanidad, tampoco podrá darse una acción plena y absoluta de compromiso externo con la libertad; porque mientras exista un único ser humano esclavizado por esas cadenas, los demás lo estaremos también; porque, en tanto que en la humanidad persista alguien indiferente e insensible al dolor y a la miseria de un semejante, persisten también las cadenas de la esclavitud.
Una de las cadenas y servidumbres más arraigada en nuestro ser es la de la separatividad. Se establece de muchas maneras pero por ejemplo cuando alguien se ve a sí mismo cómo “justo” frente a un delincuente, cuando alguien se considera a sí mismo “afortunado” frente a un doliente o cuando alguien se considera “sano” frente a un enfermo.
La separatividad, conforma las raíz más insidiosa de lo que nos ata y esclaviza, constituyéndose en el nutriente más efectivo de la carencia de libertad que nos aqueja. Porque la humanidad, la naturaleza, el total de los seres vivos del planeta en su conjunto, son un sólo cuerpo, de manera que cuando algo sufre en este cuerpo, cuando algo grita de hambre, de dolor, de injusticia, de discriminación y de marginación en este cuerpo, cuando algo es arrancado de este cuerpo, todo el cuerpo sufre y se desgaja.
Una analogía puede ilustrarlo: ¿Puede acaso alguno de nosotros sentirse feliz, animado y alegre, si se ve aquejado de un simple dolor de muelas? ¿Puede decirse alguien, en ese momento, "¡va, cómo sólo es una muela lo que me duele, no me afecta¡"?La respuesta es no. Porque toda la unidad que constituimos cada ser humano, sufre y se ocupa de ese dolor de muela. De idéntica manera sucede con el compromiso de la libertad. Mientras haya una sola “muela” –léase un sólo ser humano- sufriente en ese cuerpo formado por el planeta entero, mientras un sólo ser esté esclavizado, por sí mismo o por otros, el cuerpo entero lo estará, y nadie podrá verse así mismo libre.Por ello, cuando alguno de nosotros dice “soy libre”, “vivo en un país libre” “gozo de libertad”… Sin darse cuenta del sufrimiento de cada uno de los miembros de ese cuerpo, y sin advertir el dolor del cuerpo entero, cae en la separatividad, porque cae en la negación y en el desgajamiento de una parte del cuerpo; cae en la separatividad de pensar que no le “duele nada” porque sólo es una “muela la que tiene el problema” de modo que es otro, y no él mismo, quien está esclavizado. Pero es justamente ese espejismo, esa separatividad, lo que vuelve a erigirse en nosotros en una cadena de esclavitud y servidumbre; en una pesada cadena de negación y ceguera.
Otra cadena servil es el ambicionar de manera desmedida el goce por lo material más allá de lo estrictamente necesario, cuando siguen existiendo seres humanos que carecen de las necesidades materiales más primarias. Pero esto ocupará otra reflexión.
El proceso de liberación interno de esclavitudes y servidumbres no es un fin en sí mismo, es el punto de partida que abre las puertas al compromiso interno con la libertad; punto de partida sin el cual, ningún otro paso podrá darse de manera eficaz y plena. Sin ese punto de partida de cada uno de los seres humanos, la libertad será una pantomima disfrazada de medidas sociopolíticas o terapeúticas puntuales, desprovistas de efectos profundos de igualdad y de fraternidad.
Autoafirmarse es obtener, en un primer momento, un mayor y mejor conocimiento, tantode sí, como de los funcionamientos automáticos y mecánicos que, de una manera constante, inconsciente y repetitiva, han sido los impulsores y motivadores de todos y cada uno de los comportamientos, pensamientos, creencias, ideas, proyectos, necesidades, deseos, ambiciones, sentimientos, emociones y pasiones.
Autoafirmarse es, en un segundo momento, hacerse más conscientes de cómo esos impulsores y motivadores automáticos han construido y dirigidoel desempeño de todos los roles de nuestro cotidiano existir y transitar por este mundo en esta vida. Y autoafirmarse es, en un tercer momento, hacernos conscientes del conocimiento auténtico y global de todo lo que somos.
Por último, el proceso de autoafirmación nos posibilitarállegar, a un verdadero y libre obrar desde la responsabilidad fructífera del ser. Nos permitirá alcanzar ese libre obrarque nos determine a romper las ataduras y asfixias que envuelven y esclavizan en el hacer y tener. Nos permitirá discernir que poseemos otros recursos y salidas que el estar siempre movidos e impelidos por la ciega angustia y mortecina oscuridad de esa personalidad ilusoria e infantil. Personalidad que está formada por todos los patrones e imágenes que configuran y definennuestro ego. Personalidad que convierte a ese ego narcisita, insaciable y egoista en un loco y aberrado director del total de nuestras energías, y de nuestros impulsos de vida. Autoafirmarse es cada instante de escucha profunda del sonido vivo y cantarín que canta y llora en nosotros; aturdido por todo cuanto nos parloteamos desde la estupidez y la necedad. De todo lo falso en nosotros que riela en el espejo del sin sentido de nuestro espíritu agonizante, y de nuestra vida.
Todo eso, en síntesis y así, a bocajarro, es autoafirmarse. Veamos ahora lo que no es:
No es, ni tiene nada que ver con la autoafirmación, el inflado egoísta y egocéntrico acontecer de todas esas supuestas potencialidades del yo (en este caso yo infantil), que se arman y se nutren de los espejismos y máscaras de nuestro ego. Nada tiene que ver con la autoafirmación la exacerbada búsqueda de gratificación ególatra e idólatra de nuestra pobre personalidad ilusoria; sostenida, únicamente, por la omnipotencia de creernos en posesión del poder de complacer siempre a todos, en todo y siempre.
No es autoafirmarse ese desbordante tumulto de creencias tomadas por certezas que conducen nuestros destinos desde la negatividad y el destructivismo,hacia la desesperanza de un consumismo prometedor de falsos y quebradizos “bienestares”, donde la realización de la dimensión humana se mide en términos de posesión y acúmulo de bienes materiales, y de logros competitivos de derribo y acoso bestial; donde los medios justifican todos los fines; donde la ética y la estética sólo se determinan con parámetros superficiales de satisfacción personal; y donde la discriminación es el instrumento mayoritariamente al uso, yal abuso, del ser humano -mejor inhumano- con su semejante.
Por último, autoafirmarse, no es vivir en la oscuridad de la ignorancia y de la esclavitud, manejados como peleles en tinieblas, y sin control en manos–y eso es lo terrible, dramático y patético-,de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos, digo bien; y ello, agravado por el hecho de que no sólo no nos conocemos, si no que ni siquiera lo advertimos; puesto que no somos conscientes de ello. Vivir en esa negación y en esa oscuridad de la ignorancia es autonegarse. Y autonegarse es, a su vez, impregnarse de negatividad.
De modo que autoafirmación y autoafirmarse es equivalente apositividad -que no positivismo-, mientras que negatividad es lo contrario, esto es, autonegarse y destruirse.
Y, para resumir:
1.- No se puede, en consecuencia, ejercer laAutoafirmación sin consumar el proceso de búsqueda del ser esencial, ese viaje de búsqueda que, si lo es, sólo puede serlo dirigido hacia lo hondo de nosotros mismo, hacia dentro, hacia el receptáculo perdido en nuestras entrañas contenedor de todas las respuestas.
2.- Esa búsqueda únicamente puede realizarse desde el viaje iniciático que parte de las tinieblas que configuran la oscuridad de la ignorancia inconsciente que nos rodea y nos posee por dentro y por fuera y se dirige a la meta del conocimiento guiado por esa tenue luz, tapada y oculta, cuya llama yace escondida en la sima más baja y profunda de nuestra caverna interna.Porque si la oscuridad es algo, es absoluta ignorancia, perfecta manipulación y control de uno mismo por uno mismo, atado y casi ahorcado por la cuerda de la esclavitud inconsciente en la que vegetamos en ese letárgico sueño de apariencia de vida que nos impregna de muerte.
3.- No existe otra búsqueda, y si nos deslumbra la apariencia de una existencia tal, ese fatuo y falso brillo deslumbrante no es la búsqueda, sino la gran pérdida en la que ciegos y dispersos deambulamos todos.
No hay otra posibilidad en la dirección de la búsqueda. La expansión de la conciencia es una explosión interna de luz –esto es de información real y auténtica, fruto del trabajo arduo, constante, doloroso y vivificante del esfuerzo y trabajo realizado por uno mismo durante la observación activa, serena, tolerante, respetuosa y fraternal de los paisajes que va encontrando durante ese viaje de descenso a lo oculto del ser interno; a la esencia del espíritu agonizante y eterno que se nos desvela en ese descubrimiento de lo real de uno mismo.
Desde mi punto de vista, no hay, ni aquí sobre la Tierra ni en ningún lugar del cosmos, otro modo de acceso al conocimiento y a la propia verdad del ser.
No existe la fórmula mágica, la receta magistral, el toque shamánico, el toque ocultista iluminado que posibilite el evitarse esa marcha iniciática propia o que otorgue la iluminación, el conocimiento. Nadie puede dárselo a otro. Nadie puede obtenerlo de fuera, porque otro, supuestamente se lo de,ese “artículo”, el del auto-conocimiento, no existe en el mercado; sólo existe en lo más hondo de cada uno de nosotros y no sirven ni “iluminados” ni “gurús” ni “maestros” ni “naguales” –tan en boga hoy- ni otros tipos tales que puedan darle a uno, así como por arte de magia o como quien vende un artículo determinado,la iluminación del conocimiento de sí mismo; la luz del encuentro con su esencia. Y sí alguien se reconoce a sí mismo como poseedor de esa capacidad, él tal no seríanada más que otro ególatra confundido por un fatuo poder y vacío de identidad.
Nadie puede, pues, ahorrarnos esepropio esfuerzo y trabajo en esabúsqueda, en ese encuentro.Y lamento no tener mejores noticias.
(Extracto de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”) Carmen Moreno Martín alias Hannah. Con el saludo de Nieves, secretaria en funciones de este Blog de Hannah.
Ahora sé que los bichos que a una le pican y le producen fiebre y alteraciones en el cuerpo no son los peores con los que una se puede topar…, y lograr esa certeza, ese conocimiento vivencial de tal evidencia - paradójicamente -, se lo debo a África; y digo “paradójicamente” porque ¿cómo puede entenderse que esos primitivos y salvajes puedan enseñar nada? Pues bien, ese gran conocimiento me lo enseñaron y me ayudaron a adquirirlo esas mismas gentes, las gentes “salvajes y primitivas” de África. Que fue el lugar al que fui a parar con mi bata blanca y mi alma virgen llena de manos, en la creencia, de que el que uno se encuentre a sí mismo y pueda realizar sus "ideales", depende del lugar, de lo externo. ¡Vaya fantasía enajenante!
Lo primero que se me hizo añicos al llegar fue ese etnocentrismo que uno alberga como producto flamante de ese lado tópico y encubridor de "cultura occidental, civilización y progreso occidental, imperialismo tecnológico, y un largo etcétera"; y digo "lado tópico", porque eso nada tiene que ver con los verdaderos valores culturales y humanos de la cultura “judeo-grecorromano-cristiana” de la que soy hija, y de la que lo desconocemos casi todo en profundidad.
Tuve que pasar por la caída de toda la escala de valores que enarbolaba para comprenderlo; y eso me lo enseñaron las mal llamadas "culturas primitivas" y sus mal llamados "inoperantes, desfasados e ineficaces valores".
Denominar primitivos y hacerlo con cierta connotación peyorativa a estos pueblos, a sus tradiciones orales cantadas por los "Griots", a sus ritos ancestrales, a sus cosmogonías y a sus esperanzas finales de realización como pueblos - aunque estas yazcan olvidadas en las memorias colectivas, esperando ser despertadas -, es uno de los peores bichos que llevamos los civilizados occidentales dentro; "no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que por ella sale" y lo que suele salirnos, cegados como estamos de estupidez y de ignorancia, es monstruoso casi siempre. De modo que confundimos ágrafo con primitivo ignorante; cultura con civilización; robotización y despersonalización con progreso; y nos quedamos tan felices.
La caída me hizo trizas las mil y una entelequias que desde ese "ombligo del mundo" que creemos ser nosotros y nuestra "sacrosanta civilización occidental" me había construido; a cambio, esa misma caída me regaló vislumbrar la respuesta a esa pregunta esencial que bailoteaba en mí desde antes de mi concepción; la pregunta sobre el lugar por el que nacen las manos al alma. ¿Por dónde le nacen a una esas manos? Y, ¿dónde están las manos de mí alma?
Después de cinco años largos en suelo africano llegué a la conclusión de que lo mejor que podía pasarle a los africanos, es que todos los europeos se fueran de allí; sí, que nos marcháramos y les dejáramos construir su propia historia en paz. Cosa difícil de materializarse puesto que ya se encargarán los imperialismos, de hoy y de siempre, de mantenerlos (como los mantiene), sin infraestructuras y en el engaño de que les ayudan, de que les ayudamos, para poder seguir en el expolio de las materias primas, de las licencias y del neocolonialismo salvaje de hoy.
Colonialismos hay muchos y se perpetúan en el tiempo de muy diversas maneras. Invariablemente, cuando manifiesto que lo mejor que podría pasarle a todos los países del tercer mundo sería que todos los europeos y occidentales se marcharan, y cuando digo que "todos", quiero decir justo eso: que se marchen absolutamente todos; obtengo, como decía, invariablemente una de las mayores repulsas. Cuando me oyen (que no me escuchan), hablar de ese modo, exclaman con horror: “¡Qué cosas más raras dices…cómo puedes pretender que toda esta gente que les está ayudando los abandone!… ¿Que se vayan los médicos, los maestros, los educadores, los evangelizadores… los diferentes cleros…? ¿Qué será entonces de esos desgraciados?… ¿Y la solidaridad? ¡Debes estar loca!”
Y yo que, por solidaridad entiendo algo muy distinto a sobreprotección y neocolonialismo, algo que nada tiene que ver con altruismo ni con ayuda y si mucho con deuda y justicia, insisto: ¡No estoy loca!… ¿O tal vez sí lo estoy? Quizá la búsqueda de la Verdad, de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad en el ser humano y para todos los seres humanos sin excepción sea una locura... ¡Benditos sean quienes estén aquejados de tal locura y bendito si además esta locura se torna contagiosa!
Yo no digo que individualmente o en algunas de las organizaciones no gubernamentales no haya un deseo honesto y altruista de ayuda y de dedicación, y que por encima de ello, haya un deseo de justicia como en mí misma lo había... Lo que digo es que, a los sufridos africanos y a todos esos países del “tercer mundo”, ese altruismo y esa ayuda les sale muy cara; ya que de modo encubierto y falaz, esa ayuda y ese altruismo sostienen toda una farsa e hipocresía, sutiles y profundas, en las que, lo queramos o no, estamos implicados. Por ejemplo: ¿Quién vende armas al tercer mundo? ¿Quién importa las materias primas de esos pueblos y les vuelve a exportar esas mismas materias manufacturadas o refinadas? ¿Quién pesca en sus costas a la vez que hace todo lo posible por mantener a esos pueblos costeros sin infraestructura pesquera? Y esto a voz de pronto por no aburrir al lector, ¡porque hay un largo etcétera de preguntas!.
Lo cierto es que les damos "peces" pero no les enseñamos a "pescar" y la ayuda que damos es "pan para hoy y hambre para mañana". Ayuda que sólo sirve para que nuestros sentimientos de culpa, como pueblo explotador de pueblos y pueblo colonizador, se relajen. Sobre todo cuando de pronto se inundan los medios de comunicación con noticias sobre guerras y sobre exterminios (saliendo a la luz el que nosotros les vendemos las armas con las que asesinan, y les negamos ese 0,07 % de nuestra riqueza), como si esas guerras y esos exterminios fueran algo puntual y excepcional de un determinado país, cuando la guerra y el exterminio son algo vivo y continuado que desgarra desde hace siglos al continente africano. Y lo que es más, cuando esos exterminios y guerras han sido directa o indirectamente provocados e inducidos por nuestros propios planes estratégicos de “desestabilización” para evitar el que creen infraestructuras suficientes y se hagan lo bastante autónomos como para tratarnos de “igual a igual” en ese supuesto libre mercado… O ¿quién se repartió el territorio africano, a finales del siglo pasado y principios de éste, trazando líneas sobre un mapa y sin respetar ni culturas, ni etnias, ni pueblos? ¿Y dónde realizan las multinacionales farmaceúticas sus experimentos sin importales el número de víctimas que producen? Y cito esto por no citar cosas más actuales que podrían “herir susceptibilidades” y levantar violencias y ánimos indeseados…
Además, la palabra "ayuda" encierra ya en si misma toda la hipocresía y la falacia que rodea el problema; porque cuando alguien "ayuda a otro" se sitúa, lo quiera o no, en un plano superior, asimétrico, e incluso dominante. La coparticipación y la corresponsabilidad desaparecen ¿A quién convencen nuestras dádivas y nuestras lágrimas de cocodrilo?
En los siglos pasados se colonizaba por ocupación de los territorios y dominación "in situ" de las culturas autóctonas, hasta ser borradas del lugar, y con ellas, borraban también a los individuos o los esclavizaban. En nuestros días el neocolonialismo existente es económico. Somos los propietarios - bueno, el Fondo Monetario Internacional -, de casi todos los países tercermundistas; puesto que casi todos están hipotecados hasta los pelos, con cuotas imposibles de pagar. En cuanto a sus culturas, aparentemente, nos ocupamos mucho de respetarlas y de conservarlas, fundamentalmente conservarlas, tanto que las "enlatamos" para conservarlas mejor en nuestros museos, facultades, centros de investigación etc. so pretexto de su estudio y conocimiento. ¿No sería mejor permitir que crecieran y se desarrollaran en los lugares de procedencia?
Pero volviendo a ese neocolonialismo económico actual, los efectos sobre los individuos y sus tierras siguen siendo más o menos los mismos de siempre, sólo que cubiertos de una falaz y muy sutil apariencia de "ayuda". De manera que si el dejarlos completamente a su suerte tuviera que pasar por suprimir esa ayuda y eso implicara también que iban a poder crecer y desarrollarse a su manera, creando su propio mañana, sus propias creencias y certezas, su propia infraestructura y su propio progreso... ¡Adelante! Eso es lo que digo. Sé que ellos lo lograrían.
Pero nosotros, claro, tendríamos que renunciar no sólo a nuestra omnipotencia como civilización imperial y dominante, sino a esa tremenda despensa y mercado que es el tercer mundo. Tendríamos que asumir nuestra propia responsabilidad y nuestras propias culpas. Tendríamos que cuestionarnos nuestra destructibilidad, nuestra hipocresía, nuestra ambición, nuestra prepotencia y preponderancia… Además de otras muchas cosas difíciles de asumir y de cuestionarnos. No podríamos acallar nuestras conciencias con lo buenos que somos y lo mucho que ayudamos... Y eso es muy duro de aceptar.
Sí, es muy duro de aceptar que en el fondo esas pseudoayudas van destinadas más a mantener "consumidores" (¡de lo contrario, qué mercado iba a haber), que a lograr un verdadero progreso de esos pueblos...
Así que seguirán diciéndome que digo burradas, y yo seguiré oyendo y escuchándolo y continuaré pensando lo mismo que pienso. Sin embargo, también reconozco que muchas de las personas que encontré en África entregaban sus vidas desde el amor al servicio de esos pueblos y como dice Nietzsche: “... lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”.
Es necesario aceptar toda la carga de hipocresía que llevamos encima de nosotros –nosotros occidentales, tan civilizados y cultos- y asumirla si queremos verdaderamente reconocerla y deshacernos de ella para tender fraternalmente la mano a todos esos pueblos desde la igualdad de lo humano y no desde el interés y la ambición. El que nuestra sociedad occidental - tal y como es y ha sido hasta hoy-, realmente lo lleve a cabo algún día, es algo en lo que me cuesta creer, pero que deseo desde lo más hondo de mi ser.
En cuanto a mi experiencia con esos pueblos "primitivos, brutos e ignorantes", tengo que decir que ellos me ayudaron, a ver con los ojos del corazón y a tocar con las manos de mi alma lo que yo era, lo que yo quería y buscaba y el profundo sentido de la vida; mostrándome también el camino de la realización.
Ellos fueron los mejores maestros que pude tener en el aprendizaje del verdadero humanismo y en el proceso de reconciliación con mi historia y mi cultura. Así que bendigo todos los accesos de malaria que tuve que soportar, además de otros bichos de los que pican y algunos de los que se llevan dentro. Ya lo dice Saint-Exupéry: "Es necesario tolerar alguna oruga si uno quiere conocer la mariposa" y "hay que pasar por las espinas si uno quiere tomar y conocer las rosas".
Y de vuelta a África, cuando uno pisa su suelo por primera vez, tiene la sensación de que alguien ha soltado por ese lugar a los cuatro jinetes del Apocalipsis y los mantiene en un ritmo frenético, desenfrenado y constante. La muerte, la guerra, el hambre, las enfermedades, además de la sinrazón, de la explotación y de la miseria; lo interpelan a uno sin descanso. Es como si todas las capacidades de horror, perversión, atrocidad, exterminio, etcétera, del hombre con el hombre, se dieran cita allí. Y una camina aturdida entre clítoris arrancados, niños y madres que mueren como moscas, epidemias, hambrientos, desnutridos, enfermedades que en Europa son banales y en esas tierras son mortales... Una se siente por un lado impotente ante tanta desgracia y por otro lado, por poco que una haga, lo que hace sirve para tanto y es tan espectacular, que una a veces está tentada de creerse un dios y perderse cegada de omnipotencia...
Y en medio de todo eso, se llega a un poblado y se pregunta: “¿Nakanga def?" O al menos eso es lo que se debe preguntar en el país al que yo llegué, si quería ser comprendida, y le responden a una: "¡Mangui fi rek!" Que quiere decir: -"¿Está la paz contigo? ¡Sí, simplemente conmigo aquí, está paz!". Y uno sigue preguntando: "¿ Y en su casa, y en su familia, y en sus mujeres, y en sus padres, y en sus hijos, y en sus muertos, y en sus animales, y en su comida... está en todo la paz?" Porque en África todo vive, todo está animado, todo tiene alma; así que hay que preguntar por todo. Y la respuesta no varía, todo y cada uno de los objetos, todas y cada una de las cosas y de las personas tienen la paz; la viven, les acompaña, la respiran... Y una, perpleja, se esfuerza en comprender si esa paz que mora en ellos y se refleja en sus miradas es lo mismo a lo que nosotros llamamos paz o se trata de algo diferente.
Sus ojos cantan serenidad, alegría y confianza. Y lo hacen de un modo imperturbable… Más allá de las desgracias… Más allá de los sistemas filosóficos y sociales… Más allá de las creencias y de las dudas… Más allá de las miserias… Más allá -inclusive- de los dioses. A veces unA confunde esa serenidad y paz que respiran con una resignación enfermiza, con un abandonarse, con una acérrima creencia en la fatalidad y el destino según la voluntad de los dioses y una pasividad e indiferencia mórbidas; y en sus ojos, en lugar de ver reflejada la paz, una ve una interrogación constante que lo persigue con un ¿por qué? Tortuoso día y noche; con un "por qué" sin respuesta que se le clava a una en el alma.
Pero esa transformación de lo que se ve en sus miradas (cuando se mal interpretan la paz y la serenidad como indiferencia y resignación), no es nada más que la culpa que se siente y de la que una quiere alejarse; y cuando se cae en la cuenta de que la pregunta sólo la plantea la propia consciencia de una y no los ojos de ellos, entonces se vuelve a encontrar la paz en sus miradas; paz que nunca se alejó de sus ojos. Es entonces cuando se descubre en esos ojos, a la paz, a la serenidad, y a la alegría, todo el dolor y la tristeza del alma de esos pueblos junto al hambre, la miseria, el horror y el sufrimiento de sus cuerpos.
¡Y cómo no va a encontrarse una con esos sentimientos entre tanta desgracia! Pero ese encuentro de sentimientos no anula lo que se refleja en sus ojos ni son antagónicos con ese reflejo... Porque se puede estar mordido por el hambre y por la enfermedad, atravesado por la pobreza y por la muerte, extenuado por el dolor... y, no obstante, se puede simultáneamente vivir en paz, estar sereno y sentir la alegría de cada amanecer. Y eso constituye todo un aprendizaje que esas personas me ayudaron a realizar. Otra vez la paradoja humana.
Nosotros los occidentales hemos confundido tanto el tener y el hacer con el ser que difícilmente podemos entender la simultaneidad de esos estados y sentimientos ni descifrar el sentido de esa paradoja... En su lugar, nosotros caeríamos en la desesperación, en la depresión, en la melancolía, en el suicidio, en el crimen y ¡En qué sabe Dios cuántas cosas más! Una, civilizada occidental, que necesita tantas y tantas cosas para considerarse feliz y que la paz le habita, se pregunta perpleja por la causa que mantiene a esas gentes en la alegría; lo que hace que sus ojos no se apaguen y devuelvan siempre miradas chispeantes de aliento y serenidad... Y. al principio no se entiende nada. Y no se entiende porque se va de salvador y de sabio; de abanderado y procurador de la civilización y del progreso; de transmisor de las claves del bienestar; de precursor de la cultura y de no sé cuántas estupideces más. Pero poco a poco una va despojándose de todos los bagajes en los que está atrapada, y va descubriéndose y descubriendo esa desconocida causa que no puede ser otra que lo esencial...
Sin embargo, como una no termina de pulirse nunca, cuando salí de allí lo hice con una gran furia y resentimiento hacia todos los europeos que se quedaban - monjas, curas, misioneros seglares, cooperantes técnicos, expertos, etcétera-, ahora, y no es que mi proceso de pulimentación esté ya acabado; comprendo que la "cosa" nada tiene que ver con el quedarse o marcharse; y esto no es antagónico con el hecho de que, por otro lado, también pienso que lo mejor es que se fueran de verdad todas las potencias. No, no tiene nada que ver porque esa búsqueda de lo esencial no requiere el que uno vaya de un lado para otro por la geografía del planeta. El movimiento que se requiere es realizable por otras geografías que uno lleva dentro. Así que una puede quedarse o marcharse del lugar externo en el que habita sin que ello importe lo más mínimo si es que se ha movilizado por dentro lo suficiente para encontrar y asumir que el territorio que buscamos lo llevamos dentro.
Entonces yo me fui. Ahora no necesito moverme de donde estoy, porque aquí, en este ser y estar de terapeuta, de buscador de la peculiar verdad que habita en cada uno de los corazones de los hombres y en el mío propio, y que para nada es una "Verdad" única e incuestionable, es dónde puedo librarme y ayudar a que se libren -quienes a mí acuden en busca de ayuda-, de todas las mentiras y de todas las tinieblas que nos habitan tanto a mí como a todos. Aquí, en este espacio es dónde espera paciente ser encontrada esa verdad, para poder despojarnos de todas las máscaras y disfraces que nos oprimen y disfrazan, sumiéndonos en el sufrimiento y en la oscuridad.
Y después de todo, ¿qué aprendí entonces y sigo aprendiendo hasta hoy, de mi paso por África? Aprendí, fundamentalmente, que lo esencial ni se posee ni es el privilegio y la riqueza de unos cuantos; aprendí a descubrir la causa de esa paz y esa serenidad que irradiaban sus ojos más allá de la desdicha y la miseria; pero con todo, tal vez importe más todo lo que desaprendí y que me llevó al encuentro de mí misma y de mis semejantes. Al desprendimiento de todos los etnocentrismos, racismos y xenofobismos (aunque lamentablemente, siempre quedan algunos), al desprendimiento de todos esos "ismos" que nos endurecen el alma. y aprendí la hipocrtesía y las falacias de las "ayudas" que si de alguna ayuda son, lo son para hundir más y más a esos pueblos.
Y también pude aproximarme más a ese difícil concepto de la Igualdad sin por ello enmascararlo de barnices religiosos institucionales. Al hecho de que todos somos iguales y lo mismo, y al hecho de que los seres humanos no nos diferenciamos por el lugar geográfico en el que nacemos; ni por las culturas en cuyo seno nos desarrollamos; ni por el color de nuestra piel, ni por nuestras características físicas, ni por las informaciones que logramos almacenar, ni por los status socioeconómicos a los que logramos llegar. No, por más que pueda resultar paradójico también este reconocimiento, nada de eso nos hace diferentes. La diferencia aparente no es más que otro de los engaños en los que navegamos, puesto que una es la esencia y todos participamos de ella. Los seres humanos tan sólo nos "diferenciamos" unos de otros en la magnitud en que cada uno de nosotros nos "creemos" diferentes; en la magnitud en que permanecemos alejados de nuestra esencia contaminando nuestra percepción. En la magnitud que traicionamos la justicia y la libertad y nos presentamos cómo solidarios cuando en realidad vamos de amos dominantes. Ese es nuestro autoengaño. Una vez más "no es lo que entra por la boca del hombre lo que contamina al hombre, sino lo que de ella sale" - como pone uno de los evangelistas en boca de aquel Jesús al que llamaron Cristo -, de manera que, en la medida en que uno mismo se ciega ante el hecho de que lo esencial es único y común a toda la humanidad, en esa misma medida, uno se queda atrapado en la engañosa existencia de "lo que nos diferencia". De ahí a las xenofobias, racismos, etc. sólo hay una línea de separación escrita en el aire. (Extracto de mi libro "¿Dónde están las manos de mi alma?" que si bien no se ha publicado, ni probablemente se publique nunca, lo he ido dejando a "trozos" en esta bitácora).
Carmen Moreno Martín alias Hannah.
Con el saludo de Manolo, secretario en funciones de este Blog de Hannah.
Quisiera hoy esbozar, someramente, algunas reflexiones en torno al amor y al arte de amar.
Amar: es integrarse y girar en el movimiento creador y eterno del amor.
Amar no es “querer”. Y cuando utilizamos “amar” como sinónimo de “querer”, dando a entender que amamos, lo hacemos equivocadamente. Cuando sólo “queremos” a alguien no lo estamos amando. Lo estamos utilizando.
Querer tiene componentes de utilización, de posesión, de deseo y de interdependencias que son ajenos al hecho verdadero de amar.
Cuando “queremos” a alguien, solemos hacerlo con exclusividades, surgiendo el apego y la más o menos velada apetencia –encubierta con chantajes afectivos- de que aquél o aquellos seres a los que queremos, cubran todas nuestras expectativas y colmen todas nuestras necesidades. De nada de eso participa el genuino amar. Todo ello le es extraño.
El querer siempre encubre intereses más o menos conscientes, más o menos ocultos. Siempre hay un “te quiero si me quieres, si me halagas, si me defiendes, si me proteges, si adivinas y me das todo lo que deseo, si estás a mi lado para siempre, si eres exclusivamente para mí, si eres como yo deseo que seas y haces lo que yo espero y deseo que hagas”.
El querer está, pues, condicionado a un gran número de cosas y es interesado. Mientras que el amar es absolutamente incondicional, abnegado, generoso, espléndido, tolerante, transformador, enriquecedor, desinteresado, altruista y desprovisto de apegos y de exclusividades.
Amor: el amor no se explica. Se vive. Se siente. Se da. Se recibe.
El amor no es un afecto ni un sentimiento como el cariño, la pasión, la rabia, la cólera, la ira, la tristeza, la alegría… etc. Y tampoco es una pulsión como el deseo, aunque muchas veces confundimos el amor con todas esas cosas, sino la realidad única y total del Ser y, por tanto, aquello de lo que se nutre la vida.
El miedo y el odio nos cierran al amor.
El odio no es lo contrario u opuesto al amor, sino la creencia de que su ausencia existe; pero la ausencia de amor es imposible ya que nadie podría seguir vivo si no tuviera dentro de sí amor. La ausencia absoluta de amor es incompatible con la vida. Es más, podríamos considerar que el amor es, por sí mismo, lo que sostiene la vida, y por ende, incompatible con su ausencia: si el amor está ausente, es que estamos muertos. La falsa creencia en la posibilidad de que el amor puede no existir o estar ausente, al igual que el miedo y el odio, se asientan en la mente destruyéndonos. No en vano, todas las religiones y filosofías humanistas de oriente y occidente convergen y coinciden en lo mismo: que Dios es amor. Sea lo que sea eso a lo que se llame Dios.
El amor verdadero y genuino es expansivo, inclusivo (o no excluyente), activo, tolerante, no beligerante, creador, paciente, transformador, receptivo, fertilizante, desinteresado, desapegado y lúcido.
En cierto sentido puede también afirmarse que el amor es lo que posibilita la superación de la dualidad, y primordialmente, en todo lo que concierne a los polos opuestos “masculino y femenino”. Y esto es así, porque al amar se potencia y desarrolla lo masculino que hay en cada uno de los seres humanos, mientras que al ser amado, se potencia y desarrolla también, de igual manera, nuestra receptividad y fertilidad, equivalente a lo femenino que también anida en todos y cada uno de nosotros. Y ello independientemente de que seamos hombres o mujeres. O, mejor dicho: tanto si somos mujeres cómo varones. En consecuencia, el amor equilibra los dos conceptos (masculino y femenino), y conduce a la superación de lo opuestos, logrando que la Unidad se haga realidad en cada uno de nosotros.
Y al hilo de lo que el genuino amor es, y de lo que el auténtico amar significa, ¿cómo se entroncan todo ello en una terapia? ¿Qué tiene que ver el amar y el amor con el difícil arte y oficio de ser terapeuta? Decir en primer lugar que un proceso terapéutico, tanto si discurre en el marco de la terapia individual, como si lo hace en el de la grupal, debe tener al amor incondicional como guía –el amor siempre es incondicional-, como su mejor aliado; y debe procurar que las relaciones y vínculos que se establecen entre terapeuta y paciente se impregnen de sus dones. Porque todo proceso terapéutico no puede ser otra cosa que un aprendizaje en el auténtico arte de amar.
(Extracto de mi libro “Las máscaras del yo o de robot a persona”, publicado en dos ediciones y agotadas las dos).
... y un saludo de Enrique, secretario en funciones de este blog de Hannah, a quien operan por fin el 26 de Mayo, martes próximo, a quien deseo lo mejor para que pueda pronto ocuparse de nuevo de su Blog.
Nota: En nombre de Carmen Moreno Martín, alias Hannah, creadora de esta Bitácora y autora de la gran mayoría de lo publicado en ella, les comunico que por el grave estado de salud que padece, el Blog no se actualizará -si todo va bien como esperamos- hasta dentro de unos meses, tal vez seis o más. AUNQUE ALGUNA VEZ COMO HOY, IREMOS SUBIENDO A PORTADA ALGUNA REEDICIÓN DE LAS MÁS VISITADAS. POR CIERTO, CARMEN ME PIDE QUE AL MENOS DEJE TRES ENTRADAS EN PORTADA, Y COMO SOY MUY OBEDIENTE ASÍ LO HARÉ.
Para los lectores que lo visitan, recordarles que disponen de más de 2000 artículos, poemas, decálogos, fragmentos de libros, ensayos, etc. en los apartados de la sección de "TEMAS" en el menú de la DERECHA DE ESTA PÁGINA, a su disposición. Hannah les manda un caluroso y tierno abrazo, además de su agradecimiento por el tiempo que la han seguido y la siguen, y también por su apoyo y cariño. Así pues, hasta que ella pueda de nuevo.
Si algún amigo tiene especial interés en conversar en directo un ratito con ella y quiere ponerse en contacto telefónico con Hannah, puede mandar un e-mail solicitando su teléfono y quienes le ayudamos y leemos los e-mail, se lo haremos saber. El e-mail de Hannah es: cmormartin@telefonica.net
Un saludo mío para todos ustedes. Nieves. Y ahora, para todos ustedes, LA RPIMERA: "SOBRE LA AMISTAD" (Reedición de Diciembre 2005) Me pregunto con frecuencia si al hablar del amor y de la amistad no se estará hablando de lo mismo; y sí en la amistad no se ama de una manera más cercana a lo que realmente es amar, esto es, amar incondicionalmente: sin intereses, sin exigencias, sin egoísmo, que en el amor que se da en la relación de pareja.
Parece que cuando nos aproximamos a un amigo lo hacemos con menos máscaras y prevenciones que cuando nos acercamos al “enamorado o enamorada" y que tanto lo que le pedimos cómo lo que le ofrecemos a un amigo, está más limpio y desinteresado que lo que demandamos a nuestra pareja. (Aunque tampoco llegamos a mostrarnos del todo, ante el amigo, tal y cómo somos)… Pareciera que las máscaras están pegadas a nuestra piel con un pegamento atávico y desconocido cuyas adherencias resultan costosas de disolver.
¿Quién, incluso en nuestros días, no cuenta aún con amigos entrañables que conserva desde la infancia? ¿Quién no se ve en los ojos de un viejo amigo a sí mismo, sin buscar otra cosa que lo que él es cómo enuncia el proverbio ingles? Por el contrario, ¿cuántas parejas de nuestros días envejecen juntos permaneciendo en el verdadero amor? Alguien dijo que la amistad hace iguales; y lo cierto es que los amigos se esfuerzan en buscar lo que les asemeja, no lo que les diferencia. ¿Y no es amar también el buscar las semejanzas y no las diferencias? ¿Buscar lo que une en lugar de buscar lo que separa? ¿Buscar la disculpa y el perdón, en lugar de la falta y la condena?
¿Y no es todo esto lo que hace que una amistad se convierta en una roca sólida y estable? A mí en ocasiones se me antoja que en la amistad, la verdadera, estas cosas se logran de un modo más sencillo y auténtico que en la pareja, aun cuando el acto de amar, en sí mismo y por sí mismo, debiera ser el mismo acto, se ame a quien se ame. Tal vez el sexo lo complique todo y ese amor desgenitalizado que se vive entre amigos, facilite el conocimiento mutuo, y el poder amar y perdonase, el uno al otro, mutuamente, si llega el caso.
Tal vez lo que alguno de mis amigos dice, que la amistad es la octava superior del amor, sea cierto y la pareja sólo responda a la necesidad instintiva de la consecución de un intercambio genético que permita la evolución de la especie persiguiendo así fines reproductivos, instintiva e inconscientemente interesados, que poco tienen que ver con el amor; aunque mirándolo bien, si esos fines persiguen la continuidad de la vida y la vida es amor, tampoco pueden estar muy alejados de ellos. Más bien lo contrario; puesto que hace falta un verdadero acto de amor para aceptar la paternidad y la maternidad - al menos, en nuestra especie -, y dar la vida de manera consciente y responsable a un nuevo ser. Otra cosa es quien "trae hijos al mundo" como si se tratara de posesiones. Pero darle la vida a un nuevo ser y asumir su crianza, sus cuidados, su crecimiento, su educación, su libertad, asumir que no es "una propiedad" sino una vida autónoma e independiente cuyo destino es la autosuficiencia y el "despegarse" de nosotros; sí, asumir todo eso es absolutamente una expresión real y verdadera de amor.
Pero volvamos a la amistad. Indudablemente si no nos abrimos a la entrega y al amor no habrá forma de poder ser uno mismo amigo de alguien, y tampoco habrá forma de que alguien sea amigo nuestro. Yo siento que el amor es uno y único, como también lo es el amar; y pensar que es más fácil amar al amigo que a nuestra pareja no es más que una de las trampas que nosotros mismos construimos y en las que caemos sin cesar. En definitiva la amistad pide de nosotros el ejercicio limpio, honesto y constante de ese difícil arte, "El arte de amar” sobre del que tanto y tan bien escribió, el psicoanalista Erich Fromm.
Carmen Moreno Martín Alias Hannah.
(Imagen de: http://img290.echo.cx/img290/9678/18lv5iy.jpg)
Soy médico, psIcóloga, psicoterapeuta, o, simplemente, terapeuta. Personalmente, prefiero este último término y tal vez otro día les llegue a decir por qué. En mi profesión se habla, se debate y se escriben ríos de tinta a cerca de “la cura” (referido a la curación de los pacientes), tanto es así, que de tanto hablar de la cura se llega a creer que verdaderamente uno cura algo, tanto, que casi se ve a uno mismo investido de un mágico poder que logra curar a los demás de cuantas dolencias les aquejen.
Cuando me pregunto por "ese poder" y por la investidura que me cubre, sí, cuando me pregunto, por ese supuesto mágico poder que cura al otro, descubro que no soy yo la que cura, sino que es el otro quien se cura a sí mismo. Entonces, me sigo preguntando por lo que se cura: ¿qué es lo que estaba enfermo? ¿Qué es lo que se ha curado? ¿Qué tuvo que ver una en ese proceso? ¿Pudo haberse curado esa persona a sí misma sin la intervención de una? ¿Cómo influye la intervención del terapeuta en ese milagroso proceso de la cura? Cómo les decía antes, pueden llenarse bibliotecas con todos los libros que se han escrito y editado tratando de dar respuesta a estas preguntas, y, digo tratando porque aún no ha caído ninguno en mis manos, ni he leído ninguno, que realmente las responda...
Puede parecer presuntuoso por mi parte tal afirmación, pero créanme que he tenido en las manos bastantes libros, y he leído al respecto lo suficiente, cómo para poder afirmar algo así. Les diré más, ni siquiera yo, después de muchos años de práctica y de estudio, tengo la certeza de estar en posesión de tales respuestas..., pero se me ocurre que, quizá, únicamente exista una respuesta a todas esas preguntas, y que esa respuesta sea tan obvia y sencilla como la que dio Cristo: "...tu fe te ha salvado" o esta otra también dada por él: “porque ha amado mucho sus pecados le han sido perdonados” ¿Y de qué manera puede entenderse el pecado si no cómo todo aquello que nos convierte en mentira?
Y ustedes me dirán, ¿Cómo puede decir que es agnóstica y hablar tanto de Cristo? Pues verán, existiera o no, fuera real o mito, parece que decía –o ponían en su boca- cosas muy interesantes, cosas que me agrada leer -me refiero a los evangelios- y más allá de que se crea o no en su divinidad, les aseguro que si pusiéramos en práctica su mensaje, otro gallo nos cantaría a todos. Para mí fue cómo el primer ácrata o algo sí…
Pero volviendo al tema de la cura; de lo que estaba enfermo y se cura; y de "quién es quien cura qué" se me ocurre que, tal vez, sea justamente el descubrir la verdad de lo que somos, deshaciéndonos de toda la oscuridad de las mentiras en las que nos vamos convirtiendo, lo que realmente cura; y ahí si tiene que ver el terapeuta, que si lo es, es una buscador de la verdad. Primero de la verdad en si mismo, y luego, de la verdad escondida en el otro. Tal vez sea a través de esa búsqueda de la verdad que todo terapeuta sincero emprende, que se llega a consolidar, en el alma del sufriente, esa fe en sí mismo que creía perdida y que, reencontrada, protagonice todo el proceso de manifestación de la verdad esencial conduciéndolo a la Cura Real, o -lo que es lo mismo - al conocimiento de la verdad que se esconde en su ser. Y quizá ese conocimiento de sí mismo, al que el doliente accede, sea la roca en que se sostiene su curación, y toda curación. Sin embargo, sigo preguntándome: ¿podría darse esa curación si todo ese proceso de búsqueda de la verdad estuviera desprovisto de amor? ¿Puede lo muerto encontrar o buscar algo? Y digo “muerto” porque sin amor no hay vida. Pienso que sólo a través del amor es posible que la verdad pueda hallarse y manifestarse.
En consecuencia, pienso que toda demanda de cura lleva implícita una demanda de amor, y que algo tendrá que ver en el proceso de la cura, esa demanda de amor que el doliente dirige -lo sepa o no- al terapeuta, y ese amor incondicional con el que el terapeuta debe mirarle y acogerle mientras dure esa andadura.
Más allá del "etiquetado y sintomatología" de lo que damos en llamar "enfermedad" se me ocurre que, lo verdaderamente enfermo -más allá de que sea la mente, una pierna o el hígado- fuera el disfraz con el que nos arropamos cuando el frío de los barnices socioculturales y de los tabúes, endurece nuestras entrañas y nuestros corazones, petrificándonos y confundiendo ese disfraz con lo esencial del ser; confundiendo, así mismo, la muerte con la vida y el odio con el amor. Cómo si lo que en nosotros se pusiera enfermo -a parte de la etiqueta que le demos a la enfermedad- fuera la mentira en la que nos vamos escondiendo para sobrevivir, y para ocultarnos hasta que punto estamos "muertos".
Sí, tal vez entonces, lo que nos parece "cura" no sea otra cosa que el desprendernos del disfraz; desprendimiento que difícilmente acontezca sin amor y sin fe. Porque hará falta mucho amor y mucha fe para soportar el dolor de renacer a la verdad que siempre fuimos. Entonces, la cura sería eso que convierte la mentira en verdad y nos abre a la verdadera vida, a esa a la que, confundidos, veíamos en nuestra mentira como muerte. Trataré de explicarme: vamos convirtiéndonos en personas a través de la mirada del otro. Si esa mirada busca y ve la verdad en nosotros, es decir nos ve con amor, nosotros mismos creceremos y nos desarrollaremos en la verdad de nuestro ser, conjuntamente con el crecimiento del otro. La fe sería así en nosotros, un acto del ser, no del tener.
Pero sí los ojos que nos ven, sólo nos miran desde sus propios disfraces y mentiras, la fe se convierte en temor, el amor se tiene por ausente y la verdad queda velada; escondida. Entonces crecemos en el frío del miedo y pensamos que únicamente los disfraces pueden darnos calor. Si un terapeuta, cuando mira a ese otro que demanda su ayuda, únicamente ve en él los síntomas, y lo mira cómo a "su paciente" en lugar de verlo, cómo una verdad escondida y oculta en esa mentira con la que se disfraza; en lugar de verlo, y escucharlo, cómo una verdad que reclama ser descubierta, desde la fe en la verdad, en el amor y en la vida; en lugar de sentirlo, cómo esa verdad que pugna por emerger, desde todo aquello que nos hace iguales y semejantes en el camino... Si la escucha y la mirada del terapeuta no parte de ahí, ¿Qué cura podrá alcanzarse? Si únicamente se aborda lo enfermo desde lo parcial de la enfermedad, lo único que puede obtenerse es que lo enfermo crezca.
Es indudable que la medicina o, mejor dicho, la tecnología biomédica quirúrgica hoy hace milagros y cura. Pero ¿cuál es la causa de que dos intervenciones de lo mismo realizada a pongamos diez pacientes distintos no arrojen iguales resultados? De modo que esto de “la cura” sigue siendo complejo, y sin amor incondicional del facultativo, sin una visión global, personalizada, digna, individualizada del facultativo a su paciente, la cura sigue siendo algo muy embrollado.
Así que todo esto de que es el terapeuta el que cura, y esto de que lo que se cura es "la enfermedad" es bastante complejo y más que una realidad objetiva y tangible, parece una más de nuestras fantasías; fantasía que se sostiene por el efecto que el convertir las creencias en certezas tiene en nosotros. Fantasía similar a la que nos hace denominar pacientes a las personas que acuden a nuestras consultas en busca de "remedio" a sus males. Fantasía que convierte en certeza la creencia de que nosotros - los terapeutas - tenemos un saber que ellos - los pacientes - no tienen; y que a través de nuestra actuación, es decir, poniendo en marcha ese saber, "los curamos", "los arreglamos", "les devolvemos la salud"; sin que por su parte, los pacientes, tengan que hacer nada; tan sólo "adorar" nuestros mágicos dones y privilegios; cuando lo cierto es, que el verdadero saber reside en lo más hondo de cada uno de ellos.
Esta creencia de que el que sabe, el que cura y el experto en curas es el médico o el terapeuta, tornada como certeza incuestionable, como certeza dogmática e incuestionable, porque él es el que sabe y puede, sostiene el modelo médico desde los albores de la humanidad hasta hoy, definiendo los dos lugares como un artículo de fe; como un dogma en el que hay que creer para curarse: el lugar incuestionable y omnipotente del médico, del psicoterapeuta y de todos los que creen que tienen la curación de los demás en el bolsillo, en su “sabiduría” o en sus manos -más allá de los conocimientos reales que su profesión le otorguen- y que es un lugar omnipotente y dominante de ese lugar que el doliente e impotente "paciente" ocupa, es el lugar del doble poder: del poder cómo capacidad en cuanto a esos conocimientos que posee y que puede aplicar, y del poder cómo "dominación" del proceso de cura.-y el lugar de ese pobre y enfermo ser que, al parecer, nada sabe ni entiende de sí mismo y todo lo espera del otro, desde ese sitio pasivo, silencioso e impotente del "paciente" que se convierte así en "un lugar negado".
Para penetrar esta "Fantasía de médicos, pacientes y curaciones" y comenzar a entender, de dónde vienen tantas creencias convertidas en certezas, y poder ir desarmándolas, hacen falta algunos ingredientes, muchos de los cuales no pueden adquirirse ni en las aulas ni en los libros; ingredientes que van incorporándose a ese quehacer alquímico de lo terapéutico a medida que uno se va despojando de omnipotencia y va clarificando esos míticos lugares hasta ver que sólo existe un espacio. Ingredientes que tienen que ver con la apertura de nuestra existencia y de nuestro día a día al crecimiento de la humildad y la humanidad en nosotros. Ingredientes que tienen que ver, también, con el grado en que nos abrimos al permiso que nos damos, para que nuestro ser se manifieste libre de máscaras, y obre en nuestras vidas.
En cuanto a lo de pacientes, yo diría que "pacientes" deben mostrarse ambos, tanto el terapeuta como quien a él acude creyéndose enfermo. La paciencia - después del amor y de la fe - es uno de los instrumentos más útiles e importantes en el proceso terapéutico; y no tanto la paciencia recíproca del uno hacia el otro y viceversa que tan necesaria es, sino la paciencia que uno debe ejercer consigo mismo, tanto el terapeuta como quien a él acude: ese al que damos en llamar “paciente” Ambos deberán recorrer juntos trechos oscuros y escabrosos durante los cuales la tentación de retroceder será más fuerte y seductora que la confianza y la fe en el proseguir. La paciencia agrandará la confianza y la fe, logrando afianzarse en el camino y, con el avance, convertir las tinieblas en luz. La impaciencia acrecentará la inquietud y la ansiedad llevando al retroceso y a la permanencia en la oscuridad.
Sí, reconozco que cuánto más crece mi experiencia como terapeuta más me afirmo en el convencimiento de que hablar de "Curación", de "enfermedad" y de "pacientes" es algo que pertenece más al ámbito de la fantasía que de la realidad.
(Extracto de mi libro, sin publicar "¿Dónde están las manos de mi alma?" terminado en 1996. Reposición de la publicación hecha en el blog en 2005)
Carmen Moreno Martín Alias Hannah
Imagen: Viñeta de Quino tomada de fuente: http://usuarios.lycos.es/montes_3/dere04.bmp
He podido comprobar una y otra vez que el cumplimiento y la realización de nuestros más importantes deseos, aquellos a los que conferimos mayor relevancia y significación, no empiezan si no es en la fe. No dan su primer paso adelante, si no es en la fe; y no llegan a la cumbre de su realización, si no es en la fe.
Aunque soy agnóstica, me gusta leer los llamados libros de la revelación, como la Biblia en sus diferentes versiones, el Corán -este sólo lo puedo leer en versiones traducidas, ya que no leo árabe- y también, aunque no se consideren libros de esa índole, los vedas. Son libros muy interesantes que recogen mucha sabiduría humana, créanlo. De la Fe, decía, Cristo –según los evangelios canónicos- a quienes le miraban, perplejos y anonadados, por las obras que, al parecer, realizaba: “… Mayores cosas que yo haríais si tuvierais fe. Os aseguro que si tuvierais la fe de un granito de mostaza le diríais a esa montaña “quítate de ahí y ponte allí” y la montaña se apartaría y trasladaría de lugar. …” Seguro que, cuando decía “si tuvierais fe”, no estaba refiriéndose a ese tener como quien tiene un lápiz, o un coche, o una casa... No estaba aludiendo a un tener material y comprable, cómo quien tiene un coche o una bicicleta, y tampoco a un tener “inevitable” del tipo pasivo, como quien tiene veinte años o siete o los que tenga. No, nada de eso. Tampoco pienso que un hombre tan humano y de carne y hueso –si es que existió- cómo era él. Tampoco se refería a un tener ciego y divino, sobrenatural… No, nada de eso, pienso yo que aludía a un tipo de tener que no es tener, sino vivir y sentir. A una fe que se va construyendo de dentro hacia fuera en la medida que avanzamos en la búsqueda. A una fe que no es ciega ni se deposita en lo externo, ni en la adoración de imágenes e ídolos, ni, mucho menos, en la creencia de un ser omnipotente –un poco caprichoso, pendenciero y arbitrario-, al que se le pueden pedir todo tipo de cosas, pero que únicamente concederá las que le venga en gana, y a quien le venga en gana, que para eso es Dios…
Me da la impresión de que la fe, la mía, se trataba más bien de una fe distinta. De una fe forjada en lo interno y con el esfuerzo del quehacer continuado día a día, que se tiene porque se vive en ella y no se agota si nosotros no nos vendamos los ojos para no verla; no a una fe que se recibe como algo de fuera hacia dentro y cuya cantidad poseemos y se va gastando con nuestras vidas, sino una fe cuyo filón mora en nosotros y lo vamos construyendo y modelando activamente golpe a golpe, tal vez con las manos del alma más que con las otras, desde lo más interno y rico de nuestro ser. Una fe que se sustenta en el esforzado y lento obrar humano, cuando éste se dedica al crecimiento del ser humano y de la humanidad.
Sí, ese tipo de fe que no consiste en pedir las cosas, sino en construirlas y concederlas paraque con cada dádiva se acrisole el poder de la entrega humana. Esa fe que no cierra los ojos ante el esfuerzo del trabajo y del compromiso propio, sino que se sumerge en ellos con una entrega verdadera y cuestiona instante a instante cada una de nuestras acciones. Esa fe que no cierra las preguntas con respuestas en las que hay que creer, sino que crea día a día nuevas preguntas a cada una de las respuestas que encuentra en un acto interno y creativo del ser, y que da fuerza para seguir luchando por el hallazgo continuado de nuevas respuestas.
Pasteur decía que su fuerza residía en su tenacidad. La mía, mi fuerza, reside en la tenaz construcción de la fe en mi vida y en la tenaz persecución y vivencia de la fe en todos mis actos, palabras, pensamientos y deseos.
Sí, fe en mí, en lo esencial de mí aunque a veces lo sienta lejano. Fe en mis semejantes, en todos ellos, aunque a veces los viva como muy desiguales y diferentes a mí. Esa percepción de diferencias forma parte de los autoengaños en los que navegamos a la deriva; pero si incluso en la deriva permanecemos en la fe de la construcción de la igualdad, los autoengaños se desvanecen y la igualdad de todos nosotros, esa igualdad que no es uniformidad y que nos convierte en semejantes triunfa e ilumina nuestra marcha en la fe hacia el encuentro con la libertad, la igualdad y la fraternidad.
La fe en nosotros, en nuestros semejantes y en nuestro conjunto obrar, nos permite acceder al conocimiento de que nuestra fuerza reside, justamente, en nuestra debilidad, en nuestra vulnerabilidad; mientras que nuestra verdadera debilidad reside en todas esas creencias nuestras acerca de lo fuertes, indestructibles e invulnerables que somos.
La fe de la que yo hablo, y en la que yo vivo, no tiene absolutamente nada que ver en creer o no creer en Dios o en sus subrogados; es el soporte al que me agarro cuando de pronto no puedo ver la diferencia que hay entre buscar y perderse. Esa diferencia es más o menos la misma que hay entre el labrar la tierra, sembrar el trigo, recoger la cosecha, moler el grano, amasar la harina, hornear el pan y comerlo; y acudir a una panadería, comprar un pan y comérselo. Porque la búsqueda, más allá de lo que cada uno busque, ya sea a Dios -los que en él creen-, o la realización de la humanidad, sólo da su fruto real si uno mismo es la tierra, el agua, el aire, el fuego del horno, el trigo, el molino, la harina y el pan. De eso, la fe viva que en mi vive, me da testimonio, me ayuda en el descubrimiento y en la asunción de mis engaños para desarmarlos y enderezar mi búsqueda.
Y a lo largo de esa búsqueda mi ser cree. Sí, mi ser cree en la suavidad de toda mano que le roce el alma; en la luz que tras cada noche nace; en la voluntad del reanudado y perenne esfuerzo humano; en los pasos que crean camino, y en todo aquello que resuena en mi alma y en todas las almas.
Sí, mi ser cree en todo aquello que nos impulsa a construir, día a día, la fraternidad humana y que crea en mi pecho el diseño de esa fe instante a instante. Sí, mi ser cree en ese horizonte que, en la muerte y en la vida, vislumbra sorprendido a lo largo de su existir, y que atrae las manos de mi alma y de mi carne desde más allá del confín del sufrimiento, desde más allá de todas las lágrimas y de todas las sombras, a este más acá de lo cotidiano, a éste vivir en la razón y en la fe con el corazón y con la mente. (De mi libro "¿Dónde están las manos de mi alma?" que no está publicado ni creo que4 se llegue a publicar nunca.)
La ilustración encierra todo un post en sí mismo, el autor la titula “Confianza” yo más bien creo que tiene que ver con ese arma de dos filos al que se conviene en llamar “autoestima” y digo de dos filos porque tanto cuando está inflada y nos hace creer que una imagen distorsionada y una estimación falsa de nosotros somos nosotros, siempre nos produce lo contrario: inseguridad, dependencia, egocentrismo, depresión o mil cosas más, porque lo acorde no es vernos como leones si somos gatos, ni vernos como ratones si somos gatos, lo acorde y armónico, lo ajustado y sano es vernos como gatos si lo somos y sacar el máximo de recursos operativos y gozosos de ello, pero hoy no es de la autoestima de lo que voy a tratar, sino de otra cosa: ahí va.
A raíz de la publicación del libro "Las Máscaras del yo... o de Robot a Persona", son muchos los lectores que se dirigieron a mí con el ruego de que les indicara algunas reglas de carácter práctico para empezar a caminar en la línea que el libro apuntaba.
Mi escepticismo en los manuales - cuando se trata de seres humanos- hace crecer mi resistencia a dar consejos, normas o sugerencias de esta índole; resistencia que se incrementa cuando pienso que deben ser normas estándar y servibles para todos -¿hay dos seres humanos iguales?- ya que se muy bien que únicamente la convicción interna y personal, el propio compromiso en la acción, la decisión firme y el esfuerzo continuado y constante pueden acercarnos al cumplimiento de nuestras metas, sean éstas las que sean.
Por otro lado, ya hay un proceso vivencial articulado en intensivos de fin de semana para quienes deseen transitar por ese camino de conocimiento de sí mismos y de crecimiento -bueno, lo había cuando yo trabajaba y se llamaba "R.R.R." que quería decir: "Recordar, Revivir y Reconciliar"-.y también está -idem: estaba en cuanto a mí- la posibilidad de la terapia individual y grupal en cualquiera de los enfoques actuales, que en ningún momento exime del trabajo propio, pero si marca las pautas para un trabajo determinado y "a medida".Además, hoy en día existen mil y una publicación de las llamadas de "autoayuda" con tropecientas mil normas, pautas, modos de hacer, indicaciones, etc. ¿Para qué entonces más pautas?Mi experiencia me muestra que las pautas sirven de poco sin un ejercicio disciplinado, y eso en cualquier orden de la vida.
Lao Tse decía: "Nadie se convierte en jinete por mucho que hable de caballos" y un viejo refrán alemán reza "Ningún maestro cae del cielo" mientras otro, no menos sabio, adagio español nos recuerda que "A dios rogando pero con el mazo dando" y "Ayúdate y te ayudaré"... y podría seguir así varias hojas.
Para empezar, un libro de autoayuda no ayudará nada a alguien cuyo estado precise de la ayuda de un profesional, y sí puede suceder que su estado se agrave por auto engañarse con las posibles soluciones de los libros de autoayuda.
Otro espejismo en el que solemos caer con los libros de autoayuda, es el de pensar que la ayuda va a materializarse de una manera mágica e instantánea tan solo leyendo el libro sin que nosotros tengamos que invertir ningún esfuerzo en "autoayudarnos", esto es, que creemos que el hecho de “autoayudarnos” consiste tan solo en leer mas o menos atentamente lo que el libro dice y ya está. Luego lo guardamos y esperamos que el o los efectos y las supuestas soluciones se nos van a "aparecer" delante de los ojos como el Hada Madrina a Cenicienta. Pero amigos, en esto no hay recetas o sí las hay, pero cada uno debe elaborarse la misma y son individualizadas, originales e intransferibles. Créanme – no si no quieren-: nadie, nadie, nadie se conoce mejor a sí mismo que uno mismo. Uno mismo es él depositario absoluto de su propio saber y de cómo le aprietan los zapatos y de en que zapatos camina más rápido y mejor. Nunca deleguen en nadie ese saber ni las riendas de su vida y su destino. Y no olviden que en la vida, si quieren una taza, deben aceptar sus dos partes: la cóncava y la convexa.
Leemos pues el libro en cuestión y decimos ¡Que interesante! ¡Que bueno! ¡Que razón tiene!... Pero todo esto, ¿como se logra, como se obtiene?
Y nos quedamos donde estábamos porque no se nos ocurre que la obtención y el logro es algo que depende no del libro, sí no de nuestro compromiso y nuestro esfuerzo; de nuestra voluntad y de nuestra constancia; y de la libertad que nos otorguemos para reconocernos en condiciones de ayudarnos o no, para reconocernos como necesitados de ayuda o no, para reconocernos en los caminos de la enfermedad o en los de la salud o en ambos. Yademás, para reconocer que en realidad no hay que "hacer" nada. Es tan simple como todo eso. Lo único que hay que comprender es que lo que hacemos y decimos es la consecuencia de lo que pensamos. Nuestro pensamiento es algo así como el sistema operativo de los programas que nos inducen a la acción; de modo que sí cambiamos el pensamiento cambiará lo demás. Y si todo esto no bastará, está también el hecho de que cuando alguien desea, quiere y decide ayudarse a sí mismo, no necesita libros específicos de autoayuda cualquier libro, cualquier situación, cualquier circunstancia que le arribe le servirá de ayuda. Autoayuda quiere decir que "yo me ayudo a mí mismo" por lo tanto, y para llegar a eso, quiere decir que yo me reconozco necesitado de una ayuda pero que además el tipo de ayuda que necesito constato que puedo brindármela yo mismo. De modo que: yo soy responsable de ayudarme a mi mismo en esto o aquello en lo que me descubro necesitado de una ayuda que yo mismo puedo darme. Y, créanlo, cuando se llega a ese punto, a ese estado, cualquier libro -hasta El Quijote- es de autoayuda; y contrariamente, cuando uno cree que alguien de fuera debe guiarle, moverle, decirle como hacerlo, "ayudarle" no valdrá ningún libro por muy de "autoayuda" que sea.
Por lo tanto, esta obra no pretende ser ni una guía ni un manual ni tan siquiera un libro de autoayuda, sino tan solo un espacio de encuentro con uno mismo y con temas que le son propios para que uno se reconozca como impulsor de sus propios motores y constructor de su propio destino. Ignoro si estos “Espacios de encuentro” ayudarán, o no, a alguien. Tampoco creo haber la panacea, o "la pólvora" con lo que a continuación se disponen a leer. Al fin y al cabo "nada nuevo hay bajo el Sol" -lo dice la Biblia, libro que les recomiendo leer despacio- y todo se halla a la vista de quien quiere y sabe ver. Desde los Vedas hasta Maestro
Eckhart, pasando por Lao Tse, Confucio, La Biblia entera, los presocráticos, Sócrates, Platón, etc. Etc., se ha dicho y escrito casi todo lo que se podía decir y escribir sobre el ser humano y sus conflictos; así que difícilmente pueda añadirse algo realmente "nuevo". Lo nuevo tal vez sea el modo que se emplea para decir una y otra vez la misma cosa; pero la "cosa en sí" es la de siempre y si me apuran hasta los novísimos conceptos de la física cuántica pueden hallarse en la filosofía asiática antigua... De manera que yo me considero más amanuense que escritora, y si algo "nuevo" creo -de crear- es más bien un modo actualizado y sencillo -con palabras de hoy y en zapatillas- de decir, y encontrarse, o reencontrarse,lo de siempre. Con palabras llanas y de nuestro momento actual, y, eso si, con la menor cantidad de "paja" posible; que para "paja" ya vale y sobra con las que mentalmente nos hacemos todos los días. Así que eso y no otra cosa hago, porque crear, lo que verdaderamente es crear y poner de manifiesto sobre el ser humano, eso ya lo hicieron los sabios y pensadores de la humanidad; como ya he señalado antes. Pero como hay quién cree que leer a esos verdaderos creadores es muy complicado, aquí estamos nosotros los "amanuenses"-que no escritores- para, a fuerza de repetir y repetir, recordárselo. Aunque yo les aconsejaría que fueran a las fuentes y bebieran de ellas. ¡Háganlo! Sí, háganlo aun cuando necesitenhacerlo más despacio, con más calma... Dejando y permitiendo que las palabras se afinquen en sus mentes, sin intermediarios -sean éstos del tipo que sean- que"les aclaren, les mastiquen, les digierany se lo den todo elaborado y hecho"; ¡Dejen a los intermediarios! ¡Ya son ustedes adultos! ¡Pueden acercarse y nutrirse solos! No se crean que no pueden, que no saben, que no entienden, que necesitan maestros y traductores... ¡No se lo crean! Ustedes pueden acercarse a esos textos, leerlos y extraer sus propias conclusiones. ¡No es cierto que sean tan difíciles d3e leer! Háganlo y verán. Reencontrarán esas palabras que duermen en sus corazones -que son las mismas- y resplandecerán desde dentro de ustedes, desde lo más profundo de su ser; será como si algo muy familiar, algo así como "una nana" prehistórica que estaba dormida dentro de sus corazones, despertara y les meciera. Como si "las manos de sus almas" les envolvieran y les mostrara sus verdaderos rostros haciéndoles recordad quienes son, de donde vienen y a donde van; y al recordar quienes son ustedes y la misión que les ha traído aquí, pudieran reconocer, no ya las huellas, sino el camino por excelencia por el que un día caminaron y se perdieron.
Este es el interés de "Estos espacios de encuentro" que hoy tienen en sus manos y se disponen a explorar y hasta quizá deseen seguir; El verdadero interés de este libro no es otro que el deseo de que ustedes se descubran a sí mismos con interés de llevarles a ese camino que habita en el corazón de cada ser humano aguardando ser descubierto por su propietario.
(Extracto del prólogo de mi libro terminado, sin publicar, y que con mucha probabilidad jamás se publique “Encuentros de Espacio con uno mismo”)
Carmen Moreno Martín Alias Hannah
Imagen: pertenece al Blog de “Trinit’ys eyes” en una entrada que se intitulaba “Manifiesto anti gurú”, y la fuente es: http://trinityeyes.wordpress.com/2008/08/04/manifiesto-anti-guru/
De buenas a primeras, ser auténticos sería algo tan simple como lo que Eurípides nos propone al indicarnos que el hombre feliz es el que vive la vida día a día y no pide más; el que recoge la bondad sencilla de la vida, lo cual sería una de las cosas más fáciles de entender y más difíciles de seguir.
Cuando por primera vez tomé contacto con esta propuesta apenas percibí su importancia; como tampoco lo hice cuando leí en el evangelio cristiano que “cada día tiene su propia inquietud”... Tanto lo uno como lo otro me sonó a algo tan obvio que ni siquiera valía la pena resaltar. Sólo más tarde, cuando me descubrí atrapada en preocupaciones y desentrañé que en el fondo de toda preocupación tan sólo yace temor, y que el temor lo producen la inseguridad y las máscaras, es decir, la inautenticidad en la que nos sumimos y vivimos, alcancé a ver la importancia de las dos propuestas; la inteligencia que poseían y la dificultad de su cumplimiento.
En el fondo no me lo creía. Aún hoy me descubro, a veces, con restos de escepticismo. ¿Por qué es siempre tan dificultoso todo aquello que nos parece tan sencillo? Y lo más exasperante es, que no sólo parece lo más sencillo y obvio, sino que, para colmo de sorpresas, lo es.
¿A qué se debe nuestra resistencia? A nuestra falta de autenticidad. Si lográramos mostrarnos como somos, sin la necesidad de ocultarnos tras máscaras y roles, careceríamos de miedos y de desconfianzas, de inseguridades, de complejos y de sentimientos de inferioridad. Pero una cosa es entender todo esto y otra es hacerlo realidad. Nuestro corazón dice: sí. Pero nuestra mente, se asusta y se queda atrapada en los moldes de los mil y un disfraces, y las mil y una imágenes que atesoramos y nos desdibujan, aún cuando nos hagan daño, a la manera de trajes y corsés que se han quedado pequeños y nos oprimen e incomodan, impidiéndonos respirar.
A la autenticidad no se llega a fuerza de repetirse uno “voy a ser auténtico”; es más, si uno intenta hacerlo así, le ocurre igual que lo que pasa con la espontaneidad: se obtiene lo contrario. Cuando uno se dice a sí mismo voy a ser auténtico emplea la autenticidad como uno más de los disfraces y se convierte en una caricatura de autenticidad. La autenticidad no se actúa, ni se hace, ni se tiene. La autenticidad se vive y se manifiesta cuando uno se va encontrando consigo mismo y se acepta y se ama tal cual es.
¿Han encontrado alguna vez a algún niño de dos a tres años que les diga –o que se diga a sí mismo- “ahora voy a mostrarme como realmente soy” o que esté preocupado por el futuro, por lo que será, hará, tendrá o comerá? Me responderán que “qué saben los niños de esas cosas” y yo me pregunto si por el contrario nosotros lo sabemos ya todo de todo. ¿Lo sabemos? ¿Lo saben ustedes? Yo debo confesar que cuanto más vivo menos sé. Menos certezas me quedan y más preguntas me hago.
Si ustedes se responden lo mismo ¿por qué, entonces, actuamos como si fuéramos omnisapientes y omnipotentes? Ahí está el “quid” de la autenticidad.
Un niño sabe muy pocas cosas, pero si algo sabe es el hecho de que no sabe casi nada, de que no tiene respuestas; sólo preguntas. Eso es precisamente lo que hay que recuperar: la capacidad de hacerse la pregunta por excelencia sin miedo a que la respuesta se abra paso desde nuestro interior hacia nuestra consciencia. La capacidad de sorpresa ante el continuo milagro de la vida. La capacidad de aceptar la existencia del milagro en nosotros; la capacidad de crearlo, de esperarlo, de vivirlo, de realizarlo y de manifestarlo. Sí, la capacidad de manifestar ese milagro que somos cada uno de nosotros mismos y abrirnos al mensaje que portamos en nuestros corazones y que espera ver la luz. Salir al encuentro de esa verdad hecha carne en nosotros es el mayor de los milagros que podemos realizar en nosotros y en cuantos nos rodean. Esto es la autenticidad.
Ninguno de nosotros encarna la falacia, la falsedad. No somos imágenes. Somos esencia, amor y verdad. Uno de los mandamientos judeo-cristianos nos ordena “no te harás falsas imágenes ni las adorarás...” Y el dogma se esfuerza por gravar a sangre y fuego en las mentes de sus seguidores un sentido desvirtuado que indica que no hay que adorar a “falsos dioses”Pues bien, mi “dogma” propugna que a lo que no hay que adorar es a las mil imágenes que nos construimos de nosotros mismos, y que nos exilan de nuestro ser y esencia; de nuestra única y verdadera identidad.
Cada vez que desesperamos de un ser humano o de nosotros mismos nos estamos haciendo falsas imágenes; estamos huyendo de la verdad, renegando de ella. “Adorando falsos dioses”.Esto es muy sutil, porque a veces la mentira tiene rostro de verdad y descubrir qué hay de verdad en la mentira y que hay de mentira en la verdad es como andar sobre el filo de un cuchillo cargados con un saco de definiciones que lo único que pretenden es alejarnos de ser lo que somos: Una palabra hecha carne que desea ser escuchada y una escucha hecha carne también, que desea ser puesta en palabras.
Con ocasión de la publicación de mi libro “Las máscaras del yo o de robot a persona”, la revista “Raíces” me preguntó algunas cosas que al responderlas me encontré frente al tema que nos ocupa: el de la autenticidad. Quiero ahora, aquí, transcribir algunas de ellas que pueden arrojar algo de luz a lo que trato de transmitir. En aquella ocasión me preguntaron:
”¿Cuál es la definición y el sentido de su identidad?” Mi respuesta fue: "Cuando yo pueda dar una respuesta absoluta a esta pregunta, probablemente no habitaré ya en este plano de la realidad. No puedo ofrecer definiciones de identidad. Tan sólo puedo ofrecer hipótesis, que voy desgranado en este exilio de la dualidad por el que transito y transitamos todos. Paradójicamente “La Definición” mora y se realiza en cada uno de nosotros (como una síntesis), en lo más hondo de nuestra individualidad… es como una palabra inserta en nuestro código genético cuya pronunciación y significado parece que hemos perdido y olvidado, y a cuyo reencuentro todo en nosotros tiende.
En cuanto al sentido, justamente es esa tendencia lo que le confiere entidad y realce. Sí, la entidad y el realce, la relevancia y la significación necesarios e imprescindibles para desterrar la gratuidad y la vacuidad que a veces nos asaltan y acongojan durante la búsqueda de la pronunciación de esa palabra y durante lo recóndito de su escucha.”
Hoy digo aquí, en este espacio, que el reencarnar esa “Palabra y esa escucha” que somos, es vivir en la autenticidad del ser. Y digo también que el luchar por la autenticidad –cuando decimos voy a ser auténtico, voy a luchar por serlo- es el engaño en el que caemos; desvaneciéndose, en esa caída sin fondo de la lucha, toda la plenitud del sentido; porque estamos, estoy, en el arduo y sorprendente camino de aprender que sólo ese continuo morir y vivir una y otra vez que constituye la vida tiene sentido.
Ese es el camino de la autenticidad; no el de la lucha, sino el de la muerte y el renacimiento. Ese es el camino del “Terapeuta” (y todos lo somos), el camino del buscador de la verdad en sí mismo y en los otros, en todos aquellos que se acercan a él ignorantes de que ellos mismos están llamados a ser sus propios “Terapeutas” en tanto que caminan como buscadores de la verdad escondida en sus propios corazones.
En cuanto a todas esas preguntas que uno se hace, todas esas interrogaciones que se plantea sobre la verdad, sobre la autenticidad y sobre el cómo alcanzarlo, no son más que trampas y tapaderas que nos ponemos a nosotros mismos, creyéndonos incapaces de reconocernos cómo única pregunta y respuesta viva; cómo palabra hecha carne, cómo escucha permanente, cómo acción desinhibida y eficiente. Y, en suma, cómo trinidad salvífica y dialéctica constante de nuestro despertar.
Las preguntas que uno se hace y en las que uno se pierde, lo único que logran es tapar la gran respuesta de esa pregunta única que todos somos y cada uno de nosotros es.
Otra cosa son las preguntas que la vida nos plantea y que nos agarran a contramano en el momento más inesperado, o tal vez, justo en el instante en el que se intentaba dirigir la escucha.
¿Cómo puede dirigirse una escucha?- cuando la escucha es la que nos dirige hacia la gran pregunta y su respuesta. . Sólo la escucha puede dirigirnos y orientarnos hacia esa respuesta que aguarda paciente y callada en lo secreto de los oscuros rincones de nuestro interior, anhelando ser reencontrada, descubierta, revelada y presta a brotar en la medida en que nos entregamos a nuestro propio silencio. Silencio que va edificando el lugar en el que la palabra hecha carne que cada uno de nosotros es, habla en nosotros y puede ser oída por esa escucha que también somos.
No, ni las mil preguntas que uno se hace, ni las mil respuestas que uno se ofrece tienen que ver con lo esencial. Eso es lo que constituye el ruido, lo que produce las interferencias en nuestra escucha, lo que el silencio acalla. Ese continuo preguntarse y responderse nada tiene que ver con lo esencial en nosotros; todo lo contrario, lo posterga, lo atenaza, lo agota y nos aleja de él.
Quizá acercarnos a lo esencial implique también recuperar, desde el fondo dormido de nuestro ser, desde ese lugar en el que aún se dibuja la sonrisa pura e inocente del niño que habita en nosotros y nos aguarda paciente, la capacidad de asombro y sorpresa por todas y cada una de las pequeñas cosas que nos rodean y viven en nuestra cotidianeidad; por el amanecer y el crepúsculo; sin olvidar nunca que lo auténtico no existiría sin nosotros.
(Extracto de mi libro: "Viaje al fondo de uno mismo: esa gran aventura de ser", aún sin publicar. Lo cierto es que tampoco he puesto ningún empeño en buscar quien lo publique, pero pueden hallar fragmentos de él desperdigados por el Blog.)
Cada ser humano cuando nace, es algo único, algo que no existía antes, cada persona puede ver, oír, tocar, gustar y pensar por sí misma, además cada una tiene sus propias potencialidades, sus capacidades y limitaciones. Estos atributos y cualidades potenciales en cada persona han de servirnos para un desarrollo armónico y positivo, pero la realidad de nuestras vivencias hace que a veces no utilicemos adecuadamente estas capacidades.
Quién quiere ser lo que no es, o estar dónde no debe, no acepta su realidad, no acepta ser él mismo. Cuando llegue a ser lo que no es, ya no será él, y cuando esté dónde no debe, tampoco será él, vivirá pues en una constante lucha sin estar nunca en su lugar.Un viejo maestro, contaba a sus discípulos: "Cada ser humano tiene un lugar para el en este mundo". A esto, uno de los discípulos, sorprendido, le preguntó:
-"Maestro, si cada uno tiene su lugar, ¿por qué entonces estamos todos tan apretados y empujándonos"? -El Maestro, sabio y benévolo le respondió: -"porque todos se empeñan en ocupar el lugar de Otro".
Así que sin darnos cuenta, nos empeñamos en repetir lo que nuestro padre o nuestra madre fueron, en ser ellos, o en ser lo contrario de lo que ellos fueron; una vez alguien me decía "yo quiero ser para mis hijos la madre que yo no tuve"...pero sus hijos no necesitan, seguramente, tener la madre que ella no tuvo, tan solo la necesitan a ella, que es su madre... Y las cosas nos las complicamos de tal manera que siempre de un modo u otro nos empeñamos en ser quien no somos y en ocupar lugares que no son los nuestros, y encima, queremos disfrutar con ello. ¿Alguien sabe cómo?Si es así, ¡le agradecería que me lo dijera!.Cuando una persona hace girar su vida sobre el futuro, vive el presente con ansiedad. Vive inmersa en la ansiedad por las cosas que prevé, la mayoría de las veces imaginarias, pues son muy pocos (si es que hay alguien) los que poseen el don de la clarividencia futura de sus vidas. Sin embargo, a veces, algunos creen en una clarividencia sobre la realidad que les muestra un futuro oscuro, oscuro, oscuro....Este tipo "oscuro" de clarividencia es fácil de acertar, tenemos que hacer muy poco para dejarnos arrastrar por la corriente del pesimismo y arrastrarnos hasta un profundo abismo en el que sólo vemos una luz muy tenue en una escarpada y alejada abertura de la roca.¿Esto es vida? nos habremos preguntado más de una vez, pues la respuesta es doble: si y no. Si, porque lo que anticipamos o cargamos, y cargamos a nuestras espaldas; lo vivimos con angustia en el presente, presente que es nuestra vida, y que nos amargamos sin disfrutarlo ni saborearlo.Y no, porque ese momento, o todavía no ha llegado, o forma parte de los lastres del pasado.
Yo puedo haber tenido muchos problemas, un montón de problemas; y puedo haber pasado por muchas adversidades y sin sabores, montones de adversidades y sin sabores; sí: montones y montones... pero todos, absolutamente todos, pertenecen al pasado.Son cosas que han sucedido y que en mayor o menor medida, pueden estar o están hipotecando mi vida.Mi pasado forma parte de mí, en él he acumulado conocimientos, vivencias, ilusiones, frustraciones, deseos, etc. etc., es mi propia experiencia y no voy a pretender eliminarlo, pero su momento ya fue, ya pasó, ya lo he vivido, entonces ¿por qué empeñarme en revivirlo a cada instante? ¿Por qué?... ¿Para qué? ¿Por qué las experiencias vividas no me aportan el conocimiento suficiente para avanzar en mi crecimiento personal? ¿Por qué?... ¿Para qué?
Nuestra belleza consiste precisamente, en que cada momento, cada instante, mueren y nacen en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestra sangre,cientos de miles de células; todo cambia, todo se renueva, todo fluye... Así somos y así es la Naturaleza: cambio absoluto. En la naturaleza cada día es diferente a otro y nunca amanece del mismo modo, pero nosotros estamos empeñados en permanecer inmóviles, paralizados y aferrados, a los recuerdos del pasado o a las anticipaciones del futuro, cerrándonos a toda posibilidad de ser felices.Es que acaso no hemos aprendido que -parafraseando un pasaje de Eclesiastés- hay una oportunidad para cada cosa y un momento para cada actividad:
Un momento para ser agresivo y otro para ser pasivo. Un momento para trabajar y otro para jugar. Un momento para luchar y otro para descansar. Un momento para llorar y otro para reír. Un momento para estar juntos y otro para estar solos. Un momento para enfrentarse y otro para retirarse. Un momento para hablar y otro para guardar silencio. Un momento para el enojo, y otro para la reconciliación. Un momento para apremiar y otro para esperar. Y TODOS LOS MOMENTOS PARA EL AMOR...
Vivir anclado en el pasado es "meditar en exceso" lo felices que fueron los días de antaño, o aferrarse con nostalgia a "cómo solían ser las cosas", lamentarse de la mala suerte, sentir lástima de sí mismo y culpar a los demás de las desgracias de uno.Todas estas cavilaciones nos hacen malgastar y perder el presente.Voy guardando los problemas míos, y a veces los de los demás, los meto en un gran saco y me los echo al hombro, voy pues caminando con esa carga a cuestas, y a cada momento voy abriendo el saco y recreándome con cada uno de ellos como si fuesen verdaderos tesoros, y así un día y otro, hasta que me acostumbro a revivir en cada momento esos aspectos que seguramente no fueron placenteros:Un viejo cuento japonés relata que dos monjes caminaban juntos por un sendero. Al llegar a un río, una bella muchacha les pidió si podían ayudarla a atravesar el río, ya que se había lastimado un pie y no podía hacerlo sola. Uno de ellos, Li, tomó a la joven mujer en brazos, y atravesando el río la dejó suavemente en la orilla. Txan, no dijo nada, pero al caer la noche, no pudo contenerse más e interpeló a Li:
-"Se supone que somos monjes, y que si queremos conservar nuestra pureza, debemos mantenernos apartados de las jóvenes hermosas, ¿cómo pudiste llevar a esa linda joven entre tus brazos?... -Li, sonriendo, le respondió: -"Hermano, yo ya dejé a esa mujer en el camino, tú aun sigues llevándola.”
Lo cierto es que nosotros seguimos y seguimos llevándolo TODO:O nos instalamos fantasiosamente en el futuro, esperando el milagro de que, como en cualquier cuento de hadas, llegue el príncipe y "vivir por siempre felices", esperando este rescate mágico, en vez de buscar "sus" soluciones y dar respuesta a los interrogantes de su vida; o, en contraste con lo anterior, también se puede vivir bajo la constante amenaza de una catástrofe, por ejemplo: si el teléfono suena a las tres de la mañana, o recibimos un telegrama, ¿qué es lo primero que pasa por nuestra mente? ¿Pensamos en algo positivo, o bien anticipamos una desgracia?. ¿Qué pasará si pierdo el empleo? ¿Qué pasará si meto la pata?etc. etc. Y si nos ocurre algo agradable, hermoso... ¿Lo disfrutamos con todo nuestro ser,...o minimizamos su importancia diciéndonos que lo bueno no puede durar mucho?... Funcionando en cualquier caso desde el programa de nuestra negatividad y de la infelicidad.
Y así hacemos nosotros, y lo hacemos con el pasado, y con el futuro, cual magos agoreros de la oscuridad. O clarividentes eufóricos de una falsa luz.Aquí y ahora, en este mismo momento, en este instante ¿ Hay algo que me impida ser feliz ?, vamos a replantearnos la pregunta: ¿ Hay algo en MÍ que me impida ser feliz?, la respuesta bien meditada tiene que ser NO. Voy a aprender entonces a saber dejar el lastre en el lado del camino y continuar mi ruta sin ningún exceso de equipaje.Vivir aquí y ahora, vivir en el presente no quiere decir ignorar neciamente el pasado o dejar pasar la oportunidad de prepararse para el futuro, más bien conociendo el pasado se es más consciente del presente y se vive en él; esperando el futuro con optimismo.Ser o no ser feliz, depende única y exclusivamente de MI, yo tengo que decidir si quiero abrir una ventana a la luz o permanecer en la oscuridad del abismo. Si tomo la decisión de seguir adelante se que podré conseguirlo.
Otro proverbio chino, nos apunta: "Si tienes un problema que tiene solución, ¿para qué te preocupas?. Si tienes un problema que no tiene solución, ¿para qué te preocupas?”Tal vez prefiramos hacer de cada solución un problema que buscar a cada problema una solución... el caso es que nos rompemos las espaldas y el alma con los lastres del pasado y las anticipaciones del futuro, cuando podríamos vivir el aquí y ahora, utilizando adecuadamente todos los recursos que disponemos para ser felices.
(Extracto de mi libro “Encuentros con el Ser” No lo busque porque no está publicado salvo en esate Blog, ni probablemente lo estará nunca.)
La vida, ¡ay! A veces se me antoja que es cómo una cálida y suave manta que me envuelve, como unas manos y unos ojos acogedores, como una hermosa melodía pacificadora y una nube de colores en la que viajo, rodeada de amor… Mientras otras veces, la vida la siento como un arpón que se me clava en las entrañas y que cuanto más intento sacármelo, más se adentra y me destroza… Y esas dos sensaciones, muchas veces las experimento simultáneamente.
Vivir es fácil y difícil a la vez; es un continuo laberíntico de mieles y hieles por el que se avanza entre la desolación y la esperanza, entre la dolorosa sinrazón y la alegre calma, entre deseos y renuncias, entre rendiciones y fracasos y, también, alguna victoria…
Y una va avanzando, retrocediendo y volviendo a avanzar, entre rápidos de muerte y remansos de renacimiento. Buscando ¿qué? A veces sólo un trasunto de algo ignoto que se esconde agazapado en una lágrima, en un abrazo. Y una sigue cargada de creencias y certezas, de dudas y de espantos, de cielos abiertos y de entregas sin saber como vaciar tanto lastre, que inexplicablemente, se acumula; hasta que un día se abre la maleta y se vuelca todo sin empaques ni apegos, logrando quedarse, por fin, ligera de equipaje.
Y sigue la vida y seguimos los vivos en ella este asombroso viaje que se mueve entre el milagro y el tedio, con pasos vacilantes pero sin retorno: siempre adelante. Y, mientras camino y me cruzo con mis semejantes, todos peregrinos, me pregunto: ¿Dónde están las manos de mi alma?
(Extracto de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?” No lo busquen porque ni está publicado ni probablemente lo estará nunca salvo en este Blog.)
La vida, ¡ay! A veces se me antoja que es cómo una cálida y suave manta que me envuelve, como unas manos y unos ojos acogedores, como una hermosa melodía pacificadora y una nube de colores en la que viajo, rodeada de amor… Mientras otras veces, la vida la siento como un arpón que se me clava en las entrañas y que cuanto más intento sacármelo, más se adentra y me destroza… Y esas dos sensaciones, muchas veces las experimento simultáneamente. Vivir es fácil y difícil a la vez; es un continuo laberíntico de mieles y hieles por el que se avanza entre la desolación y la esperanza, entre la dolorosa sinrazón y la alegre calma, entre deseos y renuncias, entre rendiciones y fracasos y, también, alguna victoria…
Y una va avanzando, retrocediendo y volviendo a avanzar, entre rápidos de muerte y remansos de renacimiento. Buscando ¿qué? A veces sólo un trasunto de algo ignoto que se esconde agazapado en una lágrima, en un abrazo. Y una sigue cargada de creencias y certezas, de dudas y de espantos, de cielos abiertos y de entregas sin saber como vaciar tanto lastre, que inexplicablemente, se acumula; hasta que un día se abre la maleta y se vuelca todo sin empaques ni apegos, logrando quedarse, por fin, ligera de equipaje.
Y sigue la vida y seguimos los vivos en ella este asombroso viaje que se mueve entre el milagro y el tedio, con pasos vacilantes pero sin retorno: siempre adelante. Y, mientras camino y me cruzo con mis semejantes, todos peregrinos, me pregunto: ¿Dónde están las manos de mi alma? Esta pregunta me acompaña y me interpela una y otra vez a lo largo de todo el recorrido realizado hasta hoy. Puede que para algunos esta interrogación aluda a la metáfora, a la ficción... Pero ¿qué es realidad y qué es ficción?
¿Podría sin mis manos de carne tocar otras carnes? ¿Podría sin las manos del alma convertir el toque en caricias? ¿Podría sin mis manos de carne elevarlas al cielo contra la injusticia? ¿Podría sin las manos del alma reconocer los dolores ajenos y abrazar la vida y la libertad? ¿Podría sin mis dedos de piel bordear una boca? ¿Podría sin las manos del alma nombrar los deseos que yacen dormidos en mis sueños? ¿Qué sería la realidad tangible de mi carne y de mis huesos sin mis manos de sangre? ¿Qué sería la realidad inmensa de mi vida y de mis sueños sin mis manos del alma?
Mi cuerpo sabe dónde están sus manos y sabe de su obrar entre descanso y esfuerzo, entre avance y retroceso, entre golpe y caricia, entre risas y besos, entre penumbras y luces, entre lágrimas y gozo, entre horas ficticias y espacios fantásticos, entre muertes y negaciones, entre renacimientos y afirmaciones, entre fracasos y éxitos. Mis manos, las del cuerpo, saben perderse y volverse a la luz. ¿Pero que harían mis pobres manos de carne sin el soporte de mis manos del alma?
Las manos del alma saben sostener las de carne en la vida, en el amor y en la búsqueda, la propia día a día y la del otro. Pero ¿dónde están las manos de mi alma? ¿Dónde está y que es mi alma? A veces pienso que las manos de mi alma son las palabras que nacen de mí y que duermen rezagadas en mi corazón, y que mi alma no es otra cosa que el aliento que impulsa mi vida al amor.
(Fragmentos del prólogo de mi libro sin publicar ¿Dónde están las manos de mi alma? que pueden ustedes leer a trozos en los temas "Rendijas de mi ser", "Esbozos de mi ser y estar", "Consciencia revolucionaria" , especialmente en esos, aunque también en otros).
...y después de todo, tal vez mi alma sea como esa arena de la fotografia de Joseba Etxebarría, donde mis huellas sólo permanecen un instante y el viento, ese que nadie sabe ni de dónde viene ni adónde va, las borre de lo tangible y las deposite en el corazón de otras huellas que vamos dejando juntos en esta vida que nos trae y lleva a todos.
Carmen Moreno Martín alias Hannah
Imagen: fotografía de autor propiedad de Joseba Etxebarría, con permiso y con la advertencia de que si alguien quiere copiarla, le pida primero permiso al autor. Gracias Joseba, excelente fotógrafo y mejor ser humano. Su Blog, magnífico lo pueden visitar en http://josebaetxebarria.wordpress.com/ y la fuente de la fotografía en su Blog es: http://josebaetxebarria.files.wordpress.com/2008/10/_tl0439.jpg
La sociedad occidental se caracteriza por una competitividad y un consumismo a ultranza tan exacerbados que los valores materiales y tecnológicos amenazan con sustituir la ética por la robótica. En esta sociedad, casi deshumanizada, el «Ser Humano» se ve abocado a una enajenación de su verdadera esencia junto a un alejamiento, cada vez mayor, de la Naturaleza y de las leyes cósmicas que la rigen de modo que, en lugar de ser el señor de esas leyes, se convierte en su tirano y esclavo. Así las cosas, la persona se va encerrando en un aislamiento, soledad y pérdida de identidad progresivos, que condicionan el que el devenir de la humanidad se acerque más «al mundo automatizado de Huxley”, con sus diferentes clases de humanoides y clónicos preprogramados, que a un mundo caracterizado por la posibilidad de expansión y disfrute de todas las potencialidades de crecimiento y realización de los seres vivos. Sin embargo, la puerta a la esperanza, a la fe, al amor y a la luz, sigue ahí, abierta y aguardando que quienes vivimos prisioneros del artificio de la despersonalización y robotización de las máscaras, nos decidamos a desnudarnos de ellas y crucemos el umbral. Vivimos alineados y alienados en el sufrimiento, pero está en nuestra mano el recobrar la ilusión y la salud de ser uno mismo, eligiendo la libertad y en definitiva la vida.
Uno puede sufrir graves enfermedades, ser objeto de duras pruebas y tener que soportar terribles desgracias sin que ello signifique para uno el derrumbe y hundimiento absoluto de su vida. Es más, uno puede extraer de esas situaciones un rico conocimiento de sí mismo y de la vida, el cuál, sin duda, será un útil instrumento, no sólo para la continuación del camino de aprendizaje y realización (propia y ajena), por el que todos debemos transitar, sino que se convertirá en una de las mejores herramientas a nuestra disposición para ser felices.
Tampoco la soledad, los miedos, y los fracasos tienen porque hipotecar nuestras vidas para siempre a la depresión y al dolor. Se puede caer, incluso, muchas veces. Pero uno debe saber que, siempre, puede levantarse y que, hacerlo, será (en la mayoría de los casos, salvo verdaderos imponderables), exclusivamente su elección. Porque no es cierto que “los demás” tengan poder alguno sobre nosotros para hacernos elegir, sentir, pensar, etc. etc. No, siempre (aunque no seamos conscientes de ello), somos nosotros los que elegimos. Lo que hace falta saber es desde dónde lo hacemos. ¿Elegimos desde la libertad de nuestro ser... o lo hacemos desde la esclavitud de nuestras máscaras y temores? Porque es evidente que, lo elijamos desde donde quiera que lo hagamos, siempre lo elegimos nosotros. La diferencia reside en que si orientamos nuestra elección desde las máscaras, caminamos hacia la muerte, mientras que el elegir desde nuestro verdadero ser, abre nuestros ojos al reconocimiento y a la utilización de todos sus recursos. Y esos recursos son todas las cualidades y aptitudes que poseemos en nuestro ser y que hemos estando ocultándonos desde nuestra más tierna infancia, engañados por la creencia de que si nos mostramos como somos, seremos rechazados, abandonados, no queridos, censurados, etc. Porque hemos aprendido a “ser buenos” esto es, a ser cómo los adultos cercanos a nosotros, definían que era “ser bueno” y querían que fuéramos.
Esos recursos que desde siempre han morado en nosotros, no son otros que la luz de la inteligencia, la verdad de nuestro ser y el amor. Siempre los hemos tenido ahí, y aunque vivamos ignorantes de ello, lo cierto es, que no sólo nos habitan, sino que eso es lo que somos en esencia todos y cada uno de nosotros... Pero perdidos y a la deriva por las oscuras y agitadas aguas de todos los mares de nuestras vidas, desconocemos absolutamente la verdadera esencia de nuestro ser, creyendo que somos todo aquello con lo que nos cubrimos y disfrazamos. Yo, les puedo asegurar a todos cuantos sufren presos de sus miedos, de sus máscaras y de los autoengaños en los que viven, que vivir y disfrutar de la vida es posible, y, que con amor incondicional, voluntad, tenacidad, disciplina, confianza y fe podemos abrirnos a la existencia de nuestro ser y, desde ahí, dar las respuestas que nos permitan abordar cualquier cosa, por dura y difícil que ésta sea, de la manera más idónea y sana para nosotros. No necesitan creerme; sólo quítense las «Máscaras». Les aseguro que lo comprobarán.
(Otro fragmento de mi libro “Las máscaras del yo o de robot a persona” 2ª edición, autor: C.M.Martín. Editorial Éride. ISBN: 84-89995-21-4; Madrid, Marzo de 2000, que como estamos en carnavales, me parece oportuno reeditar hoy.)
Y para finalizar esta entrada, he elegido un poema de Gilbert Brenson que a continuación transcribo y que viene muy a cuento con el tema de hoy:
"LA MASCARA
Cada vez que me pongo una máscara para tapar mi realidad, fingiendo ser lo que no soy, fingiendo no ser lo que soy, lo hago para atraer la gente.
Luego descubro que solo atraigo a otros enmascarados, alejando a los demás, debido a un estorbo: la máscara. Uso la mascara para evitar que la gente vea mis debilidades; luego descubro que al no ver mi humanidad, los demás no me quieren por lo que soy, sino por la máscara.
Uso una máscara para preservar mis amistades; luego descubro que si pierdo un amigo por haber sido auténtico, realmente no era amigo mío, sino de la máscara. Me pongo una máscara para evitar ofender a alguien y ser diplomático; luego descubro que aquello que más ofende a las personas con las que quiero intimidar, es la máscara.
Me pongo una máscara, convencido de que es lo mejor que puedo hacer para ser amado. Luego descubro la triste paradoja: lo que más deseo lograr con mis máscaras, es precisamente lo que impido con ellas.
Vivimos una crisis global sin precedentes, o eso dicen, y las hipotecas, el paro, la pobreza, el desamparo, la injusticia y la codicia, desfachatez de muchos –bueno, unos pocos- nos atenazan y merman la vida como, por otro lado, casi siempre. Hoy me voy a referir a las hipotecas basura, pero no a las que ustedes creen, porque esas, con todo lo graves que son, sólo nos hacen más pobres y con menos posibilidades de usufructuar bienes, sólo nos sumergen en situaciones extremadas de pobreza, sí, pero no pueden restarnos ni un ápice de lo que somos; al igual que no les restaba la pobreza, el hambre y el infortunio ni un ápice de dignidad a los hermosos seres humanos sin voz y desechados de todos los sistemas que encontré en los cinco años de trabajo como médico en África y que tanto me dieron y enseñaron. Así que a esas no me refiero hoy, sino a otras que nos pudren nuestra esencia de ser humanos, que nos roban nuestra dignidad de personas y nos convierten en culos con orejas estrechos de miras y mezquinos. Quien esté interesado en ellas, puede leerse el cuento “La narradora de cuentos” de “Cuentos para la libertad, mío y sin publicar aún, y a su disposición clicando sobre la primera parte,la segunda parte,y la tercera y última parte o final. o buscando en Temas: “Los cuentos de mi pluma”, o realizando una búsqueda o pasando sin más. Pero hoy, más de brevemente, me voy a referir, les decía, a las hipotecas basuras que mantenemos porque nos da la gana y que nos podemos quitar de encima con sólo una cosa: decidirlo así. ¿Me acompañan?
Siempre estamos hipotecados e hipotecando. Nos hemos transformado en instituciones bancarias, solo que en vez de dinero manejamos afectos. Así, de esta guisa,los afectos son para nosotros, lo que el dinero es para el banco: damos créditos con intereses –siempre a nuestro favor-, y pagamos, cobramos, etc. con los mismos criterios de mercado. Tal vez sea por los efectos de la globalización, esa que, según dicen, lo impregna todo de mercantilismo…, tal vez; no lo sé. Pero sí sé que no somos bancos, y que los afectos no son moneda de cambio y bolsa. Los afectos y los sentimientos no son valores de competición y libre mercado; y cuando los usamos, como tales valores bursátiles y bancarios, generamos en nosotros, y en los demás, vacío, desarraigo, despersonalización, desnaturalización, frío, soledad y sufrimiento. Creemos pues, en nosotros, un espacio de encuentro de retorno a lo esencial, un espacio para reencontrarnos como realmente somos; un espacio desde el que los afectos se intercambien libremente, graciosamente, generosamente…, sin “intereses ni competitividades”; un espacio de encuentro con el corazón y con el disfrute. Un lugar desde el cual podamos ser humildes y magnánimos con nosotros y con el otro, para buscar lo mejor de cada uno. Un lugar donde el reencuentro y el gozo sean posibles; donde las rabias, los odios y los rencores puedan ser transformados por el amor y el perdón. Ese sitio cálidamente humano donde todas las manos puedan estrecharse: las de la carne. Las del almay las del espíritu.
Hemos pasado de ser esclavos del puritanismo y de la doble moral, a ser libertinos de nuestras propias pasiones.Hemos confundido la autoestima, con la inexpugnabilidad del orgullo y la arrogancia. Hemos confundido el amor con la avaricia y el egoísmo. Y hemos pasado de la culpabilidad absoluta (sentirnos culpables por todo y de todo), a la impunidad egocéntrica y prepotente de creernos el ombligo del mundo. Entendemos que ser humildes es ser serviles; interpretamos la libertad como el hacer lo que nos venga en gana, con el pataleo infantil y con el reproche. Tomamos el efecto por la causa, el motivo por el pretexto y la excusa, la bondad por la imbecilidad. Confundimos el hecho de que nos pueden acontecer desgracias, con el ser desgraciados, el acceder al conocimiento con comprarlo, y la riqueza material con la felicidad.Por todo esto nunca hemos dejado de ser víctimas, sí, víctimas; pero víctimas de nosotros mismos.
Carmen Moreno Martín Alias Hannah
Imagen: tomada de la fuente: http://www.trigger-tmr.com/illust/portrait/Charles%20Chaplin-01.jpg
Estamos tan llenos de información sobre las cosas, y sobre nosotros mismos, que andamos perdidos por la senda del desconocimiento, alienados del alma del mundo, del alma de las cosas y de nuestra propia alma. Extra-vagantes y aletargados, poseídos de un saber ex-céntrico con aroma y sabor de coherencia.
Perro, flor, árbol, persona, piedra, río... son solo conceptos que prefiguran una información perceptiva, a la vez que nos alejan de la esencia real de lo percibido; de modo que la fuente del aprendizaje se establece en la dualidad objeto percibido/sujeto perceptor, manteniéndonos fuera del verdadero conocimiento.¿Podrá la luz abrirse paso entre tantos conceptos e informaciones asentadas en nuestras atiborradas mentes? Aprendemos: "los vegetales no hablan ni piensas", "las piedras no son seres vivos", "los animales no tienen consciencia de si mismos, no sufren", nuestro universo tiene tres dimensiones"... Así que, ¡eso almacenamos en nuestras mentes...!. Y más vale que a nadie se le ocurra oír hablar a un perro, o escuchar el gemido desgarrador de un olmo talado, o algo similar! ¡Y mucho menos tener alguna experiencia en otra dimensión!, puesto que resultaría tremendamente peligroso.
Así las cosas, es mejor continuar nuestra andadura como pobres mortales tridimensionales y desalmados, al abrigo de cualquier otra verdad que no sea la de nuestras inamovibles y cientificistas convenciones, acerca de lo que es, de lo que no es, y de lo que puede ser.
Y bien, nosotros nos lo perdemos. Si; nos lo perdemos nosotros, y nuestro planeta, y nuestra galaxia, y la evolución... ¿O es que acaso pensamos que la evolución sólo es algo que nos concierne a nosotros en exclusiva? Pero la evolución no es solo cosa nuestra, aunque las convenciones hayan ocupado nuestra consciencia sumiéndonos en la noche. La evolución concierne al planeta, al universo y a toda vida y vibración. Pero nada, parece que vamos por la vida haciendo lo que Hegel –burlándose de los materialistas de la época- decía: “Si los hechos contravienen la teoría, peor para los hechos”. Sin escucha, dormida y a oscuras nuestra mente no ve nada más que conceptos carentes de sentido, y vamos tan aletargados por la vida, tan muertos, que no nos damos cuenta, de casi nada, de cuánto nos rodea. Tomamos una florecilla, nos gusta o no, la olemos y la tiramos otra vez sin habernos percatado de ningún sentido... ¡La florecilla, los animales, los árboles, las piedras, el agua, los metales... Todo en la vida tiene un sentido! Todo en la vida se une en un solo canto con el sonido del cosmos, del cual, nosotros somos sólo una ínfima parte. Porque desde la más ínfima partícula, hasta una estrella, pasando por la hormiga, la flor, el ser humano y la montaña, somos lo mismo y estamos estrechamente Inter.-relacionados… Pero seguimos orgullosos sin enterarnos de nada como sacos andantes repletos de información, con grandes ojos que no ven y orejones que no escuchan. Tal vez, en un instante fugaz, uno despierta un poco y vive el milagro de la naturaleza, percibe que todo tiene una voz, una razón de ser, un momento, un nacimiento, una muerte, un renacimiento; que todo vibra y se mueve en constante ritmo, que toda materia habla, gime, comunica su vibración y se esfuerza por la evolución y en la vida. Pero nosotros, peregrinos sin fin hacia una tierra de no se sabe dónde, seguimos dando por sentado que sólo es procesable y aprehensible aquello que es medible y cuantificable desde lo que nuestro cinco sentidos pueden oír, oler, ver, gustar y tocar; y con un sonoro portazo de ciencia oficial perceptivo-cognitiva, seguimos la marcha tranquilos y cerrados a toda otra percepción, ignorando todo conocimiento sobre la vida majestuosa que nos rodea y nos habita. Y si esa misma vida y realidad contradice nuestras teoría, pues peor para la vida y la realidad, cómo bien decía Hegel: "Si la teoría contradice los hechos, peor para los hechos" tratando de poner en evidencia la ceguera del materialismo positivista.
Y no es que no tengamos señales en nuestra ruta, que a lo largo de la historia nos indican una y otra vez los pasos del despertar, del desenseñarse. Porque señales, "haberlas haylas" es mas, en realidad lo único que hay son señales. De modo que si tan solo pudiéramos dejar un huequecito en ese saco repleto de falsa sabiduría andante, la luz podría iluminar poco a poco nuestra oscuridad y esas señales saltarían a nuestro encuentro deseosas de guiarnos con veracidad... Pero no hay caso.
Hoy que todo el mundo anda loco por enseñar y ser maestro, se me ocurre que lo que nos hace falta es un "desenseñador", alguien que, como lo hacia el personaje de Hinton en sus relatos científicos sobre la cuarta dimensión, nos ayude a desaprender y a erradicar todas esas convenciones que obstaculizan en nosotros el desarrollo de nuestras potencialidades, de toda nuestra ternura y de toda nuestra humanidad. Esa es la función clave y magistral de todo maestro que verdaderamente lo sea, como lo fueron desde Lao Tse a Bakunin, pasando por Diógenes, Sócrates, Spinoza, Schrödinger y Heisemberg. Porque, ¿no es "desenseñar" lo que hace Krishnamurtri cuando dice la imagen que uno tiene de la realidad, es diferente y distinta de la realidad misma o cuando señala que comprender intelectualmente es como decir bananas? ¿Y no es desenseñar lo que propone Lao Tse cuando dice: "Confieso que no hay nada que enseñar... hoy hablo de una manera y mañana de otra, pero el Camino permanece siempre mas allá de las palabras y de la mente. Se simplemente consciente de la unidad de las cosas”?
Hay que poner un desenseñador en nuestras vidas, ¡y estamos de suerte!, porque en cada uno de nosotros mora uno dispuesto a barrer aprendizajes inútiles de nuestras neuronas y de nuestro corazón, porque la vida es algo que apenas entendemos y nos esforzamos por encasillarla en grupos de cosas muertas y cosas vivas más allá de lo que la vida es. Dejemos que actúe porque aun estamos a tiempo.
En realidad, cada instante es todo el tiempo del mundo para retomar el camino del despertar, ya que el tiempo no es nada más que otra de las muchas variables en las que transitamos descarriados y de la que debemos también "desenseñarnos".
Hinton, el creador del termino "desenseñador" ("Unlearning" en el original), narraba que nuestro espacio mental (¿nuestra consciencia, nuestro espíritu?) es hiperespeso, y que nos impedimos atravesar el umbral de la tercera dimensión, y circular por dimensiones superiores, (la cuarta. quinta o enésima dimensión), a fuerza de considerar como verdades absolutas, lo que solo son convenciones limitativas que nosotros mismos hemos construido y damos por sentadas. En los relatos de Hinton, este personaje, hace que las viejas y limitativas convenciones se desvanezcan liberando a la mente de su cautiverio; pero Hinton no cuenta que dentro de cada uno de nosotros, aguarda paciente un desenseñador, dispuesto a funcionar en cuanto le dejemos realizar su tarea.
A veces le ponemos a las cosas de siempre, palabras nuevas y pensamos que lo nuevo son las cosas y la vida, cuando lo eternamente viejo y nuevo es lo que es; en suma, lo que cualquiera puede escuchar y ver, si no se para a pensar que grupo de fibras y haces nervioso-sensitivos está utilizando, y que grupos celulares van a procesar y a canalizar la percepción en el cerebro, además de cuan cuantificables serán los resultados. Si por un segundo logramos esa vista y esa escucha en la luz, estamos en el camino de vuelta a casa, hemos conectado nuestro propio desenseñador interno.
En cierta ocasión alguien alababa el mérito de Miguel Ángel, capaz de convertir un burdo y tosco pedazo de piedra de mármol en esculturas tan sublimes...¿Cómo lo hace? -le preguntaron al Maestro-. "Yo no hago nada, ni tengo ningún mérito: desbarato la piedra y saco lo que ella lleva dentro". Sin duda, Miguel Ángel, no solo había conectado con su desenseñador interno, sino que él mismo lo era.
Nuestros cuerpos tridimensionales se resisten a la existencia de otras dimensiones, y es justamente esa resistencia lo que esclaviza a nuestro ser a esta tercera dimensión. La cuarta dimensión, la quinta o la enésima, no son dimensiones nuevas, lo único que las hace nuevas, es el hecho de que la ciencia oficial, hoy desde las teorías cuánticas, las abra a la luz de la posibilidad. Pero esas dimensiones son tan eternas como nosotros, y han sido tan transitadas por la humanidad, cómo lo es el metro de Madrid para los madrileños. ¿Es la escucha y la visión cuatridimensional, el fenómeno que denominamos percepción extrasensorial?... Nunca lo averiguaremos desde las convenciones tridimensionales positivistas que damos por sentadas en nuestra consciencia.
Conectemos con nuestro "desenseñador" y salgamos a pasear: "Lo mismo que el mundo puede revelarse como partículas, el camino puede revelarse como seres humanos. Aunque el mundo y las partículas no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Aunque el cuerpo cósmico y tu cuerpo no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Mundos y partículas, cuerpos y seres, tiempo y espacio: son todas expresiones transitorias del camino. Invisible, inaprensible, el camino está más allá de todo intento de análisis y de clasificación. Al mismo tiempo, su verdad está allí donde te dirijas. Si puedes dejarlo partir de tu mente y rodearlo con tu corazón, vivirá dentro de ti para siempre". Lao Tse, autor de estas palabras era un gran desenseñador. Cada uno de nosotros posee dentro de si el suyo. Escuchémoslo.
El arte de desaprender, es un antiguo legado inscrito en los albores de la humanidad, puesto de relieve en los mensajes que todos los grandes pensadores de todas las culturas nos han dirigido hasta hoy. Es un proceso vivencial arduo, cuyo pasaje requiere una experiencia iniciática de vaciado y despojo, de muerte y renacimiento, que interpela lo mas profundo de nosotros e impregna nuestra cotidianidad de un estado de alerta y de vida armónica, desbaratando nuestro acontecer rutinario y acercándonos a un encuentro real de nuestro ser, en un despertar alborozado de comunión con la vida. Todo psicoterapeuta debe, de algún modo, atravesar e instalarse en este pasaje de conexión continua con el "desenseñador" interno. Y toda psicoterapia debiera basarse en este desaprender, si pretende que el individuo se redescubra en su verdadera dimensión inalienable; ya que solo desde ahí será posible el trabajo de conjugación y reconciliación con lo esencial de cada ser humano, consigo mismo, y con la humanidad. El arte de desaprender es un proceso de vaciado, de muerte y renacimiento, que nos lleva a la libertad.
(Uno de los capítulos de mi libro publicado en dos ediciones, las dos agotadas: "Las máscaras del yo o de robot a persona")
Hemos pasado de ser esclavos del puritanismo y de la doble moral, a ser libertinos de nuestros propios intereses, de nuestras propias pasiones y de nuestras propias avaricias.
Hemos confundido la autoestima, con la inexpugnabilidad del orgullo y la arrogancia. Hemos confundido el amor con la ambición desmedida y el egoísmo. Y hemos pasado de la culpabilidad absoluta (sentirnos culpables por todo y de todo), a la impunidad egocéntrica y prepotente de creernos el ombligo del mundo y mostrarnos insensibles a todo y a todos.
Entendemos que ser humildes es ser serviles; interpretamos la libertad cómo el hacer lo que nos venga en gana, con el pataleo infantil y con el reproche, invadiendo la libertad del otro, atropellándola y pisoteándola con saña y sin miramiento alguno. Y cuando hablo de pisotear la libertad de otro, no me refiero al deterioro de la propiedad privada, sino al abuso en nombre de esa libertad, que lleva a un enriquecimiento y ostentación de "derechos" de unos pocos, a costa del hambre, la miseria, la explotación, la tortura, la enfermedad y la discriminación de otros muchos. Porque nadie puede considerarse "libre" mientras haya semejantes que mueren de todos esos males. Porque la negación de la libertad y los derechos de un sólo ser humano, disminuye e interpela mi libertad y mis derechos. Porque los crímenes de lesa humanidad de un sólo ser humano, me convierte en cómplice asesina si lo silencio, si respondo con una egoísta indiferencia, si creo que no va conmigo porque a mí no me sucede, si espero que otros lo resuelvan "que para eso pago impuestos" etc.
Creemos que el derecho de libre expresión, nos da carta blanca para sentar cátedras, e imponer creencias a modo de verdades axiomáticas incuestionables; soltar imprecaciones, obviar el documentarse primero y analizar aquello sobre lo que se pretende opinar; parlotear neciamente sin escuchar, sin conocimiento de causa y sin respeto alguno; insultar, vilipendiar, difamar sin reparo alguno y destruir la intimidad y el prestigio de los demás por el simple sensacionalismo o por el mercantilismo periodístico de sus vidas so pretexto del derecho a la información.
Tomamos el efecto por la causa, el motivo por el pretexto y la excusa y la bondad por la imbecilidad. Confundimos el hecho de que nos pueden acontecer desgracias, con el ser desgraciados, el acceder al conocimiento con comprarlo, y la riqueza material con la felicidad.
Confundimos el conocimiento y la ciencia con la tecnología; el acumular información, y repetirla robóticamente, con la sabiduría; el aprender cuatro cosas con creerse ser un experto en algo. Confundimos nuestro paso por la vida con el pasar de ella. Nos enardecemos con el futbol, y lloramos al ver los dramas que nos ofrecen ciertas películas; la ficción nos emociona, pero seguimos comiendo indiferentes e insensibles mientras por la pantalla pasa la realidad del drama cotidiano y las verdaderas víctimas de las guerras, de las catátastrofes, de los odios y del consumismo, acallando nuestras conciencias con un rápido "total, nada puedo hacer" entre cucharada y cucharada de sopa... Mientras nuestras neuronas se van insensibilizando y nuestros corazones se van convirtiendo en piedra. Bellas, bien esculpidas, pero piedras.
Y sí, ciertamente. Por todo esto nunca hemos dejado de ser víctimas; sí, víctimas; pero víctimas de nosotros mismos.
Cómo veo que entra gente de la ciudad del Vaticano, hoy voy a dar rienda suelta a mi espiritualidad, -que no a mi pertenencia a religión alguna, que soy agnóstica tirando a atea y lo saben-,y le voy a dar vueltas a un fragmento del evangelio de Mateo cuya lectura, contrariamente a cartas pastorales y encíclicas católicas,siempre me ha sido de gran ayuda:
Jesús, el llamado Cristo, según sus evangelistas, parece que dijo muchas cosas; algunas de dudosa valía en mi opinión, pero otras realmente muy interesantes, una de las interesantes (Mt:5:13) era:
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?”
Y qué razón tenía, ya que si vamos por ahí sosos y desaboridos, inmersos en el vivir para consumir y en el fastidiar a cuantos nos rodean para ser cada día más ricos y más borricos,que intragable que se irá tornando el mundo. Otro fragmento muy bello a mi entender (Mt:19:16 – 22) dice así:
-Y le preguntó aquel buen muchacho: -”…Maestro, ¿qué he de hacer para obtener la Vida Eterna?…” - Y Le respondió Cristo: “… cumple los mandamientos…” -“¡Lo hago desde mi juventud!"...
–Le replicó el muchacho, mientras tal vez pensara para sí –esa “loca de la casa” que no para ni tiene sosiego-, "¿Qué se había creído Cristo?¡Él era un buen chico, cumplidor de la Ley y todo eso!…"Y en esas, Cristo, que sabía un rato de seres humanos y de oscuridad e ignorancia, pero también de luz, de agua, de sal y de fuego, va y le dice –interrumpiendo así el parloteo interno en el que el hombrecito se había instaurado- mirándole con dulzura:
“…Sí es así, vende todo lo que tienes y sígueme” –Y el muchacho se fue entristecido porque poseía mucho…”
Eso hacemos nosotros. Poseemos mucho, somos riquísimos y estamos repletísimos de “bienes” Sí, de esos mismos bienes y riquezas en las que abundaba ese hombrecito y nosotros, que no son presisamente las materiales las más importantes.
Somos tan ricos que tenemos miedo que unos cuantos inmigrantes vengan a despojarnos de nuestras posesiones y bienestar, tan ricos que ya consideramos a la inmigración que llega en pateras como a una lacra… Da igual que huyan de guerras, de explotaciones, de vulneración de derechos humanos, del hambre, de la enfermedad, de la miseria más paupérrima... ¡qué más da!, para nosotros ya sólo son una lacra que hay que evitar, expulsar del país, repatriar... y anatema sea quien les de la mano. ¿Y por qué pensamos así? ¿Por la riqueza meterial que poseemos? ¡No, qué va!, pensamos así porque sin darnos cuenta estamos llenos de prejuicios xenofóbicos y racistas. Pero sigamos con el fragmento: ¿Alguno cree que Cristo se refería a que el joven vendiera la literalidad de su patrimonio material contante y sonante? ¡Que ilusos somos! ¡Tanto como aquel pobre chico que por entenderlo así, desde su funcionamiento autómata, egóico, egocentrico e idólatra –al igual que el nuestro-, se perdió la oportunidad de su vida: La Vida Eterna. Bueno, eterna mientras dure, porque a mí me resulta difícil considerar otras vida al margen de la de aquí, y esta de eterna tiene poco.
Decía que el chico aquel se perdió la oportunidad de su vida, ¡tal como nosotros, ni más ni menos, porque por ricos que seamos, no poseemos nada a excepción de todo un lastre de ideas retrógradas que sólo sirven para amargarnos la vida y amargársela a los demás; pues eso, nada!. Las cosas, es obvio que no las podemos poseer aunque nos aferremos a ellas cual posesos; tan sólo usarlas y disfrutarlas o amargarnos con ellas. Lo de la posesión de bienes es otro de los mil espejismos que nos ciegan. Pero si hay algo que podemos poseer y que poseemos como nuestros bienes más preciados, y como nuestras más codiciadas posesiones. ¿Qué es ello?Es fácil: A nosotros mismos, ya sea lo esencial y verdadero de nosotros, esto es, el conocimiento de nuestro ser o el cúmulo de falacias formado por las mil y una imágenes que sobre nosotros y sobre la realidad construimos y adoramos como si fuera las más absolutas verdades.
Eso es lo que sí podemos poseer y poseemos, aunque matizaré más aún: en realidad, lo único que nos ha sido dado poseer es nuestro ser. Las imágenes, las construcciones del tarado parloteo del ego, las adoramos, sí; creemos que son reales y que existen, creemos que lo poseemos y alardeamos de “conocernos” por tener la creencia internalizada y automática de que eso que creemos conocer de nosotros, somos en verdad nosotros; por lo tanto creemos que podemos poseerlo, adorarlo y llevárnoslo con nosotros a la tumba, e, incluso, hasta al más allá si es que algo así existe.Si lo ponen en duda, si ponen en duda lo que vengo diciendo, hagan esta reflexión: ¿Qué nos llevamos al morir?En mi opinión, nada; y es obvio para todos, creyentes y no creyentes, que nada material podemos llevarnos a la tumba; pero si alguno de ustedes cree en ese más allá, les digo que no pueden llevarse lo que no es ni existe.
Así pues, si existiere algo cómo "el mása allá" o "la vida después de esta vida", seguramente, no podrían llevarse lo ilusorio para ese viaje. Sólo podrían llevarse el espíritu, lo esencial, el ser. En vida, en esta vida que tenemos –si hay otra, yo no lo sé-,esa es nuestra auténtica, Real, Vital, Bella y Justa posesión. Esa es nuestra Riqueza. Esa es la Luz que somos en el mundo, para el mundo y del mundo. Y justamente eso que nos pertenece por derecho propio, lo ignoramos, lo desconocemos, lo pisoteamos, lo dejamos enterrado oculto en las entrañas más recónditas de nuestro interior y nos aferramos a todo ese saco de “bienes”, de “riquezas” y de “posesiones” constituido por las creencias sobre lo que somos, deslumbrados por el falso brillo de las ilusorias imágenes que, tan pertinaz y trabajosamente, hemos construido.
Pero aún hay más; no contentos con todo ese saco de posesiones inútiles, llegamos al clímax de la estulticia cuando, considerándonos el parámetro de todas las cosas, intentamos imponer nuestras falsas verdades a los demás, como axiomas inabordables e incuestionables.Por eso se fue aquel simpático muchacho. De eso era de lo que era rico y no podía desprenderse ni venderlo… -“¡Pues sí, hombre…, a lo mejor no era tan “bueno” aquel dichoso Rabí…”, -pensaría el muchacho. Pero sintió esa tristeza y esa angustia que el Ser auténtico nos manda para que paremos… Para que nos demos una oportunidad…Y el chico se fue con su pena, porque tenía mucho. Exactamente igual que nosotros. Exactamente igual que yo,tantas y tantas veces...
Y Cristo dijo: “…Todos los pecados os serán perdonados menos los que sean contra el espíritu…”
Y tenía razón, porque ese es, no ya el mayor, no; ese es el único pecado, aunque a mí, el palabro “pecado” me rechina y prefiero cambiarlo por error. El único error imperdonable es el de confundir lo que somos con lo que tenemos y hacemos. Negar nuestra verdadera esencia, nuestro ser.
Autonegarnos en lugar de autoafirmarnos; vivir desde la negatividad y expandirla, en vez de irradiar la positividad que albergamos en nuestro ser.Bueno, será cuestión de parar algún día, de sentarse, de interrumpir el parloteo embriagador de nuestro saco de espejismos e instaurar ese Silencio activo que permita la escucha de la Verdad, hablada a través del propio Silencio, toda vez que dejemos de decirnos y repetirnos los falsos guiones que hemos aprendido automática y mecánicamente como robots.Después de todo, les aseguro que no es una misión imposible.
Estoy convencida de que, así como todo lo que es imaginable puede llegar a materializarse algún día, cualquiera meta que se nos ocurra tiene la posibilidad en sí misma de ser alcanzada. Máxime cuando alguien nos constató que es posible –y vuelvo a Cristo quien dijo ser el camino, tal vez en el sentido de que ese camino existe en el aquí y ahora concretos-, y realizable. ¡Pero ni siquiera Cristo prometió llevarnos en brazos! ¿O sí? Bueno, yo nunca lo he leído.
El camino hay que emprenderlo y hollarlo, cada uno con sus propios pies.Una vez que nos hemos acercado en esta introducción a lo que es autonegarse –opuesto criminal de autoafirmarse-, pasaremos a desbrozar, a lo largo de los capítulos de este libro, no sólo lo que es –en uno y otro caso-, positividad y negatividad; sino, también, a como se llega a elaborar eso a lo que llamaré“chip desastroso”,que es lo quepermite queoperemos oscura y automáticamente, siguiendo los mecanismos del terrible saco de espejismos. Así mismo, nos aproximaremos también, a como se consigue (cuando a lo largo de ese viaje interno, nos encontrarnos con el ser esencial),poder desactivar esos automatismos y poner en marcha a ese otro “chip” al que llamaré“chip prodigioso”. “Chip” que se activa y trabaja desde el ser, y que posibilita el encuentro en igualdad y libertad con el semejante para juntos crear una humanidad más solidaria y justa que realmente pueda ser la sal de la tierra y la luz del mundo.(Fragmento de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”).
¿Dónde están las manos de mi alma? Puede que para algunos, esta interrogación aluda a la metáfora, a la ficción... Pero ¿qué es realidad y qué es ficción? ¿Podría sin mis manos de carne tocar otras carnes? ¿Podría sin las manos del alma convertir el toque en caricias? ¿Podría sin mis puños, golpear otros puños injustos? ¿Podría sin mis manos del alma, golpear la injusticia? ¿Podría sin mis dedos de piel, bordear una boca? ¿Podría sin mis manos del alma, nombrar los deseos? ¿Qué sería de la realidad tangible de mi carne y de mis huesos sin mis manos de sangre? ¿Qué sería de la realidad inmensa de mi vida y de mis sueños sin mis manos del alma?.
Mi cuerpo sabe dónde están sus manos y sabe de su obrar entre descansos y esfuerzos. Entre avances y retrocesos y entre golpes y caricias. Entre penumbras y luces y entre risas y besos. Entre mentiras y negaciones y entre lágrimas y devaneos. Entre caminos y luchas y entre fracasos y éxitos....
Mis manos, las del cuerpo, saben perderse y volverse a la luz. Pero mis manos, las del alma saben sostener las de carne en la vida, y saben apuntalarlas, y dirigirlas en el amor y en la ternura; en el dolor, en la tristeza y en el gozo y en la esperanza… Pero, ¿dónde están las manos de mi alma?
A veces pienso que las manos de mi alma son las palabras que nacen en mí y que duermen rezagadas en mi corazón, aguardando a que mis labios puedan darles forma. A veces, siento que las manos de mi alma son las fuerzas que sostienen mi paso por la vida y hacen que me sienta como un semejante más en el camino..
A veces, vislumbro que las manos de mi alma son las que mantienen abiertos mis ojos a la injusticia, y dirigen mi voz y mi lucha por la senda de la entrega y de la libertad.
A veces, intuyo que las manos de mi alma son los restos de esa niña inocente que aún vive en mi y que sigue, calladamente, velando mis sueños…
(Del prólogo de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?” No publicado, cuyos “trozos” están esparcidos por esta bitácora)
Estamos tan llenos de información sobre las cosas, y sobre nosotros mismos, que andamos perdidos por la senda del desconocimiento, alienados del alma del mundo, del alma de las cosas y de nuestra propia alma. Extra-vagantes y aletargados, poseídos de un saber ex-céntrico con aroma y sabor de coherencia.
Perro, flor, árbol, persona, piedra, río... son solo conceptos que prefiguran una información perceptiva, a la vez que nos alejan de la esencia real de lo percibido; de modo que la fuente del aprendizaje se establece en la dualidad objeto percibido/sujeto perceptor, manteniéndonos fuera del verdadero conocimiento.¿Podrá la luz abrirse paso entre tantos conceptos e informaciones asentadas en nuestras atiborradas mentes? Aprendemos: "los vegetales no hablan ni piensas", "las piedras no son seres vivos", "los animales no tienen consciencia de si mismos, no sufren", nuestro universo tiene tres dimensiones"... Así que, ¡eso almacenamos en nuestras mentes...!. Y más vale que a nadie se le ocurra oír hablar a un perro, o escuchar el gemido desgarrador de un olmo talado, o algo similar! ¡Y mucho menos tener alguna experiencia en otra dimensión!, puesto que resultaría tremendamente peligroso. Así las cosas, es mejor continuar nuestra andadura como pobres mortales tridimensionales y desalmados, al abrigo de cualquier otra verdad que no sea la de nuestras inamovibles y cientificistas convenciones, acerca de lo que es, de lo que no es, y de lo que puede ser.
Y bien, nosotros nos lo perdemos. Si; nos lo perdemos nosotros, y nuestro planeta, y nuestra galaxia, y la evolución... ¿O es que acaso pensamos que la evolución sólo es algo que nos concierne a nosotros en exclusiva? Pero la evolución no es solo cosa nuestra, aunque las convenciones hayan ocupado nuestra consciencia sumiéndonos en la noche. La evolución concierne al planeta, al universo y a toda vida y vibración. Pero nada, parece que vamos por la vida haciendo lo que Hegel –burlándose de los materialistas de la época- decía: “Si los hechos contravienen la teoría, peor para los hechos”. Sin escucha, dormida y a oscuras nuestra mente no ve nada más que conceptos carentes de sentido, y vamos tan aletargados por la vida, tan muertos, que no nos damos cuenta, de casi nada, de cuánto nos rodea. Tomamos una florecilla, nos gusta o no, la olemos y la tiramos otra vez sin habernos percatado de ningún sentido... ¡La florecilla, los animales, los árboles, las piedras, el agua, los metales... Todo en la vida tiene un sentido! Todo en la vida se une en un solo canto con el sonido del cosmos, del cual, nosotros somos sólo una ínfima parte. Porque desde la más ínfima partícula, hasta una estrella, pasando por la hormiga, la flor, el ser humano y la montaña, somos lo mismo y estamos estrechamente Interrelacionados…
Pero seguimos orgullosos sin enterarnos de nada como sacos andantes repletos de información, con grandes ojos que no ven y orejones que no escuchan. Tal vez, en un instante fugaz, uno despierta un poco y vive el milagro de la naturaleza, percibe que todo tiene una voz, una razón de ser, un momento, un nacimiento, una muerte, un renacimiento; que todo vibra y se mueve en constante ritmo, que toda materia habla, gime, comunica su vibración y se esfuerza por la evolución y en la vida. Pero nosotros, peregrinos sin fin hacia una tierra de no se sabe dónde, seguimos dando por sentado que sólo es procesable y aprehensible aquello que es medible y cuantificable desde lo que nuestro cinco sentidos pueden oír, oler, ver, gustar y tocar; y con un sonoro portazo de ciencia oficial perceptivo-cognitiva, seguimos la marcha tranquilos y cerrados a toda otra percepción, ignorando todo conocimiento sobre la vida majestuosa que nos rodea y nos habita. Y si esa misma vida y realidad contradice nuestras teoría, pues peor para la vida y la realidad, cómo bien decía Hegel: "Si la teoría contradice los hechos, peor para los hechos" tratando de poner en evidencia la ceguera del materialismo positivista.
Y no es que no tengamos señales en nuestra ruta, que a lo largo de la historia nos indican una y otra vez los pasos del despertar, del desenseñarse. Porque señales, "haberlas haylas" es mas, en realidad lo único que hay son señales. De modo que si tan solo pudiéramos dejar un huequecito en ese saco repleto de falsa sabiduría andante, la luz podría iluminar poco a poco nuestra oscuridad y esas señales saltarían a nuestro encuentro deseosas de guiarnos con veracidad... Pero no hay caso.
Hoy que todo el mundo anda loco por enseñar y ser maestro, se me ocurre que lo que nos hace falta es un "desenseñador", alguien que, como lo hacia el personaje de Hinton en sus relatos científicos sobre la cuarta dimensión, nos ayude a desaprender y a erradicar todas esas convenciones que obstaculizan en nosotros el desarrollo de nuestras potencialidades, de toda nuestra ternura y de toda nuestra humanidad. Esa es la función clave y magistral de todo maestro que verdaderamente lo sea, como lo fueron desde Lao Tse a Bakunin, pasando por Diógenes, Sócrates, Spinoza, Schrödinger y Heisemberg. Porque, ¿no es "desenseñar" lo que hace Krishnamurtri cuando dice la imagen que uno tiene de la realidad, es diferente y distinta de la realidad misma o cuando señala que comprender intelectualmente es como decir bananas? ¿Y no es desenseñar lo que propone Lao Tse cuando dice: "Confieso que no hay nada que enseñar... hoy hablo de una manera y mañana de otra, pero el Camino permanece siempre mas allá de las palabras y de la mente. Se simplemente consciente de la unidad de las cosas”?
Hay que poner un desenseñador en nuestras vidas, ¡y estamos de suerte!, porque en cada uno de nosotros mora un desenseñador y aun estamos a tiempo. En realidad, cada instante es todo el tiempo del mundo para retomar el camino del despertar, ya que el tiempo no es nada más que otra de las muchas variables en las que transitamos descarriados y de la que debemos también "desenseñarnos".
Hinton, el creador del termino "desenseñador" ("Unlearning" en el original), narraba que nuestro espacio mental (¿nuestra consciencia, nuestro espíritu?) es hiperespeso, y que nos impedimos atravesar el umbral de la tercera dimensión, y circular por dimensiones superiores, (la cuarta. quinta o enésima dimensión), a fuerza de considerar como verdades absolutas, lo que solo son convenciones limitativas que nosotros mismos hemos construido y damos por sentadas.
En los relatos de Hinton, este personaje, hace que las viejas y limitativas convenciones se desvanezcan liberando a la mente de su cautiverio; pero Hinton no cuenta que dentro de cada uno de nosotros, aguarda paciente un desenseñador, dispuesto a funcionar en cuanto le dejemos realizar su tarea. A veces le ponemos a las cosas de siempre, palabras nuevas y pensamos que lo nuevo son las cosas y la vida, cuando lo eternamente viejo y nuevo es lo que es; en suma, lo que cualquiera puede escuchar y ver, si no se para a pensar que grupo de fibras y haces nervioso-sensitivos está utilizando, y que grupos celulares van a procesar y a canalizar la percepción en el cerebro, además de cuan cuantificables serán los resultados. Si por un segundo logramos esa vista y esa escucha en la luz, estamos en el camino de vuelta a casa, hemos conectado nuestro propio desenseñador interno.
En cierta ocasión alguien alababa el mérito de Miguel Ángel, capaz de convertir un burdo y tosco pedazo de piedra de mármol en esculturas tan sublimes...¿Cómo lo hace? -le preguntaron al Maestro-. "Yo no hago nada, ni tengo ningún mérito: desbarato la piedra y saco lo que ella lleva dentro". Sin duda, Miguel Ángel, no solo había conectado con su desenseñador interno, sino que él mismo lo era. Nuestros cuerpos tridimensionales se resisten a la existencia de otras dimensiones, y es justamente esa resistencia lo que esclaviza a nuestro ser a esta tercera dimensión. La cuarta dimensión, la quinta o la enésima, no son dimensiones nuevas, lo único que las hace nuevas, es el hecho de que la ciencia oficial, hoy desde las teorías cuánticas, las abra a la luz de la posibilidad. Pero esas dimensiones son tan eternas como nosotros, y han sido tan transitadas por la humanidad, cómo lo es el metro de Madrid para los madrileños. ¿Es la escucha y la visión cuatridimensional, el fenómeno que denominamos percepción extrasensorial?... Nunca lo averiguaremos desde las convenciones tridimensionales positivistas que damos por sentadas en nuestra consciencia.
Conectemos con nuestro "desenseñador" y salgamos a pasear: "Lo mismo que el mundo puede revelarse como partículas, el camino puede revelarse como seres humanos. Aunque el mundo y las partículas no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Aunque el cuerpo cósmico y tu cuerpo no son la misma cosa, tampoco son algo diferente. Mundos y partículas, cuerpos y seres, tiempo y espacio: son todas expresiones transitorias del camino. Invisible, inaprensible, el camino está más allá de todo intento de análisis y de clasificación. Al mismo tiempo, su verdad está allí donde te dirijas. Si puedes dejarlo partir de tu mente y rodearlo con tu corazón, vivirá dentro de ti para siempre". Lao Tse, autor de estas palabras era un gran desenseñador. Cada uno de nosotros posee dentro de si el suyo. Escuchémoslo. El arte de desaprender, es un antiguo legado inscrito en los albores de la humanidad, puesto de relieve en los mensajes que todos los grandes pensadores de todas las culturas nos han dirigido hasta hoy. Es un proceso vivencial arduo, cuyo pasaje requiere una experiencia iniciática de vaciado y despojo, de muerte y renacimiento, que interpela lo mas profundo de nosotros e impregna nuestra cotidianidad de un estado de alerta y de vida armónica, desbaratando nuestro acontecer rutinario y acercándonos a un encuentro real de nuestro ser, en un despertar alborozado de comunión con la vida. Todo psicoterapéuta debe, de algún modo, atravesar e instalarse en este pasaje de conexión continua con el "desenseñador" interno. Y toda psicoterapia debiera basarse en este desaprender, si pretende que el individuo se redescubra en su verdadera dimensión inalienable; ya que solo desde ahí será posible el trabajo de conjugación y reconciliación con lo esencial de cada ser humano, consigo mismo, y con la humanidad. El arte de desaprender es un proceso de vaciado, de muerte y renacimiento, que nos lleva a la libertad. (Uno de los capítulos de mi libro: "Las máscaras del yo o de robot a persona")
Tras los tiempos de silencio, el ruido siempre estalla; pero en el ruido, siempre se pueden escuchar algunos sonidos rítmicos que nos acarician los tímpanos y el alma. Ninguna tempestad dura eternamente, aunque tampoco lo haga la calma; y la serenidad se junta con la angustia sin mezclarse, como lo hacen el agua y el aceite cuando se agitan, para que una vez recobrado el reposo, pueda discernirse cada cosa y desecharse esa negritud que nos tiñe las entrañas de hastío y repugnancia.
¿Acaso existe algo que tenga el poder de perturbarnos para siempre? No, no existe, que ya lo dice el refrán: “No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista.” Y la vida sigue en ese fluir siempre nuevo que nos lleva de estacazo en estacazo y de sorpresa en sorpresa a cada paso que damos. Nada es total, redondo, completo, esférico… ¿Nada? Bueno, sí, tal vez la necedad y la estupidez humanas lo son, pero salvo eso, todo tiene su parte convexa y su parte cóncava; y no nos es posible tomar sólo una de esas partes porque el lote siempre incluye a las dos.
Tomemos por ejemplo la enfermedad. De repente uno enferma. Es entonces que descubre aquello que tenía, que era la salud, a lo que no daba ninguna importancia. Pero cuando uno asume esa enfermedad que le sorbe el seso, se da cuenta de que sigue siendo saludable en muchas cosas, que tener una o varias enfermedades es algo muy diferente a ser un enfermo, porque uno sigue siendo una persona que adolece de algo pero que goza de muchas cosas y todo ello es simultáneo. Y se puede sufrir de los dolores y a la vez gozar de lo que no lo son.
Tomemos por ejemplo las penurias económicas. De repente uno se ve incapacitado de muchas cosas, de tales cosas como llenar el tanque del auto de gasoil, hacer un viaje, ir a un espectáculo u otras cosas más, pero, incluso cuando esas penurias alcanzan el no poder cubrir necesidades básicas, también es entonces que uno descubre la cantidad de cosas que son gratis, cuya belleza es inenarrable, como contemplar un atardecer o un amanecer, o caminar por una alfombra de hojas de roble, perdiéndose por los senderos de un hermoso bosque, o encontrarse en la inmensidad de unos ojos que le miran a uno con amor, acogimiento y sorpresa, o tirar piedrecillas al embalse y disfrutar con los dibujos que hacen las ondas de agua en la superficie, o deleitarse con la amena charla de un amigo… Ya sé, me dirán que cuando a uno le suena la barriga por el hambre, esas cosas tan bucólicas que describo no son, precisamente las que reclaman nuestra atención, y sí, quizás, los llantos de esos niños que tienen hambre o el frío desamparo de la noche cuando se duerme sobre el duro suelo de la calle… Pero aún ahí, en esas situaciones de dureza, siguen uno encontrándose con cosas gratis como una mano amiga sobre el hombro, un abrazo, unos ojos que ríen desde el alma…
Tomemos por ejemplo la demagogia con la que nos martillean nuestros políticos. Es una angustia y un tormento que sufrimos mientras nos sentimos inmersos en una indefensión total. Pero no es cierto que estemos indefensos, ya que tenemos nuestro pensamiento, nuestro discernimiento, nuestra voz, nuestra fuerza y nuestro coraje, nuestra acción; y más allá de ese voto que podemos depositar cada cuatro años en las urnas, a modo de engañifa de “soberanía del pueblo” con la que nos quieren mantener quietos y dóciles, podemos actuar como ciudadanos y denunciar las cosas. Podemos cambiar las cosas… El problema es que no creemos en ello.
De modo que la vida está impregnada de relatividad. Me dirán “Ya, lo que dices es que quien no se consuela es porque no quiere… Todo lo ves muy fácil” Bien, están en su derecho y pueden decirme cuanto quieran… Pero lo cierto es que sólo la muerte es absoluta, definitiva, redonda y esférica en esta vida. Y mientras estamos vivos y en la vida, todo puede ocurrir; podemos cambiarlo todo y esperarlo todo. Sólo tenemos que tener fe en lo que creemos, una esperanza activa y dinámica y ganas de actuar. La elección es nuestra. Siempre nuestra. Porque la vida y las elecciones que tomamos -acertadas o no-, nos pertenecen. (Fragmento de mi libro "Espacios de encuentro con uno mismo")
1ª.-Aquí no se trata de abordar el “ser” de un modo filosófico, sino más bien pragmático y cotidiano. Quien quiera filosofía del ser, que lea a Parménides, Protágoras, Aristótoles, Descartes, Sartre, Kierkergaard, Heidegger u otros.
2ª.-Tampoco se trata aquí de algo inmanente, transcendente, metafísico o de parecido corte. Aquí hablo de la vida y del vivir. Del camino que nos lleve a sanar nuestros inflados egos y hacernos más humanos.
Cierto que voy a hablar del Tesero de ser. ¿Pero que quiero decir con ello? Con ello me refiero a la andadura de búsqueda de lo que somos; del encuentro con uno mismo y con su más absoluta desnudez. Con todo eso del ser, de la autoafirmación, de lo esencial, del tesoro interno, etc. pudiera dar la impresión de que asevero que cuando uno logra descubrirse en su propia desnudez, en lo más interno de si mismo, se va a encontrar con la perfección personificada, con un ángel purísimo e inmaculado, con la magnífica sabiduría sobre lo divino y lo humano,y con la bondad absoluta y suprema. ¿Eso creen? Pues déjenme que les diga algo: ¡se equivocan!.
Entonces, ¿qué diantre vamos a encontrar en nuestros adentros cuando sepamos mirarnos con los ojos del corazón y nos veamos nítida y cristalinamente? Pues algo parecido a una botica: de todo un poco. Pero eso sí: todo sorprendentemente distinto a como nos creíamos. Porque puede ser que, justamente, ante las cosas que nos creíamos fuertes, nos descubramos débiles, frágiles, vulnerables. Y ante las cosas que nos creíamos valientes, nos sepamos cobardes. Que ante las cosas en las que nos creíamos sabios, nos descubramos necios y ante las cosas que nos creíamos honestos, nos describamos unos rufianes. Puede ser que no nos descubramos tan leales, ni tan honestos como creíamos, ni tan sinceros, ni tan confiables; y, sin embargo, no dejaremos de hallar un preciadísimo tesoro. ¿Cuál? El de toda nuestra realidad, el de nuestra humanidad, el de nuestros sentimientos y emociones auténticos.
El tesoro de poder conocernos realmente y poder elegir entre permanecer como hayamos descubierto que somos o aceptarlo y corregirlo. El tesoro de descubrir nuestras aristas, nuestras flaquezas, nuestros defectos y errores, pero también nuestrasvirtudes y aciertos. El tesoro de descubrirnos en toda nuestra autenticidad; porque sólo así podremos crecer como humanos; sólo así podremos alegrarnos y sufrir por lo que nos alegre y nos haga sufrir, sin falsedades ni autoengaños, y lo más importante, sólo así podremos amarnos y amar a los demás; sólo así sabremos qué entregamos cuando lo hacemos y que negamos cuando lo hacemos; sólo así podremos ser solidarios y comprensivos; tolerantes y flexibles; y todo eso es el más preciado tesoro que podemos poseer.
Entonces, que nadie se lleve a engaño acerca de ese gran tesoro del ser. Porque ser no significa “ser un ángel”, aunque tampoco significa “ser un demonio”. Ser, significa en primer lugar vida y estar despierto y vivo. Asumir por sí mismo las decisiones y elecciones que le conciernan, así como las renuncias y no estar encadenado a un rebaño. En segundo lugar, significa autenticidad y ausencia de engaño para consigo mismo y para con los demás. En tercer lugar significa disponibilidad y apertura al cambio. Y por último, Ser, significa amor, servicio y entrega, que son los tres únicos aspectos que conducen a la felicidad si se realizan desde ese tesoro del ser y en absoluta incondicionalidad.
Así pues, ¿estamos listos y lo tenemos claro? ¡Pues adelante, que se hace camino al andar!.
(Fragmento del mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”)
La única búsqueda válida y efectiva es la interna. No hay otra posibilidad en la dirección de la búsqueda. La expansión de la conciencia es una explosión interna de luz –esto es de información real y auténtica, fruto del trabajo arduo, constante, doloroso y vivificante del esfuerzo y trabajo realizado por uno mismo durante la observación activa, serena, tolerante, respetuosa y fraternal de los paisajes que va encontrando durante ese viaje de descenso a lo oculto del ser interno; a la esencia del espíritu agonizante y eterno que se nos desvela en ese descubrimiento de lo real de uno mismo. No hay, ni aquí sobre la Tierra ni en ningún lugar del cosmos, otro modo de acceso al conocimiento y a la verdad de ser.
No existe la fórmula mágica, la receta magistral, el toque shamánico, el toque ocultista iluminado que posibilite el evitarse esa marcha iniciática propia o que otorgue la iluminación, el conocimiento. Nadie puede dárselo a otro. Nadie puede obtenerlo de fuera, porque otro, supuestamente se lo de, ese “artículo”, el del auto conocimiento, no existe en el mercado; sólo existe en lo más hondo de cada uno de nosotros y no sirven ni “iluminados” ni “gurús” ni “maestros” ni “naguales” ni otros tipos tales que puedan darle a uno, así como por arte de magia o como quien vende un artículo determinado la iluminación del conocimiento de sí mismo; la luz del encuentro con su esencia. Y sí alguien se reconoce a sí mismo como poseedor de esa capacidad, él tal no sería nada más que otro ególatra confundido por un fatuo poder y vacío de identidad. Nadie puede, pues, ahorrarnos ese propio esfuerzo y trabajo en esa búsqueda, en ese encuentro.
Lo que si existe es el falso y brillante resplandor producido por nuestro “Gran Engañador” o Ego inflado y enfermo, cuando se entrega al avasallador bombardeo del diálogo que se establece entre él y el “Gran Engañador” de otro. Desde ahí, desde el parloteo del “gran Engañador” sí es posible que uno alcance la “Iluminación” porque alguien se la otorgue sin que aparentemente le cueste nada…
¿Por qué nos entregamos a esa quimera mortecina y aniquilante? Tal vez porque “Dios los cría y ellos se juntan” –me refiero al “Gran Engañador” de cada uno- o probablemente porque nuestros automatismos nos llevan a delegar nuestra responsabilidad siempre en otros:
-“Que me lo den hecho”
-“Que el gobierno nos saque del sombrero del mago la sociedad perfecta que deseamos”
-“Que arreglen el país y que funcione y vaya bien”
-“Que me aprueben el examen”
-“Que me toque la lotería”
-“Que me curen”
-“Que me arreglen la cabeza”
-Que me arreglen la vida”
-“Que me sanen el cuerpo”
-“Que me devuelvan la salud”
-“Que me transformen en sabio”
-“Que me digan como se hace… Lo que sea, o lo que es mejor, que me lo hagan”
-“Que venga el gurú o el iluminado de turno y me venda la iluminación”…
-“Que el sacerdote me perdone”
-“A mí que me salven”
-“Que me limpien la energía”…
-“Que me pongan a funcionar energéticamente”…
-“Que me abran los chacras”…
-“Que me los equilibren”…
-“Que me adivinen el futuro y que además sea bueno…”
-“Que me salve el libro, con las recetas mágicas que contenga…”
-“Que me, que me, que me…”
¡Y que se yo cuantas cosas más!
Y así eternamente respaldados por la oscuridad de la ignorancia y el terror de la esclavitud al desplazar una y otra vez nuestro compromiso sobre los lomos de otro, al renunciar momento a momento a nuestra libertad, al depositar nuestro propio poder para la transformación y el cambio –poder que ni olemos- en el otro, y al idolatrar el poder" de otro, en la creencia de que lo posee en mayor medida que nosotros mismos, en tanta medida, que puede accionarlo en nosotros, nos vamos sumiendo en una negra y enajenada despersonalización… ¡Cuanta oscuridad, necedad e ignorancia!
¿Y qué otra cosa puede hacer uno que se cree esclavo, sin siquiera ser consciente de cómo, ni de la existencia de esa creencia, ni de cómo funciona a través de ella? Sólo quien es libre, y se sabe y se conoce libre, puede ser responsable, y actuar desde la responsabilidad; que es lo mismo que actuar desde la libertad y desde el dominio de sí mismo. En la oscuridad, en las tinieblas que nos cercan, en la ignorancia que nos penetra y nos desborda no hay luz. De manera que la oscuridad, la ignorancia, no pueden, de ningún modo, darnos la luz. Y en la oscuridad estamos nosotros, y todo aquel otro que cree tener poder para conferir y otorgar la luz y el conocimiento.
Lo único que nos damos, unos a otros, con tales creencias, son golpes mortales de oscuridad. Y así vagamos de golpe en golpe, de ceguera en ceguera, de herida en herida, por la densa noche de nuestras tenebrosas vidas de modo semejante a aquellos pobladores de la caverna de Platón... ¡Qué profunda y terrible tristeza encontrarse de pronto con esa pavorosa verdad!. Uno se la encuentra en todo momento, pero, como de pura ceguera, no es siquiera capaz de percibirla, camina aparentemente sereno, sintiendo, eso sí, esa angustia característica que produce aun la tenue voz del ser esencial al ponernos alertas y vigilantes ante tales cosas. Pero, las más de las veces, uno se confunde; y atribuye esa peculiar angustia a las mil y una agitaciones del autómata en el que se ha convertido.
Únicamente una vez, y ya metida en la harina del viaje interno de la búsqueda, me quedé así, sin casi apenas saberlo, cara a cara con esa verdad. Lloré amargamente, profundamente, desconsoladamente; no pude advertir en ese instante ni el sentido de mi tristeza ni la profunda transformación liberadora que significaban mis lágrimas. Recién ahora puedo alcanzar un atisbo de sentido; esas lágrimas fueron el detergente más eficaz que jamás tendré para limpiar toda la suciedad que supone una existencia anegada y recubierta de ignorancia, de oscuridad.
Insisto: no hay posibilidad de búsqueda hacia fuera. No existe la expansión de conciencia desde el exterior. No existen –y nunca lo repetiré lo bastante-, los vendedores todopoderosos de conocimiento, ni la adquisición cómoda y pasiva del mismo. Si alguien lo cree, y trata de obtenerlo así, se engaña. Ese “alguien” está perdido, y ciego, en lo falaz y oscuro de las creencias e ideas que le genera su “loca de la casa particular”. Y si alguien se cree con ese poder, con el poder de “implantar” en los demás el conocimiento, no hace más que participar y perderse en ese mismo automatismo. No hay otro método viable que no sea el de “mover el culo” (como dice el refrán acerca de aquel que quiere peces). Lo demás es ilusionismo y literatura barata.
(Fragmento de mi libro “Espacios de encuentro consigo mismo”).
En primer lugar quisiera presentar algunas consideraciones a cerca de lo que significa autoafirmarse y de lo que, a pesar de las apariencias, no sólo no es autoafirmarse, sino todo lo contrario.
-. Autoafirmarse quiere decir, potenciar la verdadera esencia del ser; significa, actuar con las verdaderas potencialidades del ser humano, expandiendo la consciencia, y dando un sentido real, creativo y constructivo al movimiento de todas las energías que lo habitan, que lo nutren y que le rodean; en una realización vital, positiva y esclarecedora que enriquezca su hacer y su estar en el mundo.
-. Autoafirmarse es, por tanto, la actuación consciente del obrar humano con las directrices del ser, que otorga a la persona una confirmación del sentido de su vida más allá de las máscaras que la ocultan. Máscaras que desdibujan, oscurecen y empobrecen su cotidiana existencia.
-. Autoafirmarse es el resultado de un proceso de conocimiento realizado por el ser humano en lo más interno de sí mismo. Proceso que conduce a la persona a desvelar lo más verdadero y esencial del ser que duerme oculto en su interior. Proceso que permite a la persona descubrir la riqueza del pensamiento creador y de la acción liberadora y fértil de los impulsos y movimientos que moran en ella y que desconocía.
-. Autoafirmarse es obtener, en un primer momento, un mayor y mejor conocimiento, tanto de sí, como de los funcionamientos automáticos y mecánicos que, de una manera constante, inconsciente y repetitiva, han sido los impulsores y motivadores de todos y cada uno de los comportamientos, pensamientos, creencias, ideas, proyectos, necesidades, deseos, ambiciones, sentimientos, emociones y pasiones.
-. Autoafirmarse es, en un segundo momento, hacerse más conscientes de cómo esos impulsores y motivadores automáticos han construido y dirigido el desempeño de todos los roles de nuestro cotidiano existir y transitar por este mundo en esta vida, convirtiéndonos en robots despersonalizados y ciudadanos del miedo, y después de reconocerlo, despojarnos de todo ello y lanzarnos a esa gran aventura de ser uno mismo.
-. Autoafirmarse es cada paso que con una resonancia esencial y olvidada, va dando el ser humano hacia su naturaleza vital, al encuentro con lo real de uno mismo, que yace amordazado por las voces y el tumulto de las máscaras y de los engaños en el seno de lo más profundo e íntimo del sí mismo.
-. Autoafirmarse es cada instante de escucha profunda del sonido vivo y cantarín que llora en nosotros; aturdido por todo cuanto nos parloteamos utilizando sólo la estupidez y la necedad. De todo lo falso en nosotros que riela en el espejo del sin sentido de nuestro espíritu agonizante y de nuestra vida.
Por último, el proceso de autoafirmación nos posibilitará llegar, a un verdadero y libre obrar en la responsabilidad fructífera del ser. Nos permitirá alcanzar ese libre obrar que nos determine a romper las ataduras y asfixias que envuelven y esclavizan nuestro hacer y tener. Nos permitirá discernir que poseemos otros recursos y salidas distintas al estar siempre movidos e impelidos por la ciega angustia y mortecina oscuridad de esa personalidad ilusoria e infantil. Personalidad que está formada por todos los patrones e imágenes que configuran y definen nuestro ego. Personalidad que convierte al ego en un loco y aberrado director del total de nuestras energías, y de nuestros impulsos de vida, dirigiendo nuestros actos a la gran falacia del conformarse con todos y con todo para evitar ser rechazados, para comprar aceptación, agrado y comprar migajas de falso cariño, que más que amor son servilismos y sumisiones que concedemos.
Todo esto, en síntesis y así, a bocajarro, es autoafirmarse. Veamos ahora lo que no es autoafirmarse, y sí es autonegarse:
-. No es, ni tiene nada que ver con la autoafirmación, el inflado egoísta y egocéntrico de todas esas supuestas potencialidades del yo (en este caso yo infantil), que se arman y se nutren de los espejismos y máscaras de nuestro inflado y egocéntrico ego.
-. Nada tiene que ver con la autoafirmación la exacerbada búsqueda de gratificación ególatra e idólatra de nuestra pobre personalidad ilusoria; sostenida, únicamente, por la omnipotencia de creernos en posesión del poder de complacer siempre a todos y en todo.
-. No es autoafirmarse ese desbordante tumulto de creencias tomadas por certezas que conducen nuestros destinos desde la negatividad y el destructivismo hacia la desesperanza de un consumismo prometedor de falsos y quebradizos “bienestares”, donde la realización de la dimensión humana se mide en términos de posesión y acúmulo de bienes materiales, y de logros competitivos de derribo y acoso bestial; donde los medios justifican todos los fines; donde la ética y la estética sólo se determinan con parámetros superficiales de satisfacción personal; y donde la discriminación es el instrumento mayoritariamente al uso, y al abuso, de la persona con la persona.
Cuando la mente funciona guiada por los patrones, guiones, “chips” y demás programas, que accionan la energía al margen de nuestra voluntad consciente, se configura esa personalidad ilusoria que es nuestro yo infanti, y que da como resultado un ego inmaduro y enfermo que se confunde con la verdadera identidad y toma por conocimiento real lo que, únicamente, es espejismo. Entonces se genera todo tipo de pensamientos negativos que aniquilan el espíritu la esencia de la persona. Mecanismos automáticos que, cuando la mente funciona desde ellos, sumen al ser humano en un buceo continuo de aguas negras y tenebrosas, que le transforman en ciudadano del abismo, pelele del consumismo y súbdito de la oscuridad y del pánico. Porque ¿qué otra cosa es la oscuridad que la ignorancia? ¿Y no es ignorancia tomar lo reflejado como lo que realmente se refleja?
De modo que, autoafirmarse, no es vivir en la oscuridad de la ignorancia y de la esclavitud, manejados como títeres en tinieblas y sin control; y lo más patético, es que cuando se actúa así se es títere de uno mismo; son, entonces, nuestras manos privadas de razón y conocimiento, privadas de sanas emociones, quienes mueven los hilos de la perdición, convirtiéndonos en tiranos de nosotros mismos. Sí, de nosotros mismos, digo bien; y ello, agravado por el hecho de que no sólo no nos conocemos, si no que ni siquiera lo advertimos; puesto que no somos conscientes de ello. Vivir en esa negación y en esa oscuridad de la ignorancia es autonegarse. Y autonegarse es, a su vez, impregnarse de negatividad.
De manera que autoafirmación y autoafirmarse es equivalente a positividad, a vida, a libertad, a elegir y a renunciar; a errar y a acertar desde la honestidad de lo auténtico; mientras que negatividad es lo contrario, esto es, autonegarse y destruirse con las mil y una máscara y espejismos que sobre nosotros hemos construído. ¿Qué otra cosa es, sino, el continuo desoír al ser que aflora en crisis de angustia y de pánico, para lograr ser escuchado por algún pedacito de nosotros; que anhela salir a la luz a través de alguna de las rendijas reales de silencio activo e iluminador que, cada vez más espaciada y tenuemente, casi ya rayando la excepción, logra interrumpir el parloteo continuo y ensordecedor del yo infantil anegado y extenuado por los constantes bombardeos sin sentido de ese chip “desastroso de la autonegación?
Así que, para resumir podemos establecer:
1º.- No se puede, en consecuencia, ejercer la Autoafirmación sin consumar el proceso de búsqueda del ser esencial, ese viaje de búsqueda que, si lo es, sólo puede serlo dirigido hacia lo hondo de nosotros mismo, hacia dentro, hacia el receptáculo perdido en nuestras entrañas contenedor de todas las respuestas.
2º.- Esa búsqueda únicamente puede realizarse a través del viaje inciático que parte de las tinieblas que configuran la oscuridad de la ignorancia inconsciente que nos rodea y nos posee por dentro y por fuera, y se dirige a la meta del conocimiento guiado por esa tenue luz, tapada y oculta, cuya llama yace escondida en la sima más baja y profunda de nuestra caverna interna. Porque si la oscuridad es algo, es absoluta ignorancia, perfecta manipulación y enajenación de uno mismo por uno mismo, atado y casi ahorcado por la cuerda de la esclavitud inconsciente en la que vegetamos ese letárgico sueño de apariencia de vida que nos impregna de muerte.
3º.- No existe otra búsqueda, y si nos deslumbra la apariencia de una existencia tal, ese fatuo y falso brillo deslumbrante no es la búsqueda, sino la gran pérdida en la que ciegos y dispersos deambulamos todos. No existe receta ni sustituto de esa búsqueda particular e instraferibe. No existe gurú ni iluminado que nos ahorre ese tránsito.
Lo único que alguien adelantado en ese proceso inciático puede hacer por otro que principia el viaje, es hablarle de los obstáculos que probablemente encontrará, de las veces que se convirtió en desertor y emprendió una despavorida huida; de las veces que caminó extenuado y casi yerto, dando vueltas y vueltas en círculos por el árido desierto hasta que reencontró el camino hacia el ser; de todas las negaciones de sí mismo que sostuvo; de todos los espejismos en los que se estrelló y perdió mil veces; de todos los fuegos fatuos que adoró, cegado por sus falaces y seductores brillos; de todas las perdidas y reencuentros que vivió y aun vive. Para sostener con humildad, con tolerancia, con respeto y con amor los vacilantes pasos del recién embarcado y, fraternalmente, prestarle un pañuelo para que enjugue sus lágrimas, y ofrecerle el hombro para acoger la convulsiones de su amargo llanto. Para tenderle una mano por el foso en el que se hundió y ayudarle a subir de nuevo. Para, incluso, caer alguna vez juntos y, apoyándose el uno en el otro, recuperar el equilibrio perdido… Eso sí se puede hacer y compartir, en el supuesto caso de que uno haya perseverado algo más de un rato en el camino de la aventura de la búsqueda, y pueda encontrar el auténtico rasgo de verdadera compasión, para compartirlo con el hermano y compañero de viaje… Eso que es tan poco, pero que es muchísimo, únicamente lo posee, quien ha llegado a vislumbrar la presencia alentadora de la llama escondida en lo oculto de su propia gruta interna; por lo demás, en este viaje hacia ser, todos somos peregrinos y como mucho, compañeros en la ruta.
Pero encontrar un compañero de viaje “tan avezado”, “tan experto”, es como hallar de pronto esa “rara avis” con la que uno excepcionalmente tropieza una sola vez en su vida. Y con todo, lo más probable, es que tropiece con ella sin la posibilidad de advertirla, o que, advirtiéndolo, no llegue a creer que sea posible tanta suerte, o que el trabajo que presupone le parezca ingente antes ya de empezar y lo abandone…
Así que no hay más cáscaras que ponerse manos a la obra y trabajar, trabajar y trabajar; sí, trabajar sin desfallecer y aceptar cuanto de nosotros vamos conociendo aunque no todo sea ni lo angelical que creíamos, ni lo perfecto, ni lo airoso... Lo cierto es que no somos ni tan buenos ni tan malos como creemos, simplemente somos, con todo lo que ello implique, y aceptarnos es el único camino para poder dejar de autonegarnos, corregir lo que haya que corregir, mejorar lo bueno, y autoafirmarnos desde la honestidad y sinceridad de ser. Y la única senda que nos lleva a ello es el trabajo con uno mismo. Que no en vano decían los alquimistas que la piedra filosofal sólo se encuentra después de orar, leer, leer, leer, releer y trabajar; donde lo de leer, no consiste en un ejercicio intelectual guiado por normas y libros. No, que de ese modo, no sólo no se encuentra nada; si no que uno aumenta en ignorancia, y acrecienta su oscuridad y la de su entorno. Se trata de mirar y de ver con los ojos del corazón; sí, eso tan manido, tan trillado y tan reiterado, pero que tan difícilmente, y con tanto esfuerzo se consigue. Y esos ojos hay primero que conseguir abrirlos y hacerlos –como ahora se dice-, operativos.
Así que ya pueden venir gurús, naguales e iluminados de nueva era. En suma falsos profetas que se venden a sí mismo como expendedores de conocimiento y libertad, cuando lo único que hacen es acompañarnos a “revolver la mierda” y ayudarnos a hundirnos más profundamente en ella. Pues eso es lo que logramos, “revolver nuestra profunda y negra mierda”, cuando los seguimos en un supuesto obediente discipulado. De ellos decía ese gran Iniciado que fue Cristo: “por sus obras los conoceréis”. De modo que no nos queda otra que asumirnos como obreros autónomos, pacientes, constantes, disciplinados, perseverantes y dedicados al esfuerzo de la propia construcción del propio edificio: nosotros mismos.
En nosotros, en nuestro interior aguarda el Tesoro. En nosotros, en nuestro interior espera paciente la luz a ser encontrada por nosotros y a iluminar nuestra vida. ¿Queremos embarcarnos en ello o preferimos permanecer en el barco con timón fijo al puerto tenebroso de la perdición? Cada uno que asuma su respuesta.
(Fragmento del mi libro “Espacios de encuentro consigo mismo).
(Nota: vuelvo a agradecer a Blogia el rápido restablecimiento del servicio, y a pedir disculpas a "los fieles" de esta página. A todos un abrazo entrañable)
No creo haber descubierto "la pólvora" con lo que a continuación se disponen a leer. Al fin y al cabo "nada nuevo hay bajo el Sol" -lo dice la Biblia, libro que les recomiendo leer despacio- y todo se halla a la vista de quien quiere y sabe ver.
Desde los Vedas hasta Lutero, pasando por Lao Tse, Confucio, La Biblia entera, los presocráticos, Socrates, Platón, etcétera, se ha dicho y escrito casi todo lo que se podía decir y escribir sobre el ser humano y sus conflictos; así que difícilmente pueda añadirse algo realmente "nuevo". Lo nuevo tal vez sea el modo que se emplea para decir una y otra vez la misma cosa; pero la "cosa en sí" es la de siempre y si me apuran hasta los novísimos conceptos de la física cuántica pueden hallarse en la filosofía asiática antigua...
De manera que yo me considero más amanuense que escritora, y si algo "nuevo" creo -de crear- es más bien un modo actualizado y sencillo de decir, y encontrarse, o reencontrarse,lo de siempre. Con palabras llanas y de nuestro momento actual -con palabras de hoy y con conceptos en zapatillas-y, eso si, con la menor cantidad de "paja" posible; que para "paja" ya vale y sobra con las que mentalmente nos hacemos todos los días. Así que eso y no otra cosa hago, porque crear, lo que verdaderamente es crear sobre el ser humano, eso ya lo hicieron los sabios y pensadores de la humanidad; como ya he señalado antes.
Pero como hay quién cree que leer a esos verdaderos creadores es muy complicado, aquí estamos nosotros los "amanuenses"-que no escritores- para, a fuerza de repetir y repetir, recordárselo. Aunque yo les aconsejaría que fueran a las fuentes y bebieran de ellas. ¡Háganlo!. Sí, háganlo aun cuando necesitenhacerlo más despacio, con más calma... Dejando y permitiendo que las palabras se afinquen en sus mentes, sin intermediarios que"les aclaren, les mastiquen, les digierany se lo den todo elaborado y hecho", por muy calificado que estos intermediarios sean.
¡Dejen a los intermediarios! ¡Ya son ustedes adultos! ¡Pueden acercarse y nutrirse solos! No se crean que no pueden, que no saben, que no entienden, que necesitan maestros y traductores... ¡No se lo crean! Ustedes pueden acercarse a esos textos, leerlos y extraer sus propias conclusiones. ¡No es cierto que sean tan difíciles de leer! Háganlo y verán. Reencontrarán esas palabras que duermen en sus corazones -que son las mismas- y resplandecerán desde dentro de ustedes, desde lo más profundo de su ser; será como si algo muy familiar, algo así como "una nana" prehistórica que estaba dormida dentro de sus corazones, despertara y les meciera. Como si "las manos de sus almas" les envolvieran y les mostrara sus verdaderos rostros haciéndoles recordad quienes son, de donde vienen y a donde van; y al recordar quienes son ustedes y la misión que les ha traído aquí, pudieran reconocer, no ya las huellas, sino el camino por excelencia por el que un día caminaron y se perdieron.
Así que les decía que en este libro que he terminado de escribir, y que les iré mostrando poco a poco, no propongo ni la autoayuda, ni mostrar nada nuevo, ni desvelar ningún secreto o misterio. Sólo, tal vez, traer al presente ese eco ancestral dormido en nosotros, actualizar esa melodía con ritmos de hoy. El verdadero interés de este libro no es otro, pues, que el deseo de que ustedes se descubran a sí mismos y alcancen su mayoría de edad; junto al interés de llevarles a ese camino que habita en el corazón de cada ser humano aguardando ser descubierto por su propietario.
Este es el interés de "Estos espacios de encuentro" que, no podrán tener en sus manos, ya que para ello debería publicarlo una editorial, cosa que dudo mucho que suceda, puesto que para ello debería enviarlo y no lo hago. De modo que lo podrán ir leyendo por aquí poco a poco, como ha sucedido con otros, verbigracia “Cuentos para la libertad” que ya queda poquito; porque, ¿qué interés tiene un libro si no es leído y divulgado? ¡Ninguno!. Pues bien, como no creo que vaya a ser publicado, podrán explorarlo y bucear en él en este blog, único medio de divulgación con el que cuento y quiero contar.
(Prólogo de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”)
Soy psicoanalista, o psicoterapeuta, o simplemente terapeuta, si lo prefieren -personalmente, prefiero este último término y tal vez otro día les llegue a decir por qué- y en mi profesión se habla, se debate y se escriben ríos de tinta a cerca de “la cura” (referido a la curación de los pacientes) Tanto es así, que de tanto hablar de la cura se llega a creer que verdaderamente una cura algo, tanto, que casi se ve a sí misma investido de un mágico poder que logra curar a los demás de cuantas dolencias les aquejen. Pero cuando me pregunto por la investidura que me cubre, y, me pregunto, por ese mágico poder que cura al otro, descubro que no soy yo la que cura, sino que es el otro quien se cura a sí mismo.
Entonces, me sigo preguntando por lo que se cura: ¿qué es lo que estaba enfermo? ¿Qué es lo que se ha curado? ¿Qué tuvo que ver una en ese proceso? ¿Pudo haberse curado esa persona a sí misma sin la intervención de una? ¿Cómo influye la intervención del terapeuta en ese milagroso proceso de la cura?
Cómo les decía antes, pueden llenarse bibliotecas con todos los libros que se han escrito y editado tratando de dar respuesta a estas preguntas, y, digo tratando porque aún no ha caído ninguno en mis manos, ni he leído ninguno, que realmente las responda... Puede parecer presuntuoso por mi parte tal afirmación, pero créanme que he tenido en las manos bastantes libros, y he leído al respecto lo suficiente, cómo para poder afirmar algo así. Les diré más, ni siquiera yo, después de muchos años de práctica y de estudio, tengo la certeza de estar en posesión de tales respuestas..., pero se me ocurre que, quizá, únicamente exista una respuesta a todas esas preguntas, y que esa respuesta sea tan obvia y sencilla como la que dio Cristo: "...tu fe te ha salvado" o esta otra también dada por él: “porque ha amado mucho sus pecados le han sido perdonados” ¿Y de qué manera puede entenderse el pecado si no cómo todo aquello que nos convierte en mentira?
Y ustedes me dirán, ¿Cómo puede decir que es agnóstica y hablar tanto de Cristo? Pues verán, existiera o no, fuera real o mito, parece que decía –o ponían en su boca- cosas muy interesantes, cosas que me agrada leer -me refiero a los evangelios- y más allá de que se crea o no en su divinidad, les aseguro que si pusiéramos en práctica su mensaje, otro gallo nos cantaría a todos. Para mí fue cómo el primer ácrata o algo así… Pero volviendo al tema de la cura; de lo que estaba enfermo y se cura; y de "quién es quien cura qué" se me ocurre que, tal vez, sea justamente el descubrir la verdad de lo que somos, deshaciéndonos de toda la oscuridad de las mentiras en las que nos vamos convirtiendo, lo que realmente cura; y ahí si tiene que ver el terapeuta, que si lo es, es una buscador de la verdad. Primero de la verdad en si mismo, y luego, de la verdad escondida en el otro. Tal vez sea a través de esa búsqueda de la verdad que todo terapeuta sincero emprende, que se llega a consolidar, en el alma del sufriente, esa fe en sí mismo que creía perdida y que, reencontrada, protagonice todo el proceso de manifestación de la verdad esencial conduciéndolo a la Cura Real, o -lo que es lo mismo - al conocimiento de la verdad que se esconde en su ser. Y quizá ese conocimiento de sí mismo, al que el doliente accede, sea la roca en que se sostiene su curación, y toda curación. Sin embargo, sigo preguntándome: ¿podría darse esa curación si todo ese proceso de búsqueda de la verdad estuviera desprovisto de amor? ¿Puede lo muerto encontrar o buscar algo? Y digo “muerto” porque sin amor no hay vida. Pienso que sólo a través del amor es posible que la verdad pueda hallarse y manifestarse. En consecuencia, pienso que toda demanda de cura lleva implícita una demanda de amor, y que algo tendrá que ver en el proceso de la cura, esa demanda de amor que el doliente dirige -lo sepa o no- al terapeuta, y ese amor incondicional con el que el terapeuta debe mirarle y acogerle mientras dure esa andadura.
Más allá del "etiquetado y sintomatología" de lo que damos en llamar "enfermedad" se me ocurre que, lo verdaderamente enfermo -más allá de que sea la mente, una pierna o el hígado- fuera el disfraz con el que nos arropamos cuando el frío de los barnices socioculturales y de los tabúes, endurece nuestras entrañas y nuestros corazones, petrificándonos y confundiendo ese disfraz con lo esencial del ser; confundiendo, así mismo, la muerte con la vida y el odio con el amor. Cómo si lo que en nosotros se pusiera enfermo -a parte de la etiqueta que le demos a la enfermedad- fuera la mentira en la que nos vamos escondiendo para sobrevivir, y para ocultarnos hasta que punto estamos "muertos".
Sí, tal vez entonces, lo que nos parece "cura" no sea otra cosa que el desprendernos del disfraz; desprendimiento que difícilmente acontezca sin amor y sin fe. Porque hará falta mucho amor y mucha fe para soportar el dolor de renacer a la verdad que siempre fuimos. Entonces, la cura sería eso que convierte la mentira en verdad y nos abre a la verdadera vida, a esa a la que, confundidos, veíamos en nuestra mentira como muerte.
Trataré de explicarme: vamos convirtiéndonos en personas a través de la mirada del otro. Si esa mirada busca y ve la verdad en nosotros, es decir nos ve con amor, nosotros mismos creceremos y nos desarrollaremos en la verdad de nuestro ser, conjuntamente con el crecimiento del otro. La fe sería así en nosotros, un acto del ser, no del tener. Pero sí los ojos que nos ven, sólo nos miran desde sus propios disfraces y mentiras, la fe se convierte en temor, el amor se tiene por ausente y la verdad queda velada; escondida. Entonces crecemos en el frío del miedo y pensamos que únicamente los disfraces pueden darnos calor.
Si un terapeuta, cuando mira a ese otro que demanda su ayuda, únicamente ve en él los síntomas, y lo mira cómo a "su paciente" en lugar de verlo, cómo una verdad escondida y oculta en esa mentira con la que se disfraza; en lugar de verlo, y escucharlo, cómo una verdad que reclama ser descubierta, desde la fe en la verdad, en el amor y en la vida; en lugar de sentirlo, cómo esa verdad que pugna por emerger, desde todo aquello que nos hace iguales y semejantes en el camino... Si la escucha y la mirada del terapeuta no parte de ahí, ¿Qué cura podrá alcanzarse? Si únicamente se aborda lo enfermo desde lo parcial de la enfermedad, lo único que puede obtenerse es que lo enfermo crezca.
Así que todo esto de que es el terapeuta el que cura, y esto de que lo que se cura es "la enfermedad" es bastante complejo y más que una realidad objetiva y tangible, parece una más de nuestras fantasías; fantasía que se sostiene por el efecto que el convertir las creencias en certezas tiene en nosotros. Fantasía similar a la que nos hace denominar pacientes a las personas que acuden a nuestras consultas en busca de "remedio" a sus males. Fantasía que convierte en certeza la creencia de que nosotros - los terapeutas - tenemos un saber que ellos - los pacientes - no tienen; y que a través de nuestra actuación, es decir, poniendo en marcha ese saber, "los curamos", "los arreglamos", "les devolvemos la salud"; sin que por su parte, los pacientes, tengan que hacer nada; tan sólo "adorar" nuestros mágicos dones y privilegios; cuando lo cierto es, que el verdadero saber reside en lo más hondo de cada uno de ellos.
Esta creencia tornada en certeza, sostiene el modelo médico desde los albores de la humanidad hasta hoy, definiendo los dos lugares como un artículo de fe; como un dogma en el que hay que creer para curarse. Por un lado, el incuestionable y omnipotente lugar del médico, del psicoterapeuta y de todos los que creen que tienen la curación de los demás en el bolsillo, en su “sabiduría” o en sus manos -más allá de los conocimientos reales que su profesión le otorguen- y que es un lugar omnipotente y dominante de ese lugar que el doliente e impotente "paciente" ocupa. Es el lugar del doble poder: del poder cómo capacidad en cuanto a esos conocimientos que posee y que puede aplicar, y del poder cómo "dominación" del proceso de cura. De otro lado, el lugar de ese pobre y enfermo ser que, al parecer, nada sabe ni entiende nada de sí mismo, y todo lo espera del otro, desde ese sitio pasivo, silencioso e impotente del "paciente" que se convierte así en "un lugar negado".
Para penetrar esta "Fantasía de médicos, pacientes y curaciones" y comenzar a entender, de dónde vienen tantas creencias convertidas en certezas, y poder ir desarmándolas, hacen falta algunos ingredientes, muchos de los cuales no pueden adquirirse ni en las aulas ni en los libros; ingredientes que van incorporándose a ese quehacer alquímico de lo terapéutico a medida que uno se va despojando de omnipotencia y va clarificando esos míticos lugares hasta ver que sólo existe un espacio. Ingredientes que tienen que ver con la apertura de nuestra existencia y de nuestro día a día al crecimiento de la humildad y la humanidad en nosotros. Ingredientes que tienen que ver, también, con el grado en que nos abrimos al permiso que nos damos, para que nuestro ser se manifieste libre de máscaras, y obre en nuestras vidas.
En cuanto a lo de pacientes, yo diría que "pacientes" deben mostrarse ambos, tanto el terapeuta como quien a él acude creyéndose enfermo. La paciencia - después del amor y de la fe - es uno de los instrumentos más útiles e importantes en el proceso terapéutico; y no tanto la paciencia recíproca del uno hacia el otro y viceversa que tan necesaria es, sino la paciencia que uno debe ejercer consigo mismo, tanto el terapeuta como quien a él acude: ese al que damos en llamar “paciente” Ambos deberán recorrer juntos trechos oscuros y escabrosos durante los cuales la tentación de retroceder será más fuerte y seductora que la confianza y la fe en el proseguir. La paciencia agrandará la confianza y la fe, logrando afianzarse en el camino y, con el avance, convertir las tinieblas en luz. La impaciencia acrecentará la inquietud y la ansiedad llevando al retroceso y a la permanencia en la oscuridad.
Sí, reconozco que cuánto más crece mi experiencia como terapeuta más me afirmo en el convencimiento de que hablar de "Curación", de "enfermedad" y de "pacientes" es algo que pertenece más al ámbito de la fantasía que de la realidad. Ciertamente, algo se cura, pero lo que se cura y qué o quien es el agente curador, permanece todo un misterio.
(Extracto de mi libro "¿Dónde están las manos de mi alma?")
¡Bueno, hablando de "cura", decirles que me estoy curando rápidamente. Darles las gracias nuevamente por sus cariños y apoyos vía e-mail, y, asegurarles que la normalización de mi actividad bloguera llegará muy pronto. Espero. Hoy me llevan a revisión, confio en que se me levante la veda camera y se me permita caminar, conducir y todo eso que forma parte de la vida normal. Hasta la próxima, y que ustedes lo pasen bien!
Buscar las manos del alma es esa tarea de la cotidianeidad que nos saca de la rutina y significa nuestros actos de plenitud.
No importa si esa búsqueda pertenece al campo de la metáfora y de la retórica o a la más absoluta realidad. Lo que importa es que impregna nuestra existencia de sentido.
En ese buscar esas manos, las del alma, se me han escapado retazos de vida y de fantasía que han quedado sujetos en estas líneas, líneas que algunos, tal vez, intenten encasillar en el marco de lo que es una biografía, y aunque sí es cierto que aparecen datos biográficos míos en ellas, nada está más lejos de una biografía o de una autobiografía que las palabras y los hechos que van construyendo estas líneas. Los ojos que sobre ellas se posen "verán" la verdad o la mentira de lo que en ellas se va contando y juzgarán si vale la pena o no caminar conmigo un trecho para ver sí por fin encuentro o no esas manos que como el humo se escapan una y otra vez de entre los dedos. Si me acompañan, tal vez, aunque yo no llegue aún a encontrar las manos de mi alma, los ojos que me leen y me siguen, puedan encontrarlas manos de la suya. Nuestra existencia transcurre en un cotidiano pasar donde el morir y el renacer es un continuo de la vida que día a día atraviesa nuestro ser, llevándolo a cruzar umbrales que lo transportan a nuevas realidades. Las manos del alma son el asidero al que el ser se agarra en su viaje, las manos que guardan las llaves de cada umbral; y los umbrales son los de las puertas de esa inmensa casa que es el discurrir de nuestra existencia. Esta existencia nuestra es como una gran mansión con innumerables cámaras y recamaras, salones, corredores, pasillos, pasadizos, cuartos de baño, cocinas y despensas por los que una y otra vez pasamos, parándonos de manera fugaz a mirarmuebles y utensilios sin conseguir ver nada; hasta que a fuerza de repetir una y otra vez el paso por puertas y umbrales sentimos en nosotros el tacto de esas manos del alma y empezamos a vislumbrar, a ver. Entonces desaceleramos la marcha. Nos desprendemos de la ilusión del tiempo y de las ilusiones de nuestros complejos de percepciones mediatizadas y mentirosas, y, viendo, conocemos; conociendo, amamos; y amando dejamos de ser oscuros siervos de la casa, para convertirnos en sus verdaderos anfitriones, recobrando nuestra verdadera esencia y reencontrando, al fin, la libertad. Siempre acariciados y asidos por las manos del alma.
Extracto de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?” Carmen Moreno Martín Alias Hannah
Los míos tuvieron,en eso del irse, costumbres peculiares por no decir raras: se iban sin avisar ni despedirse, pillándome a contramano, dejándome ahí con sus partidas clavadas en el almacomo hachazos; luego dejaban raras herencias que uno, en este caso yo, no sabía cómo recibir: si como un privilegio o como una pedrada en la nuca. El primero que inauguró la marcha fue mi padre, a mis quince "abriles" y faltándome un mes para cumplir los dieciséis. Lo que empezó como un mal dolor de estómago fue un cáncer que le segó la vida a sus cuarenta y pocos años, y todo fue en un abrir y cerrar de ojos; entre carta y carta estando yo en Europa. De contar los días que me faltaban para las vacaciones, para reunirme con él, pasé a llorar la rabia y el dolor de su ausencia. Parece que cuando el dolor, la pena, la rabia y la ira me estrujan el alma y la razón sólo soy capaz de parir versos, y tanto la muerte de mi padre, como la de mi madre, años después, le arrancaron al violín de mi alma, las mas desgarradoras notas que uno pueda imaginar, pero no creo que sea este el lugar ni el momento de mostrarlo.
La tristeza, el dolor, la rabia, la ira, la desesperanza, el sufrimiento y todo ello junto con la incomprensión de lo que en un momento determinado de nuestra historia nos acontece, puede conducirnos no sólo al más oscuro de los abismos, sino también a la creencia de que ese abismo no tiene salida; puede llevarnos no sólo a permanecer afincados en la más irreversible de las melancolías, sino a la tentación de dar como certeza el que la única salida es desesperarse, quejarse o peor aún, buscar la muerte física real... Y esa muerte -tengan la seguridad-esa muerte jamás podrá salvarnos; ya que a esa respuesta ciega no puede acontecerle ningún renacimiento capaz de re-crearnos, reconciliarnos y transmutarnos en amor y luz.
Los míos, decía, se iban sin despedirse; sí, pero es que ni siquiera les daba tiempo a despedirse de sí mismos. El legado que mi padre me dejó, fue el de su última carta, en la que, entre otras cosas, me decía así: “si quieres algo, no cejes nunca en la lucha por conseguirlo. Si no quieres nada es que no has descubierto tu deseo; y eso es peligroso pues indica que no sabes lo que quieres; y para el que no sabe lo que quiere, no existe ningún camino. No importa lo difícil que sea lo que quieras, ni lo alto que se encuentre, ni lo lejos que esté de ti. Dirige hacia eso tu empeño sin desfallecer, sin dudar, sin renunciar. El conseguirlo depende sólo de ti, aunque no lo creas o no te lo parezca. No depende de nadie más. Pensar que el logro depende de los otros o de las circunstancias, es la excusa que se dan los neciosy los vagos para esconder su falta de esfuerzos, su falta de intento y su falta de fe. Puede que en el camino que emprendas y en la lucha por alcanzar tus metas debas rendirte muchas veces. Ríndete, pero no desfallezcas jamás".Y él ni siquiera sabía que entre su carta y la mía iba a emprender la marcha... ¿O sí? Eso nunca lo sabré.
Ahora puedo ver que fue un magnifico legado, pero entonces no lo vi como tal, y si algo me pareció, fue un sarcasmo; sí, una de esas macabras ironías del destino. Luego se fueron mis abuelos -los paternos, que a los maternos me los arrancó el nazismo antes de yo nacer- mi tío Rey, mi madre... Así sin avisar, a contramano; casi todos de la mano del cáncer yen la flor de sus vidas, a los cuarenta y pocos. Y entonces juré, que si al villano cáncer de la guadaña se le ocurría darme la mano a mí, yo no se la daría a él. ¡Que ya está bien de tanto repetir!Y vaya si me la dio. El cáncer me dio su mano y mantuvo la mía bien agarrada por un tiempo que me pareció eterno, pero conseguí desprender mis manos de las suyas y agarrarme a manos más cálidas y llenas de vida que esas gélidas garras que me atenazaron.
¿Saben? Hoy proliferan múltiples teorías y especulaciones acerca de cómo uno mismo es el generador de esa enfermedad; de cómo la ausencia de amor y el desfallecimiento ante la vida hacen brotar de nuestros cuerpos cánceres como brotan lasmalas hierbas en un campo abandonado. Yo no dudo que pueda ser así en algunos casos y tampoco se me escapa el hecho de que una situación de estrés, de sufrimiento continuado, de desesperanza, etc. deprime el sistema inmunológico hasta el punto de poder contraer cualquier enfermedad, y, en consecuencia,¿por qué no el cáncer?Pero una cosa es esto y otra buscar relaciones causa efecto que resultan disparatadas y peligrosas; tanto que rayan lo insano. ¿No es cruelmente insano el pensarque a alguien que cae en sus redes, -las del cáncer- se le arguya que encima se lo ha provocado élmismo? ¿A quién puede ayudarle dicho así? ¿No le conducirá tal aseveración a una desesperación aún mayor y a terribles sentimientos de culpa?¡Vaya flagelación! ¿No? De modo que pienso que los caminos que conducen al cáncer son "insondables" y para nada unívocos, y que aun pudiendo ser cierto que uno elija inconscientemente la enfermedad como camino, también es cierto que las aseveraciones salvajes sólo producen defensa y resistencia, así que se debería ser sumamente cauteloso con lo que uno le dice a otro acerca de sus enfermedades y males... Y volviendo a mi juramento, insisto en afirmar que la parca, por mucho que lo intente –y vaya si lo ha intentado- a mí no se me llevará por esa vereda. ¡Ea!¡Qué viva el narcisismo si nos vale para vivir! ¿Qué de algo hay que morir? ¡De acuerdo!Pero me esforzaré en tratar de morir de otra cosa que no sea cáncer, y si es posible, de vieja. El que lo consiga, es otro tema. Pero prometo empeñarme en ello. Y de momento voy cumpliendo día a día con ese empeño.
Pero sigamos con los que se fueron; decía que cuando mi padre murió, estaba yo en Europa. Y cuando mi madre murió, yo estaba en América. De manera que sus marchas fueron heridas reales y fantasmáticas que tardaron en cicatrizar. Los fenómenos inexplicables existen, y no por la imposibilidad de ser científicamente explicados son menos reales. En honor a la verdad debo decir que mi madre sí se despidió, o al menos yo eso creo. Yo dormía, como he dicho en América,y a las cuatro de la madrugada -hora local de aquellos lares- desperté porque una voz entrañable y familiar me llamaba como sólo ella solía hacerlo, con aquel vocablo cariñoso en yiddish: “Mädele, Mädele… Mai Mädele” Que quería decir: “Nenita, Nenita…Nenita mía” De que era la voz de mi madre y de que me llamó varías veces, no tenía ninguna duda; como tampoco la tenía en que no estaba soñando. Es más, estaba soñando otra cosa y su llamada, irrumpió en mi sueño de tal modo que produjo un violento despertar;cuando desperté, me quedé con una inexplicable tristeza pegada en las entrañas y rompí en llanto sin saber por qué. No pude reconciliar de nuevo el sueño y quedé despierta llorando. A las nueve de la mañana- siempre hora local americana -, llegó el telegrama con la amarga y desoladora noticia: mi madre había fallecido ese día a las ocho de la mañana - hora española- esto es, cuando me despertó su voz. Pero en el ámbito de lo demostrable, ella tampoco se despidió. Su muerte me alcanzó allá por mis “veinte y muy pocos” años. La herencia que mi madre me dejó fue reencontrar mis raíces. Buscar dónde fueron masacrados y gaseados mis abuelos - los maternos – judíos-alemanes, en qué campo de concentración fueron exterminados; para que cuando los hallara pudiera llevar cenizas a Jerusalén, a Yad Vashen, y rezar por ellos un “Khadish” (que significa funeral, en Hebreo). Cenizas que nunca serían, ciertamente, las suyas en exclusiva. Incluso ni siquiera fueran las suyas... En todo caso, cenizas de donde los mataron. Pero esa será otra historia.
Así que ese fueel legado de mi madre: el de la búsqueda; y aunque entonces no lo viví así, ¿Qué otra búsqueda podía ser sino la de mi origen, la de mi esencia, y, en suma, la de mi propia mismidad? Y no me refiero a la de ser o no judía sensus religioso, sino a otra cosa: a cómo se puede sentir una judía sin ser creyente, siendo agnóstica; la tradición dice que todo nacido de madre judía –aunque el padre sea un Goy –no judío-, como ocurría en mi caso con mi padre- es judío; pero yo soy agnóstica. Sin embargo, corren por mi sangre genes de una cultura milenaria –la de los judíos en la diáspora afincados en Europa central- que más allá de todo credo religioso, forman parte de mi identidad. Y esa fue la herencia que recibí de mi madre. La de esa identidad ashkenazí, la cual, al principio no me sirvió para otra cosa que para sentirme apátrida, ciudadana del mundo y hermana de todo bicho viviente, pero sin raíces en ningíun lado. Y más tarde, a medida que la iba aceptando, quizá me haya servido para algo más: para ser intransigente con la injusticia, la esclavitud y el expolio; para ser sensible al dolor de los otros, al amor, a la ternura y a la dulzura; para amar el violín y la música en general, y para amar las letras y las artes, y cualquier manifestación cultural nacida del alma de los pueblos de la humanidad… Y, tal vez, también, para bucear dentro de mí rastreando las huellas de las manos de mi alma, esas que aún no puedo decir dónde están.
(Extracto de mi libro “¿Dónde están las manos de mi alma?”)
Nota: En nombre de Carmen Moreno Martín, alias Hannah, creadora de esta Bitácora y autora de la gran mayoría de lo publicado en ella, les comunico que por el grave estado de salud que padece, el Blog no se actualizará -si todo va bien como esperamos- hasta dentro de unos meses, tal vez seis o más., AUNQUE ALGUNA VEZ COMO HOY, IREMOS SUBIENDO A PORTADA ALGUNA REEDICIÓN DE LAS MÁS VISITADAS.
Para los lectores que lo visitan, recordarles que disponen de más de 2000 artículos, poemas, decálogos, fragmentos de libros, ensayos, etc. en los apartados de la sección de "TEMAS" en el menú de la DERECHA DE ESTA PÁGINA, a su disposición. Hannah les manda un caluroso y tierno abrazo, además de su agradecimiento por el tiempo que la han seguido y la siguen, y también por su apoyo y cariño. Así pues, hasta que ella pueda de nuevo.
Si algún amigo tiene especial interés en conversar en directo un ratito con ella y quiere ponerse en contacto telefónico con Hannah, puede mandar un e-mail solicitando su teléfono y quienes le ayudamos y leemos los e-mail, se lo haremos saber. El e-mail de Hannah es: cmormartin@telefonica.net
Un saludo mío para todos ustedes. Nieves. Y ahora, para todos ustedes, "SOBRE LA AMISTAD" (Reedición de Diciembre 2005) Me pregunto con frecuencia si al hablar del amor y de la amistad no se estará hablando de lo mismo; y sí en la amistad no se ama de una manera más cercana a lo que realmente es amar, esto es, amar incondicionalmente: sin intereses, sin exigencias, sin egoísmo, que en el amor que se da en la relación de pareja.
Parece que cuando nos aproximamos a un amigo lo hacemos con menos máscaras y prevenciones que cuando nos acercamos al “enamorado o enamorada" y que tanto lo que le pedimos cómo lo que le ofrecemos a un amigo, está más limpio y desinteresado que lo que demandamos a nuestra pareja. (Aunque tampoco llegamos a mostrarnos del todo, ante el amigo, tal y cómo somos)… Pareciera que las máscaras están pegadas a nuestra piel con un pegamento atávico y desconocido cuyas adherencias resultan costosas de disolver.
¿Quién, incluso en nuestros días, no cuenta aún con amigos entrañables que conserva desde la infancia? ¿Quién no se ve en los ojos de un viejo amigo a sí mismo, sin buscar otra cosa que lo que él es cómo enuncia el proverbio ingles? Por el contrario, ¿cuántas parejas de nuestros días envejecen juntos permaneciendo en el verdadero amor? Alguien dijo que la amistad hace iguales; y lo cierto es que los amigos se esfuerzan en buscar lo que les asemeja, no lo que les diferencia. ¿Y no es amar también el buscar las semejanzas y no las diferencias? ¿Buscar lo que une en lugar de buscar lo que separa? ¿Buscar la disculpa y el perdón, en lugar de la falta y la condena?
¿Y no es todo esto lo que hace que una amistad se convierta en una roca sólida y estable? A mí en ocasiones se me antoja que en la amistad, la verdadera, estas cosas se logran de un modo más sencillo y auténtico que en la pareja, aun cuando el acto de amar, en sí mismo y por sí mismo, debiera ser el mismo acto, se ame a quien se ame. Tal vez el sexo lo complique todo y ese amor desgenitalizado que se vive entre amigos, facilite el conocimiento mutuo, y el poder amar y perdonase, el uno al otro, mutuamente, si llega el caso.
Tal vez lo que alguno de mis amigos dice, que la amistad es la octava superior del amor, sea cierto y la pareja sólo responda a la necesidad instintiva de la consecución de un intercambio genético que permita la evolución de la especie persiguiendo así fines reproductivos, instintiva e inconscientemente interesados, que poco tienen que ver con el amor; aunque mirándolo bien, si esos fines persiguen la continuidad de la vida y la vida es amor, tampoco pueden estar muy alejados de ellos. Más bien lo contrario; puesto que hace falta un verdadero acto de amor para aceptar la paternidad y la maternidad - al menos, en nuestra especie -, y dar la vida de manera consciente y responsable a un nuevo ser. Otra cosa es quien "trae hijos al mundo" como si se tratara de posesiones. Pero darle la vida a un nuevo ser y asumir su crianza, sus cuidados, su crecimiento, su educación, su libertad, asumir que no es "una propiedad" sino una vida autónoma e independiente cuyo destino es la autosuficiencia y el "despegarse" de nosotros; sí, asumir todo eso es absolutamente una expresión real y verdadera de amor.
Pero volvamos a la amistad. Indudablemente si no nos abrimos a la entrega y al amor no habrá forma de poder ser uno mismo amigo de alguien, y tampoco habrá forma de que alguien sea amigo nuestro. Yo siento que el amor es uno y único, como también lo es el amar; y pensar que es más fácil amar al amigo que a nuestra pareja no es más que una de las trampas que nosotros mismos construimos y en las que caemos sin cesar. En definitiva la amistad pide de nosotros el ejercicio limpio, honesto y constante de ese difícil arte, "El arte de amar” sobre del que tanto y tan bien escribió, el psicoanalista Erich Fromm.
Carmen Moreno Martín Alias Hannah.
(Imagen de: http://img290.echo.cx/img290/9678/18lv5iy.jpg)
Creo en que el mal y el bien existen, pero no cómo creación divina, sino humana; y que ambos habitan en el corazón de todo hombre y mujer dónde se enraizan y crecen confundidos.
Creo en que el mal sólo puede ser vencido con la acción del bien; nunca con más "mal", y por más "mal" entiendo todo aquello que enajena la consciencia humana de la solidaridad, la tolerancia, la generosidad, la libertad, el respeto, la igualdad, la paz, la justicia, la fraternidad, la equidad, la entrega, el amor incondicional, el servicio, y en suma, todos aquellos valores éticos que nos llevan a un crecimiento real.
Creo que los medios nunca, y en ningún caso, pueden justificar los fines.
Creo en la necesaria transformación individual para llegar a una transformación colectiva eficaz.
Creo en el trabajo, el esfuerzo, la voluntad, la disciplina y la constancia continuados para llegar a esa propia transformación necesaria para la realización de la utopia global.
Creo en la utopia, en la de Tomás Moro, en la de Marx, en la de Bakunin, en la de Ghandi, en la de Martin Luther King, y en la de todos aquellos que la personificaron con la entrega y el ejemplo.
Creo en las mentes y las manos unidas en el compromiso de la acción solidaria; más allá de las grandes palabras, más allá de los grandes discursos, más allá de toda erudicción, más allá de la enajenación de todos los dogmatismos que nos aprisionan, envilecen y paralizan. Y creo, también, en la necesidad de la educación, en una educación liberadora y libertaria, en una educación que cree memoria del pasado y entusiasmo para el presente y el futuro.
Creo en una ética libre de dogmas religiosos o de cualquier otra índole.
Creo en la autogestión y en la acción corresponsable y solidaria de todos los seres humanos, de todos los pueblos y de todas sus culturas, sin fronteras ni trabas.
Creo, firmemente, en que otro mundo mejor, no sólo es posible, sino, necesario e imprescindible; en que lograrlo es cosa exclusivamente nuestra, de cada una y de cada uno, instante a instante, día a día; del propio esfuerzo y de la responsabilidad propia y del juego de cada una de las responsabilidades individuales en la corresponsabilidad colectiva junto a la suma del esfuerzo de todos, sin dejaciones.
Y creo, finalmente, en otras muchas cosas que iré desgranando aquí, e invito a los lectores que hagan lo mismo.
“Nunca buscamos las cosas por si mismas, sino por la búsqueda” Blaise Pascal
Desde mi más tierna niñez quise ser médico, y si algo tuve claro durante la pubertad y la adolescencia fue que yo quería ser médico, y hacia eso me encaminé; pero lo que realmente quería ser, distaba mucho de lo que se aprendía en la facultad de medicina. Tardé en comprenderlo, porque sólo se puede comprender cuando uno se deja atravesar por las vivencias, aceptándolas en toda su magnitud y encarnándolas activamente en su globalidad; y no cuando uno va de actor de su historia, pasivo y resignado con los guiones que, según cree, le van adjudicando… por más que se esfuerce en el cumplimiento del papel o por más que se rebele y se queje, ese “ir de actor” no deja de ser otra forma de pataleta o rabieta improductiva e inoperante... Algo que sirve únicamente al interés de los guiones y lo deja a uno en la misma ceguera. Pero es preciso que "uno vaya de todo eso" y se queje, y patalee, hasta llegar al más alejado de los descentramientos, para que uno inicie ese darse cuenta de que existe un centro que debe buscar, anhelar y vivir. ¿Cómo podría uno, sin ese proceso, emprender ese viaje iniciático hacia el interior de sí mismo para, de iniciación en iniciación, descubrir y manifestar lo esencial de uno, y desterrar las mil y una separaciones –siempre imaginarias- que nos comprimen y enajenan del núcleo de la vida… ¿Y qué otra cosa que una iniciación continuada, pueden ser, sino, cada una y todas esas vivencias profundas y sin aparente explicación, que nos van atravesando a lo largo y ancho de nuestra vida? ¿No será ese camino iniciático de nacer, morir y renacer, una y otra vez, nuestro irrevocable destino? Tal vez, sólo sea posible así, de ese modo (iniciación tras iniciación), ir alejando de nosotros esa confusión y esa oscuridad que permanentemente nos inundan y atenazan… Sí, ahora sé que cada una de esas iniciaciones son peldaños que nos conducen a la luz, posibilitando ese encuentro salvífico con lo esencial y el descubrimiento de lo divino que habita en nosotros. ¿Pero cuántas iniciaciones son necesarias para llegar a ese conocimiento vivo? ¿Cuántas veces hay que morir y descender a la caverna para vivir y permanecer en la luz? ¿Cuántas veces tendremos que perdernos para poder al fin hallarnos? Las manos del alma guían y sostienen nuestros pasos a la par que nos introducen en los laberintos que inevitablemente debemos recorrer. Sí, ahora llego a comprenderlo y, sin la pretensión de considerarme una iluminada (¡que muchas tinieblas me quedan aun a mí que atravesar… y muchos monstruos internos que vencer!), no se me escapa el que esta comprensión debe tener algo que ver con esa otra a la que aluden los místicos cuando hablan de “iluminación”. Sin duda, tendrá que ver con ese acto de resurrección que, desde la historia particular de uno, se une con la historia del mundo permitiéndonos renacer al ser y a la posibilidad real de ser uno con todo. Pero ese saber estaba demasiado oculto dentro de mí para poder llegar a poseerlo en aquellos momentos. Sí, ese proceso estaba aún muy verde para aquel momento en el que "elegía" el curar "cosas tangibles". ¿Pero existen realmente tales cosas para ser curadas… ¿Es lo Humano tangible… Es tangible eso de lo Humano que se enferma, así sea el hígado, una pierna, la cabeza o un brazo? ¿No es, quizás, eso tangible de lo humano que enferma un grito de alarma del alma doliente, que busca desesperadamente a quien sepa escucharlo en esa justa y verdadera escucha del alma? Esas preguntas se hallaban como semillas durmientes en mi corazón, cuando comencé los estudios de medicina… Pero el hallar las respuestas era, en realidad, lo que yo buscaba con eso de ser médico. Por eso digo que, eso que yo quería ser, estaba muy lejos de poderlo encontrar en aquellas aulas de "Batas Blancas". Pero para hallar respuestas es necesario e imprescindible plantear las preguntas correctamente - ya que cada pregunta lleva dentro de sí la respuesta -, y es preciso, también, darse tiempo para que las respuestas afloren a la consciencia. Si no, sólo se obtienen respuestas de "tapaderas" que matan la sabiduría de la verdadera respuesta, dejándola enterrada en nuestro interior, a la vez que impiden que irradie hacia fuera… Y por otro lado, ahora sé que el hecho de preguntarse uno algo, desde lo interno y oculto de uno, es de algún modo ya en sí mismo una respuesta. Por aquellos momentos, en los años sesenta y en los preludios de mayo el sesenta y ocho, uno, si no era un alcornoque, respiraba unos aires de limpieza y utopía difícil de plasmar en palabras. Puede que, más que deberse a lo de “mayo del sesenta y ocho” se debiera a la juventud que uno tenía…Pero la verdad, a uno le parecía que nada, ni nadie podían ensuciarle los sueños… A uno se le antojaba que Thomas Moro no había muerto en balde y que “Utopía” era algo vivo, existente y realizable. Que Becket podía encontrar por fin su causa a través de nuestra juventud y que, esa causa, no era la "iglesia"… que las hogueras jamás pudieron matar a ningún espíritu de libertad y que los gorriones sólo se mueren en las jaulas, pero siguen vivos y libres por el cielo…y los pájaros cantores, aun muertos, trinaran sus cantos de libertad, sin que nadie pueda jamás enmudecerlos.
Yo, soñaba de pie, amaba, creaba y vibraba de pie… también estudiaba de pie (¡y eso no me gustaba tanto! Pero sabía dentro de mí que sólo los idiotas se sientan), debido a los porrazos recibidos donde termina la espalda por aquellos grises que sembraban los cuerpos, las mentes y las calles de opresión y espanto. Pero lo hacía sin conocer la magnitud del hecho. Lo hacía desde la inconsciencia y la efervescencia que la sangre hirviente de la juventud proporciona; y desde ahí, la facultad, las aulas, las disecciones, los tubos de ensayo y la mediocridad que lo impregnaba todo, me producía un hastío mortecino. Sí, todo en mí se erizaba ante el hecho de que había hombres que no podían ver más allá de las vísceras, de los tejidos, de los huesos... Se empezaba ya a hablar de robótica, aunque se trataba, entonces, más de ciencia ficción que de realidad; pero ese tipo de "hombrecitos" - me parecía a mí -, que, conceptual y vivencialmente, tenían ya la robótica cimentada en sus neuronas cuando se acercaban a sus pacientes o dictaban sus clases. Todo aquello de la “clase médica” y de la “neutralidad”, tenía un “tufillo” que no acababa de convencerme. Eso de tratar a los “pacientes” como niños desvalidos que no debían o no podían saber que lo que les pasaba (a pesar de tratarse de sus vidas), y a los que no se les debía contar sus dolencias con claridad, supuestamente para no alarmarlos… me parecía de una falta de respeto increíble. A mis perplejos e incrédulos ojos, todo aquello rezumaba una omnipotencia intolerable. ¡Ni que los pacientes fueran subnormales! Y lo que más me sublevaba era ese aire de sobreprotección y paternalismo con los que, esos señores médicos omnisapientes, explicaban su hermetismo y su despersonalización. ¡Cómo si no se pudiera hablar de humano a humano con un ser doliente!… Me decía a mí misma que nunca me cegaría hasta el extremo de dejarme imbuir de esas conductas, ni me deshumanizaría con todos esos biologicismos positivistas que constataba. Para mí, un ser humano enfermo y sufriente nunca sería “una neumonía”, "ni una litiasis", "ni el “322 de la cama la nº 5". Me decía a mí misma que si esos "hombrecitos de bata blanca" pudieran tragarse un sorbito de humanismo, de imaginación, de humildad y pudieran bajarse de sus "podium de saber", probablemente morirían intoxicados y espantados. Desde mis vísceras les gritaba: "Bailad, bailad, malditos, embriagaros de órganos, geneticismos y sangres; embriagaros de patologías, semiologías y órganos desmembrados; embriagaros de lo inanimado, de lo muerto; que yo me quedo del lado de la vida y del hombre entero, del lado del semejante. Que yo me quedo del lado de la impotencia y del dolor de la muerte, pero también del lado del milagro, de la incertidumbre y de la sorpresa de la vida. Bailad y gozad vuestra imaginada condición de “dioses” en un frío e inaccesible cielo; que yo prefiero permanecer aquí abajo, descubriendo mi condición humana y disfrutando con mis semejantes los el compartir los dones de la tierra. ¡Los “pobres doctores”!… Ahora veo que, su proceder, no era más que otra muestra de aquel pensamiento mutilado y retorcido de la doble moral de aquellos días (¡lo malo es que aun perdura bastante hoy!), de la estupidez y de la necedad ejercida desde la incultura de la represión y de los dogmatismos doctrinales del momento… Pero sigo opinando que no hay ningún derecho a que, nadie, ni médicos, ni ninguna otra persona, tengan derecho a decidir, ni a velar, ni a retener nada que tenga que ver con la vida de alguien, cuando “ese alguien” puede procesar la información y decidir por sí mismo qué hacer. Creo que el dar información no está en absoluto reñido con el hacerlo delicada y humanamente. Opino que se ha confundido, muchas veces, el “ser humano” con un absurdo paternalismo proteccionista que únicamente conduce a un abuso de poder y a un enfermizo engrandecimiento. Pero todos esos sentimientos que pugnaban dentro de mí, eran más una explosión exuberante e incontrolada que el fruto maduro de la germinación de las semillas que dormían en lo profundo de mi ser; y hasta que no pasé por desesperar y descreer del modo más crudo -a fuerza de golpes- de la humanidad y de mí misma, no pudo iniciarse en mi interior el proceso de dar fruto. Decía Nietzsche algo así como que únicamente cuando alguien duda de todo puede empezar a creer en algo... y debe ser verdad… y Cristo -quien, al parecer, era también muy sabio- decía que: “…Es preciso que el grano de trigo caiga en la tierra y muera para que dé fruto…". Sí, es necesario que uno muera y "remuera" y vuelva a morir mil veces, para que la Vida estalle y brote, y, para que desde lo más profundo de nosotros, florezca la Libertad de Ser, renaciendo poco a poco a una existencia auténtica. Esta historia prosiguió; y, mientras los estudiantes parisinos tomaban La Bastilla con sus gritos de "La imaginación al poder", "haced el Amor y no la Guerra" y otras voces y elixires psicodélicos, y en Chile soplaban vientos libertarios y en España se soñaba con la Libertad, los tanques soviéticos tomaban Praga estrujando las esperanzas del pueblo - que no matándolas, porque no puede matarse la esperanza - y yo seguía "ahogándome" en esa facultad de "batas blancas" y ese mundo de “grises”… No eran los mejores momentos para los estudiantes en España…¡Ni para los estudiantes, ni para el común de los ciudadanos, ni para España! Uno se vivía a sí mismo, no sólo "ahogado", sino aprisionado y mutilado por tanta opresión. Mi camino era el de la libertad y, aunque cual "Alicia en el país de las maravillas" seguía sin enterarme casi nada del cuento - seguramente mi padre no sólo se lo había leído, sino que lo había vivido en sí mismo a juzgar por su legado - me prometí a mí misma que por muchas batas blancas que yo llegara a vestir a lo largo de mi historia nunca me cegarían el alma. Y, en parte por evitar esa ceguera, dirigí mis pasos hacia otros horizontes desde los que la realización de la utopía fuera "más fácil"... "más alcanzable"… con menor opresión... y aterricé en África, donde con el sudor de mi frente, de mi cuerpo entero, y de mi alma, y, embutida en una bata blanca durante mucho tiempo, tuve que trabajar y luchar, no sólo con la opresión, sino con la muerte, el hambre, la enfermedad y, a veces, también la guerra; pero, sin lugar a dudas, la lucha más difícil y encarnizada, fue la que tuve que mantener conmigo misma...
(Este fragmento, pertenece a un libro que escribí hace tiempo, en el 96 para ser exacta, y que voy poniendo a "pedacitos" aquí, cómo si de pedacitos de mi misma se tratara... Es curioso, sí, muy curioso, este exhibicionismo mío...) Hannah.
Ser Rizomático es igual a desplegar "rizo a rizo" "raíz a raíz" la potencialidad y la capacidad de crear, construir, compartir y transformar el mundo en un lugar gobernado por la libertad, la igualdad y la fraternidad sin fronteras para toda la humanidad.
CITAS: hoy, Albert Camus:
"No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo."
"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas."
"Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo."
Aviso: las imágenes que ilustran las entradas de este Blog se toman de la red con sus créditos. Si los autores desean que sean retiradas, que lo hagan saber, y así se hará. Gracias