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EN TORNO A LA IGUALDAD

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Realmente, somos raros y retorcidos. Parece que lo que está diáfanamente claro, cuando se trata de lo que queremos y exigimos que nos hagan a nosotros, de cómo queremos y exigimos ser tratados, de que queremos que nos den, de cómo queremos ser respetados..., se vuelve extraordinariamente complicado y oscuro, cuando se trata de cómo tenemos que tratar a los demás, de cómo y hasta que punto debemos respetar al otro y de qué tenemos que hacer con los otros.

De modo que, en lo que concierne a derechos, parece que los entendemos muy bien en tanto y en cuanto nos vemos como sujetos gozadores de esos derechos y, consecuentemente, los exigimos de todos y cada uno; pero actuamos como si no fuéramos capaces de entender, ni apreciar, los deberes que todos, y cada uno de los derechos llevan implícitos, en tanto que nosotros mismos debemos ver a todos y cada uno de nuestros semejantes como sujetos gozadores de esos derechos; y somos nosotros quienes debemos aplicarlos con ellos.

Cómo quiera que sea, lo que realmente aplicamos es la Ley del embudo del “todo para mí y nada para ti” o, cómo mucho, todo para los que vestimos, vivimos, pensamos, creemos y opinamos lo mismo, y nada –o mucho menos- para los que no entran en ese conjunto de igualdad.
Y se trata de eso, de la “igualdad” En matemáticas, establecer “igualdades” es distinto a decir que dos cosas sean idénticas o clónicas. Por ejemplo, se dice que dos es a cuatro como ocho es a dieciséis; y todos sabemos que dos no es idéntico a cuatro, ni ocho es idéntico a dieciséis, ni dos es idéntico a ocho, etc. De manera que una igualdad matemática establece una similitud de relación que no implica una identidad única. Así, si decimos que el sujeto A es igual que el sujeto B, tampoco estamos diciendo que A y B son idénticos o clónicos. Es más, incluso pueden ser muy diferentes, tanto como lo es dos de ocho. Pero se establece una similitud de relación entre A y B que los pone en condiciones de Igualdad.

Sigamos aproximándonos a la igualdad de todos los seres humanos. ¿En qué y respecto de qué somos iguales? Desde luego no lo somos en muchas cosas. Para empezar, cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre; hemos crecido en diferentes hogares, en ciudades distintas, visitados colegios distintos, seguido estudios diferentes; creemos en religiones varias, o en ninguna; opinamos políticamente muchas cosas desiguales; tenemos aspectos físicos variopintos; nos vestimos de maneras diversas; hablamos lenguas distintas…, etc.

Lo cierto es que cabría preguntarnos ¿Pero somos iguales en algo? La verdad es que sí, y ahí van unas cuantas cosas: Todos somos de las mismas carnes, de los mismos huesos y de las mismas sangres; tenemos colores de piel variados, pero la piel, en todos y cada uno de nosotros está hecha de las mismas células. Nacemos y morimos de igual modo. Unos nacemos en medios más ricos y otros en medios más pobres; unos en familias más tradicionales y otros sin más familia que la mujer que les trae al mundo; unos más sanos y otros más enfermos... Pero todos venimos a este mundo unidos a la placenta del útero de una mujer y sin más ropas que la propia piel. Esto en lo tocante a nacer. En lo referente a morir, ocurre tres cuartos de lo mismo: unos morimos más tarde y otros más pronto; unos de puro viejos y otros de algún bombazo o de alguna catástrofe o de inanición; unos habiendo aprovechado más su vida y otros habiéndola desperdiciado más; unos más ricos y otros más pobres... Pero todos, cuando morimos, lo hacemos del mismo modo y nadie, o al menos nadie que yo sepa, se ha logrado llevar con él algo de este mundo al otro. Así que tenemos ya algo que nos iguala: la entrada en este mundo y la salida de él. Pero hay más cosas: Salvo raras excepciones, todos tenemos dos ojos, dos orejas, dos piernas, dos brazos, etc. Todos, filogenéticamente hablando, compartimos el mismo código genético; todos sangramos si nos rasgan la piel o nos clavan un objeto punzante; todos lloramos cuando estamos tristes; todos reímos cuando estamos alegres; etc. Otra cosa es que no a todos nos hagan llorar y reír las mismas cosas... Pero nadie es ni más ni menos que los demás en tanto que miembro de la especie humana y esta especie, muy al contrario que la canina –en la que hay diversas razas- es de raza única.

Eso de llamar razas a los colores de la piel de la especie humana no es más que una muestra del etnocentrismo de la época en la que se llevó a cabo tal división, y de los males que aquejaban a los individuos de esa época –que dicho sea de paso, son los mismos males que ha aquejado a la humanidad desde siempre- y como los que la decidieron eran los únicos listos, inteligentes, sabios, especiales, bondadosos, correctos, justos, razonables, poderosos y civilizados del mundo, además de blancos, claro; todos los demás, consecuentemente con lo anterior, no podían ser otra cosa que “razas distintas” y por supuesto peores, tontas, salvajes, primitivas, ignorantes, pecaminosas, y un largo etc. de lo más peyorativo... ¡Además había que tener mucho cuidado de no contaminarse!...

¿Y que males aquejaban a esos ilustres divisores de la especie humana en razas? Pues los mismos males que aquejaban a todos aquellos que se vieron clasificados en razas distintas sin comérselo ni bebérselo, porque los negros, lo amarillos, los cobrizos, los aceitunados, los morenos y los a cuadros –sí los hubiere- no son en eso distintos de los blancos. Es decir que discriminaciones, xenofobias, racismos, envidias, avaricias, codicias, abusos, tiranías, etc. no son males endémicos de ningún pueblo ni de ningún grupo de individuos ni de ninguna de las llamadas “razas” ni de ninguna etnia y eso es algo en lo que también somos iguales; somos iguales en que todo eso puede crecer, y de hecho crece como yuyos, en cada uno y en todos los humanos sin distinción alguna. Afortunadamente también somos iguales en la capacidad de amar, de crear, de buscar el bien y hacerlo, de construir, de ejercer la generosidad, la bondad, la solidaridad, el altruismo y otras muchas nobles cosas.

De modo que siguiendo con lo de la igualdad matemática, podríamos decir que en cada una de las cosas, dones y capacidades humanas podríamos decir que negro es a blanco como blanco es a negro, y gitano es a payo, como payo es a gitano, y catalán es a madrileño como madrileño es a catalán, y mujer es a varón como varón es a mujer... Y así hasta el infinito. Lamentablemente no parece que todos y cada uno de nosotros lo tengamos tan claro, ya que si no otro gallo nos cantara y, entre otras cosas, nos hubiéramos ahorrado unas cuantas masacres,  y  unos cuantos asesinatos y genocidios a lo largo de nuestra historia.

(Este texto es un extracto de la introducción de mi libro “Cuentos para la igualdad” y lo publiqué en el blog de Blogger el 2 de junio de 2005 (cuando sólo entraban tres gatos y un par de perros ;-) Así que pasó sin pena ni gloria con un comentario… Aunque, eso no quiere decir que ahora vaya a tener más, o que vaya a tener más pena o más gloria... sencillamente, creo que hoy que es uno de esos días "D" concretamente es el día  de la lucha contra  la violencia de género -espero que no se quede en un sólo día, sino en 365 y si es bisiesto, en 366-, viene a cuento recordar que ya van 49 mujeres asesinadas y reflexionar sobre la igualdad. Que tengan un buen día sin violencias.)


Carmen Moreno Martín
alias
Hannah.

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Miércoles, 25 de Noviembre de 2009 11:01 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 3 comentarios.

DE CUENTOS PARA LA IGUALDAD, OTRO CUENTO: MAMADOU

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Mamadou, no sabía si daba pasos o su avance por la calle se debía a los espasmos que el frío le producía por las piernas y por todo el cuerpo. Era verano cuando llegó a Europa y no le había ido, al principio, del todo mal. Encontró rápidamente trabajo y pudo enviar algo de dinero a su familia todos los meses; pero el restaurante en el que trabajaba cerró y se quedó en la calle.

Ahora, hacía dos meses que no trabajaba y el invierno se presentaba duro. No había podido comprarse ropa de abrigo y no tenía otra que la que le daban por aquí y por allá, pero el frío arreciaba y él temblaba como una hoja. Con los papeles no había ido mal, aun no los tenía arreglados y corría el riesgo de ser deportado a su país. La comida había sido la peor de las torturas. Cuando tuvo qué comer, porque todo lo que ingería le sentaba mal; y, ahora, porque no tenía que echarse a la boca, más allá del plato de sopa caliente que le daban en el comedor de indigentes... Mamadou llevaba todo el día sin tomar nada, y dos semanas a dieta única de sopa debilitaba al más pintado. Así que no era extraño que el pobre deambulara como un robot al que se le está acabando la batería.

Entre espasmo y espasmo, temblor y temblor, traspiés y traspiés, Mamadou dio un tropezón que le hizo rodar por el suelo de tal forma que si no es porque su cabeza quedó atascada entre dos contenedores de basura, aun seguiría rodando. Y ahí quedó Mamadou, medio inconsciente, preguntándose con que demonios había tropezado... Cuando logró recobrarse algo, se incorporó. Aturdido todavía, volvió sobre sus pies, con cuidado, para ver que había sido lo que le había hecho rodar de aquel modo, pero al hallarlo, por poco vuelve a caerse del susto que se pegó el pobre. Y es que, lo causante de tamaña caída, era una masa desvencijada e inerte de huesos y carne humana, sin apariencia alguna de aliento vital… ¡Vaya!, ¡que era un muerto!…, y tenía que ser él quien lo encontrara.

Aquel muerto, era blanco y olía mal. Probablemente llevaba muerto varios días. Había llovido y el agua se había mezclado con la tierra, con el vino y con los vómitos del infortunado ser, formando un pestilente, viscoso y repulsivo barrizal. Mamadou se inclinó sobre el cadáver para buscar algún tipo de identificación y, también, con la esperanza de encontrar alguna moneda con la que llamar a la policía. ¡No se prodigaban mucho los guardias por esa zona! Así que, si había que esperar a que la "pasma" encontrara al muerto, la cosa podía ir para largo… No era bueno dejar a los muertos por la calle sin más. O por lo menos no era eso lo que a Mamado le habían enseñado, ni lo que su consciencia le dictaba. Él era caritativo con la vida, pero la muerte… La muerte exigía, además de caridad, respeto.

Mamadou hurgó y hurgó por todas partes, haciendo grandes esfuerzos por contenerse. Que, con lo débil que estaba, sólo le faltaba vomitar. Pero nada. Ningún rastro de documentación, ni mucho menos, de monedas, pudo hallar en ese desconocido cadáver. Después de todo, no le iba a quedar más remedio que pasarse por la comisaría. Y no estaba nada cerca… No le agradaba nada darse esa soberana caminata, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Dejar ahí los despojos de ese pobre “lo que fuera, o quien fuera”…? ¡Menuda papeleta le había tocado al pobre Mamadou! Se limpió como pudo las manos y los harapos que llevaba por ropa, pero no pudo deshacerse de ese olor repugnante que se le había quedado impregnado en la piel, y que le provocaba una arcada tras otra; haciendo de tripas corazón, dirigió sus pasos al cuartelillo de la guardia civil. Una vez llegado hasta allí, informaría a los guardias sobre el cadáver y ellos ya sabrían que hacer.

Era una pena que no pudiera dar a las autoridades ninguna referencia sobre quien era el muerto… Únicamente podía decirles el lugar donde estaba… Y eso, que estaba muerto y bien muerto, y que olía a demonios...

“¿De qué habría muerto?”, -pensó Mamadou mientras andaba. “Seguramente se trataba de un alcohólico indigente como él… Bueno, como él por lo de indigente, que no por lo de alcohólico; que un musulmán ferviente, como él era, se cuidaba muy mucho de probar ni tan siquiera una sola gota de alcohol. Tal vez fuera un pobre ilegal, como él, muerto de inanición…" -seguía pensando Mamadou-“¡Vaya usted a saber!” -dijo Mamadou para sus adentros, mientras caminaba en dirección al cuartelillo-.

De pronto, el pobre hombre tuvo que detener su marcha al verse violentado por un incontenible vómito; y es que el hedor de aquel infeliz deshecho humano se le había pegado, además de a las ropas y a las manos, también a la nariz…, y junto con el hedor, también se le había pegado a sus harapos parte de los fluidos del muerto… Extenuado y casi al borde del desmayo, el inmigrante llegó al cuartelillo; y ahí empezó el lío, porque lo primero que ocurrió es que le pidieron los malditos papeles; esos que nunca había podido obtener, y como no los tenía –ni siquiera llevaba el pasaporte encima-, sin dejarle hablar, dieron con sus huesos a la celda, en espera del juez de instrucción; pero no sin que uno de los agentes reparara en las manchas de sangre que el desgraciado Mamado llevaba por todas partes. A los requerimientos de los guardias, Mamadou quiso explicar el objeto de su presencia en el cuartel, lo que le había llevado allí…, pero, entre que su español dejaba mucho que desear, y que ninguno de los de La benemérita entendía el francés –y mucho menos el árabe-, únicamente entendieron algo de un muerto en relación con “el sospechoso”. De no muy buenas maneras, metieron a Mamado en un furgón y, tras perderse varias veces, también por las dificultades del idioma, llegaron al lugar en el que yacía “el cuerpo del delito”, delito que no dudaron en adjudicar al desdichado Mamadou.

Con el juez de Instrucción tampoco le fue mejor al presunto delincuente, que de “ilegal” pasó –sin comérselo ni bebérselo-, a presunto homicida… o asesino.

Y mientras esperaba el juicio, paseando por el patio de la prisión como preso preventivo, y sin haberse enterado muy bien de porque le habían metido ahí, Mamadou pensaba que, al menos estaba bien alimentado, limpio y bien vestido. ¡Algo había ganado su situación!, cuanto menos dormía bajo techo… Aunque ese techo fuera el de una prisión.

(De mi libro: “Cuentos para la igualdad” no está publicado ni creo que lo esté nunca, salvo en esta bitácora mía)

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

(Imagen: http://www.unesco.org/culture/dialogue/slave/images/slaves19.gif)

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Jueves, 16 de Abril de 2009 15:53 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

MAHDI, EL ILEGAL. (CUENTO)

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Cuento perteneciente a mi libro: Cuentos para la igualdad (segundo de la trilogía: Cuentos para la libertad. Cuentos para la igualdad. Y Cuentos para la fraternidad)) sin publicar y sin que se vaya a hacer en otro sitio fuera de este blog)

Cómo todos los días, Mahdi se sentó en un banco de la plaza del pueblo a esperar la llegada de los capataces. Aun no había amanecido y helaba. “Demasiado frío para mis huesos”, pensó Mahdi, quien acostumbrado al tórrido calor de su África natal no lograba acostumbrarse a los inviernos del norte. Hacía apenas unos meses que había abandonado el lugar que le viera nacer, en busca de mejores oportunidades para él y su familia o, al menos, algo mejores de las que allí se le habían presentado hasta el momento. Era un ilegal y como tal, estaba en las manos del mejor postor sin poder expresar ninguna queja. Como tantos otros en sus mismas condiciones, albergaba poder reunir algún dinero para que los suyos se le unieran y pudieran disfrutar de los dones y venturas que occidente deparaba a sus habitantes; de la libertad y la tranquilidad que se respiraba en occidente y del progreso que todos los pobladores de ese mundo rico y civilizado disfrutaban. La soledad y la aridez afectiva en la que vivía, eran lo que toleraba peor; mucho peor aun, que las inclemencias del maldito clima de ese lugar, pero a pesar de su desolación y de los abusos de que era objeto, ahí seguía, firme como una roca y plenamente decidido a que sus sueños se hicieran realidad. “Traer junto a mi, a la mujer, a los niños”… “Escapar de los horrores de esa guerra fraticida que me ha tocado vivir”… “Gozar del bienestar, de los derechos y de las libertades de los países occidentales”… “Encontrar un trabajo que nos permita a Fatou y a mí gozar de la vida y ver como nuestros hijos crecen y se convierten en hombres libres”… “Vivir sin que nadie se meta con nosotros o quiera matarnos por pertenecer a un determinado grupo étnico”…  “Todo eso -pensaba Mahdi-  se hará realidad para mí algún día…” 

Pero lo que en realidad acuciaba con mayor urgencia a Mahdi, mientras seguía esperando en aquel banco,  era llenar el estómago con algo más sólido que la comida del albergue de beneficencia. El hambre hacía que sus tripas, vociferaran con unos alaridos que podían oírse a varios metros de distancia. 

Y ahí seguía el hombre, aguardando la llegada de los capataces; con su corazón lleno de esperanza y su mente llena de prometedores planes. Ningún atisbo de duda le hacía vacilar. Estaba convencido de que iba a lograr su propósito.
De tarde en tarde, un coche patrulla de la policía  local pasaba por ahí; entonces, la idea de ser deportado a su país de origen hacía temblar de ira y de pánico al pobre hombre. Eso acabaría con todos sus sueños, y si la guerra seguía con la misma crueldad, probablemente acabaría también con su vida. En esos momentos, Mahdi rezaba con toda su fe a su dios para que éste le hiciera invisible a los ojos de los guardias; y hasta ese momento había tenido éxito. -“Señor, un poco más y los papeles de exilado estarán listos”- Repetía Mahdi, con insistencia, en sus ruegos. El sol calentaba ya los adoquines de la plaza y el destemplado cuerpo del pobre inmigrante Mahdi, se deshacía, poco a poco,  de la rigidez que el frío había inferido a sus desdichados huesos; pero los capataces no aparecían por ningún lado. “Lo extraño es -se dijo para sí mismo Mahdi- que tampoco veo a ninguno de los otros ilegales por aquí…”  Mahdi, sentado en el banco y con las piernas extendidas y cruzadas, se sacó las manos de los bolsillos del pantalón para subirse bien el cuello de la chaqueta y ajustarse bien las solapas sobre el pecho. Mahdi tosió convulsivamente; hacía días que lo hacía sin cesar; pero no se atrevía a ir al médico aquel del centro de emigrantes, no fuera a ser que le descubrieran algo malo y le denegaran los papeles. Esa tos de tenía mala pinta y de noche era aún más molesta,  tanto, que los compañeros de dormitorio del albergue de beneficencia se habían quejado de él  porque, con aquellas toses, no  había quien durmiera. Decididos a poner remedio a la situación, y confiados de que alguien tomaría medidas en el asunto, “estamos en un país occidental y democrático, ¿no?” -se habían dicho convencidos de que serían escuchados y atendidos debídamente-,  habían acudido al encargado del albergue bastante airados y cansados de la tos de Mahdi. Menos mal que el encargado de aquel albergue trataba a todos por igual y sin ningún tipo de discriminación, es decir, a todos les hacía el mismo caso: ninguno.

Aquel hombre libre y democrático que era el encargado,  se repetía con frecuencia a sí mismo que -“vaya un carajo que me importan ese puñado de negros y moros que vienen a mi pueblo a robar el pan y el trabajo de mis convecinos; eso cuando no robaban otras cosas, que, a buen  seguro, eran todos unos delicuentes; una escoria, un atado de sin vergüenzas, vaya, peor que gitanos; además de violadores y pervertidos. ¡Si lo sabré yo! Vaya, que por mi, sino pueden dormir, mejor que mejor; a ver sí se hartan y se largan de aquí”…- 

Y con la misma intensidad que crecía la tos de Mahdi, lo hacían también las protestas y la “mala uva”, tanto de sus compañeros de cuarto, cómo del encargado.

Cinco horas se había pasado Mahdi sentado en aquel duro banco hasta que el culo se le había quedado tan duro e insensible que no era capaz de diferenciarlo del banco. Intentó levantarse sin éxito; las piernas se le habían quedado de corcho… o de piedra… Cuando por fin lo logró y tras dar unas vueltas por lo plaza, se acercó al kiosco de prensa y al hablar con el vendedor,  se entero de que era el domingo de las comuniones; por eso ese día nadie trabajaba, ya que el capataz también acudía los domingos en busca da mano de obra, y si  las manos eran las de los ilegales pues  miel sobre hojuelas!, así trabajaban más horas y en cima le salían más baratos. Mahdi comprendió su error: “¡Con razón no aparecía nadie por ahí!”,  Había olvidado por completo que era el domingo ese. Conteniendo la rabia que le había producido tanto su lapsus como  la espera, se encaminó a la casa del único vecino del pueblo al que podía considerar como amigo. Al franquear el umbral de la vivienda, tras ser invitado a ello por su dueño, advirtió que andaban todos nerviosos y preocupados, de aquí para allá, a medio vestir y gritándose unos a otros. Mahdi, sintiéndose  incomodo por tanto olvido, recordó que, además de ser el domingo de las comuniones, era el día en que también los hijos de su amigo hacían la comunión.  

Ni su amigo, ni la mujer de éste eran creyentes, ni les preocupaba lo más mínimo lo de la religión… ¡Bien se reía de él su amigo cuando Mahdi rezaba!… Pero, a pesar de ello, lo de la comunión era algo incuestionable, algo así como una cuestión de honor… -O eso era al menos lo que Mahdi había logrado comprender de todo cuánto su amigo le había dicho sobre el tema: “En ese pueblo, los niños tenían que hacer la comunión para el bien de la comunidad;  el que los padres fueran o no creyentes, importaba poco; allí todos eran buenos cristianos y bautizados, de manera que ¿por qué iban a ser, precisamente sus hijos los que no la hicieran?… ¡Los suyos los primeros, faltaría más!  ¡No iban ellos a ser menos! Pero eso sí, muy a pesar suyo; si tenía que sacrificarse como un buen padre, pues lo hacía y ya estaba. Aquello era algo que nadie se cuestionaba; algo así como un hecho natural cuya responsabilidad era ineludible”…

Mahdi, con la escasa comprensión  que tenía de la lengua que hablaban aquellas buenas gentes, se quedó con lo de la cuestión de honor; además, su amigo le parecía muy honorable… Entenderlo, no lo entendía del todo, pero nada dijo a Pepe,  que así se llamaba el amigo, de sus dudas.

En medio del barullo de los preparativos, Pepe ofreció a Mahdi un café que este aceptó encantado; y mientras injería ese liquido caliente que daba algo de consuelo a sus tripas, escuchaba las quejas y sufrimientos de Pepe,  de su mujer y de los hijos de ambos. Pensó que algo muy grave les debía estar ocurriendo a todos ellos para estar tan alterados y verse tan angustiados; pero por más atención que prestaba, no lograba entender lo que les pasaba.

La familia, que hacía caso omiso de la presencia de Mahdi -total, pensaban que éste casi no entendía nada-, se expresaba del siguiente modo:

-“Pepe, no tendrás el valor de salir así a la calle ni de entrar con esas ropas en la iglesia ¿no?… ¿Qué van a decir todos?… ¡Serás  –y yo de rebote- el hazme reír del pueblo entero¡… ¡Anda que no disfrutará Valentín si llega a verte con esas trazas!… No, si ya lo sé yo; si lo que quieres es matarme a disgustos…

-¡Mira mujer, déjame en paz y ocúpate de lo que te vas a poner tu!… ¡A ver si cabes en alguno de los vestidos que tienes!… ¡Que te has puesto hecha una foca!

-¿Yooo?…?…  ¿Con el hambre que paso?… ¡Para que te enteres, no como nada más que cosas leight!… ¡Tu, debieras mirarte!… ¡Tienes un barrigón que parece que vas a parir de un momento a otro! 

-¡Mamá!  ¡A mí esta cadena que me tengo que colgar del cuello, no me gusta, parece que se la has robado a un pobre!… ¡Lo que va a llevar Jorge… Eso sí que es una cadena y no esta porquería!

-¿Oyes a tu hijo, Pepe? ¡Ya te dije yo que esa cadena no, que íbamos a dar el cante!
-¿Y yo qué?… ¡El vestido de comunión de Paquita sí que es bonito…y no todos estos volantes que  voy a llevar!… ¡Si parezco una chacha hortera que va a casarse!

-¿Lo ves, lo ves pepe? …¡Ay que disgusto!… ¡Todos creerán que nos hemos venido a menos!… ¡Hasta Tomasa, esa envidiosa corroída por la envidia, va a pensar que es más que nosotros!

-¡Bueno! ¡Pues que lo piensen! ¡Sí son todos unos muertos de hambre! ¡Vestiros ya de una vez que sino me voy a liar a guantadas con todos vosotros!… ¡Que me tenéis harto ya de tanta monserga! Además, ¿no vamos a dar el mejor banquete del pueblo? ¡Se van a quedar pasmados todos esos jilicuatro! ¡Ya verán esos lo que es un banquete y quienes somos nosotros… Aunque me tenga que gastar hasta el último duro!… ¡Venga ya, terminad y salgamos de una vez! ¡No si encima me vais hacer quedar mal todos vosotros!…¡Venga ya, por dios!… ¡Que no quiero hacer esperar a nadie, no sea que piensen que me da cosa eso de ir a la iglesia!… ¡Ya ves tu!…  ¡A mí…! …  ¡A mí, con lo que yo soy, me va a dar nada el ir a ese antro de pedigüeños, con todos esos mea pilas!… ¡Que si señor, eso es lo que son todos, unos beatos y unos mea pilas!…  ¿He? ¡Pues no soy yo bueno para eso… pues no los tengo yo bien puestos! … ¡Venga, vámonos ya, leches!…

Cuando finalmente consiguieron salir todos, Pepe, se acordó de Mahdi y de que se lo había dejado dentro… -“Bueno, parece un buen chico, pero nunca se sabe…”-  Volviendo sobre sus pasos, entró en la casa y balbuceando le dijo a Mahdi: -“Ah, Mahdi… Perdona, si quieres puedes esperarnos aquí, pero vamos a tardar y… Bueno, disculpa que no te invite… Será mejor que nos veamos otro día… ¿Quieres? No… Si… ¡Yo te hubiera dicho que vinieras!…  Pero… Ya sabes, la mujer… los chismorreos… Será mejor así para ti… Como eres ilegal aún… Y…  ¡Vaya, que si se puede evitar…! ¡Para que echar leña al fuego…!  ¿Me entiendes, no?  

Mahdi, que no entendía casi nada -debido las lagunas que tenía para la comprensión de ese idioma-  salvo que a su amigo no le agradaba mucho que él fuera con ellos, sonriente y comprensivo, dio unas palmaditas a Pepe en la espalda y se fue de allí pensando en la suerte que tenía esa familia de haber nacido en ese país  en el que los hombres gozaban de libertad, respeto, confianza  y bienestar.  Mahdi, mientras se dirigía al albergue, pensó que, si eso agradaba  a su amigo, iría a misa más tarde; después de que las comuniones se hubieran celebrado… No entendía muy bien porque hacían la comunión esos críos si no eran creyentes… Y se fue pensando en que de malo habría hecho ante el Creador para no merecer la suerte de su amigo… Luego evocó de nuevo a sus niños, muy pequeños aún para hacer la comunión… Y acariciando sus sueños, imaginó el día en el que sus propios hijos harían la comunión vestidos de blanco y  con trajes de gala, en ese país de occidente que iba a poner fin a sus desdichas… Porque él sí era creyente, si bien era otra su religión, pero eso era lo de menos. Seguro –no lo sabía muy bien- que para los hijos de un musulmán, habría también comuniones.

Carmen Moreno Martín
alias Hannah.

(Imagen de:http://www.bjinforma.com/2003-31/gj6.jpg)

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Domingo, 12 de Abril de 2009 12:11 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

PARTE FINAL Y CUENTO FINAL DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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Hoy les ofrezco la parte final y el cuento final de “Cuentos para la libertad”. Con esto no habré terminado de publicar el libro en este Blog, pero sí su mayor parte. El resto, que ya no es mucho, lo iré publicando, como hasta ahora, poco a poco. Y sin más preámbulo, les dejo con el texto:

“A MODO DE FINAL”

“No importa lo que piensen que eres, sino lo que eres”. Publilio Sirio

Hasta aquí la narración de historias de pueblos, reinos, pastores, trajes, listos y tontos, ciudades, hombres y mujeres, cuyas existencias únicamente cobran vida en la imaginación del autor y en el papel que las acoge; pero existencias, que si bien ficticias e irreales, y como tales carentes de identidad en sí mismas, poseen cierta consistencia y cierto rango de realidad en tanto que producen algún eco en el ser que las narra, y en el ser que, al leer el relato, las recibe.

La magnitud de la consistencia y de la realidad de los personajes, y de sus situaciones, producirán que cada uno de los lectores concluya “moralejas” y “mensajes” diversos. Para mí, conforme van brotando de mi corazón y de mi mente, orientan la dirección de mis pasos por cada una de las sendas que, desde mi libertad, poca o mucha, elijo en cada momento transitar; sí bien no se me escapa, que esas conclusiones no pueden ir más allá de dónde mi propia experiencia me permite ir. No es, en consecuencia, labor mía ofrecer al lector enseñanzas y descubrimientos que, por un lado, solo me servirían a mí, y por otro, él mismo, desde su vida y su aprendizaje debe encontrar. Por ello, que cada cual se esfuerce en su tarea y que el amor acoja la labor de todos, envolviéndonos en su inagotable fuente de luz y de vida.

No obstante, si alguien se sorprende, descubriendo dentro de sí que se ha encendido alguna lamparita –por diminuta que sea -, cuya presencia antes ignoraba, la entrega y el esfuerzo depositados en este libro se verán ampliamente recompensados.

…Y si no es así, si estos relatos sólo logran producir confusión y tedio, no habré perdido nada con escribirlos; y mucho habré ganado con ello. Si, digo mucho; aun cuando la ganancia sólo haya sido la realización de un libro de cuentos, y el hallazgo de que cada uno se pierde y se reencuentra en los cuentos que, a lo largo del trayecto por el laberinto, va creando y se va contando.

Pero hay que permanecer alerta y distinguir lo que el laberinto es, y lo que los cuentos que uno mismo se cuenta son.

El libro, pues, ha llegado a su fin; y como es bien sabido, toda meta constituye un nuevo principio. Porque así es, según yo lo veo. Creo que todo final es un nuevo principio que se abre a la esperanza de otro amanecer lleno de oportunidades; quisiera, por tanto, acabar como empecé: narrando un cuento.

Y sin más preámbulo, dejando a cada uno con este cuento y con el propio, me despido del lector:

“Érase una vez una humana criatura, que vivía atormentada por sus penas, anhelando hallar la manera de verse liberada de ellas. El hondo penar de ese pobre y desdichado ser consistía en no poder encontrar nunca el modo, por más que en ello se esforzaba, de saber quién era ella en realidad, qué buscaba, y qué deseaba en esta vida.

Tan desafortunada persona creía poseer una particularidad, extraña sobremanera, que la hacía distinta al resto de la gente que la rodeaba y vivía junto a ella. Y esto era que, estaba convencida de que alguien le había introducido en la cabeza un chip al que ella denominaba "desastroso". Este chip le permitía escuchar, constantemente, todo lo que los demás pensaban, opinaban, sentían e ideaban acerca de ella, antes incluso de que pudieran apercibirse de sus propias producciones mentales. El chip, que funcionaba de un modo absolutamente independiente a la voluntad de ese ser, y que no podía ser desconectado ni por él ni por nadie, se alimentaba de una desconocida energía que parecía estar, misteriosamente, a su disposición, haciéndolo funcionar correctamente, y sin avería alguna, durante toda la vida de esa criatura. Esta singularidad que convertía al chip en milagroso, hacía que su portador viviera una continua tortura; razón por la cual quién lo llevaba y sufría, había decidido ponerle ese nombre tan peyorativo de “desastroso”.

Cada vez que el ser intentaba emprender alguna actividad, o expresaba alguna necesidad, o mostraba algún deseo, inmediatamente escuchaba todo cuanto sus semejantes pensaban acerca de ello, y todos los juicios que formulaban de él. Oía, sin poderlo evitar, todos los pensamientos de aprobación, aceptación y agrado que sus actividades y las muestras de sus deseos, o la expresión de sus necesidades producían en los otros; y, simultáneamente también, escuchaba con igual nitidez todos los pensamientos de reprobación, rechazo y rabia que surgían en los demás como producto de sus actos, de la muestra de sus deseos o de la expresión de sus necesidades.

Fatalmente, el peso de los pensamientos de aprobación y reprobación, de aceptación y de rechazo, de agrado y de rabia, que las gentes producían hacia ella, siempre se distribuía por igual entre cada opuesto; de manera que la pobre criatura no sabía nunca que hacer, ya que hiciera lo que hiciera, siempre había un cincuenta por ciento de la gente descontenta con ella. El resultado era que la pobre persona se quedaba bloqueada y aturdida, y su empeño por complacer –lo cual le permitiría, al menos, escuchar desde su chip cosas agradables no recriminatorias- era tal, que ya no le era posible discernir ni separar sus propias necesidades, deseos, aspiraciones y metas, de los deseos, necesidades, aspiraciones y metas de los demás. Todo esto producía en este ser una confusión enorme, la cual, sumía a esta criatura en un estado continuo de desesperación y de sensación de hallarse perdida que era difícil de soportar. De ahí que ya no supiera ni qué buscaba, ni qué deseaba, ni quién era.

Los médicos que consultaba con la esperanza de hallar remedio a sus males, es decir, con la esperanza de que alguien pudiera desconectar el chip o, cuanto menos, ensordecer la mente de este ser a las continuas habladurías y transmisiones del chip, no encontraban el modo y manera de hacerlo. Algunos ni siquiera creían en su existencia, diciendo que todo eso eran alucinaciones y diagnosticando psicosis paranoica u otras cosas por el estilo. Pero que el chip existía era un hecho real y ¡vaya si existía!

Otros a los que también consultaba tan desventurado ser –como videntes y esas cosas- le decían, los unos, que eran contactos con identidades espirituales del más allá; los otros, que sí eran conexiones con extraterrestres y hasta hubo quien le dijo que podía tratarse de la Virgen o de los ángeles… El caso es que, fuera lo que fuera, su penar aumentaba sin que se atisbara solución alguna a tanto sufrimiento y los días transcurrían lentos y pesados sin pizca de paz ni sosiego. ¡Pero si incluso durmiendo podía escucharlo!

Era terrible ver, como este ser arrastraba su existencia miserablemente por la vida, deseando la muerte como único modo de acabar con el continuo e incesante parloteo de su chip.

Un día, mientras deambulaba cabizbaja, tropezó con un pequeño y extraño animal, con algo así como un cachorro de gatiperro - o de perrigato, según se vea -, pero lo extraño de ese cachorrillo no era la mezcla de especies que presentaba sino que, a través de su chip, el apenado y confundido ser pudo escuchar lo que el animal pensaba. Los pensamientos que, a través del chip, recibía del cachorrillo, podían concretarse, más o menos, así: “Llévame contigo a tu casa, quiero darte todo mi amor. ¡Me agradas mucho… eres una criatura tan dulce y bella!. ¡No sufras más, me hace tanto daño verte sufrir de ese modo, deseo consolarte y aliviarte de tu dolor!”. El pobre ser se dijo que su chip se había vuelto loco. Mirando al cachorrillo pensó de él: “¡Vaya desecho!. ¿De dónde habrá salido este bicho tan raro? ¡Uf, qué feo es!”… Y con un gesto firme y decidido, alejó con repugnancia al cachorro lejos de sí.

El infeliz ser esperó a que su chip le informara de todos los pensamientos de reprobación, de rechazo y de rabia que el cachorrillo, sin duda, iba a generar por la conducta que había tenido con él; pero sorprendentemente, y contradiciendo las expectativas que había albergado dentro de sí, acerca de los pensamientos que generaría el cachorro, la infeliz criatura escuchó que el chip le transmitía: “Sé que tu corazón es noble y bondadoso aunque parezca que quieres herirme… ¡Sufres tanto que no puedes oír lo que tu corazón te habla y lo que tu alma desea!. Pero sólo hay generosidad y pureza dentro de ti… Nada te reprocho por lo que me has hecho –seguía emitiendo el chip, transmitiendo fielmente todos los pensamientos del cachorro -, únicamente siento piedad de ti y deseos de estar contigo… Te amo sin condiciones, hagas lo que hagas y pienses lo que pienses; y sólo quiero darte mi amor y mi calor… Ya sé que tengo un cuerpo raro, feo y contrahecho… ¿Qué le voy a hacer… Qué otra cosa iba a salir de una gata callejera y un chucho miniatura y vagabundo? Me guste o no, así eran mis padres. Me dieron la posibilidad de llegar a este mundo. ¡No puedo cambiarlos por otros y debo aceptarlos como son! Eso me permite conocer la aceptación y… ¡También yo me acepto como soy!… Aunque a decir verdad, ¡mi trabajo me ha costado! Y, además, ¡soy tan pequeñín... Tan poquita cosa!”.

Y mientras la mente del cachorro producía todos estos pensamientos, el animalillo miraba con una ternura infinita a ese ser portador del chip desastroso. De pronto, la criatura rompió en un tumultuoso y desgarrador llanto de aspecto infrahumano, y el “pequeñín perrigato”, acercándose a ella, y encaramándose por sus ropas, llegó hasta su cara y la llenó de lametones, limpiando las lágrimas que corrían, abundantemente, por el rostro de aquel ser.

Poco a poco, el llanto de la criatura se fue haciendo más sosegado, más humano, más tierno, más esperanzado… La criatura abrazó con ternura y llena de agradecimiento al cachorro que, emitiendo un sonido, le devolvió el abrazo. Aquel sonido, a juzgar por la delicadeza del tono, parecía ser de cariño, y aunque era como una mezcla de ronroneos y ladridos, evocaba un hermoso y apacible canto.

De pronto, la criatura se vio sobresaltada por un silencio ensordecedor. Pensó: “O el chip se ha callado, o el cachorrillo ha enmudecido… Ha dejado de pensar… ¿Se habrá muerto en mis brazos…?. Alarmada y llena de angustia, la criatura se dispuso a examinar minuciosamente al animal, pero, en ese mismo instante, el cachorrillo se acurrucó aun más en sus brazos, y el perplejo ser se dijo: “Así que está vivo”, encaminándose a su casa, y llevándose con ella a aquel “gatiperro”que tanto le había conmovido, y tan nobles pensamientos le había dedicado. Mientras caminaba, se cruzó con personas que, mirándola cómo portaba al cachorrillo, se quedaban perplejas por la singularidad del extraño y feo bicho. Algunas de esas gentes le dirigían la palabra expresándole su asombro al ver la particular rareza del cuadrúpedo… Pero el chip seguía mudo. Algo lo había desconectado al fin.

Lentamente, la vida de aquella criatura cambió para bien. Aprovechando el gran silencio que se había instaurado en su interior, esa criatura pudo ir encontrándose a sí misma y descubriendo quién era en realidad. Pudo conectar con lo que deseaba y con lo que quería y, de ese modo, experimentar, junto a su identidad, los sentimientos que albergaba. Todo ello a la vez que cuidaba con cariño, esmero y dedicación del cachorrillo que, a su vez, conforme iba creciendo, iba perdiendo fealdad, y ganando un atractivo encanto.

Los dos aprendieron la mejor manera de expresarse mutuamente sus necesidades, sus deseos y de darse el uno al otro toda la dedicación y los cuidados que podían. La criatura llamó a “perrigato” Amor; y éste llamó a la criatura Esperanza.

Un día, mientras ambos corrían por un prado, aprovechando la cálida caricia de las primeras jornadas de la primavera, algo se escuchó caer sobre la hierba, y al parecer, había caído de la cabeza de Esperanza. Esta y Amor, que ya no era tan cachorro, buscaron entre la hierba para ver que era. ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrar un oxidado y deteriorado chip!. Y es que no hay nada, absolutamente nada, que se resista a la fuerza del amor incondicional, y a la esperanza.

Y hasta hoy, nada ha vuelto a perturbar el transcurso de la vida de estos seres, de cuyos ojos irradian limpias y serenas miradas, que, con sólo sentirlas posarse sobre nosotros, nos llenan de armonía y de felicidad”.
Fin de esta parte, pero el libro, Continuará...

Carmen Moreno Martín
alias Hannah


Imagen: tomada sin permiso de:
www.educared.org.ar/comunidades/tamtam/ciclopedia/2204El-ser-o-no-ser-y-la-n.jpg

(Si hubiere algún problema, háganmelo saber y la retiraré. Gracias.)

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Jueves, 17 de Abril de 2008 10:15 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 24 comentarios.

8ª Y ÚLTIMA PARTE DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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Como pueden comprobar, todo llega en esta vida, así que aquí está la última entrega del cuento:

 

… Las palabras poder y riqueza golpearon la mente de Manuel como un mazazo, abriendo en el corazón del chico una brecha de vivo e intenso dolor; la imagen de aquel caballero del salón del tesoro, pasó por sus ojos a la vez que éstos se llenaban de lágrimas y su alma de sincero y profundo arrepentimiento. Despreciando poder, prestigio, grandeza, riqueza y dominio; gritó firme, decidido y sin titubear que jamás accedería ni firmaría nada que le propusieran y mientras lo repetía, se levantó de aquellos mullidos almohadones y deshaciéndose de las doncellas que le acariciaban, se retiró de aquella mesa y se despojó de las ricas prendas con las que lo habían vestido, recuperando y volviendo a vestir sus humildes y ásperas prendas de pastor.

Manuel sintió que el baño que había recibido le había ensuciado en lugar de limpiarlo; y lamentó, igualmente haber aceptado comer y beber aquellos alimentos que aquellos maestros le habían ofrecido. Sufría intensamente porque por un lado, aquella oferta le tentaba mucho, pero por otro, algo le decía en su interior que debía seguir con la prueba y que aquellos hombres de maestros no tenían nada. Manuel pensó que si era devuelto al sarcófago para morir y ser enterrado, tendría muy pocas posibilidades de continuar la prueba… tal vez tuviera mayores probabilidades de conseguirlo si, fingiendo aceptar la propuesta, lograba escapar y encontrar el laberinto de nuevo… se dio cuenta de que se estaba dejando atrapar de nuevo por ese "puñetero" lado oscuro que todos y cada uno de los hombres llevamos dentro. Aquello no era una solución. Sí tenía que morir, moriría. Pero en ningún caso se valdría de engaños ni viles ardides para superar la prueba. Luego recordó todos los sufrimientos y torturas por los que había pasado en los primeros tramos del laberinto y que no habían sido otras cosas que las imágenes de todos los miedos que yacían ocultos en su propia mente y que él mismo había proyectado.

El pastor, perdido y confuso, no sabía que hacer ni que pensar. Hasta llegó a creer que todo aquello no era más que un sueño, una terrible pesadilla; y que llegada la aurora, despertaría como siempre, junto a su rebaño, y volvería a disfrutar de sus verdes prados, de las frescas aguas de sus cristalinos ríos y de sus adoradas montañas. Luchaba desesperadamente consigo mismo y con todos los pensamientos que cruzaban, como flechas, por su atormentada mente; pero seguía rechazando con fuerza a los maestros y sus propuestas. Finalmente, Manuel, con una voz cuyo tono no ofrecía lugar a dudas, exigió ser trasladado inmediatamente al ataúd. Afirmó que no admitía, ni un instante más, la presencia de tales personajes; que no estaba dispuesto ni a embrutecerse él mismo, ni a perder su honradez, ni a mancillar a quienes habían confiando en él. Decididamente no quebrantaría el juramento formulado. Manuel terminó diciendo que estaba preparado para morir, sí eso era lo que le aguardaba; y que ya estaba bien de charlas y gaitas. Fugazmente, el rostro del anciano presidente de la asamblea paso por su mente “Pero sí parece que está ahí sonriéndome y tendiéndome la mano” Se dijo Manuel sorprendido. Finalmente, los maestros ataron de pies y manos a Manuel y lo devolvieron, como por arte de magia, al interior del sepulcro. Manuel, ya en el sepulcro, se alentó diciéndose que más valía una muerte honrosa que una vida revolcada en el lodo y en la maldad. Liberado ya de todas sus dudas y angustias, y creyendo inminente su fin, se encomendó a su Hacedor con corazón humilde y confiado... Y de repente, cuando el pastor mas sereno y sosegado estaba, entregado por entero a la oración; un viento huracanado le arrancó de allí elevándolo y dando a su cuerpo un vertiginoso giro en espiral. Trató el pastor de buscar dónde agarrarse, por si aquello fuera un ardid de la oscura magia de aquellos maestros. Seguramente, pretendían seguir intentando, sembrar la confusión en su mente; pero a nada logró asirse, y el cuerpo de Manuel se estrelló contra el suelo de un profundo y maloliente pozo que estaba lleno de huesos y cadáveres en putrefacción.

El hedor de aquellos despojos provocó el que Manuel vomitara todo cuanto había ingerido y más, lo cual aumentó la flaqueza del maltrecho chico. Casi muerto, Manuel recordó a sus perdidos seres queridos y su alma se alegró al presentir que pronto partiría junto a ellos. Una vez más Manuel recordó a la princesa y a su padre el rey; y una vez más Manuel sintió una infinita tristeza por no haber podido ayudarles, e imaginando acariciar sus rostros con sus manos, como queriendo borrar de ellos los profundos surcos que el sufrimiento había arado en ellos, enjugó, mentalmente, con sus ropas las lágrimas que imaginó ver brotar de los ojos del rey y de Libertad; y desbordado de ternura, cerró sus propios ojos, pensando que nunca más volvería a abrirlos.

El cuerpo del muchacho yacía inerte en aquel pozo y su joven pecho había dejado de moverse para introducir aire en su interior. Nada hacía concluir que siguiera vivo, todo lo contrario, el rictus de la muerte podía apreciarse ya en sus armónicas facciones. No obstante, una frágil llamita de vida parpadeaba aun en el corazón del chico, con la agudeza necesaria para que, Manuel, pudiera ser consciente de la muerte y discernir que aquello que era morir, era dulce y apacible como nunca se hubiera imaginado.

Manuel se abandonaba, más y más, en brazos de aquella placentera y apaciguante sensación, cuando de pronto, advirtió que una mejilla rozaba la suya y unos labios murmuraban en su oído una maravillosa y desconocida palabra, la cual iba haciendo que Manuel se llenara de renovadas fuerzas y de una renovada vida. El cuerpo de Manuel fue recuperando calor, energía y vigor; su corazón recuperaba el latido rítmico, fuerte y vital correspondiente a su juventud y el pecho de Manuel se levantaba y se expandía vaciando y llenando de aire sus pulmones. La sangre volvía a circular cálida y bulliciosa por las arterias y venas de Manuel y la vida, radiante, volvía a él. Manuel, se sintió agarrado por una mano segura, confiable y fuerte, la cual tirando de él lo puso en pie.

De pie, Manuel abrió sus ojos y vio, en la oscuridad, al anciano que lo había introducido en el ataúd. Manuel observaba como el anciano se alejaba de él y, nuevamente, se dijo a sí mismo que ese anciano le recordaba a aquel otro, es decir, al presidente de la asamblea... Luego, dulce y suavemente, Manuel perdió el conocimiento nuevamente.

Cuando Manuel volvió en sí, se hallaba sobre un florido campo y el presidente de la asamblea, arrodillado junto a él, le ofrecía amistosamente un poco de vino y unas frutas. Manuel, agradeciendo al anciano su dádiva, lo rechazó. Se puso en pie, y pidió ser conducido de inmediato ante el rey, Libertad y la asamblea. No recordaba nada de lo que había pasado, ni que hacía allí. Pero sabía muy bien que su amada le aguardaba para desposarle y que su misión en este mundo era ser pastor... o rey. ¡Que era lo mismo! Que su trabajo, de ahora en adelante, sería el de reinar junto a su esposa y entregarse en cuerpo y alma a velar por la felicidad de ésta y del reino. Y Manuel rogó al anciano presidente, que no lo entretuviera más con preguntas, porque tenía mucha prisa.

Los festejos por las bodas del reino y la coronación de los nuevos monarcas duraron tanto, tanto, que al final muchos ya no recordaban que era lo que festejaban.

Los jóvenes esposos se vieron colmados de dones y de gracias, pero nada les satisfizo tanto como el regalo que para ellos representaba el contar con el amor de todo su pueblo. Y el reino creció en sabiduría por toda la eternidad. ===Fin del cuento===

Imagen: http://www.educared.org.ar/tamtam/lmages/2606lucia.jpg

¡Que tengan unos días festivos ricos y relajantes! ¡Hasta el lunes, lectores, que me voy unos días!

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Jueves, 06 de Diciembre de 2007 12:49 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 34 comentarios.

7ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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(Y esta entrega es la penúltima)

… Aquel pasadizo ascendía, vertiginosamente, en forma de espiral. La verdad, ese nuevo trazo de laberinto poseía una enojosa semejanza con aquel saco que Manuel había dejado atrás en la sala del tesoro, y es que ambos parecían no tener fin. Mientras Manuel ascendía lenta y trabajosamente, pensó que había perdido, ya del todo, la noción del tiempo y del espacio. Desde que entrara en el laberinto, nada había tomado el muchacho. No sólo entró desprovisto de víveres, sino que nada había encontrado en el camino que pudiera echarse a la boca. Ni líquido, ni sólido, ni nada de nada había comido Manuel desde que el anciano presidente de la asamblea lo abandonara allí a su suerte. ¡Era un verdadero milagro que aun estuviera vivo! Manuel, que avanzaba con una enorme dificultad y con un agudo dolor por aquel túnel, poco a poco, fue notando como se debilitaba por momentos y como iba desfalleciendo; al borde del desmayo, el pastor se dejó caer para descansar unos instantes y recobrar algunas fuerzas; eso si le quedaban aun. Creyendo que ello le animaría, evocó los alegres prados de su hogar, sus montañas, los animales que había pastoreado, a los lobos y las luchas que había mantenido con ellos, las terribles noches de angustia y de soledad que había vivido y las maravillosas noches estrelladas de luna llena, en las que cada estrella parecía poderse coger con la mano y la luz se reflejaba en la húmeda pradera, dejando una alfombra verde azulada y brillante que invitaba a dormir sobre ella. En esas noches luminosas, en las que la hierba era su lecho y el cielo su techo, el pastor creía poder dar paseos entre las galaxias y sentía que su soledad se llenaba de amigos. Imaginaba entonces, que cada estrella, cada planeta que divisaba era una entidad de amor que lo protegía y lo cuidaba. Y Manuel se dormía plácidamente en la confianza de que su sueño sería perfectamente velado por tan excelsos guardianes.


Al despertar, el chico se puso a meditar sobre todo lo que había vivido y analizando lo que hacer con ello, recordó algo que había escuchado decir a cierto sabio sobre que, la experiencia no es lo que a uno le acontece, sino lo que uno decide hacer con lo que a uno le sucede. Y, aunque no recordaba qué sabio lo había dicho, encontró que era muy acertado. Así que Manuel sintió que lo que debía hacer, con todo cuanto le venía sucediendo, era aprovecharlo para extraer algún aprendizaje que le pudiera ayudar a salir de allí, o al menos que le ayudara a encontrar comida y bebida; que era, de forma inmediata, lo más urgente de todo.

Ya hacía demasiado tiempo que nada entraba en su estómago, y a punto de desfallecer, Manuel arribó a una puertecilla y tras subir tres escalones, primero, y otros dos después, dispuestos todos ellos en forma de caracol, llegó a una pequeña ventana y enderezándose, pudo divisar que ésta daba a un espacio cerrado y oscuro, de negro suelo y de negras paredes cuyo alto techo estaba cerrado por una bóveda. Manuel vio que tanto la luz blanca como la neblina procedían de nueve ranuras abiertas en la bóveda. Un extraño cajón de madera negra, que parecía un ataúd, se hallaba dispuesto en el centro de la cámara, cubierto con un enorme y grueso paño negro. Manuel creyó que todo aquello parecía una cámara mortuoria. Un estremecimiento se apoderó de él a la par que se dirigía hacia lo que parecía la entrada de la tenebrosa cámara y tan absorto iba que tropezó y cayó, pues no había advertido que nuevamente, tenía que subir más escalones, exactamente tres más que estaban construidos igualmente en espiral. Manuel se puso en pie y, buscando en su interior si le quedaban aun algunas fuerzas, ascendió los escalones y cruzó el umbral adentrándose en la tétrica cámara. En medio de la sala, un anciano vestido de negro parecía que le hubiera estado esperando. No podía verle el rostro por tenerlo oculto por la sombra que el capuchón que llevaba, reflejaba sobre su cara. El anciano pasó su brazo por encima de los hombros de Manuel y, de un modo cálido y enérgico a la vez, acompañó a Manuel a la cabecera del sarcófago, forzándole a que se tendiera en su interior. Sobrecogido de pánico, extenuado de agotamiento, desfallecido de hambre y de sed, sin fuerzas ya para preguntar ni resistirse, se abandonó a la voluntad del anciano y se echó dentro del ataúd como si éste fuera una mullida cama. Una terrorífica idea asaltó su mente: “¿No sería el anciano alguno de aquellos caballeros? Si, alguno que haya enloquecido; como le ocurrió al de la sala del tesoro y que haya sabido de mí existencia en este laberinto y de mí decisión de salir de él… Alguno que quiera matarme al igual que quería hacerlo el otro”… Manuel, dando por sentado que esa suposición era la única posible, atenazado por el miedo, aterido de frío y casi muerto ya de inanición y fatiga, se encomendó a Dios, disponiéndose a bien morir; y mientras oraba, una lucecita se iluminó dentro de él, al establecer un nexo entre este anciano de la cámara mortuoria y aquel otro anciano que le preparara para la prueba y acompañara al laberinto.

Manuel, mientras seguía orando, pensó que tal vez fueran la misma persona. Esa nueva idea dio algo de tranquilidad al chico, quien pudo abandonarse a su suerte con una pizca de confianza. El anciano cubrió el cajón y a Manuel con aquel grueso y enorme paño negro. Manuel permaneció unos instantes en la más absoluta de las tinieblas hasta caer en un extraño vacío. El joven pastor sintió que nunca antes había estado tan cercano a la muerte. Allí, en el sarcófago, pasó revista a lo que había sido su vida. La verdad es que, salvo algunas travesuras de pequeño y algunas leves ligerezas de adolescente, el chico era impecable tanto en su honorabilidad, en su conducta y en su honradez, como en la belleza y en la pureza de sus sentimientos. Que Manuel no era un erudito, ya se sabía, pero su corazón y su mente estaban tan limpios que la inteligencia natural que poseía brillaba y actuaba en él como si del más sabio de los hombres se tratara. Ya prestó a abandonarse a la muerte si llegaba, unos ancianos que se parecían a aquellos sabios de la asamblea, adoptando un majestuoso aire de maestros, surgieron ante los ojos del muchacho. Manuel escuchó que los maestros se dirigían a él con una propuesta que, de ser aceptada por él, le proporcionaría prestigio, poder, grandeza y riqueza para toda la vida; la propuesta implicaba renunciar a seguir buscando la salida del laberinto y olvidar tanto al rey y su reino como a la princesa; a cambio, además de lo ya prometido, sería trasladado a un lujoso palacio cuyos sabios y magos le transformarían inmediatamente en un hombre conocedor de toda la ciencia y la sabiduría del mundo. Si aceptaba esa propuesta, Manuel recibiría, además de un gran poder, un surtido y numeroso harén para su eterno disfrute.

La perplejidad de Manuel no tenía límites y como esos maestros no habían llegado solos, sino acompañados de manjares y bebidas que habían ofrecido a Manuel, éste pidió escuchar una vez más la oferta mientras comía. “¡Mucho mejor aun, joven señor!” Dijeron aquellos ancianos maestros a Manuel; y tomando a éste de los brazos, le transportaron mágicamente a un idílico y seductor lugar, en medio del cual una gran bañera llena de fragantes y cálidas aguas estaba dispuesta para su baño. Bellas y solícitas doncellas lavaron y perfumaron a Manuel, vistiéndole luego con ricas y suaves prendas, tras lo cual, lo acompañaron a recostarse sobre mullidos almohadones de seda, dispuestos en torno a una mesa llena de manjares, encima de la cual, podía verse extendido un pergamino en cuya superficie podía leerse la propuesta efectuada a Manuel. Una pluma de pavo real, hecha en oro, y un puñal, elaborado con el mismo material, se encontraban dispuestos para su uso, al lado del pergamino. Los maestros repitieron la propuesta a Manuel mientras éste, limpio, perfumado y descansado, saciaba su hambre y su sed. Estaba embelesado con todo aquello e irradiaba felicidad “¿Qué importa que tenga que firmar este pergamino con mi propia sangre, qué importa todo, al lado de la magnitud de la recompensa que voy a recibir?” Se decía el chico a punto ya de sucumbir a la tentación… Le habían contado que todo aquello provenía de la herencia de un gran señor que había fallecido sin heredero, ni heredera alguna, y que había legado a los maestros toda la inmensa fortuna que había dejado. Así que la procedencia de todas esas riquezas era noble y limpia. En tanto que el pastor calibraba las consecuencias de aceptar la propuesta. Y mientras los maestros continuaban asegurándole que nada de malo había en aceptarla, Manuel asoció lo de “sin herederos” con lo de aquel rey a quien Manuel había jurado superar la prueba, y desposar a su hija para salvar al reino.

Manuel se sentía fragmentado, y el gozo por el disfrute que obtenía era equiparable al de la tristeza que sentía. El confuso pastor no sabía qué hacer, ni a qué atenerse mientras seguía escuchando a aquellas seductoras voces, (que ya no sabía si eran las de los maestros o brotaban de sus profundidades), cuyos tonos eran tan dulces, suaves y delicados, que lo envolvían y mecían sin dejarle alcanzar la concentración necesaria. Y mientras Manuel se debatía en la duda, el maestro que parecía más sabio de todos, se le acercó, y como si hubiera leído su pensamiento se sentó junto al pastor diciéndole: “Manuel, no dudes tanto, hijo; te estamos ofreciendo lo mejor, pero ya que la duda no te permite aceptar, te ofreceré aun más. Mira hijo, si accedes a la propuesta que te hacemos, yo mismo te conduciré de inmediato junto a esa princesa que, al parecer tanto te agrada, y que te aguarda impaciente, para que la desposes. Luego, te coronaré como dueño y señor de todo este imperio. No sólo podrás reinar sobre ese pequeño reino, sino sobre todo el mundo. Todo será tuyo Manuel, incluidos aquellos con quienes adquiriste el compromiso de pasar la prueba. Como ya te he dicho, podrás desposar a la princesa si eso es lo que deseas; y aun más, hasta el laberinto será tuyo; sabrás donde está y podrás entrar y salir de él a voluntad. Piénsalo bien muchacho, porque si te niegas a acceder, no sólo serás arrojado nuevamente al laberinto, sino que serás enterrado para siempre en él, en ese mismo ataúd del que te rescatamos para traerte aquí… Medítalo bien, Manuel… ¿Vas a renunciar a tanto poder, a tanta felicidad y a tanta riqueza a cambio de nada, a cambio de la muerte?” …===Fin de la 7ª entrega===

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Miércoles, 28 de Noviembre de 2007 21:51 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 21 comentarios.

6ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… Lo de perder a Libertad, le entristecía, sobremanera. Le apenaba enormemente el no poder desposarla, pero más aun lo hacía la probabilidad de que ese caballero recayera y enloqueciera otra vez. No lo iba a pasar muy bien la princesa si sucedía algo así, y la joven no merecía seguir sufriendo tanto. De modo que se preguntaba: “¿Estaría en condiciones este caballero, y sobre todo si sufría una recaída, de conseguir que la felicidad del reino perdurara para siempre?” Concluyó que, sí conseguía sacar del laberinto a ese caballero, se tendría que quedar cerca del reino, ¡por sí acaso!... Él sería el responsable de ello… De pronto advirtió que estaba divagando demasiado y que lo importante en ese momento no era sí sería rey el caballero o él mismo, sino superar la prueba, o lo que era lo mismo, salir del laberinto lo antes posible. “Sí, lo principal, ahora, es salir de aquí con vida y cumplir el compromiso que tanto los caballeros como yo hemos contraído” Así que, Manuel, se centró en buscar algo con que desatarse. Y buscando estaba, cuando percibió junto a sus pies una sortija, cuya piedra preciosa parecía tener agudos filos. No fue nada fácil, tal y como Manuel estaba atado, hacerse con la sortija, pero al fin lo consiguió. Manuel esperó hasta comprobar que de nada se había percatado el hombre aquel. Luego, con paciencia, perseverancia, e ignorando los cortes que se inflingía, al tratar de cortar las ligaduras de sus manos; consiguió liberarse.

Ya libre de las sogas que lo sujetaban al saco, Manuel tomó la sortija en sus manos y pensó que sería un buen regalo de boda para Libertad... Pero el nombre de la princesa le hizo recuperar el sentido. “¿Cuál sería la procedencia de todo aquello?”… Manuel, se dijo que probablemente habían sido adquiridas con malas artes, y sino había sido así, podía tratarse simplemente de otra alucinación provocada desde el lado oscuro de los hombres... Desde su propio lado oscuro, pensó Manuel, sintiendo una profunda pena de sí mismo y de cómo se había dejado atrapar por esa sortija; se dispuso a lanzarla lejos de sí. Pero entonces, el hombre volvió nuevamente junto a él increpándole otra vez del siguiente modo: “¿Querías llevarte esta joya, no?… ¿Era eso?... ¿No, ladronzuelo?... ¡Suelta lo que hayas cogido, ignorante plebeyo!… ¡No escaparás de aquí!… ¡Ah!… ¡Pero si has logrado desatarte!... ¡Quieres escapar y delatarme!, ¿no?” Y agarrando fuertemente a Manuel por un brazo, buscó con que atarlo de nuevo. Aquel hombre tenía una fuerza descomunal. Inútilmente se esforzaba Manuel en pedir al caballero que entrara en razón, en recordarle quién era y para qué había entrado allí; en darle explicaciones acerca de la misión que debían realizar, en convencerle de su inocencia o en querer desasirse de su mano... El otrora noble caballero, con ojos enrojecidos y mirada febril por la codicia, la avaricia y la ambición, hacía caso omiso de sus palabras y seguía tirando de él, profiriendo amenazas e insultos sin cesar; hasta que el joven, haciendo acopio de toda su energía, logró soltarse y escapar del enfurecido hombre. En ese momento, el infeliz y desgraciado caballero, sacó una llave de uno de sus mugrientos bolsillos, y paseándola delante de los ojos del joven, le dijo a éste con voz soez y grotesca: “Mira estúpido y miserable plebeyo, esta es la única llave que existe de la única puerta que hay para salir de aquí”… Y entre carcajada y carcajada, prosiguió diciendo: “¡Y tú nunca podrás hacerlo porque jamás, jamás podrás arrebatármela!… ¿Lo oyes bien, imbécil?… ¿Te das cuenta, sucio traidor?… ¡Sí crees que, ni por un momento, voy a permitir que vayas con el chisme al tonto de Adonai, para quedarte con todo esto en exclusiva, te equivocas!… ¡Venga, ponte a trabajar, estúpido!”… Y lanzando a Manuel al interior del saco, lo puso a que aplastara las joyas con sus pies para lograr que el saco tuviera más capacidad. Manuel parecía estar pisando uvas en un lagar, sólo que las joyas no eran tan blandas como las uvas, y como estaba descalzo, empezó a producirse profundos cortes en los pies. Mientras pisaba una y otra vez las joyas con sus pies, bajo la estricta vigilancia del avaro que no le quitaba ojo de encima, el muchacho sintió que la degradación en la que había caído aquel caballero era terriblemente penosa. Profundamente entristecido, Manuel sintió que mares de compasión y piedad hacia aquel desdichado ser levantaban en su corazón grandes olas, subiendo hasta sus ojos abundantes lágrimas.

El caballero, viendo el llanto que anegaba al chico, creyó que éste lloraba de dolor por sus pies, y que sí tan heridos los tenía, no podría ni andar ni, en consecuencia, moverse de allí; y como por otro lado, únicamente él tenía la llave de la puerta, sintió que no había ningún peligro de que aquel “sucio bellaco” lograra huir. Autocomplacido por como había resuelto la situación y feliz por tener a ese chaval controlado, aquel desdichado volvió a su inacabable y eterno trabajo. El desventurado parecía haber olvidado, además de dónde estaba y para qué había llegado allí, quién era; incluso, parecía no percatarse, de que aquel infernal saco no podía ser desplazado ni tenía fondo. Aquejado de una desmedida ambición, se había vuelto ordinario, soez y ladrón. No recordaba absolutamente nada ni de su linaje, ni de su pasado, ni del juramento que había formulado, ni de lo que se dice nada de nada. Sólo un afán le movía, y éste era llenar aquel saco y llevárselo para su propio y único disfrute. Mientras trataba inútilmente de llenar el saco de piedras preciosas, de monedas y de joyas, pasaron por su mente algunas de las palabras y explicaciones que le diera Manuel para intentar salvarlo, diciéndose: “¡Hay que ver las sandeces que se inventaba ese idiota para poder escapar de mí y traicionarme!... ¡Ni que yo fuera retrasado mental!... ¡Cómo que iba a creérmelo!”… Y gesticulaba, el malogrado caballero, de manera airada y burlesca, soltando entre grito y grito ruidosas y ordinarias carcajadas...

Manuel siguió llorando, profundamente conmovido por tanta maldad, y también porque nubes de desesperanza empañaban su corazón. Ya no podría aliviar la tortura del rey, quien sin herederos varones ni pretendientes para su heredera, vería sin remedio como llegaba el fin de su reino; tampoco podría ya Manuel, seguía pensando éste, liberar los ojos y los labios de la princesa, de aquella honda tristeza que se reflejaba en ellos. Manuel se sintió muy desgraciado de haber fracasado en su misión y de ser la causa por la cual iba a engrosarse el dolor y el sufrimiento de todas las gentes de aquel reino. Y mientras lloraba y su mente se ocupaba en esos pensamientos, sus labios elevaron una plegaria de perdón –tanto por él como por aquel malvado hombre y, también, por todos los infelices y malvados caballeros que, errantes, siguieran aun, encerrados en sus propios infiernos, reviviéndolos en el interior de aquel laberinto.

A Manuel no le quedaba ya ningún tipo de duda respecto de que lo infernal no era aquel recinto, sino la maldad que anidaba en las profundidades del corazón humano, en ese tenebroso lado oscuro que todos, incluso él mismo, tenemos escondido en lo más ignoto de nuestras entrañas y de nuestra mente. Pensó Manuel: “Sí, tal vez yo sea aun peor que ellos y no lo sepa”… Entristecido por esa posibilidad, Manuel continuó su oración y dio también gracias a su Creador por cuantos dones le había concedido, rogándole que le diera fuerza, firmeza y discernimiento para limpiarse de sus tinieblas y arrancarse de sus entrañas todo brote de maldad; además de pedirle valor para enfrentarse cara a cara con todo, bueno o malo, lo que llevara dentro y poder ser él quien lo dominara; siguió pidiendo al Creador la valentía de descubrir todos sus autoengaños, sobre todo los provocados por esas imágenes y realidades internas que esclavizan la mente y el corazón humano. Finalmente le pidió a su Creador, sabiduría para hallar alguna solución a la situación que estaba viviendo... Repentinamente, el joven advirtió con sorpresa que un gran portal aparecía en uno de los muros, justo en el que le quedaba más cerca; y que las puertas de ese portal estaban abiertas. Miró al caballero que, durante todo aquel tiempo, le había estado vigilando sin cesar; pero en ese momento parecía haberse olvidado de él, así que, tomando un fuerte y gran impulso, dando un gran salto se arrojó al umbral del portal, produciendo un estrepitoso ruido al caer.

El caballero, alertado por el estruendo, se dio cuenta de la intención de huida del muchacho; y lanzando llamas de furia por los ojos, y terribles amenazas por la boca, se dirigió corriendo hacia Manuel. El joven, al ver que aquel desalmado se abalanzaba sobre él, intentó nerviosamente levantarse y correr; pero el dolor de sus pies heridos, la fatiga y el hambre no se lo permitieron, y cuando estaba ya casi a punto de ser atrapado, el portal, tan inesperadamente como había surgido, desapareció; volviendo a convertirse en un grueso y sólido muro. El caballero que, no pudo evitar estrellarse contra esa pared, se quedó del lado de la estancia; mientras que, Manuel, se quedó del otro lado; fuera de las garras de aquel ambicioso y codicioso avaro.

Otro pasadizo, alumbrado por un tenue y blanquecino resplandor, cuya luz parecía venir de una blanquecina neblina, se abrió a los ojos del pastor. Decidido y con pie firme, avanzó Manuel por el túnel, pero la estrechez del mismo, unida a la fuerte pendiente ascendente de aquel trazo, hizo que la marcha del muchacho se tornara muy laboriosa… ===Fin de la 6ª entrega===

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Carmen Moreno Martín

alias Hannah


N.B. El día 18 de este mes, esta página cumplió dos años, y yo, como bloguera cumplí dos años y siete meses. ¡Toda una bebé!. Bueno, novecientos artículos presentados, de los cuales el 70% -aproximadamente- es de cosecha propia, no está mal para un bebé... Y aunque en esa cosecha propia haya que hacer una buena purga, por la "morralla" que a veces sale de mi pluma, lo reconozco, me siento orgullosa de ella... Tanto como de la ajena, que le vamos a hacer, no soy lo humilde que debiera... Pero es que ¡nadie es perfecto!, y yo, menos que nadie. Quiero sobre todo expresar mi agradecimiento y cariño a todas las personas que han acompañado mi andar durante este tiempo, enriqueciéndo mis publicaciones con sus comentarios. Algunas personas me acompañan fiel e inagotablemente desde el inicio en Blogspot. A ellas un abrazo muy especial.

 

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

 

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Martes, 20 de Noviembre de 2007 20:38 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 74 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: 5ª ENTREGA DEL CUENTO "EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY", DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… Sentado en la oscuridad, Manuel evocó las horas felices que pasó como pastor; evocó como llamaba a los animales para que comieran de su mano y como se quedaba dormido junto a ellos; y evocó, por último, como lograba que los lobos huyeran despavoridos a pesar del miedo que sentía frente a ellos. Manuel se dijo a sí mismo que esos recuerdos sí habían sucedido en su vida pasada. Sus experiencias como Pastor, sus errores, sus aciertos y todo el aprendizaje de la vida que para sí obtuvo en aquel camino sí fueron reales. Manuel comparó su vida de pastor y las experiencias que obtuvo en ese recorrido, con lo que le ocurría en ese laberinto, con las alocadas y terroríficas criaturas que le perseguían, y con todos los espantos que encontraba. Y pudo ver, nuevamente, que todos aquellos espantos de ese terrible lugar, no eran otra cosa que el producto de todos los temores que se escondían en su mente. Manuel comparó también todas esas creaciones mentales con sus terrores nocturnos al principio de ser pastor. Entonces, a sus quince años, Manuel tenía tanto miedo de ser atacado por esas manadas de fieras, ya fueran de lobos o de osos, que se lo imaginaba todo como si ocurriera, e incluso, como si necesariamente fuera a ocurrir. Cuando eso hacía, cuando daba por hecho que los lobos o los osos iban a atacarlo y a devorarlo, se llenaba de angustia y de pavor, tanto, que temblaba como una hoja; hasta que se decía "chico, que todo es pura imaginación tuya" y con frases parecidas lograba recuperar la calma.

De tal manera se torturaba el chico con los daños que los lobos y los osos podían acarrearle, que tenía terribles pesadillas que no le dejaban dormir, y con cualquier ligero ruido del entorno, cuando dormía al descubierto, se sobresaltaba sin lograr conciliar de nuevo el sueño. Manuel llegó incluso, a tener más miedo de sus propias imaginaciones que de los ataques reales. Pero Manuel pronto comprobó que el miedo que sintió cuando realmente fue atacado por una manada de lobos fue distinto, era un miedo útil; era un miedo que le agudizaba la mente y que le hacía poner todos sus recursos en movimiento para salvarse y salvar al rebaño. Mientras que los miedos que experimentaba con todas esas amenazas y situaciones imaginarias, no sólo eran dañinas e inútiles, sino que le paralizaban y lo llenaban de angustia. Probablemente, pensaba el muchacho, con aquellas terroríficas y fieras criaturas que le perseguían y atacaban sin tregua en ese endiablado laberinto sucedía lo mismo... Manuel estaba tan absorto siguiendo el hilo de sus pensamientos, que no advertía como los ojos se le cerraban, vencidos por el agotamiento y el sueño; así que tendido sobre el suelo en posición fetal, tal y como se había echado al pie del muro y apoyando toda la espalda sobre éste, colocó la cabeza entre sus manos y se rindió a un reposo sosegado y seguro.

El muchacho no sabía cuanto tiempo había permanecido dormido cuando, sacudido por aquella cosa que parecía un hombre, despertó; se preguntó si aquello que con tanta fuerza y brusquedad le zarandeaba sería, también, una de esas realidades mentales suyas... Pero aquello que lo estaba sacudiendo, tenía un aire muy real… Lo que fuera aquello que lo agarraba y tironeaba, exigía insistentemente de Manuel que lo acompañara; así que se incorporó tambaleante y se dejó llevar por aquello que, tan pertinazmente, tiraba de sus brazos y de sus ropas, arrastrándolo, desenfrenada y locamente, hacia no sabía dónde. Durante el trayecto, pudo advertir, que lo que le sujetaba y arrastraba, esta vez, si era real. Se trataba de las enormes manos de un hombre. Aunque el chico tampoco las tenía todas consigo a cerca de la realidad de aquello... “Al menos este energúmeno si parece ser de carne y hueso” se dijo el pastor para sus adentros. El hombre era corpulento de complexión, pero de baja estatura. Su aspecto sucio y desaliñado no escondía del todo un cierto porte elegante, noble y aguerrido; por lo que Manuel pensó, que podía tratarse de alguno de aquellos caballeros que erraban perdidos por los trazos del laberinto. De pronto, arribaron a un lugar cuya luminosidad hirió los ojos de Manuel como si de rayos se tratara; transido de dolor y protegiéndose los ojos con las manos, cayó al suelo deslumbrado. Lentamente pudo acostumbrarse a la radiante intensidad de aquella luz y recorrer con la mirada el lugar al cual había sido conducido con tanta determinación. Absorto y asombrado pudo ver cómo era la estancia en la cual estaba y qué era lo causante de aquella luz tan potente. La luz provenía de una antorcha que ardía en el centro de la sala, cuyos muros y techo estaban abigarrados de gruesos y magníficos brillantes, sin que quedará ni el más diminuto hueco sin cubrir, ni de la pared, ni del techo. La luz de la antorcha se reflejaba en cada una de las caras de cada uno de los brillantes, de manera que esa insignificante llama de antorcha, al ser proyectada y reflejada una y mil veces por todas las caras de cada uno de los brillantes, se transformaba en aquella poderosa y cegadora luz... pensó que algo así sucedía también con sus miedos al reflejarse los unos con los otros en su mente, produciendo un sin fin de engañosas imágenes.

Por el suelo de la gran estancia, se apreciaban grandes montones de joyas, monedas y vasijas; todo de gran valor. El oro y las piedras preciosas abundaban en cantidades incalculables. La cuantía del valor de todos aquellos innumerables objetos preciosos era inestimable. Aquel lugar rebosaba riqueza, pensó Manuel, y sin poder salir de su asombro continuó diciéndose: “¿De qué lugar formará parte esta sala… de mi mente? ¿Será todo esto la proyección de una desconocida y desmedida ambición que anida oculta en lo profundo de mi ser?”… Y Manuel gritó para sus adentros: “¡Pero yo no quiero ser vasallo de nada; ni de riquezas, ni de poderíos, ni de codicias, ni de nada de nada… yo anhelo, únicamente, la felicidad de la princesa, del rey y de ese maravilloso reino… si justamente para eso estoy aquí!. ¡Buscaré el Este y me iré!. ¡Yo sólo quiero ser libre y pastor... o rey, que viene a ser lo mismo!” Manuel recordó algo que había leído sobre un “Buen pastor” que, además, era también rey... “¿Dónde leí yo eso?” Se preguntaba el chico, buscando en su mente la escena responsable de ese recuerdo, “…¡Ah sí, fue en un libro sagrado que me regalaron cuando era muy pequeño!. Ya recuerdo; el pastor de aquel libro, ese que también era rey, pero de otro mundo, se llamaba Jesús”.

Mientras el joven pensaba en esas cosas y se decía todo eso, el hombre que lo había forzado a llegar a aquella sala, corría loca y desesperadamente de un lado para otro, recogiendo joyas y volcándolas en un enorme saco que, abierto, se tenía de pie en medio de la estancia. Manuel, dejando a un lado sus pensamientos, se acercó al saco y comprobó que éste siempre estaba por menos de la mitad de su capacidad... Aquel saco no parecía tener fondo. Manuel intentó moverlo pero sin éxito. Ese saco parecía estar sólidamente pegado al suelo... Manuel lo miró perplejo y observó que el saco había sido confeccionado con multitud de capas de caballeros. En tanto que estudiaba los pormenores de aquel saco, el hombre corrió hacia él desencajado, profiriendo soeces insultos y graves acusaciones contra el joven, del tipo: “¡Ladrón, sin vergüenza, andrajoso, canalla! ¿Querías llevarte mi tesoro? ¡Has intentado despojarme de mi riqueza…Te mataré, miserable criatura!”, y sin que Manuel pudiera apenas percatarse, con la agilidad y con la rapidez de un rayo, el hombre ató al muchacho de pies y manos al saco, siguiendo luego con su agitada e inútil tarea.

Manuel buscó con los ojos algo con lo que deshacerse de las ligaduras. Mientras lo hacía, pensaba que, tarde o temprano, el hombre caería rendido al suelo y podría librarse de él. Ese pobre y desafortunado hombre le producía una incoercible repugnancia, pero, simultáneamente, sentía también una inmensa piedad y tristeza por él. Aquel desgraciado caballero, atrapado en su ambición y en su avaricia, ofrecía un espectáculo deplorable. Tanta compasión sintió el muchacho, por el enloquecido y embrutecido ser, que llegó a pensar que no podía dejarle allí en ese estado, resolviendo que, sí lograba desatarse, le ayudaría a salir de su ceguera y de su locura, tratando de llevárselo con él hacia el Este. Si conseguía que aquel caballero recuperara la razón y las cualidades que, otrora, le habían adornado; no le importaría que fuera el caballero, quien alcanzara a ser coronado rey, y desposar a Libertad... Él sólo quería ser pastor y cuidar con todo amor de su rebaño... Y recordó, de nuevo, la historia aquella de un pastor que se llamaba Jesús... ===Fin 5ª entrega===

(Ahora si que sólo faltan tres partes... Qué tengáis un fin de semana sosegado y recuperéis fuerzas para un buen inicio de la próxima semana).

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Viernes, 16 de Noviembre de 2007 09:45 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 21 comentarios.

EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, 4ª ENTREGA

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… Manuel procedía de un lejano reino en el que desempeñaba su oficio, que como él mismo había hecho saber, era el de pastor de ovejas y corderos. De condición muy humilde y con un corazón sencillo y limpio, nada sabía ni del edicto de aquel rey, ni de la historia de los caballeros. Un día, el amo del ganado de Manuel, decidió vender todos sus bienes a un magnate de otro reino, y como quiera que el nuevo propietario del ganado ya tenía un pastor, Manuel se quedó sin trabajo. Como era un joven muy dispuesto y animoso, no se dejó arrastrar por ideas autocompasivas y decidió trasladarse a otros reinos, con la esperanza de encontrar algún trabajo que le permitiera ahorrar y, más tarde, llegar a pastorear a su propio rebaño.

Durante el viaje, Manuel vio que un papel revoloteaba en el aire; lo alcanzó y al leerlo comprobó que era el edicto de un desconocido reino cuyo lugar ignoraba. El papel estaba bastante deteriorado y Manuel pensó que, tal vez, la convocatoria que en ese edicto se promulgaba ya había caducado. Siguió, pues, el pastor su camino, pero intrigado por aquella convocatoria, y avivada su curiosidad, fue preguntando a los caminantes que encontraba si sabían algo de todo aquello. Las gentes fueron relatando a Manuel lo que se contaba sobre aquella historia, no sin los añadidos fantasiosos y las exageraciones propias de los rumores. Así fue como Manuel fue engrosando su conocimiento sobre qué reino era ese y dónde se hallaba, cómo era la prueba por la que los aspirantes debían pasar y cuáles eran las características de aquel oscuro y amenazante laberinto. Igual que les había pasado a todos, a Manuel, junto al deseo de presentarse como aspirante le sobrevino el deseo de olvidarse de ello y salir corriendo. Un pánico sobrecogedor y paralizante frenaba al joven pastor. No obstante, Manuel no se dejaba llevar fácilmente por pánicos ni se dejaba arrastrar sin más por lo que dijera la gente. El chico estaba acostumbrado a superar y a vencer grandes peligros y dificultades a lo largo de su oficio de pastor, sobre todo, cuando conducía a las ovejas y a los corderillos por montes, bosques y quebradas en busca de buenos pastos. Se preguntaba si ese laberinto y sus tenebrosos peligros podían ser peores que los ataques de las innumerables manadas de lobos y peor que los no pocos osos a los que había tenido que enfrentarse para conservar sin daño y en vida, tanto a todos los animales de su ganado como a sí mismo. “¡Eso sí que eran peligros reales y no eso que cuentan del laberinto... Que habrá que ver hasta donde es verdad!” Se decía Manuel mientras caminaba hacia aquel reino. Manuel también se había forjado una disciplina y una voluntad de hierro ¿Cómo si no soportar las crudas condiciones de hambre y de frío que, en sus largas y penosas andaduras como pastor, había tenido que soportar? Si, Manuel se decía que ese laberinto, por muy terrible que fuera, no podía serlo más que todo eso, unido a los largos días y largas noches de soledad por los que había discurrido su vida de pastor.

Esas condiciones habían azotado y zaherido a Manuel sin quebrantar la limpieza de su corazón, ni disminuir su bondad, ni ensombrecer su nobleza; más bien al contrario, todo ello había hecho de Manuel un hombre de discernimiento claro y sereno; un hombre firme, valiente, decidido y generoso; forjando su inteligencia y su voluntad sin arrebatarle ni una pizca de ternura.

También llegó a oídos de Manuel la tristeza que se había apoderado del aquel reino con todos aquellos penosos acontecimientos y de como la belleza y la lozanía de la juventud iban desapareciendo del rostro y del corazón de aquella princesa. Manuel sintió como su corazón y su alma se conmovían por tanta desgracia y en un acto de generosidad, de entrega y de compasión, decidió acudir al llamado de aquel rey. Pero con la misma rapidez que decidió hacerlo, se dijo también “¡Pero yo quería tener un rebaño propio y ser pastor!”... No obstante, algo dentro de él le hizo ver que ser pastor y ser rey, eran en realidad algo muy similar... ¡Y no porque los súbditos fueran todos unos borregos! El muchacho no llegaba a explicarse aquella analogía, pero dejándose guiar de su intuición, permaneció fiel a la decisión que había tomado y se encaminó, sin más, al “Reino de la Luz”

Cuando el rey, la princesa y el anciano sabio presidente de la asamblea tuvieron ante sus ojos a Manuel, pensaron que el pobre contaba con muy escasas probabilidades de éxito: no conocía ninguna arte marcial, no sabía montar a caballo, ninguna experiencia tenía en acciones de caballería y tampoco era erudito ni experto en el ejercicio de ninguno de los nobles oficios, artes y profesiones del reino; sólo vieron en él a un joven y voluntarioso pastor que apenas sabía leer y escribir. Compasivos y justos como eran tanto el rey y la princesa, como el presidente de la asamblea se apiadaron de tan bondadoso joven y pensaron que era mejor disuadirle y procurarle el mejor medio de regreso a sus tierras; hasta le ofrecieron una sustanciosa suma de monedas para que pudiera comprarse su propio ganado y vivir sin penurias el resto de sus días… Pensaban que la acción del joven exigía una recompensa así, pero por más que insistieron e insistieron, Manuel persistió, sin dudas ni vacilaciones y de un modo inamovible, en su propósito. Después de convencerse de que nada ni nadie podría hacer cambiar la decisión del chico, El presidente de la asamblea, el rey y la princesa accedieron a prepararlo según marcaba la tradición, al igual que lo habían hecho con aquellos doce caballeros; y cuando todas las etapas se cumplieron, el presidente condujo al pastor hasta el umbral de la entrada del laberinto y lo introdujo en él.

Manuel emprendió el recorrido del primer trazo con paso decidido y vigoroso. Durante un tiempo, que le pareció eterno, Manuel, sin detenerse ni descansar, caminó por aquel trazo silencioso y en tinieblas, sin hallar posibilidad alguna de salir de él ni lograr hacerse idea alguna de su longitud. No pudo Manuel, en esa absoluta oscuridad y silencio, saber, ni hacia dónde iba, ni si, tal y como le dijera el presidente de la asamblea, se estaba encaminando hacia el Este. Acostumbrado a marchar en la soledad y en la noche, calculaba que, por lo menos, ya habrían transcurrido tres días. Durante la marcha se había sentido perturbado por multitud de ideas que creaban en él dudas y temores de una intensidad como nunca hasta ahora había sentido. Continuamente se veía enfrentado a visiones esperpénticas y monstruosas que parecían estar producidas por aquel lugar. Manuel tenía que habérselas con extrañas fuerzas, repulsivos seres y ensordecedores estruendos que lo extenuaban. De repente salían también como látigos vivientes que laceraban las carnes del muchacho con sus afilados golpes, lanzando a Manuel contra los muros, entorpeciendo, una vez tras otra, su avanc


El joven se sentía aturdido e indefenso. Nada podía hacer contra aquello que, evidentemente, lo superaba y parecía fuera de todo control. Sin embargo, el pastor, en fugaces momentos de lucidez, reconocía que todo aquello no era más que el producto de su mente y de su imaginación; como si ese extraño lugar tuviera el poder de materializar los miedos más profundos y ocultos de uno... Los deseos más primarios y bajos... Como si ese misterioso laberinto pudiera saber todo de uno, incluso aquello que uno mismo creía ignorar y lo que uno no se atrevía a reconocer... Como quiera que fuese, en esos momentos de claridad, se decía que, si todo estaba en su mente y no había más amenaza que esa, tal vez no fuera tan difícil superarlo... Aunque no se le ocultaba al pastor, que lo que hay en el lado oscuro de la mente puede ser más dañino y peligroso que cien lobos, y que no por ser mental, deja de ser real; y que, a veces, esas realidades internas, pueden esclavizarnos más que esas otras realidades que están fuera de nosotros... recordaba a un viejo pastor que había conocido allá, en los montes de su país. Aquel hombre, sin saber muy bien por qué, ni cómo, se había despeñado y había muerto preso de un pánico inexplicable. Pánico que bien pudiera haber sido motivado por algún tipo de realidad de esas que residen en ese lado oscuro...

Cuando Manuel entraba en esos estados de claro discernimiento, recobraba nuevos ánimos. Entonces comprendía que no dependía del laberinto el vencer todos aquellos horrores, y que la lucha era contra sí mismo… comprendía que, el laberinto, sólo atrapaba y destruía, a quienes ya estaban atrapados en sus propias redes y andaban inmersos en un proceso de autodestrucción. Pero esos instantes de luz eran tan ínfimamente breves que Manuel volvía a caer enredado creyendo que las redes se las tendía el laberinto. De este modo seguía fustigándose y aumentando más y más su tortura. El pastor sentía que el hambre y el frío lo estaban debilitando y se notaba febril y agotado. Con un gran esfuerzo, el pastor logró reunir las pocas fuerzas que le quedaban, buscando el contacto con alguna pared. Cuando la halló, se recostó deslizando su espalda por ella hasta encontrar el suelo, dejándose caer desfallecido… ===Fin cuarta entrega===

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Jueves, 08 de Noviembre de 2007 17:44 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 11 comentarios.

2ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… La preparación tenía su miga. Para empezar, el joven debía permanecer tres días en absoluto silencio y en severo ayuno; meditando la gravedad y relevancia de lo que se proponía acometer. Hasta el último segundo de esos tres días, podía el caballero echarse atrás y renunciar a ser rey. Sí ello ocurría, liberaban al candidato de su juramento anterior y quemaban el pergamino que registraba su compromiso con su propia sangre. La asamblea no advertía ningún rasgo de maldad o cobardía en quienes se arrepentían, sino que veía en ellos a sabios caballeros que humildemente sabían calibrar los límites de sus propias capacidades; de manera que sin ningún tipo de presión, ni de reproche, ni de menosprecio o desaprobación, despedían a tales caballeros, proporcionándoles, gratuita y desinteresadamente, los víveres y medios necesarios, para que pudieran emprender libremente y sin remordimiento alguno, el regreso a sus hogares.

Sí el aspirante permanecía fiel a su meta, se pasaba a la siguiente etapa. Ésta consistía en ser depositado en un agujero, que con ese fin se había hecho en el bosque. Allí, cubierto de tierra hasta el cuello y, tapados los ojos con una gruesa venda, el candidato permanecía toda la noche en vela; y sí el sueño le vencía, era diligentemente despertado por su cuidador, es decir, por el presidente de la asamblea. Por la mañana, el joven, una vez desenterrado y sacado de aquel hoyo, era sumergido completamente desnudo en un profundo lago cuyas aguas estaban siempre cercanas al punto de congelación. Superado todo esto, ataban al aspirante a un árbol, al pie de una gran hoguera, en una terrible noche de ventisca y tormenta. Misteriosamente, cada vez que un aspirante debía pasar por esta condición, la ventisca y la tormenta no faltaban nunca a la cita. Por último, el joven tenía que beber un potente somnífero que le hacía caer en un profundo sueño; y dormido y encapuchado, era conducido por el anciano presidente a la entrada del laberinto. Una vez alcanzada la entrada, se introducía al caballero en el interior del recinto, sólo algunos metros; ya que ni siquiera el presidente de la asamblea tenía permitido rozar con sus pies el suelo de ese lugar. A poca distancia de la entrada, y únicamente tras haber llegado a ese punto, el caballero aspirante a rey era liberado de su capuchón y despertado de su profundo sueño. Cuando el candidato se hallaba bien dispuesto y preparado a iniciar su incursión por el laberinto, el presidente le decía: “Te dejo en el norte, ya que al norte se orienta la entrada. Debes dirigirte al Este, pero no antes de que hayas pasado por el Oeste y por el Sur, puesto que sólo así hallarás la salida” Y sin más preámbulos, el caballero era abandonado a su suerte. El presidente, que era el único que podía hacerlo, cerraba, con gran estruendo, los enormes portones de la entrada, quedándose el aspirante abandonado a su suerte en la realización de tan peligrosa y arriesgada tarea.

Muchos habían sido los que, cuando llegaba el momento de elegir y coronar a un nuevo monarca, dispuestos a conseguir tal privilegio, y sin entender que el privilegio era más una labor de servicio que otra cosa, se habían adentrado en él; pero, invariablemente, de todos aquellos caballeros que habían entrado, solo llegaba a la salida uno, y éste no lograba recordar absolutamente nada ni del recorrido, ni de los demás caballeros que junto con él habían franqueado la entrada, ni de las pruebas, ni de si había encontrado a su paso a otros caballeros, ni tan siquiera de por donde había logrado salir; tal y como se ha relatado, todo se borraba de las memorias de los caballeros al alcanzar la salida; así había sucedido con todos los monarcas que habían precedido a Adonay, y por supuesto, con él mismo.

Nada de lo sucedido en el laberinto, ni del propio laberinto, retuvieron ninguno de los que salieron airosos de la prueba; salvo el destino que les aguardaba y la misión de servicio que debían prestar, gobernando ese reino con el amor y con la justicia que había caracterizado hasta el momento, a todos los reyes anteriores.

Y como también señalamos, respecto de lo que les hubiera podido acontecer a todos cuantos se habían sometido a la prueba, nada se sabía. Nadie salía jamás de ahí, a no ser agonizante para morir; y nada se conocía de cual había sido su destino; ni si habían perecido o sí seguían en vida y errantes por el laberinto. Todo eso constituía otro más de los muchos y poderosos secretos de ese lugar.

Con prontitud, los edictos fueron distribuidos, tanto por todo el reino como por todos los reinos vecinos; y en breve llegaron multitud de caballeros listos para emprender la hazaña. Conforme iban llegando y sin dilación, todos ellos, sin excepción, eran conducidos ante el rey, su hija y la asamblea de ancianos y sabios.

Libertad, tras conversar largamente con todos y cada uno de ellos, realizaba una primera solución, permitiendo que sólo aquellos con los que podía establecer sinceros vínculos de amistad, fueran admitidos a las siguientes etapas de la prueba. Libertad opinaba, no sin razón, que difícilmente nacerían lazos de amor, entre ella y algún caballero, si no lograban antes sentir cierta afinidad y admiración el uno por el otro, más allá de lo que podía ser una mera atracción o un deslumbramiento por los encantos físicos. Tras despedir a los que no superaban ese requisito, el presidente de la asamblea comunicaba al resto, amorosa y pacientemente, tanto el objeto de la prueba como sus pormenores y peligros.

En este momento acontecía la segunda criba, ya que muchos de ellos, tras escuchar atentamente al presidente, y a pesar de la excelencia del premio que la superación de la prueba suponía para ellos, esto es el convertirse en rey, renunciaban con tristeza a la empresa que les era propuesta y regresaban afligidos a sus lugares de procedencia. Y ello a pesar también de la hermosura de los dones de la princesa y de su insuperable belleza.

Finalmente, a todos los que, tras escuchar y entender todo aquello, accedían a ello, (animados los unos por el reto que ello suponía y enardecidos los otros por la demostración de sus aguerridos valores y conducidos, las más de las veces, por la ambición que albergaban en sus corazones), tras tomarles el obligado juramento, les preparaban para la primera etapa. Y ahí se producía la tercera criba, puesto que durante esos tres días, muchos de ellos abandonaban también la empresa.

Con los que quedaban se proseguía – según la más fiel tradición -, con el resto de la preparación hasta que, por último, eran introducidos en el laberinto.

Del gran número de caballeros que acudieron sólo doce lograron superar la preparación y ser llevados al laberinto. Nadie más se presentó, ya que la difusión del carácter de la prueba y de sus requisitos frenaba al más lanzado. De modo que, en la confianza de que alguno de esos doce valientes y sinceros caballeros lograra salir airoso del laberinto, el Consejo del Reino junto al rey y a la princesa, decidieron cerrar la convocatoria y aguardar la evolución de los acontecimientos. Pero a pesar de la sabiduría que poseía ese Reino, no podían dejar de preguntarse: “¿Qué pasará si los doce consiguen salir airosos de la prueba? Ni podemos casar a la princesa con todos ellos, ni coronar a doce reyes…” Pero ese caso no se había presentado nunca… ===Fin de la 2ª entrega===

...bueno, ya sólo quedan 6 entregas. ¡Qué pasen un buen día!

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Carmen Moreno Martín

Alias Hannah

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Jueves, 25 de Octubre de 2007 00:17 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 15 comentarios.

EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, POR CARMEN MORENO MARTÍN, 1ª PARTE

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Ofrezco hoy un cuento más de mi libro “Cuentos para la libertad”. Debido a la extensión del cuento, aparecerá en ocho entregas y las iré publicando a lo largo de una o dos semananles. Espero que guste y no defraude. El cuento se intitula “El pastor que llegó a ser rey”, y sin más preámbulo, vamos con la primera entrega:

La experiencia no es lo que le sucede a un hombre, sino lo que un hombre hace con lo que le sucede.” Aldous Husley

Era Libertad la doncella más hermosa y virtuosa de un reino que se alzaba majestuoso y feliz en un lejano y recóndito rincón del planeta. La pureza e inocencia del joven corazón de la princesa (porque Libertad era la única hija del rey Adonai) hacían que su rostro resplandeciera con una tan dorada y potente luz, que era sólo comparable a la luz del sol.

Libertad, desde su corazón y a través de sus miradas, irradiaba luz a los corazones de todos los súbditos del reino y éstos, todos sin excepción, reflejaban esa misma luz en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras y en sus sentimientos. Todo el reino resplandecía de esa luz y de la luz del corazón del padre de Libertad.

El rey Adonay veía complacido como su hija crecía en edad, en madurez, en belleza y en dones espirituales.

Tan potente y brillante era el resplandor de luz que reflejaban todos los habitantes de aquel reino que ni en sus calles ni en sus casas necesitaban lámparas, ya que el reino permanecía constantemente iluminado, como si siempre fuera un radiante día de verano. Y tal era la luminosidad, que ésta podía apreciarse desde muy lejos; razón por la cual, todos los reinos vecinos comenzaron a llamarle “ El Reino de la Luz”.

Adonay no sólo se consideraba el rey más dichoso de la Tierra, sino el hombre más feliz del mundo. El rey era puro amor tanto con su hija como con todos y cada uno de los súbditos. Vivía volcado por entero a su misión, que no era otra que la de conseguir la felicidad de todos los integrantes del reino. Y cumplía esa misión con toda satisfacción. Era bondadoso, justo, misericordioso y clemente como ya no podía serlo más, y esas eran apenas unas cuantas de todas las virtudes que le adornaban. Era rey, pero el absolutismo, la tiranía y el autoritarismo no formaban parte de sus rasgos. Jamás tomaba una decisión sin consultar a sus súbditos y sin que estos dieran su aprobación, y su reino bien hubiera podido llamarse Acracia.

Libertad que era una copia exacta de su padre, había heredado todas sus virtudes, además de las que también heredó de su madre la reina; lamentablemente, ya fallecida, pero siempre viva en el corazón de todos y cada uno de los habitantes del reino; incluyendo, por supuesto, y como no podría ser de otro modo, al rey y a la princesa.

Todos los súbditos observaban cómo Libertad se iba transformando en una hermosa jovencita. Y se sentían complacidos porque creían que el futuro bienestar del reino estaba asegurado, pues la princesa, llegada la hora, gobernaría con la misma sabiduría y cualidades con las que gobernaba el rey, su padre; y con las mismas virtudes que adornaron a la reina, su madre. El único recelo –y éste era mínimo – lo producía la incertidumbre sobre las cualidades del futuro esposo de Libertad… Naturalmente, ese momento llegaría también, pero sabían que, de ello, se encargarían, convenientemente, tanto la princesa como su padre el rey, además del consejo del reino. Así que desechaban rápidamente ese recelo de sus corazones y confiaban esperanzados que llegara ese momento.

También el rey contemplaba dichoso como la princesa crecía, día a día, en todas las cualidades y virtudes que de él mismo, y de la reina había heredado. Pensaba que había llegado la hora de buscar un digno esposo que supiera amarla, respetarla y darle toda la felicidad que ella merecía; y como su edad era ya avanzada, y no tenía más herederos que su hija, el futuro esposo de ésta reinaría junto a ella cuando él partiera hacía la eternidad.

De modo que el candidato a desposar a la princesa, no sólo debía amarla, respetarla y darle toda la felicidad que, sin duda, merecía Libertad, sino que debía reunir todas las cualidades y los dones necesarios para ser, junto a Libertad, el digno conductor que todos merecían.

Adonay había conseguido, como lo hicieran sus predecesores, además de ser un padre ejemplar, el dar a su reino una armonía, paz, estabilidad, libertad, justicia y felicidad tales que los reyes de los reinos vecinos y no tan vecinos acudían frecuentemente en busca de consejo.

Así que, los futuros esposos, debían asegurar que el reino gozaría de los dignos regentes que tan armónico y feliz reino merecía.

Cierto día, Adonay pensó que ya no se podía dilatar más en el tiempo la boda de Libertad. Después de conversarlo con su hija y de obtener su aprobación, reunió a los sabios ancianos que configuraban el consejo del reino para exponerles su decisión. El monarca comunicó a la magna asamblea todas sus cuitas y les hizo partícipes de la decisión que tanto él como su hija querían tomar, solicitándoles que, tal y como era preceptivo con todas las decisiones que afectaban al reino, la sometieran a su análisis y a la aprobación del pueblo; con el ruego de que fueran diligentes en su respuesta.

El presidente de la asamblea cerró todos los procesos de estudio de otros asuntos para dar prioridad absoluta a tan importante y delicado tema; y todos los sabios quedaron inmediatamente reunidos, en comisión permanente, para dedicarse por entero al análisis de la cuestión.

Tras dos días de profundas reflexiones, el Consejo del Reino llegó a una conclusión. Inmediatamente llamaron al rey y a la princesa para que escucharan la solución a la que habían llegado; y como las decisiones del consejo del reino eran vinculantes para todos los habitantes del reino - incluidos el rey y su hija -, Adonay y Libertad acudieron raudos a su convocatoria.

Los ancianos se mostraron completamente de acuerdo con la decisión de desposar a Libertad, proponiendo que se llevara a cabo con toda prontitud. Pero se determinó que, como no se trataba de un asunto baladí, ya que afectaba a todo el reino, el caballero que desposara a Libertad, además de tener que ser del completo agrado de ésta y de sentir el uno por el otro un amor incondicional y firme, debía ser el más noble y virtuoso caballero de la Tierra. Así mismo, los ilustres sabios dejaron bien sentado que el tal caballero no sólo debía ser reconocido por los demás y por él mismo como poseedor de esas cualidades, sino que también debía ser probado. Puesto que el aspirante debía convertirse, junto a Libertad, en regente, tenía que superar la prueba que desde tiempos remotos se había dispuesto para todo aquel que aspirara a ser rey de ese bello reino. Únicamente la superación de la prueba posibilitaba la garantía de que, sin lugar a dudas, la elección, fuera la correcta y apropiada, asegurando el continuo crecimiento y bienestar del reino. Adonay y Libertad escucharon con gran atención e interés el dictamen de los ancianos y se mostraron absolutamente conformes. Era obvio que el caballero que lograra salir airoso, sería el mejor esposo que, de entre todos los hombres, pudiera Libertad hallar; de modo que, esa solución, era la más idónea que podían haber encontrado. Consistía la prueba en recorrer un laberinto que, desde el principio de los tiempos, se alzaba oculto, en un lugar secreto del reino cuya ubicación únicamente era conocida por el presidente de la asamblea. Ese conocimiento, según la más estricta tradición, era transmitido, de una forma absolutamente secreta y casi mágica, de un presidente a otro, de generación en generación.

El laberinto disponía de una única entrada, orientada al Norte, y de una única salida, orientada al Este. Sus trazos, recintos y pasadizos poseían extraños y misteriosos poderes, destinados a crear innumerables situaciones y vivencias que no sólo probaban las cualidades y capacidades de cuantos se adentraban en su interior, sino que también forjaban el carácter y la personalidad de los futuros monarcas. Todos los elementos y poderes del laberinto habían sido cuidadosamente diseñados por un gran sabio de la antigüedad, para la rigurosa y precisa probación de los candidatos a gobernar el reino. Gracias a ello, el reino había perdurado hasta la actualidad conservando todo su esplendor, toda su luz, y toda su magnificencia.

Existían, además, otras condiciones que aseguraban la permanencia del secreto del laberinto y su eficacia. En primer lugar, cuando el candidato, tras superar la prueba, llegaba a la salida, nada lograba recordar de lo sucedido en el laberinto ni de su estructura. El aspirante a rey recordaba, únicamente, su pasado, su deseo de superar esa prueba y la misión que debía acometer, esto es, la de reinar con todas las obligaciones y responsabilidades que los reyes precedentes habían asumido; y como ellos, poner todos sus dones y capacidades al servicio de la comunidad sin que ningún interés propio prevaleciera. En segundo lugar, y para evitar fallo alguno, el caballero aspirante era conducido allí acompañado por el presidente de la asamblea, quien, de igual manera, era el único que podía aguardarle a la salida; y era también el presidente en persona quien se encargaba de la preparación del caballero. Durante la preparación le explicaban al joven, con sumo cuidado y sin omitir nada, todos los peligros, riesgos y pormenores de la prueba; y le insistían en el hecho de que aquellos que no la superaran podían morir, o lo que era peor, permanecer para toda la eternidad atrapados en el laberinto, sin que nunca lograran salir de él. Jamás se volvía a tener noticia alguna de ellos y se ignoraba por completo la suerte que habían corrido o que les había acontecido en ese misterioso y terrible lugar. Si después de conocer todo esto el candidato lo seguía aceptando, le exigían jurar que se dedicaría en cuerpo y alma a lograr finalizar con éxito su misión y le obligaban a sellar su juramento con su propia sangre. Finalmente, cumplidas todas esas condiciones previas, se pasaba a la siguiente etapa, esto es, la de preparar al joven… ==fin 1ª Entrega ===

Imagen: http://www.valenciadealcantara.net/inda/gal/pastor.jpg

Carmen Moreno Martín

Alias Hannah

 

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Viernes, 19 de Octubre de 2007 00:42 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 14 comentarios.

EL ORIGEN DE LA HUMANIDAD: CUENTO

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Al hilo de lo del eslabón perdido que les contaba días atrás, jugando, jugando, me ha salido este cuento que ha continuación les ofrezco. También les comunico que, como esta semana y la que viene no voy a disponer de tiempo para actualizar el Blog, les dejo otro cuento  -a continuación de éste- en siete partes: "Noded y Alayan" de mi libro "Cuentos para la libertad". ¡Que ustedes lo disfruten!.

“El origen de la humanidad: cuento”

“Dos especies alienígenas llegaron a la Tierra y se quedaron prendados de su hermosura. Se encapricharon con sus bichos y, cada una por su lado, empezó a ver mil y una posibilidades a la explotación del planeta.

El problema fue que se tenía una inquina insoportable entre sí, tanta que en unos era un odio devastador, mientras que en los otros era más bien recelo, ya que albergaban la esperanza de poderlo arreglar y llegar a comprenderse y amarse mutuamente.

El hecho es que, con esperanza o sin ella, la una no podía ver a la otra, ni en pintura. Al parecer, el motivo de sus divergencias era la diferencia de fines que perseguían. La una, llamémosla benigna y altruista, quería acelerar la evolución de los mundos que iba encontrando en sus paseos por el cosmos hacia una coexistencia pacífica y “Bondadosa”, a través de un crecimiento armónico; mientras que la otra, llamémosla “Abusona”, pretendía colonizar esos mundos para sus propios fines y acelerar la evolución de los mismos a fin de hacerse con colonias de esclavos que trabajaran para sus planes, objetivos y logros.

Las dos especies, desde sus diferentes posiciones, concibieron un plan para hacerse con el planeta y, la una, mandar a la otra especie a criar malvas; mientras que la otra, llegar a la tan deseada reconciliación. Ambas comprobaron que los grandes simios eran bastante inteligentes y prometían para sus planes. Así que, sin pensarlo mucho, como eran listísimos y poseían una tecnología súper avanzada –lógico, de otro modo no hubieran podido pasearse tanto por el cosmos a través de distancias de millones y millones de años luz-, pillaron a chimpancés, gorilas y otros simios más, y comenzaron a experimentar con ellos, y a manipularlos genéticamente.

“Que si a este le retuerzo más las hélices de ADN y ARN… Que si a este otro se las estiro un poco más... -Que al otro le quito y le pongo diferentes hálelos... -Que aquél le muto algunos genes y le aumento el genoma... -Se decían los experimentadores mientras trabajaban en el proyecto. Y de ese modo consiguieron dos especies muy parecidas a los simios, a ellos mismos y entre sí, a las que llamaron “humanas”; los unos llamaron al resultado de su experimentación “La humanidad bondadosa”, mientras los otros lo denominaron “Humanidad sometida”.

Pasado algún tiempo, los alienígenas abusones, empezaron a raptar humanos bondadosos a los alienígenas benignos para cruzarlos con los que ellos habían obtenido, con el objetivo de aumentar el número de esclavos; mientras que los benignos, raptaban humanos sometidos a los abusones, para cruzarlos con los de su producción, con el fin de ver si podían tornarlos bondadosos. Tanto rapto y tanto cruce les salió por peteneras a las dos especies alienígenas; ya que los cruzados por parte de los abusones, empezaron a sentirse muy mal con eso de la esclavitud y del sometimiento, y empezaron a sublevarse y a ambicionar el poder de los abusones. Los, del otro lado, los cruzados por los bondadosos, empezaron a no serlo tanto y a querer participar también de todos los privilegios de los que el grupo alienígena bondadoso gozaba, pero para desprenderse de él.

Parece que a la humanidad entera, con tanto cruce, empezó a ambicionar conseguir el poder y deshacerse de los extraterrestres. Total, que los humanos cruzados de los dos bandos, se aliaron y convencieron también a los originales, de modo que no sólo se hicieron con los privilegios de ambas especies alienígenas, sino que casi accedieron a todos sus conocimientos y sabidurías. Pero a la vez, de entre ellos, surgió un nuevo grupo al que llamaremos “Escéptico”, que había heredado lo mejor de cada lado; que no tomó partido por ninguna de las dos especies humanas ni sus cruces y que pretendía, simplemente, ser libres de verdad de toda autoridad y de todo engaño. Este grupo, los Escépticos, consiguió hacerse dominante sobre los demás, y viéndolas venir, se dijeron: "No nos casaremos con nadie. A nosotros no nos las darán con queso, ni los unos ni los otros; iremos por libre y trabajaremos por una humanidad única, libre y en igualdad". Y poco a poco, lograron convencer a los demás y unirse contra los extraterrestres.

Pero claro, como la ambición de poder había llegado a ser un rasgo común, empezaron a tener líos entre ellos. Los respectivos mundos de las dos especies alienígenas, comenzaron a inquietarse con tanto jaleo y ordenaron a sus respectivas huestes abandonar el planeta y dejar a los humanos a su aire. No fuera que aquellos recién evolucionados individuos, hallaran la forma de destruir sus mundos.

Pusieron, pues, pies en polvorosa todos los alienígenas, y allí dejaron a los humanos en el mayor de los fregados. Porque, claro, con tanto cruce, todos los humanos tenían genes de mala leche, genes de bondad, genes de ambición de poder, genes altruistas, genes esclavistas, etc. Y lo peor: también tenían genes de amor y de odio similares a los de sus “creadores”. Y luego estaban los conocimientos y la sabiduría que habían obtenido y que empezaron a emplearlos los unos contra los otros.

La cosa se puso tan fea que El Gran Consejo Alienígena de los Bondadosos –que observaba de lejos el cirio que se había montado en la Tierra-, temió que sucediera lo peor: la exterminación absoluta de toda la humanidad. Y como eran tan bondadosos y altruistas, mandaron una delegación para que arreglara, en medida de lo posible, las cosas.

Por su parte, El Gran Consejo Alienígena de los Abusones, temiendo que los bondadosos se hicieran de nuevo con el planeta Tierra y frustraran sus planes. -porque lo cierto es que los dos albergaban la ilusión de que los humanos arreglarían sus diferencias y se tornarían pacíficos, momento en el que volverían para proseguir con el experimento-, también mandaron su propia delegación.

Bueno, pues allá que se fueron las dos delegaciones para “ayudar” cada una a los “suyos”. Cuando los diferentes grupos humanos vieron que esas diferentes delegaciones les ayudaban, como los pobrecitos aún eran bastante inocentes y primitivos, empezaron a deificarlos; cada grupo a los alienígenas de su propia delegación; esto es, los humanos bondadosos deificaban a los alienígenas bondadosos y los llamaban de mil formas pero siempre los tenían como Dioses bondadosos a modo del Padres Creadores y cosas así, a los que dieron diversos nombres, tales como Yahve, Khrisna y otros más; mientras que los humanos conseguidos por los abusones, esto es los sometidos, deificaban a los alienígenas abusones, bautizándoles con nombres como Belcebú y similares.

Pero el grupo de los humanos Escépticos, que eran más listos –ya se sabe, los cruces siempre lo son-, no sólo no deificaron a nadie, sino que decidieron liberar el Planeta de delegaciones, sometimientos, esclavitudes, y pasar de una vez de tanto intervencionismo. En aquel momento, lo lograron, vaya que sí; se quedo el planeta completamente limpio de alienígenas; pero, con el tiempo y secretamente, siguen llegando hasta hoy, observadores de los dos mundos para ver como van las cosas; pero eso sí: sin intervenir lo que se dice nada, no fuera a ser que metieran de nuevo la pata.

A los valientes Escépticos no les fue tan bien; pronto empezaron a surgir divisiones entre sus filas. Todo empezó porque a alguien se le ocurrió poner en un estandarte: "Ni Dios, ni Patria, ni amo, ni patrón." Y eso les sentó como una patada en la boca del estómago a los que ya se habían hecho con los negocios de los dioses, de las tierras y todo eso; así que tuvieron que pasar a la clandestinidad más absoluta, aunque poco a poco fueron ganando algún terreno y ello se convirtió en algunos logros para la humanidad entera.

Pues bien, de ahí venimos los humanos y nuestros dioses. De ahí vinieron las castas sacerdotales y todos los sumos sacerdotes; de ahí vinieron también las escuelas mistéricas e iniciáticas y sus grandes luces; de ahí vinieron reyes, emperadores, dictadores y demás personajes; y de ahí vinieron los próceres, filósofos, grandes pensadores, grandes genocidas, grandes inventores, y grandes tiranos y estafadores.... Y, en definitiva, de ahí venimos todos… Sin embargo, de todo esto hace tanto tiempo que ya ni siquiera hay recuerdos, cuanto menos pruebas.

Alguna vez, algún iluminado, tiene algún flash sobre el asunto del origen de la humanidad; pero la comunidad científica se lo anula rápido; no sé sí porque no lo sabe y el tal flash les parece una aberración, o porque han logrado saberlo todo y tiene un miedo a las consecuencias de divulgarlo, el caso es que lo mantiene guardado a cal y canto. Contrariamente, a la comunidad creacionista no le importa lo más mínimo que aparezcan estas teorías, porque de todos modos, la pregunta "¿Y quien creo a los alienígenas, eh, a ver?" seguiría abierta y no influirían mucho en sus tesis deístas.

El caso es que nadie se acuerda de nada y cada uno sigue con su “música”, con su armonía, con su ritmo, con sus bondades y malicias, con sus altruismos y con su mala leche; y la gran mayoría, sin saber por qué ni para qué. Todos menos los Escépticos, que si bien tampoco recuerdan nada, siguen conservando el anhelo y las ganas de luchar por una humanidad sin autoridad y libre por completo”.


¿Les ha gustado el cuento? Bien, perdonen el guiño ácrata y díganme: ¿podría haber sucedido así? ¿No? Ya sé, un poco fantasioso y peregrino, pero peores cosas se han visto.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:21 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 14 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE I

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Noded era un anciano vagabundo destrozado por el peso de todos sus errados pasos, e inmensamente fatigado de soportar el peso de la carga de su absurda y tediosa vida.

En todas las arrugas de la piel de todo el cuerpo de Noded, se podían leer, uno a uno, todos los azotes y derrumbes de su ir y venir de acá para allá, por los caminos sin rumbo ni propósitos. Sendos y profundos surcos cruzaban su rostro en todas direcciones, mostrando la geografía de sus fracasos, de sus decepciones, de sus miedos, de sus desesperanzas, de sus sufrimientos y de su hastiada actitud ante el mundo. Sus quebradizos huesos y sus zaheridas carnes constituían, también, una clara ilustración de aquello a lo que le habían conducido sus vanas ambiciones y concupiscentes deseos. Y en la sequedad de su piel y de su carácter, se apreciaba, sin ningún tipo de dificultad, la inmensa aridez de su corazón y el insoportable vacío de su mente, la cual, carecía ya de la más mínima ilusión, despojada de toda capacidad de entusiasmo y de sorpresa.

La voz del viejo salía con esfuerzo y fatiga de su boca, como entrecortada, a golpes bruscos y con tonos broncos, como si unas invisibles barreras impidieran el flujo de aire desde los pulmones hasta la garganta y frenaran el esfuerzo de las cuerdas vocales de Noded; de modo que, cuando el viejo vagabundo hablaba, parecía que lo hacía a trompicones, como ahogándose; articulaba palabras y frases sin sentido, como si a fuerza de descreer, descreyera hasta del significado del lenguaje. Palabras que se habían tornado para él tan huecas y vacías, como su vida y su inútil transitar por el mundo.

Apenas había dejado de ser un niño, cuando se arrojó al polvo del camino con un ardiente anhelo en su corazón joven: el de buscar, no sabía qué cosa, ni dónde buscarla… Pero algo oculto en su interior le aseguraba que ese anhelo, obedecía a algo por lo que valía la pena vivir y luchar... Que ese misterioso, imprecisable y anhelado “objeto” existía en alguna parte... Y que llegar a conocerlo y a encontrarlo, de alguna extraña manera, le resultaba imprescindible para alcanzar la felicidad.

En realidad, ni siquiera sabía de dónde venía ese anhelo que brotaba de su pecho con tanto vigor, a veces, y tan calladamente otras… Y, siempre, impulsando, al entonces joven Noded, a la acción y a la búsqueda. Llenándolo de entusiasmo y de ganas de vivir. El decurso de los años había ido apagando aquel anhelo, borrando su percepción y escondiéndolo en las profundidades de su ser, dejando que tan sólo se pudiera apreciar un ligero y descolorido rastro... Pero Noded si sabía, en aquellos años de su juventud, de sus impetuosos deseos de ser fiel a ese rastro y seguirlo... Entonces, Noded, aún seguía escuchando aquella sigilosa voz interior, que le decía que su realización personal dependía directa y extrañamente de ello... Que debía esforzarse en conseguir que aquella intuición se tornara en un conocimiento preciso y claro...

Otros fueron, sin embargo, los deseos que, Noded, se afanó en perseguir y otras las metas tras las que corrió, de modo que, aquel tierno y vacilante anhelo, se fue tornando, con el paso del tiempo, más impreciso e indefinido, más vago, más oscuro, más quedo... Hasta que otros placeres y otras victorias, que más parecían derrotas que éxitos, lo hicieron desaparecer por completo de su consciencia. Luego, los fracasos y el cansancio de su vida, agotada en perseguir fortuna sin ética, terminaron por ocultar en lo más profundo de su ser, los restos que pudieran quedar de aquel anhelo, confundiéndose con el negro polvo y las afiladas piedras de las muchas sendas recorridas… (Fin primera parte. Continuará).

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”, parte I.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:18 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 1 comentario.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE II

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En su vejez, nada le quedaba ya a Noded ni del entusiasmo, ni de las ilusiones, ni de la sonrisa de aquellos días de mozo. Todo se había borrado de sus sentidos y de su mente para siempre. Ni siquiera le quedaba ya al pobre vagabundo la nostalgia o la pena de haberlo perdido. Sus manos, incapaces de agarrar ni sostener nada, a no ser esa vacuidad que se reflejaba en su mirada, que era opaca y oscura, como la noche de todos los abismos que habitaban las entrañas de Noded, habían ya olvidado el arte de la caricia y del toque humano, de esas caricias y toques que no se compran con dinero. El fin de sus días no estaba lejano, podía decirse que, Noded, de desear algo, lo que deseaba era que, ese fin llegara; que, con su arribo, se perdiera él también para siempre en esa nada honda y silente que le iba creciendo dentro, invadiéndolo y llenándolo de desolación; como si se tratara del crecimiento de una terrible y gran masa tumoral. Una informe e inexpugnable masa que, poco a poco, iba minando la existencia del viejo, hasta acabar con él.

Noded ignoraba el motivo que le había llevado a decidir el adentrarse por ese camino estrecho y enfangado por el que andaba; pero como eso era ya lo normal en él: no saber ni por dónde caminaba, ni para qué lo hacía, seguía avanzando como un autómata. Pronto anochecería, y el tiempo presagiaba crudas heladas; se hacía, pues, urgente el dar con algún tipo de cobijo para guarecerse y para entregarse al reposo. ¡Que buena falta le hacía al infeliz! Las tripas de Noded, sonaban como aullidos de lobos hambrientos. Hacía tiempo que no había ingerido nada de nada y, por si todo esto fuera poco, había comenzado a llover. Al borde del desfallecimiento, continuó Noded avanzando, arrastrando cada paso... Un pensamiento se paseaba reiteradamente por todas las neuronas de Noded: que se lo llevara ya la parca de una vez.

Alayan, era un peregrino de muy avanzada edad, cuyos pasos eran tan firmes como serena y luminosa su mirada. Todo su cuerpo anciano conservaba, todavía, el vigor y la fuerza de los primeros años, y todos sus gestos estaban llenos de sentido y propósito. Su corazón rebosaba amor y esperanza y, como si se tratara de un libro, de una obra maestra, su piel y sus miradas ofrecían la lectura de la madurez y de la plenitud del hombre que, alimentado por todos los hallazgos y conocimientos recibidos durante su búsqueda, y nutrido, también, por todos los obstáculos y sufrimientos superados, ha alcanzado la sabiduría que otorga el profundo encuentro con el ser, y el gozo que produce reconocerse uno en todo. Sus manos fuertes y huesudas no producían temor, sino seguridad y confianza. Al verlas, uno sentía la capacidad de esas manos para sostener, para acariciar, para dirigir, para acompañar y en definitiva para amar. Por su rostro corrían los surcos que definen al ser que ha amado y se ha entregado sin condiciones. Al ser que ha forjado y colmado su vida a través de la dedicación al servicio, a través del olvido de sí y de la entrega desprendida y generosa de todo cuánto poseía, incluso de sí mismo, a sus semejantes.

Ya anciano, Alayan conocía perfectamente el contenido de la misión que había venido a cumplir en el mundo, que no era otra que la de servir y respetar a toda la creación, naturalmente, también, a sí mismo; como parte de esa creación. De sus ojos resplandecía esa luz de aceptación, de comprensión, de acogida y de ternura, que sólo alguien que ha hecho caso omiso de moralinas clericales y falsas éticas, puede mantener encendida dentro de sí, e irradiar a los demás. Esa luz que se aviva y crece en el corazón del hombre que ha logrado erigirse en señor y amo de sí mismo y de todos sus pensamientos y actos; del hombre que ha llegado al más vasto conocimiento de sí y se ha encontrado las semillas de todas las plantas que lo habitan, tanto del mal como del bien. Esa luz que resplandece en el ser que, en pleno ejercicio de su libertad, vela por arrancar todo brote de mezquindad que aflore dentro de él, esforzándose por hacer germinar y cultivar en su corazón la bondad, la belleza, la justicia y la verdad, para impregnar con ello todo su obrar. Esa luz que transforma a todo ser humano en fruto maduro, dispuesto a convertirse a sí mismo también en semilla. (Fin de la segunda parte: continuará)

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:17 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE III

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Alayan había trabajado abnegadamente toda su vida, hasta tal punto, que ninguna arista de imperfección afeaba ya ni su corazón ni su mente. Todo en él era bello y reflejaba pureza. Ni la más pálida sombra de ambición de poder, de envidia, avaricia y codicia, ni de rencor, ni de resentimiento, y ni mucho menos de odio, oscurecían su vida. Nada de todo eso que envilece el humano acontecer, podía descubrirse en él; aunque él seguía alerta a cualquier indicio que pudiera advertir de esas “malas hierbas” en sus pensamientos; pues sabía de la fragilidad humana y de la suya propia. De su pecho, de su garganta y de su boca, brotaba una potente voz, vibrante, bien templada, clara y afinada, como el sonido que el mejor de los violinistas sabe arrancar de un Stradivarius. Ni un tono de soberbia, de arrogancia y de orgullo resonaba a través de ella. Era una voz nítida y transparente que asemejaba un manantial de agua cristalina y fresca, siempre presto a mitigar la necesidad del sediento... Una voz que permitía apreciar la gran humildad que caracteriza a todo aquel que ha alcanzado la sabiduría.

Alayan no lo había tenido fácil en su peregrinar. Iniciado éste en su juventud, mil veces se había perdido y caído por el camino, sintiéndose extenuado y dolorido, hambriento y derrotado. Pero sin dejarse engañar por ello, había aprendido a transformar el sufrimiento y los errores en aciertos y en renovadas fuerzas. Tras cada caída, se levantaba con más vigor y más firmeza para proseguir su marcha. Nunca había echado mano de falsos paraísos ni de falsas promesas afincadas en un dudoso más allá. Tampoco se había dejado seducir por falsos códigos de moral confeccionado por otros –fueran quienes gustasen ser esos otros- que empañan la libertad, la inteligencia y tiranizan el acontecer humano.

Cuando inició su andadura, todo en él estaba confuso. Conocía lo que buscaba aunque, más que algo tangible y definido, era como un pálido y tenue reflejo de lo buscado. Era, al principio, un conocimiento muy velado el que animaba a Alayan a proseguir; y lo mismo que le ocurría en lo relativo al objeto de su búsqueda, le pasaba respecto de dónde debía dirigirse para encontrar aquello que intuía. Todo ello: el objeto que debía buscar, el punto del que tenía que partir, la dirección que debía tomar y la meta que debía alcanzar, constituía como una vaga y queda melodía escondida en sus entrañas, que Alayan, muy débilmente y sólo en fugaces momentos, apenas podía alcanzar a oír, sin que pudiera, en ningún caso, llegar a reproducirla… como si ese "son" siéndole al mismo tiempo, misteriosamente familiar y desconocido, escapara a sus oídos cada vez que intentaba fijarlo..., entonarlo, asirlo.

Y así fue cómo, Alayan, emprendió el viaje al encuentro de ese misterioso son…, de esa huidiza melodía. Tras cada uno de sus vacilantes pasos, y tras cada duda ante las mil y una encrucijadas del camino, su esperanza, su voluntad, su fe, su confianza y su constancia, le iban haciendo reconocer y precisar algunas notas, acercándole, paso a paso, al conocimiento de la partitura entera. Hasta que, cierto día, aquel tenue y vago son, aquella huidiza tonada, fue dejando escuchar una bella canción que, Alayan, pudo reproducir e interpretar con exacto dominio y conocimiento de todas las notas.

Lentamente al principio, tropezón tras tropezón, y con algún que otro desafinado sonido, Alayan fue adquiriendo destreza y pericia en la reproducción. Hasta que un día, alborozado y henchido de felicidad, pudo convertirse en el más perfecto y delicado de los trovadores. Alayan, descubrió, al fin, que ese canto no era otro que el canto de sí mismo, y que el lugar dónde debía buscarlo era dentro de su ser. Alayan, supo mucho más, supo que para cantar esa melodía de un modo afinado y hermoso, debía hacer oídos sordos a todo el ruido externo que se empeñaban en meterle en la cabeza credos, clérigos y doctrinas, con normas, valores y morales que envilecían lo único bello de verdad: la creación y sus criaturas. Además, Alayan, descubrió que sólo en el servicio, en el logro de que sus semejantes pudieran escuchar dentro de ellos mismos ese canto, en la entrega y en la lucha por una humanidad liberada y fraterna, ese canto hallaría todo su sentido. (Fin parte III: continuará).

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:17 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE IV

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Ahora, en el crepúsculo de sus días, no sólo podía interpretar la hermosa partitura entera, igualando al más perfecto de los ruiseñores, si no que podía hacérselo escuchar a otros, con la única condición de que desearan oírlo; y llegaba aún a más: podía lograr el que los demás escucharan sus propios cantos. Alayan pudo así reconocer tanto lo que buscaba, cómo dónde debía buscar, y el camino que debía recorrer para llegar a la meta. El resultado había sido satisfactorio. Cómo médico, se había entregado al servicio sin mesura. Cómo esposo, había logrado la felicidad de una mujer y la suya propia, reflejadas ambas en sus hijos y nietos. Hijos y nietos que cantaban la misma melodía que él había aprendido: La de posicionarse ante la vida desde la propia responsabilidad y gozar de la libertad de ser, sin servidumbres, sin señores, con la consciencia libre de tiranías ajenas a sus propios juicios y discernimientos. Viviendo y dejando vivir. Alayan, sabía ahora que al nacer había iniciado una peregrinación que finalizaría con la muerte; muerte que, - lo sabía muy bien - no era otra cosa que la puerta hacia el supremo y merecido descanso, después de haber vivido plenamente. Cercano ya de ese umbral, Alayan sabía con exactitud el sentido de todos sus pasos; de todas sus derrotas y victorias; de todas sus fatigas y desvelos; de todos sus sufrimientos y gozos; de todas sus horas de oscuridad y de luz. Alayan estaba presto a llegar al fin de su camino y de culminar la peregrinación que había emprendido; y por ello, sentía todo su ser rebosante de satisfacción; de esa satisfacción que otorga el trabajo bien hecho y la misión cumplida; sí, el bondadoso peregrino rebosaba, todo él, de la paz y de la armonía, de quien se sabe un fiel obrero de la obra que él mismo ha diseñado y ejecutado, que no es otra que la obra del amor. La obra del esfuerzo diario en la entrega a la lucha por una humanidad más justa, más libre, más paritaria. Y el había sido un obrero ejemplar. Dominaba por entero, al fin esa partidura y la cantaba “par coeur” que dicen los franceses. Alayan, era, pues, un hombre feliz; sin camisa, pero con una inmensa y rica capa.

Al despuntar la aurora, Alayan, se había despedido de los suyos y había salido a caminar durante todo el día. Andaba raudo y firme, sin distraer ni errar un solo paso; sabiendo que un importante encuentro le aguardaba en esa senda. El crepúsculo empezaba a desdibujar con su oscuridad el perfil de los montes y la noche se anunciaba fría, muy fría. El peregrino, que acusaba ya el cansancio propio del esfuerzo realizado durante la marcha, se sentó unos momentos a un lado del camino para refrescarse, beber unos sorbos de agua y recobrar el aliento. No quedaba ya lejos el albergue al que se dirigía. Alayan intuía que sería en el viejo y derruido albergue donde hallaría lo que le presentía le aguardaba. En cualquier caso, allí, revisaría su vida una vez más, reposaría en el pequeño y humilde albergue y, protegido al abrigo de sus muros, dormiría apaciblemente.

Sabía, Alayan, de la exigua comodidad del lugar; pero nunca había faltado a un compromiso y aquel se le antojaba muy grave... Y si se había equivocado, si no había leído correctamente las señales de su corazón... Al menos contaría, en el destartalado albergue, con un techo donde guarecerse y algo de paja sobre la que recostarse... Tampoco faltaría algo caliente que tomar... Y con su gruesa capa y su buen ánimo, lograría alcanzar el nuevo día descansado y fresco; repuesto para proseguir el camino de regreso a casa. Alayan, no pedía nada más.

Noded estaba exhausto. Los pies le pesaban toneladas y su cuerpo parecía atraído a la tierra del camino por un potentísimo imán. Cada uno de los pasos que daba el viejo vagabundo, le suponían una angustiosa tortura. Con su zurrón vacío y agotados tanto el vino como el agua, el pobre sentía que iba a desmayarse de un momento a otro. De pura hambre y sed, de puro agotamiento, ni siquiera advertía ya, Noded, el estado de sus músculos. La verdad es, que el vagabundo parecía más un desvencijado, flaco y moribundo jamelgo que un hombre. Para agravar la situación, anochecía y caía sobre él toda la crudeza y la destemplanza del invierno. Noded, a lo lejos, percibió un bulto en el camino que bien podría ser alguien a quien pedirle, al menos, agua... Efectivamente, otro caminante estaba sentado, allí, sobre una gran piedra. Noded, apenas se había logrado acercar al caminante, cuando cayó desfallecido a los pies de éste. Alayan, echando mano de su cantimplora, depositó unas gotas de agua en la maloliente boca del desmayado Noded, quien abriendo los labios, ingirió ávidamente el líquido. Luego, Alayan le ofreció un poco de pan y queso que, Noded, engulló con voracidad.

Ni una palabra había mediado entre los dos, cuando Noded, algo recuperado y mascullando unas secas y forzadas “gracias”, se incorporó, haciendo ademán de proseguir su camino, Alayan, sujetándolo del brazo con firmeza y suavidad a la vez, le dijo que conocía un albergue, no lejos de allí, donde encontrar cobijo. Le indicó que, a paso de fatiga, tardaría diez minutos escasos en llegar; y que, en el siguiente recodo del camino, debía desviarse a la derecha, por un estrecho sendero. Alayan continuaba hablando a Noded, con la intención de proponerle caminar juntos el trecho que faltaba por cubrir hasta llegar al albergue; sí es que Noded decidía igualmente encaminarse a ese lugar, como él mismo tenía pensado hacer... Pero Noded, soltándose bruscamente de Alayan, y sin dar tiempo a que éste le expresara lo que pretendía, reanudó la marcha y sin comunicar nada de sus planes, dejó al anciano con la palabra en la boca.

Alayan, paciente y sosegado, sin sentir ni el más remoto enojo por la despreciativa actitud de Noded, esperó todavía algo de tiempo para ponerse en marcha. Finalmente, ciñéndose bien la capa para protegerse del frío y de la lluvia, que había comenzado a caer lentamente, sin apuros pero con constancia, volvió al camino. A unos pasos del desvío reencontró a Noded, y disminuyendo su ritmo de marcha, le siguió a una distancia prudente para no incomodarle. Al poco tiempo, llegaron los dos a las puertas del albergue a cuyo cuidado estaba un parco y viejo posadero, muy entrado ya en años, cuya vida había dedicado al servicio de peregrinos, caminantes y, por qué no, también al servicio de sucios y malolientes vagabundos como Noded.

Alayan, adelantándose a Noded y haciendo ver que ignoraba su presencia, llamó a la puerta del albergue con un fuerte y enérgico golpe. El viejo posadero acudió presto a franquearles la entrada, y haciéndoles pasar, les pidió que lo siguieran. Primero les mostró el albergue y, luego, ofreciéndoles pan, agua y un poco de tocino, los condujo a un rincón, mostrándoles los jergones de paja sobre los que podían dormir. El posadero siguió indicándoles donde podían asearse y aliviar sus necesidades a la vez que les advertía de que tan sólo podían permanecer una noche en el lugar; y que por la mañana, antes de partir, podían contar con un caldo caliente que, sin duda, templaría sus cuerpos y los entonaría para el camino. Noded dio buena cuenta de los alimentos que le brindara el posadero y, sin emitir sonido alguno, se tiró burda y pesadamente, como un saco, sobre uno de los jergones, en tanto que Alayan, dejando sus propios víveres, junto con los que había recibido del posadero, sobre el jergón, se encaminó a conversar con los demás peregrinos, quienes a juzgar por la algarabía, disfrutaban de la velada en animada charla. Poco después, Alayan, volvió al rincón donde estaban tendidos los jergones que les habían sido asignados y se echó en uno que se hallaba ubicado junto a Noded. Cuando los ojos de Alayan se acostumbraron a la oscuridad observó cómo Noded yacía acurrucado en el jergón. (Fin parte IV; continuará).

Cuento perteneciente a mi libro "Cuentos para la libertad".

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:16 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE V

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Ya bien acomodado sobre la paja del jergón en aquel húmedo y frío lugar, Alayan advirtió los temblores de Noded. La noche vertía sobre ellos hielo en abundancia y sin avaricia alguna; y la ruidosa lluvia sonaba estrepitosamente sobre el frágil techo del recinto; así que no era raro que alguien temblara... Pero los temblores de Noded no parecían ser arrancados únicamente por el frío ni por la lacerante humedad del albergue. Los temblores de Noded parecían motivados por hielos de índole más profunda y terrible de lo que la inclemencia climatológica podía provocar; por esos hielos que surgen desde el corazón y emergen por los huesos y las vísceras, como producto de todas las congelaciones con los que nuestros disparatados pensamientos y acciones hielan nuestras mentes y nuestras vidas. Los temblores de Noded sonaban como alaridos, produciendo crujidos en todas sus carnes y en todos sus huesos. Alayan, atento, sentía en sí mismo el dolor de las carnes y de las vidas del viejo vagabundo. Tras unos instantes, Alayan se despojó de su gruesa capa, compañera de tantas sendas, y arropó con un solícito cuidado y un delicado amor de padre a Noded; mientras éste se arrebujaba más en el jergón y apretándose a la capa, buscaba con todo su cuerpo el calor, que tanto el clima del inhóspito invierno, como el de su congelado corazón, le negaban.

Alayan, viendo al pobre y desvalido Noded, y notando en su propio ser toda la destemplanza de sus enormes carencias, pensó que para esos hielos hacían falta demasiadas capas, decidiendo dar a Noded un enérgico y reconstituyente masaje por todo el cuerpo. Finalmente, con los masajes que Alayan le dispensó, Noded pareció entrar en calor y apaciguarse un poco.

Noded había sentido un algo tibio y balsámico en aquellos masajes; algo que le hizo recordar aquel calor único de su niñez, cuando su madre lo abrazaba y protegía en su regazo, calentándolo con su cuerpo y con su cariño. Al evocar el recuerdo de su amada madre, Noded no pudo evitar el sentir nostalgias y anhelos que, con el tiempo, habían enmudecido; y se sorprendió de que sus ojos, llenos de sequía y vacíos de luz, intentaran humedecerse… pero las lágrimas no brotaron. Su corazón era cómo un viejo pozo seco y ciego.

¡Cuánto tiempo hacía que erraba perdido y hambriento de ese calor!. Noded sintió dentro de sí una infinita tristeza, teñida de ternura y de resentimiento; “¡Ah… Sí tan sólo una vez, durante el camino, alguien me hubiera brindado algo así!” -exclamó quedo para sí, dejándose hacer mientras Alayan continuaba su masaje.

Cuando Alayan dijo que ya había terminado, Noded pareció regresar de algún lejano país por el que se hubiera perdido. Se encontraba más calmado y no temblaba, pero le resultaba humillante reconocerlo; de manera que adoptó el aire huraño y distante que mantuviera con Alayan durante su primer encuentro. Con el cuerpo ya caliente expresó unas, apenas audibles, hurañas y entrecortadas “gracias”, a ese extraño desconocido que de un modo tan delicado y desinteresado le socorría por segunda vez, aun sin haberle pedido nada... Pensó que, seguramente, ese tipo buscaba algo de él. Sí, estaba convencido de que aquello no era desinteresado; decididamente, algo quería de él ese hombre y se dijo, que de ser así, más valía aclarar las cosas antes de que se complicaran; pues nada tenía Noded que darle que no fueran harapos a ese misterioso y desconocido ser. Noded siguió rumiando que aquel tipo no era de fiar, y que aún si él tuviera algo, para nada estaría dispuesto a dárselo…

Noded se incorporó dando su nombre apresuradamente al desconocido y, después de preguntarle por el suyo, siguió exigiendo saber, lo que de él pretendía con tantos cuidados; vociferando que en modo alguno iba a pagar nada por ellos... Alayan, tras comunicar su nombre y decirle que era un peregrino, haciendo caso omiso de las exigencias de Poded, de sus voces y malos modos, como si no se hubieran producido, e ignorando, incluso, que Noded, le había dicho su nombre, preguntó a éste quién era, de dónde venía, qué hacía en la vida y hacia dónde se dirigía; interesándose, también, por los motivos que le habían inducido a abandonarse y destruirse de ese modo, terminó sus preguntas, pidiéndole a Noded que le hiciera saber las causas que le habían impulsado a arrojarse con tanta aspereza y crueldad al camino. Irritado por tanta pregunta, con mucha desconfianza, y sin saber muy bien, si dar o no satisfacción al interrogatorio, al que ese fastidioso desconocido le sometía, Noded, empezó a mascullar palabras inaudibles… La conducta de Alayan, le parecía de un descaro impresionante. “Ese vejestorio es un "cara dura". Estoy completamente seguro de que una curiosidad insana, morbosa y desmedida lo anima a colocar a la gente en una situación de “tercer grado”; no tengo ninguna duda de que este “viejo chocho” quiere “sacarme algo”… ¡A lo peor es un chiflado peligroso que se ha escapado de algún manicomio…!” “O, tal vez, quiera ganarme para alguna extraña secta…” En estas cavilaciones estaba Noded, cuando Alayan, le rogó que hablara más claro. El vagabundo enojado, arrancó a hablar de mal grado, y refunfuñando, con sus habituales entrecortadas frases de siempre; pero, conforme Noded, iba adentrándose en las respuestas solicitadas por el peregrino, su voz fue tiñéndose de inusitada ira y de una fuerte rabia que, curiosamente, aclararon el timbre de su voz, dando una solidez y ritmo a las frases, que sorprendió incluso al propio Noded. Las frases del viejo vagabundo dejaron de ser entrecortadas. Tal parecía que embrollados nudos de amargura, de lejanos resentimientos y hondos desengaños, se iban aflojando en el interior de Noded, a medida que este seguía hablando.

Alayan, escuchó a Noded, en silencio, acogiendo en su ser las palabras, el dolor y las carencias de Noded; arropándolas de compresión y de cariño, como únicamente el peregrino que conoce lo que busca en el camino, de dónde viene, a dónde va y quien es, puede transmitir, sin herir; y cuando Noded, tras haberle dicho que era un vagabundo que erraba sin tino, que ni recordaba el por qué, ni el para qué, se echó al camino; y que ni siquiera sabía ya, de donde venía, ni mucho menos a donde iba... Noded lleno de una explosiva cólera, reprochó airadamente a Alayan, la tortura que, con sus impertinentes preguntas le estaba propinando, sin tener derecho alguno para hacerlo, ya que, en su opinión, los dos no eran más, que dos acabados viejos. Noded, terminó quejándose de que, al fin y a la postre, ambos eran iguales, dos carcamales cercanos a la muerte, llenos de polvo y de dolor... Alayan, interrumpiéndole, lo miró con una serenidad y ternura infinitas, diciéndole: “Es cierto Noded, los dos somos viejos y estamos cerca del final, pero la muerte que representa para ti, simplemente, acabar, disolverte en la nada y poner fin a lo que tu calificas de una existencia inútil, vacía y sin sentido, para mí no es otra cosa que el broche de vida bien colmada, y de camino lleno de sentido que llega a su fin. La muerte, Noded, es, para mí, la culminación de una etapa; es un incremento de gozo y de sentido; es la confirmación de haber cumplido con un plan bien trazado, y de haber encontrado el gozo y la felicidad. Yo sé, Noded, que mi vida llega a su fin, pero lejos de sumirme en la desesperanza, la despido con satisfacción. Pero tienes razón en algo, Noded, porque en algo, sí, somos los dos iguales… (Fin parte V: continuará)

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”.

Carmen Moreno Martín

Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:15 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE VI

… Somos iguales, Noded, en nuestra esencia y en las capacidades y recursos que hemos poseído ambos para alcanzar las oportunidades que se han abierto en nuestro camino y disfrutar de nuestros logros. Somos iguales en la misión que ambos teníamos que cumplir y en la obra que nos aguardaba al nacer; obra, que no es otra, que la de cultivar nuestras consciencias y nuestros espíritus con la luz de nuestras inteligencias y nuestros discernimientos, con esos recursos y esas capacidades que poseemos, y hacerlos florecer; multiplicarlos y ponerlos a la disposición del servicio a los demás desde nuestra libertad, sin patrañas impostadas ni impuestas. Pero, mientras tú decidiste ignorar esos dones, desperdiciarlos y olvidar esa misión; dejándote llevar por cada viento que soplaba y dejándote azotar por todos y cada uno de los espejismos que los falsos profetas iban depositando en tu mente, tiranizándote a ti y a tu vida, yo me esforzaba en buscar el juicio y la sabiduría dentro de mí; me esforzaba en hacerlo crecer, en utilizarlo, en lograr que esos dieran sus frutos y en ofrecer esos frutos a todos los hambrientos del mundo sin escatimar ni un gramo de entrega. Yo, Noded, me entregue al conocimiento de mí mismo; y busqué, sin desfallecer, cual era mi procedencia, mi esencia y mi destinó; yo luché tenazmente para conseguir, que lo que al principio era sólo una tenue y vacilante lucecita, que parpadeaba dentro de mí, como una tenue y débil llama presta a extinguirse; se transformara, instante a instante, día a día, en una clara y radiante luz en mi interior; en un sólido saber que dirigía mis pasos y mis acciones sin que los azotes y los avatares del viento de mi mente y de las tormentas de iluminados, de apegos, normas y servidumbres, me hicieran desistir en el empeño; y no es que no tuviera dudas sobre seguir o abandonar la lucha y que no cayera una y otra vez o que no me arrastraran y me atormentaran las hordas de falsos valores y pseudomorales. No fue fácil escapar a sus tiranías; siempre es más cómodo eludir la propia responsabilidad aceptando la protección que ofrecen los mil y un rebaños, que asumir que uno es dueño de sus actos sin más dioses ni profetas que uno mismo. Pero la fe en mí mismo, la esperanza y el amor fortalecían mi voluntad brindándome la firmeza y la paciencia necesarias, para volver a empezar de nuevo tras cada caída, tras cada abandono, tras cada acto de dependencia y dejación… Y en eso hemos sido distintos, Noded; no porque seamos diferentes, puesto que de la misma naturaleza humana estamos hechos, y las mismas luces nos habitan, sino porque hemos obrado diferente, y hemos elegido de manera distinta”.

Noded, al ver lo que habían desencadenado sus exigencias y reproches, preso de un inexplicable pánico, se negó a seguir escuchando a aquel loco. Sin más explicaciones, le dio la espalda a Alayan, colocándose en posición fetal, y tapándose de la cabeza a los pies con la capa, aparentó haberse dormido. En esa posición, Noded parecía un impenetrable huevo cuyo embrión se resistiera a crecer, y eclosionar a la vida. “¿Qué tendrá este engreído viejo que enseñarme, que yo no sepa ya? ¡Pues no he aprendido yo nada en esta miserable y podrida escuela de la vida a la que me han forzado a acudir sin ningún permiso mío!. ¿Qué se habrá creído el viejo este?. Claro que somos iguales, ¡dos desgraciados y podridos viejos, eso es lo que somos!... ¡Que se deje ya de sermones y de monsergas… que hay que dormir!”... Tales eran las cosas que se decía Noded, a la vez que luchaba entre acallar a Alayan de un puñetazo, o darse, él mismo, con la cabeza contra la pared para ver si perdía el conocimiento y dejaba de escuchar toda esa perorata...

Y mientras todo eso pensaba y sentía Noded, Alayan, tranquila y pausadamente, seguía hablando: “Ciertamente Noded tienes mucha razón en decir que somos iguales, pues lo somos, y no sólo en nuestra esencia, sino en otras muchas cosas... Los dos hemos caído una y mil veces, hemos sufrido pérdidas irremediables… derrotas… Y los dos hemos sentido nuestras carnes brutalmente mordidas por el dolor y el sufrimiento. Pero hay algo, Noded, que nos hace parecer diferentes y que es la elección que cada uno de nosotros ha realizado. Mientras que tú elegiste la queja egoísta y baldía, abandonándote a las recompensas y castigos de una vida eterna, al elogio frívolo y estéril, y al egocentrismo desmedido; yo me entregué a la tarea de arrancar de mí todo brote de maldad (y te aseguro que tenía una planta muy crecida dentro de mí), empeñándome, con confianza y fe, en descubrir todos los mecanismos inconscientes y automáticos que dominaban mi vida, luchando tenazmente para convertir las derrotas en victorias, las pérdidas en hallazgos, las mordeduras del dolor y del sufrimiento, en caricias; y la maldad que recibía en bondad. Yo, Noded, me dediqué al servicio, tratando de llenar mi vida, y la vida de todas las criaturas, de amor incondicional. Y mientras que yo elegía recorrer ese camino de perfeccionamiento, purificación y entrega hasta el final, ¿qué elegiste tú, Noded? Tú, Noded, tras cada caída te revolcabas en el inútil fango de las quejas y, lleno de ira, clamabas venganza. Tras cada derrota te abandonabas a la autocompasión, a pedir perdones a un supuesto ente divino, y a esperar que ese todopoderoso ser hiciera el trabajo que debías hacer tú; desesperando de ti, del amor y del mundo. Tras cada pérdida te hundías con más resentimiento y rencor en tus apegos, generando más odio y más desesperanza. Tu corazón, Noded, endurecido por tu propia ignorancia, y por las rancias tiranías de doctrinas sobrenaturales, se congeló; y conducido de la mano de las más espantosas tinieblas por tu ambición, tu codicia y tu desmedida soberbia, ocultaste tu verdadera esencia en el más profundo de los abismos… en la más obscura de las soledades. Y hastiado, ya, de ti, de tu vida y del mundo, decidiste, por último, arrojarte en manos de la muerte. Porque eso es la muerte real, Noded, la muerte real y eterna no es otra cosa que el cerrarse herméticamente al amor y a la vida.

Noded, a pesar del duro contenido de las palabras de Alayan, iba, lentamente, dejando de luchar consigo mismo y se iba abriendo poco a poco a la acogedora calidez de la voz y de la presencia del anciano. No obstante, aun le escuchaba con recelo y temor, y sin abandonarse al llanto que pugnaba por aflorar en sus ojos... Pero, conforme Alayan, proseguía hablando a Noded, el recelo y el temor de éste, junto a la cólera que había expresado, iban tornándose en una pena y una amargura tal que removían y desgarraban las entrañas del vagabundo. Era como si esas palabras tuvieran el poder de hacerle revivir, uno a uno, todos los sucesos de su vida y de hacerle sentir todo el dolor y el sufrimiento de nuevo. Poco a poco, fue notando que nacían en él, impulsos muy contradictorios, los unos, de una cólera irrefrenable, le hacían sentir imperiosos deseos de abalanzarse sobre Alayan y estrangularlo; y los otros, le empujaban a abrazarse a los pies de Alayan y pedirle que lo ayudara a salir de su desolación. Así, el amor y las palabras de Alayan fueron abriéndose paso en el corazón del viejo vagabundo, hasta que Noded, sintió que ya nada había en él que se pareciera al rechazo y al desprecio que había experimentado hacia Alayan, durante su primer encuentro, y que se habían acrecentado con los cuidados y las preguntas del anciano. Y, aunque se resistía todavía en un mínimo grado a aceptarlo, notaba como su rechazo se iba transformando en respeto hacia ese hombre... (Fin parte VI; continuará).

Cuento Perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:15 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NODED Y ALAYAN: PARTE FINAL

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Noded empezaba a sentir y, a la vez, no quería reconocer que así fuera, una profunda admiración por la sabiduría de las palabras de Alayan... Junto a todo ese cúmulo de sentimientos y de pensamientos, nacían en Noded, también, otras emociones que, hasta ese momento, nunca había experimentado antes... Algo así como una insólita avidez por las palabras de Alayan; una especie de necesidad de que siguiera hablando como si aquellas palabras tuvieran también otro poder: el poder del perdón y de la reconciliación. Era como si aquellas palabras hicieran sangrar de nuevo sus viejas y profundas heridas, y las curaran con una especie de ungüento misterioso y salvífico, aportándole una paz que, por más que había buscado, nunca logró encontrar... Noded estaba muy confuso por lo contradictorio de todo cuanto experimentaba y por lo desconocido de las sensaciones y de los deseos que iban brotando en él...

Mientras, Alayan, con el mismo tono y la misma actitud de amor y de comprensión, continuaba diciéndole “Tú mismo, Noded, construiste los gruesos y sólidos muros que te aprisionan en el abismo. Y sólo tú mismo posees aún el instrumento capaz de derrumbar esas barreras y salir de esa tenebrosa cárcel de sufrimiento y de frío, en la que secas tu mente y tu corazón, convirtiendo tu vida en desolación y muerte”.

Finalmente, Noded, que se había abierto por entero a lo que escuchaba, advirtió cómo se iba aflojando dentro de él aquella masa tumoral negra e inmensa que lo aprisionaba y que crecía y crecía sin que él pudiera hacer nada... Esa masa, al aflojarse, producía una angustia, un sufrimiento y un dolor tal, que Noded creyó no poderlo soportar más. Una sensación de asfixia como nunca había tenido antes, le oprimía el pecho y la garganta. La tristeza mezclada de ternura que, mientras Alayan, trataba de darle calor, había nacido en algún recóndito e inexplorado rincón de su ser, junto con el recuerdo de su madre, crecía también en el corazón de Noded, que notaba cada vez con más intensidad como aquello – fuera esto lo que fuere- se iba derritiendo dentro de sí. Noded, quien miraba furtivamente a Alayan mientras éste le hablaba, se abandonó, desarmado y dolorido, al flujo de todas aquellas emociones que amenazaban con desbordarse, sin resistirse más, ni seguir luchando por contenerlas. Noded sintió, entonces, con el abandono de la lucha y de la contención que ejercía, que tanto aquella lucha como aquella contención no habían sido nada más que un intento absurdo por su parte de aferrarse a no perder el control; y que ese empeño había sido provocado por un enorme miedo...

Noded quería y necesitaba llorar, pero no podía; ni siquiera recordaba cuando lo había hecho por última vez. Sus ojos y su corazón, sólo parecían poder expresar la aridez y el hielo de su existencia, pero en ese instante, Noded notó cómo si un rico manantial irrumpiera en ese pozo que había permanecido estéril, inundándolo; un caudaloso río de lágrimas fluyó desde sus entrañas. Noded se entregó, ya sin resistencia ninguna, a ese llanto sincero y liberador que crecía y crecía en él desde su vientre hasta su corazón y, lentamente, a medida que el llanto se hacía mas profundo, iba desapareciendo de su pecho y de su garganta, aquella opresión, y aquel dolor que le estaban matando. Noded, supo de un modo diáfano que contra nadie había “pecado” salvo contra sí mismo, y que no había nadie que pudiera perdonarlo, sino él a sí mismo. Conmovido desde lo más hondo de su ser, y removidas todas sus corazas y falsas estructuras, dio rienda suelta a toda la amargura y a todo el dolor que, durante tanto tiempo, había contenido en sus entrañas con la furia y la fuerza de un hombre. Y lo que había comenzado como un ahogo doloroso y opresivo, fue transformándose en algo parecido al llanto de un indefenso y desvalido recién nacido.

Noded, advirtió que todo él se derrumbaba; y que todas sus creencias se desmoronaban. Profundamente arrepentido y abatido, por la visión del desperdicio y de la inutilidad de lo que había sido su vida, cayó en una liberadora comprensión y aceptación de sí mismo. Con voz clara, firme y con actitud profundamente sincera y humilde, se levantó frente a Alayan, y gritó: ¡Soy un hombre! ¡Soy un hombre libre, al fin!

Alayan, abrazando a Noded, como tan sólo un padre podría; y llorando de alegría y de gozo por el reencuentro y el retorno de un semejante, dijo a Noded: “¡El tiempo siempre ha sido tuyo Noded!. Dispones de todo el tiempo. En verdad, Noded, posees aún toda una vida, toda una eternidad para empezar la tarea y concluirla. Cada instante, Noded es toda una vida. Los instantes pasados reposan dentro de ti, saca de ellos tus propias conclusiones, asúmelos desde la luz de tu inteligencia y desde la convicción de tu propia consciencia; siempre ha estado en tu mano, y lo está aun, comenzar de nuevo. El inicio, Noded, es tuyo y basta con que lo desees así. ¡Basta con tu voluntad, Noded! ¡Noded, hermano querido, ahora sí que tú y yo somos iguales en todo, tú y yo somos uno, Noded, hermano y amigo. Después de todo esto, Noded lleno de armonía, de seguridad y de paz, siguió llorando como si quisiera vaciarse de todos los años de sequedad, de tiranía, de culpa, de angustia y de oscuridad que había pasado. Siguió lavando con su llanto, ya sereno y sosegado, su corazón y su mente, tratando de limpiarse de todos los resentimientos y de todo el odio que había acumulado dentro de sí, en el transcurso de esos años. Y, a medida que Noded iba desprendiéndose de la suciedad y de la negrura que ocultaba su esencia, el amor que, aunque lo había rechazado e ignorado todo ese tiempo, siempre había residido en las profundidades de su ser, brotó por todos los poros de su piel. Sí, el amor brotaba y vivificaba todas las células del viejo, y con la misma fuerza que iba aflorando, iba también cerrando y sanando todas las profundas y sangrantes heridas de su corazón, de su mente y de su desecho cuerpo; envolviéndolo y meciéndolo, como sí de los brazos de una madre se tratara. Lentamente, Noded fue cayendo en un profundo, silente y reparador sueño, calmando su llanto y llenándose de felicidad.

Cuando los primeros rayos del Sol acariciaron el cuerpo de Noded despertándolo, éste se sintió con un vigor y una fuerza potente y desacostumbrada. Noded se sentía, de pronto, confiado y seguro; sabía qué buscar, cual era la orientación de su búsqueda, quién era, de dónde venía y hacia dónde iba. Noded se hallaba como si hubiera podido arrebatarle su vida a las oscuras patrañas que guiaron su muerte. De pronto, él mismo hubiera adquirido sentido. Noded, sentía que había vuelto a nacer. Todo el cuerpo y el ser de Noded se encontraban renovados, como sí tuviera solo meses; o mejor aun, como si fuera eterno y sin edad. Rebosante de gozo, Noded buscó a Alayan, y, al no verlo a su lado, corrió al albergue, pensando encontrarlo allí. Gracias a él, su ceguera había desaparecido, se sentía curado. Noded rebosaba afecto y agradecimiento por el hombre que le había ayudado a volver a la vida; por el hombre que le había ayudado a encontrar la verdad, la luz y la libertad. Pero por más que Noded buscaba, no podía encontrar ni la capa de Alayan ni a éste. Buscó y rebuscó por doquier y después de recorrer el lugar y sus aledaños, mirando por bosques y caminos, Noded se sentó fatigado a la orilla del río que fluía cerca del albergue. Sentía cierta tristeza por la ausencia de Alayan. Era curioso lo que sentía, la tristeza por no haber podido encontrar al que consideraba ya su hermano y amigo, además de su salvador, no le producía ni desanimo, ni desaliento; no se sentía derrumbado, ni desesperado como en otras ocasiones pasadas; ni sentía deseos de quejarse o de encolerizarse como le había sucedido otras veces... Constató que la oscuridad y la sin razón que caracterizaron su pasado habían desaparecido. Noded comprobó que podía notar en su interior la llama del amor, de la fe y de la esperanza, y sentir que esa llama seguía ardiente y viva, y lo más importante, qué él, y sólo él era el responsable de esa llama.

Noded, no había tomado nada en todo el día, habiéndose olvidado de sí mismo para dedicarse a encontrar a Alayan. En algún momento llegó a pensar que, quizás le podía haber acontecido algún percance. Estaba sediento, así que, desde la orilla, se inclinó sobre las aguas de aquel río para beber y calmar su sed. Entonces, asombrado y perplejo, Noded vio como el río, formando un nítido espejo sobre sus aguas, le devolvía lo que tanto había buscado durante todo el día: el rostro de Alayan en el reflejo de su propio rostro.

Noded era Alayan y Alayan era Noded. Una vez más, tinieblas y cadenas sucumbían ante el amor, la libertad y la paz, mientras que la luz resplandecía en el corazón de Noded. ¡F I N D E L C U E N T O.!

Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”. Y con esto ya sólo faltan cuatro cuentos y la parte final para que lo puedan tener ustedes completito en “TEMAS”; ya saben, en el menú de la derecha, en el que pueden encontrar ya, otros muchos cuentos de este mismo libro, y de otros libros.

Carmen Moreno Martín
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Lunes, 04 de Junio de 2007 11:14 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 6 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: INTRODUCCIÓN Y EL PUPAS. (PARTE IV Y ÚLTIMA)

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Y para complicarlo más: ¿qué diantre es eso de ser libre y, además, serlo desde el ser? Una deducción desde los opuestos nos conduciría a responder que, libre es quien no es esclavo. Libre sería aquél que en todo momento pudiera ser dueño y señor de sí mismo sin estar dominado por nadie ni por nada. Sin estar dominado por nada ni nadie externo a sí mismo, ni mucho menos, nada ni nadie interno. Sin estar dominado –consciente o inconscientemente por ningún estereotipo, por ningún mecanismo automático... Y si ser señor de sí mismo implica un conocimiento absoluto de todo cuanto uno es, que para nada quiere decir ser señor de cuanto uno tiene, ni de cuanto uno hace, si lo que hace no parte de una elección libre, esto es, de un conocimiento sin ranuras de sí mismo, ¿quién es entonces real y verdaderamente libre? ¿Quién puede presentarse al mundo como un modelo acabado que reúne y cumple todos esos requisitos? Pero ¡cuidado!, el ser señor de sí mismo tampoco quiere decir “todo me vale” o “puedo hacer, decir y lograr lo que me dé la gana”, caiga quien caiga, y a cualquier precio… Aun al precio de la esclavitud de otros… No, no creo que el ser señor de sí mismo tenga que ver con eso tampoco. Y lo grave es que la humanidad no podrá alcanzar esa absoluta libertad global, hasta que cada uno de los seres humanos del planeta no la alcancen, primero, en el plano individual, tanto en lo externo y social, como internamente desde su propio ser. Porque lo mismo que esa libertad del ser no se compra ni se obtiene en ningún mercado, de fuera adentro, la libertad de la humanidad tampoco. ¡No señor, tampoco la libertad de la humanidad se cría en un invernadero ni se compra en una tienda!. Se trata de la misma planta tanto si refiere a lo individual como a lo global. Nadie puede traernos la libertad. Ninguna ley que promulguemos puede regalárnosla. O la construimos y la hacemos crecer todos los seres humanos juntos, desde y con la propia y verdadera libertad de cada uno, o no la habrá. La libertad que podemos esperar de un gobernante, de un partido político, de un sistema, o de lo que sea, sin esa otra, será una milonga.

En fin, que la cosa tiene “miga” y no es tan sencilla como pudiera parecer. Quizá por ello haya preferido abordarlo con “cuentos” que, a parte de ser más o menos divertidos, más o menos interesantes, siempre pueden dejarse de lado porque no son más que eso: “cuentos” Y si a alguien le ayuda a acercarse, por medio de su lectura, un “pelín” más a descubrir las propias servidumbres internas que le esclavizan a uno, las cadenas que uno mismo construye y cómo uno mismo se esclaviza con ellas, mejor que mejor. De eso se trata.

Por último, para finalizar este espacio de comienzo, les dejaré con unas palabras de Platón: “…Los niños pueden tener miedo a la oscuridad, pero la verdadera tragedia de la vida es cuando los adultos tienen miedo de la luz”. Hasta ahí Platón, y, para mayor abundamiento, añadiría yo, que lo patético y especialmente trágico es cuando esa luz, a la que tanto tememos, no es otra que la de nuestro propio ser. Ese ser al que tanto desconocemos y del que tanto huimos al reconocernos sólo en lo que tenemos, en lo que hacemos, en los roles que desempeñamos y en lo que recibimos y damos, ya sean esos dones, bienes materiales, reconocimientos o valoraciones. ¡Cuán pobres somos si creemos que únicamente somos lo que hacemos, lo que tenemos y los roles que desempeñamos!… Lamento decepcionarles, pero, que yo sepa, nada de todo eso puede ser llevado a la tumba ni conservado en el “más allá”. Que yo sepa –digo- nadie ha logrado, jamás, llevarse nada consigo al otro mundo. Cuando uno llega a este mundo, lo hace desnudo; y cuando uno se va se lleva únicamente lo que trajo y verdaderamente posee: a sí mismo con su desnudez. Y si ése sí mismo es un desconocido al que nunca creyó poseer… ¡Pues vaya chasco!

(F I N de la introducción y del primer cuento de mi libro "Cuentos para la libertad". Recordarles que en el apartado "Los cuentos de mi pluma" de Temas, en el menú de la derecha del Blog, pueden leer algunos cuentos más de este libro. No están todos, pero poco a poco lo estarán.)

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Miércoles, 04 de Abril de 2007 11:13 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: INTRODUCCIÓN Y EL PUPAS. (Parte III)

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Por todas esas horas de compadecerse desde un narcisismo y egocentrismo aberrante que solo le habían conducirse a mirarse el ombligo y pensar que era el único ser doliente del mundo. Lentamente, en su corazón, se levantaron olas de perdón, de reconciliación, de amor y de libertad, como nunca había experimentado; y la tenue lucecita que se prendiera en su interior se acrecentó, desbordando todo su ser, tornándolo luminoso y resplandeciente como un sol.

En ese estado de profunda armonía y de inusitada paz, lleno de compasión y de amor por su doble, “El Pupas” quiso infundir en él todo el ánimo, el valor y la fuerza necesaria para que saliera airoso de ese trance.

Ya no le importaba si conseguía vivir o no, pero si lo hacía de nuevo, sería absolutamente distinto; de lo contrario, si moría, lo haría tranquilo porque descansaría para siempre, y porque había limpiado su conciencia de miedos y esclavitudes; de culpas y de lamentaciones; de creencias y de milongas. No tenía ninguna certeza de lo que se podía encontrar al cruzar el umbral de la muerte. Lo que si estaba seguro de no encontrarse era a un juez vengador. Ni jueces vengadores ni Padres amorosos todopoderosos le estarían aguardando. Lo más seguro es que le acogiera la inmensa nada; pero sí algo hubiera, no podía ser ni remotamente parecido a las patrañas que circulaban por la Tierra. Nada se llevaba uno al otro barrio, salvo a sí mismo. En todo caso, y si algo había de cierto en esa existencia de un “más allá” se llevaría uno su consciencia, el conocimiento de sí mismo y de los demás, el servicio, clamor entregado y recibido, y la satisfacción de lo aportado al bien común y a la libertad en este lado.

Ninguna sombra de angustia le aquejaba ya. Con decisión y ternura, “El Pupas” abrió sus brazos y su alma a ese cuerpo suyo que, agonizante, yacía en aquella cama.

Apenas habían pasado segundos –o siglos, ¿quién podría decirlo en aquel extraño lugar?-, cuando “El Pupas” sintió una estremecedora convulsión y cayó por un profundo agujero.

Los médicos y las enfermeras vieron asombrados cómo “El Pupas” se incorporaba y se sentaba en el borde de la cama. Ninguno de ellos podía dar crédito a lo que estaban presenciando y menos explicarse cómo ese desconocido y pobre muchacho moribundo se había recuperado así, tan de repente. Todos corrieron hacia él y se quedaron perplejos mirándole, sin poder articular palabra alguna.

“El Pupas” se hallaba confuso y desorientado sobre dónde estaba y cómo había llegado allí. No recordaba nada en absoluto ni acerca de la sobre dosis que casi lo mata, ni de su anterior desdoblamiento, ni de lo que había vivido durante el mismo; sentía únicamente, junto a unos enormes deseos de vivir, una profunda fe, confianza y seguridad tanto en sí mismo, como en sus posibilidades. “El Pupas” sentía, también, un profundo respeto y amor hacia todos los seres humanos, y muy especialmente, hacia todos aquellos que, como él, vagaban ciegos y perdidos entre los hombres… Nada más lograba sentir ni recordar… Bueno, algo sí recordó “El Pupas”, quien dirigiéndose a aquellos seres con batas blancas que le miraban paralizados y embobados dijo: “¡Mi nombre es Pablo y tengo hambre!”.

Hasta aquí el cuento; y como todos los cuentos, todo es ficción, fantasía, metáfora, metonimia y alegoría. Todo es una invención del autor que nada tiene que ver formalmente con la realidad. Pero en ocasiones, estas figuras retóricas y de ficción pueden transmitir un mensaje mejor que miles de discursos analíticos y lógicos, y abstractos. Y justamente esa es la intención que persigo con “Cuentos para la Libertad”. Transmitir que la libertad no es una planta exótica que pueda adquirirse en un lejano invernadero o en un supermercado, o a través de los códigos morales de las instituciones eclesiásticas. La libertad es una semilla que se oculta en nuestro ser y que sólo cada uno de nosotros puede hacer germinar y cultivar hasta lograr que brote esa maravillosa planta. Mucho nos quejamos de carencia de libertades en nuestra sociedad o en otras, como si el acceso a la libertad viniera determinado por leyes, decretos, medidas, y otras cosas que alguien externo a nosotros mismos pudiera darnos, así sin más. Por supuesto que existe la opresión desde posturas totalitarias, dictatoriales, dogmáticas y abusivas que, ejercidas desde un grupo de individuos sobre otros, mantienen a sociedades y a países enteros sumidos en la pobreza y la esclavitud. Cierto que la injusticia derivada de esas situaciones conduce a la explotación del hombre por el hombre y a la anulación de sus libertades y derechos más básicos y fundamentales. En verdad, que la humanidad tiene el deber y el derecho de acabar con ese estado de cosas, para lograr que todos y cada uno de los individuos que la componen puedan gozar, algún día, de la plenitud de todos sus derechos y libertades, en igualdad de oportunidades y sin ninguna discriminación, pero el hablar de la humanidad así en abstracto, casi siempre confunde y parece que, con ello, se tiende a eludir el compromiso individual de cada individuo, porque, “si es la humanidad la que debe lograrlo, pues yo tranquilo”. Esa lucha y ese empeño a lo largo de los siglos, pareciera que ha alcanzado cotas muy altas - sobre todo en nuestro mundo occidental - aunque a veces, incluso en nuestro desarrollado y civilizado mundo, estas supuestas cotas no superan un análisis medianamente riguroso. No obstante, concedamos que así es y aceptemos que gozamos de todas las libertades y de todos los derechos que una convivencia en democracia puede otorgarnos: ¿somos realmente libres? ¿Es y se siente cada uno de los integrantes de tal democracia real y plenamente libre? ¿Le otorgan las leyes de ese tipo de sociedad a todos y cada uno de sus miembros por igual –de hecho y de derecho-, el disfrute de reconocerse libre en lo más profundo de su ser?... (Fin de la tercera parte, continuará...)

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 02 de Abril de 2007 10:48 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: PARTE II (continuación de "El Pupas")

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El mismo “Pupas” pensaba que, con lo poco que había frecuentado aquel colegio, no era raro que no llegara a dilucidar el misterio de la dichosa frase. Tal vez si hubiera estudiado hasta el final… “El Pupas” siguió pensando que la caja podía ser un exquisito y primoroso paraíso lleno de placeres y gozos a disposición de todas las piezas o una basura peor que la del mismo tablero. Se decía que la caja podía ser tanto la nada, como el todo… O, lo que era todavía más sádico, - según él - un tablero sin “caballo” que inyectarse… “¡A saber!”, acababa diciéndose harto de tanto pensar. Lo cierto era que nadie le había podido decir con seguridad qué era la maldita caja, ni tampoco nadie le había ayudado a encontrar la clave del enigma… Y, a decir verdad, él mismo tampoco se había esforzado demasiado por dilucidarlo.

Otra cosa que le ponía muy irascible, era el pensar en la existencia de los que movían las fichas sobre los tableros: “¡Debían ser muy poderosos!” –continuaba diciéndose al hilo de sus especulaciones. El pobre veía a esos jugadores, poseedores de un poder tan inmenso como su impiedad y malevolencia. Para el muchacho, todo aquello era muy, pero que muy “jodido”; pensaba que disponer con toda arbitrariedad de las “piezas” simplemente para su distracción, era algo muy perverso, casi diabólico… Y menos dispuesto estaba a tragarse que hubiera alguien todopoderoso que creara a los jugadores y decidiera por su cuenta, tanto las reglas de aquel estúpido juego, como la forma del dichoso tablero y lo que la caja simbolizaba. Todo aquello le pareció siempre un monumental sin sentido, y desde luego, no era justamente en ese momento, cuando se iba a dedicar a ver si lograba discernir algo coherente en lo que él calificaba de descomunal galimatías.

Y mientras los ojos de “El Pupas” seguían fijos en ese doble suyo que boqueaba y luchaba por aferrarse a la vida con inusitadas fuerzas, algo pasó por su mente que le obligó a plantearse la posibilidad de que, después de todo y pese a su incredulidad, la cosa aquella del ajedrez - porque eso sí lo sabía: era un juego de ajedrez -, podía tener algo de cierto… Ante sus ojos empezaron a desfilar una por una, todas las imágenes de lo que había sido su existencia y pudo constatar que su vida había sido un profundo y maloliente pozo de desgracias y sin sabores del que nunca logró escapar… Por primera vez pensó que sí se hubiera dedicado a luchar para transformarse en alguien válido a sus propios ojos, con la misma fuerza y el mismo empeño que había puesto en escapar tanto del pozo como de sí mismo, quizás no estuviera ahora desdoblado, con una parte en la cama de un hospital debatiéndose entre la muerte y la vida, y con otra parte en aquel extraño lugar suspendido en el espacio y en el tiempo.

“Quizás, si en lugar de huir hubiera empleado mis fuerzas en crecer, en formarme, en trabajar, en ayudar a mi madre y a mis hermanos, en amar, en entregarme, en servir, en buscar ser útil a los demás y a mí mismo…” Y mientras pensaba en todo ello, la imagen de su madre se iluminó en su mente, y el chico sintió un profundo y amargo dolor. “El Pupas” se dijo que las condiciones que rodearon su venida al mundo fueron verdaderamente asquerosas y miserables, pero que lo que él mismo hizo con todo ello, cosa por cosa, fue más negro y horrible aun. Comprendió de pronto que “la experiencia no es lo que nos toca vivir, sino lo que con todo ello hacemos”. Una luz se había prendido inesperadamente en lo más hondo del ser del desgraciado joven, que le hizo ver y comprender la magnitud de las cadenas que él mismo había creado y la fuerza con la que él mismo, también, se había aprisionado con ellas… Siguió mirando a su doble tendido en aquella cama y una ola de ternura le invadió “¡Lucha, por favor, lucha! … ¡Tiene que haber otra oportunidad para ti, chico... Sí, para ti… Para mí!. ¡Algo debo tener de válido! ¡No puedo terminar así, vacío y envuelto en mí propio lodo!” Y mientras todo esto salía de su angustiado corazón, el muchacho lloraba amargamente... Se sentía profundamente arrepentido de todas y cada una de sus desesperanzas; de sus evasiones, de sus quejas y rebeldías; de sus odios, resentimientos y pataleos; de su huída sin sentido y de su falta de compromiso con su propia vida; de la inercia con la que siempre había culpado a todos de todo… Lentamente, se fue sosegando y una ola de reconciliación consigo y con el mundo le invadió. Todo él se llenó de una paz como jamás había sentido y la lucecita que se prendiera en su interior creció y creció hasta tornarse en una fuente de luz blanca y potente que irradiaba por todo su cuerpo. Por primera vez en su vida, se sentía libre y con el suficiente conocimiento, y la suficiente comprensión para elegir que hacer de su vida. Libre para posicionarse ante sus deseos y para luchar por lograrlos. En él se abría paso una imperiosa necesidad de asumir sus elecciones y las responsabilidades que de ellas se derivaran, y ello fue creciendo dentro de él. De igual manera, dejó de importarle si aquella caja y aquel tablero tenían un significado univoco o no; fue abriéndose paso a su consciencia, con una claridad diáfana, que él y sólo él era el uno de los jugadores del gran juego de la vida; que era la propia vida lo que importaba, más allá de lo que pasara tras la muerte (que eso y no otra cosa era la caja) y que estaba en su mano también, la asunción de ser peón y rey; alfil y torre. Parecía que la mente del joven adquiría por momentos un entendimiento y discernimiento de su vida, tan profundo y luminoso, que el joven podía precisar y definir, sin ningún tipo de laguna, lo de las piezas y lo de los jugadores. Aquel oculto y embrollado asunto, que tanto le había mareado, le pareció de una sencillez y nitidez inimaginable, encontrándose frente a frente con el pleno y real sentido que tanto había buscado. “¡Era tan fácil…!. ¡Si sólo hubiera mirado en mi interior… Si me hubiera mirado menos el ombligo y fijado más en los demás”, y al pensar esto, se sintió desbordado por la tristeza y por la vacuidad de lo que había sido su pasar por este mundo.
(Fin de la segunda parte; CONTINUARÁ…)

Carmen Moreno Martín
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Jueves, 29 de Marzo de 2007 11:56 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

INTRODUCCIÓN DE “CUENTOS PARA LA LIBERTAD” “EL PUPAS”. (Parte I)

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Hoy, les ofrezco el principio de mi libro "Cuentos para la libertad, y el primer cuento de dicho libro. Espero que sea de su agrado:

A modo de introducción o de inicio –que lo mismo es- y puesto que éste es un libro de cuentos, qué mejor que empezar directamente narrando uno… Ahí va pues:

“Los policías llamaron a la ambulancia y en cuanto ésta llegó, transportó, sin pérdida de tiempo, aquel desecho de hombre sin historia ni nombre –pues nada llevaba encima que pudiera dar pista alguna de su identidad- al hospital más próximo. En el hospital, por todo signo de identidad, lo que aparecía en su ficha era: varón de unos treinta años, blanco, rubio, de ojos azules y un metro setenta de estatura.

“El Pupas”, que ya no recordaba ni su propio nombre y era apodado así por todos los que le conocían, se encontró suspendido en un raro plano de la realidad externo a su cuerpo. Miró a su alrededor y vio como él, o lo que había quedado de él, era metido en la ambulancia, reanimado, conducido al hospital y dejado allí. Ese doble suyo, o lo que fuera, se moría por momentos y yacía tendido en una cama de hospital, luchando por avivar el débil y frágil aliento de vida que se agarraba a su sangre. “¡Esto debe ser otro viaje!”, se dijo “El Pupas” al verse desdoblado de ese modo y con un rollo tan malo, pero algo le hizo sentir que aquello no se trataba de un galope más: aquello era real y estaba agonizando de verdad. “El Pupas”, con toda la salvaje amargura e ira que fue capaz de expresar, dirigiéndose a su otro yo, a ese que luchaba por conservar la vida, le gritó que lo dejara, que se abandonara a la muerte y terminara de una vez…

La historia de la vida del Pupas no había sido ni mejor ni peor que cualquiera de las otras muchas que tratan de sobrevivir por los barrios marginales y por los suburbios del extrarradio de una gran ciudad. Desde niño, la calle había sido su hogar. No tenía padre, ni siquiera le había conocido. En cuanto a su madre, bastante trabajo tenía con conseguir poner sobre la mesa algo caliente para todos los hijos. “El Pupas” creció y se educó como Dios –o la Virgen, que nunca se sabe- quiso; pero ni mejor, ni peor que muchos otros en sus mismas condiciones. La madre escolarizó al Pupas, pero éste iba al colegio un día no y otro tampoco. Las pandillas de pillos y ladronzuelos fueron su apoyo y consejo mientras siguió viviendo en el barrio. Buscado por los tutores del colegio, agobiado por la madre y perseguido por algún policía, apenas había sacado un pie de la pubertad cuando “El Pupas”, huyendo de todo y de todos, cambió de ciudad. Nadie lo echó en falta y nadie lo reclamó; de modo que el muchacho se perdió en las profundidades de los suburbios del extrarradio de la nueva gran urbe.

Su vida, vieja y despedazada, siguió el curso de la mínima subsistencia, con chapuzas más o menos delictivas, hundiéndose poco a poco en los abismos de la indiferencia. Poco después de llegar a su “nuevo hogar”, “El Pupas” decidió convertirse en “jinete” cabalgando sobre el caballo que él mismo distribuía. A partir de su primer “galope”, “el caballo” se convirtió para “El Pupas” en su único deseo y “cabalgar” en todo su afán. Al principio se subió a esa “montura” para evadirse por los paisajes a los que le transportaba la droga, creyendo así escapar de los territorios que la realidad de su existencia le mostraba. Pronto descubrió que la heroína era en sí misma el peor de todos ellos y, para evadirse también de eso, “cabalgó” con más ahínco todavía. A veces terminaba por no saber si huía de la crudeza del mundo que le había tocado vivir o de sí mismo. “¿Y ese “yo mismo” quién es?” Se decía angustiado “El Pupas” en algún momento de lucidez, pero esos instantes coincidían con “el mono”, y –ya se sabe-, la tortura del síndrome de abstinencia no propiciaba un buen clima para la reflexión.

Invariablemente, el chico se respondía que fuera él quién fuera, y lo qué fuera en realidad, más valía no enterarse… Que mejor era lo malo conocido que lo bueno por conocer… Y como tanto pensar siempre le producía un fuerte dolor de cabeza y unas insostenibles náuseas, con atroces espasmos por todo el cuerpo (lo cierto es que no sabía muy bien si era lo de pensar o el propio mono, lo que desencadenaba aquel martirio), “El Pupas” se inyectaba raudo otra dosis... Por si acaso.

Y ahí seguía el hombre, suspendido de ese ignoto lugar sin espacio ni tiempo, esperando a ver si su otro yo, el de la cama, dejaba de hacer el imbécil y acababa ya… “El Pupas” evocó algo que escuchó decir a un maestro del colegio durante una de las pocas clases a las que asistió, aquello - según creía - sonaba a algo así como “Cuando la partida ha terminado, el rey y el peón vuelven a la misma caja”, y recordó que esa frase le había impresionado fuertemente. Lehabía dado muchas vueltas a la frase de marras, tantas que hasta terminaba por marearse cuando pensaba en ella. Finalmente pensó que era una pena que a él nadie le hubiera sabido aclarar lo que simbolizaba la caja. A lo del tablero, el rey y el peón le había encontrado alguna explicación, y aunque tal explicación tampoco le aclaraba demasiado, al menos, había logrado llegar a algún lado con ella. No le costaba nada en absoluto, el reconocerse como un miserable peón. En cuanto, al tablero pensaba que, aquél sobre el cual le habían puesto como peón, era un negro y oscuro fiasco. Sí, una pesada y desagradable broma…Pero por más vueltas que le había dado a lo de la caja, no había encontrado ninguna respuesta con la que quedarse… (Fin de la primera parte, continuará...)

(Introducción y parte del primer cuento de mi libro "Cuentos para la libertad", del que podrán encontrar más cuentos en el apartado "Los cuentos de mi pluma" en el menú de "Temas" , a la derecha de este blog).

¡Qué tengan un buen día!

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

Imagen: tomada de la página de biblioteca.redescolar.ilce.edu.mx

 

 

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Miércoles, 28 de Marzo de 2007 11:13 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma No hay comentarios. Comentar.

RELATO DE FICCIÓN

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Hoy les voy a contar una historia de ficción:

Érase una vez un planeta, cuyos pueblos, naciones, regiones, historicidades, autonomías y autonosuyas, se alineaban en cuatro bloques: El maligno oriente del norte; el maligno oriente del sur; el todo bondadoso occidente y el todo mísero y pestilente sur occidental

El todo bondadoso occidente era próspero y rico. Había logrado su abundancia a fuerza de saquear hasta dejar hundidos en la miseria, a todos los demás; y se conservaba en la cúspide de la riqueza y el poder, gracias a la alianza constante con tiranos corruptos y depravados que permitían el continuo sangrado y expolio de sus pueblos.

Cómo quiera que los pueblos oprimidos empezaban a darse cuenta del tema y a invadir al sacrosanto todo bondadoso occidente para gozar de algún pedacito de tarta, y los tiranos crecían como setas, idearon una serie de organismos, mecanismos y arbitrajes, para que todo se transformara y nada cambiase. Uno de los mecanismos más eficaces era el conocido como “Protocolo secreto contra tiranos”, que era una especie de manual a seguir en caso de que se diera la necesidad de ponerle las peras a cuartos -pero de mentirijillas- a uno de esos personajes cómplices del sistema. He aquí el tal magno documento:

Protocolo secreto –pero muy obvio- a seguir en caso de tiranos, genocidas, corruptos, torturadores y expoliadores de pueblos, por los sacrosantos estados del Occidente Democrático y Libre:

La defensa de los derechos humanos, de las libertades, de la equidad, y de la solidaridad con los pueblos oprimidos, y de la alianza de civilizaciones, requiere en todo momento la persecución ineludible de tales personajes jefes de estado y/o de gobierno, para que sean juzgados por el alto Tribunal Internacional de Lataya, siempre y cuando se cumplan los siguientes requisitos:

1.- Que los pueblos a los que oprimen, saquean, torturan y sumen en la más despiadada miseria y hambruna, sean pobres como ratas en productos de subsuelo tales cómo: petróleo, gas, fosfatos, energía eléctrica, diamantes, oro y otras minucias de esas gracias a las cuales, nosotros podemos producir, enriquecernos, y tener vidas cómodas y agradables.

2.- Que esos países, carezcan, además, de materias primas susceptibles de ser explotadas por nosotros, cómo café, cacao, aceite de cacahuete, importantes caladeros de pesca, etcétera, de manera que podamos hacernos con ellas a costes irrisorios y, tras manufacturarlas, se las podamos exportar a precio de oro.

3.- Que esos países carezcan de armamento nuclear u otras zarandajas de esas que pueden fastidiarnos la existencia mucho, muchísimo.

4.- Que los tiranos en cuestión no sean miembros permanentes con derecho a veto del Consejo de Inseguridad de la Organización de Países Compinchados, o que no tengan por incondicionales aliados a algún país que sea miembro permanente de ese Consejo.

5.- Que esos países no sean los principales proveedores nuestros de energía, y no representen menoscabo alguno para nuestros intereses comerciales.

6.- Quedan excluidos de la persecución, por muy tiránicos que sean con sus respectivos pueblos o con los pueblos vecinos, los jefes de estado y de gobierno de Ursia, Tisriael, Largelia, Currea del Norte, Chaina, Laguinda Ecuatorial, Esnegal, Larrabia Sasdí, Matuercos y otros más que ahora mismo no recuerdo.

7.- Los presidentes de estado y jefes de gobierno de los países que cumplen lo dispuesto en los puntos de 1 a 8, sean quienes sean y así sean más malos que un dolor de muelas, que veinte retortijones, que la tiña y que mil días sin pan, gozarán de bula gallega por los siglos de los siglos amén.

8.- Los presidentes de estado y jefes de gobierno definidos en los puntos 1 a 8, serán consideradas visitas gratas y por ende, cenarán opíparamente con nuestros jefes de estado y departirán amigablemente con nuestros jefes de gobierno y con nuestros líderes de la oposición.

Corolario al punto 8: lo de tirano, genocida, torturador, etcétera, deberá ser siempre muy relativo y en función de cómo podamos usar y manipular los servicios de tales personalidades, y chupar del bote según nuestros intereses.

Cómo ejemplo, véase la manera con la que se llevó el asunto de Bini Eladenm y Satam Huasín por la administración Push. Y no olvidemos que cuando los tiranos dejan de ser “amigos” y dejamos de beneficiarnos con sus tiranías, siempre podemos montarnos una invasión de libertad duradera o/y una guerra preventiva contra el vil o los viles dictadores.

Tampoco debemos olvidar la instrumentación del terrorismo según nos convenga, ni la creación de “ejes del mal”; que todo ello es de lo más socorrido.

9.- Si se presentare algún cargo de consciencia en la puesta en práctica del punto 8 y de su corolario, entrará automáticamente en vigor la vieja y muy usada costumbre de la doble moral –en la que somos, a fuerza de practicarla, maestros excelentes- para que todo discurra en buena armonía para nuestros intereses de abastecimiento energético y de mercado; y todos tan felices.

10.- Cuando nos visiten tales tiránicas y despóticas personalidades, nuestros gobernantes divulgarán a los cuatro vientos las promesas que los susodichos sujetos han hecho de dejar de desaparecer a las buenas gentes de “sus” países; sus inquebrantables buenos propósitos de dejar de expoliar, matar de hambre, de tortura y de miseria a “sus” pueblos; y sus firmes deseos de excarcelar a “sus” presos políticos, vivos o muertos; aunque es mucho mejor que estén ya muertos o desaparecidos a la hora de la excarcelación. Tampoco olvidarán las autoridades del país anfitrión, Vocear convenientemente lo contrictos y arrepentidos de ser malerrimos que dichos presidentes de estado y de gobierno están; y sus deseos firmes de enmienda. Pero no dejarán de aclarar que todo eso no tiene fecha de inicio, por si las moscas; que ya se sabe que las promesas se las lleva el viento, y que nada más lejos de sus intenciones que el cumplirlas; pero, por nuestra parte, insistiremos mostrándonos absolutamente crédulos; que quedar bien no cuesta nada, carajo.

Corolario: No hay que olvidar en modo alguno la visita al Parlamento. Los parlamentarios, que son muy éticos y dignos, montarán, sin duda, un pifostio de tres pares por tamaña arbitrariedad y por la agresión a las libertades y a los derechos humanos que el recibirlos en la sede de la democracia y de la soberanía del pueblo supondría; y se negarán a recibirlo. Entonces hay que argüir, rápidamente, que el tirano de turno no acudirá por razones de agenda. No se lo creerá ni Dios, pero el gobierno quedará de puta madre.

11.- Aparte de esto, todo tirano, genocida, corrupto, torturador y mala follá, cuyo pueblo sea más pobre que una rata, y que no represente para nosotros el más mínimo peligro, ya sea porque pueda destruirnos, desaparecernos del mapa, dejarnos sin luz, sin gas, sin carburantes, sin manduca, sin mercados, y sin agua caliente; será perseguido con doble saña, cargado de cadenas y llevado al altísimo tribunal de Lataya, para que lo condenen con gran escarnio a 678.932 años de cárcel; 356.789 cadenas perpetuas y 123 ahorcamientos hasta la muerte.

Bueno, lo de los ahorcamientos en el Tribunal de Lataya, no. Que la pena de muerte está abolida en la Unión Reropuora. Lo de los ahorcamientos será sólo posible, si los tribunales que los enjuicien son pertenecientes a países que condenan a morir por un quítame allá esa paja, o por un no me gustas negrito, o si son pertenecientes a países que, simplemente, consideran que, condenar a muerte, les es lícito y hasta les parece un espectáculo divertido.

12.- Sí hubiere alguna duda de cómo diablos se pone este protocolo en funcionamiento, que sean tomadas como modelo y muestra, por ejemplo, las últimas visitas realizadas a nuestro país por Pittin y Biang’O, que son un digno correlato de lo que este protocolo pretende.

Fin de la historia.

Nota de la autora, es decir, escuchad lo que os digo: todo lo explicitado en esta historia, en el protocolo, así como el protocolo mismo, es pura ficción ideada por mi calenturienta y desordenada mente; cualquier parecido con la realidad es, pues, pura coincidencia.

Así que ni se les ocurra tocarme los pies y desaparecerme, ni a mí, ni a mí Blog. ¿Entendido?

Y ahora muy en la realidad: ¿A qué se debe que durante el periodo en el que PSOE era oposición, Obiang y su familia fueran ni más ni menos que lo que siguen siendo, y ahora que son gobierno, están a partir un piñón? ¿Sí será  por ese codiciado oro negro?  ¡Qué será, será...!

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Jueves, 16 de Noviembre de 2006 19:31 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 45 comentarios.

HISTORIA DE TANTOS. (Última entrega)

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...(Continuación del cuento, entrega última)

¡Pero ni por esas! El autoengañado Tantos, se reafirmaba rápidamente en la convicción de que lo único verdadero y esencial era la riqueza que formaban sus trajes, sin atreverse nunca a reconocer y dar por ciertos esos “disparatados” pensamientos que le asaltaban y le perturbaban, desechándolos rápidamente, tan pronto asomaban a su consciencia; alejándose, de este modo, cada vez más de ese saber.


El tiempo pasaba, y con la misma velocidad con la que aumentaba “el grano” de tamaño, aumentaban también en número los trajes. El baúl se iba “enriqueciendo” con el traje del dolor, el del sufrimiento, el de la depresión, el de la desconfianza, el del abandono, el de la inseguridad, y muchos otros de corte y hechura parecidos. Entre tanto la angustia (que era una llamada de alerta al peligro que Tantos, corría, si seguía tan confundido y enajenado), que él atribuía a ese “grano” molesto y ponzoñoso, aumentaba y aumentaba, alcanzando límites insospechados.

Ciertamente el “grano” le provocaba todo aquello; sólo que no como “Tantos” interpretaba, puesto que “el grano” deseaba salvarle. “El maldito grano” – como él lo llamaba -, quería apartarle del camino de autodestrucción por el que iba. Quería conmoverle y mostrarle la puerta que conduciría a “Tantos” al gozo de la plena libertad… Pero no había nada que hacer. En vano se esforzaba el tesoro de amor de Tantos en brillar en la consciencia de éste, porque cuanto más pugnaba el tesoro por conseguirlo, más trajes vestía Tantos...
El tesoro, entristecido, vio como toda su riqueza de amor iba ocultándose y debilitándose hasta desaparecer, al igual que sucede con una lamparita cuyo aceite se va agotando.

Los amigos de Tantos, viendo el dolor, la angustia y el sufrimiento que le producía a éste aquel grano, empezaron a cuidarle, a mimarle y a prodigarle todo tipo de atenciones. Pero imbuidos en sus propios trajes y en sus propias confusiones, los cuidados los dirigían más a que “Tantos” vistiera mejor sus trajes, que al propio “Tantos”, ya que, más que motivados por un sincero y verdadero afecto, los cuidados estaban causados por convencionalismos sociales y por quedar bien ante su amigo.

Por otro lado, Tantos, instalado en la terquedad de todos los funcionamientos automáticos que él mismo había construido, ignorante como estaba de que también él podía liberarse de ellos, se dejaba arrastrar por todo aquello sin ni siquiera ver que al ser él el creador, podía también él deshacerlos.
Creyó que el mimo, las atenciones, los cuidados y las caricias que los demás le prodigaban, los recibía por la pena que producía ese horrible grano que crecía sin parar; y utilizando otra vez más esos mecanismos automáticos que tanto le liaban, empezó a creer que si se curaba del dichoso grano, de algún modo, desaparecerían todos los cuidados y atenciones que los demás le prestaban… Pensó entonces, que ese grano, después de todo, le aportaba bastantes beneficios... Sintió que tener un grano así le procuraba el cariño y la aceptación de los otros, y como, según él, el “grano” era el responsable de todos esos beneficios, se centró en lograr que ese “grano” no llegara a abrirse ni a curarse nunca. De ese modo, abortaba cada vez más los esfuerzos de su tesoro, ayudado por todos sus trajes que colaboraban eficazmente con él en esa tarea. Cuanto más se reafirmaba Tantos, en mantener “lustroso e inflamado al grano”, más hondo enterraba lo que en realidad era el grano y el saber sobre el tesoro que poseía. De esta manera, sus trajes – que seguían creyendo que tenían ganada la guerra – estaban cada día más felices y gozosos.

Por último, y a la desesperada, el tesoro hizo un esfuerzo: creció, y creció… Y tanto creció, que un día Tantos, se convirtió todo él en un enorme grano. Cuando Tantos se vio así; todo él transformado en una inmensa mole, en lugar de aprovechar eso para abrir su corazón y sus ojos al tesoro que poseía, se agarró aún con más fuerza a sus trajes; como si estos fueran su única esperanza de salvación, y entonces, el grano explotó liberando el tesoro de amor que contenía.

Pero de nada le sirvió al malogrado Tantos, quien aferrado a uno de sus trajes, desapareció para siempre, quedando tanto él como sus trajes enteramente diluidos en la nada. Y es que el amor y la vida siempre vencen a la impostura y la tiranía, aún a costa nuestra.
Y todo porque el desgraciado e infeliz Tantos, jamás quiso aceptar y conocer que, simplemente, si hubiera usado, aunque fuera por una vez, el tesoro de amor y de vida que poseía; no sólo nunca hubiera tenido “grano” alguno, sino que hubiera sido un hermoso ser vivo y libre para elegir en todo momento qué traje quería ponerse. Nunca se hubiera confundido a sí mismo con el traje y se hubiera podido permitir, en todo momento, una verdadera entrega. Así hubiera tenido un incremento constante de su maravilloso tesoro.

Al encontrarse con el hecho de que Tantos, había desaparecido y de que sólo quedaba visible en el suelo una cubierta fofa y vacía de lo que había sido el grano, para evitar todo posible contagio, aquellos que habían cuidado de él (sin darse cuenta de que esos cuidados no eran otra cosa que la preocupación por sus propios trajes y confusiones, liados como estaban por sus propios miedos), arrojaron consternados esa cubierta al retrete y tiraron enérgicamente de la cadena.

Después de limpiar la estancia, ¡no fuera a declararse una epidemia!, abrigados y protegidos por sus propios trajes, siguieron sus helados y oscuros caminos sin percatarse de que habían hecho caso omiso a la verdad que constituye el más valioso y eficaz medio de salvación: el Amor y la Vida. Regresaron pues a sus casas los amigos y conocidos del pobre Tantos, tristes y vencidos por la desgracia, perplejos por su misteriosa desaparición, y sin poderse explicar ni la explosión, ni aquella extraña cubierta que había quedado.

Sin embargo, algunos sintieron algo así, como una conmoción interna de ternura por el recuerdo de Tantos, sin poder contener las lágrimas. Otros se sorprendieron al ver en sus lágrimas un verdadero sentimiento de amor hacia Tantos, y ese amor hizo que sus trajes empezaran a desgarrarse y pudieran ser vistos y reconocidos como lo que realmente eran: trajes sin más.
Unos pocos percibieron las señales de alerta de la angustia que, a modo de avisos urgentes, notaron en sus corazones, pudiendo iniciar un camino interno de retorno hacia la verdad y hacia la consciencia del tesoro que albergaban, renaciendo a la libertad y al amor.

Al resto, lamentablemente, no les fue tan bien. La mayoría, ya de regreso a sus casas, se vio aquejada por un repentino y agudo dolor, localizado en alguna parte de la geografía de su piel. Asustados, corrieron a mirarse en el espejo para ver qué les ocurría, constatando con horror que les estaba saliendo a todos ellos un grano, cuyo aspecto recordaba a aquél que acabó con el pobre Tantos.

F I N

¡Qué pasen un buen miércoles!


Carmen Moreno Martín.
Alias Hannah

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Martes, 11 de Julio de 2006 22:24 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 22 comentarios.

HISTORIA DE TANTOS. (parte segunda de tres)

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Bueno, ya ven que he decidio complacerles y aquí les dejo la segunda entrega, además tempranito ;-)

... Cuando la angustia crecía, y a veces lo hacía hasta límites insoportables, Tantos, pensaba que se debía a que le faltaba otro traje. En esos momentos, corría velozmente a su baúl y se ponía con rapidez el traje que, según él, le faltaba. Total: ¡un verdadero desastre!, pues, así anulaba por completo todos los esfuerzos del tesoro y la angustia aumentaba.
 ¡Nada, que no había forma ni manera de que al menos un minúsculo rayito de amor se abriera paso a través de tan poderosa unión! Me refiero, naturalmente, a la unión que formaban  ese ciego cabezota y sus trajes. ¡Estaba, el  desdichado, tan alineado en la egolatría y en la idolatría que formaba con sus trajes que, el pobre, ignoraba que lo que él llamaba “vivir”, era  más un morir que otra cosa… Y entre tanto la vida, la de verdad, se escapaba a raudales  del corazón del iluso e ignorante pobre Tantos, que se creía a sí mismo libre y poderoso, cuando no era más que un siervo, un esclavo de todos esos trajes a los que elevaba a la calidad de “esencia”;  al rango de su verdadera  identidad. ¡Qué grande era el error de “Tantos” al pensar que los trajes eran los únicos que le daban fortaleza, protección, valor, dignidad y grandeza!… La sola idea de perder uno de sus trajes le producía vértigo. Sudores fríos le entraban, al pobre,  cada vez que cruzaba por su mente la posibilidad de perder alguno de sus trajes, sumiéndolo en un pánico incontrolable. Y es que  creía firmemente  que, si eso ocurría, él mismo se perdería. En fin, que “Tantos” ya no podía diferenciarse, en absoluto, de sus trajes.  Los trajes y él tenían un idéntico significado: simbióticamente, constituían  todos,  sin distinción, una unidad indivisible.  

El verdadero  tesoro de amor de “Tantos”  llegó a tener una necesidad tan acuciante de que su propietario lo reconociera y lo aceptara que, casi no sabía ya qué hacer para despertarle.  Sabía que si “Tantos” seguía ignorándolo, ello implicaría su muerte; ya que la ausencia de amor es incompatible con la vida; pero por más que lo intentaba, nada lograba. Y fue tan importante para el amor lograr  asomarse a la consciencia de “Tantos”, que buscó un punto débil  en la impermeabilidad de los trajes, y haciendo acopio de todas sus fuerzas, consiguió  concentrarse allí,  creando  un bulto que  hizo aparecer en la piel de “Tantos”, abriéndose camino entre la acorazada piel de los trajes.  Aunque el tesoro conseguía que aquel  engrosamiento creciera de día en día,   Tantos,  “lelo” y confundido como estaba, ni por un fugaz momento reconoció a su tesoro en esa protuberancia, sino que se repetía: “¡Vaya tortura de grano que me ha salido!” Sintiéndose progresivamente,  más molesto e irritado. A veces, durante breves instantes, Tantos, intuía, que ese grano era más importante de lo que parecía… Intuía, en esos atisbos de lucidez, que ese grano era como la emergencia de algo muy valioso… Pero ya se encargaban los trajes, raudos y eficientes, de alejar  tales pensamientos de la mente del pobre necio.  No olvidemos que la  existencia de los trajes dependía de que su dueño la mantuviera vigente en su mente; y de que, éste, recobrara la consciencia de su tesoro; pero ello significaría para los trajes la pérdida de sus privilegios de identidad, y, en consecuencia la muerte. ¡Vaya embrollo!. Claro, los trajes desconocían que las ilusiones e imágenes carecen de existencia real y en consecuencia de vida. Así que, los ignorantes trajes, desconocían también que no podían morir. ¡Qué brutos eran estos trajes! ¿Cómo podría morir lo que no existe? ¡Pero qué sabían ellos si no podían pensar por sí mismos!  El caso es que los pobres trajes estaban asustados porque sabían que si Tantos les barría del lugar donde los había situado, y les hacia regresar al suyo (esto es al mundo de lo irreal de las imágenes, mundo en él que siempre debieron permanecer), perderían  todos los honores y, lo que es peor, creían que morirían.

Los trajes temblaban sólo de pensar que el amor pudiera abrirse paso, y que su amo, reconociendo su error, restableciera la situación. Algo así impulsaría a Tantos, a recuperar el timón de su vida y a prescindir de ellos. Si Tantos, lograba hacerse de nuevo con el volante y ser el conductor de su vida (diferenciándose así de sus trajes), sería el fin tanto para ellos como para el falso poder que habían adquirido y ostentado durante tanto tiempo. ¡Pero no había peligro!. Ni “Tantos”, ni sus trajes  querían saber nada de todo eso. Parecía muy feliz con todas esas identidades falaces que extraía de sus trajes, adorándolos y sirviéndolos como si de él mismo se tratara. 
 Los trajes, por su parte,  aullaban de terror cada vez que el tesoro empujaba con fuerza intentando salir a la superficie, y todas las ideas de muerte y desaparición volvían a pasar por sus frías y robóticas mentes. Sabían con certeza que en el mismo instante en que el tesoro recobrara su lugar y aflorara a la superficie, ellos perderían a su “fiel servidor y esclavo Tantos”. ¡Pero como el dueño estaba en la inopia!... 

La verdad es que ese lío impresionante daba una gran tristeza, porque por más que se esforzaba el  tesoro por restablecer la situación, Tantos, había perdido todo vestigio consciente de su verdadera esencia,  y únicamente eran verdad en él los tan traídos y llevados trajes.
 

A pesar del terror, Tantos  vislumbraba a veces   que algo iba mal.  Entonces, lívido de pánico, se aproximaba a la comprensión de que la muerte se parecía más a ese lío de falsas identidades  en el que él y sus trajes se perdían, que a la amenaza real que podía constituir “el grano”.  Huidizamente, alcanzaba a comprender, que la vida y el calor parecían fluir de ese “grano”  formado por el tesoro de amor que pugnaba, desde su corazón, por ni apagarse… Que la muerte vendría, si continuaba ensordecido a la necesidad de abrirse y permitir que el amor reinara en su vida… Cuando analizaba estas fugaces intuiciones, sentía un extraño cosquilleo. Notaba como una “gran ansiedad” que le resultaba muy incomoda. Entonces, para calmarla, borraba rápidamente esas intuiciones y se refugiaba en otro de esos trajes. El tesoro de amor aprovechaba esos momentos para esforzarse  con más bríos en hacerse consciente, haciendo que el bulto creciera y creciera, hasta ver sí esa coraza llegaba a debilitarse, y a  romperse por algún lado…
(Continuará...)

¡Qué tengan un buen martes!
CarmenMoreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 10 de Julio de 2006 21:48 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 25 comentarios.

HISTORIA DE TANTOS. (Cuento perteneciente a mi libro Cuentos para la libertad)

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Había una vez alguien llamado “Tantos” que poseía un gran tesoro y consistía ese tesoro, en que albergaba dentro de sí toneladas y toneladas de amor. Esa era la más preciada fortuna de "Tantos”. Riqueza que constituía lo más hermoso que ser alguno hubiera tenido sobre la Tierra. Sí, en verdad era el más formidable tesoro que se pueda imaginar. Pero, lastimosamente, Tantos nada sabía de su existencia. Este tesoro era inagotable ya que tenía la virtud de que cuanto más y más amor se diera, más crecía éste. Contaba, además, con otra característica, a saber, que Tantos” podía disfrutar eternamente de su tesoro, con la condición de permanecer siempre consciente de él y repartirlo constantemente y con generosidad, entre todos sus semejantes. Pero “Tantos” ni siquiera se fijaba en él. Es más, parecía ignorar por completo su existencia. Vivía entregado totalmente a lo que consideraba su verdadero tesoro, que no era otra cosa que un baúl repleto de trajes que le cautivaban. Esos trajes eran para Tantos, su único y preciado patrimonio, de modo que se rendía a la subyugación que sus trajes ejercían sobre él.

Sí, así era. En ese baúl había trajes de todo tipo, y cada vez que Tantos, vestía uno de ellos, quedaba tan embelesado que olvidaba quién era, pensando que se convertía en el traje que vestía. Tantos, confundía la apariencia que cada traje en cuestión le proporcionaba, con lo que él mismo era, es decir, atribuía a cada traje el poder de su propia identidad. Así que Tantos, creyendo ser “su traje” y enajenado de sí mismo, no sólo hacía caso omiso del verdadero tesoro de amor que guardaba en su corazón, sino que vibraba de placer al contemplar lo que consideraba su gran tesoro. Sólo que ese “gran tesoro” no era otra cosa que el baúl con todo su vestuario, no era nada más que su “falso y engañoso gran tesoro de apariencias”.

A Tantos le gustaba ir siempre vestido con alguno de aquellos trajes, dejándose guiar por las sensaciones que le transmitían. Todos y cada uno de los trajes tenían su propio nombre. Algunos de estos nombres eran “Poderío”, ”Ambición”, “Prestigio”, “Envidia”, “Qué dirán”, “Miedo”… Y muchísimos más. Todos los trajes tenían una característica en común que era la de ser tan sumamente gruesos e impermeables que no permitían ni el más mínimo asomo del propio ser de Tantos”, y, de igual modo, tampoco dejaban que absolutamente nada del exterior tocara su ser. De modo que el tesoro de Tantos, quedaba cada vez que vestía alguno de los vestidos del baúl, más y más ahogado y oculto en lo más profundo de Tantos, sin posibilidad alguna ni de salir, ni de crecer. Y así vivía el ciego de Tantos, perdido entre sus trajes, concediéndoles a éstos el poder de constituirse en su propia identidad y creyendo que sin sus trajes él no sería nada. No existiría. Los trajes de Tantos, que eran listísimos, sabían muy bien que ellos solos y en sí mismos no significaban ni valían nada y que su identidad y existencia real dependía del poder que su dueño les otorgaba. Pero como a Tantos, se le daba muy bien el dar a sus trajes ese poder continuamente, los trajes estaban muy halagados y satisfechos. Lo cierto era que las cosas llegaron tan lejos, que el propio Tantos, y también sus trajes llegaron a una absoluta confusión: la de creer que los trajes eran los dueños de Tantos. Toda vez que el nuevo y falso estatus de los trajes se fue consolidando, llegaron a olvidar que sólo eran una ilusoria proyección de Tantos, y, consecuentemente, olvidaron también que ellos no eran nada: únicamente unas ropas cosidas que adquirían valor al ser vestidas por alguien… Pero los trajes disfrutaban enormemente con la idea de que ellos eran la única realidad esencial de Tantos, y por nada del mundo estaban dispuestos a abandonar tal privilegio.

Los trajes se derretían de gusto con toda la adoración y con todo el abnegado servicio y culto que “Tantos” les brindaba “¿Quedarse sin todo ello?” “¡Jamás!” Se decían los trajes entusiasmados y dispuestos a luchar por esa imaginaria condición hasta la muerte. Así las cosas, los trajes exploraron su campo de batalla y descubrieron a su más peligroso enemigo: el verdadero tesoro de Tantos. Ese tesoro de amor inagotable que Tantos, había sumergido y ahogado en lo más recóndito de su corazón. ¡Ah!... Los trajes sabían muy bien que en cuanto ese tesoro asomara a la superficie o Tantos, aceptara el hacerlo plenamente consciente, lo perderían todo… Y los infelices no podían, bajo ningún concepto, permitir que ello ocurriera. ¡En que medida odiaban los trajes a ese tesoro!… El odio que sentían por él, era tan inmenso como la ceguera del desgraciado Tantos. De manera que los trajes montaban guardia y vigilaban sin cesar que su dueño no se aproximara a su tesoro, y para evitarlo con más fuerza, se pegaban a su amo formando con éste una sola piel, abortando cualquier esfuerzo que el tesoro hiciera por salir a la luz o cualquier amago de consciencia que Tantos, tuviera. Tan pegados lograron estar los trajes a su propietario que éste interpretaba el calor y la protección que sentía como producto de su propia identidad, y la confusión era cada día mayor. De manera que el vestuario entero, batalla a batalla, iba ganando calladamente la guerra. Mientras luchaban sin denuedo, se decían que el más remoto asomo de consciencia por parte de su amo hacia el tesoro, sería su fin; la nada… Y es que ellos lo tenían muy claro, mucho más claro que su propio amo que no se enteraba de nada.

A todo esto, el inagotable tesoro de amor de “Tantos” observaba, entristecido, el desperdicio en el que caía su dueño ignorándolo. “Sí sigue así, y no espabila, me perderá. Y sí me pierde será su muerte, ya que la ausencia absoluta de amor es del todo incompatible con la vida”, se decía, mientras trataba, por todos los medios posibles, de avisarle de su presencia. El tesoro luchaba infatigablemente contra la opresión de los trajes, y contra la ceguera de su dueño, pero con la misma fuerza que el tesoro empleaba para aflorar a la consciencia de Tantos, éste lo rechazaba, siendo aprisionado, una y otra vez, por los trajes. Tantos, a veces, sentía una asfixiante angustia que no sabía a que atribuir, y la causa era esa lucha inadvertida por él, entre sus trajes y su verdadero tesoro...

(continuará...)

¡Qué tengan un buen inicio de semana y pasen un buen lunes!

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

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Domingo, 09 de Julio de 2006 23:41 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 23 comentarios.

UNA ALDEA LLAMADA MORALINA; DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD. ENTREGA EN CUATRO PARTES, PARTE PRIMERA

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Moralina era una antigua y pequeña aldea cuya historia se perdía en la memoria de los tiempos. Sus casas de piedra, pintorescas y altivas, evocaban en la imaginación de los visitantes que llegaban al lugar, escenas medievales de caballeros y trovadores, de romances y de contiendas en defensa del honor. Se hallaba la aldea ubicada en un hermoso y estrecho valle de gran extensión y profundidad. Las montañas que rodeaban el valle en el que se situaba la aldea, se perdían en el azul del cielo, confundiéndose con éste. Por ellas descendían, entre brincos y remansos, alegres y cantarines arroyos cuyas aguas limpias y cristalinas, formaban, unas veces, melodías serenas que invitaban al auditorio al sosiego, y otras, imponentes y majestuosas sinfonías que incitaban al sueño y a la fantasía de grandes acciones, a todos aquellos que se paraban a escuchar.

El aire de Moralina era muy puro, pero tenía un “no sé que” que lo hacía denso y difícil de respirar. Algunos ancianos que recordaban, con bastante fidelidad aún, lo que sus tatarabuelos les contaban, atribuían la extrañeza del aire a sus habitantes. Decían que los oscuros sentimientos y pasiones de los moradores de Moralina se escapaban de ellos con su respiración y ensuciaban el aire que, contaminado de esta guisa, se hacía irrespirable. Lo curioso es que esta particularidad del aire sólo la notaban los visitantes de Moralina, mientras que los vecinos de la aldea nada percibían de todo ello. Bueno, nadie salvo Paco, Azucena y los padres de la chica: Justo y Pura, quienes, además de notar que el aire estaba ¿cómo decirlo…? ¿Cargado…? podían ver, algunas veces, cómo una rara neblina se cernía sobre el pueblo. Cuando hablaban de todo esto con los demás vecinos, éstos se metían con ellos achacándoles que tenían demasiada imaginación. Entonces se callaban y seguían dándole vueltas al tema, en silencio, para ver si hallaban la razón de tan extraño fenómeno.
En una ocasión, en la que el aire se tornó insufrible, Justo –que para nada se creía que aquello fueran imaginaciones -, hizo que vinieran unos científicos de la ciudad y verificaran tanto la densidad del aire como su contenido en contaminantes. Pero nada encontraron estos expertos que pudiera explicar ni la dificultad que se tenía para respirar ese aire, ni el origen y la causa de esa neblina que cubría la aldea. Por más que los propios científicos sí lo notaban, como los “hombres de ciencia” no miden nada más que cosas objetivables y tangibles, y no pueden medir nada que no sea absolutamente cuantificable, al no hallar nada de nada, se convencieron a sí mismos de que sus percepciones sobre el aire del pueblo eran, únicamente, fruto de haberse dejado sugestionar por Justo. De modo que se marcharon, pensando que las gentes aldeanas eran muy raras y supersticiosas.

El pueblo, cuyo número de habitantes no llegaba a veinte, carecía de guardia civil, médico, boticario, maestros, y otras ilustres personalidades. Sin embargo, sí tenía un cura, Robustiano, quien junto al alcalde, de nombre Bonifacio, y la mujer de éste, llamada Martirio, representaban la máxima autoridad del lugar.

El cura no era muy feliz con la panda de pecadores y depravados que le había tocado como “rebaño” –o al menos así los juzgaba él–, no obstante, trataba de pastorearlos lo mejor que sabía y podía, rezando a todas horas rosarios, novenas y jaculatorias para la salvación de sus almas.
Bonifacio y Martirio, alcalde y alcaldesa respectivamente, se sentían muy disminuidos y amargados por el reducido número de sus administrados. Claro, anhelaban el poder ser los alcaldes de una gran ciudad. Y nada estaba más lejos de ello. Habían reflexionado mucho si quedarse o si trasladarse, pero lo de mudarse, en el fondo, a ninguno de ellos les venía muy bien. Sabían que en un pueblo mayor o en una ciudad, difícilmente gozarían del protagonismo que tenían en la aldea, mientras que allí, en Moralina, eran los que “cortaban el bacalao” o al menos eso creían ellos. Lo cierto es que, para apaciguar sus delirios de grandeza, daban realce a todo lo que hacían, magnificando, cuanto más mejor, todo lo que ocurría en el entorno sin muchos miramientos sobre si sus distorsiones se ajustaban o no a la realidad de los sucesos. Sobre todo, se ensañaban, muy especialmente –con saña, podría decirse- con todo lo que concernía a las vidas íntimas de sus convecinos, acontecimientos susceptibles de ser criticados, adulterados, chismorreados y demás, y vaya si lo hacían: eran grandes expertos. Gracias a estas viejas artes y artilugios, el alcalde y su mujer se sentían importantes. Tanto Robustiano, como Bonifacio y Martirio sentían un especial interés y gran predilección por despellejar (metafóricamente hablando), a Justo y a su mujer, Pura. En parte, porque les tenían una enorme inquina por ser –según ellos- los más ricos del lugar; y ser también, además, más guapos, más delgados y más altos que ellos... Pero también porque no tenían nada mejor que hacer y les sobraba mucho tiempo y, ya se sabe que, “cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo mata las moscas”, unido a que siempre es más divertido “arreglar a los demás” que a sí mismo. El cura se quejaba de que Justo y su mujer nunca aparecían los dos juntos por la iglesia. Y eso sumado a que no soltaban ni un duro a pesar de que estaban forrados de dinero, o esa era la opinión del cura, los convertía a los dos, ante los ojos de Robustiano, en cristianos de muy dudosa calidad. Se quejaba el cura reiteradamente de que no se les había ocurrido, ni de lejos, donar alguna suma a la iglesia para su reconstrucción.

Bonifacio y Martirio se quejaban de que “los hacendados” – que así les llamaban -, eran unos arrogantes y unos prepotentes que tenían al pueblo a su servicio, haciendo que todos bailaran al son que Justo y Pura tocaban… Bueno, todo esto y otras muchas cosas, porque lo que es de “creatividad maligna y fantasiosa” andaban los representantes de la autoridad de la aldea bien sobrados.

En la aldea vivía también el pastor Paco, un joven y apuesto muchacho cuyos padres eran los taberneros Severo y Petra. El mozo ejercía el oficio de pastor con gran esmero y complacencia, para desgracia de sus padres que sólo podían ver en él a un gandul y a un mojigato. Paco dedicaba todo su tiempo y esfuerzo a la crianza y al cuidado del ganado. Le encantaba el trabajo con los animales y los pastoreaba con tanto amor y dedicación, que más parecía que las reses fueran suyas que de Justo, su verdadero dueño. Porque así era, Justo era el dueño del único ganado existente en el pueblo y empleaba a Paco para el oficio de pastor por su buen trabajo, su honradez y su lealtad. Aunque también hay que decir que, tanto Justo como su mujer Pura, sentían un enorme y sincero afecto por el chico, al que recompensaban, además de con mucho afecto, con un sobradamente justo salario.

Formaban parte, también, de Moralina, Fulgencio – el lechero -, que era muy infeliz porque las vacas no eran suyas y se veía obligado a comprar la leche a sus propietarios. Tristán - el carnicero –, que se sentía igualmente muy desgraciado, porque ambicionaba la posesión del ganado de “los grandes hacendados”. El zapatero Sebastián, quién tenía que comprar las pieles con las que manufacturaba y reparaba el calzado, y andaba siempre malhumorado porque el ganado no le pertenecía… Y Ventura, el dueño de casi todas las tierras del pueblo, y de la mayoría de los pastos de los que se alimentaba el ganado. Ventura, que deseaba ser el amo exclusivo de todo el pueblo, no toleraba nada bien que el ganado no le perteneciera y cada vez que, puntualmente, Justo o Pura iban a pagarle el precio convenido por el alquiler de las tierras, que no era en absoluto barato, Ventura presionaba para comprarle el ganado por dos chavos. Pero eso no era todo, porque cada vez que le tocaba ir a Pura, además de la consabida presión, como Ventura tenía mucho de “viejo verde”, también le tiraba los tejos, propinándole a algún pellizquito que otro…
Lo cierto es que todos ellos rebosaban tanta codicia y tantos celos por sus poros que lo raro hubiera sido que el aire de aquella aldea se mantuviera limpio y respirable... Pero Justo y Pura, hacían la vista gorda y dejaban pasarlo todo sin enfadarse; más aún, incluso sentían cierto afecto tanto por el viejo avaro Ventura, que vivía más sólo y amargado que la una, como por todos los demás. Pero el que más y el que menos de aquellos lugareños (salvo Paco, sus empleadores y la hija de éstos), se corroían de envidia, resentimiento y de rencor. Ninguno desaprovechaba el más mínimo detalle ni la más nimia ocasión, para sacar punta a las cosas y acomodarlas a los criterios de sus retorcidas mentes. Todos sabían cómo darle vueltas a los acontecimientos, y a las cosas, para desenfocarlos según sus envidias, ambiciones y prejuicios, y darles la vuelta; haciendo buen uso de sus afiladas lenguas, ponían a parir a quien creyeran conveniente… Y las “conveniencias” siempre se decantaban por el pastor y “los hacendados”

El caso era que, gracias al ganado de Justo (quien por otro lado, hubiera podido explotar él mismo todos los beneficios que su ganado le daba, contentándose con vender a un precio muy bajo tanto la leche, como la carne y las pieles), todo el pueblo vivía con mucha holgura y con prosperidad; tanto así que, no sólo podían autoabastecerse de todo lo necesario, sino que todos los visitantes que pasaban por el pueblo se admiraban de ello. No obstante, los habitantes de Moralina estaban muy, pero que muy, lejos de verlo de ese modo.

Fin primera parte de “Una aldea llamada Moralina” Cuento perteneciente a mi libro “Cuentos para la libertad”

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 08 de Mayo de 2006 14:31 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 9 comentarios.

UNA ALDEA LLAMADA MORALINA, SEGUNDA PARTE

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Los domingos todos lucían sus mejores galas en misa de doce, todos menos “los hacendados” que, tal y como les pillara el toque de campana, dejaban lo que estuvieran haciendo y acudían a la iglesia. Pensaban “los hacendados” que lo importante era ir a misa y no cómo se vestían para ello. Se añadía a esta grave afrenta de “los hacendados” a la comunidad, el que tampoco iban “todos juntos”, a lo que el cura sacaba buen provecho. Justo no tenía más empleado que el pastor Paco y éste tenía bastante que hacer con ocuparse del ganado; de modo que, para el resto de las labores del campo, únicamente contaban con ellos mismos, es decir: con la mujer, la hija y el propio Justo. Por tanto, habían decidido, todos en común, que cada domingo y fiesta de guardar iría sólo uno de ellos en representación de todos. Pensaban que el Señor comprendería su decisión, ya que el ir todos juntos, implicaría contratar a más empleados, y eso repercutiría forzosamente sobre los precios de los derivados del ganado... Tampoco veían de recibo que otros cristianos tuvieran que quedarse trabajando un festivo para que todos ellos pudieran llegarse juntos a la iglesia. Estas reflexiones no convencían en absoluto ni al cura, ni al resto de los parroquianos, quienes sólo podían quedarse con lo pecadores, egoístas, materialistas y miserables que eran todos “los hacendados”. ¡Y bien que lo explotaban en sus tertulias y chismorreos!... No es que ignoraran que sin esa familia y lo que ella hacía, el pueblo se moriría de hambre. No, no lo ignoraban. Simplemente no querían ni saberlo ni admitirlo. Como tampoco querían ni saber ni admitir que a ninguno de ellos les gustaba nada levantase al alba, trabajar de sol a sol, doblar el espinazo sobre el terruño y otras cosas de esas a las que se dedicaban “los hacendados”. Para ellos era mucho más divertido el dedicarse a despellejar al prójimo que el realizar esas tareas; y, desde luego, también era más “sustancioso” arreglar las vidas de los demás que las propias. Ahora, eso sí, todo esto ocurría a espaldas de Justo y de su familia, porque ante ellos todo era deshacerse en sonrisas, golpecitos en la espalda, halagos, parabienes, inclinaciones y amabilidades; con lo que el resentimiento, el rencor y el odio aumentaban y se almacenaban abundantemente en los endurecidos corazones de todos ellos. ¡Ay si los sentimientos se materializaran y se pudieran convertir en objetos! ¡Mucho ha, que Justo y su familia se hubieran muerto desangrados a puñaladas! Pero todo seguía como si tal cosa –en aras de la santa hipocresía-, cada uno revolviéndose en su propio lodo o gozo, según fuera lo que guardara para sí. Los más, pues, se regocijaban con el chisme, la calumnia y la maledicencia; y el resto - apenas tres - con el fruto de su trabajo y con la integridad de su conducta.

Azucena abundaba en belleza, sencillez, juventud y bondad. Su rostro, tan dulce y hermoso como su corazón, reflejaba esa luz propia de los seres puros y auténticos; y sus risas formaban trinos que se enredaban entre las ramas de los árboles y se confundían con el canto de los ruiseñores. No los escuchaban del mismo modo los secos y adulterados oídos de sus convecinos; para los que, el sonido de las expresiones de alegría de Azucena, más se asemejaba a graznidos de cuervos que a otra cosa… Y cuando el sonido de las voces y de las risas de la joven “perturbaba a aquellos sacrosantos oídos” todos se afanaban velozmente en buscar “tres pies al gato” para justificar sus perversos enjuiciamientos y chismes. En cuanto la muchacha terminaba de cumplir todas las tareas que tenía asignadas, después de cerciorarse de que nadie necesitara su ayuda, corría al encuentro de Paco para pasar un rato con él. Ambos se tenían afecto desde la infancia; afecto que, conforme dejaban de ser niños y crecían, se iba transformando en esos sentimientos que nacen entre un hombre y una mujer, y que les impulsa a unir sus vidas para crear una nueva familia. El infantil afecto de los chicos se iba tornando, pues, en esos sentimientos de amor, de respeto, de deseo, de entrega, de generosidad, de tolerancia y aceptación, de confianza y fidelidad que dan cimientos indestructibles a las relaciones amorosas, y dan dignidad a los pensamientos, y a las acciones del ser humano. Sí, en esos sentimientos que engrandecen el corazón humano y enriquecen a la humanidad, haciéndola crecer y evolucionar realmente. Así pues, el corazón de Paco daba brincos de contento cuando veía llegar a Azucena. Juntos revisaban el ganado y elegían nombres para los ternerillos que acababan de nacer, porque Paco daba a cada animal su nombre y cuando los llamaba uno a uno, cada animal acudía a la llamada para ser acariciado por Paco y comer de su mano. Si Paco había terminado de atender al ganado y quedaba aún algo de luz, Azucena y él paseaban largamente por el valle disfrutando de sus colores y de su frescura.
Cuando la tarde anunciaba que el crepúsculo iba a caer sobre el valle, Azucena regresaba feliz y radiante al hogar; cosa que los aldeanos aprovechaban eficazmente para difamar tanto a la joven como al pastor y alimentar la inagotable fuente de sus odios, pues ya se sabe que el ladrón siempre cree que todos son de su condición. Al llegar junto a sus padres, Azucena les hacía partícipes de sus sentimientos hacia Paco, de cómo él sentía lo mismo hacia ella, y de los planes que proyectaban para unir sus vidas y disfrutar de su amor. Los padres escuchaban, atentos y complacidos, a la joven, asegurando a ésta que harían lo que en sus manos estuviera para lograr hacer realidad esos planes.

Pura y Justo habían visto crecer a Paco en estatura y en gracia, paralelamente al crecimiento de su propia hija, y los dones que adornaban a Paco eran de igual cantidad y calidad que los que Azucena poseía. Llegado el momento, los satisfechos y orgullosos padres – y me refiero al orgullo del bueno -, celebrarían con verdadera dicha la boda de los jóvenes, ya que era mucho el cariño que sentían por el joven pastor a quien consideraban más como a un hijo que como a un empleado y no se les escapaba a ninguno de los dos padres, que ese día se apuntaba cercano. La familia reunida en torno al fuego hablaba de sus dichas y de sus cuitas hasta que el sueño y el cansancio se dejaba notar en sus ojos, y se retiraban a gozar del merecido descanso que la noche les brindaba. Por la mañana, los primeros rayos de la aurora marcaban el despertar de esa familia que se levantaba con la alegría de la claridad del día, viendo todos en la luz solar el reflejo del amor y de la armonía que les unía. ¡Cuán lejos se hallaba esa familia y Paco del verdadero sentir de las gentes de Moralina, de sus ambiciones, de sus calenturientas mentes y de sus sucias lenguas! ¡Y qué lejos también de cómo veían los taberneros la probable unión de su hijo con Azucena!
Los padres de Paco (los taberneros Petra y Severo), tenían los corazones llenos de dudas y tinieblas. Por un lado, se decían que, si eso hacía feliz a su hijo, que más les daba a ellos; mientras que, por otro, unidos como estaban a la maldad de los demás y a sus viperinas lenguas, formando parte integrante del coro de calumnias y difamaciones, temían el desprecio de sus vecinos, y sudaban al pensar lo que esas gentes dirían de ellos. “¡Seremos el “hazme” reír del pueblo!… ¡Lo menos que dirán de nosotros es que somos unos calzonazos!… ¡Nos llamaran traidores!”… Y mientras eso -y cosas peores- se imaginaban, sufrían lo indecible por lo difícil de la situación en la que el mojigato de su hijo – según las valoraciones que de él hacían - les había colocado.
Paco sentía pena por sus padres. No es que le doliera mucho lo que pensaban de él y de sus proyectos –que un poco si que le dolía- negándose a aceptar sus planes de desposar a Azucena y dedicarse al ganado y al campo; si no que, la tristeza y el dolor de Paco, se debían al hecho de ver lo infelices que eran sus padres -a pesar de que no les faltara de nada para ser dichosos- y al hecho de observar cómo se alimentaban de calumnias, chismes, rumores, mentiras y delirios de grandezas. Sentía una profunda herida cada vez que escuchaba a sus padres referirse a “los hacendados” por aquello de “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el ojo propio”. El dolor del muchacho se exacerbaba, en medida extrema, cada vez que veía el rencor, el odio y el resentimiento que rezumaban sus padres; cada vez que advertía cómo esos oscuros sentimientos ennegrecían sus vidas. Al constatar toda la ceguera de sus padres, el chico sufría tremendamente. Quería y deseaba ardientemente ayudarles. Se dedicaba a ello sin desfallecer ni desalentarse. Pero por más que se esforzaba, no lo lograba. Paco tenía la triste sensación de que sus padres y él hablaban idiomas distintos. Por más que lo intentaba, no conseguía aportar ni un gramo de paz y sosiego, ni un rayito de luz a las tenebrosas turbulencias de sus padres. En una ocasión, buscó, incluso, el consejo del cura, pero lo único que consiguió, fue el que le soltara un enojoso y disparatado sermón acerca de “sus supuestos errores y del desperdicio de su vida, sí continuaba con sus pecaminosos planes”. Robustiano no dejó escapar la oportunidad para intentar –con un desmesurado, acérrimo e irracional empeño -, convencer al afligido chico, de la bondad y generosidad de sus padres… “¡Tan buenos cristianos ellos!... Y no cómo él que ni siquiera iba a misa todas las fiestas de guardar… ¡Viviendo permanentemente en pecado mortal…!”.
El Pastor, abatido y culpabilizado por los “consejos” del cura, se dirigía a la sabiduría de “los hacendados” para buscar apoyo, pero éstos, tras escucharle paciente y amorosamente, tan sólo aconsejaban al muchacho que no desesperara y que, sobre todas las cosas, no dejara de amar y respetar a sus padres.

...Y los taberneros seguían entregados a sus cavilaciones y cegueras respecto del hijo, sin decidirse ni en una dirección ni en otra, atormentándose mutuamente con más y más dudas, y viéndose a sí mismos cómo los más desdichados padres de la Tierra.

Fin de la segunda parte de Una aldea llamada Moralina

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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Lunes, 08 de Mayo de 2006 14:30 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 5 comentarios.

TERCERA PARTE DE UNA ALDEA LLAMADA MORALINA

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La verdad es que, se pusieran como se pusieran Petra y Severo, y decidieran lo que decidieran, como todo lo contemplaban a la luz del cristal de sus propios rencores y del “qué dirán”, al único lugar que llegaban era al de la maldad y al del odio. Como quiera que fuese y torturados como estaban con tanta confusión, se dijeron que lo mejor era encontrar alguna artimaña que, sin “pringarse” ellos, disuadiera a Paco de casarse con Azucena y trastocara su amor en desprecio. “¡Eso sí que estaría bien!” -Se decían los taberneros- “De paso recuperaríamos al hijo para nuestros propios planes y ambiciones, y podríamos hacer de él lo que siempre hemos querido”... “Hasta podríamos venderlo todo y comprarnos un buen bar en la ciudad. Así saldríamos de una vez de esta tabernucha maloliente en la que estamos recluidos”. Ni cortos ni perezosos se entregaron a idear ese plan que fuera la solución a todas sus angustias. Pero ambos sabían que había que tener cuidado, y que era forzoso evitar a toda costa cualquier atisbo de sospecha en el hijo; no fuera que se vieran descubiertos y se les viniera todo abajo… Pero como eso de pensar, meditar e idear es muy laborioso y muy pesado, lo iban dejando para otro día.

En cuanto a la tertulia aldeana de despellejamiento y chismorreo cotidiano, cada vez que veían regresar a Azucena de haber estado con Paco, la ponían de “zorra” para arriba. Menos “bonita”, de todo tildaban a la joven. “¿Qué otra cosa era de esperar de esos malos cristianos?, - coreaban los tertulianos - ¡A tal palo tal astilla!”… Y mil cosas más, de similar talante, salían de la boca de aquellos ponzoñosos aldeanos, capitaneados todos ellos por los representantes de la autoridad: el alcalde, su mujer y el cura. Nadie se quedaba atrás en aportaciones, desde el cura hasta el zapatero, pasando por el alcalde y por cada uno de los demás. Todos competían por ser el que más y mejor contribuyera a engrosar la lista de pecados y vilezas que, según ellos, adornaban a lo que Azucena y Paco sentían uno por el otro… La lista era de lo más horripilante.

Un día, Severo y Petra hallaron lo que sería para ellos la salvación de la situación por la que atravesaban. La brillante idea consistía en desacreditar a Paco, lo más que pudieran, a los ojos de la familia de Azucena y de ella misma. Si conseguían hacer creer a esa familia de “los hacendados” que Paco era un vil y vulgar ladrón, un depravado, el resto sería pan comido. Y como, además, ellos se quedarían completamente al margen del asunto, matarían dos pájaros de un tiro; ya que, frente a las denuncias de “los hacendados”, ellos defenderían a capa y espada a su buen hijo... ¡Faltaría más! Incluso le brindarían al chaval todo el consuelo que éste necesitara... De este modo, su hijo volvería a ellos sumiso y manso. Pero, ¡ojo!, había que proceder con sumo tacto y cautela. Había que estar alertas en todo momento. Era absolutamente obligatorio perfilarlo todo de manera que nada pudiera escaparse a su control. El plan que urdieron consistía en robar, de noche, la mitad del ganado del “hacendado” para venderlo e ingresar el dinero a Paco, en una cuenta que, previamente, abrirían a su nombre. Tenían que hacerlo de forma y manera que el hijo apareciera como único ladrón ante los ojos de todos; pero muy especialmente, ante “los hacendados”. Por otro lado, harían correr la noticia de que Paco había sido beneficiado con una suculenta herencia de algún lejano familiar que, habiendo muerto inesperadamente y sin herederos directos, hubiera legado al hijo su fortuna... La cosa tenía miga y encerraba mucha dificultad, ya que Justo confiaba plenamente en el chaval. Había que conseguir, además, que el chico se alejara del ganado lo suficiente como para que el latrocinio pudiera ser acometido sin riesgo alguno.

Severo y Petra lo tenían todo “minuciosamente bien atado”. Falsificarían papeles y contratarían a un tratante de alguna ciudad de otra región. Era preciso que esa ciudad estuviera alejada y desconectada del pueblo. Una vez encontrado el tratante, le propondrían la venta del ganado – por descontado, presentándose como sus legítimos dueños, que para eso dispondrían de los papeles falsos – y, para evitar el levantar sospechas en el comprador, inventarían alguna desgracia repentina que les obligara a vender su hacienda para trasladarse a un remoto país. Ya urdirían una “justificación” perfecta y apropiada que fuera verosímil, para su repentina e inesperada marcha. Una vez conseguida la aceptación del tratante, quedaría, únicamente, pactar la hora y el lugar más adecuado para la recogida de las reses… Y, por supuesto, tendrían que determinar la forma más conveniente. No podían, los taberneros, dejar ningún cabo suelto. Ya vendido el ganado, se encargarían personalmente de recoger el dinero y de ingresarlo, acto seguido, en la cuenta del hijo preparada a tal fin. Pondrían todo su esmero en difundir por el pueblo la noticia referente a la supuesta herencia, justo unos días antes de poner en marcha sus planes. ¡Noticia que correría rauda como un reguero de pólvora! Pero debían vigilar muy bien lo que decían. Tanto los comunicados que emitieran sobre la herencia como todos los comentarios que hicieran, tenían que estar impregnados del suficiente misterio, y de la picaresca necesaria para obtener el que nadie, ni tan siquiera uno de los tertulianos, se lo creyera. No sólo debían dudar de la veracidad de la herencia, sino que debían estar convencidos de que la procedencia del dinero era “sucia”. Luego ya se encargarían, tanto los tertulianos como todos y cada uno de los habitantes de Moralina de concluir “la obra”, hasta alcanzar el que los hacendados no tuvieran más remedio que dudar de Paco, y ver en él a un miserable ladrón. Cuando todo se hubiera cumplido -según lo habían planificado y deseaban-, dejarían pasar el tiempo suficiente para que la cizaña creciera en el alma de Justo, de su mujer y de Azucena. Aguardarían a que todo el pueblo se despachara sus anchas, manchando la honra de Paco a conciencia, y tratándole como un apestado. Entonces, como padres ejemplares, se apiadarían de su hijo y le brindarían todo el apoyo y la comprensión que necesitara. Serían unos padres modélicos. Todo el pueblo vería que el hijo era lo único importante para ellos... Reivindicarían la inocencia de Paco contra viento y marea, aparentando no albergar duda alguna de su honradez. Y cómo no podrían seguir morando en ese “pueblo traidor y malvado que condenaba a su amado hijo”, venderían casa y taberna para marcharse juntos de allí para siempre.

Los taberneros contemplaron sus planes y vieron que eran perfectos. Respondían con absoluta idoneidad a sus deseos. Sin romperse más las cabezas en otras soluciones, Severo y Petra, se dedicaron aplicadamente a perfilar bien todos los detalles y aspectos del proyecto que habían decidido realizar. Lo más complicado de todo era cómo alejar a Paco del ganado y como hacerlo durante el tiempo suficiente para que toda la operación pudiera llevarse a cabo sin problemas. Después de largas cavilaciones, hallaron finalmente el modo de diseñar con éxito tan “brillante” estrategia. Llegado el momento en cuestión, ambos irían a encontrarse con Paco y, puesto que Paco pasaba largas temporadas con el ganado en lo más profundo del valle, sin aparecer por el pueblo, con la excusa de echarlo en falta, fingirían unos incontenibles deseos de pasar la noche en su compañía. Cuando la hora estuviera cercana, Severo sufriría una repentina, grave y -naturalmente-, falsa indisposición. Petra no tendría otro remedio que pedir a su hijo que le ayudara a trasladar al enfermo padre a la aldea (¡cómo iba ella sola a cargar con él!). Severo tan inesperadamente como había enfermado, se recuperaría; eso sí, poniendo especial atención en que su restablecimiento fuera bastante después de que el ganado hubiera sido robado. Luego, los taberneros regresarían al pueblo y Paco, si así lo deseaba, volvería al lado de sus animales. Como Paco se bastaba él solo como pastor y no tenía perros, ningún peligro había de que algo alertara a Paco, de la ausencia de la mitad del ganado. Paco no notaría nada hasta el amanecer, o al menos eso fue lo que ellos pensaron. Los pérfidos taberneros, seguían ajustando la trama: cuando Paco, volviera desecho por la pérdida de los animales, ¿quién se iba a creer que no los había robado él? Nadie tendría duda alguna, sobre todo, habiéndose ya difundido la noticia de la inesperada herencia...

La perversión mental de los lugareños y la dureza de sus corazones serían sus mejores aliados, o al menos eso creían Severo y Petra, y todos ellos se encargarían sobradamente de embadurnar, con más que suficiente lodo, y de envenenar los corazones de “los hacendados”, el de Azucena y hasta el corazón del mismo Paco.

Convencidos y satisfechos de la perfección de sus planes y de que todo saldría como lo habían urdido y maquinado, Severo y Petra, los llevaron a cabo sin más tardanza. Punto por punto, tal y como lo habían diseñado... Bueno, lo que se dice todo, todo, no. Lo cierto es que la cosa se torció bastante, porque como la maldad no hila muy fino y la inteligencia no era, precisamente, algo que los taberneros pudieran permitirse derrochar; no pudieron los infelices ni cobrar el dinero, ni vender sus bienes para trasladarse a otra ciudad -¡Su sueño dorado!- y, ni mucho menos, recuperar al hijo, tal y como habían pensado... Y es que el viento –como la Providencia- sopla dónde quiere y nadie sabe ni de dónde viene, ni a dónde va. Les salió muy mal la historia a los perversos taberneros, sí señor, ¡pero que muy mal!… Y muy distinta a como se la habían imaginado. De manera que todas sus expectativas de felicidad se convirtieron en pesadas lozas de muerte y desgracia con pegajosas argamasas de dolor y llanto.

El caso fue que, además de la planificada fingida enfermedad de Severo, Petra, mientras ayudada de su hijo a arrastrar a su pesado esposo, tuvo un ataque de corazón que resultó ser tan real que, sin que nadie pudiera evitarlo, condujo a la “dura” Petra a mejor vida. Sí, se murió. ¡Cosas de la vida!. Paco, alarmado por la repentina enfermedad de su padre, y por el igualmente repentino desvanecimiento de su madre, los dejó a ambos tendidos en el suelo, junto al ganado, y corrió lo más veloz que pudo en busca de ayuda al pueblo. Cuando Justo y Paco, gracias al viejo camión de Justo, llegaron al lugar en el que Paco había dejado a sus padres, Petra había fallecido ya, y Severo, que había perdido la razón por causa del choque que le supuso el desarrollo de los acontecimientos, giraba confuso y enajenado alrededor de la muerta, sin poder parar; mascullando, unas veces, y gritando, otras, lastimeros alaridos sin sentido como si se tratara de un lobo herido. Hay que decir, en honor de la verdad, que la enajenación de Severo no se debió tanto a la pérdida de su esposa, como a la desesperación, la rabia, la impotencia que le produjo el fracaso de sus planes, unido a todo el desprecio y condenación que, imaginó, caerían sobre él.

Fin de la tercera parte

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 08 de Mayo de 2006 14:30 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 5 comentarios.

CUARTA PARTE (FINAL) DE UNA ALDEA LLAMADA MORALINA

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Paco y Justo se habían encontrado al llegar, a un hombre junto a los padres de Paco. Se extrañaron de hallar ahí a un desconocido y más a ése, que parecía una representación del miedo y de la perplejidad, esculpidos en granito... Pero la gravedad de los acontecimientos les había impedido ocuparse del extraño y petrificado desconocido, volcándose los dos en socorrer cuanto antes a los taberneros... El tratante que, desconocedor del montaje del que había sido objeto, había llegado para llevarse, según lo convenido, la parte del ganado acordada, se quedó helado y boquiabierto al encontrarse a Petra muerta y a Severo enloquecido. Tan impactado se sintió el pobre hombre que no lograba moverse ni articular sonido alguno. Con los ojos desencajados, todos los músculos del cuerpo rígidos y la boca abierta, no era en absoluto necesario preguntar lo que le pasaba; se podía leer perfectamente en todo su cuerpo. ¿Miedo? ¡No, que va, terror! Sí, terror era lo que pasaba por los adentros del tratante, unido a una profunda perplejidad bien impregnada de asombro, sorpresa e incredulidad. Paralizado, como si le hubieran congelado la imagen al igual que se hace con las imágenes de una película, buscaba, sin lograrlo, encontrar alguna explicación a todo aquello. Por lo que escuchaba a esos dos hombres que, tan atropelladamente, acababan de llegar, no parecía que las víctimas fueran los verdaderos dueños del ganado; por el contrario, el de más edad de ellos sí parecía ser el dueño, mientras que el joven (que, por lo visto, era el hijo de los desgraciados, según lo entendía él), era un asalariado de aquél. Desde el vientre hasta la garganta del tratante empezó a crecer una sensación de angustia, pánico y desolación que le ahogaban... “¿Y si esos impostores me han engañado e implicado en un grave delito? ¿Y si nadie cree que no sabía nada? ¡Esto puede costarme el pasar el resto de mis días en prisión!” -se repetía una y otra vez el infeliz tratante. De pronto, el pobre tratante empezó a soltar una verborrea justificativa tan alucinante, y a gesticular en una forma tan alterada que, tanto Justo como Paco, creyeron que el desconocido se había vuelto loco también. Así que, tras depositar el cadáver de Petra en la parte trasera del camión, ataron como pudieron -sobre todo para evitar que se hirieran a sí mismos-, a Severo y al desconocido; subiéndolos también al camión. Ya en el pueblo, calmado el tratante, y haciendo, tanto Justo como Paco, un terrible esfuerzo para sobreponerse al dolor que sentían, pudieron darse mutuamente cuantas explicaciones requirieron –y fueron muchas-, aquellos trágicos sucesos. Justo y Paco pudieron deducir, a través de los datos que el tratante aportó, el maquiavélico plan de los taberneros Aclarados los hechos, aun tuvieron que volver todos junto al ganado, para que el tratante hiciera bajar a las reses que ya había subido a su camión, tras lo cual, pudo mostrar el tratante, a los dos hombres, la falsa documentación que le habían entregado los taberneros, acreditándolos como propietarios del ganado. Cuando todo ello hubo finalizado, el tratante volvió consternado, por todo aquel sucio y disparatado asunto, a su ciudad, y los dos hombres, Justo y Paco, rompieron a llorar, sumidos en el más profundo y desgarrado dolor.

Después de los funerales de Petra, Severo (que nunca más volvió a recuperar la cordura, quizás porque nunca la tuvo), fue ingresado de por vida en un psiquiátrico de una ciudad cercana a la aldea.

Paco, abatido por la enorme tristeza, con el corazón roto de dolor y la cabeza aturdida por la imposibilidad de comprender tanta sin razón; se sentía impotente y abatido. Luchaba desesperadamente por sosegar y serenar tanto sus sentimientos, como sus pensamientos. La visión de la maldad de aquellos seres que habían sido sus padres le producía un infinito sufrimiento, pero ni siquiera eso podía lograr que el muchacho los dejara de amar y dejara de sentir el dolor de la pérdida. Deseando recuperar algo de sus progenitores que hubiera sido bueno y bello, el pastor se encerró en la casa paterna; pero nada le fue posible hallar, al desconsolado muchacho. Pasado un largo tiempo, tras vivir el duelo, cuando, Paco, pudo encontrar, al fin, algo de paz, abandonó la casa paterna y la taberna. Nunca más quiso volver a oír hablar ni de sus padres ni de esos lugares que tan impregnados de maldad y de odio estaban.

Cuando las aguas volvieron a sus cauces - y no lo duden, el paso inexorable del tiempo siempre se encarga de ello -, el sosiego, el perdón y la paz pudieron, poco a poco, anidar de nuevo en el corazón de Paco y de “los hacendados”. El pastor se fue a vivir con ellos, para más tarde desposar a Azucena. La chica, no sólo fue un certero y dulce bálsamo para las penas del pastor, si no que se convirtió en la más abnegada, fiel y amorosa esposa que haya existido jamás. Ambos disfrutaron, finalmente, del amor que se tenían el uno al otro y alcanzaron la felicidad que tanto se merecían.
Justo y Pura, viendo la felicidad de sus hijos, ya que ellos se sentían orgullosos y satisfechos de haber ganado en Paco a un hijo, fueron felices también. Se entregaron a su trabajo como siempre lo habían hecho y pudieron disfrutar, ya en la vejez, del gozo de sus numerosos y hermosos nietos.

En cuanto a Moralina y sus habitantes, nada cambió. En sus acostumbradas tertulias se siguió cotilleando, durante mucho tiempo, sobre los taberneros; de lo que habían hecho; de que se tenían bien merecido lo que les sucedió por ladrones y calzonazos; y de más cosas por el estilo… Cosas, como por ejemplo, que Paco, tenía también “merecida la recompensa” por sus depravaciones y por su imbecilidad…Que la muerte de la arpía de la madre y la locura del calzonazos del padre eran un digno castigo a su estulticia, y que el pasar a formar parte de la familia de “los hacendados” era el mejor de todos los castigos con los que hubieran podido azotar al chico por sus vicios, ya que seguiría –según lo veían ellos -, siendo un miserable y un mojigato pastor toda su vida.

Por otra parte, “los hacendados” tampoco escapaban a las incisivas y viperinas maquinaciones de los tertulianos, quienes se lo pasaban a rabiar, diciendo de ellos que, por fin, habían recibido el justo castigo que merecían, al cargar para los restos con el hijo de los taberneros, para deshonra de ellos mismos y del pueblo entero.

Y todos juntos, los morbosos y sádicos tertulianos, se entregaron a sus hábitos de difamación y suciedad, que acostumbrados como lo estaban a semejantes temas, sus calenturientas y malévolas mentes tenían para largo y tendido... Tanto, que podían incluso continuar disfrutando de ello en el infierno, por toda la eternidad.

Para terminar, les contaré, que las gentes de otros pueblos cercanos al lugar insisten en que, excepción hecha de la casa y campos de los “hacendados” y de los pastos por dónde transitaba el ganado, al acercarse a la aldea, una oscura, maloliente y densa niebla rodea a todo el pueblo, de tal manera, que a ningún turista ni visitante se le ha vuelto a ocurrir llegarse hasta allí; ya que si alguno iba, volvía asqueado y horrorizado por el aspecto que tenía esa extraña capa gaseosa y pestilente que cubría al pueblo, encargándose prontamente de esparcir la noticia entre los probables visitantes que pudieran surgir.

Con el paso de los años, “los hacendados” pudieron comprar sus propias tierras fuera de aquel inmundo lugar y bien lejos de él. Allí construyeron una verdadera hacienda con una digna y confortable mansión donde pasaron el resto de sus días y los siguen pasando sus descendientes de generación en generación.

El resto de los habitantes del pueblo, sin ganado y cargados de vilezas, siguieron morando en la aldea hasta la desaparición de cada uno de ellos. Ninguno dejó descendientes, ya que sus corazones, sus barrigas y sus genitales se secaron para siempre. Lo único que mantuvieron con vida fue a sus viperinas y guarras lenguas, que, como habían depositado en ellas todas sus energías, no les quedó fuerza alguna para otras cosas. A Robustiano, el cura, lo mandó el obispo a una lejana, despoblada y humilde parroquia. ¡A ver si se le pegaba algo! –de humildad, claro-. Por lo que el pueblo se quedó vacío y sin otra cosa más, que aquella densa y tenebrosa niebla; hasta que, lentamente y envuelto en un aterrador silencio quedó derruido.

F i n del cuento.

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 08 de Mayo de 2006 14:29 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 10 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: LA CIUDAD DE LOS TONTOS. CUENTO EN TRES PARTES, PRIMERA PARTE

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PRIMERA PARTE:

En un lugar del mundo, cuyo nombre ha sido borrado de la memoria de los hombres, existe una ciudad en la que viven felices todos los tontos de la Tierra. Esto es así gracias a los listos del planeta, quienes, en un momento decisivo e histórico para la humanidad, decidieron desembarazarse de todos aquellos que, probada e irremisiblemente, demostraran ser tontos.

Una vez que los listos consiguieron aislar y agrupar a los tontos, éstos fueron teletransportados automáticamente a esa ciudad. Desde entonces, el mecanismo se repite sin el mínimo error cada vez que aparece algún tonto entre los listos, de manera que, antes de que alguna necedad frene o entorpezca el desarrollo y el progreso de los humanos dirigido por los listos, los tontos son prontamente segregados y remitidos a su ciudad; y esto a una velocidad tal que nadie logra darse cuenta del proceso. Así los listos pueden seguir aplicando su sabiduría libremente y sin obstáculos. Por otro lado, lo mismo sucede si en la ciudad de los tontos aparece de repente algún listo; éste es rápidamente, y por el mismo mecanismo, trasladado al mundo de los listos.

Este acontecimiento marcó un significativo hito en la evolución de los seres humanos. Gracias a eso, los listos que eran todos calvos porque no tenían ni un pelo de tontos, se echaron en brazos del progreso sin preocupaciones ni angustias que dificultaran sus caminos; y, sobre todo, sin tener que sufrir el vigilar constantemente a los tontos para supervisar y enmendar sus torpezas. Por otro lado, los tontos – que eran extremadamente peludos porque ya no les cabía ni “un pelo de tontos” -, pudieron, desde entonces, entregarse a sus tonterías sin tener que soportar los constantes y desagradables sermones de los listos.

No faltaron los que dudaron, de que los listos fueran precisamente los sabios y los tontos los necios. Hubo mucha gente que difundió el rumor de que, justamente, la cosa era más bien al revés… Sin embargo, y como quiera que la historia fuese, los que se tomaron a sí mismos por muy inteligentes y sabios, se denominaron a sí mismos listos; y éstos quisieron separarse y alejarse para siempre jamás de aquellos a los que consideraron tontos.

Naturalmente, llegar a todo esto supuso un arduo y costosísimo trabajo que, obviamente, tuvieron que asumir los listos -¿quién si no iba a hacerlo?-, que se vieron en la acuciante necesidad de dar la talla, haciendo brillar toda su “listeza” en la elaboración de semejante hazaña. Lo primero que tuvieron que establecer fue una escala precisa y fiable que les permitiera medir, sin lugar a dudas ni a errores, la variable “tonto” y la variable “listo” a fin de definir unívocamente, con la mayor eficacia y una pulcra eficiencia, quién era tonto y susceptible de ser desterrado; y quién era listo; para que todos ellos pudieran entregarse sin trabas a su importantísima misión en el curso evolutivo humano. A toda costa, dada la gravedad del caso, debían ser evitados errores y malos entendidos. Nada podía dejarse al azar, en todo momento tenían que dominar la situación y mantener un control exhaustivo. Los listos debían evitar, por encima de todo, que el asunto se les escapara de las manos, ya fuera porque los tontos lo echaran a perder con sus necedades –lo más probable-, o porque algún listo “borderline” metiera la pata; cosa también a controlar y tener en cuenta. La tarea era de una importancia y dificultad pasmosa y abordarla daba escalofríos al más pintado de los listos. Sin embargo, como nadie les ganaba a listos, y lo eran enormemente, pusieron sus neuronas a trabajar de inmediato. Enseguida pudieron aislar pautas y mecanismos de pensamiento, rasgos, conductas, actitudes, aptitudes, capacidades y expresiones emocionales que se revelaron como instrumentos de medida excepcionales para determinar, de una manera exacta, brillante, y sin rastro de duda ni de error, todas las escalas de medidas que necesitaban para tamaña proeza. Cuando lo obtuvieron, pudiendo definir todas las variables, y todos los parámetros requeridos, se felicitaron unos a otros por lo excepcionales y trabajadores que eran. Los listos estaban tan satisfechos que no cabían en sí de gozo. Sin embargo, como hasta en ellos mismos había grados, los más escrupulosos sintieron cierta inseguridad frente a los instrumentos que habían conseguido; arguyendo que la fiabilidad y la validez de esos instrumentos eran discutibles y que únicamente cuando alcanzaran el cien por cien, con un margen de error de cero, podrían dar por finalizada la labor, ya que una tarea de tal envergadura debía de ser perfecta. El resto de los listos se sintió aplastado por el peso de semejantes argumentos y dejándose contagiar por los “muy, muy listos” se sintieron todos muy inquietos e inseguros respecto del trabajo que habían realizado. Así que, ni cortos ni perezosos, volvieron a revisar rigurosa y minuciosamente todas las variables, por si se les hubiera escapado algún gazapo o por si alguna variable extraña hubiera escapado al control que todas ellas sin excepción, según creían los listos, habían sido sometidas.

La cosa era demasiado grave y seria para que un “quíteme allá esa paja” mandara “a paseo” todo el descomunal esfuerzo y la dedicación que los listos habían puesto en ese empeño. No podían permitir que todo se viniera abajo por un detalle sin importancia… De modo que, sin más preámbulo ni dilación, reanudaron nuevamente la labor. Empezaron de nuevo por la escala de los tontos. Tomaron “ítem” tras “ítem” y lo estudiaron con todo detalle, revisando tanto la muestra como las condiciones de aplicación; y, en definitiva, cualquier cosa –por insignificante que fuera- que pudiera estar interviniendo, influyendo, o las dos cosas a la vez, en la definición y aplicación de la escala.

La escala para “definir tontos” era, más bien, corta. Los tontos eran tan simples que con unos cuantos “ítems” podían abarcar toda su idiosincrasia estructural, tanto la cognitiva, volitiva y emotiva como la motivacional y conductual; y, en suma, toda la completa personalidad de los tontos. No vayan a pensar por ello que esto quiere decir que la elaboración de esa escala fue “pan comido” ¡No vayamos a equivocarnos! La escala tenía su índice de dificultad; esto es, el índice de dificultad necesario para que su elaboración fuera una tarea verdaderamente digna de los listos; pues ellos no se dedicaban a cosas vanas y sin importancia o presumiblemente fáciles. Todo lo que hacían los listos era “de peso” de manera que esa escala, la de los tontos, no iba a ser menos. Por ejemplo, uno de los primeros rasgos que se pusieron a estudiar y que era de los más preciso, definitorio y sólido, en cuanto a la identidad de los tontos, fue el de la confianza que éstos depositaban incondicionalmente en sus semejantes y en ellos mismos. Otro rasgo determinante y altamente definitorio de la personalidad de los tontos que los listos añadieron a esa escala, después de analizarlo exhaustivamente, fue el de la bondad; de ahí la frase “De bueno que es, parece tonto”. También pudieron constatar que todos los individuos del grupo estudiado (el de tontos, claro), presentaban ese rasgo sin excepción, tanto, que pudo ser identificado y medido en algún grado, incluso en el grupo “límite” de listos. Los listos observaron, además, que la calidad de la bondad apreciada en los tontos difería de aquella bondad normal y consecuente que todo listo expresaba a quien le hacía algún favor, o mostraba hacia todo aquel del que podía obtener algún beneficio. No, la bondad de los tontos ni era así, ni tenía lógica, ni respondía a una relación “causa efecto” como sucedía en su caso, en el caso de los listos, claro. La bondad que pudieron observar en los tontos se manifestaba de modo incondicional, como si éstos estuvieran movidos por una programación inconsciente que les empujara a buscar el bien en todo y en todos. Algo así como buscar y hacer el bien siempre... Los listos concluyeron que, tal diferencia, sólo podía ser explicada como una aberración de la bondad provocada por lo enormemente necios que eran los tontos; y, era obvio, que el único tipo de bondad natural, es decir, no adulterada, era el que se apreciaba en los listos, que, evidentemente, era el producto de su inteligencia y sabiduría. Tras un laborioso análisis, los listos dejaron bien sentado que la confianza y la bondad que presentaban todos los tontos - así, tan incondicional, y tan a priori -, no podían ser naturales ni normales, sino una adulteración patológica de esos individuos; y si encima los dos rasgos se vinculaban entre sí, entonces esa interacción formaba un parámetro de medida, inequívoco, para determinar que, sin lugar a dudas, quienes lo presentaban, eran tontos. Otra variable que, gracias a la definición de la interacción de esos dos rasgos citados, pudieron los listos aislar en los tontos se expresaba con términos de fe, tales como, fe en la vida, en la humanidad y en toda la creación; y todo ello unido a una voluntad inquebrantable que mostraban los tontos en suprimirse algunas cosas que calificaban de defectos, como algo que llamaban envidia y ambición. Lo cierto es que a los listos no se les ocultaba lo difícil que era objetivar todo esto, de modo que les costaba un arduo esfuerzo y una constante dedicación. Pero ¡los listos eran tan inteligentes! que, a pesar de las dificultades, iban progresando gradualmente y con eficacia. Cuando ya estaba casi finalizada la escala, los listos descubrieron otro rasgo que les pareció de lo más relevante para definir a los tontos: los tontos mostraban un afán constante por alejarse de toda conducta que significara violencia, humillación, dominio, imposición y abuso de poder hacia otro ser vivo. Los listos se decían unos a otros: “estos tipos raros carecen de todo deseo y aspiración de poder, de autoridad y de respeto... No conocen ni saben lo que todo esto quiere decir... No les importa el ser avasallados, no responden, no tienen criterio alguno, no saben imponerse, no se respetan a sí mismos, ni tienen dignidad, ni nada de nada... No hay asomo alguno en ninguno de los tontos que tenga que ver con el hacer prevalecer sus juicios y sus valores; y tampoco se observa en ellos nada que tenga que ver con el manifestar sus voluntades y convertirlas en normas de un modo tajante y sin negligencias tal y como siempre hacemos nosotros para el bien de la comunidad... Estos individuos no pueden ni saben llegar a ninguna conclusión útil por sí mismos; siempre andan buscando, preguntando, sopesando lo que piensan los demás...” En fin, que los listos se reafirmaron en lo que pensaban: “los tontos, pobrecitos, lo son y mucho. Sus necedades son dañinas para la comunidad y sólo pueden ser entendidas como resultado de lo inconmensurablemente tontos que son”.

Este cuento forma parte de mi libro "Cuentos para la libertad"

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

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Lunes, 01 de Mayo de 2006 10:19 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 3 comentarios.

LA CIUDAD DE LOS TONTOS: CUENTO EN TRES PARTES. SEGUNDA PARTE

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SEGUNDA PARTE

Pero los listos no acababan de dar por buena la escala de medida que iba a servir para determinar que alguien era redomadamente tonto… Tras mucho cavilar, uno de ellos exclamó: “¡Ya tengo lo que hace que esta escala no sea un buen instrumento de medida para lo que queremos!” -Y explicó que lo “inconmensurablemente” tontos que son los tontos, se había transformado en una variable extraña de difícil control.- “¿Cómo podremos medir lo que no puede ser medido, debido a la ausencia de límites cuantitativos y cualitativos objetivables?” -Preguntó el descubridor del obstáculo-. Todos los listos se sintieron muy angustiados por la magnitud de la contradicción que habían encontrado, cayendo en una especie de desaliento depresivo y desbastador.

Sería demasiado largo y aburrido relatar ahora el cómo los listos salvaron tamaña dificultad, pero poniendo toda sus “luces” en el asador y (otra cosa no tendrían, pero luces tenían y muchas), como estaban a no fracasar en ninguno de los objetivos que se habían marcado - cayera quien cayera -, superaron también esa dificultad. Tras un trabajo monumental, terminaron la revisión de la escala de los tontos y decidieron que era perfecta; además, concluyeron que los rasgos que habían aislado, suponían un claro peligro para el bien y el progreso de la sociedad y de la civilización; por lo que su decisión de excluir de sus vidas a los tontos y agruparlos en un lejano lugar, se tornó firme, unánime y sin resquicio alguno de que pudiera sembrar dudas o ser cuestionada. “¡Excelente trabajo!” -se felicitaron los listos mientras examinaban maravillados los resultados de sus esfuerzos-.

La tarea de elaborar la escala de medida de tontos había terminado y, ahora, les quedaba lo más complejo y delicado: el definir la escala de medida de listos. “¡Eso si que va a costarnos sudar sangre!” -se decían los listos unos a otros-. “¡Ahí si que nos van a rechinar las neuronas y cortocircuitar todas las sinapsis de nuestros cerebros!... ¡Eso sí que es un trabajo cuya relevancia es inmensa!” -continuaban manifestándose con gran preocupación, mientras reflexionaban con severidad y rigor acerca del método mejor para iniciar la tarea-

Después de no mucho tiempo – y es que eran listísimos -, pudieron aislar una variable que les caracterizaba con una exactitud óptima. Consistía este parámetro en el grado de éxito obtenido, por cada listo, en la sociedad en la que vivían. Ese rasgo quedó precisado, aislado y reflejado inmediatamente en la escala de medida de listos, objetivándolo con los siguientes términos: cantidad y calidad de bienes materiales que habían logrado acumular, independientemente de que les fueran o no necesarios. Cantidad de sujetos sobre los que ejercían un poder normativo e impositivo incuestionable y un sometimiento absoluto; pero con la particularidad de que los sujetos sobre los que ejercieran los listos ese poder no debían advertirlo así, sino que los tontos debían creer que los listos desempeñaban un servicio en bien de la comunidad. Esta variable quedaba perfecta y exactamente redondeada si estos dos aspectos aparecían interactuando y se conseguía que los tontos estuvieran absolutamente convencidos de que “sus benefactores y protectores” ejercían el poder, no por puro placer, sino con gran renuncia y sacrificio, únicamente, para ayudarles, aconsejarles y protegerle… Los que ejercían el poder abusivamente y con sometimiento, tenían que lograr que los sometidos creyeran que los sometedores eran sus benefactores... Vamos, que si lograban inculcar en los sometidos que identificaran a los que “mandaban” con la figura del “padre bueno y abnegado”, este ítem se convertía ya en inmejorable en cuanto a su precisión y medición. Otra variable que los listos lograron aislar y definir en su escala fue la de una elevada desconfianza, acompañada de un alto grado de menosprecio, por todos y cada uno de aquellos que, “necesitándoles para sobrevivir”, “disfrutaban de sus cuidados y servicios”. No obstante, para que esta variable se expresara de manera óptima, tenía que ser también inconsciente para los listos; éstos debían cubrir este aspecto de la variable con un absoluto paternalismo y con una sobreprotección total hacía aquellos sobre los que la ejercían. Es más, los listos tenían que verse a sí mismos como los ejecutores de una fundamental obra humanitaria; y eso, aun cuando sintieran desprecio por los depositarios de sus supuestos favores.


Todo esto demandaba de los listos un gasto de energía mental indescriptible, a la vez que les exigía la constante superación de enormes contradicciones que parecían, al menos a primera vista, insalvables... “¿Cómo podremos abordar algo que, incluso para nosotros, se supone inconsciente…?” Pero no se dejaron amedrentar. Con asombrosa rapidez y pulcritud, y tan “concienzudamente” como únicamente los listos podían hacerlo, no tardaron éstos en descubrir y aislar de uno en uno, todos y cada uno de los ítems de su propia escala de medida, por lo que los correspondientes cuestionarios pudieron al fin ser editados, probados y aplicados. El objetivo de separar al grupo de los tontos del grupo de los listos se iba alcanzando según se llevaba a cabo el diseño que los listos, tan cuidadosa y meticulosamente, habían trazado. Su culminación estaba ya muy cercana. “¡Al fin podremos, y de una vez por todas, vivir y progresar en paz!” -se decían los listos con brillo en los ojos-. Y es que una cosa, particularmente curiosa, tenían también los tontos, que era una singular y perversa capacidad para crear en los listos cierta insatisfactoria e inexplicable inquietud. Sí, aunque los listos no sabían cómo, sentían que los tontos lograban exasperarlos e incluso provocar que se sintieran angustiados... En ocasiones, sucedía que los tontos conseguían que los listos perdieran “los papeles”. Ocurría esto, debido a una serenidad y alegría constante que mostraban los tontos, y que los listos interpretaban, al parecer, como sí los tontos utilizaran esa calma y ese gozo, a modo de arma, para fastidiarlos. ¡Y vaya si los fastidiaban!. Todo ello colocaba a los listos en una situación harto molesta y de difícil valoración, por cuanto representaba, sin poder negarlo, una solemne contradicción en el trabajo que habían efectuado respecto de la medición de su inteligencia y sabiduría; ya que tanto la escala como los rasgos que habían definido y aislado tan brillantemente, aparecían como falsos. Los listos echaban chispas de furia, mientras se quemaban las neuronas analizando cómo podían lograr los tontos, con sus necedades, sacarles de quicio a ellos, tan listo. Abrumados le daban vueltas y más vueltas al hecho, cuestionándose: “¿Cómo unos individuos carentes de conocimiento, ignorantes y necios, que ni siquiera saben establecer sus propias necesidades, y mucho menos satisfacerlas, logran alterarnos de esa manera?... ¿Cómo unos seres que vivían gracias nuestros continuos desvelos y a nuestras dádivas… a nuestros conocimientos y a nuestros sacrificios pueden burlarse de nosotros así? ¿Cómo esos seres despreciables consiguen crearnos tanta inquietud?”

Esas cosas se decían unos a otros, los listos, mientras veían despavoridos que los objetivos que se habían marcado, y el plan que, con tanto esmero y tanta rigurosidad, habían diseñado se esfumaban de entre sus manos a causa de tal obstáculo... Los pobres no daban crédito a lo que les ocurría… Aquello no podía ser cierto. No podía pasarles algo así, ¡a ellos! Sin embargo, por más que buscaron y buscaron una solución, no encontraron salida a tan grueso problema... Y como estaban ya más que hartos de todo, sobre todo de soportar a los tontos, decidieron olvidarse de tan feo asunto y pasar a la acción. Enterraron la contrariedad, como si no existiera, y se dijeron que todo estaba perfecto, felicitándose por los espléndidos resultados obtenidos. Luego, se tranquilizaron unos a otros con congratulaciones y halagos, resaltando su eficacia y su rigor; y sin más vacilaciones ni monsergas, se pusieron manos a la obra.

La misión que debían realizar era demasiado relevante y complicada para que unas tonterías la hicieran peligrar. Se corría el riesgo de que todo el asunto se les escapara de las manos y, lo que era aun peor, quedar en la más ridícula evidencia ante los ojos de aquellos necios. Y eso no podían permitírselo bajo ningún concepto. Afirmando con firmeza y decisión que todos los rasgos que habían aislado en las dos escalas eran perfectamente válidos, fiables y sin el mínimo margen de error, dieron carpetazo a sus cavilaciones y se dispusieron, sin más dilación, a llevar a cabo las aplicaciones correspondientes de los cuestionarios de medida que ya habían editado. Ambos cuestionarios fueron aplicados a todo y cada uno de los sujetos de ambos grupos para obtener la máxima seguridad de que ningún tonto se quedaba entre ellos y de que ningún listo era separado de ellos. La verdad es que, todo sea dicho, se llevaron más de una sorpresa, pero finalmente los individuos pudieron separarse en dos grupos. A partir de ahí, los listos procedieron, consecuentemente, a la agrupación de los tontos en un recinto especialmente preparado para tal fin, de manera que una vez todos reunidos allí, pudieran ser enviados al lugar que les tenían reservado.

El momento crucial llegó. Por fin, tuvieron a todos los tontos congregados, encerrados y prestos a ser trasladados. Pero los tontos, aprovechando que estaban todos juntos, se reunieron en asamblea para debatir lo que estaba ocurriendo, llegando al acuerdo, por unanimidad, de que nadie movería un solo pie de allí, sin obtener la seguridad de que los listos aceptaran cumplir el requisito, necesario e imprescindible, que iban a exponer. Este requisito demandaba de los listos el cumplimiento de tres condiciones. En primer lugar, los listos debían idear un mecanismo que borrara de sus memorias, y sin posibilidad de recuperación, tanto la existencia como la ubicación del lugar al que iban a ser trasladados los tontos. El mismo mecanismo debía borrar también de las memorias de los tontos la existencia y la ubicación del mundo de los listos. En segundo lugar, los listos tenían que crear otro mecanismo que, de un modo inmediato y sin que fuera percibido por nadie, lograra trasladar al mundo de los listos a cualquier listo que apareciera en medio de los tontos; y del mismo modo, trasladar al mundo de los tontos, a cada tonto que apareciera en el mundo de los listos. Por último, era necesario articular la manera de que, los que construyeran esos mecanismos, hicieran que funcionaran automáticamente sin ayuda de nadie y borrara de las memorias de quienes los construyeran, tanto su existencia y su funcionamiento como su utilidad y ubicación. Los listos no podían creer lo que escuchaban. Esas insólitas propuestas eran, tan necias y tontas que, a la vez que confirmaban la validez y la fiabilidad de sus cuestionarios, evidenciaban lo infinitamente necios que eran esos individuos. Si les quedaba algún resquicio de duda a cerca de lo perfecto del trabajo que habían realizado, bastaba oír lo que estaban pidiendo esos ignorantes para convencerse. ¡Los listos se relamían de placer y gusto con lo que escuchaban! Pero eso sí, con disimulo, no fueran a darse cuenta los tontos y se arrepintieran para fastidiarlos. Por ese mismo motivo, decidieron poner pegas a las propuestas, argumentando que ellos no lograrían nunca crear y articular tales mecanismos. Pero para mayor goce y disfrute de los listos, los tontos se deshicieron en elogios, resaltando la inteligencia y sabiduría de los listos para tratar, así, de convencerlos de sus capacidades y de que tendrían éxito en idear y poner en marcha tales mecanismos; animándolos efusivamente a trabajar en ello. ¡Ah!, y no debían olvidar que todo debía funcionar a perpetuidad, de generación en generación y por los siglos de los siglos. Henchidos de satisfacción y mirándose con complicidad, pero simulando mucha preocupación, los listos se entregaron en cuerpo y alma a la tarea. La cosa tenía miga y no era nada fácil ni siquiera para ellos. Tras varios intentos fallidos y casi al borde de la desesperación, consiguieron por fin ejecutar la petición de los tontos, hasta el último detalle, con pulcra y rigurosa exactitud. Los listos también lograron, afortunadamente, en esa ocasión que los tontos los tomaran como a sus benefactores. Así que todo iba “miel sobre hojuelas”.

Segunda parte del cuento "La ciudad de los tontos" de mi libro "Cuentos para la libertad"

Carmen Moreno Martín
alias Hannah

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Lunes, 01 de Mayo de 2006 10:18 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 4 comentarios.

LA CIUDAD DELOS TONTOS: CUENTO EN TRES PARTES. TERCERA PARTE

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TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

Cuando todo hubo concluido, trasladaron a los tontos a su nuevo emplazamiento y pusieron en marcha los mecanismos que convertirían su misión en el acontecimiento más importante de todos los siglos. Satisfechos y felices, los listos se dijeron: “¡Ahora si que vamos a gozar de una paz duradera y fructífera que nos permitirá alcanzar el máximo desarrollo y progreso sin el entorpecimiento de las necedades de los tontos!”. Y dando por terminada su misión, hallaron que todo era bueno y se recrearon en ese gran momento de éxito que marcaría el devenir de la historia para siempre.

En cuanto los tontos se encontraron en el lugar que les había sido destinado, se dedicaron todos ellos a construir una ciudad cuyas normas y características fueran un fiel y unívoco reflejo de lo que eran sus habitantes; ciudad en la que podrían realizar cuanta tontería les viniera en gana para gozo y disfrute de todos sus ciudadanos. Olvidándose de las fatigas pasadas en el mundo de los listos y de las penurias derivadas del traslado, se pusieron manos a la obra y en poco tiempo vieron cómo su trabajo daba el fruto deseado, En ese lugar se alzó una magnífica villa cuyas leyes no eran otra cosa que lo que sus ciudadanos decidieron otorgarse, de acuerdo con sus necesidades y con sus idiosincrasias. En esa ciudad se vivía una absoluta ausencia de ambición de poder y una imposibilidad de acumular bienes materiales más allá de las necesidades de cada uno. No existían desconfianzas, envidias, avaricias, codicias u otras cosas así. Se gozaba de fe en la vida y en las criaturas, además de una respetuosa admiración y conservación de la naturaleza y un amor incondicional tanto a sí mismos como a los demás. En fin, que los tontos aplicaron a su sociedad todas esas cosas que los listos calificaban de tonterías, y que, por no aburrir, omitiré.

A veces, aparecían entre ellos nuevos tontos que habían sido expulsados del mundo de los listos. Al principio esto causaba un poco de confusión y de perplejidad. Los pobres nuevos ciudadanos iban como descarriados, sin saber ni por dónde andaban, ni qué les sucedía, como perdidos y desorientados; pero como nadie les increpaba, ni torturaba, por las tonterías que hacían (ya que esas tonterías se ajustaban a las normas, usos y costumbres de la ciudad como un guante a una mano), velozmente eran reconocidos como ciudadanos de pleno derecho. Era como si siempre hubieran estado allí.

Desde entonces hasta nuestros días, tanto la nueva ciudad como sus pobladores disfrutan de una bella armonía y gozan de paz y felicidad. ¡Qué lástima que el nombre de la ciudad y su ubicación hayan desaparecido de la memoria de la humanidad!. ¡Con lo agradable que hubiera sido el darse algún paseo por allí, para admirar el modo de vida que los supuestos tontos alcanzaron y, por qué no, copiar algunas cuantas de sus normas y leyes… Pero tal y como se ha explicado ya no es posible el hacerlo.

Y, a todo esto, cabría preguntarse qué fue de los listos y de su mundo; pues bien, lo cierto es que los resultados de la brillante misión que acometieron no fueron todo lo maravilloso que ellos esperaban y sus expectativas fracasaron estrepitosamente.

Como ya advirtiera alguno de los muy listos, a pesar de la perfección de sus investigaciones y planes, algo se les escapó de las manos. Ya se sabe, cuando uno intenta controlarlo todo a la perfección, de un modo raudo y haciendo muchas cosas a la vez, por muy listo que sea, se mete en arenas movedizas, y las arenas que a ellos se les movieron, provocando el derrumbe de su mundo, fueron que se quedaron sin tontos a los que tiranizar.

La verdad, las dificultades empezaron a crecer, al igual que crecen los hongos con las primeras lluvias del otoño: engaños, felonías, odios, luchas intestinas de todos contra todos, apetitos desatados e incontrolables, contiendas inacabables, desnaturalizaciones varias… En fin, un global y absoluto desastre. ¡Vaya, que lo de Sodoma y Gomorra creció como la espuma en todos los pueblos y campos del mundo de los listos, sin que hubiera dios que acabara con eso! ¡Ya se lo puede uno imaginar! Dados sus rasgos de personalidad, los listos que resultaban dominados por otros listos (sin que por ello les creciera ni un pelo de tonto, lo cual tal vez hubiera aliviado la situación) rápidamente ideaban y ejecutaban feroces venganzas, de manera que pudieran vencer y dominar a su vez a todos cuantos les sometían… Y así, sucesivamente iban destruyéndose los unos a los otros sin remisión, unido todo esto a que, cuando nuevos listos aparecían en ese mundo, la cosa se agravaba sobremanera, ya que los nuevos listos llegaban con todas sus características en ebullición, pujantes de fuerza y vigor. Algunos atribuyen la caída de ese mundo a que, como alguien dijera, “La cabeza no puede ocupar el lugar del corazón eternamente”.

Eso es lo que obtuvieron los listos y el mundo que ellos mismos construyeron a su imagen y semejanza. Ahí siguen, todavía hoy, yendo de mal en peor, esclavos de esa alocada carrera de destrucción y oscuridad. Y esta ha sido la historia de la ciudad de los tontos; tontos que, al final, parecieron no serlo tanto.

Cuento extraído de mi libro “Cuentos para la libertad”
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Lunes, 01 de Mayo de 2006 10:17 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 6 comentarios.

DE CÓMO DI-OSITO, CREÓ EL MUNDO EN SEIS MINUTOS. (CUENTO BREVE)

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Di-osito, dormía el sueño de los dioses…, bueno, mejor dicho, de los di-ositos, ya que aún no se había estrenado en eso de crear. De repente, la solemne e inquietante voz del jefe de los dioses, DiosDeDioses, le sobresaltó; arrebatándole bruscamente del reino de los sueños...

-Di-osito, -bramó DiosDeDioses- ¿no te da vergüenza mostrarte tan gandul? ¡Ponte, inmediatamente, la bata de crear y acude al taller de creación! Ya es hora de que crees algo…, un mundo, por ejemplo… ¡Eres la vergüenza de todos nosotros!
-Pero, DiosDeDioses, es que a mí lo de crear, francamente, no me atrae mucho, y… ¡Tengo tanto sueño!

-¡A callar, ponte la bata y al taller! –bramó nuevamente DiosDeDioses- ¡Y sin rechistar!.

Y allá que se fue Di-osito, medio modorro de sueño, enfundándose en la bata y con el ánimo no muy dispuesto.


-Tengo que crear un mundo, ya que por ahí se empieza, y sólo se me ocurren mundos estúpidos llenos de especies depredadoras que se coman y se destruyan unas a otras para sobrevivir –pensó, Di-osito, con desgana, mientras acudía al taller, sin darse cuenta de que con la bata de crear, todos sus pensamientos se materializaban, ya que un dios con bata, crea-.

-Bueno, una de las especies será la más fuerte, la que tenga en su mano hacer de ese supuesto, presunto, mundo que tengo que crear -¡qué lata!- un paraíso o un infierno; sí, será divertido hacer que una de esas especies sea casi tan omnipotente cómo yo, vamos, lo que se dice una copia mía, y…

-¡Di-osito, para, para, paraaaaaaaaa! ¿Mira lo que has hecho? ¡Pedazo de alcornoque! ¿No ves que con la bata puesta estás ya creando? ¡Quítatela de inmediato, dios inútil! ¡Vaya mundo de porquería que te ha salido, hijo! Bueno… pues ya que es tu creación, ponle un nombre a ese mundo, anda… Y olvídate de él, porque para lo que vale…


-Está bien, DiosDeDioses, no te irrites tanto que te va a dar un divino infarto. Le llamaré… Hummm… ¡Eso, planeta Tierra! Vale, ya has visto, DiosDeDioses, que lo de crear no es lo mío. Seis minutos creando y mira la que lío… Mejor, el séptimo, me vuelvo a dormir.


Y colorín colorado, nuestro mundo fue creado.

¡Que pasen un buen día y disfruten de todo lo que los Reyes magos de Oriente hayan dejado en sus zapatos... O en sus corazones!. y si se encuentran únicamente carbón, ¡paciencia! ya saben: este año sean mejores. ;-)

Hannah.

(Imagen: http://www.alaluzdelasvelas.com/Imagenes/musicosR.gif)

 

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Viernes, 06 de Enero de 2006 01:21 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 27 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: NOKEL EL GUÍA. (CUENTO) PRIMERA PARTE

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Les dejo un cuento que pertenece a mi libro "Cuentos para la libertad". Libro que, a su vez, forma parte de una trilogía: “Cuentos para la libertad”. “Cuentos para la igualdad”. Y, finalmente: “Cuentos para la fraternidad”. De los dos primeros fui publicando en el blog de Blogger bastantes partes. Aquí, éste es el segundo, pero poco a poco los iré publicando todos.

Del tercer libro de la trilogía, aún no he publicado ningún cuento ni en Blogger ni aquí; pero todo se andará.
Cómo es un poquito extenso, -recomiendo que se lo impriman y lean tranquilamente-  lo dejaré en tres partes, esto es, en tres entradas seguidas en portada. Y me comprometo a no publicar ninguna entrada nueva en algunos días.... Bueno, al menos hasta el lunes. 

Nokel, el guía, trata sobre esos gurús que pululan por ahí, vendiendo iluminaciones y nirvanas varios que... ¡Bueno, léanlo y se enterarán... De paso me comentan que les ha parecido! ¿De acuerdo?

Inicio cuento "Nokel el guía, (parte primera)

“Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconoceréis...”
Mateo, 7:15- 16.

En una gran urbe de nuestro mundo, dinámica, trepidante y superpoblada, cómo todas las de hoy, Nokel, realizaba su obra salvífica entregado, con absoluta abnegación, a la tarea de preparar a los seres humanos con los conocimientos y disposiciones adecuadas para entrar, con la mente y el corazón bien lavados, en los nuevos tiempos del próximo milenio.

Nokel, a quien llamaban el maestro, daba pues “el conocimiento y la iluminación” a todo hombre y mujer de mente hambrienta de sabiduría y corazón dispuesto, que aceptara convertirse en su discípulo. Bueno, dar, lo que se dice dar, así, sin más y sin condición alguna, no era del todo exacto; ya que, a cambio, Nokel exigía del discípulo una total entrega a la obra; entrega que suponía la renuncia al mundo y a sus pompas, siguiendo, sin dudas ni sombras al maestro, igual que un rebaño sigue a su pastor.

A todo aquel que llegaba a los pies de Nokel, éste le recibía con una calurosa bienvenida de brazos abiertos, ya que, según él, sólo los elegidos y llamados desde el principio de los tiempos escuchaban su voz y acudían a participar de la excelsa misión que tenían encomendada.

Nokel decía de sí mismo que era la actual encarnación de un “Gran Avatar” y a juzgar por sus conocimientos y palabras, algo de verdad debía haber en ello.

El rebaño del buen pastor Nokel crecía, tanto en virtud y fe, cómo en número de miembros, y lo hacía a una velocidad asombrosa. Todos ellos seguían, ciega y fielmente, al guía que se habían dado, sin asomo de duda ni vacilación. La obediencia y docilidad del rebaño eran perfectas y, en consecuencia, los deseos, las instrucciones y la voluntad de Nokel se cumplían con la mayor exactitud y rigor. La palabra del maestro era la “Ley” indiscutible del rebaño, puesto que esas palabras sólo podían ser sabias, justas, perfectas y el fiel reflejo de la Divina Voluntad de la Inteligencia Suprema… O por lo menos así las tomaban cada uno de los discípulos de ese maestro, (¡y pobre del que no lo hiciera!) de modo que no cabría ver en ellas ni error, ni necedad, ni mancha alguna.

Las palabras de Nokel, constituían la única “Ley” que era digna y merecedora de ser respetada y cumplida; era el camino, la luz y la enseñanza que conducía a la sabiduría, a la libertad y a la verdad. O al menos eso enseñaba Nokel a sus discípulos y así debían acatarlo ellos: cómo artículo de fe, inamovible, ex-cátedra -cómo el Papa católico-. Si sus seguidores querían llegar a ser iniciados y copartícipes de la obra que Nokel había venido a realizar, no podían rechazar ni una tilde de las palabras del maestro... Tal vez fuera por aquello de “Todo pasará, pero mis palabras no pasarán... Ni una tilde será cambiada… etc.”. ¿O no era así? Ya sabían, pues, los discípulos del estricto Nokel qué tenían que hacer, si querían seguir ostentando el privilegio de “elegidos” y obtener el “conocimiento”. Si a eso aspiraban “los discípulos” no tenían otra que obedecer a su “pastor” a rajatabla.

Y no es que, así, de entrada, se tenga nada contra el maestro Nokel, pero se pensaba que eso de la “Era de Acuario” podía ser algo distinto de los dogmas de siempre... Pero al grano, Nokel, abría los brazos y decía a sus seguidores: …“Vosotros sois los elegidos… Yo soy el buen pastor y vosotros mi rebaño… Venid a mí y os daré mi verdad, sólo ella os hará libres… Yo soy el Divino Guía, el Camino, la Verdad y la Vida… De todos los que acudan a mí, yo elegiré a los mejores y los sentaré a la diestra de mi padre”. Como puede apreciarse, Nokel tenía un poder bárbaro, porque sólo con su decisión y de forma inmediata, implantaba en todo aquel que se decidía a acatar sus enseñanzas (sin ningún esfuerzo por parte del seguidor) el conocimiento, la verdad, la sabiduría y no se cuantas cosas más. Y si el discípulo daba la talla, ¡zas! Lo sentaba a la diestra del todopoderoso… ¡Qué nivel tenía Nokel!

Sus palabras eran muy, pero que muy semejantes a las que pueden leerse en las escrituras; aunque era obvio que algunas diferencias eran bastante llamativas. No obstante, con todo y eso, lo de la venida del Avatar, lo de la reencarnación y demás, podía resultar atractivamente creíble… Pero, o Nokel no tenía mucha memoria, o algo olía a podrido en su avatar. Y sí. Cómo se verá, ciertos aspectos no acababan de encajar en la identidad de Nokel, es decir, en eso que él decía sobre “ser un Gran Avatar”... Sobre ser “La Consciencia Crística de la Era de Acuario”… Y demás minucias de esas, dando a entender que reencarnaba la segunda venida de Cristo, o la reencarnación de “Krishna” o de alguna de esas personalidades.

Por ejemplo, Nokel decía que él era el “rey de este mundo” y que toda la tierra era “el vasto paraíso de su reino”, reino que él –junto a “sus elegidos”- había venido a instaurar, para que brillara con renovado esplendor en la nueva era. Esto unido a ciertas distorsiones y matices de las palabras que empleaba, hacía que la historia de su reencarnación no cuadrara del todo con eso de que era la nueva venida de Cristo, porque bien sabemos todos que Cristo lo que decía es que su reino no era de este mundo… Pero, ¿quién se iba a preocupar por esos pequeños detalles?

Claro, eso de reencarnarse debía ser algo muy complicado y con toda seguridad, implicaba un trauma tal que dejaba ciertas secuelas; de modo que las lagunas de memoria o las confusiones de conceptos, podían no ser otra cosa que los efectos secundarios del proceso ese de la reencarnación… ¡Vaya usted a saber! Sin embargo, como los seguidores del maestro habían recibido a través de él, un corazón puro y un espíritu claro, gracias a la dádiva de conocimiento y sabiduría que, en uso de su poder, otorgaba Nokel a cada una de sus ovejas y corderos, éstos interpretaban las palabras y voluntades del maestro con un discernimiento preciso y sin desajustes. No parecía, pues, importarles nada en absoluto esas alteraciones.

Como el futuro rey y su rebaño necesitaban convivir los unos con los otros para una mejor realización de la misión, y, como por otra parte, no estaba entre los poderes de su pastor, el de hacer surgir dinero de la nada -lo cuál, la verdad, era un inconveniente bastante fastidioso- cada uno de los “elegidos” ponía a disposición de “la misión” todos sus haberes, tanto los monetarios como los patrimoniales, constituyendo ello la prueba más firme y verdadera de su condición de elegidos y de su evolución como iniciados. Además, ¿para qué querían ya, ellos, los bienes, si su excelso guía cuidaba de ellos cual padre amoroso, y satisfacía todas sus necesidades? En consonancia con tal evidencia, todo atisbo de resistencia en algún “presunto elegido” a la entrega total y absoluta de sí mismos y de sus bienes, no podía indicar otra cosa que la prueba irrefutable de que el tal “presunto elegido” no lo era, y, por lo tanto, no pertenecía a ese rebaño: un ser así no podía haber sido llamado a la obra del maestro. Era obvio que, alguien así ni mostraba evolución alguna, ni había sido “llamado”, ni elegido, ni nada de nada… A ese pobre e inmaduro ser, Nokel, se veía obligado a retirarle todos los dones, y a echarlo lejos del rebaño; abandonándolo a la más absoluta oscuridad, no fuera que la suciedad de corazón de tal individuo manchara la inmaculada pureza de los discípulos... ¡O terminara por abrir los ojos de algún elegido más y el “buen pastor” se quedara sin ovejas y sin pecunios! Y justamente eso, pensaban algunos: que el expolio de dones efectuado por Nokel en la persona del "presunto disidente" se debía más a salvaguardar al rebaño y mantenerlo con los ojos bien cerrados que a otra cosa... Pero tal sospecha anidaba en las neuronas de esos descarriados, sin duda por carecer de los iluminados conocimientos de Nokel, y por los nulos conocimientos -además de su total ignorancia- de los designios divinos.

Como el tesoro aumentaba día a día, compraron una extensa finca y construyeron lo que sería un adelanto de la materialización de la misión, cuando ésta resplandeciera durante el próximo milenio. Empezaron por levantar unas naves sencillas y humildes, en correspondencia a la condición de discípulo, donde ubicaron los espacios comunes del rebaño: sala de oración, dormitorio, cocina, comedor, etc. Y esto era así, para que los elegidos aprendieran a vivir la pobreza, la obediencia, la abnegación y demás cosas necesarias e imprescindibles, para que los dones -tan amorosa y desinteresadamente- concedidos por el maestro, se consolidaran y florecieran en cada uno de los discípulos.

Simultáneamente edificaron las dependencias provisionales del maestro, eso sí, con los materiales más nobles que pudieron hallar en el mercado; buscando que en todo se reflejara el más elevado grado de belleza y perfección posibles, de modo que, a todo observador, le permitiera apreciar la elevación del maestro. ¡Que un maestro siempre es un maestro, caray!

Además, dada la importancia y la envergadura de la obra de Nokel, y dada también su identidad, era imprescindible que gozara de la intimidad y de las condiciones requeridas para el ejercicio de su misión… De manera que no se escatimaron medios para construir tanto el máximo de dependencias como el que éstas fueran lo más espaciosas y luminosas posibles. Unido a todo esto, había otra razón que impulsaba a los aprendices a edificar para el maestro la mejor mansión que pudieran, ya que la calidad del progreso del discípulo también se medía por la magnitud de abnegación hacia su maestro y la calidad de la entrega al servicio que, los discípulos, debían mostrar a su guía.

La construcción se concluyó en poco tiempo y sin tardar mucho lo tuvieron todo organizado, de manera que, con gran júbilo por parte de todos, pudieron afincarse allí.

El rebaño rebosaba felicidad y armonía por todos sus poros. Todos los “corderitos” jugaban como niños, reían como niños, se enfadaban como niños y, como niños también, se abandonaban al justo padre que tenían; sobre todo, cuando Nokel les instruía, y les mostraba sus errores, o cuando les imponía las pertinentes penitencias para acelerar sus logros, y, sobre todo, cuando aliviaba las apetencias y debilidades carnales de sus discípulos –o las suyas, que nunca se sabe- El caso es que Nokel lo aliviaba todo y se apresuraba a frenar cualquier iniciativa desviada que pasara por las mentes de sus discípulos, velando por la rectitud de sus pasos, no fueran a tropezar y a hacerse daño. ¡Los pobres! Ante el más mínimo desvío, los acogía con amor y paciencia reprimiéndoles severamente, haciéndoles ver la conveniencia de que volcaran en él todo cuanto pasara por sus mentes, por sus corazones, y –fundamentalmente- por sus bolsillos. Entonces los elegidos, conmovidos y felices, se entregaban más y más al maestro, buscando, en todo momento, cumplir su justa voluntad.

El rebaño rechazaba cualquier preocupación e inquietud que pudiera apartarles de la entrega total a su pastor y del abandono absoluto en él. Y el pastor, repetía sin cesar, que todo aquel que no se hiciera niño de nuevo, no podría ser un elegido, ni ser su discípulo, ni recibir sus dones, ni nada de eso… Y es que para el maestro el ser niño de nuevo era lo más importante que el discípulo debía alcanzar en su iniciación. Equivalía a vivir plenamente entregado en cuerpo, alma y pecunios al Guía -esto es, a Nokel- siendo absolutamente dependientes de él. Ser niño de nuevo equivalía, según Nokel, a vaciarse por entero de deseos, apetencias, aspiraciones, fantasías, imaginaciones, pensamientos, necesidades y de cualquiera otra cosa que no fuera la voluntad, el deseo, el designio, el pensamiento y la palabra del maestro…

El maestro Nokel, recordémoslo, era para sus discípulos el padre todo poderoso, omnisapiente y amoroso que establecía todo lo que ese niño necesitaba y debía hacer para crecer en sabiduría y bondad… Sólo él podía mantener a sus “hijos”, convenientemente alejados de los peligros del ego y de las desdichas a las que los frutos del ego conducen. Con amor y dedicación, Nokel instruía a sus “pequeños”, hablándoles de cómo caían en la ceguera, en la esclavitud y en el destierro de sí mismos todos aquellos que se arrojaban en brazos de la tiranía de sus propios egos. Tales desgraciados - según las instrucciones de Nokel -, por muy llamados a ser elegidos que fueran, eran prisioneros de sus propias cárceles y de sus propias servidumbres.

Y continuaba el pastor esclareciendo a su rebaño: “estos pobres vagabundos descarriados no saben ni pueden pensar por sí mismos. No son libres, sino siervos. Viven alejados de su verdadera esencia y son ignorantes por completo de que han sido llamados a ser elegidos, sin poder asumir ninguna responsabilidad, ni poder tener ninguna verdadera visión del alcance de la obra del maestro; y mucho menos del profundo sentido y relevancia que poseen todos los acontecimientos de la vida, ya que tampoco pueden comprender la relación causa efecto de tales sucesos, ni ver con claridad cómo será la obra una vez ejecutada por completo. Es más, cualquier pregunta que estos ignorantes descarriados se formulen sobre ello, en lugar de aportarles verdaderas respuestas, les sumen en amargas y desoladoras dudas. Por lo que los pobres viven angustiados y cubiertos de sufrimiento, muertos o dormidos, entregados a las bajas pasiones y a los vicios que constituyen las sendas de sus egos. Sendas tales como la ambición, la avaricia, la soberbia, la idolatría y otras muchas más que sólo conducen a la perdición. Los pasos de estos ignorantes únicamente pueden dejar huellas de iniquidad y conducirles a un absoluto desconocimiento sobre quienes son, sobre la obra que han venido a realizar aquí y las meta que aquí deben alcanzar.

CONTINÚA EN EL POST DE MÁS ABAJO.

Hannah.

(imagen de: http://homepage.mac.com/cloe/portfolio/cuentos.jpg)

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Viernes, 16 de Diciembre de 2005 16:09 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 35 comentarios.

NOKEL EL GUÍA: SEGUNDA PARTE

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Continuación del cuento “Nokel el guía” Segunda parte:

(viene del post de arriba)

¡Que gran diferencia entre estos pobres infortunados llenos de dudas y dependencias, y las certezas o conocimientos de los discípulos verdaderos, entre la esclavitud de los descarriados y la libertad de los elegidos! La única solución para todos ellos es arrojarse a los pies del maestro (es decir, a los míos) y recibir sus dones. Puesto que ya sabéis, que únicamente el nacer de nuevo, y aprender a ser como niños, abandonándoos en las manos del maestro (esto es: en las mías), puede conduciros a la luz. Sólo amarme y servirme hasta la muerte os llevará a la realización de vuestra condición de elegidos. Esta es la única manera de llegar a la iluminación, de recuperar la consciencia sobre la verdadera identidad de iniciados y cumplirla. Esta y sólo esta es la senda que lleva a la vida en lugar de a la perdición. Esta es la senda que conduce a ser realmente libres y poder elegir y pensar por uno mismo. Este es el único camino para llegar a ser plenamente conscientes del ser divino y de su libertad, de sus elecciones y de sus responsabilidades. Pero en tanto que los dones y las fuerzas del maestro –esto es, de lo que yo os he otorgado ya- no hayan dado en vosotros sus frutos, vuestro poderoso y engañoso ego no podrá ser completamente aniquilado y barrido de vuestras mentes y corazones, ni podréis ser realmente dueños de vosotros mismos, ni podréis prender la luz que aguarda apagada en lo profundo de vosotros, ni abrirle las puertas al espíritu, es decir, a mi voz”. Esto repetía una y otra vez “el buen pastor Nokel” mientras su rebaño se llenaba de gozo, de exaltación y de ardientes deseos de seguirle... A lo mejor no era tanta exaltación ni tanto ardor. A lo mejor es que simplemente entendían que no quedaba otra que seguir a “pies juntillas” al guía, sí se quería formar parte de los pocos contados como elegidos... Y ciertamente eran muy pocos, en concreto el dos por mil de la humanidad, más o menos, humano arriba, humano abajo, unos doce millones de personas… Y si no hagan ustedes mismos la cuenta, siendo como somos seis mil millones de almas…

Es decir, que el dios de Nokel era un manirroto que andaba por ahí desperdiciando poder y energía, porque tanto crear y poblar la Tierra para eso... Muy serio no es, pero, en fin, que Nokel decía muy serio que ese era el número de elegidos que las sacrosantas escrituras señalaban; y esas escrituras eran la ley. Y es que la Ley es la Ley. Y esta Ley –esto es la ley de Nokel- era inquebrantable e incuestionable para el rebaño. Y todo gracias a la sabiduría de Nokel, que les hacía ver cómo una de las amenazas mayores a la que estaban expuestos los elegidos, era la de analizar, valorar y enjuiciar, preguntar, dudar, flaquear y cualquiera otra actividad que se les ocurriera a ellos solitos hasta que no hubieran acabado con sus egos y se hubieran liberado de sus cadenas era algo muy, pero que muy malo y peligroso, sobre todo si se pretendía seguir formando parte de aquel rebaño. Y Nokel continuaba: “únicamente el gran avatar –es decir, yo mismo- tiene la perfecta visión de cómo será la obra cuando la misión haya sido ejecutada y, precisamente por ello, tan sólo él –es decir, Nokel- puede ver el alcance y el sentido de todo lo que ocurre en la vida, así como el verdadero significado y la verdadera causa de todo lo que la vida depara a cada oveja y a cada cordero del rebaño”. Esto lo decía con una ternura y un amor –o un interés- tan intensos que los pobres discípulos rompían a llorar como niños. Nokel aclaraba continuamente todo, pero sobre todo lo de dejar bien sentado que él era el gran avatar... Y, por sí les quedaba alguna laguna, proseguía: “aunque habéis sido elegidos para la obra y os he dotado de todos los divinos atributos, éstos aun no se han consolidado plenamente en vuestros corazones y en vuestras mentes, de manera que aun no habéis alcanzado la perfección que os permitirá acceder también a una verdadera clarividencia… Entre tanto, el único clarividente soy yo, y únicamente podréis llegar a esa meta, cumpliendo mis palabras y siguiendo mis pasos con fe y con confianza, con absoluta lealtad y con sincera alegría, con honradez y pulcritud y con una extremada y disciplinada rigurosidad”. Con toda esta enseñanza, cuanto más infantiles se tornaban los miembros del rebaño, más dichosos, satisfechos y radiantes se sentían. Finalmente, el maestro les comunicaba que otra de las pruebas de su condición de elegidos la constituía tanto el esfuerzo por proclamar las enseñanzas del maestro, esto es: de él mismo, a todos los llamados que seguían sordos –por lo del ego- como por el número de llamados que eran capaces de traer a la presencia del maestro –es decir: de Nokel- para que, arrojados a sus pies, el pastor les hiciera la entrega de todos sus dones y pasaran a formar parte del rebaño de elegidos.

Verdaderamente, los seguidores de Nokel se sentían afortunados, privilegiados, especiales, diferentes, importantes y perfectos… Y no como el resto de los mortales. Las palabras de su pastor eran el más nutritivo, puro y completo alimento que ser alguno pudiera ingerir. Con un alimento tan perfecto les sobraban todos los demás alimentos. Ningún otro alimento, más que las palabras de su maestro, necesitaban ya. Así que abrazaban las instrucciones que Nokel les daba, ciegamente convencidos de sus efectos; y como una de esas instrucciones era la de ayunar, pues mejor que mejor porque encima no pasaban hambre. El ayuno tenía la función de conseguir dos objetivos que eran imprescindibles para el progreso del discípulo: el dejar que la palabra del maestro fuera perfectamente digerida y pudiera así limpiar sus cuerpos y sus mentes de todas las toxinas e impurezas del ego; y el disolver las cadenas y los espejismos que, igualmente, el ego producía en ellos. Del mismo valor eran todas las oraciones, las penitencias, los sacrificios, las renuncias y los rituales que debían cumplir a lo largo del día y de la noche. El velar y el no abandonarse a los autoengaños de la necesidad de sueño, era, en igual medida, un valor muy importante. De manera que todos se esforzaban sin vacilación ni desfallecimiento, en el cumplimiento abnegado de tan sabias enseñanzas. Y lo mismo hacían respecto de salir al encuentro de los elegidos que, ignorantes de que lo eran, hacían mutis a las llamadas que recibían. Esta actividad reforzaba intensamente a todos los integrantes del rebaño, ya que sí conseguían que algún sordo oyera y pasara a formar parte del redil, se confirmaba la calidad de elegido en todos y cada uno de los seguidores; y si eran vituperados, vilipendiados, tratados de locos, de sectarios, de dogmáticos y de subversivos del orden social, se reforzaban igualmente por el alto esfuerzo y sacrificio que entregaban a la causa. ¡Y que placer sentían cuando, al regresar cansados, derrotados, tristes y llorosos a los pies de Nokel, éste les estrechaba entre sus brazos con paternal amor y compasión, diciéndoles: “Venid a mí, hijos míos predilectos y amados. Venid a mí; que yo haré que algún día vuestra carga sea ligera, y vuestro yugo suave. Venid a mí; que yo llenaré, algún día, vuestro corazón de gozo y consolaré vuestras penas”... Algunos se dormían de placer en el regazo del maestro, pero éste, pendiente siempre del progreso y evolución de su rebaño; les despertaba rápida y enérgicamente a la vez que les increpaba “Velad y trabajad, porque mucha es la tarea y pocos los obreros…” Y todos se quedaban felices y contentos al ver que su guía siempre sabía lo que les convenía. Cuando alguna pequeña nube de duda velaba, excepcionalmente, la luz que iluminaba las vidas de aquellas santas y felices criaturas, el maestro, siempre presto a subsanar los errores de sus discípulos, buscaba con paciencia y amor a los responsables de haber sembrado la semilla de esas malas hierbas. Lo primero que el maestro hacía, era llamarles a su presencia y otorgarles su perdón con comprensión, bondad y misericordia; abrazándoles y enjugando sus lágrimas. ¡Que para eso era el padre de todos! ¡Ese padre bondadoso y justo que comprende las flaquezas y caídas de sus hijos! Y tras renovar en ellos las fuerzas para la obra, infundía en sus espíritus nuevamente la acción de todos los dones que él les había dado. Más tarde, toda la congregación se reunía en la gran sala de oración, para purificar al descarriado/a –o descarriados- con un solemne ritual de limpieza a través del cual, los arrepentidos lograban incorporar otra vez dentro de sí la pureza perdida.

El ritual de limpieza y lavado de faltas era de lo más profundo y efectivo que uno pueda imaginar. ¡Vaya, que era de una efectividad pareja a la de la lejía con la ropa blanca! El rebaño en pleno y su pastor se reunían en la sala de oraciones y disponían todo lo necesario para la realización de la ceremonia. En el centro de la sala colocaban tantos ataúdes como discípulos hubiera que limpiar. Dos grandes recipientes –con agua helada el uno y con tierra mezclada con estiércol el otro- se dejaban igualmente en el centro de la sala, dejando al lado de aquel que contenía tierra una pala y, al lado del otro, una jarra. También dejaban preparadas, en igual número, túnicas cuya blancura parecía irradiar luz y calor. Una vez dispuesto el material y hechas las invocaciones, cantos y movimientos de rigor, los que habían cedido a sus debilidades ególatras eran conducidos al centro de la sala y despojados de todas sus ropas, hasta quedar completamente desnudos. Entonces, mientras los temblorosos y arrepentidos infractores de la Ley se entregaban a una profunda meditación, arrodillados en círculo, todos y cada uno de los elegidos echaba sobre sus cabezas una pala de tierra y estiércol, y una jarra de agua helada. Cuando esta parte llegaba a su fin, la asamblea pasaba a nuevas invocaciones, cantos y movimientos, tras lo cual, los pobres detractores de la obra, muertos de frío y de arrepentimiento, eran metidos en los ataúdes dispuestos a ese fin, en donde seguían en profunda meditación y completa oscuridad hasta que la asamblea pasaba a la siguiente parte del ritual. Después de una o dos horas, todo el rebaño formaba un gran círculo en torno a los ataúdes mientras iban retirando las tapas que los cubría; llegados a este punto, el maestro –es decir, Nokel- se acercaba a cada uno de los afligidos elegidos y, dirigiéndose a la asamblea con voz solemne, decía a cada uno de ellos: “¡Aquí yace un futuro iniciado derrotado por las cadenas de su ego, pero he aquí que un elegido ha renacido en él!” Y sacando al susodicho del ataúd, tras abrazarle y vestirle con la túnica, proseguía: “¡Abrid paso al hijo pródigo que ha regresado! ¡Dejad que ocupe el puesto, que su padre le tenía preparado! ¡Mostrad vuestra alegría al hijo que ha vuelto a nacer! ¡Conducidle al lugar donde está inscrito su nombre desde los principios de los tiempos!” Y con gran alborozo, el “recién lavado elegido” era conducido por los acólitos – ¡que haberlos habíalos!-, a su lugar. El ritual de limpieza se cerraba cuando toda la asamblea, enardecida de gozo, formaba una procesión por todo el recinto. Este momento lo decidía el propio elegido cuando se sentía a sí mismo purificado del todo.

Como puede apreciarse, Nokel tenía graves lagunas de memoria respecto del mensaje de los grandes avatares aparecidos hasta hoy, como Buda, Cristo, Mahoma y otros… Aunque esto únicamente lo podían constatar los que no formaban parte de aquel grupo de iluminados. Los discípulos de Nokel, o no se percataban de ello, o no se sentían en absoluto perturbados por esas distorsiones. Y el rebaño crecía en belleza, sabiduría y en número de miembros, como la espuma. Los detractores también crecían, no vayan ustedes a creer… Pero el rebaño sabía muy bien que todo eso era producto de la ceguera de todos aquellos que no habían sido llamados, ni escogidos, ni nada de nada. ¡Vamos, envidia cochina es lo que tenían esas gentes que sembraban la discordia! No faltaba nunca algún osado y mal intencionado “listillo” – que haberlos siempre los hay -, que se dedicaba a escribir en la prensa artículos ofensivos y difamadores contra Nokel y su rebaño; aun más, incluso aparecían quienes intentaban a toda costa disuadir y rescatar a los discípulos de las supuestas garras del adorado maestro. Tales personas, ciertamente movidas por sus egos y sus calenturientas mentes, argumentaban cosas tales, como por ejemplo, que las causas y las motivaciones que impulsaban a todas aquellas gentes a ser ciegos seguidores de Nokel – y de otros como él- eran diversas; y que estas nada tenían que ver con el hecho de que el tal Nokel fuera o no la reencarnación de un gran avatar o del mismo Cristo. Seguían exponiendo esos atrevidos que, por lo general, se trataba de personas cuyas vidas estaban carentes de afecto y de realizaciones profesionales, que eran personas inmaduras y con profundos problemas psicológicos; o adolescentes y jóvenes ansiosos de encontrar verdaderos modelos y valores que colmaran los anhelos de sus vacías vidas… Individuos cuyos dramas familiares y personales habían debilitado en ellos sus capacidades de autoafirmación, de ser autónomos y autosuficientes. Personas que habían perdido la capacidad de sentirse útiles y dispuestos para alcanzar sus aspiraciones y metas, de pensar, discernir, elegir y actuar por sí mismos. Sujetos que no se sentían capaces de expresar y exponer sus sentimientos y deseos a los demás y de reconocer en sí mismos la carencia de afecto y solicitarlo. Individuos llenos de miedo, incapaces de recibir afecto y de darlo. Y, en definitiva, personas que no sabían reconocer ni satisfacer sus necesidades y abordar la vida con entusiasmo. Personas que desconocían como hacer para no sucumbir a las decepciones y frustraciones del camino, gentes que no sabían disfrutar de sus logros, ni superar sus fracasos. Sujetos inseguros, introvertidos, solitarios, angustiados, necesitados de apoyo y de ayuda; deseosos de calor y comprensión… Y también, personas que, hastiadas del materialismo, del mecanicismo, de la insensibilidad y de la indiferencia de nuestra sociedad actual, buscan respuestas a sus inquietudes espirituales y transcendentes; cayendo, sin darse ni siquiera cuenta, en las redes del primero que satisfaga todas esas inquietudes y carencias; y subyugadas por el aparente amor, y la aparente amistad que encuentran tanto en él cómo en quienes le siguen, se incorporan, sin más, a tales grupos en los que, por otro lado, invariablemente se sienten respetados, apoyados, acogidos y tremendamente importantes… Y, además, continuaban las viperinas plumas y afiladas lenguas, esa pseudo ganancia en afecto y en autoestima les impide ver si el grupo es una secta peligrosa o no; y sí el presunto maestro es un vividor desaprensivo o un sabio guía”… ¡Mentiras podridas! Exclamaba el rebaño cuando Nokel les leía esos artículos. Pero no todos eran detractores de Nokel y de su rebaño, que también surgían defensores incondicionales del maestro y de su obra… Siempre había locutores que invitaban a Nokel a sus programas de radio para expandir su mensaje… Y por supuesto, presentadores de televisión que se sorteaban su presencia y que escuchaban, convencidos de la veracidad de sus palabras, con gran atención y complacencia a Nokel… Hasta había también benefactores que entregaban al maestro grandes sumas en concepto de donaciones para la realización de tan humanitaria e importante labor. ¡Y es que ya se sabe: Para raros, nosotros! Los libros de Nokel se agotaban edición tras edición. Es justo reconocer que “el gran avatar”, o lo que fuese, tenía un enorme poder de convocatoria, tanto, que organizaba sus conferencias en estadios de fútbol y grandes teatros. De modo que, en verdad –en verdad de la buena- ya fuera por lo que argumentaban los detractores o por lo que destacaban los simpatizantes, era un hecho que su rebaño encontraba más motivos y razones para seguirle que para alejarse de él. Mientras que los demás, todos aquellos que observaban calladamente cuanto sucedía, no sabían muy bien a que atenerse…

CONTINÚA EN EL POST SIGUIENTE, MÁS ABAJO

Hannah.

(Imagen de: http://homepage.mac.com/cloe/portfolio/cuentos.jpg)

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Viernes, 16 de Diciembre de 2005 16:06 enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 5 comentarios.

NOKEL EL GUÍA: TERCERA Y ÚLTIMA PARTE (CUENTO)

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Continuación del cuento: “Nokel el guía” tercera y última parte. (viene del post de arriba).

Y así siguieron las cosas durante un largo tiempo, sin grandes cambios; salvo el crecimiento del rebaño y el aumento de las riquezas y pecunios de Nokel. El número de los elegidos aumentó y aumentó hasta que la finca donde convivían se les quedó pequeña. Se imponía venderlo todo y construir algo más grande, ¡mucho más grande!… Algo también más apropiado, que les permitiera tener su propia editorial. Algo que les permitiera sembrar sus propios campos de cultivo. Criar sus propios ganados. Manufacturar sus ropas con sus propios telares… En fin, algo que los convirtiera en autónomos, y pudieran autoabastecerse sin necesidad alguna de desperdiciar sus pecunios con los pecaminosos e impuros profanos de la contaminada sociedad de consumo. Algo que les acercara a tener su propia ciudad de la luz, y que fuera, ya, el anticipo exacto de lo que sería el futuro paraíso. Esto demandaba un incremento de poder adquisitivo considerable. Nokel dijo a sus seguidores que debían reunir una cifra no inferior a once dígitos. Bueno, ¡eso era para empezar!

No tardaron mucho en conseguirlo. Ya sé sabe, tan elegidos y tan perfectos todos… ¿De qué otro modo hubiera podido ser? La rapidez con la que se reunió la suma indicada por Nokel no podía ser otra cosa que una prueba más. Y eso justamente fue lo que pensaron todos los miembros del rebaño cuando Nokel y el alto discipulado (es decir, los discípulos más aventajados, abnegados y apegados a Nokel) toda vez que terminaron de hacer el recuento exacto de todo lo acumulado, lo comunicaron con gran alborozo. Nokel envió a sus acólitos a comunicar al rebaño la buena nueva, ordenándoles que se reunieran todos sin excepción en el nuevo e inmenso pabellón de oración, para realizar un solemne ritual de acción de gracias, que era algo así como el “Tedeum” de los curas, más o menos. Una vez todos reunidos debían pasar algún tiempo meditando y purificando sus mentes, tras lo cual, Nokel acudiría para la ceremonia. Los acólitos, llenos de satisfacción y alegría, corrieron -casi atropellándose de gozo- a cumplir debidamente la voluntad del maestro. Todos los integrantes del rebaño Pensaron que debían haber progresado mucho, a juzgar por los resultados, y también porque sus propios deseos eran absolutamente semejantes a los de Nokel...

Pasaron cinco horas de fervorosa y silenciosa meditación. Allí no se movía ni una mosca y no se escuchaba ni un suspiro. El rebaño estaba tan henchido de devoción y entrega, que ni siquiera había advertido cómo y cuánto tiempo había transcurrido ya. Por fin, uno de los novatos recién llegados, al cambiar de posición –al pobre se le habían dormido las piernas y las posaderas- y sin que fuera esa su intención, se dio cuenta de la hora que era. Acercándose al más sabio de los discípulos, esto es, al discípulo amado de Nokel, le comunicó su hallazgo. El sabio acólito, entristecido, hizo ver al novato su error e indicándole que volviera a su lugar, le hizo saber que su conducta era merecedora de un ritual de limpieza; y ni cortos ni perezosos se dispusieron a ejecutarlo… Pero de inmediato se dieron cuanta de que no podían, ya que, está claro, era ineludible la presencia del maestro para esa ceremonia… El discípulo amado, después de mucho meditar, de rogar perdón por su impureza y, fundamentalmente, por estar profundamente inquieto de que el maestro se demorara tanto –pensando que podía haberle sucedido algún trastorno grave… y ellos allí esperando como bobos- en fin, que el acólito amado de Nokel se levantó y partió en busca del maestro. Su sorpresa fue enorme cuando no encontró a nadie. Ni rastro de Nokel, ni rastro de dinero, ni rastro de acciones, de valores y de escrituras… ¡Ni rastro de nada! Ni siquiera entonces pasó por la imaginación del discípulo amado que su “maestro” se la podía haber jugado... ¿Pensar mal del maestro?... ¡En absoluto! Inmediatamente encontró la explicación: Alguien había entrado a robar y había secuestrado a su pastor. Aquello no sólo era terrible, era abominable… ¿Qué hacer? Consternado voló a la sala de oración y tras decir al rebaño cuanto había hallado y la explicación que le parecía más acertada, cayeron todos de rodillas. Todos los discípulos se rasgaron las vestiduras y se pusieron a orar y a mandar energías a su maestro para que éste, usando sus poderes, lograra salir de aquel trance, fuera como fuese, que hubiese sido el trance tal. Hubo ayunos, penitencias, plegarias, meditaciones, purificaciones… Pero el pastor no aparecía y nada se sabía tampoco del tesoro. Pasaron cinco días durante los cuales la desolación y la tristeza fueron intensas y constantes. Y para agravar más la situación, de pronto constataron que habían desaparecido también - y sin que nadie pudiera explicárselo -, uno de los discípulos… “¡Esto es una terrible pesadilla, un espejismo del ego!” Repetían sin cesar, cuando notaron la ausencia. “¡No puede ser cierto!” Exclamaban transidos de dolor. El rebaño llegó a la conclusión de que, tanto al maestro como a uno de sus discípulos, los habían secuestrado a la vez. Probablemente, seguían especulando, el discípulo habría escuchado ruidos y habría corrido en ayuda del maestro… “¡Si, eso debía ser!” Concluyeron todos. La entrega y el sacrificio de todos y cada uno de los seguidores de Nokel hizo que éstos aumentaran considerablemente sus penitencias, sus ejercicios devocionales, sus ayunos… Se esforzaron más; incrementaron más su dedicación a la obra; se volvieron más abnegados y fueron más plenos y sinceros –si eso era ya posible- Pero seguían en la más profunda ignorancia de lo que podía haber sucedido. Eso sí, ni una nube de duda, ni de sospecha acerca del pastor ni del discípulo ausente, atormentó al fiel rebaño; el sufrimiento que les aquejaba era únicamente promovido por el profundo dolor y la gran consternación que la repentina e inesperada perdida de Nokel había producido en todos ellos. Haciendo acopio de fuerzas, de paciencia y de obediencia –que eso era lo mas importante y sagrado - se entregaron de nuevo a la oración con la plena convicción, esperanza y fe de que su maestro, o bien les sería devuelto por los secuestradores o bien él mismo, en el uso de su poder, lograría revertir la situación, regresando junto a ellos con todo el patrimonio… Como el tiempo transcurría y seguían sin novedades, esbozaron otras alternativas, tales como: “Puede ser que él maestro nos esté sometiendo a una de las últimas pruebas para ser iniciados”... “Quizás haya terminado su misión entre nosotros y haya vuelto a la residencia celeste de los avatares... Tal vez haya hecho donación del dinero a algunas organizaciones no gubernamentales... También puede ser que el discípulo que falta, esté compinchado con los secuestradores y hayan robado el dinero, teniendo aun al maestro preso... O que el maestro haya reconocido, en los secuestradores, a elegidos disidentes, y haya querido devolverlos a nuestro redil…” Y un sin fin de cosas más. Pero fuera lo que fuese lo que se les ocurría, siempre salvaban a Nokel de toda sospecha. Finalmente decidieron que lo ocurrido no era otra cosa que una prueba del amor del buen pastor hacia sus ovejas. Nokel habría ido en busca de la oveja, u ovejas, descarriadas para hacerlas regresar al rebaño. Y ello aun a costa del tesoro o de él mismo. “¡Veréis como es algo así!” Decía, con vehemencia, el amado discípulo al resto del rebaño. Y todos, conmovidos por tal posibil