Los cuentos de mi pluma | Ser Rizomático

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PARTE FINAL Y CUENTO FINAL DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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Hoy les ofrezco la parte final y el cuento final de “Cuentos para la libertad”. Con esto no habré terminado de publicar el libro en este Blog, pero sí su mayor parte. El resto, que ya no es mucho, lo iré publicando, como hasta ahora, poco a poco. Y sin más preámbulo, les dejo con el texto:

“A MODO DE FINAL”

“No importa lo que piensen que eres, sino lo que eres”. Publilio Sirio

Hasta aquí la narración de historias de pueblos, reinos, pastores, trajes, listos y tontos, ciudades, hombres y mujeres, cuyas existencias únicamente cobran vida en la imaginación del autor y en el papel que las acoge; pero existencias, que si bien ficticias e irreales, y como tales carentes de identidad en sí mismas, poseen cierta consistencia y cierto rango de realidad en tanto que producen algún eco en el ser que las narra, y en el ser que, al leer el relato, las recibe.

La magnitud de la consistencia y de la realidad de los personajes, y de sus situaciones, producirán que cada uno de los lectores concluya “moralejas” y “mensajes” diversos. Para mí, conforme van brotando de mi corazón y de mi mente, orientan la dirección de mis pasos por cada una de las sendas que, desde mi libertad, poca o mucha, elijo en cada momento transitar; sí bien no se me escapa, que esas conclusiones no pueden ir más allá de dónde mi propia experiencia me permite ir. No es, en consecuencia, labor mía ofrecer al lector enseñanzas y descubrimientos que, por un lado, solo me servirían a mí, y por otro, él mismo, desde su vida y su aprendizaje debe encontrar. Por ello, que cada cual se esfuerce en su tarea y que el amor acoja la labor de todos, envolviéndonos en su inagotable fuente de luz y de vida.

No obstante, si alguien se sorprende, descubriendo dentro de sí que se ha encendido alguna lamparita –por diminuta que sea -, cuya presencia antes ignoraba, la entrega y el esfuerzo depositados en este libro se verán ampliamente recompensados.

…Y si no es así, si estos relatos sólo logran producir confusión y tedio, no habré perdido nada con escribirlos; y mucho habré ganado con ello. Si, digo mucho; aun cuando la ganancia sólo haya sido la realización de un libro de cuentos, y el hallazgo de que cada uno se pierde y se reencuentra en los cuentos que, a lo largo del trayecto por el laberinto, va creando y se va contando.

Pero hay que permanecer alerta y distinguir lo que el laberinto es, y lo que los cuentos que uno mismo se cuenta son.

El libro, pues, ha llegado a su fin; y como es bien sabido, toda meta constituye un nuevo principio. Porque así es, según yo lo veo. Creo que todo final es un nuevo principio que se abre a la esperanza de otro amanecer lleno de oportunidades; quisiera, por tanto, acabar como empecé: narrando un cuento.

Y sin más preámbulo, dejando a cada uno con este cuento y con el propio, me despido del lector:

“Érase una vez una humana criatura, que vivía atormentada por sus penas, anhelando hallar la manera de verse liberada de ellas. El hondo penar de ese pobre y desdichado ser consistía en no poder encontrar nunca el modo, por más que en ello se esforzaba, de saber quién era ella en realidad, qué buscaba, y qué deseaba en esta vida.

Tan desafortunada persona creía poseer una particularidad, extraña sobremanera, que la hacía distinta al resto de la gente que la rodeaba y vivía junto a ella. Y esto era que, estaba convencida de que alguien le había introducido en la cabeza un chip al que ella denominaba "desastroso". Este chip le permitía escuchar, constantemente, todo lo que los demás pensaban, opinaban, sentían e ideaban acerca de ella, antes incluso de que pudieran apercibirse de sus propias producciones mentales. El chip, que funcionaba de un modo absolutamente independiente a la voluntad de ese ser, y que no podía ser desconectado ni por él ni por nadie, se alimentaba de una desconocida energía que parecía estar, misteriosamente, a su disposición, haciéndolo funcionar correctamente, y sin avería alguna, durante toda la vida de esa criatura. Esta singularidad que convertía al chip en milagroso, hacía que su portador viviera una continua tortura; razón por la cual quién lo llevaba y sufría, había decidido ponerle ese nombre tan peyorativo de “desastroso”.

Cada vez que el ser intentaba emprender alguna actividad, o expresaba alguna necesidad, o mostraba algún deseo, inmediatamente escuchaba todo cuanto sus semejantes pensaban acerca de ello, y todos los juicios que formulaban de él. Oía, sin poderlo evitar, todos los pensamientos de aprobación, aceptación y agrado que sus actividades y las muestras de sus deseos, o la expresión de sus necesidades producían en los otros; y, simultáneamente también, escuchaba con igual nitidez todos los pensamientos de reprobación, rechazo y rabia que surgían en los demás como producto de sus actos, de la muestra de sus deseos o de la expresión de sus necesidades.

Fatalmente, el peso de los pensamientos de aprobación y reprobación, de aceptación y de rechazo, de agrado y de rabia, que las gentes producían hacia ella, siempre se distribuía por igual entre cada opuesto; de manera que la pobre criatura no sabía nunca que hacer, ya que hiciera lo que hiciera, siempre había un cincuenta por ciento de la gente descontenta con ella. El resultado era que la pobre persona se quedaba bloqueada y aturdida, y su empeño por complacer –lo cual le permitiría, al menos, escuchar desde su chip cosas agradables no recriminatorias- era tal, que ya no le era posible discernir ni separar sus propias necesidades, deseos, aspiraciones y metas, de los deseos, necesidades, aspiraciones y metas de los demás. Todo esto producía en este ser una confusión enorme, la cual, sumía a esta criatura en un estado continuo de desesperación y de sensación de hallarse perdida que era difícil de soportar. De ahí que ya no supiera ni qué buscaba, ni qué deseaba, ni quién era.

Los médicos que consultaba con la esperanza de hallar remedio a sus males, es decir, con la esperanza de que alguien pudiera desconectar el chip o, cuanto menos, ensordecer la mente de este ser a las continuas habladurías y transmisiones del chip, no encontraban el modo y manera de hacerlo. Algunos ni siquiera creían en su existencia, diciendo que todo eso eran alucinaciones y diagnosticando psicosis paranoica u otras cosas por el estilo. Pero que el chip existía era un hecho real y ¡vaya si existía!

Otros a los que también consultaba tan desventurado ser –como videntes y esas cosas- le decían, los unos, que eran contactos con identidades espirituales del más allá; los otros, que sí eran conexiones con extraterrestres y hasta hubo quien le dijo que podía tratarse de la Virgen o de los ángeles… El caso es que, fuera lo que fuera, su penar aumentaba sin que se atisbara solución alguna a tanto sufrimiento y los días transcurrían lentos y pesados sin pizca de paz ni sosiego. ¡Pero si incluso durmiendo podía escucharlo!

Era terrible ver, como este ser arrastraba su existencia miserablemente por la vida, deseando la muerte como único modo de acabar con el continuo e incesante parloteo de su chip.

Un día, mientras deambulaba cabizbaja, tropezó con un pequeño y extraño animal, con algo así como un cachorro de gatiperro - o de perrigato, según se vea -, pero lo extraño de ese cachorrillo no era la mezcla de especies que presentaba sino que, a través de su chip, el apenado y confundido ser pudo escuchar lo que el animal pensaba. Los pensamientos que, a través del chip, recibía del cachorrillo, podían concretarse, más o menos, así: “Llévame contigo a tu casa, quiero darte todo mi amor. ¡Me agradas mucho… eres una criatura tan dulce y bella!. ¡No sufras más, me hace tanto daño verte sufrir de ese modo, deseo consolarte y aliviarte de tu dolor!”. El pobre ser se dijo que su chip se había vuelto loco. Mirando al cachorrillo pensó de él: “¡Vaya desecho!. ¿De dónde habrá salido este bicho tan raro? ¡Uf, qué feo es!”… Y con un gesto firme y decidido, alejó con repugnancia al cachorro lejos de sí.

El infeliz ser esperó a que su chip le informara de todos los pensamientos de reprobación, de rechazo y de rabia que el cachorrillo, sin duda, iba a generar por la conducta que había tenido con él; pero sorprendentemente, y contradiciendo las expectativas que había albergado dentro de sí, acerca de los pensamientos que generaría el cachorro, la infeliz criatura escuchó que el chip le transmitía: “Sé que tu corazón es noble y bondadoso aunque parezca que quieres herirme… ¡Sufres tanto que no puedes oír lo que tu corazón te habla y lo que tu alma desea!. Pero sólo hay generosidad y pureza dentro de ti… Nada te reprocho por lo que me has hecho –seguía emitiendo el chip, transmitiendo fielmente todos los pensamientos del cachorro -, únicamente siento piedad de ti y deseos de estar contigo… Te amo sin condiciones, hagas lo que hagas y pienses lo que pienses; y sólo quiero darte mi amor y mi calor… Ya sé que tengo un cuerpo raro, feo y contrahecho… ¿Qué le voy a hacer… Qué otra cosa iba a salir de una gata callejera y un chucho miniatura y vagabundo? Me guste o no, así eran mis padres. Me dieron la posibilidad de llegar a este mundo. ¡No puedo cambiarlos por otros y debo aceptarlos como son! Eso me permite conocer la aceptación y… ¡También yo me acepto como soy!… Aunque a decir verdad, ¡mi trabajo me ha costado! Y, además, ¡soy tan pequeñín... Tan poquita cosa!”.

Y mientras la mente del cachorro producía todos estos pensamientos, el animalillo miraba con una ternura infinita a ese ser portador del chip desastroso. De pronto, la criatura rompió en un tumultuoso y desgarrador llanto de aspecto infrahumano, y el “pequeñín perrigato”, acercándose a ella, y encaramándose por sus ropas, llegó hasta su cara y la llenó de lametones, limpiando las lágrimas que corrían, abundantemente, por el rostro de aquel ser.

Poco a poco, el llanto de la criatura se fue haciendo más sosegado, más humano, más tierno, más esperanzado… La criatura abrazó con ternura y llena de agradecimiento al cachorro que, emitiendo un sonido, le devolvió el abrazo. Aquel sonido, a juzgar por la delicadeza del tono, parecía ser de cariño, y aunque era como una mezcla de ronroneos y ladridos, evocaba un hermoso y apacible canto.

De pronto, la criatura se vio sobresaltada por un silencio ensordecedor. Pensó: “O el chip se ha callado, o el cachorrillo ha enmudecido… Ha dejado de pensar… ¿Se habrá muerto en mis brazos…?. Alarmada y llena de angustia, la criatura se dispuso a examinar minuciosamente al animal, pero, en ese mismo instante, el cachorrillo se acurrucó aun más en sus brazos, y el perplejo ser se dijo: “Así que está vivo”, encaminándose a su casa, y llevándose con ella a aquel “gatiperro”que tanto le había conmovido, y tan nobles pensamientos le había dedicado. Mientras caminaba, se cruzó con personas que, mirándola cómo portaba al cachorrillo, se quedaban perplejas por la singularidad del extraño y feo bicho. Algunas de esas gentes le dirigían la palabra expresándole su asombro al ver la particular rareza del cuadrúpedo… Pero el chip seguía mudo. Algo lo había desconectado al fin.

Lentamente, la vida de aquella criatura cambió para bien. Aprovechando el gran silencio que se había instaurado en su interior, esa criatura pudo ir encontrándose a sí misma y descubriendo quién era en realidad. Pudo conectar con lo que deseaba y con lo que quería y, de ese modo, experimentar, junto a su identidad, los sentimientos que albergaba. Todo ello a la vez que cuidaba con cariño, esmero y dedicación del cachorrillo que, a su vez, conforme iba creciendo, iba perdiendo fealdad, y ganando un atractivo encanto.

Los dos aprendieron la mejor manera de expresarse mutuamente sus necesidades, sus deseos y de darse el uno al otro toda la dedicación y los cuidados que podían. La criatura llamó a “perrigato” Amor; y éste llamó a la criatura Esperanza.

Un día, mientras ambos corrían por un prado, aprovechando la cálida caricia de las primeras jornadas de la primavera, algo se escuchó caer sobre la hierba, y al parecer, había caído de la cabeza de Esperanza. Esta y Amor, que ya no era tan cachorro, buscaron entre la hierba para ver que era. ¡Cuál no sería su sorpresa al encontrar un oxidado y deteriorado chip!. Y es que no hay nada, absolutamente nada, que se resista a la fuerza del amor incondicional, y a la esperanza.

Y hasta hoy, nada ha vuelto a perturbar el transcurso de la vida de estos seres, de cuyos ojos irradian limpias y serenas miradas, que, con sólo sentirlas posarse sobre nosotros, nos llenan de armonía y de felicidad”.
Fin de esta parte, pero el libro, Continuará...

Carmen Moreno Martín
alias Hannah


Imagen: tomada sin permiso de:
www.educared.org.ar/comunidades/tamtam/ciclopedia/2204El-ser-o-no-ser-y-la-n.jpg

(Si hubiere algún problema, háganmelo saber y la retiraré. Gracias.)

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Jueves, 17 de Abril de 2008 10:15 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 24 comentarios.

8ª Y ÚLTIMA PARTE DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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Como pueden comprobar, todo llega en esta vida, así que aquí está la última entrega del cuento:

 

… Las palabras poder y riqueza golpearon la mente de Manuel como un mazazo, abriendo en el corazón del chico una brecha de vivo e intenso dolor; la imagen de aquel caballero del salón del tesoro, pasó por sus ojos a la vez que éstos se llenaban de lágrimas y su alma de sincero y profundo arrepentimiento. Despreciando poder, prestigio, grandeza, riqueza y dominio; gritó firme, decidido y sin titubear que jamás accedería ni firmaría nada que le propusieran y mientras lo repetía, se levantó de aquellos mullidos almohadones y deshaciéndose de las doncellas que le acariciaban, se retiró de aquella mesa y se despojó de las ricas prendas con las que lo habían vestido, recuperando y volviendo a vestir sus humildes y ásperas prendas de pastor.

Manuel sintió que el baño que había recibido le había ensuciado en lugar de limpiarlo; y lamentó, igualmente haber aceptado comer y beber aquellos alimentos que aquellos maestros le habían ofrecido. Sufría intensamente porque por un lado, aquella oferta le tentaba mucho, pero por otro, algo le decía en su interior que debía seguir con la prueba y que aquellos hombres de maestros no tenían nada. Manuel pensó que si era devuelto al sarcófago para morir y ser enterrado, tendría muy pocas posibilidades de continuar la prueba… tal vez tuviera mayores probabilidades de conseguirlo si, fingiendo aceptar la propuesta, lograba escapar y encontrar el laberinto de nuevo… se dio cuenta de que se estaba dejando atrapar de nuevo por ese "puñetero" lado oscuro que todos y cada uno de los hombres llevamos dentro. Aquello no era una solución. Sí tenía que morir, moriría. Pero en ningún caso se valdría de engaños ni viles ardides para superar la prueba. Luego recordó todos los sufrimientos y torturas por los que había pasado en los primeros tramos del laberinto y que no habían sido otras cosas que las imágenes de todos los miedos que yacían ocultos en su propia mente y que él mismo había proyectado.

El pastor, perdido y confuso, no sabía que hacer ni que pensar. Hasta llegó a creer que todo aquello no era más que un sueño, una terrible pesadilla; y que llegada la aurora, despertaría como siempre, junto a su rebaño, y volvería a disfrutar de sus verdes prados, de las frescas aguas de sus cristalinos ríos y de sus adoradas montañas. Luchaba desesperadamente consigo mismo y con todos los pensamientos que cruzaban, como flechas, por su atormentada mente; pero seguía rechazando con fuerza a los maestros y sus propuestas. Finalmente, Manuel, con una voz cuyo tono no ofrecía lugar a dudas, exigió ser trasladado inmediatamente al ataúd. Afirmó que no admitía, ni un instante más, la presencia de tales personajes; que no estaba dispuesto ni a embrutecerse él mismo, ni a perder su honradez, ni a mancillar a quienes habían confiando en él. Decididamente no quebrantaría el juramento formulado. Manuel terminó diciendo que estaba preparado para morir, sí eso era lo que le aguardaba; y que ya estaba bien de charlas y gaitas. Fugazmente, el rostro del anciano presidente de la asamblea paso por su mente “Pero sí parece que está ahí sonriéndome y tendiéndome la mano” Se dijo Manuel sorprendido. Finalmente, los maestros ataron de pies y manos a Manuel y lo devolvieron, como por arte de magia, al interior del sepulcro. Manuel, ya en el sepulcro, se alentó diciéndose que más valía una muerte honrosa que una vida revolcada en el lodo y en la maldad. Liberado ya de todas sus dudas y angustias, y creyendo inminente su fin, se encomendó a su Hacedor con corazón humilde y confiado... Y de repente, cuando el pastor mas sereno y sosegado estaba, entregado por entero a la oración; un viento huracanado le arrancó de allí elevándolo y dando a su cuerpo un vertiginoso giro en espiral. Trató el pastor de buscar dónde agarrarse, por si aquello fuera un ardid de la oscura magia de aquellos maestros. Seguramente, pretendían seguir intentando, sembrar la confusión en su mente; pero a nada logró asirse, y el cuerpo de Manuel se estrelló contra el suelo de un profundo y maloliente pozo que estaba lleno de huesos y cadáveres en putrefacción.

El hedor de aquellos despojos provocó el que Manuel vomitara todo cuanto había ingerido y más, lo cual aumentó la flaqueza del maltrecho chico. Casi muerto, Manuel recordó a sus perdidos seres queridos y su alma se alegró al presentir que pronto partiría junto a ellos. Una vez más Manuel recordó a la princesa y a su padre el rey; y una vez más Manuel sintió una infinita tristeza por no haber podido ayudarles, e imaginando acariciar sus rostros con sus manos, como queriendo borrar de ellos los profundos surcos que el sufrimiento había arado en ellos, enjugó, mentalmente, con sus ropas las lágrimas que imaginó ver brotar de los ojos del rey y de Libertad; y desbordado de ternura, cerró sus propios ojos, pensando que nunca más volvería a abrirlos.

El cuerpo del muchacho yacía inerte en aquel pozo y su joven pecho había dejado de moverse para introducir aire en su interior. Nada hacía concluir que siguiera vivo, todo lo contrario, el rictus de la muerte podía apreciarse ya en sus armónicas facciones. No obstante, una frágil llamita de vida parpadeaba aun en el corazón del chico, con la agudeza necesaria para que, Manuel, pudiera ser consciente de la muerte y discernir que aquello que era morir, era dulce y apacible como nunca se hubiera imaginado.

Manuel se abandonaba, más y más, en brazos de aquella placentera y apaciguante sensación, cuando de pronto, advirtió que una mejilla rozaba la suya y unos labios murmuraban en su oído una maravillosa y desconocida palabra, la cual iba haciendo que Manuel se llenara de renovadas fuerzas y de una renovada vida. El cuerpo de Manuel fue recuperando calor, energía y vigor; su corazón recuperaba el latido rítmico, fuerte y vital correspondiente a su juventud y el pecho de Manuel se levantaba y se expandía vaciando y llenando de aire sus pulmones. La sangre volvía a circular cálida y bulliciosa por las arterias y venas de Manuel y la vida, radiante, volvía a él. Manuel, se sintió agarrado por una mano segura, confiable y fuerte, la cual tirando de él lo puso en pie.

De pie, Manuel abrió sus ojos y vio, en la oscuridad, al anciano que lo había introducido en el ataúd. Manuel observaba como el anciano se alejaba de él y, nuevamente, se dijo a sí mismo que ese anciano le recordaba a aquel otro, es decir, al presidente de la asamblea... Luego, dulce y suavemente, Manuel perdió el conocimiento nuevamente.

Cuando Manuel volvió en sí, se hallaba sobre un florido campo y el presidente de la asamblea, arrodillado junto a él, le ofrecía amistosamente un poco de vino y unas frutas. Manuel, agradeciendo al anciano su dádiva, lo rechazó. Se puso en pie, y pidió ser conducido de inmediato ante el rey, Libertad y la asamblea. No recordaba nada de lo que había pasado, ni que hacía allí. Pero sabía muy bien que su amada le aguardaba para desposarle y que su misión en este mundo era ser pastor... o rey. ¡Que era lo mismo! Que su trabajo, de ahora en adelante, sería el de reinar junto a su esposa y entregarse en cuerpo y alma a velar por la felicidad de ésta y del reino. Y Manuel rogó al anciano presidente, que no lo entretuviera más con preguntas, porque tenía mucha prisa.

Los festejos por las bodas del reino y la coronación de los nuevos monarcas duraron tanto, tanto, que al final muchos ya no recordaban que era lo que festejaban.

Los jóvenes esposos se vieron colmados de dones y de gracias, pero nada les satisfizo tanto como el regalo que para ellos representaba el contar con el amor de todo su pueblo. Y el reino creció en sabiduría por toda la eternidad. ===Fin del cuento===

Imagen: http://www.educared.org.ar/tamtam/lmages/2606lucia.jpg

¡Que tengan unos días festivos ricos y relajantes! ¡Hasta el lunes, lectores, que me voy unos días!

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Jueves, 06 de Diciembre de 2007 12:49 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 34 comentarios.

7ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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(Y esta entrega es la penúltima)

… Aquel pasadizo ascendía, vertiginosamente, en forma de espiral. La verdad, ese nuevo trazo de laberinto poseía una enojosa semejanza con aquel saco que Manuel había dejado atrás en la sala del tesoro, y es que ambos parecían no tener fin. Mientras Manuel ascendía lenta y trabajosamente, pensó que había perdido, ya del todo, la noción del tiempo y del espacio. Desde que entrara en el laberinto, nada había tomado el muchacho. No sólo entró desprovisto de víveres, sino que nada había encontrado en el camino que pudiera echarse a la boca. Ni líquido, ni sólido, ni nada de nada había comido Manuel desde que el anciano presidente de la asamblea lo abandonara allí a su suerte. ¡Era un verdadero milagro que aun estuviera vivo! Manuel, que avanzaba con una enorme dificultad y con un agudo dolor por aquel túnel, poco a poco, fue notando como se debilitaba por momentos y como iba desfalleciendo; al borde del desmayo, el pastor se dejó caer para descansar unos instantes y recobrar algunas fuerzas; eso si le quedaban aun. Creyendo que ello le animaría, evocó los alegres prados de su hogar, sus montañas, los animales que había pastoreado, a los lobos y las luchas que había mantenido con ellos, las terribles noches de angustia y de soledad que había vivido y las maravillosas noches estrelladas de luna llena, en las que cada estrella parecía poderse coger con la mano y la luz se reflejaba en la húmeda pradera, dejando una alfombra verde azulada y brillante que invitaba a dormir sobre ella. En esas noches luminosas, en las que la hierba era su lecho y el cielo su techo, el pastor creía poder dar paseos entre las galaxias y sentía que su soledad se llenaba de amigos. Imaginaba entonces, que cada estrella, cada planeta que divisaba era una entidad de amor que lo protegía y lo cuidaba. Y Manuel se dormía plácidamente en la confianza de que su sueño sería perfectamente velado por tan excelsos guardianes.


Al despertar, el chico se puso a meditar sobre todo lo que había vivido y analizando lo que hacer con ello, recordó algo que había escuchado decir a cierto sabio sobre que, la experiencia no es lo que a uno le acontece, sino lo que uno decide hacer con lo que a uno le sucede. Y, aunque no recordaba qué sabio lo había dicho, encontró que era muy acertado. Así que Manuel sintió que lo que debía hacer, con todo cuanto le venía sucediendo, era aprovecharlo para extraer algún aprendizaje que le pudiera ayudar a salir de allí, o al menos que le ayudara a encontrar comida y bebida; que era, de forma inmediata, lo más urgente de todo.

Ya hacía demasiado tiempo que nada entraba en su estómago, y a punto de desfallecer, Manuel arribó a una puertecilla y tras subir tres escalones, primero, y otros dos después, dispuestos todos ellos en forma de caracol, llegó a una pequeña ventana y enderezándose, pudo divisar que ésta daba a un espacio cerrado y oscuro, de negro suelo y de negras paredes cuyo alto techo estaba cerrado por una bóveda. Manuel vio que tanto la luz blanca como la neblina procedían de nueve ranuras abiertas en la bóveda. Un extraño cajón de madera negra, que parecía un ataúd, se hallaba dispuesto en el centro de la cámara, cubierto con un enorme y grueso paño negro. Manuel creyó que todo aquello parecía una cámara mortuoria. Un estremecimiento se apoderó de él a la par que se dirigía hacia lo que parecía la entrada de la tenebrosa cámara y tan absorto iba que tropezó y cayó, pues no había advertido que nuevamente, tenía que subir más escalones, exactamente tres más que estaban construidos igualmente en espiral. Manuel se puso en pie y, buscando en su interior si le quedaban aun algunas fuerzas, ascendió los escalones y cruzó el umbral adentrándose en la tétrica cámara. En medio de la sala, un anciano vestido de negro parecía que le hubiera estado esperando. No podía verle el rostro por tenerlo oculto por la sombra que el capuchón que llevaba, reflejaba sobre su cara. El anciano pasó su brazo por encima de los hombros de Manuel y, de un modo cálido y enérgico a la vez, acompañó a Manuel a la cabecera del sarcófago, forzándole a que se tendiera en su interior. Sobrecogido de pánico, extenuado de agotamiento, desfallecido de hambre y de sed, sin fuerzas ya para preguntar ni resistirse, se abandonó a la voluntad del anciano y se echó dentro del ataúd como si éste fuera una mullida cama. Una terrorífica idea asaltó su mente: “¿No sería el anciano alguno de aquellos caballeros? Si, alguno que haya enloquecido; como le ocurrió al de la sala del tesoro y que haya sabido de mí existencia en este laberinto y de mí decisión de salir de él… Alguno que quiera matarme al igual que quería hacerlo el otro”… Manuel, dando por sentado que esa suposición era la única posible, atenazado por el miedo, aterido de frío y casi muerto ya de inanición y fatiga, se encomendó a Dios, disponiéndose a bien morir; y mientras oraba, una lucecita se iluminó dentro de él, al establecer un nexo entre este anciano de la cámara mortuoria y aquel otro anciano que le preparara para la prueba y acompañara al laberinto.

Manuel, mientras seguía orando, pensó que tal vez fueran la misma persona. Esa nueva idea dio algo de tranquilidad al chico, quien pudo abandonarse a su suerte con una pizca de confianza. El anciano cubrió el cajón y a Manuel con aquel grueso y enorme paño negro. Manuel permaneció unos instantes en la más absoluta de las tinieblas hasta caer en un extraño vacío. El joven pastor sintió que nunca antes había estado tan cercano a la muerte. Allí, en el sarcófago, pasó revista a lo que había sido su vida. La verdad es que, salvo algunas travesuras de pequeño y algunas leves ligerezas de adolescente, el chico era impecable tanto en su honorabilidad, en su conducta y en su honradez, como en la belleza y en la pureza de sus sentimientos. Que Manuel no era un erudito, ya se sabía, pero su corazón y su mente estaban tan limpios que la inteligencia natural que poseía brillaba y actuaba en él como si del más sabio de los hombres se tratara. Ya prestó a abandonarse a la muerte si llegaba, unos ancianos que se parecían a aquellos sabios de la asamblea, adoptando un majestuoso aire de maestros, surgieron ante los ojos del muchacho. Manuel escuchó que los maestros se dirigían a él con una propuesta que, de ser aceptada por él, le proporcionaría prestigio, poder, grandeza y riqueza para toda la vida; la propuesta implicaba renunciar a seguir buscando la salida del laberinto y olvidar tanto al rey y su reino como a la princesa; a cambio, además de lo ya prometido, sería trasladado a un lujoso palacio cuyos sabios y magos le transformarían inmediatamente en un hombre conocedor de toda la ciencia y la sabiduría del mundo. Si aceptaba esa propuesta, Manuel recibiría, además de un gran poder, un surtido y numeroso harén para su eterno disfrute.

La perplejidad de Manuel no tenía límites y como esos maestros no habían llegado solos, sino acompañados de manjares y bebidas que habían ofrecido a Manuel, éste pidió escuchar una vez más la oferta mientras comía. “¡Mucho mejor aun, joven señor!” Dijeron aquellos ancianos maestros a Manuel; y tomando a éste de los brazos, le transportaron mágicamente a un idílico y seductor lugar, en medio del cual una gran bañera llena de fragantes y cálidas aguas estaba dispuesta para su baño. Bellas y solícitas doncellas lavaron y perfumaron a Manuel, vistiéndole luego con ricas y suaves prendas, tras lo cual, lo acompañaron a recostarse sobre mullidos almohadones de seda, dispuestos en torno a una mesa llena de manjares, encima de la cual, podía verse extendido un pergamino en cuya superficie podía leerse la propuesta efectuada a Manuel. Una pluma de pavo real, hecha en oro, y un puñal, elaborado con el mismo material, se encontraban dispuestos para su uso, al lado del pergamino. Los maestros repitieron la propuesta a Manuel mientras éste, limpio, perfumado y descansado, saciaba su hambre y su sed. Estaba embelesado con todo aquello e irradiaba felicidad “¿Qué importa que tenga que firmar este pergamino con mi propia sangre, qué importa todo, al lado de la magnitud de la recompensa que voy a recibir?” Se decía el chico a punto ya de sucumbir a la tentación… Le habían contado que todo aquello provenía de la herencia de un gran señor que había fallecido sin heredero, ni heredera alguna, y que había legado a los maestros toda la inmensa fortuna que había dejado. Así que la procedencia de todas esas riquezas era noble y limpia. En tanto que el pastor calibraba las consecuencias de aceptar la propuesta. Y mientras los maestros continuaban asegurándole que nada de malo había en aceptarla, Manuel asoció lo de “sin herederos” con lo de aquel rey a quien Manuel había jurado superar la prueba, y desposar a su hija para salvar al reino.

Manuel se sentía fragmentado, y el gozo por el disfrute que obtenía era equiparable al de la tristeza que sentía. El confuso pastor no sabía qué hacer, ni a qué atenerse mientras seguía escuchando a aquellas seductoras voces, (que ya no sabía si eran las de los maestros o brotaban de sus profundidades), cuyos tonos eran tan dulces, suaves y delicados, que lo envolvían y mecían sin dejarle alcanzar la concentración necesaria. Y mientras Manuel se debatía en la duda, el maestro que parecía más sabio de todos, se le acercó, y como si hubiera leído su pensamiento se sentó junto al pastor diciéndole: “Manuel, no dudes tanto, hijo; te estamos ofreciendo lo mejor, pero ya que la duda no te permite aceptar, te ofreceré aun más. Mira hijo, si accedes a la propuesta que te hacemos, yo mismo te conduciré de inmediato junto a esa princesa que, al parecer tanto te agrada, y que te aguarda impaciente, para que la desposes. Luego, te coronaré como dueño y señor de todo este imperio. No sólo podrás reinar sobre ese pequeño reino, sino sobre todo el mundo. Todo será tuyo Manuel, incluidos aquellos con quienes adquiriste el compromiso de pasar la prueba. Como ya te he dicho, podrás desposar a la princesa si eso es lo que deseas; y aun más, hasta el laberinto será tuyo; sabrás donde está y podrás entrar y salir de él a voluntad. Piénsalo bien muchacho, porque si te niegas a acceder, no sólo serás arrojado nuevamente al laberinto, sino que serás enterrado para siempre en él, en ese mismo ataúd del que te rescatamos para traerte aquí… Medítalo bien, Manuel… ¿Vas a renunciar a tanto poder, a tanta felicidad y a tanta riqueza a cambio de nada, a cambio de la muerte?” …===Fin de la 7ª entrega===

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

Imagen: http://rocko.blogia.com/upload/escaleras.jpg

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Miércoles, 28 de Noviembre de 2007 21:51 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 21 comentarios.

6ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… Lo de perder a Libertad, le entristecía, sobremanera. Le apenaba enormemente el no poder desposarla, pero más aun lo hacía la probabilidad de que ese caballero recayera y enloqueciera otra vez. No lo iba a pasar muy bien la princesa si sucedía algo así, y la joven no merecía seguir sufriendo tanto. De modo que se preguntaba: “¿Estaría en condiciones este caballero, y sobre todo si sufría una recaída, de conseguir que la felicidad del reino perdurara para siempre?” Concluyó que, sí conseguía sacar del laberinto a ese caballero, se tendría que quedar cerca del reino, ¡por sí acaso!... Él sería el responsable de ello… De pronto advirtió que estaba divagando demasiado y que lo importante en ese momento no era sí sería rey el caballero o él mismo, sino superar la prueba, o lo que era lo mismo, salir del laberinto lo antes posible. “Sí, lo principal, ahora, es salir de aquí con vida y cumplir el compromiso que tanto los caballeros como yo hemos contraído” Así que, Manuel, se centró en buscar algo con que desatarse. Y buscando estaba, cuando percibió junto a sus pies una sortija, cuya piedra preciosa parecía tener agudos filos. No fue nada fácil, tal y como Manuel estaba atado, hacerse con la sortija, pero al fin lo consiguió. Manuel esperó hasta comprobar que de nada se había percatado el hombre aquel. Luego, con paciencia, perseverancia, e ignorando los cortes que se inflingía, al tratar de cortar las ligaduras de sus manos; consiguió liberarse.

Ya libre de las sogas que lo sujetaban al saco, Manuel tomó la sortija en sus manos y pensó que sería un buen regalo de boda para Libertad... Pero el nombre de la princesa le hizo recuperar el sentido. “¿Cuál sería la procedencia de todo aquello?”… Manuel, se dijo que probablemente habían sido adquiridas con malas artes, y sino había sido así, podía tratarse simplemente de otra alucinación provocada desde el lado oscuro de los hombres... Desde su propio lado oscuro, pensó Manuel, sintiendo una profunda pena de sí mismo y de cómo se había dejado atrapar por esa sortija; se dispuso a lanzarla lejos de sí. Pero entonces, el hombre volvió nuevamente junto a él increpándole otra vez del siguiente modo: “¿Querías llevarte esta joya, no?… ¿Era eso?... ¿No, ladronzuelo?... ¡Suelta lo que hayas cogido, ignorante plebeyo!… ¡No escaparás de aquí!… ¡Ah!… ¡Pero si has logrado desatarte!... ¡Quieres escapar y delatarme!, ¿no?” Y agarrando fuertemente a Manuel por un brazo, buscó con que atarlo de nuevo. Aquel hombre tenía una fuerza descomunal. Inútilmente se esforzaba Manuel en pedir al caballero que entrara en razón, en recordarle quién era y para qué había entrado allí; en darle explicaciones acerca de la misión que debían realizar, en convencerle de su inocencia o en querer desasirse de su mano... El otrora noble caballero, con ojos enrojecidos y mirada febril por la codicia, la avaricia y la ambición, hacía caso omiso de sus palabras y seguía tirando de él, profiriendo amenazas e insultos sin cesar; hasta que el joven, haciendo acopio de toda su energía, logró soltarse y escapar del enfurecido hombre. En ese momento, el infeliz y desgraciado caballero, sacó una llave de uno de sus mugrientos bolsillos, y paseándola delante de los ojos del joven, le dijo a éste con voz soez y grotesca: “Mira estúpido y miserable plebeyo, esta es la única llave que existe de la única puerta que hay para salir de aquí”… Y entre carcajada y carcajada, prosiguió diciendo: “¡Y tú nunca podrás hacerlo porque jamás, jamás podrás arrebatármela!… ¿Lo oyes bien, imbécil?… ¿Te das cuenta, sucio traidor?… ¡Sí crees que, ni por un momento, voy a permitir que vayas con el chisme al tonto de Adonai, para quedarte con todo esto en exclusiva, te equivocas!… ¡Venga, ponte a trabajar, estúpido!”… Y lanzando a Manuel al interior del saco, lo puso a que aplastara las joyas con sus pies para lograr que el saco tuviera más capacidad. Manuel parecía estar pisando uvas en un lagar, sólo que las joyas no eran tan blandas como las uvas, y como estaba descalzo, empezó a producirse profundos cortes en los pies. Mientras pisaba una y otra vez las joyas con sus pies, bajo la estricta vigilancia del avaro que no le quitaba ojo de encima, el muchacho sintió que la degradación en la que había caído aquel caballero era terriblemente penosa. Profundamente entristecido, Manuel sintió que mares de compasión y piedad hacia aquel desdichado ser levantaban en su corazón grandes olas, subiendo hasta sus ojos abundantes lágrimas.

El caballero, viendo el llanto que anegaba al chico, creyó que éste lloraba de dolor por sus pies, y que sí tan heridos los tenía, no podría ni andar ni, en consecuencia, moverse de allí; y como por otro lado, únicamente él tenía la llave de la puerta, sintió que no había ningún peligro de que aquel “sucio bellaco” lograra huir. Autocomplacido por como había resuelto la situación y feliz por tener a ese chaval controlado, aquel desdichado volvió a su inacabable y eterno trabajo. El desventurado parecía haber olvidado, además de dónde estaba y para qué había llegado allí, quién era; incluso, parecía no percatarse, de que aquel infernal saco no podía ser desplazado ni tenía fondo. Aquejado de una desmedida ambición, se había vuelto ordinario, soez y ladrón. No recordaba absolutamente nada ni de su linaje, ni de su pasado, ni del juramento que había formulado, ni de lo que se dice nada de nada. Sólo un afán le movía, y éste era llenar aquel saco y llevárselo para su propio y único disfrute. Mientras trataba inútilmente de llenar el saco de piedras preciosas, de monedas y de joyas, pasaron por su mente algunas de las palabras y explicaciones que le diera Manuel para intentar salvarlo, diciéndose: “¡Hay que ver las sandeces que se inventaba ese idiota para poder escapar de mí y traicionarme!... ¡Ni que yo fuera retrasado mental!... ¡Cómo que iba a creérmelo!”… Y gesticulaba, el malogrado caballero, de manera airada y burlesca, soltando entre grito y grito ruidosas y ordinarias carcajadas...

Manuel siguió llorando, profundamente conmovido por tanta maldad, y también porque nubes de desesperanza empañaban su corazón. Ya no podría aliviar la tortura del rey, quien sin herederos varones ni pretendientes para su heredera, vería sin remedio como llegaba el fin de su reino; tampoco podría ya Manuel, seguía pensando éste, liberar los ojos y los labios de la princesa, de aquella honda tristeza que se reflejaba en ellos. Manuel se sintió muy desgraciado de haber fracasado en su misión y de ser la causa por la cual iba a engrosarse el dolor y el sufrimiento de todas las gentes de aquel reino. Y mientras lloraba y su mente se ocupaba en esos pensamientos, sus labios elevaron una plegaria de perdón –tanto por él como por aquel malvado hombre y, también, por todos los infelices y malvados caballeros que, errantes, siguieran aun, encerrados en sus propios infiernos, reviviéndolos en el interior de aquel laberinto.

A Manuel no le quedaba ya ningún tipo de duda respecto de que lo infernal no era aquel recinto, sino la maldad que anidaba en las profundidades del corazón humano, en ese tenebroso lado oscuro que todos, incluso él mismo, tenemos escondido en lo más ignoto de nuestras entrañas y de nuestra mente. Pensó Manuel: “Sí, tal vez yo sea aun peor que ellos y no lo sepa”… Entristecido por esa posibilidad, Manuel continuó su oración y dio también gracias a su Creador por cuantos dones le había concedido, rogándole que le diera fuerza, firmeza y discernimiento para limpiarse de sus tinieblas y arrancarse de sus entrañas todo brote de maldad; además de pedirle valor para enfrentarse cara a cara con todo, bueno o malo, lo que llevara dentro y poder ser él quien lo dominara; siguió pidiendo al Creador la valentía de descubrir todos sus autoengaños, sobre todo los provocados por esas imágenes y realidades internas que esclavizan la mente y el corazón humano. Finalmente le pidió a su Creador, sabiduría para hallar alguna solución a la situación que estaba viviendo... Repentinamente, el joven advirtió con sorpresa que un gran portal aparecía en uno de los muros, justo en el que le quedaba más cerca; y que las puertas de ese portal estaban abiertas. Miró al caballero que, durante todo aquel tiempo, le había estado vigilando sin cesar; pero en ese momento parecía haberse olvidado de él, así que, tomando un fuerte y gran impulso, dando un gran salto se arrojó al umbral del portal, produciendo un estrepitoso ruido al caer.

El caballero, alertado por el estruendo, se dio cuenta de la intención de huida del muchacho; y lanzando llamas de furia por los ojos, y terribles amenazas por la boca, se dirigió corriendo hacia Manuel. El joven, al ver que aquel desalmado se abalanzaba sobre él, intentó nerviosamente levantarse y correr; pero el dolor de sus pies heridos, la fatiga y el hambre no se lo permitieron, y cuando estaba ya casi a punto de ser atrapado, el portal, tan inesperadamente como había surgido, desapareció; volviendo a convertirse en un grueso y sólido muro. El caballero que, no pudo evitar estrellarse contra esa pared, se quedó del lado de la estancia; mientras que, Manuel, se quedó del otro lado; fuera de las garras de aquel ambicioso y codicioso avaro.

Otro pasadizo, alumbrado por un tenue y blanquecino resplandor, cuya luz parecía venir de una blanquecina neblina, se abrió a los ojos del pastor. Decidido y con pie firme, avanzó Manuel por el túnel, pero la estrechez del mismo, unida a la fuerte pendiente ascendente de aquel trazo, hizo que la marcha del muchacho se tornara muy laboriosa… ===Fin de la 6ª entrega===

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Carmen Moreno Martín

alias Hannah


N.B. El día 18 de este mes, esta página cumplió dos años, y yo, como bloguera cumplí dos años y siete meses. ¡Toda una bebé!. Bueno, novecientos artículos presentados, de los cuales el 70% -aproximadamente- es de cosecha propia, no está mal para un bebé... Y aunque en esa cosecha propia haya que hacer una buena purga, por la "morralla" que a veces sale de mi pluma, lo reconozco, me siento orgullosa de ella... Tanto como de la ajena, que le vamos a hacer, no soy lo humilde que debiera... Pero es que ¡nadie es perfecto!, y yo, menos que nadie. Quiero sobre todo expresar mi agradecimiento y cariño a todas las personas que han acompañado mi andar durante este tiempo, enriqueciéndo mis publicaciones con sus comentarios. Algunas personas me acompañan fiel e inagotablemente desde el inicio en Blogspot. A ellas un abrazo muy especial.

 

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

 

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Martes, 20 de Noviembre de 2007 20:38 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 74 comentarios.

CUENTOS PARA LA LIBERTAD: 5ª ENTREGA DEL CUENTO "EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY", DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… Sentado en la oscuridad, Manuel evocó las horas felices que pasó como pastor; evocó como llamaba a los animales para que comieran de su mano y como se quedaba dormido junto a ellos; y evocó, por último, como lograba que los lobos huyeran despavoridos a pesar del miedo que sentía frente a ellos. Manuel se dijo a sí mismo que esos recuerdos sí habían sucedido en su vida pasada. Sus experiencias como Pastor, sus errores, sus aciertos y todo el aprendizaje de la vida que para sí obtuvo en aquel camino sí fueron reales. Manuel comparó su vida de pastor y las experiencias que obtuvo en ese recorrido, con lo que le ocurría en ese laberinto, con las alocadas y terroríficas criaturas que le perseguían, y con todos los espantos que encontraba. Y pudo ver, nuevamente, que todos aquellos espantos de ese terrible lugar, no eran otra cosa que el producto de todos los temores que se escondían en su mente. Manuel comparó también todas esas creaciones mentales con sus terrores nocturnos al principio de ser pastor. Entonces, a sus quince años, Manuel tenía tanto miedo de ser atacado por esas manadas de fieras, ya fueran de lobos o de osos, que se lo imaginaba todo como si ocurriera, e incluso, como si necesariamente fuera a ocurrir. Cuando eso hacía, cuando daba por hecho que los lobos o los osos iban a atacarlo y a devorarlo, se llenaba de angustia y de pavor, tanto, que temblaba como una hoja; hasta que se decía "chico, que todo es pura imaginación tuya" y con frases parecidas lograba recuperar la calma.

De tal manera se torturaba el chico con los daños que los lobos y los osos podían acarrearle, que tenía terribles pesadillas que no le dejaban dormir, y con cualquier ligero ruido del entorno, cuando dormía al descubierto, se sobresaltaba sin lograr conciliar de nuevo el sueño. Manuel llegó incluso, a tener más miedo de sus propias imaginaciones que de los ataques reales. Pero Manuel pronto comprobó que el miedo que sintió cuando realmente fue atacado por una manada de lobos fue distinto, era un miedo útil; era un miedo que le agudizaba la mente y que le hacía poner todos sus recursos en movimiento para salvarse y salvar al rebaño. Mientras que los miedos que experimentaba con todas esas amenazas y situaciones imaginarias, no sólo eran dañinas e inútiles, sino que le paralizaban y lo llenaban de angustia. Probablemente, pensaba el muchacho, con aquellas terroríficas y fieras criaturas que le perseguían y atacaban sin tregua en ese endiablado laberinto sucedía lo mismo... Manuel estaba tan absorto siguiendo el hilo de sus pensamientos, que no advertía como los ojos se le cerraban, vencidos por el agotamiento y el sueño; así que tendido sobre el suelo en posición fetal, tal y como se había echado al pie del muro y apoyando toda la espalda sobre éste, colocó la cabeza entre sus manos y se rindió a un reposo sosegado y seguro.

El muchacho no sabía cuanto tiempo había permanecido dormido cuando, sacudido por aquella cosa que parecía un hombre, despertó; se preguntó si aquello que con tanta fuerza y brusquedad le zarandeaba sería, también, una de esas realidades mentales suyas... Pero aquello que lo estaba sacudiendo, tenía un aire muy real… Lo que fuera aquello que lo agarraba y tironeaba, exigía insistentemente de Manuel que lo acompañara; así que se incorporó tambaleante y se dejó llevar por aquello que, tan pertinazmente, tiraba de sus brazos y de sus ropas, arrastrándolo, desenfrenada y locamente, hacia no sabía dónde. Durante el trayecto, pudo advertir, que lo que le sujetaba y arrastraba, esta vez, si era real. Se trataba de las enormes manos de un hombre. Aunque el chico tampoco las tenía todas consigo a cerca de la realidad de aquello... “Al menos este energúmeno si parece ser de carne y hueso” se dijo el pastor para sus adentros. El hombre era corpulento de complexión, pero de baja estatura. Su aspecto sucio y desaliñado no escondía del todo un cierto porte elegante, noble y aguerrido; por lo que Manuel pensó, que podía tratarse de alguno de aquellos caballeros que erraban perdidos por los trazos del laberinto. De pronto, arribaron a un lugar cuya luminosidad hirió los ojos de Manuel como si de rayos se tratara; transido de dolor y protegiéndose los ojos con las manos, cayó al suelo deslumbrado. Lentamente pudo acostumbrarse a la radiante intensidad de aquella luz y recorrer con la mirada el lugar al cual había sido conducido con tanta determinación. Absorto y asombrado pudo ver cómo era la estancia en la cual estaba y qué era lo causante de aquella luz tan potente. La luz provenía de una antorcha que ardía en el centro de la sala, cuyos muros y techo estaban abigarrados de gruesos y magníficos brillantes, sin que quedará ni el más diminuto hueco sin cubrir, ni de la pared, ni del techo. La luz de la antorcha se reflejaba en cada una de las caras de cada uno de los brillantes, de manera que esa insignificante llama de antorcha, al ser proyectada y reflejada una y mil veces por todas las caras de cada uno de los brillantes, se transformaba en aquella poderosa y cegadora luz... pensó que algo así sucedía también con sus miedos al reflejarse los unos con los otros en su mente, produciendo un sin fin de engañosas imágenes.

Por el suelo de la gran estancia, se apreciaban grandes montones de joyas, monedas y vasijas; todo de gran valor. El oro y las piedras preciosas abundaban en cantidades incalculables. La cuantía del valor de todos aquellos innumerables objetos preciosos era inestimable. Aquel lugar rebosaba riqueza, pensó Manuel, y sin poder salir de su asombro continuó diciéndose: “¿De qué lugar formará parte esta sala… de mi mente? ¿Será todo esto la proyección de una desconocida y desmedida ambición que anida oculta en lo profundo de mi ser?”… Y Manuel gritó para sus adentros: “¡Pero yo no quiero ser vasallo de nada; ni de riquezas, ni de poderíos, ni de codicias, ni de nada de nada… yo anhelo, únicamente, la felicidad de la princesa, del rey y de ese maravilloso reino… si justamente para eso estoy aquí!. ¡Buscaré el Este y me iré!. ¡Yo sólo quiero ser libre y pastor... o rey, que viene a ser lo mismo!” Manuel recordó algo que había leído sobre un “Buen pastor” que, además, era también rey... “¿Dónde leí yo eso?” Se preguntaba el chico, buscando en su mente la escena responsable de ese recuerdo, “…¡Ah sí, fue en un libro sagrado que me regalaron cuando era muy pequeño!. Ya recuerdo; el pastor de aquel libro, ese que también era rey, pero de otro mundo, se llamaba Jesús”.

Mientras el joven pensaba en esas cosas y se decía todo eso, el hombre que lo había forzado a llegar a aquella sala, corría loca y desesperadamente de un lado para otro, recogiendo joyas y volcándolas en un enorme saco que, abierto, se tenía de pie en medio de la estancia. Manuel, dejando a un lado sus pensamientos, se acercó al saco y comprobó que éste siempre estaba por menos de la mitad de su capacidad... Aquel saco no parecía tener fondo. Manuel intentó moverlo pero sin éxito. Ese saco parecía estar sólidamente pegado al suelo... Manuel lo miró perplejo y observó que el saco había sido confeccionado con multitud de capas de caballeros. En tanto que estudiaba los pormenores de aquel saco, el hombre corrió hacia él desencajado, profiriendo soeces insultos y graves acusaciones contra el joven, del tipo: “¡Ladrón, sin vergüenza, andrajoso, canalla! ¿Querías llevarte mi tesoro? ¡Has intentado despojarme de mi riqueza…Te mataré, miserable criatura!”, y sin que Manuel pudiera apenas percatarse, con la agilidad y con la rapidez de un rayo, el hombre ató al muchacho de pies y manos al saco, siguiendo luego con su agitada e inútil tarea.

Manuel buscó con los ojos algo con lo que deshacerse de las ligaduras. Mientras lo hacía, pensaba que, tarde o temprano, el hombre caería rendido al suelo y podría librarse de él. Ese pobre y desafortunado hombre le producía una incoercible repugnancia, pero, simultáneamente, sentía también una inmensa piedad y tristeza por él. Aquel desgraciado caballero, atrapado en su ambición y en su avaricia, ofrecía un espectáculo deplorable. Tanta compasión sintió el muchacho, por el enloquecido y embrutecido ser, que llegó a pensar que no podía dejarle allí en ese estado, resolviendo que, sí lograba desatarse, le ayudaría a salir de su ceguera y de su locura, tratando de llevárselo con él hacia el Este. Si conseguía que aquel caballero recuperara la razón y las cualidades que, otrora, le habían adornado; no le importaría que fuera el caballero, quien alcanzara a ser coronado rey, y desposar a Libertad... Él sólo quería ser pastor y cuidar con todo amor de su rebaño... Y recordó, de nuevo, la historia aquella de un pastor que se llamaba Jesús... ===Fin 5ª entrega===

(Ahora si que sólo faltan tres partes... Qué tengáis un fin de semana sosegado y recuperéis fuerzas para un buen inicio de la próxima semana).

Carmen Moreno Martín

alias Hannah

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Viernes, 16 de Noviembre de 2007 09:45 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 21 comentarios.

EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, 4ª ENTREGA

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… Manuel procedía de un lejano reino en el que desempeñaba su oficio, que como él mismo había hecho saber, era el de pastor de ovejas y corderos. De condición muy humilde y con un corazón sencillo y limpio, nada sabía ni del edicto de aquel rey, ni de la historia de los caballeros. Un día, el amo del ganado de Manuel, decidió vender todos sus bienes a un magnate de otro reino, y como quiera que el nuevo propietario del ganado ya tenía un pastor, Manuel se quedó sin trabajo. Como era un joven muy dispuesto y animoso, no se dejó arrastrar por ideas autocompasivas y decidió trasladarse a otros reinos, con la esperanza de encontrar algún trabajo que le permitiera ahorrar y, más tarde, llegar a pastorear a su propio rebaño.

Durante el viaje, Manuel vio que un papel revoloteaba en el aire; lo alcanzó y al leerlo comprobó que era el edicto de un desconocido reino cuyo lugar ignoraba. El papel estaba bastante deteriorado y Manuel pensó que, tal vez, la convocatoria que en ese edicto se promulgaba ya había caducado. Siguió, pues, el pastor su camino, pero intrigado por aquella convocatoria, y avivada su curiosidad, fue preguntando a los caminantes que encontraba si sabían algo de todo aquello. Las gentes fueron relatando a Manuel lo que se contaba sobre aquella historia, no sin los añadidos fantasiosos y las exageraciones propias de los rumores. Así fue como Manuel fue engrosando su conocimiento sobre qué reino era ese y dónde se hallaba, cómo era la prueba por la que los aspirantes debían pasar y cuáles eran las características de aquel oscuro y amenazante laberinto. Igual que les había pasado a todos, a Manuel, junto al deseo de presentarse como aspirante le sobrevino el deseo de olvidarse de ello y salir corriendo. Un pánico sobrecogedor y paralizante frenaba al joven pastor. No obstante, Manuel no se dejaba llevar fácilmente por pánicos ni se dejaba arrastrar sin más por lo que dijera la gente. El chico estaba acostumbrado a superar y a vencer grandes peligros y dificultades a lo largo de su oficio de pastor, sobre todo, cuando conducía a las ovejas y a los corderillos por montes, bosques y quebradas en busca de buenos pastos. Se preguntaba si ese laberinto y sus tenebrosos peligros podían ser peores que los ataques de las innumerables manadas de lobos y peor que los no pocos osos a los que había tenido que enfrentarse para conservar sin daño y en vida, tanto a todos los animales de su ganado como a sí mismo. “¡Eso sí que eran peligros reales y no eso que cuentan del laberinto... Que habrá que ver hasta donde es verdad!” Se decía Manuel mientras caminaba hacia aquel reino. Manuel también se había forjado una disciplina y una voluntad de hierro ¿Cómo si no soportar las crudas condiciones de hambre y de frío que, en sus largas y penosas andaduras como pastor, había tenido que soportar? Si, Manuel se decía que ese laberinto, por muy terrible que fuera, no podía serlo más que todo eso, unido a los largos días y largas noches de soledad por los que había discurrido su vida de pastor.

Esas condiciones habían azotado y zaherido a Manuel sin quebrantar la limpieza de su corazón, ni disminuir su bondad, ni ensombrecer su nobleza; más bien al contrario, todo ello había hecho de Manuel un hombre de discernimiento claro y sereno; un hombre firme, valiente, decidido y generoso; forjando su inteligencia y su voluntad sin arrebatarle ni una pizca de ternura.

También llegó a oídos de Manuel la tristeza que se había apoderado del aquel reino con todos aquellos penosos acontecimientos y de como la belleza y la lozanía de la juventud iban desapareciendo del rostro y del corazón de aquella princesa. Manuel sintió como su corazón y su alma se conmovían por tanta desgracia y en un acto de generosidad, de entrega y de compasión, decidió acudir al llamado de aquel rey. Pero con la misma rapidez que decidió hacerlo, se dijo también “¡Pero yo quería tener un rebaño propio y ser pastor!”... No obstante, algo dentro de él le hizo ver que ser pastor y ser rey, eran en realidad algo muy similar... ¡Y no porque los súbditos fueran todos unos borregos! El muchacho no llegaba a explicarse aquella analogía, pero dejándose guiar de su intuición, permaneció fiel a la decisión que había tomado y se encaminó, sin más, al “Reino de la Luz”

Cuando el rey, la princesa y el anciano sabio presidente de la asamblea tuvieron ante sus ojos a Manuel, pensaron que el pobre contaba con muy escasas probabilidades de éxito: no conocía ninguna arte marcial, no sabía montar a caballo, ninguna experiencia tenía en acciones de caballería y tampoco era erudito ni experto en el ejercicio de ninguno de los nobles oficios, artes y profesiones del reino; sólo vieron en él a un joven y voluntarioso pastor que apenas sabía leer y escribir. Compasivos y justos como eran tanto el rey y la princesa, como el presidente de la asamblea se apiadaron de tan bondadoso joven y pensaron que era mejor disuadirle y procurarle el mejor medio de regreso a sus tierras; hasta le ofrecieron una sustanciosa suma de monedas para que pudiera comprarse su propio ganado y vivir sin penurias el resto de sus días… Pensaban que la acción del joven exigía una recompensa así, pero por más que insistieron e insistieron, Manuel persistió, sin dudas ni vacilaciones y de un modo inamovible, en su propósito. Después de convencerse de que nada ni nadie podría hacer cambiar la decisión del chico, El presidente de la asamblea, el rey y la princesa accedieron a prepararlo según marcaba la tradición, al igual que lo habían hecho con aquellos doce caballeros; y cuando todas las etapas se cumplieron, el presidente condujo al pastor hasta el umbral de la entrada del laberinto y lo introdujo en él.

Manuel emprendió el recorrido del primer trazo con paso decidido y vigoroso. Durante un tiempo, que le pareció eterno, Manuel, sin detenerse ni descansar, caminó por aquel trazo silencioso y en tinieblas, sin hallar posibilidad alguna de salir de él ni lograr hacerse idea alguna de su longitud. No pudo Manuel, en esa absoluta oscuridad y silencio, saber, ni hacia dónde iba, ni si, tal y como le dijera el presidente de la asamblea, se estaba encaminando hacia el Este. Acostumbrado a marchar en la soledad y en la noche, calculaba que, por lo menos, ya habrían transcurrido tres días. Durante la marcha se había sentido perturbado por multitud de ideas que creaban en él dudas y temores de una intensidad como nunca hasta ahora había sentido. Continuamente se veía enfrentado a visiones esperpénticas y monstruosas que parecían estar producidas por aquel lugar. Manuel tenía que habérselas con extrañas fuerzas, repulsivos seres y ensordecedores estruendos que lo extenuaban. De repente salían también como látigos vivientes que laceraban las carnes del muchacho con sus afilados golpes, lanzando a Manuel contra los muros, entorpeciendo, una vez tras otra, su avanc


El joven se sentía aturdido e indefenso. Nada podía hacer contra aquello que, evidentemente, lo superaba y parecía fuera de todo control. Sin embargo, el pastor, en fugaces momentos de lucidez, reconocía que todo aquello no era más que el producto de su mente y de su imaginación; como si ese extraño lugar tuviera el poder de materializar los miedos más profundos y ocultos de uno... Los deseos más primarios y bajos... Como si ese misterioso laberinto pudiera saber todo de uno, incluso aquello que uno mismo creía ignorar y lo que uno no se atrevía a reconocer... Como quiera que fuese, en esos momentos de claridad, se decía que, si todo estaba en su mente y no había más amenaza que esa, tal vez no fuera tan difícil superarlo... Aunque no se le ocultaba al pastor, que lo que hay en el lado oscuro de la mente puede ser más dañino y peligroso que cien lobos, y que no por ser mental, deja de ser real; y que, a veces, esas realidades internas, pueden esclavizarnos más que esas otras realidades que están fuera de nosotros... recordaba a un viejo pastor que había conocido allá, en los montes de su país. Aquel hombre, sin saber muy bien por qué, ni cómo, se había despeñado y había muerto preso de un pánico inexplicable. Pánico que bien pudiera haber sido motivado por algún tipo de realidad de esas que residen en ese lado oscuro...

Cuando Manuel entraba en esos estados de claro discernimiento, recobraba nuevos ánimos. Entonces comprendía que no dependía del laberinto el vencer todos aquellos horrores, y que la lucha era contra sí mismo… comprendía que, el laberinto, sólo atrapaba y destruía, a quienes ya estaban atrapados en sus propias redes y andaban inmersos en un proceso de autodestrucción. Pero esos instantes de luz eran tan ínfimamente breves que Manuel volvía a caer enredado creyendo que las redes se las tendía el laberinto. De este modo seguía fustigándose y aumentando más y más su tortura. El pastor sentía que el hambre y el frío lo estaban debilitando y se notaba febril y agotado. Con un gran esfuerzo, el pastor logró reunir las pocas fuerzas que le quedaban, buscando el contacto con alguna pared. Cuando la halló, se recostó deslizando su espalda por ella hasta encontrar el suelo, dejándose caer desfallecido… ===Fin cuarta entrega===

Carmen Moreno Martín
Alias Hannah

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Jueves, 08 de Noviembre de 2007 17:44 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 11 comentarios.

2ª ENTREGA DEL CUENTO EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CARMEN MORENO MARTÍN

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… La preparación tenía su miga. Para empezar, el joven debía permanecer tres días en absoluto silencio y en severo ayuno; meditando la gravedad y relevancia de lo que se proponía acometer. Hasta el último segundo de esos tres días, podía el caballero echarse atrás y renunciar a ser rey. Sí ello ocurría, liberaban al candidato de su juramento anterior y quemaban el pergamino que registraba su compromiso con su propia sangre. La asamblea no advertía ningún rasgo de maldad o cobardía en quienes se arrepentían, sino que veía en ellos a sabios caballeros que humildemente sabían calibrar los límites de sus propias capacidades; de manera que sin ningún tipo de presión, ni de reproche, ni de menosprecio o desaprobación, despedían a tales caballeros, proporcionándoles, gratuita y desinteresadamente, los víveres y medios necesarios, para que pudieran emprender libremente y sin remordimiento alguno, el regreso a sus hogares.

Sí el aspirante permanecía fiel a su meta, se pasaba a la siguiente etapa. Ésta consistía en ser depositado en un agujero, que con ese fin se había hecho en el bosque. Allí, cubierto de tierra hasta el cuello y, tapados los ojos con una gruesa venda, el candidato permanecía toda la noche en vela; y sí el sueño le vencía, era diligentemente despertado por su cuidador, es decir, por el presidente de la asamblea. Por la mañana, el joven, una vez desenterrado y sacado de aquel hoyo, era sumergido completamente desnudo en un profundo lago cuyas aguas estaban siempre cercanas al punto de congelación. Superado todo esto, ataban al aspirante a un árbol, al pie de una gran hoguera, en una terrible noche de ventisca y tormenta. Misteriosamente, cada vez que un aspirante debía pasar por esta condición, la ventisca y la tormenta no faltaban nunca a la cita. Por último, el joven tenía que beber un potente somnífero que le hacía caer en un profundo sueño; y dormido y encapuchado, era conducido por el anciano presidente a la entrada del laberinto. Una vez alcanzada la entrada, se introducía al caballero en el interior del recinto, sólo algunos metros; ya que ni siquiera el presidente de la asamblea tenía permitido rozar con sus pies el suelo de ese lugar. A poca distancia de la entrada, y únicamente tras haber llegado a ese punto, el caballero aspirante a rey era liberado de su capuchón y despertado de su profundo sueño. Cuando el candidato se hallaba bien dispuesto y preparado a iniciar su incursión por el laberinto, el presidente le decía: “Te dejo en el norte, ya que al norte se orienta la entrada. Debes dirigirte al Este, pero no antes de que hayas pasado por el Oeste y por el Sur, puesto que sólo así hallarás la salida” Y sin más preámbulos, el caballero era abandonado a su suerte. El presidente, que era el único que podía hacerlo, cerraba, con gran estruendo, los enormes portones de la entrada, quedándose el aspirante abandonado a su suerte en la realización de tan peligrosa y arriesgada tarea.

Muchos habían sido los que, cuando llegaba el momento de elegir y coronar a un nuevo monarca, dispuestos a conseguir tal privilegio, y sin entender que el privilegio era más una labor de servicio que otra cosa, se habían adentrado en él; pero, invariablemente, de todos aquellos caballeros que habían entrado, solo llegaba a la salida uno, y éste no lograba recordar absolutamente nada ni del recorrido, ni de los demás caballeros que junto con él habían franqueado la entrada, ni de las pruebas, ni de si había encontrado a su paso a otros caballeros, ni tan siquiera de por donde había logrado salir; tal y como se ha relatado, todo se borraba de las memorias de los caballeros al alcanzar la salida; así había sucedido con todos los monarcas que habían precedido a Adonay, y por supuesto, con él mismo.

Nada de lo sucedido en el laberinto, ni del propio laberinto, retuvieron ninguno de los que salieron airosos de la prueba; salvo el destino que les aguardaba y la misión de servicio que debían prestar, gobernando ese reino con el amor y con la justicia que había caracterizado hasta el momento, a todos los reyes anteriores.

Y como también señalamos, respecto de lo que les hubiera podido acontecer a todos cuantos se habían sometido a la prueba, nada se sabía. Nadie salía jamás de ahí, a no ser agonizante para morir; y nada se conocía de cual había sido su destino; ni si habían perecido o sí seguían en vida y errantes por el laberinto. Todo eso constituía otro más de los muchos y poderosos secretos de ese lugar.

Con prontitud, los edictos fueron distribuidos, tanto por todo el reino como por todos los reinos vecinos; y en breve llegaron multitud de caballeros listos para emprender la hazaña. Conforme iban llegando y sin dilación, todos ellos, sin excepción, eran conducidos ante el rey, su hija y la asamblea de ancianos y sabios.

Libertad, tras conversar largamente con todos y cada uno de ellos, realizaba una primera solución, permitiendo que sólo aquellos con los que podía establecer sinceros vínculos de amistad, fueran admitidos a las siguientes etapas de la prueba. Libertad opinaba, no sin razón, que difícilmente nacerían lazos de amor, entre ella y algún caballero, si no lograban antes sentir cierta afinidad y admiración el uno por el otro, más allá de lo que podía ser una mera atracción o un deslumbramiento por los encantos físicos. Tras despedir a los que no superaban ese requisito, el presidente de la asamblea comunicaba al resto, amorosa y pacientemente, tanto el objeto de la prueba como sus pormenores y peligros.

En este momento acontecía la segunda criba, ya que muchos de ellos, tras escuchar atentamente al presidente, y a pesar de la excelencia del premio que la superación de la prueba suponía para ellos, esto es el convertirse en rey, renunciaban con tristeza a la empresa que les era propuesta y regresaban afligidos a sus lugares de procedencia. Y ello a pesar también de la hermosura de los dones de la princesa y de su insuperable belleza.

Finalmente, a todos los que, tras escuchar y entender todo aquello, accedían a ello, (animados los unos por el reto que ello suponía y enardecidos los otros por la demostración de sus aguerridos valores y conducidos, las más de las veces, por la ambición que albergaban en sus corazones), tras tomarles el obligado juramento, les preparaban para la primera etapa. Y ahí se producía la tercera criba, puesto que durante esos tres días, muchos de ellos abandonaban también la empresa.

Con los que quedaban se proseguía – según la más fiel tradición -, con el resto de la preparación hasta que, por último, eran introducidos en el laberinto.

Del gran número de caballeros que acudieron sólo doce lograron superar la preparación y ser llevados al laberinto. Nadie más se presentó, ya que la difusión del carácter de la prueba y de sus requisitos frenaba al más lanzado. De modo que, en la confianza de que alguno de esos doce valientes y sinceros caballeros lograra salir airoso del laberinto, el Consejo del Reino junto al rey y a la princesa, decidieron cerrar la convocatoria y aguardar la evolución de los acontecimientos. Pero a pesar de la sabiduría que poseía ese Reino, no podían dejar de preguntarse: “¿Qué pasará si los doce consiguen salir airosos de la prueba? Ni podemos casar a la princesa con todos ellos, ni coronar a doce reyes…” Pero ese caso no se había presentado nunca… ===Fin de la 2ª entrega===

...bueno, ya sólo quedan 6 entregas. ¡Qué pasen un buen día!

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Carmen Moreno Martín

Alias Hannah

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Jueves, 25 de Octubre de 2007 00:17 Autor: Hannah. enlace permanente. Tema: Los cuentos de mi pluma Hay 15 comentarios.

EL PASTOR QUE LLEGÓ A SER REY, DE CUENTOS PARA LA LIBERTAD, POR CARMEN MORENO MARTÍN, 1ª PARTE

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Ofrezco hoy un cuento más de mi libro “Cuentos para la libertad”. Debido a la extensión del cuento, aparecerá en ocho entregas y las iré publicando a lo largo de una o dos semananles. Espero que guste y no defraude. El cuento se intitula “El pastor que llegó a ser rey”, y sin más preámbulo, vamos con la primera entrega:

La experiencia no es lo que le sucede a un hombre, sino lo que un hombre hace con lo que le sucede.” Aldous Husley

Era Libertad la doncella más hermosa y virtuosa de un reino que se alzaba majestuoso y feliz en un lejano y recóndito rincón del planeta. La pureza e inocencia del joven corazón de la princesa (porque Libertad era la única hija del rey Adonai) hacían que su rostro resplandeciera con una tan dorada y potente luz, que era sólo comparable a la luz del sol.

Libertad, desde su corazón y a través de sus miradas, irradiaba luz a los corazones de todos los súbditos del reino y éstos, todos sin excepción, reflejaban esa misma luz en sus vidas, en sus pensamientos, en sus obras y en sus sentimientos. Todo el reino resplandecía de esa luz y de la luz del corazón del padre de Libertad.

El rey Adonay veía complacido como su hija crecía en edad, en madurez, en belleza y en dones espirituales.

Tan potente y brillante era el resplandor de luz que reflejaban tod