
Cómo veo que entra gente de la ciudad del Vaticano, hoy voy a dar rienda suelta a mi espiritualidad, -que no a mi pertenencia a religión alguna, que soy agnóstica tirando a atea y lo saben-, y le voy a dar vueltas a un fragmento del evangelio de Mateo cuya lectura, contrariamente a cartas pastorales y encíclicas católicas, siempre me ha sido de gran ayuda:
Jesús, el llamado Cristo, según sus evangelistas, parece que dijo muchas cosas; algunas de dudosa valía en mi opinión, pero otras realmente muy interesantes, una de las interesantes (Mt:5:13) era:
“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?”
Y qué razón tenía, ya que si vamos por ahí sosos y desaboridos, inmersos en el vivir para consumir y en el fastidiar a cuantos nos rodean para ser cada día más ricos y más borricos, que intragable que se irá tornando el mundo. Otro fragmento muy bello a mi entender (Mt:19:16 – 22) dice así:
-Y le preguntó aquel buen muchacho:
-”…Maestro, ¿qué he de hacer para obtener la Vida Eterna?…”
- Y Le respondió Cristo: “… cumple los mandamientos…”
-“¡Lo hago desde mi juventud!"...
–Le replicó el muchacho, mientras tal vez pensara para sí –esa “loca de la casa” que no para ni tiene sosiego-, "¿Qué se había creído Cristo? ¡Él era un buen chico, cumplidor de la Ley y todo eso!…" Y en esas, Cristo, que sabía un rato de seres humanos y de oscuridad e ignorancia, pero también de luz, de agua, de sal y de fuego, va y le dice –interrumpiendo así el parloteo interno en el que el hombrecito se había instaurado- mirándole con dulzura:
“…Sí es así, vende todo lo que tienes y sígueme” –Y el muchacho se fue entristecido porque poseía mucho…”
Eso hacemos nosotros. Poseemos mucho, somos riquísimos y estamos repletísimos de “bienes” Sí, de esos mismos bienes y riquezas en las que abundaba ese hombrecito y nosotros, que no son presisamente las materiales las más importantes.
Somos tan ricos que tenemos miedo que unos cuantos inmigrantes vengan a despojarnos de nuestras posesiones y bienestar, tan ricos que ya consideramos a la inmigración que llega en pateras como a una lacra… Da igual que huyan de guerras, de explotaciones, de vulneración de derechos humanos, del hambre, de la enfermedad, de la miseria más paupérrima... ¡qué más da!, para nosotros ya sólo son una lacra que hay que evitar, expulsar del país, repatriar... y anatema sea quien les de la mano. ¿Y por qué pensamos así? ¿Por la riqueza meterial que poseemos? ¡No, qué va!, pensamos así porque sin darnos cuenta estamos llenos de prejuicios xenofóbicos y racistas. Pero sigamos con el fragmento: ¿Alguno cree que Cristo se refería a que el joven vendiera la literalidad de su patrimonio material contante y sonante? ¡Que ilusos somos! ¡Tanto como aquel pobre chico que por entenderlo así, desde su funcionamiento autómata, egóico, egocentrico e idólatra –al igual que el nuestro-, se perdió la oportunidad de su vida: La Vida Eterna. Bueno, eterna mientras dure, porque a mí me resulta difícil considerar otras vida al margen de la de aquí, y esta de eterna tiene poco.
Decía que el chico aquel se perdió la oportunidad de su vida, ¡tal como nosotros, ni más ni menos, porque por ricos que seamos, no poseemos nada a excepción de todo un lastre de ideas retrógradas que sólo sirven para amargarnos la vida y amargársela a los demás; pues eso, nada!. Las cosas, es obvio que no las podemos poseer aunque nos aferremos a ellas cual posesos; tan sólo usarlas y disfrutarlas o amargarnos con ellas. Lo de la posesión de bienes es otro de los mil espejismos que nos ciegan. Pero si hay algo que podemos poseer y que poseemos como nuestros bienes más preciados, y como nuestras más codiciadas posesiones. ¿Qué es ello? Es fácil: A nosotros mismos, ya sea lo esencial y verdadero de nosotros, esto es, el conocimiento de nuestro ser o el cúmulo de falacias formado por las mil y una imágenes que sobre nosotros y sobre la realidad construimos y adoramos como si fuera las más absolutas verdades.
Eso es lo que sí podemos poseer y poseemos, aunque matizaré más aún: en realidad, lo único que nos ha sido dado poseer es nuestro ser. Las imágenes, las construcciones del tarado parloteo del ego, las adoramos, sí; creemos que son reales y que existen, creemos que lo poseemos y alardeamos de “conocernos” por tener la creencia internalizada y automática de que eso que creemos conocer de nosotros, somos en verdad nosotros; por lo tanto creemos que podemos poseerlo, adorarlo y llevárnoslo con nosotros a la tumba, e, incluso, hasta al más allá si es que algo así existe. Si lo ponen en duda, si ponen en duda lo que vengo diciendo, hagan esta reflexión: ¿Qué nos llevamos al morir? En mi opinión, nada; y es obvio para todos, creyentes y no creyentes, que nada material podemos llevarnos a la tumba; pero si alguno de ustedes cree en ese más allá, les digo que no pueden llevarse lo que no es ni existe.
Así pues, si existiere algo cómo "el mása allá" o "la vida después de esta vida", seguramente, no podrían llevarse lo ilusorio para ese viaje. Sólo podrían llevarse el espíritu, lo esencial, el ser. En vida, en esta vida que tenemos –si hay otra, yo no lo sé-, esa es nuestra auténtica, Real, Vital, Bella y Justa posesión. Esa es nuestra Riqueza. Esa es la Luz que somos en el mundo, para el mundo y del mundo. Y justamente eso que nos pertenece por derecho propio, lo ignoramos, lo desconocemos, lo pisoteamos, lo dejamos enterrado oculto en las entrañas más recónditas de nuestro interior y nos aferramos a todo ese saco de “bienes”, de “riquezas” y de “posesiones” constituido por las creencias sobre lo que somos, deslumbrados por el falso brillo de las ilusorias imágenes que, tan pertinaz y trabajosamente, hemos construido.
Pero aún hay más; no contentos con todo ese saco de posesiones inútiles, llegamos al clímax de la estulticia cuando, considerándonos el parámetro de todas las cosas, intentamos imponer nuestras falsas verdades a los demás, como axiomas inabordables e incuestionables. Por eso se fue aquel simpático muchacho. De eso era de lo que era rico y no podía desprenderse ni venderlo… -“¡Pues sí, hombre…, a lo mejor no era tan “bueno” aquel dichoso Rabí…”, -pensaría el muchacho. Pero sintió esa tristeza y esa angustia que el Ser auténtico nos manda para que paremos… Para que nos demos una oportunidad… Y el chico se fue con su pena, porque tenía mucho. Exactamente igual que nosotros. Exactamente igual que yo, tantas y tantas veces...
Y Cristo dijo: “…Todos los pecados os serán perdonados menos los que sean contra el espíritu…”
Y tenía razón, porque ese es, no ya el mayor, no; ese es el único pecado, aunque a mí, el palabro “pecado” me rechina y prefiero cambiarlo por error. El único error imperdonable es el de confundir lo que somos con lo que tenemos y hacemos. Negar nuestra verdadera esencia, nuestro ser.
Autonegarnos en lugar de autoafirmarnos; vivir desde la negatividad y expandirla, en vez de irradiar la positividad que albergamos en nuestro ser. Bueno, será cuestión de parar algún día, de sentarse, de interrumpir el parloteo embriagador de nuestro saco de espejismos e instaurar ese Silencio activo que permita la escucha de la Verdad, hablada a través del propio Silencio, toda vez que dejemos de decirnos y repetirnos los falsos guiones que hemos aprendido automática y mecánicamente como robots. Después de todo, les aseguro que no es una misión imposible.
Estoy convencida de que, así como todo lo que es imaginable puede llegar a materializarse algún día, cualquiera meta que se nos ocurra tiene la posibilidad en sí misma de ser alcanzada. Máxime cuando alguien nos constató que es posible –y vuelvo a Cristo quien dijo ser el camino, tal vez en el sentido de que ese camino existe en el aquí y ahora concretos-, y realizable. ¡Pero ni siquiera Cristo prometió llevarnos en brazos! ¿O sí? Bueno, yo nunca lo he leído.
El camino hay que emprenderlo y hollarlo, cada uno con sus propios pies. Una vez que nos hemos acercado en esta introducción a lo que es autonegarse –opuesto criminal de autoafirmarse-, pasaremos a desbrozar, a lo largo de los capítulos de este libro, no sólo lo que es –en uno y otro caso-, positividad y negatividad; sino, también, a como se llega a elaborar eso a lo que llamaré “chip desastroso”, que es lo que permite que operemos oscura y automáticamente, siguiendo los mecanismos del terrible saco de espejismos. Así mismo, nos aproximaremos también, a como se consigue (cuando a lo largo de ese viaje interno, nos encontrarnos con el ser esencial), poder desactivar esos automatismos y poner en marcha a ese otro “chip” al que llamaré “chip prodigioso”. “Chip” que se activa y trabaja desde el ser, y que posibilita el encuentro en igualdad y libertad con el semejante para juntos crear una humanidad más solidaria y justa que realmente pueda ser la sal de la tierra y la luz del mundo. (Fragmento de mi libro “Espacios de encuentro con uno mismo”).
Carmen Moreno Martín
Alias Hannah
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Nota: esta semana será irregular en cuanto a la actualización del blog. Espero poder recuperar el ritmo diario en breve. Gracias.